Calle Worth, Barrio Chino
A comienzos de la cuarta noche, Ephraim pasó por su edificio antes de seguir hacia la tienda de Setrakian, donde iban a equiparse con las armas necesarias. No vio patrullas de la policía. Se estaba arriesgando, pero desde hacía varios días llevaba puesta la misma ropa; sólo necesitaba cinco minutos para subir y cambiarse. Les señaló la ventana en el tercer piso, y dijo que si no había problemas bajaría la persiana.
Cruzó sin contratiempos el vestíbulo del edificio y subió las escaleras. Encontró la puerta de su apartamento ligeramente abierta y se detuvo a escuchar. Los policías nunca dejaban la puerta así.
Entró y dijo:
—¿Kelly? —No hubo respuesta—. ¿Zack? —Ellos dos eran los únicos que tenían una copia de las llaves.
El olor lo alarmó inicialmente, pero recordó que eran los restos de la comida china que había en la basura desde la última visita de Zack, que ahora se le antojaba remota. Fue a la cocina para ver si la leche del refrigerador no se había estropeado… y se detuvo.
Miró, y tardó un momento en entender lo que estaba observando.
Dos policías uniformados yacían en el piso de la cocina, contra la pared.
Escuchó un ruido en el apartamento, que rápidamente se convirtió en algo semejante a un grito, como un coro de agonía.
La puerta de su apartamento se cerró de un golpe, y Eph se dio la vuelta.
Dos hombres estaban allí. O dos seres. Dos vampiros.
Eph lo supo de inmediato. Su postura; su palidez.
No conocía a uno de ellos. Pero el otro era Bolívar, el sobreviviente. Se le veía tremendamente muerto, muy amenazante y muy hambriento.
Eph sintió una presencia todavía más amenazadora en la habitación, pues estos dos transformados no eran la fuente del ruido. Girar su cabeza hacia la habitación principal le tomó una eternidad, aunque realmente tardó sólo un segundo.
Vio a un ser descomunal cubierto con una túnica larga y oscura. Era más alto que el apartamento, e incluso que el techo; tenía el cuello inclinado y miraba a Eph desde arriba.
Su rostro…
Eph se sintió mareado ante la estatura sobrehumana de aquel ser que reducía el espacio del cuarto con su presencia, y a él también. La visión hizo que le temblaran las piernas, incluso cuando se dio la vuelta para correr hacia la puerta y huir por el corredor.
El ser se interpuso, bloqueándole la única salida, como si no fuera Eph, sino el piso el que hubiera girado. Los otros dos vampiros, de estatura humana, estaban a cada lado suyo.
El ser estaba más cerca ahora. Inclinado sobre él. Mirándolo.
Eph cayó de rodillas. El simple acto de estar ante esta criatura descomunal tenía un efecto paralizante, igual que si lo hubiera derribado físicamente.
Hmmmmmmmmmm.
Eph sintió aquello de la misma forma en que la música en vivo se siente en el pecho: un ruido sordo retumbando en su cerebro. Desvió su mirada al suelo. Estaba paralizado por el miedo. No quería verle el rostro de nuevo.
Mírame.
Eph creyó que esa cosa lo estaba estrangulando con su mente. Pero su falta de aire se debía al terror físico, al pánico que hacía mella en su alma.
Levantó sus ojos ligeramente. Temblaba cuando atisbó el dobladillo de la túnica del Amo y sus manos al final de las mangas. Estaban asquerosamente descoloridas y sin uñas, eran inhumanamente grandes. Los dedos, de un tamaño desproporcionado, eran iguales de largos, salvo el del medio, que sobresalía de los demás por su grosor y por el espolón en la punta, semejante a una garra.
Era el Amo. Estaba allí por él. Iba a transformarlo.
Mírame, cerdo.
Eph lo observó, levantando la cabeza como si una mano lo agarrara del mentón.
El Amo lo miró desde arriba, su cabeza inclinada bajo el techo. Se llevó las manos inmensas a su capucha y la retiró de su cráneo. Su cabeza era lampiña y sin color. Su boca, labios y ojos no tenían tonalidad alguna, y estaban ajados y desteñidos como linos raídos. Su nariz era negra y desgastada como la de una estatua al aire libre, una simple protuberancia con dos huecos negros. Su garganta palpitaba con la pantomima hambrienta de la respiración. Su piel era tan pálida que parecía transparente. Visibles detrás de la carne, como un mapa difuso de un reino antiguo y en ruinas, sus venas desprovistas de sangre, rojizas y dilatadas; eran los gusanos sanguíneos circulando, los parásitos capilares arrastrándose debajo de la piel cristalina del Amo.
Es la hora de la verdad.
La voz se incrustó en la cabeza de Eph con un rugido terrorífico. Sintió vértigos. Todo se hizo confuso y oscuro.
Tengo a tu maldita esposa y pronto tendré a tu maldito hijo.
Eph sintió su cabeza a un paso de explotar de asco y de rabia. Se sintió como un lobo dispuesto a atacar. Deslizó un pie hacia atrás y se irguió ante aquel demonio inmenso.
Te lo arrebataré todo y te dejaré sin nada. Ése es mi estilo.
El Amo avanzó con un movimiento rápido y difuso. Eph sintió una sensación taladrante en la parte superior de su cabeza, así como un paciente anestesiado siente la presión de la fresa del dentista; sus pies se levantaron del suelo y él agitó sus brazos y piernas. El Amo le levantó la cabeza con una mano, como si fuera una pelota de baloncesto, y la alzó hasta el techo y frente a sus ojos, para que viera los gusanos de sangre revolcarse como una plaga de espermatozoos.
Soy el ocultamiento y el eclipse.
Alzó a Eph como si fuera una uva grande. El interior de su boca era oscuro, su garganta una caverna desolada, una ruta directa al infierno. La cabeza le colgaba precariamente del cuello, y Eph por poco pierde la razón. Sintió la garra del Amo atenazándole la parte posterior del cuello, y la presión sobre su columna vertebral. El Amo le echó la cabeza hacia atrás como si estuviera abriendo una lata de cerveza.
Soy un bebedor de hombres.
Se oyó un sonido húmedo y crujiente, y la boca del Amo comenzó a abrirse. Su mandíbula se retrajo, enrolló la lengua y sacó su monstruoso aguijón.
Eph gritó, cubriéndose con las manos de manera desafiante para que esa cosa horrible no se clavara en su cuello, y aullando en el rostro salvaje del Amo.
Y entonces, algo diferente a los aullidos de Eph hizo que la gran cabeza del Amo girara levemente.
Sus fosas nasales se dilataron como un demonio husmeando en busca de aire.
Sus ojos de ónix se posaron de nuevo en Eph como dos esferas muertas. Observándolo, como si él se hubiera atrevido a engañar al Amo.
No estás solo.
En esos momentos, Setrakian subía por las escaleras a dos pasos de Fet. Se agarró del pasamanos y sus hombros se desplomaron contra la pared. El dolor penetró en su cabeza como un aneurisma, y una voz vil, presuntuosa y blasfema tronó como una bomba explotando en un teatro concurrido.
SETRAKIAN.
Fet se detuvo y miró hacia atrás, pero el anciano le hizo una seña para que continuara subiendo. Lo único que pudo balbucear fue un susurro:
—Está aquí.
Nora entornó su mirada. Fet corrió hacia el rellano pisoteando con fuerza. Nora condujo a Setrakian al interior del apartamento.
Fet golpeó el primer cuerpo que encontró como si estuviera en un campo de batalla, pero lo agarraron por debajo y rodó por el piso. Se incorporó rápidamente con la intención de atacar a su oponente y vio la cara del vampiro. Tenía la boca abierta, no porque estuviera sonriendo, sino para sacar su aguijón y alimentarse.
Luego vio al ser gigantesco al otro lado del salón. Era el Amo, monstruoso e hipnotizante, que tenía a Eph entre sus manos.
El otro vampiro se acercó a Fet y lo lanzó contra la puerta del refrigerador.
Nora entró corriendo y logró encender su lámpara Luma cuando Bolívar la iba a atacar. Este profirió un grito ahogado y trastabilló hacia atrás. Nora le vio al Amo la parte posterior de su cabeza inclinada contra el techo, y a Eph colgando en las garras del monstruo.
—¡Eph!
Setrakian entró blandiendo su larga espada. Se quedó paralizado al ver al Amo, al gigante, al demonio. Allí frente a él, después de tantos años.
Le apuntó con su espada de plata. Mientras tanto, Nora arrinconó a Bolívar contra la pared frontal del apartamento. El Amo estaba acorralado; haber atacado a Eph en un espacio tan pequeño había sido un error garrafal.
El corazón de Setrakian se agitó con fuerza contra su pecho mientras descargaba su espada en el demonio.
El zumbido se expandió súbitamente por el apartamento, y el anciano sintió una explosión de ruido en su cabeza, al igual que sus aliados. Fue una oleada paralizante que lo doblegó por un momento.
Creyó ver una sonrisa negra cruzar el rostro del Amo. El vampiro arrojó a Eph al suelo, y el médico cayó estrepitosamente al suelo después de chocar contra la pared opuesta. El Amo agarró a Bolívar del hombro con sus manos largas y llenas de garras, y se abalanzó contra la ventana qué daba a la calle Worth.
Un estruendo de astillas sacudió el edificio mientras el Amo escapaba en una lluvia de vidrio.
Setrakian corrió hacia la brisa intempestiva que entraba por el marco de la ventana rodeado de cristales rotos. Tres pisos más abajo, la lluvia de vidrios comenzaba a estrellarse contra el pavimento de la acera, brillando bajo la luz de los postes.
El Amo era muy veloz; ya había cruzado la calle y estaba trepando por el edificio. Con Bolívar suspendido de su otro brazo, llegó a la reja y subió al techo, amparado por la noche.
Setrakian se inclinó, incapaz de aceptar que el Amo hubiera estado en ese apartamento y que ahora hubiera escapado. Su corazón latía agitado contra el pecho como si se le fuera a salir.
—¡Ayúdenme, por favor!
Miró a un lado; Fet tenía al otro vampiro en el suelo y Nora lo neutralizaba con la lámpara. Setrakian sintió una nueva oleada de furia y avanzó con su espada de plata.
Fet vio sus ojos desorbitados.
—No, espere…
Setrakian atacó al vampiro, atravesándole el cuello con su espada y rozando las manos del exterminador. Apartó el cuerpo decapitado de un puntapié antes de que la sangre blanca cayera sobre Fet.
Nora corrió hacia Eph, que estaba desplomado en el piso. Tenía la mejilla cortada y los ojos dilatados y aterrorizados, pero no parecía transformado.
Setrakian sacó el espejo para examinarlo. Lo sostuvo frente a la cara de Eph y no vio ninguna distorsión. Nora le alumbró el cuello con su lámpara: no tenía ninguna incisión.
Lo ayudó a sentarse, y Eph hizo una mueca de dolor cuando ella le tocó el brazo derecho. Nora le miró la mandíbula debajo de la cortada y sintió la necesidad de abrazarlo, pero sin lastimarlo más.
—¿Qué pasó? —le preguntó.
—Tiene a Kelly —respondió Eph.
Calle Kelton; Woodside, Queens
EPH CRUZÓ EL PUENTE hacia Queens y marcó el número de su teléfono móvil.
Inmediatamente apareció su correo de voz.
