Capítulo Quince

 

Aquel día el trabajo no había ido tan mal como los anteriores y Piper pensó que al menos había algo positivo en su vida.

Alex todavía no había recuperado la memoria. La reforma de su casa estaba parada porque había estado pasando mucho tiempo con Ryan.

Ryan. Se sentía mal solo con pensar en él, pero supo que no podía recrearse en su dolor. Siempre había sabido que podía marcharse, sabía que era la vida que le gustaba.

Quedarse en Royal y montar una escuela era una idea fantástica, pero lo cierto era que Ryan todavía no estaba preparado para colgar las botas.

Piper no sabía si seguiría disponible cuando él decidiese volver a Royal. ¿Iba a quedarse esperándolo?

Nunca había tenido una relación tan íntima con nadie, pero, si Ryan decidía vender el rancho y no volver, sobreviviría. Sufriría mucho, pero sobreviviría.

Se acercó a su casa y suspiró al ver un coche que no conocía. Un todoterreno muy nuevo que estaba aparcado justo delante de la puerta de su garaje. Con el dinero que valía aquel coche, ella habría podido terminar de reformar la casa.

Pensó que al menos el tejado, la cocina y el baño de la casa estaban terminados, y el aire acondicionado volvía a funcionar. En el interior solo faltaba el salón, para el que estaba ahorrando poco a poco.

Tomó el bolso del asiento del copiloto y se dijo que eso era lo que tenía que hacer, pensar a largo plazo, en su vida en aquella casa que siempre le había encantado, y no en Ryan.

De repente, vio que había un hombre sentado en el balancín del porche.

Y no se trataba de un hombre cualquiera. Era Walker Kindred, su padre.

Subió los escalones muy recta y lo vio ponerse en pie y mirarla en silencio.

–Estás preciosa –le dijo por fin.

Ella se quedó inmóvil en el último escalón.

–No esperaba que me dijeras eso.

Él sonrió.

–Lo cierto es que no sabía qué decir. Esperaba que se me ocurriese algo al llegar aquí.

Piper guardó silencio.

–No sabía a qué hora estarías en casa –continuó él, jugando con el sombrero blanco que se acababa de quitar–. Espero que no te importe que te haya esperado en el porche.

Piper asintió, incómoda. Era su padre, pero también era un extraño. No supo qué decirle, verlo había removido todo su dolor.

Walker sacudió la cabeza.

–Me alegro de verte, Piper Jane. No me acordaba de que ya eras toda una mujer.

–¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó ella, cruzándose de brazos.

Él dio un paso al frente.

–He venido a verte. Tengo que hablar contigo.

–Está bien, entra –le respondió–. Estoy reformando la casa, así que ten cuidado en el salón, seguro que hay herramientas por el medio.

Abrió la puerta y le hizo un gesto para que entrase.

–Si lo prefieres, podemos ir a la cocina. Veré qué tengo de comida, si tienes hambre.

Walker se quedó en el salón y negó con la cabeza.

–No quiero molestarte, pero podemos hablar donde tú quieras.

Fueron a la cocina y Piper sacó una botella de agua de la nevera. Necesitaba hacer algo con las manos porque le estaban temblando, igual que en la cocina de Ryan unos días antes.

–¿Quieres? –le preguntó a su padre.

–No, gracias.

Ella abrió la botella y le dio un sorbo. En realidad necesitaba una cerveza, pero se la tomaría cuando su padre se hubiese marchado. Al día siguiente no tenía que trabajar, así que esa noche se iba a emborrachar.

–Siento haber venido sin avisar. Necesitaba decirte que no llevé bien el tema del divorcio y que tampoco fui un buen padre.

Ella apretó los labios y asintió.

–Estaba tan centrado en ser popular, en estar en lo más alto, en ganar más dinero del que jamás podría gastar, que no me di cuenta de lo que de verdad era importante.

Piper apartó la mirada y pensó que era una cobarde. Durante años, habría dado cualquier cosa por oírle decir aquello a su padre, pero en esos momentos ya era una adulta y no le importaba tanto.

–¿Y por qué has venido ahora?

–Porque tengo cáncer.

Piper se alegró de estar apoyada en la encimera, si no, se habría caído al suelo. Dejó la botella a sus espaldas y se abrazó por la cintura. Tragó saliva y lo miró a los ojos.

–Dime que no te vas a morir ya.

Walker negó con la cabeza.

–No. De hecho, acabo de terminar con el último ciclo de quimioterapia y los médicos me han dicho que estoy bien.

Piper se sintió aliviada.

–Bien, entonces has venido porque…

–Porque, cuando me dijeron que tenía cáncer, me di cuenta inmediatamente de lo que había hecho con mi vida. Había en ella un vacío enorme: tu madre y tú.

Piper sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y se maldijo.

–Quise esperar a haber acabado con el tratamiento para venir a verte y rogarte que me dieras otra oportunidad. Sé que me he perdido unos años muy importantes, años que jamás recuperaré, pero lo único que puedo hacer es ser padre ahora.

Piper suspiró.

–No es sencillo. El dolor que he sentido desde que te marchaste para siempre sigue ahí, y no va a desaparecer solo porque me digas que has estado enfermo y has visto la luz.

