Capítulo 15

A la mañana siguiente, inicio la jornada laboral estrepitosamente mal, y lo digo de manera casi literal. Acabo tirada en el suelo de madera, rodeada de cajas, y Tom corre hacia mí con el horror reflejado en su cara de bebé.

—Madre mía, ¿estás bien? —Se agacha para ayudarme a levantarme y me alisa la falda negra ceñida antes de pasar a la blusa sin mangas—. Lo siento muchísimo. Iba a llevarlas al almacén.

Revolotea a mi alrededor como una mamá gallina, barboteando sobre libros de salud, de seguridad y de prevención de accidentes.

—Tom, estoy bien. ¡Quítame las manos de las tetas!

Al instante, retira de mis pechos las manos nerviosas entre risitas.

—¡Qué pechos tan hermosos tienes, Caperucita!

—Si no fueras gay ya te habría dado una bofetada —le advierto.

—Ya, pero lo soy —responde con orgullo mientras empieza a recoger las cajas.

—¿Qué hay en esas cajas?

—Muestras. Sally recibió la entrega. Lo lógico sería que las hubiera guardado en el armario. Esa chica es una inútil —protesta.

Rastreo la oficina y veo a Sally peleándose con la fotocopiadora. La verdad es que vive en su propio mundo.

—Buenos días —oigo cómo saluda a Victoria antes de verla—. Tom, no pienso volver a salir contigo —le recrimina mientras se sienta en la silla.

Los miro a los dos y me quedo esperando una explicación, pero parece que ninguno está dispuesto a dármela.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Tom se encoge de hombros con expresión de culpabilidad y Victoria inspira hondo para empezar a detallar sus quejas punto por punto:

—¡Volvió a dejarme tirada! —exclama, y dirige a Tom una mirada acusadora.

Dejo el bolso junto a mi mesa y observo a Victoria mientras lanza todo tipo de acusaciones a Tom, que parece sentirse muy culpable.

—No vuelvas a pedirme que salga contigo en la vida —espeta, y lo señala con el bolígrafo—. ¡El viernes te largaste con el científico y anoche ni siquiera tuviste la decencia de irte a casa con el mismo hombre!

—¡Tom! —exclamo con sarcasmo—. ¿No decías que el científico era tu alma gemela?

—Puede que aún lo sea —se defiende con un tono de voz muy agudo—. Sólo estoy probando muestras antes de decidir en qué debo invertir.

Victoria resopla y gira su silla para darle la espalda. Con mucho cuidado, apoyo el culo sobre el asiento suave y acolchado de la mía, que en estos momentos me parece de hierro, y hago una mueca de dolor. Saco el móvil del bolso y veo que tengo un mensaje de Kate.

Me he ido temprano. No he querido despertarte por si estabas soñando con «señores» ;-) ¿Nos vemos en el Baroque a las 13? Tengo que estar de vuelta a las 14.30 :*

Así es. Y despierta también sueño con él. Empiezo a contestarle para rechazar su invitación —he quedado con un dios—, pero me detengo a mitad del mensaje. Se supone que había quedado con Matt para comer. Me desmorono en la silla. Tengo la cabeza en otra parte en estos momentos, y no voy a engañarme a mí misma acerca de la razón. Empiezo a darme golpecitos en un incisivo con la uña e intento pensar en cómo salir de ésta. ¿Conclusión? No puedo, así que escribo primero a Kate.

Lo siento. Estoy muy, muy, muy ocupada. Nos vemos en casa. Un beso. A.

No puedo creerme que me toque el pelo incluso cuando escribo una mentira. Se pondría hecha una fiera si se enterase de que he quedado con Matt. Empiezo a golpetearme el diente de nuevo. No sé a cuál de los dos debería dejar tirado. Matt parecía muy deprimido, y me dijo que no estaba bien. Jesse quiere que vuelva a La Mansión para empezar con el diseño y es posible que pase algo más… Esa mera idea hace que apriete los muslos. Cojo el teléfono y llamo a Matt.

—Hola —me saluda, y suena más contento de lo que me esperaba. Aunque seguramente no por mucho tiempo.

