Capítulo Siete
Piper cerró los ojos.
No estaba acostumbrada a ser ella la paciente. Y Ryan la estaba tocando de una manera que hizo que tuviese que esforzarse en mantener la compostura y no abrazarlo por el cuello y darle el beso que él le había pedido varios días antes.
–Ryan –susurró, abriendo los ojos y encontrándoselo todavía más cerca de lo que había pensado–. Estoy bien.
Él bajó la vista a donde tenía la mano, por debajo de su pecho.
–Tengo que verte también la espalda.
Piper levantó la rodilla y se giró. La sensación que le produjo la mano de Ryan en la espalda fue tan potente como la vez anterior. Le estaba tocando la piel, pero Piper tuvo la sensación de que llegaba a su corazón.
–¿Cómo la tengo? –le preguntó.
–Como si te hubieses caído de un tejado –respondió él–. ¿Estás segura de que no te has roto nada? ¿No piensas que deberían hacerte una radiografía, solo para estar seguros?
Piper volvió a tumbarse boca arriba y sonrió.
–Estoy segura de que, si tuviese algo roto, lo sabría. Me duele, pero no tanto. Y hoy es el segundo día, por eso estoy peor.
Él la miró a los ojos y Piper deseó humedecerse los labios y peinarse con los dedos, pero no lo hizo. Se quedó inmóvil, esperando a que Ryan dijese o hiciese algo.
La espera fue breve. Ryan llevó la mano a su rostro y ella se dejó acariciar.
–No puedo seguir negando lo que hay entre nosotros –murmuró él.
Piper abrió la boca, anticipando su caricia, su beso.
Ryan se acercó más.
–Es una locura.
–Sí.
–Me voy a volver loco preguntándome a qué saben tus besos.
Piper se humedeció los labios por fin porque quería besarlo más de lo que era consciente o, al menos, más de lo que quería admitir.
–¿Y si es un error? –le preguntó en voz baja.
–Ya hemos cometido errores antes. Prefiero arriesgarme y aprender de ellos, pero tengo la sensación de que, en esta ocasión, merece la pena intentarlo.
Ryan no esperó a que Piper le diese otra razón por la que parar aquello. Sabía lo que quería y ya había esperado suficiente… casi veinte años.
Le acarició las mejillas, hundió los dedos en su pelo rizado y, antes de que le diese tiempo a arrepentirse, la besó.
Y dio gracias de estar sentado, porque sintió que le temblaban las rodillas. Su sombrero cayó al suelo.
Piper respondió a sus besos y lo abrazó por el cuello para tenerlo más cerca.
Ryan intentó memorizar el contorno de sus labios, su sabor y su suavidad. Quería saber qué era lo que la excitaba, qué tenía que hacer para volverla loca.
La conocía como amiga, pero quería conocerla como amante.
Con cuidado, pasó la mano por la parte del torso que no se había golpeado y la agarró por la estrecha cintura.
–No deberías resultarme tan sexy –le dijo en un susurro–. No debería desearte tanto.
Ella echó la cabeza hacia atrás, él la besó en el cuello y luego fue bajando hasta llegar a los pechos.
Allí se detuvo porque no quería asustarla ni que se arrepintiese después.
La acarició justo en el borde del sujetador y se excitó todavía más.
–Yo… creo que deberíamos parar –le dijo Piper sin aliento.
Ryan no apartó las manos, no retrocedió, pero asintió.
–Mi cabeza opina lo mismo, pero el resto de mi cuerpo no está de acuerdo.
Ella sonrió.
–Todavía no puedo creer que mi mejor amigo se sienta atraído por mí, ni que bese tan bien. ¿Por qué no paramos aquí, por el momento?
Él la volvió a besar, solo un instante.
–Eres un caso perdido –comentó Piper riendo.
–Tienes razón.
Piper volvió a mirarlo y tomó su camisa. Ryan la ayudó a ponérsela con cuidado.
–¿Cómo puedo ayudarte? –le preguntó después–. Además de aliviándote el dolor con una apasionada sesión de sexo.
Ella se colocó la manta eléctrica y volvió a sonreír.
–Por tentador que me resulte tu ofrecimiento, me temo que hoy no tengo el cuerpo para hacer esfuerzos.
Ryan se puso en pie.
–Está bien. Dime qué es lo siguiente que quieres hacer en la casa. Ya que estoy aquí, me tendré que mantener ocupado.
–Aparte del tejado, necesito quitar los armarios de la cocina. He comprado unos nuevos, pero todavía no han llegado.
–¿Conseguiste aquellos con acabado en caoba que tanto te gustaban?
Ella cerró los ojos y suspiró.
–No, eran demasiado caros. He escogido otros, también de madera oscura, pero más baratos.
Ryan miró a su pequeña guerrera. La mujer que siempre pensaba que era capaz de hacerlo todo sola.
¿Por qué nunca le pedía ayuda? Por una vez, quería que le dejase ayudar.
–Podía haberte ayudado a pagar esos armarios.
Ella lo miró a los ojos.
–De eso nada, Ryan. Me parece ridículo. Estás gastándote mucho dinero en tu escuela y te acabas de comprar una casa enorme. Además, esta es mi casa y estaré encantada con los armarios baratos. Caros o baratos, todos sirven para guardar platos y comida.
Ryan sabía lo mucho que le habían gustado los otros armarios. La mayoría de las mujeres se volvían locas por los diamantes o por la ropa, pero Piper era feliz con sus camisas de franela y la lencería sexy debajo.
No quería siempre lo mejor y había hecho muchos recortes en su proyecto de reforma. Y estaba sacrificando algo que quería de verdad porque era práctica y no podía justificar aquel gasto extra.
–Entonces, ¿lo más urgente es el tejado y los armarios de la cocina?