Hola, soy Kelly. En estos momentos no puedo contestar tu llamada…
Entonces llamó a Zack; su teléfono sonó y se fue al buzón de mensajes.
Dobló a toda velocidad hasta llegar a la calle Kelton, frenó en seco junto a la casa, saltó la reja y subió las escaleras de la entrada. Golpeó la puerta y tocó el timbre. Había dejado las llaves en su apartamento.
Tomó impulso y golpeó la puerta con su hombro lastimado. Lo intentó de nuevo y sintió un fuerte dolor en su brazo. Se abalanzó con todo el cuerpo en el tercer intento; la puerta cedió y Eph cayó dentro.
Se levantó y examinó rápidamente la casa, pateó las paredes de los rincones y subió al segundo piso. Se detuvo frente al dormitorio de Zack. El cuarto del chico estaba vacío. Muy vacío.
Bajó las escaleras saltando peldaños. Vio la bolsa de emergencia de Kelly en el piso. Vio maletas empacadas pero sin cerrar. Ella no se había ido de la ciudad.
Oh, Dios, pensó. Es cierto.
Sus compañeros llegaron justo cuando alguien lo golpeaba desde atrás. Alguien lo había embestido. Eph reaccionó de inmediato, su cuerpo rebosante de adrenalina. Derribó al atacante y lo inmovilizó.
Era Matt Sayles. Eph vio sus ojos muertos y sintió el calor de su metabolismo.
La cosa salvaje que una vez había sido Matt lanzó un gruñido. El vampiro recién transformado comenzó a abrir su boca y Eph le sujetó la garganta, apretándolo con fuerza debajo del mentón para bloquear el mecanismo que activaba el aguijón. A Matt se le saltaron los ojos y sacudió la cabeza para desprenderse.
Eph vio a Setrakian sacar su espada. Gritó: «¡No!», y apartó a Matt de una patada.
El vampiro lanzó un gruñido y se incorporó.
Estaba inclinado hacia delante y movía la boca de un modo extraño. Era un vampiro reciente acostumbrándose a sus nuevos músculos, y su lengua se agitaba alrededor de sus labios abiertos con una confusión lasciva.
Eph miró a su alrededor en busca de un arma, pero sólo vio una raqueta de tenis fuera del armario. La agarró del mango con las dos manos y se dispuso a atacar a Matt. Todo lo que sentía por aquel hombre que se había metido en la casa y en la cama de su esposa, que quería ser el padre de su hijo, que intentaba reemplazar a Eph, surgió con fuerza mientras le asestaba un raquetazo en la mandíbula. Quería destrozarlo a él y a todo el horror que había en su interior. Los seres recién transformados no estaban muy coordinados, y Eph le asestó siete u ocho golpes contundentes, partiéndole los dientes y haciéndolo hincarse de rodillas. Sin embargo, Matt lo agarró del tobillo y lo derribó. En el interior de aquel ser aún había una gran dosis de furia hacia Eph. Se levantó rechinando sus dientes partidos pero Eph le dio una patada en la cara y lo lanzó hacia atrás. Eph corrió a la cocina y vio el cuchillo suspendido de un soporte magnético.
La furia nunca es ciega; simplemente tiene una concentración peculiar. Cuando Eph miró por el vitral de la cocina sintió como si estuviera mirando por el lado opuesto de un telescopio, pues sólo vio el cuchillo y a Matt.
Su rival se acercó y Eph lo arrinconó contra la pared. Lo agarró del pelo y le echó la cabeza hacia atrás para hacerle estirar el cuello. Matt abrió la boca y le disparó a Eph con su aguijón, emitiendo un sonido extraño. Eph lo atacó, apuñalándolo con fuerza y rapidez, hasta atravesarle el cuello con su cuchillo, el cual se enterró varias veces en la pared. Le trituró la vértebra cervical y el líquido blanco comenzó a borbotear. Su cuerpo se debilitó y sus brazos se aflojaron. Eph lo apuñaló hasta quedar con la cabeza en sus manos mientras el cuerpo se derrumbaba sobre el piso.
Eph se detuvo. Sin darse cuenta realmente, vio la cabeza en su mano con el aguijón colgando del cuello cercenado, todavía sacudiéndose.
Vio a Nora y a sus dos compañeros que lo miraban desde la puerta. Vio la pared llena de salpicaduras blancas. Vio el cuerpo decapitado en el suelo. Vio la cabeza en su mano.
Los gusanos de sangre treparon por la cara de Matt, se arrastraron por sus mejillas y sus ojos abiertos, subieron a su cuero cabelludo y se dispusieron a trepar por los dedos de Eph.
Soltó la cabeza y ésta golpeó el suelo con un ruido sordo y se detuvo en seco. También soltó el cuchillo, que cayó sobre el cuerpo de Matt.
—Se llevaron a mi hijo —dijo.
Setrakian lo alejó del cuerpo y de la sangre infestada de vampiro. Nora encendió su lámpara Luma e irradió el cuerpo de Matt.
—¡Mierda! —exclamó Fet.
Eph repitió, a manera de explicación:
—Se llevaron a mi hijo. —Era como un clavo que acababa de enterrarse en su alma.
El grito homicida en sus oídos comenzó a desvanecerse al escuchar el sonido de un auto que se detenía en la casa. Abrieron la puerta y se escuchó una música suave.
Una voz dijo:
—Gracias.
Esa voz.
Eph salió a la puerta casi destrozada. Vio a Zack saliendo de una furgoneta con un morral en uno de sus hombros.
No había cruzado la puerta cuando Eph lo estrechó en sus brazos.
—¿Papá?
Eph lo observó, tomando la cabeza del niño en sus manos y examinando sus ojos y su cara.
—¿Qué estás haciendo…? —preguntó Zack.
—¿Dónde estabas?
—En casa de Fred. —Zack intentó desprenderse de su padre—. Mamá no me recogió, y Fred me invitó a su casa.
Eph soltó a su hijo. Kelly.
—¿Qué pasó con la puerta? —preguntó Zack.
Dio unos pasos hacia delante; Fet estaba junto a la puerta y Setrakian detrás. El niño vio a un tipo grande con una camisa de franela y botas de trabajo, y a un anciano vestido de tweed, que sostenía un bastón con la cabeza de un lobo.
Zack miró a su padre y comprendió que algo malo había sucedido.
—¿Dónde está mamá? —preguntó.
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Calle 118, Harlem Latino
EPH ESTABA en el corredor atestado de libros en el apartamento de Setrakian. Vio a su hijo comerse un Devil Dog en la pequeña mesa de la cocina del anciano mientras Nora le preguntaba por la escuela y lo mantenía ocupado y distraído.
Eph aún sentía las garras del Amo en su cabeza. Había creído en ciertas cosas durante toda su vida, pero todo aquello en lo que podía confiar ya había desaparecido. Concluyó que ya no sabía nada.
Nora lo vio desde el corredor, y por su expresión, Eph supo que la había asustado con su mirada.
Él sabía que ya no sería el mismo de antes y que había quedado ligeramente trastornado.
Bajó las escaleras para dirigirse a la armería del sótano. Las luces de alarma de la puerta estaban apagadas, pues el anciano le estaba mostrando sus cosas a Fet, quien admiraba una pistola de clavos modificada que parecía una subametralladora Uzi, aunque más larga y delgada, de color negro y naranja, y con el cargador de clavos a un lado del cañón.
—¿Ya comiste? —le preguntó Setrakian.
Eph negó con la cabeza.
—¿Cómo está tu hijo?
—Asustado, aunque no lo va a demostrar.
Setrakian asintió.
—Así como todos nosotros.
—¿Lo has visto antes? ¿A esa cosa, al Amo?
—Sí.
—¿Intentaste matarlo?
—Sí.
—¿No pudiste?
Setrakian entrecerró los ojos como si estuviera vislumbrando el pasado.
—No estaba debidamente preparado, pero no volveré a fallar.
Fet estaba contemplando un objeto semejante a una linterna con una púa en la punta y comentó:
—Dudo que lo haga con este arsenal.
—Ensamblé algunas partes con artículos que han llegado a mis manos. Pero no soy un fabricante de bombas —replicó el anciano levantando sus manos retorcidas para demostrarlo—. Un platero de Nueva Jersey me fabrica las púas y agujas.
—¿Quiere decir que no compró esto en Radio Shack?
Setrakian tomó el objeto pesado y con forma de linterna de las manos del exterminador. Tenía una cubierta de plástico, una base grande para las baterías, y una punta de acero de quince centímetros en la base.
—Es básicamente una lámpara ultravioleta; un arma desechable que emite un rayo de luz UVC letal para los vampiros. Está diseñada para espacios grandes y se calienta bastante cuando está cargada. Hay que asegurarse de mantenerse lejos de ella, pues la temperatura y la radiación pueden ser bastante… incómodas.
—¿Y esta pistola de clavos? —preguntó Fet.
—Funciona con pólvora. Lanza cincuenta clavos de cuatro centímetros por carga. Obviamente, son de plata.
—Claro —dijo Fet, admirando el aparato y palpando su agarradera de caucho.
Setrakian miró a su alrededor: las armaduras antiguas en la pared, las lámparas UVC y los cargadores de baterías en los estantes; las espadas y espejos de plata; algunas armas convencionales; sus cuadernos y bosquejos. Se sintió casi abrumado por la magnitud del momento, y simplemente esperó que el miedo no lo convirtiera de nuevo en el joven indefenso que había sido alguna vez.
—He esperado este momento durante mucho tiempo —señaló.
Subió las escaleras y Eph quedó en compañía de Fet. El exterminador levantó la pistola de clavos.
—¿Dónde encontraste a este anciano?
—Él me encontró a mí —respondió Eph.
—He estado en muchos sótanos debido a mi trabajo. Después de ver todo esto, sólo puedo pensar que está loco de remate.
—No está loco —dijo Eph.
—¿Te mostró esto? —le preguntó Fet. Se dirigió a la jarra de vidrio que contenía el corazón sumergido en el líquido—. Conserva el corazón de un vampiro que mató como si fuera una mascota. Claro que está loco de atar. Pero no pasa nada: yo también lo estoy un poco. —Se arrodilló y acercó su cara al frasco—. Hola, cachorrito… —La ventosa golpeó el cristal en su intento por atacarlo. Fet se puso de pie y miró con incredulidad a Eph—. Esto es un poco más de lo que estaba dispuesto a aceptar cuando me desperté esta mañana. —Vio la pistola de clavos sobre el frasco y preguntó—: ¿Puedo tomarla?
—Adelante —dijo Eph.
Eph subió las escaleras y se detuvo en el pasillo al ver a Setrakian y a Zack en la cocina. El anciano se sacó la cadena de plata que tenía en el cuello con la llave del sótano, la pasó por la cabeza de Zack, la dejó en su cuello y le dio una palmadita en el hombro.
—¿Por qué hiciste eso? —le preguntó Eph cuando estaban solos.
—Abajo hay cosas, cuadernos, escritos, que deben conservarse. Pueden serles útiles a las futuras generaciones.
—¿No piensas regresar?
—Simplemente estoy tomando todas las precauciones posibles. —Setrakian miró a su alrededor para asegurarse de que estaban solos—. Por favor, entiende; el Amo tiene una velocidad y un poder infinitamente superiores al de estos vampiros nuevos y torpes que estamos viendo. Es algo que está más allá de lo que podemos saber. Él ha vivido en este planeta durante varios siglos. Sin embargo…
—Es un vampiro.
