Comisaría de policía 17,
Calle 51 Este, Manhattan

Setrakian intentó acomodarse en el banco, recostado contra la pared de la celda. Había pasado toda la noche en el centro de reseñas, un cuarto rodeado de vidrios, al lado de los ladrones, borrachos y pervertidos con los que estaba detenido en ese momento. Durante la larga espera, tuvo tiempo para pensar en la escena que había armado fuera de la Oficina del Forense, y comprendió que había arruinado su mejor oportunidad para contactar con el Centro para el Control de Enfermedades, a cargo del doctor Goodweather.

Era obvio que se había comportado como un anciano demente. Tal vez estaba patinando y debilitándose como un giroscopio al final de sus revoluciones. Era probable que todos los años que había esperado ese momento, y en los que había vivido entre el miedo y la esperanza, le hubieran afectado.

Las personas que envejecen aprenden a tener cuidado, se agarran bien de los pasamanos y se aseguran de seguir siendo ellos.

El único problema que tenía en ese momento era que la desesperación lo estaba enloqueciendo; estaba detenido en una comisaría de policía en el Medio Manhattan, mientras que afuera…

Sé listo, viejo tonto. Busca la manera de salir de aquí. Has escapado de lugares mucho peores que éste.

Setrakian revivió la escena en su mente. Estaba comenzando a dar su nombre y dirección, a escuchar los cargos criminales en su contra por alteración del orden público y traspaso ilegal a propiedad ajena. Estaba firmando un documento en el que certificaba ser propietario del bastón («tiene un enorme significado personal», le había dicho al sargento) y de sus pastillas para el corazón, cuando un mexicano de dieciocho o diecinueve años entró esposado. El joven estaba golpeado, tenía rasguños en la cara y la camisa rota.

Lo que le llamó la atención a Setrakian fueron los agujeros chamuscados en sus pantalones negros y en su camisa.

—¡No puede ser! —dijo el joven con los brazos esposados detrás de su espalda, mientras era conducido a empellones por los detectives al interior de la celda—. ¡Ese puto gordo estaba loco; corriendo desnudo por la calle, ¿eh? Atacando a la gente y a nosotros nos atacó! —Los detectives lo sentaron bruscamente en una silla—. Ustedes no lo vieron. Ese cabrón sangraba algo blanco. Tenía una maldita… cosa en la boca. ¡No parecía un ser humano!

Uno de los detectives llegó al cubículo del sargento donde estaban fichando a Setrakian, secándose el sudor de la frente con una toalla de papel.

—Un mexicano loco. Es un delincuente juvenil que acaba de cumplir dieciocho años y ya ha estado dos veces en la cárcel. Esta vez mató a un hombre durante una pelea, en compañía de un cómplice. Le quitaron la ropa y trataron de arrollarlo en el corazón de Times Square.

El sargento le lanzó una mirada acusatoria y continuó tecleando con un dedo. Le hizo otra pregunta a Setrakian, pero éste no lo escuchó. Escasamente sentía su asiento, así como sus manos retorcidas y fracturadas. El pánico estuvo a punto de apoderarse de él tras la idea de confrontar algo imposible. Vio el futuro, vio familias separadas, aniquilamientos y un apocalipsis de agonías. Vio la oscuridad reinando sobre la luz, vio el infierno en la Tierra.

En ese momento, Setrakian se sintió el hombre más viejo del planeta.

De repente, su temor fue reemplazado por un impulso igualmente básico: la venganza, el deseo de enfrentarse a él una segunda vez. La resistencia, la pelea, la guerra inminente que tenía que emprender contra él.

Strigoi.

La plaga se había propagado.

Pabellón de aislamiento, Centro Médico
del Hospital Jamaica

JUM KENT estaba acostado en la cama del hospital y farfulló:

—Esto es ridículo. Me siento bien.

Eph y Nora estaban a ambos lados de la cama.

—Digamos entonces que se trata de una medida de precaución —dijo Eph.