—Oye, me ha surgido algo. ¿Podemos quedar otro día? —Contengo la respiración y me muerdo con fuerza el labio inferior mientras espero su respuesta, y sí, me estoy tocando el pelo. Pese a que en realidad no estoy mintiendo. Me ha surgido algo.

—¡Ava, por favor! —me ruega. Me suelto el mechón al instante. El Matt arrogante y seguro de sí mismo ha vuelto a desaparecer y ha sido sustituido por un extraño tímido e inseguro—. Necesito hablar contigo, de verdad.

Me dejo caer en la silla, totalmente derrotada. ¿Cómo negarme si me lo pide así? Debe de estar pasándole algo terrible.

—Vale —suspiro—. Nos vemos en el Baroque.

—Genial, nos vemos entonces —contesta de nuevo con tono seguro.

Me mantengo ocupada enviando correos electrónicos y comprobando los progresos de los contratistas. Pero al mismo tiempo pienso en mil excusas que darle a Jesse. Menos mal que no tengo que dárselas cara a cara, porque mi manía de juguetear con el pelo me delataría al instante.

Patrick aparece a las once con un café de Starbucks. Quiero besarlo.

—Capuchino, doble y sin azúcar ni chocolate para ti, flor. —Me besa la mejilla y me deja el vaso en la mesa—. No olvides tu cita con Mikael mañana. —Se sienta en mi escritorio y yo aguanto la respiración al oírlo crujir.

—Tranquilo. —Le muestro mi agenda para que vea que lo tengo marcado y con letras bien grandes.

—Así me gusta. ¿Qué tal te fue en La Mansión?

Me pongo colorada al instante. No le conté a Patrick mi segunda visita al hotel, pero sólo tenía que pasar las páginas de mi agenda para verla, y es evidente que ya lo ha hecho.

—Bien —contesto con una voz unos tonos más aguda de lo normal y con la cara roja como un tomate. Rezo para que acepte mi abrupta y monosilábica respuesta y me deje en paz.

—Vaya, vaya. Ya me contarás. —Se levanta de la mesa y se marcha para repartir el resto de los cafés.

Instintivamente, compruebo la mesa por debajo, por si hay astillas o se ha soltado algún tornillo. Suspiro de alivio por haberme librado del interrogatorio y porque mi escritorio sigue ileso. He estado tan despistada que ni siquiera se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que Patrick se hubiese enterado de mis actividades extracurriculares con el señor Ward. Podría meterme en un buen lío.

Mi teléfono me informa de que tengo un mensaje. Lo cojo al instante y leo la respuesta de Kate:

Compra el vino. Un beso.

Miro la hora en el ordenador. Las once y cuarto. Debería estar saliendo ya para reunirme a las doce con el señor Ward. Muy a mi pesar, busco su teléfono, pero, en lugar de llamarlo, me entra el canguelo y le mando un mensaje:

Me ha surgido algo importante. Ya quedaremos. Luego te llamo. Un beso. A.

Apenas dejo el teléfono sobre la mesa y me suelto el pelo, la puerta de la oficina se abre y entra una repartidora con un montón de calas. Es la misma chica que fue al Lusso. Tom señala mi mesa y de pronto me siento invadida por un torrente de culpabilidad. Me hundo aún más en la silla, hecha polvo. Acabo de dejarlo plantado y él me manda flores. Bueno, técnicamente no lo he dejado plantado. Sólo he aplazado una reunión de negocios. Lo entenderá. Acepto las flores, firmo los papeles de la chica y después encuentro la nota.

ESTOY DESEANDO QUE LLEGUE MI CITA.

TÚ TAMBIÉN DEBERÍAS SENTIR LO MISMO.

UN BESO, J.

Dejo caer los brazos sobre el escritorio y entierro la cabeza entre ellos. Me siento como una auténtica mierda. Después de todo lo que hizo ayer por mí, de que golpeara a ese calvorota capullo, de que me rescatase de una agresión… ¿y voy yo y hago esto? Soy una auténtica imbécil, y lo he dejado plantado por mi ex. Soy una estúpida. Joder, como Kate se entere estoy muerta. No obstante, tengo que decirle que deje de mandarme flores al trabajo. Patrick no tardará en empezar a hacerme preguntas.