—Y los vampiros pueden ser destruidos. Nuestra mayor esperanza es obligarlo a salir, herirlo y conducirlo hacia los rayos letales del sol. Debemos esperar hasta el amanecer.
—Quiero buscarlo ahora mismo.
—Lo sé. Pero eso es exactamente lo que él quiere.
—Tiene a mi esposa. Kelly está donde está por una sola razón: por mí.
—Sé bien que tienes algo personal en juego, Eph, y tienes razón en hacerlo. Pero también debes saber que si él la tiene a ella, tu esposa ya se ha transformado.
Eph negó con la cabeza.
—Ella no.
—No te lo digo para hacerte enojar…
—¡Ella no!
Setrakian asintió después de un momento y esperó a que Eph se calmara.
—Alcohólicos Anónimos me han ayudado mucho, pero lo que nunca pude digerir es eso de tener la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar —declaró Eph.
—Lo mismo me sucede a mí —replicó Setrakian—. Tal vez sea esta característica que tenemos en común lo que nos ha hecho emprender juntos esta misión. Nuestras metas están perfectamente alineadas.
—Casi —dijo Eph—. Porque sólo uno de los dos puede aniquilar a ese desgraciado. Y lo haré yo.
Nora estaba ansiosa por hablar con Eph y lo abordó tan pronto se separó de Setrakian, conduciéndolo al baño del anciano.
—No —dijo ella.
—¿No qué?
—No me preguntes lo que vas a preguntarme —le imploró con sus penetrantes ojos color café—. Por favor, no.
—Pero necesito que tú… —replicó Eph.
—Estoy completamente asustada, pero me he ganado un lugar a tu lado. Tú me necesitas.
—Así es. Necesito que cuides a Zack. Además, uno de los dos tiene que quedarse aquí. Para continuar en caso de… —Eph dejó la frase sin terminar—. Sé que es pedir mucho.
—Demasiado.
Eph no pudo dejar de mirarla a los ojos.
—Tengo que ir a por ella —le dijo.
—Lo sé.
—Sólo quiero que sepas…
—No hay nada que explicar —le interrumpió ella—. Pero me alegro de que quieras hacerlo.
Él la estrechó entre sus brazos y ella le acarició el pelo. Nora retrocedió para mirarlo y decirle algo, pero al final decidió besarlo. Fue un beso de despedida que insistía en su regreso.
Eph asintió para hacerle saber que lo había entendido.
Después vio a Zack mirándolos desde el corredor.
Eph no intentó explicarle nada. Dejar a ese niño bello y bueno y abandonar la seguridad aparente del mundo exterior para descender y enfrentarse a un demonio era el acto menos natural que podía hacer.
—Te quedarás con Nora, ¿de acuerdo? Hablaremos cuando regrese.
Zack tenía una mirada preadolescente y autoprotectora, pues las emociones del momento eran demasiado descarnadas y confusas para él.
—¿Cuando regreses de dónde?
Envolvió a su hijo entre sus brazos, como si el chico al que tanto amaba se fuera a quebrar en un millón de pedazos. Eph juró ganar esa batalla, pues tenía mucho que perder.
Escucharon gritos y bocinas afuera, y todos se apresuraron a mirar por la ventana que daba al oeste. La fila de autos detenidos se extendía cuatro calles abajo, y las personas salían a las calles y se enfrascaban en peleas. Un edificio estaba en llamas, pero no se veían camiones de bomberos.
—Es el comienzo del colapso —anunció Setrakian.
Morningside Heights
GUS ESTABA HUYENDO desde la noche anterior. Las esposas dificultaban sus movimientos: la vieja camisa con la que se había cubierto los brazos como si los tuviera cruzados no habría engañado a casi nadie. Entró en una sala de cine por la puerta de salida. Pensó en un desguace de autos que conocía en West Side, pero cuando logró llegar después de mucho tiempo descubrió que no había nadie. El sitio no estaba cerrado; simplemente estaba vacío. Hurgó en las herramientas con la intención de cortar la cadena que unía sus muñecas. Encontró una sierra de vaivén, la sostuvo con fuerza, y casi se corta. No pudo hacer mayor cosa y se marchó disgustado.
Salió a buscar a algunos de sus cholos, pero no encontró a nadie. Sabía lo que estaba sucediendo. Y cuando el sol comenzó a ocultarse, comprendió que se le estaban acabando el tiempo y las opciones.
Ir a su casa era arriesgado, pero no había visto muchos policías ese día. Además, estaba preocupado por su madre. Entró en su edificio y subió las escaleras, tratando de disimular sus brazos con naturalidad. Subió los dieciséis pisos por las escaleras para evitar a los vecinos que estaban junto al ascensor, cruzó el corredor, y no vio a nadie. Escuchó detrás de la puerta. La televisión estaba encendida como siempre.
Sabía que el timbre no funcionaba y tocó la puerta. Esperó y tocó de nuevo. La golpeó con los pies, y la puerta y las paredes endebles se estremecieron.
—Crispín —dijo—. Oye, cabrón. Abre la maldita puerta.
Gus oyó que retiraban la cadena y el pasador. Esperó, pero la puerta seguía cerrada. Entonces se sacudió la camisa que le cubría las manos, se dio la vuelta y giró el pomo.
Crispín estaba de pie en un rincón, al lado izquierdo del sofá donde dormía cuando estaba en casa. Las persianas estaban cerradas y la puerta del refrigerador abierta.
—¿Dónde está mamá? —preguntó Gus.
Crispín no respondió.
—Crackero de mierda —le dijo Gus, cerrando el refrigerador. Se había derretido algo y un charco de agua se extendía por el piso—. ¿Está durmiendo?
Crispín permaneció en silencio y lo miró fijamente.
Gus cayó en la cuenta. Observó a Crispín, quien escasamente lo merecía, y le extrañó el contraste entre sus ojos negros y su rostro demacrado.
Se acercó a la ventana y corrió las persianas. Era de noche y una columna de humo subía por la escalera de incendios.
Se dio la vuelta, pero Crispín ya se había abalanzado sobre él. Gus levantó los brazos y le apretó la garganta con las esposas para impedirle que sacara su aguijón.
Lo agarró por detrás y lo derribó. Los ojos negros de su hermano vampiro se saltaban en su lucha por abrir la boca, pero la fuerte sujeción de Gus no se lo permitía. Quería asfixiarlo, y Crispín seguía pataleando pero no se desmayaba. Gus recordó que los vampiros no necesitan respirar y que es imposible darles muerte de ese modo.
Lo levantó del cuello y Crispín trató de impedírselo. Durante los últimos años, su hermano sólo había sido una carga para su madre y Gus no lo soportaba. Ahora que ya no era su hermano sino un vampiro, el cabrón que había sido permanecía intacto. Y para retribuirle en algo todas sus molestias, Gus lo golpeó contra el espejo decorativo de la sala, un óvalo antiguo de cristal grueso que alcanzó a romperse cuando cayó al suelo. Gus puso a Crispín de rodillas, lo lanzó boca abajo y agarró el vidrio más grande que vio. Acababa de arrodillarse cuando Gus le deslizó la punta del cristal por la parte posterior del cuello. Le cortó la columna y la piel hasta la nuca, pero sin cercenarle la cabeza. Utilizó el vidrio a manera de serrucho, decapitando prácticamente a su hermano, pero olvidó que era un objeto afilado y se cortó las manos. Sintió un fuerte dolor, pero sólo soltó el pedazo de vidrio cuando cabeza y cuerpo quedaron separados.
Retrocedió, mirándose las cortadas sangrientas de sus dos manos. Quería asegurarse de que ninguno de los gusanos que salían de la sangre blanca lo tocaran. Ya estaban en la alfombra y Gus se mantuvo a una distancia prudente. Miró el tronco decapitado y sintió asco por el vampiro, pero en cuanto a la pérdida de su hermano, Gus permaneció impasible. Hacía muchos años que Crispín había muerto para él.
Se lavó las manos en el fregadero. Las cortadas eran largas pero superficiales. Utilizó una toalla absorbente de la cocina para detener el sangrado antes de ir a inspeccionar el cuarto de su madre.
—¿Ama?
Rogó para no encontrarla allí. La cama estaba tendida y vacía. Se dio la vuelta para salir, lo pensó dos veces y se agachó para mirar debajo de la cama. Sólo vio algunas cajas de ropa y las pesas que ella había comprado hacía diez años. Estaba regresando a la cocina, escuchó un sonido en el armario y se detuvo para oír mejor. Fue a la puerta y la abrió. Todas las ropas de su madre estaban fuera de los ganchos, amontonadas en una pila grande sobre el piso.
La pila se movió. Gus sacó un vestido amarillo con hombreras y su madre lo miró de reojo; tenía los ojos ennegrecidos y la piel amarillenta.
Gus cerró la puerta. No la cerró con fuerza ni corrió: simplemente la cerró y permaneció allí. Sintió deseos de llorar pero no le salieron lágrimas: sólo un suspiro, un gemido suave; se dio la vuelta y miró el cuarto de su madre en busca de un arma para cortarle la cabeza…
… entonces se sintió horrorizado por la forma en que el mundo se había transformado. Se recostó, inclinando la frente contra la puerta cerrada.
—Lo siento, ama —susurró—. Debería haber estado aquí. Debería haber estado aquí con usté…
Caminó confundido hacia su cuarto. No podía cambiarse siquiera la camisa debido a las esposas. Empacó algunas prendas de ropa en una bolsa de papel para cuando pudiera cambiarse y se la metió bajo el brazo.
Se acordó del anciano y de su casa de empeños en la calle 118. El anciano le ayudaría a él, y también a combatir esa plaga.
Salió del apartamento y llegó al pasillo. Unas personas estaban afuera del ascensor. Gus bajó la cabeza y caminó hacia allí. No quería que lo reconocieran, ni entenderse con ningún vecino.
Iba casi a medio camino del largo corredor cuando advirtió que aquellas personas no hablaban ni se movían. Miró con atención: eran tres, y lo estaban observando. Se detuvo al ver que también tenían los ojos hundidos y oscuros. Eran vampiros bloqueando la salida.
Caminaron hacia él, y lo próximo que supo fue que los estaba golpeando con sus manos esposadas, lanzándolos contra las paredes y aplastándoles las caras contra el piso. Les molió a puntapiés pero no pensaba quedarse allí más tiempo del necesario; no les dio la oportunidad de sacar sus aguijones, fracturó algunos cráneos con el tacón de sus botas mientras corría hacia el ascensor, y las puertas de éste se cerraron en las narices de sus perseguidores.
Permaneció en el ascensor, respirando profundamente y contando los pisos. Había perdido su bolsa durante el enfrentamiento y sus ropas habían quedado esparcidas por el pasillo.
Llegó al primer piso, las puertas se abrieron y Gus se preparó para pelear.
El vestíbulo estaba vacío. Sin embargo, afuera de la puerta ondulaba una luz de un naranja difuso, y oyó gritos y aullidos; salió a la calle, vio el incendio en la otra calle y las llamas propagándose por los edificios vecinos. La gente corría hacia el incendio con tablas y otras armas improvisadas.