—No pasó nada. Debió de derribarme mientras cruzaba la puerta. Creo que me desmayé momentáneamente. Tal vez sea una contusión leve.

Nora asintió.

—Es sólo que… tú eres uno de nosotros, Jim. Queremos asegurarnos de que todo salga bien.

—Pero… ¿por qué tengo que estar en el pabellón de aislamiento?

—¿Y por qué no? —replicó Eph, intentando esbozar una sonrisa—. Ya estamos aquí. Y mira: tienes toda un ala del hospital para ti. No puedes hacer un mejor negocio que éste en Nueva York.

La sonrisa de Jim demostró que no estaba convencido.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Pero permitidme al menos utilizar mi teléfono para sentir que estoy contribuyendo en algo.

Eph dijo:

—Creo que podemos arreglar eso después de hacerte algunos exámenes.

—Y, por favor, decidle a Sylvia que estoy bien. Debe de estar preocupada.

—Está bien —accedió Eph—. La llamaremos tan pronto nos vayamos de aquí.

Salieron de la unidad de aislamiento y se detuvieron, pues estaban profundamente conmovidos.

—Tenemos que decírselo —apuntó Nora.

—¿Decirle qué? —respondió Eph con cierta brusquedad—. Primero debemos saber de qué se trata esto.

Afuera de la unidad, una mujer con el pelo rizado y recogido con una cinta elástica se levantó de una silla de plástico que había traído del vestíbulo. Jim vivía con Sylvia, la encargada del horóscopo del New York Post, en un apartamento un poco más arriba de la calle 80 Este. Ella tenía cinco gatos y Jim tenía un pájaro, por lo cual el ambiente doméstico era un poco tenso.

—¿Puedo entrar a verlo?

—Disculpa, Sylvia. Son las reglas del pabellón de aislamiento: sólo puede ingresar personal médico. Pero Jim te manda decir que se siente bien.

—¿Qué piensas tú? —preguntó Sylvia, agarrando del brazo a Eph.

Eph meditó antes de responderle.

—Tiene un aspecto muy saludable, y simplemente queremos hacerle unos exámenes.

—¿Por qué lo internasteis en el pabellón de aislamiento? Me dijeron que sólo se desmayó, que se sentía un poco mareado.

—Ya sabes cómo trabajamos; nos gusta descartar los malos pronósticos y hacer las cosas paso a paso.

Sylvia miró a Nora, buscando un respaldo femenino.

—Te lo devolveremos tan pronto como podamos —le dijo Nora con gesto compasivo.

Eph y Nora se encontraron con la administradora en la puerta de la morgue, localizada en el sótano del hospital.

—Doctor Goodweather, esto es completamente irregular. Esta puerta nunca debe estar cerrada con seguro, y le recuerdo que debemos ser informados de todo lo que sucede…

—Lo siento, señora Graham —dijo Eph tras leer su carné del hospital—, pero éste es un asunto oficial del CDC. —Eph detestaba valerse de su cargo burocrático, pero ser empleado del gobierno tenía sus ventajas en algunas ocasiones. Sacó la llave que había tomado, abrió la puerta y entró con Nora—. Gracias por su cooperación —se despidió, echándole el cerrojo a la puerta.

Las luces se encendieron automáticamente. El cuerpo de Redfern yacía cubierto con una sábana en una mesa metálica. Eph sacó un par de guantes de una caja que estaba cerca del interruptor de la luz, y abrió el cajón que contenía los instrumentos de autopsia.

—Eph —le advirtió Nora, poniéndose los guantes—. Todavía no tenemos el certificado de defunción. No lo podemos abrir.

—No tenemos tiempo para ese tipo de formalidades, especialmente después de lo que le sucedió a Jim. Además, tampoco sé cómo vamos a explicar su muerte. Lo cierto del caso es que yo asesiné a este hombre, a mi propio paciente.

—En defensa propia.