Salgo del trabajo a la una menos cuarto para ir a reunirme con Matt después de haberme comportado todavía peor y haber ignorado diez llamadas de Jesse. Sé que sólo he empeorado las cosas, pero no he visto su primera llamada porque estaba en el baño y no he podido contestarle a la segunda porque estaba hablando con un cliente por el fijo, así que ha empezado a llamar sin parar, por lo que deduzco que no está muy contento. Y ha conseguido que me harte de una de mis canciones favoritas de todos los tiempos.

Cuando llego, la barra está llena, pero veo a Matt en un rincón, ya con unas bebidas sobre la mesa.

Se levanta en cuanto me ve con una amplia sonrisa.

—¡Ava! —Me agarra y me abraza contra su pecho, cosa que me pilla por sorpresa.

Jamás me había abrazado de esta manera, ni siquiera cuando estábamos juntos. Se aparta y me da un beso en la mejilla que alarga un poco más de lo necesario.

—Gracias por haber venido. Te he pedido vino, que sé que te encanta. ¿Te parece bien?

—Claro —sonrío. Una copita no me hará daño. Me aparto de él y me siento en la silla de enfrente—. ¿Va todo bien? —pregunto nerviosa y con la voz cargada de toda la aprensión que siento en realidad.

—Estás muy guapa —comenta sonriendo alegremente—. ¿Quieres comer algo?

—No, estoy bien —respondo, y frunzo el ceño—. Matt, ¿qué es lo que tienes que contarme? Dijiste que no estabas bien.

Se muestra nervioso y su comportamiento me resulta sospechoso. Estoy empezando a sentirme tremendamente incómoda. Doy un sorbo al vino y observo por encima de la copa cómo juega con el borde del vaso de su pinta de cerveza. ¿Qué lo reconcome? Al final toma aire, se inclina sobre la mesa y coloca una mano encima de la mía. Me quedo inmóvil a mitad del sorbo y bajo la mirada hacia su mano.

Entonces me doy cuenta. «¡Mierda!» Lo miro con los ojos abiertos y horrorizados y rezo para que me diga que Henry, el pececillo de colores, ha muerto. Por favor, que sea eso y no lo que creo que va a ser.

—Ava, quiero volver contigo —dice de forma clara y concisa.

La verdad es que no me lo esperaba, al menos hasta hace diez segundos. Pero ¿qué narices le pasa?

Mi copa continúa pegada a mis labios cuando continúa:

—He sido un gilipollas. No me merezco una segunda oportunidad…

Yo resoplo.

—¿Una «segunda» oportunidad?

Deja caer la cabeza, derrotado.

—Vale, sí, ya sé a qué te refieres. —Levanta la cabeza y veo su expresión llorosa y sincera—. No volverá a pasar, te lo prometo.

¿Me está tomando el pelo? ¿Cuántas veces he oído toda esta mierda? Es infiel por naturaleza.

—Matt, lo siento, pero eso no va a pasar —le digo con voz tranquila y pausada.

Él abre los ojos, sorprendido. Sacudo la cabeza ligeramente para reafirmar mis palabras.

En cuestión de tres segundos, su rostro pasa de triste y afligido a oscuro y receloso.

—Es por ella, ¿verdad? —me espeta desde el otro lado de la mesa. No hace falta ser ningún genio para saber a quién se refiere—. En cuanto abre esa bocaza, tú la escuchas. ¿Cuándo vas a empezar a pensar por ti misma?

Me quedo pasmada. Lo cierto es que Kate no dijo ni una palabra a lo largo de cuatro años. Me dejó claro que no le gustaba Matt, pero jamás interfirió en nuestra relación. Yo traté de mantenerlos a distancia. Ella nunca intentó influenciarme. Sólo estaba ahí, como una verdadera amiga, cuando las cosas se torcían. Y lo hacían… muy a menudo. Retiro la mano de debajo de la suya y le doy otro trago al vino para relajarme. No merece mi tiempo. Ya malgasté cuatro años con él y no va a robarme ni un segundo más. No puedo creer que haya dejado tirado a Jesse para venir aquí.

—¿No vas a decir nada? —sisea con la mirada llena de rencor y desdén.

Tengo ganas de pegarle, pero consigo dominar la ira.

—Matt, ya lo he dicho todo, tengo que irme. ¿Era ése el único motivo para arrastrarme hasta aquí?

