Capítulo Dieciséis
Solo una noche después del primer espectáculo, Ryan no se sentía bien. Aquella no era la vida que él quería y solo podía pensar en una persona.
Desde que se había marchado de Royal, no había podido dejar de preguntarse qué estaría haciendo Piper, cómo se sentiría y si podría perdonarlo alguna vez.
Solo tendría que aguantar siete semanas más. Antes tendría unos días de vacaciones, pero dudaba que Piper quisiera verlo.
Se sintió fatal. ¿Por qué no había insistido más en que lo acompañase? ¿Por qué no había hecho algo para demostrarle que era lo más importante para él?
En vez de luchar por ella, la había visto llorar y la había dejado salir de su vida.
¿Qué clase de hombre hacía eso?
Un hombre que no había pensado que podía perder a la mujer de sus sueños.
Todavía albergaba una mínima esperanza, pero no había tenido noticias suyas desde que se había marchado de Royal. Él tampoco la había llamado porque era un cobarde.
La idea de ser rechazado le aterraba.
Pero estaba allí e iba a terminar lo que había empezado. Y después regresaría a casa y no volvería a dejar sola a Piper nunca jamás.
En ese momento llamaron a la puerta, era Joe.
–Hay un montón de chicas guapas en el bar y yo estoy casado.
–Estoy bien aquí, te veré mañana.
Joe sacudió la cabeza y se echó a reír.
–Estás fatal, tío. ¿Por qué accediste a volver? Te veo infeliz.
–Yo no diría tanto. Hoy lo he hecho fatal, pero volveré a estar en forma mañana.
–Ryan, hace mucho tiempo que somos compañeros y nunca te había visto como hoy. Eso me dice que no estás donde tendrías que estar.
Ryan lo miró fijamente y luego se echó a reír.
–Creo que últimamente has visto demasiado la tele.
Joe se encogió de hombros.
–Tal vez no quiera ver que renuncias a algo importante solo por ganar un campeonato.
–No me importa ganar, solo quiero ayudarte –admitió él.
–Cuando te llamé, no me dijiste que hubieses encontrado tu sitio en Royal.
–Es cierto, volví con la idea de abrir una escuela, pero lo que encontré fue mucho más.
Se había enamorado. Estaba completamente loco por Piper Kindred.
–¿Quieres que me busque otro compañero? –le preguntó Joe sonriendo.
Ryan asintió.
–Quizás sea lo mejor, pero no te dejaré hasta que no hayas encontrado a alguien.
–Voy a echarte de menos, amigo, pero nunca te había visto tan triste haciendo algo que te encanta. Sea quien sea ella, debes de quererla mucho.
Ryan se echó a reír.
–¿Recuerdas a Walker Kindred, la estrella del rodeo cuando éramos niños? Pues estoy enamorado de su hija.
–¿No era tu amiga o algo así?
–Sí, pero ahora es la mujer con la que me voy a casar.
En cuanto cerró la puerta, Ryan se puso a planear la vuelta a Royal. Antes de volver con Piper tenía que hacer algo, algo que le demostrase que había vuelto para siempre y que quería estar con ella el resto de su vida.
Piper nunca había preparado una cena de Acción de Gracias porque siempre había estado sola, pero como en aquella ocasión estaba su padre, fue a hacer la compra. Walker había ido a ver a unos amigos, y ella estaba intentando abrir la puerta de la calle con las manos llenas de bolsas cuando esta se abrió sola.
–Ryan.
Él la ayudó con las bolsas.
–Pensé que no ibas a volver nunca –le dijo–. ¿Cuánta comida has comprado, pelirroja?
Ella se quedó en la puerta, con las llaves en la mano, mirando al hombre al que había pensado que no volvería a ver al menos en dos meses más.
–¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó–. ¿Estás herido?
–Lo cierto es que sí.
Ella lo recorrió con la mirada.
–Pues yo te veo… –«guapísimo», pensó– bien.
–Tengo el corazón roto, pelirroja. Me lo rompiste tú.
A Piper se le llenaron los ojos de lágrimas.
–En realidad, fuiste tú quien se marchó.
–Es cierto, pero también es verdad que he sufrido mucho, pelirroja.