—Lo sé, y tú también lo sabes. Pero realmente no puedo perder tiempo explicándole esto a la policía.

Utilizando un bisturí grande, le hizo una incisión en forma de «Y» al torso del cadáver de Redfern, con dos cortes diagonales desde las clavículas hasta encima del esternón, y uno recto en el centro, sobre el abdomen, hasta el hueso púbico. Retiró la piel y los músculos, dejando al descubierto las costillas y la región abdominal. No tenía tiempo para practicarle una autopsia completa, pero necesitaba confirmar algunos indicios que había notado en la resonancia magnética parcial que le habían logrado tomar al difunto.

Lavó la secreción blanca y líquida con una manguera, y observó los órganos vitales debajo de las costillas. La cavidad del pecho era completamente anormal, llena de masas negras alimentadas por unas terminales, unos retoños semejantes a venas, adheridos a los órganos marchitos del piloto.

—¡Virgen santísima! —exclamó Nora.

Eph examinó los retoños que tenía en las costillas.

—Lo han invadido. Mira el corazón.

Este órgano estaba deforme y contraído. La estructura arterial también estaba alterada, mientras que el sistema circulatorio se había simplificado, y las arterias estaban cubiertas por una capa oscura y cancerosa.

—Es imposible. Sólo han transcurrido treinta y seis horas desde el aterrizaje del avión —dijo Nora.

Eph hizo un corte en el cuello, dejando la garganta al descubierto.

El nuevo órgano estaba localizado en la parte central del cuello, y salía de los pliegues vestibulares. Esta protuberancia parecía actuar como un aguijón retráctil. Se conectaba directamente con la tráquea y ocupaba una gran parte de ella, a semejanza de un crecimiento cancerígeno. Eph decidió no extenderse a otras partes, y concentrarse más bien en retirar en su totalidad aquel músculo, órgano —o lo que fuera—, para estudiarlo y determinar su función.

Su teléfono sonó, y Eph se giró para que Nora pudiera sacarlo de uno de sus bolsillos con sus guantes de látex.

—Es la Oficina del Forense —señaló al leer la pantalla. Respondió la llamada y después de escuchar brevemente a su interlocutor, le dijo—: Pronto estaremos allí.

Oficina del Forense, Manhattan

EL DIRECTOR BARNES LLEGÓ a la Oficina del Forense, localizada en la calle Treinta con la Primera Avenida, al mismo tiempo que Eph y Nora. Bajó de su auto, inconfundible con su barba en forma de candado y su uniforme de la marina. La intersección estaba llena de patrullas policiales y equipos noticiosos de la televisión, estacionados fuera de la fachada turquesa del edificio de la morgue.

Mostraron sus credenciales y llegaron al despacho del doctor Julius Mirnstein, el forense en jefe de Nueva York. Mirnstein era calvo, con mechones de pelo castaño a los lados y detrás de la cabeza. Su rostro era alargado y de expresión adusta. Llevaba la bata blanca reglamentaria sobre sus pantalones grises.

—No sabría cómo explicarlo, pero creo que alguien entró aquí anoche. —El doctor Mirnstein miró la pantalla encendida de su computador y los bolígrafos que había dejado fuera de la taza donde los guardaba—. No hemos podido comunicarnos con ninguno de los empleados del turno de noche. —Consultó de nuevo con una asistente que estaba hablando por teléfono, y ella le hizo un gesto negativo—. Síganme.

Todo parecía estar en orden, desde las mesas limpias de las autopsias, pasando por los estantes e instrumentos de disección, hasta las pesas y aparatos de medición. No había señales de vandalismo. El doctor Mirnstein los condujo al cuarto refrigerado y los dejó pasar.

El lugar estaba vacío. Las camillas seguían en su sitio, al igual que algunas sábanas y prendas de ropa. Unos pocos cadáveres yacían en las mesas del costado izquierdo, pero todas las víctimas del avión habían desaparecido.

—¿Dónde están? —preguntó Eph.