Miró hacia el otro lado y vio un grupo de seis personas desarmadas que iban caminando sin prisa. Un hombre corriendo se cruzó con Gus y dijo:
—¡Los hijos de puta están por todos los sitios! —Y acto seguido, los seis integrantes del grupo lo atacaron. Cualquier espectador desprevenido diría que se trataba del típico asalto callejero, pero la luz anaranjada de las llamas le permitió a Gus ver un aguijón saliendo de una boca. Los vampiros estaban contagiando y transformando a las personas en las calles.
Mientras contemplaba la escena, una camioneta negra con potentes lámparas de halógeno apareció rápidamente entre la humareda. Eran policías. Gus se dio la vuelta, pisó su propia sombra proyectada por las luces de los postes y tropezó con el grupo de seis, quienes lo acecharon con sus rostros pálidos y sus ojos negros iluminados por los faros de la camioneta. Gus escuchó el tropel de botas que saltaban al pavimento, y quedó atrapado entre las dos amenazas. Atacó a los vampiros, golpeándolos con sus manos esposadas y dándoles cabezazos en el pecho. No quería darles la menor oportunidad de que abrieran la boca, pero uno de ellos metió su brazo entre las esposas y lo derribó al suelo. En un segundo, la horda estaba sobre él, forcejeando entre sí para beber la sangre de su cuello.
Entonces se oyó un sonido apagado y el chillido de un vampiro. Luego se escuchó un splat, y la cabeza de otro voló por el aire.
El vampiro que estaba sobre él recibió varios golpes en un costado y cayó al suelo. Gus logró levantarse en medio de la trifulca.
Realmente no eran policías. Los atacantes llevaban capuchas negras, los rostros cubiertos con pasamontañas, pantalones negros de combate y botas militares del mismo color. Disparaban ballestas pequeñas y grandes con culatas de rifle. Gus vio que un tipo le clavaba una saeta a un vampiro, y antes de que alcanzara a llevarse las manos a la garganta, la saeta explotó, desintegrándole el cuello y decapitándolo.
Las saetas estaban rellenas con cargas de impacto y tenían puntas de plata.
Eran cazadores de vampiros, y Gus los miró sorprendido. Otros vampiros salían de las puertas de los edificios, pero los francotiradores tenían una puntería infalible con sus ballestas, y las saetas se clavaban en el blanco a veinte o veinticinco metros de distancia.
Uno de ellos se acercó rápidamente a Gus como si lo hubiera confundido con un vampiro, y, antes de que pudiera hablar, el cazador le puso la bota en los brazos, aprisionándolos contra el pavimento. Recargó la ballesta y le apuntó a la unión de las esposas. Una saeta traspasó el acero y quedó clavada en el asfalto. Gus hizo una mueca, pero la saeta no explotó. Sus manos quedaron libres, aunque con los brazaletes metálicos, y el cazador lo levantó de un tirón con una fuerza sorprendente.
—¡Chingón! —dijo Gus, completamente entusiasmado—. ¿Cómo hago para enlistarme?
Pero su salvador se había distraído con algo. Gus lo miró más de cerca, por entre las sombras de su capucha, y observó que su rostro era tan blanco como la clara de un huevo. Sus ojos eran negros y rojos, y la boca seca y casi desprovista de labios.
El cazador le estaba mirando las cortadas de las manos.
Gus conocía esa mirada: acababa de verla en los ojos de su hermano y de su madre.
Intentó retroceder, pero lo sujetaron firmemente del brazo. La cosa abrió la boca y la punta del aguijón asomó.
Otro cazador se acercó y le apuntó con su ballesta. Le quitó la capucha, y entonces Gus pudo ver la cabeza calva y despojada de orejas de un vampiro maduro, así como sus ojos envejecidos. El vampiro le cedió su presa al segundo cazador, y Gus reparó en su rostro pálido mientras lo llevaban a la camioneta negra y lo arrojaban al asiento de la tercera fila.
Los demás vampiros encapuchados subieron al vehículo, que arrancó haciendo un giro de ciento ochenta grados a toda velocidad en medio de la avenida. Gus advirtió que era el único ser humano a bordo del vehículo. ¿Qué querrían de él?
Un golpe en la sien lo dejó inconsciente y Gus no alcanzó a hacerse más preguntas. El SUV regresó al edificio en llamas, atravesó la humareda de la calle como un avión traspasando una nube, dejó los motines atrás, dobló por la próxima esquina y se dirigió al norte.
La bañera
LA «BAÑERA» del derribado World Trade Center, la cuenca de siete pisos de profundidad, estaba tan iluminada como si fuera de día para los trabajos nocturnos que se realizaban, incluso antes del amanecer. Sin embargo, el sitio estaba silencioso y las grandes máquinas apagadas. Las labores que se habían realizado durante las veinticuatro horas del día casi desde el colapso de las torres se habían paralizado.
—¿Por qué aquí? —preguntó Eph.
—Porque se sintió atraído. Los topos construyen sus madrigueras en los troncos muertos de los árboles caídos. La gangrena nace en las heridas. Sus orígenes están en la tragedia y el dolor.
Eph, Setrakian y Fet se sentaron en la parte posterior de la furgoneta del exterminador, estacionada en la calle Church y Cortland. Setrakian se sentó al lado de la ventana con un telescopio. Había poco tráfico y sólo circulaba el taxi o el camión de reparto ocasional antes del amanecer. No había peatones ni otras señales de vida. Estaban buscando vampiros y no habían visto ninguno.
Setrakian, con el ojo puesto en el lente, dijo:
—Hay demasiada luz aquí. Ellos no quieren dejarse ver.
—No podemos seguir dando vueltas alrededor del sitio una y otra vez —señaló Eph.
—Si hay tantos como sospechamos —dijo Setrakian—, entonces deben de estar cerca, a fin de regresar a su madriguera antes del amanecer. —Miró a Fet—. Son como alimañas.
—Les confesaré algo —señaló Fet—. Nunca he visto una rata entrar por la puerta principal. —Meditó un poco más en el asunto y le dijo a Eph—: Tengo una idea.
Avanzó por el norte hacia el ayuntamiento, una manzana al noreste del WTC. Llegaron a un parque grande, y Fet estacionó en el espacio designado para autobuses.
—Este parque es uno de los nidos de ratas más grandes de la ciudad. Todos los contenedores de la basura fueron reemplazados, pero no sirvió de nada. Las ratas juegan aquí como ardillas, especialmente al mediodía, pues muchas personas vienen a almorzar. La cercanía de la comida les complace, pero ellas pueden procurársela casi en cualquier sitio. Lo que realmente ansían es la infraestructura —dijo señalando el suelo—. Allá abajo hay una estación de metro abandonada. Es la antigua estación del ayuntamiento.
—¿Todavía está conectada? —preguntó Setrakian.
—Todo se conecta de una manera u otra bajo tierra.
Observaron con atención y no tuvieron que esperar mucho.
—Allí —indicó Setrakian.
Eph vio a una mujer desastrada, iluminada por la luz de un poste a unos treinta metros.
—Una mujer desamparada —dijo.
—No —replicó Setrakian, pasándole el telescopio infrarrojo.
Eph vio una mancha roja intensa contra un fondo difuso.
—Es un organismo —señaló Setrakian—. Allí hay otra.
Era una mujer gorda que caminaba como un pato y poco después se resguardaba bajo la sombra, al lado de la reja del parque.
Después vieron a otra persona; era un hombre con un delantal de vendedor ambulante, llevando un cuerpo al hombro. Lo dejó sobre la reja y trepó con torpeza. Se rompió el pantalón tras enredarse, se incorporó como si no hubiera sucedido nada, recogió a la víctima y se dirigió a un árbol.
—Sí —dijo Setrakian—. Aquí es.
Eph se estremeció. La presencia de esos patógenos ambulantes, de esas enfermedades humanoides le hacía sentir un asco profundo. Sintió náuseas al verlos avanzar tambaleantes hacia el parque; esos animales inferiores que evitaban la luz y obedecían a algún impulso inconsciente. Notó que tenían prisa, como si fueran pasajeros tratando de tomar el tren a casa.
Bajaron silenciosamente de la furgoneta. Fet llevaba un mono Tyvek de protección y botas altas de caucho. Les ofreció estos implementos a Eph y a Setrakian, quienes sólo aceptaron las botas. Sin decir nada, Setrakian los roció a ambos con una lata en aerosol para eliminar olores que tenía la imagen de un ciervo en el centro de una mira telescópica. Obviamente, la sustancia no podía neutralizar el dióxido de carbono que emitían al respirar, y mucho menos el sonido de su sangre corriendo por las venas.
Fet era el que más cosas llevaba. En una bolsa tenía la pistola de clavos y tres cargadores adicionales con clavos de plata. Llevaba varias herramientas en su cinturón, incluyendo su monóculo de visión nocturna y su lámpara de luz negra, además de una daga de plata que le había prestado Setrakian, en una funda de cuero. Tenía una lámpara Luma en la mano, y la UVC en una bolsa de malla sobre el hombro.
Setrakian llevaba su bastón, una lámpara Luma y un lente infrarrojo en el bolsillo de su abrigo. Se tocó el pecho para ver si tenía las pastillas en el chaleco y dejó el sombrero en la furgoneta.
Eph también llevaba una Luma, así como una espada de plata de sesenta y cinco centímetros con la funda terciada en el pecho.
—No creo que tenga mucho sentido combatir contra la bestia en su territorio —dijo Fet.
—No tenemos otra alternativa —replicó Setrakian—. Esta es la única hora en la que sabemos dónde está. —Observó el cielo tornándose azul con los primeros rayos de la aurora—. Vamos. La noche está terminando.
Se dirigieron a la puerta de la reja, la cual permanecía cerrada con candado durante la noche. Eph y Fet treparon por ella y le dieron la mano a Setrakian. El sonido de unos pasos en la acera —rápidos, como de unos talones arrastrándose— los hizo avanzar con rapidez.
El parque estaba oscuro y lleno de árboles. Escucharon el agua que circulaba en la fuente y los automóviles que comenzaban a circular.
—¿Dónde están? —susurró Eph.
Setrakian sacó su lámpara de calor. Inspeccionó la zona y se la pasó a Eph, quien vio formas rojas brillantes moviéndose con sigilo.
La respuesta a su pregunta era: están en todas partes. Y convergían afanosamente en un punto localizado al norte.
No tardaron en descubrir cuál era el lugar: un quiosco situado a un lado de Broadway, una estructura oscura que Eph no podía ver bien desde donde estaba. Esperó a que el número de vampiros empezara a disminuir, y la lámpara de Setrakian no detectó otras fuentes significantes de calor.
Corrieron hasta allí. La luz creciente les permitió ver que era una caseta de información. Abrieron la puerta; el quiosco estaba vacío.
Entraron en el pequeño pabellón donde había varios estantes metálicos atiborrados de folletos turísticos y horarios de tours en el mostrador de madera. Fet alumbró dos puertas metálicas en el piso con su pequeña Maglite. Tenían un par de agujeros abiertos en los extremos, y los candados habían desaparecido. Las letras MTA[5] estaban grabadas en las puertas.
Eph encendió la linterna. Las escaleras descendían a la oscuridad. Setrakian alumbró un aviso casi borrado y Fet comenzó a bajar.
—Es una salida de emergencia —informó Fet—. Sellaron la antigua estación del ayuntamiento después de la Segunda Guerra Mundial. La curva de las vías era demasiado abrupta para los nuevos trenes y el andén demasiado estrecho, aunque creo que el tren local número 6 todavía pasa por aquí. —Miró a ambos lados—. Creo que demolieron la antigua salida de emergencia y colocaron este quiosco encima.
