Capítulo Nueve

 

Piper se limpió las mejillas justo antes de llegar a casa. Después de varios años en aquel trabajo, tenía que haberse acostumbrado a la muerte, pero cada vez que perdían a un paciente de camino al hospital, se lo tomaba de manera personal.

Siempre se hacía muchas preguntas. Si podía haber llegado antes… Si los coches que habían encontrado por la carretera se hubiesen apartado al ver la ambulancia, en vez de hacerles perder el tiempo… El tiempo era crucial cuando había una emergencia y el paciente de aquel día no lo había tenido a su favor. Aunque Piper sabía que, aunque hubiesen llegado antes al hospital, habría sido difícil salvarle la vida, pero era humana y no podía evitar sentirse culpable.

Sobre todo, con aquel paciente. Un padre joven que había caído al suelo fulminado mientras hacía deporte. Piper jamás olvidaría la expresión de horror del rostro de su mujer mientras se apretaba contra el pecho al bebé que tenía en brazos.

La vida era injusta y Piper estaba harta de que pasasen cosas malas a su alrededor. Alex todavía no había recuperado la memoria, pero hacía varios días que estaba en casa. Con un poco de suerte, estar en un lugar conocido despertaría algo en él.

Cara no se separaba de su lado, aunque Piper sabía que estaba muy mal y que lo único que la mantenía con fuerzas era la esperanza de que Alex volviese a ser el de siempre y pudiesen volver a convertirse una pareja feliz.

Vio el coche de Ryan aparcado en su jardín trasero. ¿Qué demonios hacía allí?

Detuvo el coche justo delante del garaje y tomó su bolso. Mientras rodeaba la casa, oyó la música favorita de Ryan, heavy metal, a todo volumen.

Eso era algo en lo que no coincidían, aunque si aquel era su único defecto, no estaba tan mal. Por suerte, no había vecinos cerca.

Piper entró en la cocina y dejó caer el bolso al suelo. Ryan se giró, sonrió y alargó la mano para bajar el volumen de la radio.

–Llegas antes de lo que pensaba –le dijo–. Esperaba haber terminado para cuando volvieses.

Piper no supo adónde mirar. Ryan se había quitado la camisa y tenía el pecho brillante de sudor, y por otra parte estaban los armarios nuevos.

No solo eran nuevos, sino que eran los que le habían gustado al principio, pero que eran demasiado caros.

Aquello fue la gota que colmó el vaso en aquel día lleno de emociones, y Piper se puso a llorar.

–Pelirroja, son solo unos armarios –le dijo él, acercándose y agarrándola de los hombros, obligándola a mirarlo–. No pretendía hacerte llorar. Pensé que te pondrías contenta.

Piper sacudió la cabeza y respiró hondo.

–No puedo creer lo que has hecho, Ryan… ¿Por qué has cambiado mi pedido?

Él se encogió de hombros.

–Porque es lo que tú querías.

Ella quiso enfadarse, pero no podía hacerlo porque Ryan había hecho aquello para hacerla feliz. Así había sido siempre, desde el momento en el que se había acercado a ella en el patio del colegio para que no se sintiese sola.

–Son muy caros –insistió.

Ryan se encogió de hombros.

–Solo he pagado la diferencia. Tú has pagado mucho más. Y me parece que estos muebles hacen que la cocina sea mucho más elegante.

–Son perfectos –admitió Piper, mirándolo a los ojos–. No sé cómo te lo voy a agradecer.

–No quiero que me lo agradezcas. Lo he hecho porque me importas y porque quiero verte feliz –le dijo, frunciendo el ceño después–. ¿Por qué has llegado a casa con tantas ganas de llorar?

Piper retrocedió, se limpió la cara e intentó sonreír.

–Por nada.

–A mí no me puedes mentir, cariño. Dime qué ha pasado. ¿Tiene que ver con Alex?

–No, no. Hablé con Cara anoche y todavía no ha recuperado la memoria.

–¿Te ha pasado algo en el trabajo?

Piper se giró hacia los armarios y deslizó la mano por uno de ellos. Luego se acercó a la ventana frente a la que iba a estar el fregadero y miró hacia el jardín.

–Hemos perdido a un paciente de camino al hospital –respondió–. Más o menos de nuestra edad. Casado y con un bebé.

–Lo siento.

Piper se giró y se apoyó en los armarios.

–Ha sido justo antes de que terminase mi turno y había pensado llegar a casa, meterme en la bañera y hartarme de llorar. No sabía que iba a tener compañía.

Ryan se acercó a ella y le puso las manos en las mejillas.

–Yo no soy compañía, pelirroja. Si quieres llorar, hazlo. Aquí están mis hombros.

Piper se resistió un segundo, hasta que Ryan la abrazó. Entonces lo rodeó con los brazos por la cintura y apoyó la mejilla en su pecho caliente, desnudo.

–No tienes por qué intentar siempre ser fuerte, Piper –le dijo él, acariciándole la espalda antes de soltarle el pelo y enterrar las manos en él–. No tienes que hacerte la fuerte delante de mí. Sé tú misma. Nadie se va a enterar de que has tenido un momento de vulnerabilidad.