—De eso se trata: no lo sabemos —respondió el doctor Mirnstein.

El director lo miró un momento.

—¿Me está diciendo que cree que alguien entró aquí anoche y robó cuarenta cadáveres?

—Su teoría es tan buena como la mía, doctor Barnes. Tenía la esperanza de que su personal me diera una pista.

—Pues bien —dijo Barnes—. Ellos no salieron caminando.

—¿Qué habrá sucedido en Brooklyn y en Queens? —preguntó Nora.

—Todavía no sabemos nada de Queens —respondió el doctor Mirnstein—. Pero en Brooklyn nos informaron de que allá sucedió lo mismo.

—¿Lo mismo? —se asombró Nora—. ¿Desaparecieron todos los pasajeros del avión?

—Exactamente —señaló el doctor Mirnstein—. Les pedí que vinieran con la esperanza de que tal vez su equipo hubiera recogido los cadáveres sin nuestro conocimiento.

Barnes miró a Eph y a Nora, pero ellos hicieron un gesto negativo.

—Cielos —dijo Barnes—. Tendré que llamar a la FAA.

Eph y Nora se le acercaron antes de que saliera.

—Creo que necesitamos hablar —señaló Eph.

El director los miró a los dos.

—¿Cómo está Jim Kent?

—Tiene buen semblante y dice que se siente bien.

—Eso es bueno —se alegró Barnes—. ¿Qué tiene?

—Una perforación en el cuello a la altura de la garganta. La misma que hemos encontrado en las víctimas del vuelo 753.

Barnes frunció el ceño.

—¿Cómo puede ser?

Eph le informó del escape de Redfern de la sala de resonancias magnéticas y del ataque subsiguiente. Sacó una imagen de escáner y una radiografía de gran tamaño. La colocó sobre una pantalla translúcida y encendió la luz.

—Éste es el piloto antes de la resonancia.

La imagen mostraba los órganos principales, los cuales tenían un aspecto normal.

—¿Y bien? —dijo Barnes.

—Y ésta es la otra resonancia —indicó Eph, colocando una imagen en la pantalla, que mostraba el torso de Redfern cubierto de manchas.

Barnes se puso los lentes.

—¿Son tumores?

—Mmm… Es difícil de explicar, pero éste es un tejido nuevo que se alimenta de los órganos que hace apenas veinticuatro horas estaban en perfecto estado.

El director Barnes se quitó las gafas y frunció el ceño de nuevo.

—¿Tejido nuevo? ¿Qué demonios quieres decir con eso?

—Esto. —Eph mostró una tercera imagen de la parte interna del cuello de Redfern. El crecimiento debajo de la lengua era evidente.

—¿Qué es? —preguntó Barnes.

—Cierto tipo de aguijón —respondió Nora—. Tiene músculos, es carnoso y retráctil.

Barnes miró a Eph y a Nora.

—¿Me estáis diciendo que a uno de los sobrevivientes del siniestro aéreo le creció un aguijón y atacó a Jim con él?

Eph asintió y señaló las imágenes a modo de prueba.

—Everett, necesitamos poner en cuarentena a los demás sobrevivientes.

Barnes miró a Nora, quien asintió enfáticamente, pues estaba plenamente de acuerdo con Eph.

—¿La conclusión es que, según vosotros, este… crecimiento tumoroso, esta mutación biológica… es transmisible? —preguntó Barnes.

—Eso es lo que suponemos y tememos —contestó Eph—. Es muy probable que Jim esté infectado. Necesitamos determinar la evolución de este síndrome, independientemente de lo que sea, si queremos tener una oportunidad de detenerlo y de curar a Jim.

—¿Estáis queriendo decir que vosotros visteis este… aguijón retráctil, tal como lo llamáis?

—Sí, ambos lo vimos.

—¿Dónde está actualmente el cuerpo del capitán Redfern?

—En el hospital.

—¿Y cuál es su prognosis?

Eph se adelantó a Nora:

—Incierto.