—De acuerdo —dijo Setrakian—. Vamos.
Eph los siguió sin molestarse en cerrar las puertas, pues quería habilitar una salida a la superficie por si era necesario. Los costados de los peldaños estaban sucios y empolvados, pero la parte del centro estaba limpia debido a las pisadas constantes. Aquel lugar era más oscuro que la noche.
—Próxima parada, 1945 —anunció Fet.
Las escaleras terminaban en una puerta abierta que conducía a otras más amplias y con acceso al antiguo entresuelo.
Una cúpula de baldosas con cuatro arcos dejaba filtrar la luz azul por la claraboya ornamentada y moderna de cristal. La taquilla estaba cubierta por escaleras y andamios. Las entradas en arco no tenían torniquetes.
El arco del extremo conducía a otras escaleras amplias, después de las cuales había un andén angosto. Escucharon el chirrido lejano del freno de los trenes y entraron en el andén.
Era como la nave central de una catedral. Los antiguos candelabros de bronce con bombillas oscuras y desnudas colgaban de los arbotantes, y los baldosines parecían cremalleras gigantes. Dos claraboyas de la bóveda filtraban la luz por los vitrales de color amatista; las otras habían sido selladas poco después de la Segunda Guerra Mundial para evitar posibles bombardeos. Más allá, la luz se colaba débilmente por las rejillas, pero con la suficiente claridad para que pudieran ver las curvas agraciadas de las vías férreas. No había un solo ángulo recto en todo el lugar. Las superficies cubiertas con baldosas estaban muy deterioradas, incluyendo un aviso terracota cercano; era dorado y con bordes verdes, empotrado en placas blancas con letras azules que decían: AYUNTAMIENTO.
Una película de polvo metálico revelaba huellas de vampiros que se perdían en la oscuridad.
Siguieron las huellas hasta el final del andén y saltaron a los rieles todavía en uso. Apagaron las linternas, y la lámpara de Eph mostró una gran cantidad de rastros iridiscentes y multicolores de orina que se perdían en la distancia. Setrakian estaba buscando su lente térmico cuando oyeron unos ruidos detrás. Eran vampiros retrasados que bajaban por las escaleras del entresuelo para ir a la plataforma. Eph apagó la lámpara, cruzaron los tres carriles y se ocultaron detrás de un saliente que había en la pared.
Las alimañas bajaron de la plataforma y arrastraron los pies por las piedras polvorientas a ambos lados de los rieles. Setrakian las observó con su detector de calor y vio dos siluetas de un anaranjado brillante; su forma o postura no revelaron nada inusual. Una de las criaturas desapareció y Setrakian no tardó en comprender que se había deslizado por una abertura en la pared. La otra se detuvo, se dio la vuelta y miró en dirección a ellos. Setrakian no se movió, pues sabía que la visión nocturna de la criatura era potente pero aún no se había desarrollado del todo. Su lente térmico indicaba que la zona más caliente de los vampiros era su garganta. Una mancha líquida de color naranja se escurrió por su pierna y adquirió un color amarillo tan pronto como cayó como al suelo; estaba evacuando su vejiga. Alzó la cabeza como un animal husmeando a su presa, miró las vías… metió la cabeza y desapareció por la grieta del muro.
Setrakian salió de nuevo a la vía férrea seguido por sus dos compañeros. El desagradable olor de la orina fresca y caliente invadió el túnel, y el olor a amoniaco quemado despertó recuerdos oscuros en Setrakian. Sus compañeros se dirigieron a la grieta.
Eph sacó su espada de la funda. El pasaje se ensanchaba en una catacumba con paredes irregulares y vaporosas. Encendió su lámpara Luma y un vampiro agazapado lo atacó de inmediato, lanzándolo contra la pared antes de que Eph pudiera golpearlo. Su lámpara cayó entre un montón de basura, y por el destello índigo logró ver que era —o había sido— una mujer. Llevaba una chaqueta estilo ejecutivo sobre una blusa blanca y sucia, maquillaje negro y ojos amenazantes como los de un mapache. Abrió la quijada y enrolló la lengua en el preciso instante en que Fet irrumpió desde el pasadizo.
La apuñaló con su daga y ella se dobló hacia delante. Fet gritó y la apuñaló de nuevo en el pecho, debajo del hombro, donde anteriormente había estado su corazón. La vampira trastabilló hacia atrás pero se abalanzó sobre él. Fet le hundió la daga en el vientre; ella se retorció y gruñó, más por la sorpresa de verse agredida que por su propio dolor. Estaba claro que no se daría por vencida.
Eph ya se había incorporado, y cuando la vampira atacó a Fet, él agarró su espada con las dos manos y la descargó sobre ella desde atrás. El impulso asesino todavía le era ajeno, y por eso su golpe no fue tan fuerte como para decapitarla. Sin embargo, le rompió las vértebras cervicales, y la cabeza de la vampira se desplomó hacia delante. El tronco y los brazos convulsionaron al caer sobre la basura, como si chisporroteara en una sartén con aceite hirviendo.
No tenían tiempo para impresionarse con la escena. Los sonidos splasb-splash-splash que retumbaban en la catacumba eran los pasos apresurados de otro vampiro que corría a avisar a los demás.
Eph recogió su Luma del suelo y salió a perseguirlo con la espada en ristre. Imaginó que perseguía al vampiro que había acechado a Kelly, y la rabia lo impulsó a avanzar con decisión entre los charcos del pasadizo vaporoso. El túnel giraba a la derecha, y una gruesa tubería salía de las piedras y se adentraba por un hueco estrecho. El vapor contenía algas y hongos que resplandecían bajo la luz de su lámpara. Distinguió las siluetas vagas de los vampiros que corrían delante con sus manos abiertas y arañaban el aire con sus dedos.
El vampiro desapareció por un recodo. Eph observó asustado con su linterna, y vio unas piernas deslizándose por un orificio que había debajo de la pared. El ser se movía con la misma agilidad de un gusano y se escurrió por la grieta. Eph lanzó un sablazo a esos pies inmundos, pero éstos se movieron con mucha rapidez y su espada se estrelló contra el suelo.
Se arrodilló pero no pudo ver el otro lado del hueco. Escuchó pasos, pero recordó que Fet y Setrakian estaban muy atrás. Sin embargo, decidió que no podía esperarlos y comenzó a descender.
Se escurrió por el hueco con los brazos levantados, bajando la lámpara y la espada. No puedo quedarme atrapado aquí, pensó, pues si lo hiciera, nunca volvería a salir. Sintió el espacio descubierto en sus brazos y cara, y salió al otro lado.
Jadeando, alzó la lámpara como una antorcha. Había llegado a otro túnel provisto de vías férreas y piedras bajo los durmientes, donde se sentía una calma inquietante. Vio una luz a su izquierda, a menos de noventa metros.
Era el andén de una estación. Cruzó la vía férrea y subió. No tenía el esplendor propio de la estación de un ayuntamiento; las vigas de acero no tenían ningún revestimiento y las tuberías del techo estaban a la vista. Eph creía conocer todas las estaciones del sector del Downtown, pero nunca había estado en ésta.
Varios vagones del metro estaban detenidos al final del andén, y en una puerta se leía fuera de servicio. Una antigua torre de control estaba en el centro, pintada con grafitis explosivos y antiguos. Intentó abrir la puerta pero estaba cerrada con llave.
Oyó ruidos dentro del túnel. Eran Fet y Setrakian, que venían a su encuentro. Adelantarse sin compañía no había sido la decisión más inteligente. Eph decidió esperarlos en aquel remanso de luz, y escuchó el sonido de una piedra arrojada a la vía del tren. Se dio la vuelta y vio a un vampiro salir del último vagón del metro y alejarse de las luces de la estación abandonada.
Eph corrió por el andén, llegó al extremo, saltó a la vía y lo siguió en medio de la oscuridad. Los rieles doblaban a la derecha y terminaban allí. Las paredes del túnel parecían vibrar mientras él corría. Escuchó el eco de pasos apresurados; eran unos pies descalzos avanzando con lentitud entre las piedras. Eph le dio alcance a la criatura y el calor de su lámpara la asustó. Se dio la vuelta, y su rostro iluminado por la luz índigo era una máscara espeluznante.
Eph le descargó su espada, decapitando al monstruo de inmediato.
El cuerpo sin cabeza se desplomó hacia delante. Eph se detuvo para alumbrar el cuello mutilado y matar los gusanos que comenzaban a escapar. Se enderezó de nuevo y su respiración se normalizó… pero tuvo que volver a contener el aliento.
Escuchó cosas. O más bien, las sintió. Eran cosas a su alrededor. No eran pasos ni movimientos, simplemente… estertores.
Sacó su pequeña linterna y la encendió. Una multitud de cadáveres yacía en el suelo irregular del túnel. Los cuerpos estaban alineados a ambos lados como víctimas de un ataque con gas, todavía vestidos. Algunos tenían los ojos abiertos y la expresión desvaída y macilenta de los enfermos. Eran los transformados, los recién mordidos, los infectados que habían sido atacados esa misma noche. Los estertores que había escuchado Eph no eran más que la metamorfosis en el interior de sus cuerpos: no eran el producto del movimiento de sus extremidades, sino los tumores colonizando todos los órganos, y las mandíbulas transformándose en aguijones.
Los cuerpos ascendían a varias decenas, y había muchos más al fondo, pero sus siluetas difusas estaban más allá del alcance de su linterna. Eran hombres, mujeres y niños; víctimas de todas las condiciones. Alumbró rápidamente un rostro y otro buscando a Kelly, mientras rezaba para no encontrarla en aquel lugar.
Estaba en ésas cuando Fet y Setrakian le dieron alcance.
—Ella no está aquí —les dijo Eph con algo cercano al alivio, no menos que al desespero.
Setrakian tenía la mano contra el pecho, pues tenía dificultades para respirar.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
—Ésa era la estación del ayuntamiento de la línea BMT —contestó Fet—. Era un nivel inferior que nunca fue puesto en servicio, y sólo lo utilizaron como zona de almacenamiento y bodegaje. Eso significa que estamos debajo de la vía del tren de Broadway. Este giro de las vías conduce a las bases del Edificio Woolworth. Luego sigue la calle Cortland, y el World Trade Center está… —Miró hacia arriba como si estuviera viendo una edificación de diez o quince pisos entre las rocas—. Cerca.
—Terminemos esto de una vez —dijo Eph—. Ahora mismo.
—Espera —contestó Setrakian, tratando de recobrar el aliento. Alumbró los rostros de los transformados y se hincó en una rodilla para mirarlos con su espejo de plata—. Primero tenemos una obligación aquí.
Fet se encargó de exterminar a cada uno de los vampiros incipientes, alumbrado por la luz de la lámpara de Setrakian. Cada decapitación era como un atentado contra la lucidez de Eph, pero él se forzó a presenciarlo de todos modos.
Eph también se había transformado: pero no de ser humano a vampiro, sino de curador a destructor.
El agua se adentraba en las catacumbas; raíces extrañas y plantas trepadoras sedientas de sol, así como unos retoños albinos, descendían del techo irregular y se introducían en el agua. Las ocasionales luces amarillas del túnel no mostraban el menor indicio de grafitis. El polvo blanco se asentaba en las orillas y recubría la superficie de las aguas estancadas. Eran los residuos del World Trade Center.
