Capítulo Ocho
–No hace falta que te quedes.
Piper empujó el balancín del porche con el pie descalzo para ponerlo en movimiento. Ryan estaba tumbado en una hamaca, enfrente de ella.
–Ya lo sé –le respondió él–, pero quiero hacerlo. No tengo nada más que hacer.
Ella se echó a reír.
–Siempre me haces sentir muy valorada, me alegro de que estés aquí porque no tienes nada mejor que hacer.
–También prefiero estar aquí que castrando ganado, así que no pienses que eres la última en mi lista de prioridades.
Piper le tiró un cojín que había en el balancín y le dio con él en el pecho. Le dolió la espalda al hacer el movimiento, pero mereció la pena.
–Eres un sabiondo.
–Pero te gusto tal y como soy –murmuró él, sonriendo.
–Es verdad –admitió Piper, disfrutando de la brisa de la tarde.
Por un momento, se relajó por completo. Le encantaba terminar el día sentada en aquel balancín.
Tal vez tuviese la casa hecha un desastre, pero la reforma iba avanzando y podría sentirse orgullosa de sí misma cuando la terminase.
–¿Te acuerdas de cuando pasábamos por aquí con las bicicletas? –le preguntó Ryan, rompiendo el silencio.
Piper miró hacia la acera que había entre la carretera y su jardín y casi pudo verlos a ambos, mucho más jóvenes, pedaleando. La bicicleta de Ryan había sido azul y negra, la suya, roja, con timbre. Y le había encantado ir detrás de él, tocando aquel timbre.
–Me acuerdo –dijo, sonriendo–. Creo que te dije que algún día esta casa sería mía.
–Siempre pensaste que tenía mucho potencial. Aunque no imaginé que te gustara tanto.
Piper se encogió de hombros.
–Siempre me pareció muy acogedora. Quería una casa en la que sentirme querida, y en esta siempre había juguetes en el jardín y una madre o un padre sentados en este balancín. Me parecía que había en ella la vida que yo quería.
–¿Y ahora? –le preguntó Ryan–. ¿Qué vida quieres?
Ella lo miró a los ojos.
–No me importaría tener esa vida. Aunque con mis horarios de trabajo, no sé si voy a conseguir salir con alguien.
–Trabajas demasiado.
–No todos somos estrellas del rodeo y ganamos mucho dinero con facilidad.
Ryan le tiró el cojín de vuelta.
–Yo no soy ninguna estrella, pelirroja. Solo soy un hombre que va a abrir una escuela en un rancho. Estoy dispuesto a tener una vida sencilla.
Piper se abrazó el cojín al pecho.
–Tal vez estés dispuesto a ello, pero te conozco. Si te llamasen y te pidiesen que volvieses a los rodeos, lo harías.
–Quiero la vida que tuvieron mis padres –dijo él–. Quiero el amor que ellos compartieron antes de que mi madre muriese, antes de que mi padre dejase que la culpabilidad se lo comiese vivo. Sé que el amor existe. Lo he vivido y sé que puede durar para siempre.
A Piper se le hizo un nudo en la garganta. La madre de Ryan había fallecido en un accidente de tráfico, su padre iba al volante y se había sentido culpable de la tragedia. Se había deprimido y había fallecido de un infarto cuando Ryan estaba en el último año de instituto.
Piper sabía que ese era otro motivo por el que Ryan había decidido marcharse de allí, para intentar escapar de los dolorosos recuerdos.
–¿Estás seguro de que no van a volverte a entrar ganas de viajar? –le preguntó–. Llevas seis meses en casa, todo un récord. ¿Qué pasará cuando se hayan terminado las vacaciones? ¿No te aburrirás?
Ryan negó con la cabeza.
–Estoy demasiado ocupado como para aburrirme. Me he retirado del circuito, para siempre.
El padre de Piper también lo había hecho. Dos veces.
–Yo no soy él, Piper.
Ella lo miró al oír aquello.
–Tal vez pienses que nos parecemos en muchas cosas, pero mi lealtad hacia ti es otra.
–Es difícil no pensar en lo mucho que os parecéis.
Ryan se levantó, puso los brazos en jarras y miró hacia la luna llena que iluminaba la noche.
–Sabes que nunca te he dejado. Nunca. Siempre he estado a tu lado cuando me necesitabas. Y siempre lo estaré.
Piper suspiró.
–Lo sé. Y lo siento. Hoy estoy un poco rara. Entre esta casa y lo mucho que me duele la espalda, no me siento bien.
Él sonrió.
–Tienes derecho a sentirte mal cuando piensas en tu padre.
–Sí, pero no debería pagarlo contigo –admitió Piper, poniéndose en pie y acercándose a él para abrazarlo por la cintura–. Sé que no debo compararos. Tú eres leal, honesto y una persona en la que se puede confiar.
Ryan se echó a reír.
–Acabas de describir al perro perfecto –comentó, poniendo un brazo alrededor de sus hombros.
–Ya sabes lo que quiero decir. Sé que puedo confiar siempre en ti. Lo nuestro es mucho más fuerte de lo que tienen muchas familias o matrimonios.