Barnes lo miró, y empezó a sentir que algo no estaba bien.

—Lo único que pedimos —prosiguió Eph— es una orden para obligar a los sobrevivientes a recibir tratamiento médico…

—Poner en cuarentena a tres personas entraña la posibilidad de causar un pánico colectivo. Estamos hablando de un país con trescientos millones de habitantes, Eph. —Barnes observó sus rostros de nuevo, como si estuviera buscando una confirmación final—. ¿Creéis que esto está relacionado de algún modo con la desaparición de los cadáveres?

—No lo sé —respondió Eph, quien estuvo a un paso de decir: «No quiero saberlo».

—Bien —dijo Barnes—. Iniciaré los trámites.

—¿Iniciar los trámites?

—Estas cosas llevan tiempo.

—Necesitamos esta orden ya, ahora mismo —urgió Eph.

—Ephraim, lo que me has mostrado es extraño e inquietante, pero parece ser un caso aislado. Sé que estás preocupado por la salud de un colega, pero conseguir una orden federal de cuarentena significa que tengo que solicitar y recibir una orden ejecutiva del presidente, y yo no guardo ese tipo de órdenes en mi billetera. Aún no veo una señal de pandemia, y, por lo tanto, debo seguir los canales normales. Hasta entonces, no quiero que molestes a los demás sobrevivientes.

—¿Que los moleste?

—El pánico estallará aun sin que nos sobrepasemos en nuestras obligaciones. Además, si hay otros sobrevivientes cuya situación se ha agravado, ¿por qué no hemos tenido noticias de ellos?

Eph no tenía una respuesta para esto.

—Estaré en contacto.

Barnes se dirigió a hacer las llamadas telefónicas.

Nora miró a Eph, y le dijo:

—No lo hagas.

—¿Que no haga qué?

—No busques a los demás sobrevivientes. No arruines la posibilidad de salvar a Jim molestando a la abogada o asustando a los demás.

Eph estaba echando humo cuando abrieron las puertas. Dos miembros del Equipo de Emergencias Médicas entraron con una camilla en la que iba un cadáver cubierto con una bolsa, y fueron recibidos por dos empleados de la morgue. Los muertos no esperarían a que se resolviera el misterio que rodeaba este caso, simplemente seguirían llegando. Eph pensó en lo que sucedería en la ciudad de Nueva York si se presentara una verdadera epidemia. Una vez que los recursos municipales ya no dieran abasto —la policía, los bomberos, el Departamento de Sanidad y las funerarias—, la ciudad entera quedaría reducida a una hedionda pila de cadáveres en el transcurso de pocas semanas.

Un empleado de la morgue abrió la bolsa hasta la mitad. Retrocedió con los guantes de las manos chorreando un líquido blanco, el cual goteaba también de la bolsa, resbalaba por un lado de la camilla y caía al piso.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó el empleado, completamente asqueado.

—Una víctima de tránsito —dijo uno de los técnicos—. Murió después de una pelea. No sé… seguramente lo atropello un camión de leche o algo por el estilo.

Eph sacó unos guantes del mostrador y se acercó al cadáver. Lo observó y preguntó:

—¿Dónde está la cabeza?

—Debe de estar en algún lugar —dijo el otro técnico.

Eph vio el cadáver decapitado a la altura de los hombros, y la base del cuello salpicada de pegotes blancos.

—El tipo estaba desnudo —agregó el técnico—. ¡Qué noche!

Eph terminó de abrir el cierre. El cuerpo decapitado era masculino, tenía sobrepeso y alrededor de cincuenta años de edad. Eph le examinó los pies.

Tenía un alambre alrededor del dedo gordo, como si hubiera llevado una etiqueta de identificación forense.

Nora también observó el alambre y se puso pálida.

—¿Dices que se trató de una pelea? —preguntó Eph.

—Eso fue lo que nos dijeron —contestó el técnico, abriendo la puerta para salir—. Que tengan un feliz día, y buena suerte.