Los tres tuvieron cuidado de no pisar, manifestando el respeto que se siente por una tumba.
El techo se hacía paulatinamente más bajo y llegaba a un punto muerto. Setrakian alumbró y descubrió una abertura en la parte superior de la pared retorcida, suficientemente ancha para que cupiera una persona. Un ruido sordo, vago y lejano se hizo más intenso. Los rayos de sus linternas mostraron que el agua empezaba a agitarse. Era el rugido inconfundible de un tren subterráneo y se dieron la vuelta para mirar, aunque ese túnel no tenía vías férreas.
Un tren estaba frente a ellos y venía en su dirección, desplazándose por los rieles que había encima, y entraba el andén activo BMT de la estación del ayuntamiento. El chirrido, el estruendo y la vibración se hicieron insoportables, alcanzando la fuerza y los decibelios de un terremoto, y entonces comprendieron que esta poderosa irrupción era su mejor oportunidad.
Se colaron por la grieta y entraron en otro túnel sin vías férreas; las bombillas estaban apagadas y las luces de la construcción se estremecieron debido al paso del tren. Varias pilas de basura y desperdicios yacían amontonadas junto a las vigas de acero que se elevaban hasta el techo a una altura de nueve metros. Una luz brillaba débilmente en un recodo distante. Apagaron las lámparas Luma y avanzaron rápidamente por el túnel oscuro, viendo cómo se ampliaba cuando doblaron por la esquina y llegaron a una cámara larga y abierta.
El suelo dejó de temblar, el estruendo del tren se desvaneció como una tormenta pasajera, y ellos se detuvieron. Eph sintió a las criaturas antes de verlas, sintió sus siluetas sentadas y acostadas en el suelo. Su presencia las había despertado pero no los atacaron. Los tres hombres reanudaron la marcha, para buscar la guarida del Amo.
Los vampiros se habían alimentado bien esa noche. Estaban cubiertos de sangre como si fueran sanguijuelas, descansando y haciendo la digestión. Su languidez era la de seres resignados a esperar que anocheciera para alimentarse de nuevo.
Empezaron a levantarse. Llevaban ropas de construcción, trajes ejecutivos, atuendos deportivos, pijamas, ropa de gala, delantales sucios, o simplemente no llevaban nada encima.
Eph agarró con fuerza su espada y examinó sus rostros mientras pasaba a su lado. Eran rostros muertos con los ojos inyectados de sangre.
—Debemos permanecer juntos —susurró Setrakian, sacando con cuidado la mina UVC de la bolsa que Fet tenía en su espalda mientras seguían caminando. Retiró la cinta de seguridad con sus dedos retorcidos y giró el botón para activar la batería—. Espero que funcione.
—No me diga eso —señaló Fet.
Una criatura se acercó a ellos; era un anciano que tal vez no estaba tan saciado como los demás. Fet le mostró su espada de plata y el vampiro resolló. Puso su bota en el muslo de la criatura y le dio un puntapié, mostrándoles la espada de plata a los demás.
—Nos estamos metiendo en un túnel muy profundo.
Los rostros asomaron enrojecidos y hambrientos por las paredes. Los vampiros más viejos, de primera o segunda generación, se distinguían por su pelo blanco. Se escucharon gruñidos animales y sonidos guturales, como si intentaran hablar, pero su voz hubiera sido sofocada por los apéndices que les crecían debajo de la lengua; sus gargantas inflamadas se movían de un modo perverso.
—La batería debe activarse cuando la punta haga contacto con el suelo —dijo Setrakian.
—¡Más vale que así sea! —comentó Fet.
—Debéis resguardaros detrás de estas columnas antes de que se encienda. —Las columnas oxidadas y rematadas por remaches se encontraban a intervalos regulares—. Es cuestión de pocos segundos. Cerrad los ojos y no miréis, pues la explosión os dejaría ciegos.
—¡Apúrese! —dijo Fet, acosado por los vampiros.
—Todavía no… —El anciano abrió el bastón, la hoja de plata asomó, y pasó las yemas de sus dedos retorcidos contra el filo. Las gotas de sangre cayeron al suelo empedrado y el aroma atrajo a los vampiros, que comenzaron a llegar desde todos los puntos cardinales, saliendo de rincones invisibles, curiosos y sumamente hambrientos.
Fet agitó su daga en el aire polvoriento para mantenerlos a raya mientras seguía caminando.
—¿A qué espera? —le dijo a Setrakian.
Eph observó los rostros, buscando a Kelly entre las mujeres de ojos muertos. Una de ellas se movió hacia él, pero Eph le enterró la punta de su espada en el pecho, y ella retrocedió como si se hubiera quemado.
Se escucharon más ruidos, y la multitud que se agolpaba atrás empujaba a los vampiros que se encontraban delante, pues el hambre era más fuerte que el temor, y el deseo se imponía sobre la espera. La sangre de Setrakian goteó en el suelo, y su aroma, así como lo inesperado del suceso, los volvió frenéticos.
—¡Hágalo! —dijo Fet.
—Unos segundos más…
Los vampiros se acercaron y Eph los contuvo con la punta de su espada. Se le ocurrió encender su linterna Luma, y ellos se inclinaron sobre los rayos repulsivos como zombis mirando el sol. Los que estaban delante se encontraban a merced de los de atrás. La burbuja comenzó a colapsar… y Eph sintió que una mano lo agarraba de la muñeca…
—¡Ahora! —dijo Setrakian.
El anciano lanzó al aire el globo con púas como un arbitro lanzando un balón. El pesado objeto giró con el vértice hacia arriba, y sus púas apuntaron hacia abajo mientras caía al suelo.
Las cuatro púas de acero se hundieron en las piedras y se escuchó un runruneo, como el de una vieja linterna que se estuviera recargando.
—¡Corred, corred! —gritó Setrakian.
Eph corrió hacia el poste para resguardarse allí. Sintió que los vampiros lo agarraban y lo halaban; oyó las cortadas producidas por su espada, y los gruñidos y aullidos indescifrables. Examinó sus rostros en busca de Kelly y derribó a todas las criaturas que encontró a su paso.
El runruneo de la mina se transformó en un silbido, mientras Eph repartía puñaladas y patadas a diestra y siniestra, abriéndose paso hasta la viga de soporte, y pisando su propia sombra en el instante en que la cámara subterránea comenzó a llenarse de una luz azul resplandeciente. Cerró los ojos y se los cubrió con el brazo.
Escuchó la agonía bestial de los vampiros despedazados; el sonido de sus cuerpos lacerados derritiéndose y despellejándose, para secarse a continuación a un nivel casi químico, colapsando del mismo modo en que lo hacían sus almas calcinadas. Escuchó los gemidos estrangulados en sus gargantas escaldadas.
Fue una inmolación masiva.
Los quejidos agudos no duraron más de diez segundos, y el rayo de luz azul lo iluminó todo antes de que la batería se descargara. La cámara se oscureció de nuevo, y Eph bajó el brazo y abrió los ojos cuando el único sonido audible era una ebullición residual.
El hedor nauseabundo de la carne achicharrada emanó en un vapor humeante de las criaturas que yacían en el suelo. Era imposible caminar sin chocar con esos demonios putrefactos, sus cuerpos desmoronándose como leños artificiales consumidos por el fuego. Sólo aquellos vampiros que tuvieron la suerte de estar lejos permanecieron levantados, pero Eph y Fet se apresuraron a liberar a estas criaturas inválidas y semidestruidas.
Fet se acercó a la mina consumida por el fuego y observó el efecto que había causado.
—Muy bien —comentó—. Realmente funcionó.
—¡Mirad! —dijo Setrakian.
En el extremo posterior de la cámara vaporosa, y sobre una pila voluminosa de suciedad y escombros, reposaba una caja larga y negra.
Eph se acercó al lado de sus compañeros con el mismo temor con que lo harían los agentes de un escuadrón antibombas al aproximarse a un objeto sospechoso y sin llevar la protección adecuada, y la situación se le hizo terriblemente familiar. No tardó en identificarla: había sentido exactamente eso mismo mientras se dirigía al avión oscurecido en la pista de rodaje, cuando todo aquello había comenzado.
Era la sensación de acercarse a algo que estaba muerto y a la vez no lo estaba. Algo proveniente de otro mundo.
Se acercó para confirmar que realmente se trataba del armario negro y largo que venía en la zona de carga del vuelo 753. Sus puertas superiores dejaron ver las figuras humanas exquisitamente grabadas y retorciéndose como si ardieran en llamas, así como los rostros alargados en un grito de agonía.
Era el ataúd del Amo, dispuesto en ese altar de basura y escombros bajo las ruinas del World Trade Center.
—Ésta es —dijo Eph.
Setrakian se acercó a un lado, tocando casi los grabados, pero retiró sus dedos retorcidos.
—He buscado esto durante mucho tiempo —comentó.
Eph se estremeció, pues no quería encontrarse con esa Cosa de nuevo, con su tamaño apabullante y su solidez despiadada. Permaneció donde estaba, temiendo que las puertas se abrieran en cualquier momento. Fet se acercó a un lado de la caja sin manijas ni puertas. Tendrían que pasar los dedos por debajo de la unión del centro y halarla. Sería difícil e incómodo hacerlo con rapidez.
Setrakian se acercó a un extremo del cajón con su espada en la mano y expresión sombría. Eph comprendió el motivo en los ojos del anciano, y aquello lo consternó.
Era demasiado fácil.
Eph y Fet pasaron sus dedos por debajo de las puertas dobles, y las halaron a la cuenta de tres. Setrakian se acercó con su lámpara y su espada… y sólo vio una caja llena de tierra. La revolvió con el arma y tocó el fondo con la punta de plata, pero no había nada.
Fet retrocedió sorprendido, con una carga de adrenalina que no podía controlar.
—¿Se ha ido?
Setrakian sacó la espada, retirando la tierra contra el borde de la caja.
Eph estaba sumamente decepcionado.
—Escapó. —Eph se apartó del ataúd, mientras miraba el erial lleno de vampiros asesinados en la cámara sofocante—. Él sabía que estábamos aquí. Escapó al sistema de los trenes hace quince minutos. No puede salir a la superficie debido al sol… así que permanecerá bajo tierra hasta que anochezca.
—Al sistema de transporte masivo más grande del mundo. Son mil trescientos kilómetros de vías férreas —dijo Fet.
Eph tenía la voz ronca de la desesperación.
—Creo que nunca tendremos otra oportunidad como ésta para atraparlo.
Setrakian parecía exhausto pero imperturbable, y sus ojos emitían una luz fresca.
—¿No es así como usted extermina a las alimañas, señor Fet: alejándolas del nido y desterrándolas?
—Sólo si sabes dónde van a esconderse —replicó Fet.
—¿Acaso no todos los roedores, desde las ratas a los conejos, construyen una especie de puerta trasera…? —añadió Setrakian.
—Un refugio —confirmó Fet, entrando en materia—. Una salida de emergencia. Si el predador viene en una dirección, tú escapas hacia el otro lado.
—Creo que hicimos huir al Amo —dijo Setrakian.
Calle Vestry, Tribeca
NO TUVIERON TIEMPO de destruir el ataúd, pero lo retiraron de su altar inmundo, lo volcaron hacia abajo y derramaron la tierra en el suelo. Decidieron regresar después para concluir su trabajo.
