Capítulo Doce

 

Tumbada en la cama, sudorosa, saciada y dolorida, Piper pensó que Ryan había cumplido con su promesa. Ella se había reído al oírle decir que llevaba años deseándola, pero lo cierto era que se lo había demostrado.

No había una sola parte de su cuerpo que no hubiese acariciado, ya fuese con las manos o con sus dulces palabras. Piper tenía que admitir que había llegado a acariciarle incluso el corazón. Aquello era algo que no había planeado, pero sabía que no podía haber seguido luchando contra el deseo y la pasión.

Y en esos momentos, después de admitir que Ryan le había tocado el corazón, supo que tenía que tener más cuidado que nunca. Lo último que quería era perder la amistad que los unía. Se había apoyado en Ryan desde hacía veinte años y no quería perderlo.

Todavía no había vuelto la electricidad y pensó que iba a tener que poner en marcha el generador para poder encender los ventiladores. Si no, tendría que darse otra ducha fría…

Se apartó del torso desnudo y fuerte de Ryan, que estaba dormido. Y pensó que le encantaba tener su cuerpo pegado al de ella. ¿Cómo iba a volver a ser solo su amiga? No iba a ser posible. Cada vez que lo mirase, que hablase con él, que comiese con él, se acordaría de cómo la había hecho sentir.

–¿Adónde vas? –balbució Ryan.

–A encender el generador para que funcionen los ventiladores.

–¿Por qué no nos damos otra ducha? –le sugirió él, mirándola a los ojos–. O, todavía mejor, vamos a mi casa. Seguro que allí hay electricidad.

–Después de semejante tormenta, es probable que se haya ido la luz en todo el pueblo.

Él se apoyó en un codo para incorporarse.

–Sí, pero yo vivo fuera del pueblo.

Piper se sentó en la cama y tomó su mano.

–¿No quieres quedarte aquí?

Él la abrazó por la cintura y volvió a tumbarla.

–Tal vez prefiera tenerte en mi cama.

Esa mañana, el calor de su mirada era tan intenso como la noche anterior. A Piper le había preocupado que no fuese así.

–No lo estropees, pelirroja –añadió–. Ahora somos todavía mejores amigos.

–Tengo que admitir que es la primera vez que me acuesto con un amigo, así que no sé qué esperar.

–Yo tampoco me había acostado nunca con una amiga, pero me alegro de que hayas sido tú la primera.

Piper se echó a reír.

–Y yo que pensaba que ya lo habías probado todo.

–Creo que era lo último que me quedaba por probar –admitió él riendo–. Quiero que sepas que sé la imagen que los medios de comunicación han estado dando de mí a lo largo de los años, pero que no me he acostado con todas las mujeres que se cruzaban en mi camino.

Piper levantó una mano para hacerle callar.

–Hace mucho tiempo que somos amigos, Ryan. Sé que no vas por ahí acostándote con todo el mundo, pero no quiero saber lo que has hecho o dejado de hacer.

–Para mí es importante que no pienses que soy un mujeriego. Puedo contar con un solo dedo el número de aventuras de una noche que he tenido. Y con una mano el número de mujeres con las que me he acostado, incluida tú.

Piper no pudo evitar dar un grito ahogado.

–No hacía falta que dijeses eso.

–Sí, por supuesto que sí. Nunca me ha importado lo que piense la gente de mi vida sexual, pero me importa lo que pienses tú. Y, ahora, todavía más.

Ella prefirió no profundizar en el tema. Tal vez no quisiese darse cuenta de que Ryan había dejado los rodeos de verdad y estaba dispuesto a establecerse. Sabía que tenía la intención de quedarse en Royal, pero no sabía cuánto tiempo tardaría en cansarse de estar allí. ¿Y si decidía que la emoción de la vida hogareña no era suficiente?

¿Y si se marchaba, como había hecho su padre?

–Vamos a ponernos un mínimo de ropa y vamos a mi casa –le sugirió él, interrumpiendo sus pensamientos–. Allí hay más privacidad, podríamos correr desnudos alrededor de la casa y no nos vería ningún vecino. Bueno, ahora tengo animales, pero no dirían nada.