Eph cerró la bolsa. No quería que nadie viera el alambre ni le hiciera preguntas que no podía responder.

Miró a Nora:

—¿Recuerdas lo que nos dijo el anciano?

Nora asintió.

—Que destruyéramos los cadáveres —recordó.

—Él sabía sobre la luz ultravioleta. —Eph se quitó los guantes de látex y pensó de nuevo en lo que podía estar creciendo en el organismo de Jim—. Tenemos que averiguar qué más sabe ese anciano.

Comisaría de policía 17,
Calle 51 Este, Manhattan

SETRAKIAN CONTÓ a trece hombres que estaban con él en la celda del tamaño de una habitación, incluyendo a uno con heridas recientes en el cuello, agachado en un rincón y frotándose vigorosamente las manos con saliva.

Obviamente, Setrakian había visto cosas peores que ésta: mucho peores. En otro continente, y en otro siglo, había sido privado de la libertad durante la Segunda Guerra Mundial por ser un judío rumano, y había sido internado en el campo de concentración conocido como Treblinka.

Tenía casi diecinueve años cuando el campo fue cerrado en 1943. Si lo hubieran internado a la edad que tenía ahora, seguramente no habría sobrevivido siquiera unos pocos días, y tal vez ni el viaje en tren hasta el campo de concentración.

Setrakian miró al joven mexicano que estaba a su lado; era el primer detenido que veía fichar, y tenía casi la misma edad que él cuando la guerra terminó. Sus mejillas eran de un color azul y tenía sangre coagulada en una herida debajo del ojo, pero no parecía estar infectado.

El anciano se preocupó al ver a su amigo; estaba acostado e inmóvil en el banco de al lado.

Por su parte, Gus, que se sentía enojado, dolorido y un poco nervioso ahora que su adrenalina se había esfumado, comenzó a sospechar del anciano que lo miraba.

—¿Tienes algún problema?

Los otros detenidos miraron animados, atraídos por la posibilidad de una pelea entre un pandillero mexicano y un anciano judío.

—Realmente tengo un gran problema —le contestó Setrakian.

Gus le lanzó una mirada desafiante.

—Todos tenemos uno.

Setrakian vio que los demás comenzaban a retirarse. Examinó de cerca al joven. Tenía el brazo sobre la cara y el cuello, y estaba acurrucado casi en posición fetal.

Gus miró fijamente a Setrakian, y lo reconoció.

—Te conozco.

Setrakian asintió; estaba acostumbrado a eso, y dijo:

—Calle 118.

—Préstamos Knickerbocker. Sí, mierda. Una vez le partiste la madre a mi hermano.

—¿Me robó?

—Trató de robarte una cadena de oro. Ahora es un pinche drogadicto de mierda, un fantasma. Pero en aquel entonces era fuerte. Es mayor que yo.

—Debió de tener más cuidado.

—Se creía lo máximo. Por eso trató de robarte. La cadena realmente era un trofeo, y él quería pasearse con ella por el barrio. Todos le advirtieron: «No te metas con el ruco prestamista».

—Alguien rompió la ventana la primera semana que comencé a trabajar en la tienda —dijo Setrakian—. La cambié, y me senté a esperar. Agarré a un grupo de muchachos que quería romperla. Les di algo en qué pensar y les envié un mensaje a sus amigos. Eso fue hace más de treinta años, y desde entonces no he tenido un solo problema con mi negocio.

Gus miró los dedos contraídos del anciano, apenas cubiertos por los guantes de lana.

—¿Qué te pasó en las manos? ¿Te sorprendieron robando? —le preguntó.

—Nada de eso —respondió el anciano, frotándose las manos—. Es una vieja herida, y sólo recibí atención médica cuando ya era muy tarde.

Gus le mostró el tatuaje que tenía en la mano, y cerró el puño para resaltar la figura. Eran tres círculos negros.

—Es como el diseño del aviso de tu tienda.