Él da un respingo y enarca las cejas casi hasta el nacimiento del pelo.

—¿No estás preparada para volver a intentarlo?

—No —respondo llanamente. Jamás había tomado una decisión con tanta facilidad.

Se pone en pie de un salto, iracundo, y derrama la cerveza en el proceso.

—Me necesitarás antes que yo a ti.

Me río en su cara.

—¿Que yo voy a necesitarte? —Trato de controlar el ataque de risa—. Sí, por eso estás aquí suplicándome que volvamos y yo te he mandado a la mierda. ¿Qué pasa, Matt? ¿Ya no te quedan más mujeres que tirarte?

Lo miro mientras se alisa el traje negro y barato que lleva puesto y se pasa la mano por el pelo castaño y lacio. Es curioso, ya no lo encuentro atractivo. En realidad me da repelús. ¿Qué veía en él? Estaba con él por costumbre, nada más. Una mala costumbre.

—¡Lo sabía! —La voz aguda de Kate hace que me tense—. ¡Sabía que estabas viéndolo! —Al volverme, veo su precioso rostro normalmente pálido rojo de ira.

—Vaya, ha venido a unirse a la fiesta —suelta Matt en voz alta para que lo oiga—. No puedes dejar de meter las narices donde no te llaman, ¿verdad?

Miro hacia la barra y veo que la gente ha empezado a observarnos, especialmente a Matt, que ha tirado el vaso de cerveza al suelo. Si me dejan, le ahorraré saliva a Kate y le contaré lo que acaba de suceder. Aunque supongo que, después de cuatro años con la «bocaza» cerrada, debería dejar que se desahogara.

Se acerca a él en actitud desafiante. Matt la mira con cara de pocos amigos cuando se le encara.

—Ella no te quiere, pedazo de mierda engreída. —Su tono es controlado y penetrante—. Está con otro, así que vuelve al agujero del que has salido.

¡Mierda! ¿Por qué ha tenido que decirle eso? Matt me mira en busca de una confirmación, pero yo no se la ofrezco. Suelta unos cuantos improperios airados y se larga del bar con una pataleta.

Kate se deja caer sobre la silla delante de mí y me mira con los ojos azules entornados. Me pongo a la defensiva inmediatamente.

—Me dijo que no estaba bien. ¡Pensaba que se había muerto alguien!

Ella sacude la cabeza.

—Estoy furiosa contigo.

Resoplo y cojo la copa de vino para darle un buen trago.

—Yo también estoy furiosa conmigo misma. Pero no tenías por qué haberle dicho eso. ¿Por qué lo has hecho?

Ella sonríe con malicia.

—Porque ha sido divertido. ¿Has visto qué cara ha puesto?

Sí, no se me olvidará en la vida. Pero, aun así, le ha dicho algo que no es cierto. No estoy con nadie. Estoy acostándome con alguien, que es muy diferente. Mi móvil empieza a sonar y lo busco por el bolso. Es la undécima llamada de Jesse.

—¿Quién es? —pregunta Kate, y acerca la cabeza para ver la pantalla.

—Jesse.

Frunce el ceño.

—¿No le contestas?

Me inclino sobre la silla y dejo que siga sonando.

—Lo he dejado plantado para venir a ver a Matt —refunfuño.

Kate abre la boca de asombro.

—Ava, a veces pareces tonta. No te ofendas, pero cuando estabas con él te volviste tan aburrida que me planteé dejar de ser tu amiga.

Su comentario me duele.

—Ya te vale, ¿no?

Ella se echa a reír.

—La verdad duele, ¿verdad?

—Pues sí, así es.

—Pero bueno, has salido airosa de la situación, así que voy a dejarlo correr. —Se echa hacia adelante para decirme—: Diviértete. Además, él me gusta.

Sí, ya lo ha dejado bastante claro, y él no es aburrido. Pero sé que esto no puede acabar bien. Un empleado se acerca con un recogedor y un cepillo. Le sonrío a modo de disculpa, pero el teléfono empieza a sonar de nuevo y me interrumpe. Vuelvo a ignorarlo… una vez más. Necesito tiempo para pensar en todo esto. Ayer estaba tan afectada que dejé que un pecho firme, una voz suave e hipnotizadora y unos labios exuberantes me nublasen el pensamiento. ¿A quién quiero engañar? Cada vez que estoy con ese hombre pierdo la capacidad de pensar. Me abruma con su intensidad y me arrebata el sentido común.