–Eres patético –dijo ella en tono de broma–. No me puedo pasar desnuda todo el día, Ryan. Tengo cosas que hacer.

–¿Como qué? Sé que tienes el día libre y, sin corriente eléctrica, no vas a poder trabajar en la casa.

Ella pensó que era un hombre capaz de tentar al propio diablo. ¿Cómo iba a rechazarlo, si su cuerpo ya estaba respondiendo que sí?

En ese momento sonó el teléfono.

–Deja que salte el contestador –le dijo Ryan.

–No puedo. Podrían llamarme del trabajo, o podría ser alguien que me necesita. Es temprano, así que tiene que ser importante.

–Yo te necesito –le dijo él–. Te guardo el sitio para que vuelvas pronto.

Piper sonrió y fue hasta la cómoda para contestar al teléfono.

–¿Cara? –respondió–. ¿Va todo bien?

–Sí, bien, siento molestarte tan temprano, Piper.

–¿Se trata de Alex? –le preguntó, mirando a Ryan, que se había sentado en la cama.

–Está bien. Quiero decir, que está como siempre –respondió Cara–. Eso es lo que me preocupa. Esta mañana he ido a su casa, como todos los días. Siempre se levanta temprano, y le he llevado sus magdalenas favoritas. En cualquier caso, después de la tormenta estaba preocupada, y, además, siempre tengo la esperanza de llegar un día y que me diga que ha recuperado la memoria.

Consciente de que estaba completamente desnuda, Piper fue al baño y se puso una bata de seda corta que tenía detrás de la puerta.

–Va a llevar tiempo, Cara –le dijo–. No te desanimes. Estás haciendo todo lo que está en tu mano para ayudarlo.

–Yo solo quiero algunas respuestas, y él se siente frustrado y no puedo ayudarlo.

–¿Le has enseñado fotografías?

–Hemos visto muchas fotografías, pero no sé qué más hacer –declaró Cara suspirando–. Incluso le he propuesto hacer una barbacoa con todos nuestros amigos, pero se ha negado. Ha dicho que no está preparado para que le hagan preguntas, ni para que se compadezcan de él. Y lo entiendo, pero no puedo quedarme sentada, sin hacer nada.

–Estás haciendo cosas por él todos los días y pronto empezará a recordar.

–He intentado ayudarlo mucho más allá de las fotografías y…

Piper esperó, pero solo hubo silencio.

–¿Cara?

–No importa. Siento haberte molestado, Piper. No sabía a quién llamar y te has portado siempre tan bien conmigo… Delante de Alex tengo que ser fuerte, pero de vez en cuando, necesito desahogarme.

–Estoy a tu disposición, Cara. De día o de noche.

–Gracias. Solo necesitaba hablar. Sé que no nos conocemos mucho, pero tengo la sensación de que, después del accidente, hay un vínculo entre nosotras. En cualquier caso, vamos a superarlo, estoy segura.

Piper sonrió.

–Esa es la actitud, Cara. Esa fuerza te va a ayudar a seguir adelante.

Piper colgó el teléfono y volvió a dejarlo en el tocador.

–¿Alex está bien? –preguntó Ryan.

Piper volvió a la cama.

–Está igual. Y me temo que eso va a acabar con Cara. Hasta ahora ha sido muy fuerte, pero no sé hasta cuándo va a poder aguantar –le respondió.

Ryan tomó su mano.

–Tiene amigos y familia, y, cuando Alex vuelva a ser el mismo de siempre, ella también estará bien.

–Eso espero. Cara solo piensa en él, solo quiere ayudarlo.

–Yo conozco a otra mujer igual de fuerte –comentó Ryan, jugando con su pelo.

Ella no quiso ni imaginarse cómo tenía el pelo después de habérselo mojado la noche anterior y no haberse puesto ningún producto. Menos mal que se había despertado junto a Ryan, que ya la había visto antes así y al que, al parecer, no le importaba.

Era la ventaja de haberse acostado con su mejor amigo.

–Si sigues mirándome así, no vamos a llegar a mi casa –le advirtió él en voz baja, ronca.

Le desató el cinturón de la bata y se la separó. Piper lo ayudó a quitársela.

–¿Y quién dice que tengamos que ir ahora? –preguntó–. Tengo hambre.