—Es el antiguo símbolo de los prestamistas; pero el tuyo tiene un significado diferente.

—Es el símbolo de la pandilla —explicó Gus, recostándose—. Significa «robo».

—Pero nunca me robaste.

—Eso es algo que no sabes —replicó Gus sonriendo.

Setrakian observó los pantalones del joven, los agujeros chamuscados en la tela negra.

—Escuché que mataste a un hombre.

La sonrisa de Gus desapareció.

—¿Esa herida que tienes en la cara te la hicieron los policías?

Gus lo miró como si el anciano fuera una especie de informante.

—¿Qué te pasa?

—¿Le viste el interior de la boca? —le preguntó Setrakian.

Gus lo miró. El anciano se inclinó como si fuera a rezar.

—¿Qué sabes sobre eso? —le preguntó Gus.

—Sé que una plaga se ha desatado en esta ciudad, y que muy pronto se propagará por el mundo entero —respondió el anciano sin desviar la mirada.

—No se trataba de una plaga. Era un puto psicópata con una… cosa que salía de… —Gus se sintió ridículo al decir esto en voz alta—. ¿Qué chingados era eso?

—Peleaste contra un hombre muerto, poseído por una enfermedad —le contestó Setrakian.

Gus recordó la cara del hombre, inexpresivo y hambriento, y su sangre blanca.

—¿Qué dices? ¿Un pinche zombi?

—Digamos que más bien se trata de un hombre con capa negra, colmillos y acento extraño —le respondió Setrakian. Se dio la vuelta para que Gus pudiera oírlo mejor—. Quítale la capa, los colmillos y el acento extraño. Quítale todo lo extravagante que pueda tener. —Gus pensó en las palabras del anciano. Ese hombre debía saber algo. Su voz lúgubre y su melancolía eran contagiosas—. Escúchame lo que voy a decirte —continuó el anciano—. Este amigo tuyo ha sido infectado. Se puede decir que ha sido… mordido.

Gus miró a Félix, quien estaba inmóvil.

—No, no. Él sólo… los policías lo noquearon.

—Él está cambiando; está en medio de un proceso que va más allá de nuestra comprensión, una enfermedad que convierte a los seres humanos en no-humanos. Esta persona ya no es amiga tuya. Se ha transformado.

Gus recordó al hombre gordo encima de Félix, su abrazo maniático y su boca en el cuello de su amigo. Y luego la mirada de Félix: la expresión de sorpresa y terror.

—¿No ves lo caliente que está? Es su metabolismo. Se requiere de una gran energía para la transformación; son cambios dolorosos y catastróficos que están ocurriendo ahora mismo en el interior de su cuerpo, y un órgano parasitario se está desarrollando para que ese nuevo ser se adapte. Él se está metamorfoseando en un organismo alimentador. Muy pronto, de doce a treinta y seis horas desde el momento de la infección, pero muy probablemente esta noche, él se levantará sediento. Y no se detendrá ante nada para calmar sus ansias.

Gus observó al anciano como si estuviera en un estado de animación suspendida.

—¿Quieres a tu amigo? —le preguntó Setrakian.

—¿Qué? —respondió Gus.

—Me refiero a si lo honras y respetas. Si quieres a tu amigo, debes aniquilarlo antes de que se transforme por completo.

Los ojos de Gus se oscurecieron.

—¿Destruirlo?

—Bueno… matarlo. De lo contrario, él también te transformará a ti.

Gus meneó la cabeza lentamente.

—Pero… si dices que ya está muerto… ¿cómo puedo matarlo?

—Hay ciertas formas —respondió Setrakian—. ¿Cómo mataste al que te atacó?

—Con un cuchillo. Le corté la chingadera esa que le salía de la boca.

—¿La garganta?

Gus asintió.

—Sí, y luego un camión le terminó de partir la madre.

—Separar la cabeza del cuerpo es la forma más eficaz. La luz solar también es muy efectiva: los rayos directos del sol. Adicionalmente, hay otros métodos más antiguos.

