7 de diciembre
Ese Walt Whitman del que le hablé es lo que más me interesa en estos momentos. Acabo de leer su segundo libro (que me dio él personalmente), y me ha sentado mejor que ningún otro libro en mucho tiempo. Quizá los poemas que mejor recuerdo son «Un americano» y «El poema del ocaso». Hay dos o tres poemas en el libro que me parecen desagradables, como mínimo; simplemente sensuales. No celebra en absoluto el amor. Es como si las bestias hablaran. No creo que los hombres se hayan avergonzado sin razón. Por supuesto, siempre ha habido antros donde hazañas como estas han sido recitadas sin vergüenza, y no merece la pena competir con sus habitantes. Pero, incluso sobre este asunto, ha dicho más verdades que ningún otro norteamericano o contemporáneo que conozca. Creo que su poesía es estimulante, alentadora. En cuanto a su sensualidad —y puede que le resulte menos sensual de lo que parece—, no es tanto que desee que esos poemas no hubieran sido escritos, como que hombres y mujeres fuesen tan puros que pudiesen leerlos sin perjuicio, es decir, sin comprenderlos. Una mujer me dijo que ninguna mujer podía leerlos, como si el hombre pudiera leer lo que a la mujer le está vetado. Por supuesto, Walt Whitman no puede comunicarnos experiencia alguna, y si nos provoca conmoción, ¿a quién pertenece esa experiencia que revive en nosotros?
Tras algunas deducciones, en conjunto me parece muy valiente y norteamericano. No creo que todos los así llamados sermones que se han predicado en estas tierras juntos igualen su cualidad predicadora.
Debemos regocijarnos con él. En ocasiones sugiere algo más allá de lo humano. No se le puede confundir con el resto de los habitantes de Brooklyn o Nueva York. ¡Cómo deben de estremecerse cuando lo lean! Es terriblemente bueno.
Sin duda, a veces me siento cohibido. Su sinceridad y tópicos me liberan el entendimiento y lo preparan para percibir maravillas; por así decirlo, me pone sobre una colina o en medio de una llanura, me zarandea y echa encima una tonelada de tierra. Aunque brusca, y a veces inútil, es una gran poesía primitiva, una alerta o toque de trompeta sonando en el campamento norteamericano. Maravillosa como la poesía oriental, demasiado, teniendo en cuenta que cuando le pregunté si la había leído, me respondió: «No, hábleme de ella».
No llegué muy lejos en mi conversación con él, pues había dos personas más, y entre las pocas cosas que me arriesgué a decir, recuerdo que una fue, en respuesta a su papel como representante de Estados Unidos, que no tenía en gran consideración a los Estados Unidos ni a la política en general, etc., lo que le debió de suponer una pequeña decepción.
Desde que lo vi, me doy cuenta de que ya no me disturba ninguna presuntuosidad o egoísmo en sus libros. Puede llegar a ser el menos fanfarrón de todos, pues tiene más derecho a sentirse confiado.
Es un gran hombre.