–Por eso somos la pareja perfecta.
–¿Estás hablando otra vez de sexo?
Ryan la giró para que lo mirase y sonrió.
–Soy un hombre. Siempre estoy pensando en el sexo.
Ella se echó a reír.
–No sé si te has dado cuenta, pero no hay muchos hombres que se acerquen a mí con esas intenciones.
–Ellos se lo pierden. Yo sé lo que hay debajo de esa camisa y cómo eres por dentro. El hombre que no te sepa apreciar es un idiota.
Piper lo miró fijamente, al parecer, Ryan estaba hablando en serio.
–En ese caso, solo he debido de salir con idiotas –murmuró–. ¿Por qué estamos hablando de mi vida sexual?
Ryan le dio un beso en los labios.
–Porque quiero formar parte de ella.
Ella dio un grito ahogado al sentir que la agarraba con fuerza por el trasero y la apretaba contra su cuerpo. Ya estaba excitado.
Él empezó a retroceder hacia la hamaca y ella tuvo que seguirlo. Bueno, pudo no hacerlo y romper aquel beso tan increíble, pero no quiso.
Sin separar los labios de los de ella, Ryan se sentó en la hamaca y colocó a Piper a horcajadas en su regazo.
Ella se dio cuenta de la intimidad de la postura, teniéndolo entre los muslos, con el pecho apretado al suyo. Ryan siguió besándola y le acarició la espalda por debajo de la camisa de franela.
Piper se alegró de haberse dado una ducha un rato antes, con él ya en casa. No se había arreglado el pelo, ni nada, pero se había quitado la ropa del día anterior y estaba limpia.
–Ryan –balbució, casi sin aliento–, ¿qué estamos haciendo?
–Meternos mano, pero no te preocupes, no vamos a dejar que se nos vaya de las manos –le contestó mientras empezaba a desabrocharle la camisa.
A Piper le entraron ganas de reírse, pero Ryan ya había empezado a acariciarle los pechos. Pensó que aquello se les había ido de las manos desde que se habían dado el primer beso.
Y hacer aquello con treinta años era… patético. Tenía que haber otra manera, menos juvenil, de describirlo.
Pero, aunque hubiesen perdido el control, a ella le daba igual porque en esos momentos ya no podía seguir pensando.
Sabía que ya no había marcha atrás, aunque aquello estaba yendo demasiado deprisa. Llevaban varios días dándole vueltas al tema, pero ella seguía viéndolo como su mejor amigo y no quería poner eso en peligro por una aventura.
Él pasó la lengua por el borde de su sujetador y Piper tuvo que admitir que se sentía cómoda con la idea de que Ryan la volviese loca de deseo.
Arqueó la espalda porque no era capaz de controlar su cuerpo y él terminó de desabrocharle la camisa y la abrazó por la cintura.
Piper sintió sus manos ásperas y se preguntó cómo sería tenerlas por todo el cuerpo. Se aferró a los hombros de Ryan y apretó las rodillas contra sus muslos mientras él tomaba su pecho con una mano y pasaba la lengua por el pezón.
–Ryan –susurró–, estamos en el porche.
Él levantó la cabeza y sonrió.
–Ya lo sé.
No obstante, no había vecinos cerca y había arbustos alrededor de todo el porche.
Además, Piper no quería parar para entrar en casa. Aquello le estaba gustando demasiado.
Cuando Ryan llevó la mano al botón de sus pantalones vaqueros, Piper se quedó de piedra.
–¿Ryan?
–Shh. No pasa nada. Sé que no estás preparada, pero quiero que sientas. Quiero que te des cuenta de que esto está bien –le dijo, desabrochándole los vaqueros–. Confía en mí.
Piper había confiado en él toda la vida, y seguía haciéndolo.
–Levántate un poco.
Ella se sustentó en las rodillas y apoyó la frente en la de él. Contuvo la respiración y vio que Ryan metía la mano por debajo de sus braguitas.
–No te pongas tensa ahora, pelirroja.
Piper cerró los ojos mientras él la acariciaba y, cuando quiso darse cuenta, estaba balanceando las caderas contra su mano.
–Estás preciosa –susurró él.
Ella lo miró a los ojos y siguió moviéndose cada vez con más rapidez. Necesitaba más y no sabía cómo pedirlo. No se sentía incómoda y no quería estropear el momento.
–No hay prisa –le dijo él–. Podría estar tocándote, mirándote, toda la noche.
–Ryan… yo…
–Lo sé.
La besó y siguió acariciándola hasta que Piper no pudo soportarlo más y decidió rendirse.
No iba a intentar controlarse por miedo a perder su amistad. Nada iba a impedir que disfrutase de lo que Ryan le estaba dando en ese momento.
Gimió contra sus labios al perder el control de su cuerpo y notar que sus músculos internos se sacudían de placer.
Ryan siguió acariciándola y ella no supo qué hacer, pero sí que el siguiente paso sería acostarse con él.
Y estaba empezando a preguntarse por qué había tardado tanto en darse cuenta de que tal vez no fuese tan mala idea.