Desandar el camino a través de los túneles para llegar de nuevo a la furgoneta les tomó un tiempo considerable a los tres, y una gran dosis de energía a Setrakian.
Fet estacionó en la esquina de la residencia de Bolívar. Caminaron hasta la puerta, sin molestarse en ocultar sus lámparas Luma ni sus espadas de plata. No vieron a nadie fuera de la residencia a esa hora temprana, y Eph comenzó a subir por el andamio. Encima de la puerta sellada había un dintel decorado con el número de la dirección. Eph lo rompió, retiró los vidrios que habían quedado, y despejó el marco con su espada. Tomó una lámpara y entró en el vestíbulo principal.
La luz violeta iluminó las panteras de mármol. El ángel alado que estaba en la base de las escaleras serpenteantes lo miró torvamente.
Eph escuchó y sintió algo; era el ronroneo de la presencia del Amo. «Kelly», pensó, sintiendo una opresión en el pecho. Ella tenía que estar allí.
Setrakian fue el próximo en entrar, sostenido por Fet. El anciano sacó la espada tan pronto como pisó el suelo y Eph le ayudó a bajar. También sintió la presencia del Amo, y, con ello, un alivio, pues a fin de cuentas no habían llegado demasiado tarde.
—Está aquí —dijo Eph.
—Entonces ya sabe que hemos llegado —comentó Setrakian.
Fet le pasó dos lámparas grandes UVC a Eph y pasó por el dintel, golpeando el piso con sus botas.
—Deprisa —dijo Setrakian, conduciéndolos debajo de las escaleras por la primera planta, que estaba en proceso de renovación. Atravesaron la cocina grande llena de cajas en busca de un armario. Lo encontraron, pero estaba vacío y sin terminar.
Empujaron la puerta falsa de la pared posterior, tal y como aparecía en las fotos de la revista People descargadas por Nora.
Las escaleras conducían hacia abajo. Un plástico que había en el piso crujió; se dieron la vuelta con rapidez, pero era la corriente de aire que se elevaba desde abajo. El viento trajo el olor del subterráneo, del hedor y la descomposición.
Era el camino hacia los túneles. Eph y Fet encendieron las dos lámparas para que todo el pasadizo recibiera la luz cálida y letal, sellando así el paso subterráneo. Esto impediría que subieran otros vampiros, y más importante aún, se asegurarían de que la única salida de la casa estuviera expuesta a la luz solar.
Eph miró atrás y vio a Setrakian apretar las yemas de los dedos contra su corazón. Eph sospechó algo malo y se dirigió hacia él, pero la voz de Fet lo detuvo.
—¡Maldición!
Una de las lámparas había caído al piso. Eph inspeccionó las bombillas, y sujetó la lámpara con cuidado para evitar la luz radiactiva.
Fet le ordenó callarse, pues había escuchado ruidos abajo; eran pasos. El olor del aire cambió y se hizo más acre y fétido. Los vampiros se estaban reuniendo.
Eph y Fet salieron del armario iluminado de azul, de su refugio seguro. Eph se dio la vuelta para mirar al anciano, pero había desaparecido.
Setrakian había regresado al vestíbulo. El corazón le dolía; estaba abrumado por el estrés y la ansiedad. Había esperado mucho tiempo. Demasiado…
Sus manos retorcidas comenzaron a dolerle. Flexionó los dedos y agarró la empuñadura de la espada, debajo de la cabeza de lobo. Después sintió algo; era una brisa sumamente leve anticipando un movimiento…
Haber movido su espada en el último momento lo salvó de un golpe contundente y letal. Sin embargo, el impacto lo lanzó hacia atrás, haciendo que su cuerpo envejecido rodara por el piso de mármol y chocara contra el zócalo. Sin embargo, mantuvo el arma empuñada. Se incorporó rápidamente y blandió su espada en todas las direcciones, pero no vio ninguna amenaza en el vestíbulo oscuro.
Así de rápido se movía el Amo.
Él estaba allí. En algún lugar.
Ya eres un hombre viejo.
La voz retumbó dentro de la cabeza del anciano como una descarga eléctrica. Setrakian extendió la espada frente a él. Una silueta negra y borrosa pasó junto a la estatua del ángel sufriente que presidía las escaleras.
El Amo intentaría distraerlo. Así era como actuaba. Nunca se enfrentaba directamente, cara a cara, sino que engañaba para atacar por sorpresa desde atrás.
Setrakian retrocedió contra la pared que había a un lado de la puerta principal. Detrás de él había una ventana estrecha y del tamaño de una puerta, con un vitral Tiffany pintado de negro. Setrakian la golpeó, y quebró la pieza exquisita con su espada.
La luz del día penetró en el vestíbulo como un cuchillo.
Eph y Fet escucharon el estruendo y encontraron a Setrakian con la espada en alto, iluminado por la luz del sol.
El anciano vio la mancha oscura subir por las escaleras.
—¡Allí está! —gritó, saliendo a perseguirlo—. ¡Ahora!
Eph y Fet lo siguieron, pero unos vampiros los estaban esperando. Eran los miembros del cuerpo de seguridad de Bolívar, sus escoltas altos y fornidos que ahora eran unas moles hambrientas y andrajosas. Uno de ellos golpeó a Eph, quien trastabilló hacia atrás perdiendo casi el equilibrio, y tuvo que agarrarse del muro para no rodar por las escaleras. Sacó su lámpara Luma, el maniquí grande retrocedió, y Eph le rebanó un muslo con la espada. El vampiro jadeó y lo atacó de nuevo. Eph le clavó la espada en el vientre, atravesándolo casi hasta el otro lado antes de sacar la hoja, y el vampiro se desparramó en el rellano como un globo desinflado.
Fet contuvo a su rival con la lámpara y cortó las manos que lo sujetaban con su daga. Levantó la lámpara a la altura de su cabeza; el vampiro se estremeció con los ojos desorbitados. Fet le dio un puntapié y se hizo detrás de él, apuñalando al escolta en la parte posterior del cuello y arrojándolo por las escaleras.
El vampiro que había atacado a Eph intentó levantarse, pero Fet lo detuvo con una patada en las costillas. Quedó con la cabeza recostada en el peldaño superior, y Eph le descargó su espada con un grito.
La cabeza cayó por las escaleras y ganó más velocidad con cada peldaño. Chocó contra el cuerpo del otro vampiro y rodó hasta la pared.
La sangre blanca brotó del cuello abierto y mojó la alfombra escarlata. Los gusanos salieron y Fet los achicharró con su lámpara.
El guardia que yacía en el suelo no era más que un saco de huesos rotos, pero todavía estaba animado, pues tenía el cuello ileso. Sus ojos estaban abiertos y miraba fijamente la larga escalera con el fin de moverse.
Eph y Fet encontraron a Setrakian con la espada extendida junto al ascensor, intentando golpear a una silueta oscura que se movía con rapidez.
—¡Cuidado! —dijo, pero el Amo golpeó a Fet desde atrás antes de que las palabras salieran de la boca del anciano. Cayó estrepitosamente y por poco rompe la lámpara. Eph no tuvo mucho tiempo para reaccionar; la silueta pasó a su lado, disminuyendo la velocidad para que Eph viera de nuevo el rostro del Amo, su carne agusanada y su boca desdeñosa, antes de que lo lanzara contra la pared.
Setrakian se impulsó hacia delante agarrando la espada con las dos manos, y obligando a la silueta veloz a refugiarse en la planta amplia y de techo alto. Eph se incorporó y avanzó, al igual que Fet, con un hilo de sangre resbalando por su sien.
El Amo se les apareció frente a la chimenea grande y de piedra que había en el centro del salón. La habitación tenía ventanas a ambos extremos, pero la luz del sol no alcanzaba a llegar hasta el centro. La capa del Amo dejó de moverse, y los miró con sus ojos horribles, pero especialmente a Fet, pues tenía sangre en la cara. Con algo semejante a una sonrisa retorcida, agarró unas tablas y fardos de cables eléctricos con sus manos descomunales, así como otros objetos que estaban a su alcance, y los lanzó contra ellos.
Setrakian se recostó contra la pared, Eph se refugió en un rincón y Fet se escondió detrás de una placa de madera.
Los tres se miraron cuando el asalto terminó, pero el Amo había desaparecido de nuevo.
—¡Cielos! —murmuró Fet, limpiándose la sangre con la mano y arrojando la placa a un lado. Lanzó su daga de plata a la chimenea apagada, pues era un arma inservible contra aquel gigante. Recibió la lámpara que le pasó Eph, y el médico agarró su espada con ambas manos.
—Persigámoslo —dijo Setrakian tomando la delantera—. Debemos obligarlo a salir por el techo así como el humo sale por una chimenea.
De repente, cuatro vampiros se abalanzaron sobre ellos. Parecían ser fans de Bolívar, pues tenían piercings y el cabello rasurado.
Fet los alumbró y ellos retrocedieron. Eph le mostró su espada de plata a una joven que parecía una vampira rechoncha, con su falda vaquera y sus medias de malla rotas, y que tenía la rapacidad curiosa de los vampiros recién transformados que Eph había aprendido a reconocer. Le apuntó con la espada, la vampira amagó a la derecha y luego a la izquierda, y bufó a través de sus labios blancos.
Eph escuchó a Setrakian gritar «¡Strigoi!» con su voz imponente. El sonido producido por la espada del anciano le dio valor a Eph. La vampira lo amenazó, y Eph le rasgó la camisa negra a la altura del hombro, hiriendo a la bestia en su interior. Abrió la boca y enrolló la lengua, y Eph retrocedió un poco tarde, pues por poco le clava su aguijón en el cuello. Siguió atacándolo con la boca abierta, pero Eph le descargó la espada en el aguijón lanzando un grito de rabia; la hoja penetró hasta la parte posterior de su cabeza, y la punta se clavó en la pared en obra negra.
Los ojos de la vampira se salieron de sus órbitas. Su aguijón cercenado manó sangre blanca, la cual le llenó la boca y se escurrió por su mentón. Estaba inmovilizada contra la pared; se estremeció e intentó derramar su sangre agusanada sobre Eph, pues los virus se propagan como pueden.
Setrakian había aniquilado a los otros tres vampiros, y el piso que antes estaba reluciente quedó manchado con la sustancia blanca. Se acercó a Eph, y gritó:
—¡Vamos!
Eph trató de sacar la espada de la pared. Setrakian golpeó a la criatura en el cuello, y la fuerza de la gravedad arrojó su cuerpo decapitado al suelo.
La cabeza quedó pegada a la pared, la sangre blanca brotando de su cuello cercenado y sus ojos negros de vampira mirando desorbitados a los dos hombres… pero pronto perdieron su brillo y quedaron inmóviles. Eph agarró la empuñadura de la espada, sacó el arma por debajo de la boca, y la cabeza cayó sobre el cuerpo.
No tenían tiempo para irradiar la sangre blanca con las lámparas.
—¡Arriba! ¡Arriba! —dijo Setrakian, subiendo por las escaleras circulares y apoyándose en las barandas de hierro. El espíritu del anciano era fuerte pero se estaba quedando sin fuerzas. Eph se le adelantó y miró a ambos lados; observó los pisos acabados de madera y las paredes sin revocar bajo la luz tenue, pero no vio a ningún vampiro.