Nadie, salvo ella. Por desgracia, no pudo seguir conteniendo la emoción. Empezó a sollozar.

Aspiró su olor y no le importó que estuviese sudado.

–Tenías que haber visto la cara de su mujer –balbució–. Abrazando al bebé, con esperanza en la mirada, a pesar de saber que no iba a superarlo. No podría volver a mirarla, Ryan. Soy una cobarde. Sabía que se nos estaba yendo y quería meterlo en la ambulancia antes de que lo hiciese. No quería que su mujer viese aquello.

–Has hecho lo que tenías que hacer.

Piper estaba temblando, no podía dejar de llorar.

–No he podido hacer nada para salvarlo y ese bebé va a crecer sin padre, y esa mujer va a estar sola.

Ryan entendió que aquel caso la hubiese afectado tanto. A pesar de que el padre de Piper no había fallecido, sí había desaparecido de su vida. Y ella seguía sintiendo ese vacío, jamás había podido llenarlo.

–No puedes salvar a todo el mundo –le dijo él–. Eres humana. Solo Dios decide quién se queda y quién se va.

Piper apoyó las manos en su pecho y levantó el rostro para mirarlo.

Él le limpió las mejillas y le sujetó la cara con ambas manos.

–Siento haberme venido abajo delante de ti.

Ryan sonrió y le mordisqueó los labios.

–Yo no. Me gusta que te apoyes en mí. Quiero estar ahí para ti, Piper. Para lo que haga falta.

¿No se daba cuenta de que había vuelto para quedarse? ¿Que por fin estaba preparado para echar raíces?

–¿Qué pasa con el aire acondicionado? –preguntó, para intentar que Piper pensase en otra cosa.

–Lo siento, pero no han podido venir. Y yo ya me he acostumbrado al calor. ¿Llevas todo el día trabajando con esta temperatura?

Él se encogió de hombros.

–Estamos en Texas. Puedo soportar el calor.

Ella lo miró a los ojos y Ryan se acercó más. Muy despacio, por si Piper no estaba preparada. Necesitaba probarla y demostrarle que era especial, que también la quería cuando se mostraba vulnerable… sobre todo cuando se mostraba vulnerable y bajaba la guardia.

Puso la mano en su nuca y susurró:

–Detenme. No dejes que vuelva a hacer esto.

–No puedo.

Él tampoco podía.

Así que la besó apasionadamente y, como en cada ocasión, pensó que aquello era perfecto. Tal vez Piper fuese la mujer de su vida. Tal vez fuese la mujer con la que tenía que envejecer.

Ella lo abrazó por el cuello y le acarició el pelo húmedo de sudor. Sus gemidos lo llenaron mientras sus lenguas se entrelazaban.

Ryan bajó las manos por su espalda y la agarró del trasero para apretarla contra sus caderas, para que se diese cuenta del efecto que tenía en él. Su relación iba mucho más allá de la amistad y no había cambiado a partir del primer beso, sino antes, cuando él había decidido volver a vivir en Royal y se la había imaginado desnuda en su cama.

Agarró su camisa y se la sacó de los pantalones. Necesitaba piel, su piel. Aquella piel suave y delicada que tanto le gustaba acariciar. Y quería que Piper se diese cuenta de lo especial que era para él.

Le desabrochó el cinturón y los pantalones, y ella gimió su nombre.

–¿Qué ocurre?

–Yo… –balbució Piper, humedeciéndose los labios.

Luego cerró los ojos y sacudió la cabeza.

–Tienes razón, no podemos hacerlo –admitió él–. Tú estás muy vulnerable y yo, muy caliente.

–Qué franqueza.

–Siempre he sido así.

–Sí. Por eso te admiro y por eso me importas tanto.

Ryan la vio abrocharse el cinturón con manos temblorosas y supo que tenía que marcharse de allí y alejarse de la tentación de estar con ella a solas.

–¿Te apetece que salgamos esta noche? –le preguntó.

–¿Qué tienes en mente? –le preguntó ella.

–Podríamos ir a Claire’s.

Piper sonrió de oreja a oreja y a Ryan se le encogió el estómago.

–Encantada. Es exactamente lo que necesito.

–Antes tengo que hacer un par de cosas para la escuela. He dejado a unos hombres trabajando allí y tengo que hablar con ellos antes de que se marchen, pero puedo volver dentro de un par de horas.

Le dio un beso en la mejilla.

–Intenta dejar la franela y los vaqueros en casa, ¿de acuerdo, pelirroja?

Ella puso los ojos en blanco y luego fue hacia su habitación.

–Cierra la puerta al salir.

Ryan fue silbando hacia su coche, sabiendo que, aunque Piper apareciese esa noche vestida con vaqueros, camisa de franela y botas, le encantaría cenar con ella en el único restaurante elegante que había en Royal. Nunca le había importado lo que dijese la gente.

Estaba deseando llevar a Piper a Claire’s. Nunca habían ido juntos y quería marcar el terreno, por mal que sonase. Quería que Piper se acostumbrase a la idea de que iba a quedarse en Royal y que pretendía que sus vidas se entrelazasen. Para siempre.