Concord, 20 de mayo de 1860

Sr. Blake:

Debo intentar saldar algunas de las deudas que tengo contraídas con usted. Por comenzar por donde lo dejamos.

Se presupone que nosotros somos siempre los mismos; son las oportunidades y la naturaleza las que cambian. Observe la humanidad. No hay mucha diferencia entre dos personas, aparentemente. Quizá la altura, la anchura y el peso sean parecidos, pero para el hombre sentado más hacia el Este[199], la vida es solo cansancio, rutina, polvo y cenizas, ocupado como está en ahogar sus preocupaciones imaginarias (!) (una suerte de fricción entre sus órganos vitales) en un vaso de agua. Sin embargo, para el hombre sentado más al Oeste, contemporáneo suyo (!), es un campo destinado a los más nobles propósitos, un elíseo, la morada de héroes y semidioses. El primero se queja de los miles de asuntos de los que ha de ocuparse, pero no se da cuenta de que sus asuntos (aunque sean miles) y él son una misma cosa.

Los hombres y los jóvenes aprenden todo tipo de oficios, pero no cómo convertirse en hombres. Aprenden a levantar casas, pero no están bien alojados, no son felices en sus casas, como lo es una marmota en su hoyo. ¿De qué sirve una casa si no dispones de un planeta decente donde levantarla, si no soportas el planeta en el que está[200]? Nivela el suelo primero. Si un hombre cree y espera mucho de sí mismo, lo mismo da dónde ponerlo, o lo que se le enseñe (por supuesto, no podrá ponerlo en cualquier parte, ni enseñarle cualquier cosa), estará rodeado de grandeza. Su condición es la de un hombre saludable y hambriento, que se dice a sí mismo: «¡Qué corteza tan agradable!». Si se desespera consigo mismo, entonces Tofet[201] es su hogar, y se siente como un hombre enfermo que repele los frutos de más fino sabor.

Esté dormido o despierto, corra o camine, utilice un telescopio o un microscopio o simplemente sus ojos, el hombre nunca descubre nada, nunca supera nada o deja algo atrás, excepto a sí mismo. No importa lo que diga o haga, apenas habla de sí mismo. Si está enamorado, ama; si está en el cielo, se regocija; y en el infierno, sufre. Es su condición la que determina su localización.

Lo principal, lo único que crea el hombre, es su condición de destino. Aunque generalmente ni lo conoce ni tampoco lo anuncia: «Mi propio destino se produce y se enmienda aquí» (no el suyo). Es uno de los mejores trabajadores del negocio. Dedica a su labor veinticuatro horas al día, y la lleva a término. Sea lo que sea lo que descuide o estropee, no se conoce al hombre que haya desatendido esta tarea. Muchos presumen de hacer sobre todo zapatos, y desdeñarían la idea de que también son artífices de los tiempos difíciles que atraviesan.

Toda búsqueda y aspiración es un instinto con el que la naturaleza se alía y coopera, y por tanto no es vano. Pero ¡ay!, la desesperación y la tendencia al abandono también son instintos. Estar activos, bien, felices, implica una extraña valentía. Prestarse a luchar en un duelo o una batalla implica desesperación, o poca estima por la propia vida.

Si toma esta vida en la versión simplificada de los viejos religiosos (me refiero a los estériles, que han ido a sembrar en la sequía, meras bilis humanas espoleadas en una ocasión por el Diablo), toda su dicha y serenidad se reducirá a poner buena cara y a poseer. El caso es que ha de echarse el mundo a los hombros, como hizo Atlas, y llevárselo. Lo hará por el bien de una idea, y el éxito será proporcional a su devoción por las ideas. Esto le provocará dolor en la espalda de vez en cuando, pero sentirá la satisfacción de tenerlo en suspenso y de hacerlo girar a su gusto. Los cobardes sufren, mientras que los héroes disfrutan. Tras una larga jornada de camino con él, láncelo a un hueco, siéntese y cómase el almuerzo. Inesperadamente, gracias a algunos pensamientos eternos, será recompensado. El banco en el que descansa será colorido, y el olor en torno, embriagador, y el mundo que arrojó al hueco, elegante y ligero como una gacela.

¿Dónde se encuentra la terra incognita[202] sino en las empresas que no hemos intentado aún? Para un ánimo aventurero, cualquier lugar —Londres, Nueva York, Worcester, o su propio jardín— es un «territorio virgen», aquel por el que Frémont y Kane viajan tan lejos[203]. Para un espíritu débil y derrotado, incluso la Gran Cuenca[204] y la Estrella Polar son lugares triviales. Si consiguen llegar (y, de hecho, están allí ahora) querrán dormir, y ceder, como hacen con todo. Estos son los reinos de lo Conocido y lo Desconocido. ¿Qué sentido tiene seguir firmemente los viejos caminos? Hay una víbora en el camino[205] que tus pies han desgastado. Debe abrir vías hacia lo Desconocido. Para eso tiene su ropa y su comida. ¿Por qué remienda su ropa si no es con el objetivo de, llevándola puesta, mejorarse uno mismo[206]?

Cantemos[207].