—Separémonos —dijo el anciano.
—¿Está bromeando? —replicó Fet, ayudándole a subir las escaleras—. La primera regla es no dividirnos nunca. —Alumbró las cuatro paredes con las lámparas—. He visto muchas películas como para optar por esa alternativa.
Una lámpara se apagó. La bombilla estalló debido al recalentamiento de la unidad, y pronto explotó en llamas. Fet la soltó sofocando las llamas con sus botas; sólo le quedaba una lámpara.
—¿Cuánto tiempo le queda a la batería? —preguntó Eph.
—No lo suficiente —dijo el anciano—. Él hará que nos cansemos, pues nos obligará a perseguirlo hasta que caiga la noche.
—Tenemos que atraparlo —dijo Fet—. Como a una rata en un baño.
El anciano se detuvo al escuchar un sonido.
Tu corazón está débil, anciano miserable; puedo escucharlo.
Setrakian permaneció inmóvil con su espada en vilo. Miró alrededor pero no había rastros del Ser Oscuro.
Has conseguido un arma útil.
—¿No la reconoces? —preguntó Setrakian en voz alta y respirando profundamente—. Era de Sardu, el chico de cuyo cuerpo te apoderaste.
Eph se acercó al anciano tras advertir que estaba conversando con el Amo.
—¿Dónde está ella? —gritó—. ¿Dónde está mi esposa?
El Amo lo ignoró.
Tu vida entera te ha conducido a este punto. Fracasarás por segunda vez.
—Probarás mi plata, strigoi —contestó Setrakian.
Te probaré a ti, anciano. Y a tus torpes apóstoles…
El Amo lo atacó desde atrás y lo envió de nuevo al piso. Eph se repuso y blandió su espada en la corriente de aire repentina que dejaba el Ser Oscuro al desplazarse, lanzando un par de espadazos a tientas. Y cuando atrajo la espada hacia él, vio que la punta estaba untada de blanco.
Había herido al Amo. Por lo menos lo había cortado.
Pero escasamente había constatado esto cuando el Amo regresó y lo golpeó en el pecho con sus garras. Eph sintió que sus pies se elevaban por el aire, su espalda y hombros chocaban estruendosamente contra la pared, y que sus músculos estallaban de dolor mientras caía al suelo.
Fet avanzó con su lámpara, y Setrakian blandió su espada hincado en una rodilla, manteniendo a la bestia a raya. Eph se incorporó tan rápido como pudo, preparándose para recibir más golpes… pero no recibió ninguno.
Estaban solos de nuevo; podían sentirlo. No se escuchó ningún sonido, salvo el zumbido de las luces del techo, muy cerca de las escaleras.
—Lo corté —dijo Eph.
Setrakian utilizó su espada para ponerse en pie, pues tenía un brazo herido. Subió un peldaño y vio la sangre blanca del vampiro.
Subieron las escaleras doloridos pero con decisión. Llegaron al ático de Bolívar, localizado en la planta superior de la casa más alta. Buscaron rastros de sangre de vampiros pero no vieron indicios. Fet pasó a un lado de la cama sin hacer y arrancó las cortinas de las ventanas que oscurecían el cuarto; penetró un poco de luz, pero no los rayos del sol. Eph inspeccionó el baño y le pareció más grande de lo que había imaginado, especialmente por los espejos de marcos dorados que lo reflejaban hasta el infinito. Vio un ejército de doctores Goodweather portando espadas en sus manos.
—Por aquí —jadeó Setrakian.
En una silla de cuero negro del salón de conferencias había rastros frescos de sangre blanca. Dos entradas con arcos y cortinas gruesas dejaban filtrar una luz tenue debajo del dobladillo de los encajes, y el techo de la casa contigua se veía un poco más abajo.
El Amo estaba allí, en el centro del cuarto, su rostro infestado de gusanos, inclinado hacia ellos, mirándolos con sus ojos de ónix, y de espaldas a la luz diurna y mortífera. La sangre blanca e iridiscente goteaba espaciadamente por su largo brazo y su mano, cayendo desde la punta de su garra inhumana al piso.
Setrakian avanzó renqueando, arrastrando su espada por el piso de madera. Se detuvo y levantó la hoja de plata con el brazo indemne, para enfrentarse al Amo, mientras su corazón latía desaforadamente.
—Strigoi —dijo el anciano.
El Amo lo miró impasible, diabólicamente majestuoso, sus ojos como dos lunas muertas en nubes de sangre. El único indicio de su padecimiento era el rebullir excitado de los parásitos sanguíneos en su rostro aterrador.
Para Setrakian, la oportunidad estaba casi a su alcance… y, sin embargo, su corazón se estaba ahogando y apagando.
Eph y Fet acudieron a él, y el Amo no tuvo otra alternativa que luchar para escapar de allí. Su rostro exhibió una mueca feroz. Le arrojó una mesa a Eph de un puntapié, enviándolo hacia atrás, y con su brazo ileso le lanzó una silla a Setrakian. Los dos hombres se apartaron y el Amo se escurrió por el medio resuelto a embestir a Fet.
El exterminador levantó la lámpara, pero el Amo la esquivó y lo arañó en un costado. Fet cayó al lado de las escaleras. El Amo se abalanzó sobre él, pero Fet reaccionó con rapidez y le descargó la lámpara en su rostro contrahecho. Los rayos UVC lo hicieron tambalear hasta la pared, y el yeso crujió con el peso de su tamaño descomunal. El Amo retiró las garras de su rostro; sus ojos se veían más grandes que antes, y su mirada extraviada.
El Amo estaba ciego, pero sólo temporalmente. Los tres hombres comprendieron la ventaja que tenían, y Fet se acercó con la lámpara. El Amo retrocedió frenéticamente. Fet obligó a la bestia inmensa a replegarse en los arcos, y Eph avanzó con rapidez, haciéndole un corte en la capa y arrancándole un pedazo de piel. El Amo lanzó un manotazo errático.
Setrakian intentó esquivar la silla que le había lanzado la bestia y su espada cayó al suelo.
Eph arrancó las gruesas cortinas, y la luz brillante del sol inundó el recinto. Unas rejas de hierro resguardaban las puertas de cristal, y de un golpe desprendió el pestillo, desatando una lluvia de chispas con su espada.
Fet siguió acorralando al Amo. Eph le hizo un gesto a Setrakian para que le diera el golpe de gracia. Fue entonces cuando vio al anciano tendido en el piso, agarrándose el pecho al lado de su espada.
Eph permaneció inmóvil mirando al Amo inerme, y a Setrakian agonizando en el piso.
Fet, quien sostenía la lámpara frente al vampiro como un domador de leones lo haría con un aro de fuego, dijo:
—¿Qué estás esperando?
Eph corrió hacia el anciano. Vio el sufrimiento reflejado en su rostro y su mirada distante. Tenía los dedos adheridos al chaleco, sobre su corazón. No se atrevió a practicarle un resucitamiento cardiopulmonar para no fracturar sus frágiles costillas. Momentos después observó que el anciano intentaba meter los dedos en su chaleco.
Fet se acercó sobrecogido para saber por qué diablos no podían asestarle el golpe de gracia a la bestia. Vio a Setrakian tendido en el piso, y a Eph arrodillado sobre él.
Aprovechando su distracción, el Amo le hundió la garra en el hombro y lo levantó del suelo.
Eph hurgó en los bolsillos del chaleco del profesor y sintió algo. Sacó la pequeña caja de plata y retiró la tapa con rapidez. Una docena de pequeñas pastillas blancas cayeron al suelo.
Fet era un hombre grande, pero se veía como un niño ante el Amo.
Aún tenía la lámpara en la mano, pero no podía mover los brazos. Encandiló al Amo, quemándolo en un costado, y la bestia enceguecida rugió de dolor pero no lo soltó. El Amo lo sujetó fuertemente, y el cuello del exterminador quedó expuesto a pesar de su resistencia. Entonces Fet se encontró cara a cara con aquel rostro indescriptible.
Eph recogió una de las tabletas de nitroglicerina y le levantó la cabeza al profesor. Le abrió la mandíbula e introdujo la píldora debajo de la lengua helada del anciano. Lo sacudió y le gritó, y el anciano abrió los ojos.
El Amo abrió la boca y disparó su aguijón, el cual pasó encima de los ojos desorbitados y de la garganta expuesta de Fet. El exterminador se defendió como pudo, pero la compresión en la parte posterior del cuello impidió el flujo de sangre a su cerebro, y el cuarto se oscureció y sus músculos flaquearon.
—¡No! —gritó Eph, y arremetió contra el Amo con su espada, atravesando la hoja hasta la empuñadura en la espalda de la criatura abominable. Fet cayó al piso. El Amo movió la cabeza, su aguijón se agitó en el aire, y sus ojos nublados se posaron en Eph.
—¡Oye el canto de mi espada de plata! —gritó Eph, golpeándolo encima del pecho. La hoja cantó realmente, pero el Ser Oscuro retrocedió y alcanzó a esquivarlo. Eph lo atacó de nuevo, fallando otra vez, y el Amo trastabilló hacia atrás desorientado, pues los rayos del sol que entraban por las puertas de cristal de la terraza lo golpearon de lleno.
Eph lo tenía acorralado, y el Amo lo sabía. Eph agarró la espada con las dos manos, listo para descargarla sobre el cuello palpitante de la bestia. El rey vampiro lo miró con disgusto, pareció hacerse incluso más alto, y haló la capucha para proteger su cabeza.
—¡Muere! —dijo Eph corriendo hacia él.
El Amo se dio la vuelta y atravesó las puertas de cristal entre un estallido de vidrios. Tendido sobre las tibias baldosas de arcilla del patio, el vampiro encapuchado quedó completamente expuesto a los rayos letales del sol.
Permaneció un momento inmóvil, hincado en una rodilla.
Eph lo empujó y miró fijamente al vampiro encapuchado, a la espera del momento final.
El Amo tembló, y una oleada de vapor se elevó de su capa oscura. Entonces el rey vampiro se encogió por completo, temblando como si estuviera sufriendo un ataque fulminante, sus grandes garras apretadas sobre el pecho como dos zarpas abominables.
Se quitó la capa con un rugido y la prenda cayó humeando a las baldosas. El cuerpo desnudo del Amo se retorció, y su carne nacarada se oscureció, carbonizándose y pasando del blanco azucena a un tono macilento, oscuro y muerto.
La herida que Eph le había propinado en la espalda se convirtió en una cicatriz profunda y negra, como si hubiera sido cauterizada por los rayos del sol. Se dio la vuelta tembloroso para observar la figura de su verdugo, mientras que Fet permanecía en la entrada y Setrakian se incorporaba penosamente con sus rodillas. Quedó desnudo, era fantasmagóricamente delgado, su pubis liso y desprovisto de sexo. Los gusanos enloquecidos por el dolor hicieron estremecer sus músculos exangües bajo la piel chamuscada.
El Amo dirigió su rostro hacia el sol esbozando la sonrisa más terrible, una mueca de dolor intenso y aún de triunfo, dejando escapar un grito en señal de desafío, una maldición siniestra. Llegó al extremo del patio con una velocidad escalofriante, se deslizó por un muro bajo que había en el borde del techo, descendió rápidamente hasta el tercer piso por el andamio… y desapareció en las sombras matinales de la ciudad de Nueva York.