—Vaya, ¡un tío bueno a las tres! Y está mirando. ¿Cómo tengo el pelo? ¿Tengo cobertura de tarta en la cara? —Kate empieza a frotarse las mejillas con las palmas de las manos.

Me vuelvo en esa dirección y veo al tipo de la barra de La Mansión. ¿Cómo se llamaba? ¿Drew? No, Sam. Levanta la botella de cerveza y me saluda con una amplia sonrisa dibujada en el rostro descarado. Le respondo levantando la mano y miro a Kate.

—¿Lo conoces? —pregunta incrédula.

—Es Sam, estaba en La Mansión. Es amigo de Jesse.

—¡Joder! Jesse pertenece a una banda de tíos buenos. —Se echa a reír, con los ojos abiertos como platos a causa de la emoción—. ¿Cómo es que nunca me has hablado de ese lugar? —inquiere—. La próxima vez que vayas iré contigo —dice decidida, y sé que no bromea—. Viene hacia aquí. ¡Preséntamelo, por favor!

Sacudo la cabeza. Para ella no es más que otra primera cita a la que hincarle el diente. Un momento… De repente me entra el pánico. ¿Me habrá visto con Matt? Espera… ¿por qué me preocupa eso?

—Hola, Ava, ¿qué tal?

Sam llega a la mesa, todavía sonriendo y con ese hoyuelo en la cara. La verdad es que es muy mono, tiene el pelo desaliñado y los ojos brillantes. Lleva puestos unos vaqueros y una camiseta, como la otra vez. Debe de irle el estilo informal.

—Bien, Sam, ¿y tú? —Apuro el vino. Me tomaría otra copa, pero no creo que a Patrick le hiciera mucha gracia que volviera a la oficina medio borracha—. ¿Llevas mucho rato aquí? —pregunto como si tal cosa.

—No, acabo de llegar. ¿Qué tal Jesse? —inquiere con una sonrisa maliciosa.

¿Qué le hace pensar que sé la respuesta a esa pregunta? ¿Se lo ha contado él? Noto que empiezo a ponerme colorada, aunque he llegado a la rápida conclusión de que me está tomando el pelo. Es su amigo, así que seguro que sabe cómo está. Me encojo de hombros, porque la verdad es que no sé qué contestar. No tengo ni idea de cómo está porque no he acudido a nuestra cita. Cuando me despedí ayer de él, estaba calentando todos mis motores sexuales y yo jadeaba como una desesperada. Imagino que ahora se sentirá algo cabreado por el hecho de que no haya acudido. ¡Ja! ¿Y qué va a hacer? ¿Despedirme? Quizá debería. Me ahorraría todos estos quebraderos de cabeza. De repente noto un fuerte golpe en la espinilla y, al alzar la vista, veo que Kate me mira con el ceño fruncido.

—Ah, Sam, ésta es Kate. Kate, Sam. —Muevo la mano entre ambos y me fijo en que el semblante de Kate se torna angelical. Le ofrece la mano a Sam, que sonríe antes de estrechársela.

—Un placer conocerte, Kate —dice con cortesía y pasándose la otra mano por las ondas engominadas.

—Lo mismo digo. —Arquea una ceja.

¡No me lo puedo creer! Está flirteando con él. Sonríe con timidez ante los cumplidos que él le hace a su cabello rojo y salvaje mientras siguen agarrados de la mano. El teléfono me avisa de que tengo un mensaje. Para huir del evidente cortejo que tengo delante, lo abro y lo leo con un ojo cerrado.

Más vale que tengas una BUENA razón para dejarme plantado. Espero que se esté muriendo alguien. Estoy muy cabreado, señorita. Esta vez NO hay beso.