Él la recorrió con la mirada.

–Buena idea.

Ella sonrió.

–Lo digo de verdad, tengo hambre.

Se levantó de la cama, desnuda y sin ninguna vergüenza, y fue a la cocina sabiendo que Ryan la seguiría. Al fin y al cabo, era un hombre.

Abrió un armario y se le ocurrió una idea sensacional. Se giró y vio a Ryan completamente desnudo, en todo su esplendor, delante de ella.

–No sé qué estás pensando, pero me gusta –le dijo él.

–¿Por qué no me esperas en la habitación? –le preguntó ella, empujándolo–. O ve al salón. Pondré en marcha el generador y podremos bajar las persianas.

Él se acercó más y pasó una mano por su rostro, bajó por el hombro y llegó al pecho desnudo.

–Como tardes mucho, iré a buscarte estés donde estés.

Ella se excitó y asintió.

–¿Y por qué no enciendo yo el generador? –le sugirió entonces Ryan–. Nos veremos en cinco minutos en el salón.

La dejó sola y Piper tuvo que hacer un esfuerzo para ponerse en marcha.

Volvió a girarse hacia los armarios y sacó varias cosas. Quería explorar la parte divertida del sexo con Ryan y esperaba que les gustase a ambos.

Llegó antes que él al salón y colocó lo que había llevado en un viejo arcón que había comprado en una tienda de antigüedades. Sonrió al verlo llegar y mirar lo que había allí, incluida su comida favorita.

–No me puedo creer que estés pensando en lo que pienso que estás pensando.

–Mueve el trasero, vaquero.

A Piper le gustaba aquella parte del sexo, lo que le daba miedo era la parte emocional e intensa. Sabía que pendía de un hilo muy fino y que no haría falta mucho para que se enamorase perdidamente de su mejor amigo.

–Espero que esas pequeñas nubes dulces sean para mí.

Ella se echó a reír.

–Sabes que las tengo en casa solo por ti.

–¿Y qué has pensado hacer con ellas?

Piper recorrió todo su cuerpo con la mirada.

–Túmbate en el sofá y lo averiguarás.

Él la miró con deseo y Piper supo que iba a encantarle su plan.

Una vez tumbado en el sofá, tomó un puñado de nubes y las puso repartidas por su pecho, y hasta la zona pélvica.

–No te muevas –le pidió.

–Pero, si son mis favoritas, ¿no debería comérmelas yo?

–Lo harás –le respondió Piper, poniéndose de rodillas a su lado–. Cuando yo haya terminado.

Piper se fue inclinando a comer las golosinas y notó cómo Ryan se ponía tenso cada vez que lo tocaba con los labios, hasta que, de repente, se sentó y le dijo:

–Ya has terminado. Ahora me toca a mí.

–Pero si no había hecho más que empezar.

–Ese es el problema, que no quiero que se termine antes de que me toque a mí.

Piper sonrió de oreja a oreja.

–Te devolveré el favor, Ryan. Es una promesa, y lo haré cuando menos te lo esperes.

–Vas a matarme, pelirroja, pero voy a morir feliz.

Piper se echó a reír y él la tumbó en el sofá.

–A ver cuánto tiempo aguantas sin moverte –la retó.

Ella se estremeció solo de pensarlo.

Ryan tomó un puñado de nubes y se las metió en la boca.

–Eh, ese no es el juego –protestó Piper riendo.

–Tú juegas a tu manera y yo a la mía.

Piper puso los ojos en blanco.

–¿Y me voy a quedar aquí tumbada mientras tú comes?

Él la devoró con la mirada.

–Sí.

Y Piper se excitó todavía más.

–¿Qué más tenemos por aquí? –preguntó Ryan–. Crema de chocolate. Podría ser divertido.

Piper lo vio formar un corazón con nubes en su abdomen. Sintió ganas de retorcerse, pero siguió inmóvil.

Él abrió el bote de chocolate y dibujó con él el corazón.

–¿A qué es duro estar quieta? –preguntó sonriendo–. Te prometo que va a merecer la pena.

Piper se estremeció. Tal vez hubiese perdido aquel reto, pero con las manos y la boca de Ryan sobre su cuerpo, supo que al final saldría ganando.