–No hace falta que hagas nada. De verdad –respondió ella, mirándolo a los ojos–. Ya lo haré yo mañana.
Él pensó que no iba a permitirle que hiciese nada al día siguiente, pero no se lo dijo.
–Te lo preguntaba solo por curiosidad –comentó en vez de eso–. No pretendo hacerme cargo de tu proyecto. Además, todavía estoy dolorido después del accidente. Era solo por si tenías algo pequeño que pudiese hacer.
Ella sonrió.
–¿Qué te parece si comemos y dejamos a un lado el tema de la reforma?
–Dime qué quieres comer y te lo traeré –se ofreció.
–Puedo levantarme.
Piper se incorporó.
–Los analgésicos me están haciendo efecto. Además, cuanto más me mueva, antes se me pasará el dolor. No puedo seguir tumbada. Y he debido de perder un par de kilos, con todo lo que he sudado con esa manta eléctrica.
Él bajó la vista a su pecho.
–Al menos, no los has perdido en los lugares importantes.
Piper se puso en pie y le dio un golpe en el pecho.
–Eres un pervertido.
–Solo soy sincero –la corrigió él.
Piper se sentó en una de las sillas de la cocina mientras Ryan quitaba los muebles de la cocina y los sacaba al exterior por la puerta trasera… a pesar de sus quejas.
–No quiero que te molestes, Ryan.
Él sacó el último mueble a la calle y volvió a entrar secándose el sudor de la frente.
–Si fuese una molestia, no lo haría. Y, por mucho que protestes, quiero ayudarte. No podría marcharme a casa y dejarte sola. Además, quiero estar seguro de que no haces esfuerzos. Por otra parte, cuanto antes vuelva a funcionar esta cocina, antes podrás volver a ponerte a cocinar. Como ves, soy muy egoísta.
Habían comido unos sándwiches de jamón y unas patatas fritas de bolsa. Y Ryan la había convencido de que lo dejase empezar a desmontar la cocina y le había prometido que, si le dolía algo, pararía. Menuda pareja hacían. Los dos eran testarudos, los dos estaban lisiados… Pero Piper sabía que Ryan quería ayudarla de verdad, así que había decidido dejarle ganar aquella pequeña batalla.
–Sabía que tenías algún motivo oculto.
Él atravesó la cocina, abrió la nevera y sacó una cerveza, como había hecho tantas veces antes. A Piper le gustaba que se sintiese cómodo en su casa. Nunca había estado tan bien con ningún otro hombre. Ryan siempre había formado parte de su vida y no podría vivir sin él.
Lo vio dar un largo trago de la botella y admiró a su amigo, que se había quitado la camisa.
Cuando Ryan se pasó la lengua por los labios, Piper tragó saliva y trató de no pensar en el beso que se habían dado un rato antes.
–¿Quieres hablar de lo que estás pensando?
Piper lo miró a los ojos y lo vio sonreír porque sabía que le había adivinado el pensamiento.
–¿Cómo haces para saber lo que pienso? –le preguntó.
Él se encogió de hombros, dio otro trago de cerveza y suspiró.
–Digamos que es un don. Te conozco mejor que tú misma.
Ella puso los ojos en blanco.
–Está bien, don Listo, ¿en qué estaba pensando?
–Estabas pensando que tenías que haberme devorado entero hace un rato, en vez de haber echado el freno.
Piper se echó a reír.
–No. Inténtalo otra vez.
–Ah, es verdad, eso es lo que estaba pensando yo –se corrigió Ryan, dejando la cerveza y acercándose a ella–. Tú estabas pensando que el beso ha sido mucho más de lo que esperabas. Y te estabas preguntando si iba a volver a ocurrir o si era mejor no tentar a la suerte. Por si acaso el segundo beso no es tan bueno como el primero.
Ryan tomó sus manos y la ayudó a ponerse en pie. Sus rostros quedaron muy cerca el uno del otro y Piper tuvo que hacer un esfuerzo por respirar con normalidad. Tenía el corazón acelerado.
–Te da miedo admitir que te ha gustado y te preguntas qué habría pasado si no hubiésemos parado.
Piper lo miró fijamente a los ojos.
–Sé muy bien qué habría pasado.
–Y algún día… ocurrirá –susurró él.
Luego la agarró por los brazos, la apretó contra su pecho y devoró sus labios.
Y Piper se sintió… perfectamente bien. Sus cuerpos encajaban allí donde debían, haciendo que la imagen de ambos en una cama fuese más creíble y real.
Piper se estremeció solo de pensarlo. Una parte de ella quería ir más allá de los besos, pero a otra le preocupaba perder su amistad para siempre.
Pero, en esos momentos, con sus brazos sujetándola con fuerza, su erección apretada contra el vientre y sus labios haciéndole el amor, a Piper casi no le importó arriesgarse.
Casi no le importó que Ryan fuese su mejor amigo y lo más parecido a una familia que tenía.
Entonces recordó que era un vaquero. Que le gustaba la aventura y el peligro.
Lo mismo que a su padre.
Y a pesar de que los besos eran increíbles, supo que jamás se enamoraría de un vaquero. No podía repetir la historia de su madre.
Ryan iba a abrir una escuela de rodeo y quería establecerse en Royal, pero ¿y si se cansaba de vivir allí? ¿Y si necesitaba la adrenalina que solo los rodeos le podían proporcionar?
No obstante, lo abrazó por la cintura y permitió que sus besos la trasladasen a otro lugar. Un lugar en el que eran solo dos personas que se sentían atraídas la una por la otra… no dos personas destinadas a sufrir.
Porque, por mucho miedo que le diese que Ryan se volviese a marchar, no podía negar que estaba empezando a obsesionarse con su mejor amigo.