¡Vaya! Está preocupado. Mi corazón da un inesperado brinco de aprobación, pero al instante me obligo a salir de mi patética burbuja de satisfacción y me recuerdo que no tengo que rendirle cuentas de nada. Está claro que le gusta que lo obedezcan. Además, no lo he dejado plantado. Sólo he retrasado una reunión de negocios. Me va a estallar la puñetera cabeza. Pero ¿qué me pasa? Dejo el teléfono sobre la mesa y, al alzar la vista, veo a Kate interpretando el mejor acto de flirteo que haya visto en la vida. No conoce la vergüenza, y siguen cogidos de la mano.

Ella deja de mirar a Sam y me mira a mí.

—¿Era de Jesse? —pregunta descaradamente.

Le doy una patada por debajo de la mesa y noto que Sam me mira. La voy a matar.

—¿Jesse? —pregunta Sam—. Acaba de llamarme. No tardará en llegar.

«¿Qué?»

Kate se echa a reír como una hiena, y yo le propino otra patada por debajo de la mesa. ¿Le habrá dicho Sam que yo estaba aquí?

—Tengo que irme —digo, y me levanto—. Kate —sonrío dulcemente mientras ella controla la risa—, ¿tú no tenías que hacer algo a las dos y media?

—No —responde también sonriendo e incluso superando mi nivel de dulzura. Es de lo que no hay.

La miro con recelo y recojo mi bolso y mi teléfono.

—Bueno, pues luego nos vemos. Me alegro de volver a verte, Sam.

Le suelta la mano a Kate y me besa en la mejilla.

—Sí, lo mismo digo, Ava. Un placer.

Me dispongo a marcharme, pero entonces doy media vuelta con una expresión totalmente plana e indiferente.

—Por cierto, Kate. Dan vuelve la semana que viene. —Le suelto la bomba y espero la explosión. No tarda ni un nanosegundo en abrir la boca de asombro.

¡Toma! Le lanzo una mirada para advertirle que no debe jugar conmigo y me largo llena de satisfacción. Aunque me dura poco. Jesse está justo detrás de mí, mirándome como un perro rabioso. Me encojo al instante.

—¿Quién ha muerto? —ladra.

Está muy cabreado.

—Estaba trabajando —me defiendo nerviosa.

Me mira con el ceño fruncido.

—¿Y eso te impide contestar el teléfono? —Su voz destila desaprobación.

Vale, puede que el que no contestase a sus llamadas sea una razón de peso para estar enfadado.

Me vuelvo y veo a Kate y a Sam observando en silencio nuestro pequeño altercado. Mi amiga empieza a mirar en todas direcciones menos en la nuestra. Sam apenas logra dominar su expresión de sorpresa y fracasa en su intento de fingir desinterés. Suspiro y miro a Jesse, que aún parece estar a punto de golpear algo.

—He de volver al trabajo —digo. Lo esquivo y salgo del bar. Su reacción me parece exagerada y roza peligrosamente la posesión y la manipulación, y yo no quiero ni una cosa ni la otra.

Salgo a Piccadilly y sorteo la multitud que se forma a la hora de comer. Sé que me sigue. Siento su mirada verde y penetrante clavada en mi espalda.

Cuando giro hacia Berkeley Street, el gentío disminuye y me vuelvo. Está increíblemente guapo con ese traje gris pizarra y esa camisa azul claro. Resoplo para mis adentros y acelero el paso. Si consigo llegar a la oficina, estaré a salvo de su cólera. No va a montarme una escenita en el trabajo, ¿verdad? Aunque no parecía que le importase mucho montármela delante de Kate y de Sam. ¿Me arriesgo? Este tío es muy inestable. Pero ¿por qué se comporta de esta manera? Sólo nos hemos acostado, no nos hemos casado.

Acelero el paso y cruzo las puertas de la oficina pero, en cuanto llego a mi mesa, me arranca de allí entre quejas y me arrastra de nuevo hacia la calle.

—Pero ¿qué coño haces? —vocifero. Él pasa de mí y sigue avanzando hacia la puerta.

Me agarro al final de su espalda y, al alzar la vista, veo que Tom, Victoria y Sally contemplan con la boca abierta cómo me transporta hasta el exterior. Por favor, que Patrick no esté.

—¡Joder, Jesse! ¡Suéltame!