–¿Y el circuito? ¿Has venido a pasar el Día de Acción de Gracias?
Él le limpió las mejillas y negó con la cabeza.
–He venido a quedarme, si me aceptas.
–¿Y Joe y el campeonato?
–Ya se me ocurrirá algo –respondió él–. Tendré que pagar sus deudas.
Piper cerró los ojos.
–¿Por qué ahora, Ryan? ¿Por qué has vuelto?
–Porque no soy feliz sin ti y no he podido concentrarme en nada.
–Lo siento.
–No lo sientes, estás feliz –replicó él sonriendo–. Y yo no puedo estar sin ti, Piper.
–¿Y qué pasará cuando quieras marcharte otra vez? –le preguntó ella con los ojos brillantes–. ¿Cuando necesites vivir otra aventura o cuando alguien te necesite?
–Para empezar, estar contigo es suficiente aventura y, para continuar, la única persona que me necesita eres tú.
Piper abrió la boca, pero él le puso un dedo en los labios.
–Y yo también te necesito a ti –añadió–. Por favor, dime que me perdonas o, al menos, que lo pensarás.
Piper sonrió.
–Me encanta verte sufrir, pero voy a ser buena.
–¿Significa eso que me quieres?
Ella lo abrazó con fuerza por la cintura.
–Significa que, si intentas marcharte otra vez, te castraré.
Ryan la tomó en volandas, la hizo girar y la besó.
–Esto… tal vez deba volver luego.
Piper se sobresaltó al oír a su padre.
–¿Piper? –preguntó Ryan, mirándolos a ambos.
–Han pasado muchas cosas en tu ausencia.
Walker alargó la mano hacia Ryan.
–Bueno, pues, a juzgar por lo que he visto y he oído, bienvenido a la familia.
Piper y Ryan se echaron a reír.
–Todavía no me ha pedido que me case con él, papá.
Ryan le dio la mano a Walker.
–No, todavía no lo he hecho, pero tengo que hacerlo ahora mismo –añadió, sacándose una caja pequeña del bolsillo.
Piper miró boquiabierta el sencillo anillo de diamantes.
–Te he querido desde que me diste el puñetazo en la nariz. Nunca he conocido a nadie como tú y, aunque sé que no merezco tu amor, quiero que te cases conmigo.
Ella miró a su padre por el rabillo del ojo y lo vio retroceder.
–Es un anillo sencillo porque sé que trabajas mucho con las manos, pero podemos cambiarlo si no te gusta –le explicó Ryan, poniéndoselo en el dedo.
–Es perfecto –le dijo ella.
Miró el anillo y no pudo evitar llorar y sonreír a la vez.
–Veo que estabas muy seguro de ti mismo, vaquero –comentó.
–No, estaba como un flan.
Piper lo abrazó con fuerza, y le susurró al oído:
–Te quiero. Y te lo demostraré cuando mi padre no esté delante.
–¿Por qué no lo mandas a por algo a la tienda? –respondió él, también en voz baja.
–Está bien, soy viejo, pero no estoy sordo. Veo que necesitáis estar a solas. Me voy… fuera.
Piper se echó a reír.
–No, papá, quédate. Me encanta estar con los dos hombres más importantes de mi vida. Además, así me ayudaréis a preparar la cena de mañana.
Ryan retrocedió y se remangó la camisa.
–Estás de suerte, pelirroja. Solía ayudar a mi madre en la cocina y la cena de Acción de Gracias era su especialidad.
Mientras cocinaban, Ryan le contó a Walker por qué había vuelto al circuito.
–Yo le daré el dinero que necesita –se ofreció Walker.
–¿Qué? –preguntó Piper sorprendida.
–Tengo tanto dinero que no sé qué hacer con él –admitió su padre.
Piper miró a Ryan y después a su padre.
–Vaya, eso es estupendo, papá.
Ryan asintió.
–Si lo dices en serio, Walker, podemos darle la mitad cada uno, pero no es necesario, de verdad.
–Quiero hacerlo –insistió Walker–. No sabéis cómo me alegro de haber vuelto a casa.
Piper atravesó la cocina y abrazó a su padre.
–Yo también me alegro de que hayas vuelto –le dijo–. Va a ser el mejor Día de Acción de Gracias de toda mi vida.