–No estoy pidiendo un milagro –le dijo él–. Haré lo que me digas para intentar que recuperemos nuestra relación.

–¿Te estás alojando en Royal?

–Sí, en un hotel que hay justo a las afueras del pueblo –le contó él.

–No vamos a poder conocernos si te alojas en un hotel, así que será mejor que vengas aquí. Tengo una habitación libre y recién pintada.

Piper vio que a su padre se le humedecían los ojos.

–Me encantaría –respondió él–, pero no quiero que te sientas incómoda.

Piper se encogió de hombros.

–No te preocupes.

–¿Te he estropeado los planes de esta noche?

Ella se echó a reír.

–Sí, pensaba emborracharme. ¿Quieres acompañarme?

–Me encantaría, pero no puedo beber –respondió él sonriendo–. Aunque te haré compañía.

Piper se sintió bien. Tal vez pudiesen volver a conectar y tal vez su padre se quedase hasta después de las vacaciones. Tenerlo para el Día de Acción de Gracias sería todo un regalo.

 

 

Piper oyó un ruido fuerte y se levantó de la cama. Salió descalza al pasillo.

–¿Papá? –llamó.

–Estoy bien –respondió él–. Siento haberte despertado.

Ella siguió su voz y lo encontró en el salón, poniéndose de pie. Encendió la luz y le preguntó:

–¿Qué te ha pasado?

Walker se echó a reír.

–Estaba intentando llegar a la cocina para ir a por un vaso de agua y tomarme una pastilla.

–Ah, lo siento. ¿Te has hecho daño?

–He sufrido caídas mucho peores por mi trabajo.

Piper sonrió.

–Siéntate y yo te traeré el agua.

Fue a la cocina y pensó que una parte de ella se alegraba de tenerlo allí, pero otra veía con escepticismo que pudiesen tener una relación de padre e hija.

Le llevó el agua y él se tomó la pastilla.

–Siento haberte despertado.

–No pasa nada, de todos modos, últimamente no duermo bien.

–¿Tienes problemas?

–Nada importante.

–Sé que no tengo ningún derecho a entrometerme –le dijo su padre–, pero me encantaría escucharte si necesitas hablar.

Piper miró a su padre y se acordó de la noche en que le había abierto el corazón a Ryan.

–He cometido un estúpido error: me he enamorado.

Walker asintió, como si la comprendiese.

–Y después he cometido otro error todavía peor y he roto la relación –añadió Piper.

–¿Y eso?

–No soporto la decisión que ha tomado con respecto a su carrera profesional.

–¿A qué se dedica?

Ella lo miró a los ojos.

–Al rodeo.

Su padre se pasó una mano por la cara y sacudió la cabeza.

–La verdad, Piper, es que no sé qué decir. No tenía ni idea de que mis actos te iban a arruinar la vida.

–¿Por qué te marchaste? –le preguntó ella, con un nudo en la garganta–. ¿Por qué solo dabas señales de vida en mi cumpleaños y en Navidad?

–Porque fui egoísta. Le rogué a tu madre que viniese conmigo, le rogué que accediese a darte ella clases en vez de llevarte al colegio, pero fue egoísta por mi parte. Aunque me hubieseis acompañado, no os habría dedicado el tiempo y la atención que ambas os merecíais.

Piper se metió un mechón de pelo detrás de la oreja.

–Odio la respuesta, pero aprecio tu sinceridad.

–¿Y quién es el vaquero en cuestión? –le preguntó él.

Piper suspiró.

–Ryan Grant.

Walker sonrió de oreja a oreja.

–¿De verdad? ¿Tu amigo de la infancia? Era muy bueno, es una pena que se retirase del circuito. Iba a abrir una escuela de rodeo, ¿no?

–Sí, una escuela para niños –le contó ella–. Ya lo tiene casi todo preparado.

–¿Y volverá a casa para Acción de Gracias?

Piper se encogió de hombros.

–Sinceramente, no hemos hablado de eso.

–¿Te arrepientes de haber roto con él?

Piper sacudió la cabeza.

–En realidad, no lo sé. Ojalá no me hubiese enamorado… Ojalá él no se hubiese marchado sin pensar en mí… Y siento ser tan egoísta, pero es que lo quería, lo quería a él y quería la vida que teníamos por delante.

Walker le limpió una lágrima de la mejilla.

–Ningún hombre se merece que llores por él –le susurró–. Ni siquiera yo.

–Los dos os lo merecéis –lo contradijo ella.

Walker se acercó más, como si quisiera abrazarla, pero no lo hizo.

Ella tampoco se lo pidió. Hacía demasiado tiempo que no la abrazaba su padre, así que alargó los brazos y lo apretó con fuerza.

–Oh, Piper –murmuró Walker, envolviéndola con sus fuertes brazos–. Te he echado de menos.

Piper lloró. Lloró por la niña pequeña que no había conocido a su padre y lloró por la mujer que había roto con Ryan. Y lloró porque quería que aquello durase. Quería a su padre más de lo que había imaginado posible.

–Te quiero, Piper –le dijo él.

Ella apretó los ojos mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

–Y yo a ti, papá.