Deja que me deslice por la parte delantera de su cuerpo, y lo hace lentamente, con la intención de que note los duros músculos de su magnífico pecho. Me detiene antes de que toque el suelo con los pies. Me sostiene por la cintura para que mis labios queden a la altura de los suyos y su flagrante erección me roce justo en el lugar adecuado. ¿Está cabreado y cachondo?

Se me escapa un gemido traicionero cuando se aprieta contra mí con ese aliento cálido y fresco. Se supone que tengo que estar cabreada, y, sin embargo, aquí estoy, retenida en contra de mi voluntad —más o menos— y deseando desnudar a mi captor delante de todos mis colegas, que se han pegado al cristal de la puerta de la oficina peleándose por las mejores vistas.

—Esa boca. Me has dejado plantado. —Aprieta sus labios contra los míos y se aparta. Su mirada se suaviza mientras me mira y espera una explicación.

Ahora no puedo decirle por qué he cancelado la cita. Supongo que se subiría por las paredes.

—Lo siento —suspiro. ¿Aceptará mis disculpas?

He de volver a la oficina y aclararme las ideas. No, he de volver a casa y aclararme las ideas, a ser posible con una botella de vino.

Él sacude la cabeza suavemente y me ataca la boca con vehemencia en mitad de Bruton Street. Hundo los dedos en su pelo y me rindo a esos labios tremendamente adictivos sin darle demasiadas vueltas. No tiene ninguna vergüenza y parece ajeno por completo al ajetreo de peatones que se apresuran de un lado a otro a la hora de comer y que, con toda seguridad, se quedan mirando cómo me devora. Me tiene absorbida. Presiona la entrepierna con fuerza contra mí y gimo. Este beso es para demostrarme lo que me he perdido, y estoy empezando a odiar a Matt por ello.

—No vuelvas a hacerlo —me ordena con un tono que no acepta réplica. Me suelta y toco el suelo con los pies. La repentina falta de sujeción hace que me tambalee hacia adelante.

Me coge del brazo para enderezarme y una puñalada de dolor me recorre el cuerpo y rompe el embrujo. Respiro hondo. Me suelta y se aparta de mí. Sus dulces ojos verdes se inundan de rabia al ver los moratones que luzco en el brazo por cortesía del calvo gilipollas. Mientras los observa, la mandíbula empieza a temblarle y se le hincha el pecho.

Sólo pienso en la suerte que tuvo el calvorota de que estas magulladuras no se vieran ayer.

—Estoy bien. —Me cubro con la mano con la esperanza de que, al ocultar la zona que lo altera, abandone el estado de furia.

Parece un loco homicida. ¿Está cabreado porque tengo unos moratones?

—Tengo que volver al trabajo —digo con un hilo de voz, algo nerviosa.

Aparta la mirada de mi brazo y vuelve a fijarla en mis ojos. Me mira como si yo fuera lo que lo altera. Un destello de irritación cruza su atractivo rostro cuando levanta la mano para frotarse las sienes con las puntas de los dedos. Entonces suspira agobiado.

Finalmente, sacude un poco la cabeza y se marcha sin mediar palabra. Me deja ahí plantada sobre la acera, preguntándome qué coño ha pasado. Agacho la cabeza y miro desesperadamente al suelo, como si fuese a encontrar la respuesta escrita con tiza en los adoquines.

¿Ya está? ¿Se ha acabado? Su expresión decía que sí. No sé muy bien cómo me siento al respecto. De repente me está clavando las caderas y haciéndome gemir, y al segundo siguiente me mira con toda la rabia del mundo. ¿Qué se supone que debo pensar? No tengo ni idea. Me obligo a salir de mi ensimismamiento y regreso a la oficina. Reina un silencio incómodo. Todo el mundo finge estar ocupado.

—¿Estás bien? —pregunta Tom, que pasa despacio junto a mi mesa.

Levanto la mirada y veo su expresión cotilla de siempre teñida de un aire de preocupación.

—Estoy bien. Ni una palabra de esto a Patrick —digo con más dureza de la que pretendía.

—Claro, tranquila. —Levanta las manos en señal de defensa.

«¡Joder!» Lo último que necesito es que Patrick se entere de que me han pillado con un cliente. Debería haber sido más fuerte y haberme resistido a sus insinuaciones. No me gusta nada cómo me siento ahora mismo. Creo… creo que me siento… ¿abandonada?