Gus miró a Félix; estaba acostado, sin moverse, casi sin respirar.

—¿Por qué nadie sabe esto? —preguntó Gus. Se dio la vuelta y miró a Setrakian, preguntándose cuál de los dos estaba más loco—. Oye, anciano, ¿quién eres realmente?

—¡Elizalde! ¡Torres!

Gus estaba tan absorto en la conversación que no vio a los policías entrar en la celda. Miró después de escuchar su nombre y el de Félix, y vio que cuatro policías con guantes de látex se acercaron, listos para dominarlos. Gus fue levantado del banco antes de saber qué sucedía.

Después agarraron a Félix de la espalda y le dieron una palmada en las piernas. No pudieron despertarlo y se lo llevaron a la fuerza. Su cabeza quedó inclinada sobre su pecho, arrastrando los pies cuando se lo llevaron.

—Escuchen, por favor. —Setrakian se puso de pie—. Ese hombre está enfermo; peligrosamente enfermo. Tiene una enfermedad contagiosa.

—Para eso tenemos guantes, abuelo —dijo uno de los policías. Le apretaron los brazos a Félix mientras lo sacaban arrastrado por la puerta—. Siempre estamos lidiando con enfermedades contagiosas.

—Deben aislarlo, ¿comprenden? Deben encerrarlo solo —agregó Setrakian.

—No se preocupe, abuelo. Siempre les damos un trato preferencial a los asesinos.

Gus fijó su mirada en el anciano mientras cerraban las rejas y los guardias se lo llevaban.

Grupo Stoneheart, Manhattan

ÉSA ERA la habitación de un hombre muy importante.

Completamente automatizada y con la temperatura controlada; los botones de la consola al alcance de la mano. El sonido de los humidificadores en concierto con el zumbido del ionizador y el susurro del sistema de filtración de aire eran como el arrullo protector de una madre. Todos los hombres, pensó Eldritch Palmer, deberían quedarse dormidos cada noche en úteros artificiales y dormir como bebés.

Aún faltaban varias horas para que amaneciera, y él estaba impaciente. Palmer murmuró con el mismo beneplácito de un banquero codicioso ahora que todo estaba en movimiento, la cepa del virus propagándose por la ciudad de Nueva York con la misma fuerza exponencial de los intereses compuestos, duplicándose a sí misma cada noche. Ningún éxito financiero —y eso que había tenido muchos— lo había alegrado tanto como esta empresa inconcebible.

El teléfono de su mesa de noche vibró una vez y el auricular se iluminó. Todas las llamadas a ese teléfono tenían que pasar por el filtro del señor Fitzwilliam, su enfermero y asistente, un hombre de un juicio y una discreción extraordinarios.

—Buenas noches, señor.

—¿Quién es, señor Fitzwilliam?

—El señor Jim Kent. Dice que es urgente. Se lo pasaré.

El señor Kent, miembro de la Sociedad Stoneheart, dijo:

—¿Sí? ¿Hola?

—Adelante, señor Kent.

—¿Me escucha? No puedo hablar en voz alta…

—Adelante, señor Kent. Lo escucho. Nuestra última conversación telefónica se cortó.

—Sí. El piloto escapó antes de que terminaran de hacerle los exámenes.

Palmer sonrió.

—¿Entonces ya se marchó?

—No. No sabía qué hacer; así que lo seguí por el hospital hasta que el doctor Goodweather y la doctora Martínez lo encontraron. Dijeron que Redfern está bien, pero no puedo confirmar su estado. En estos momentos me encuentro solo. Y hace un momento le oí decir a una enfermera que los doctores del proyecto Canary entraron en un cuarto del sótano y lo cerraron con seguro.

Palmer pareció preocuparse.

—¿Dónde se encuentra usted en este momento?

—En el pabellón de aislamiento. Es simplemente una medida de precaución. Creo que Redfern me golpeó. Quedé inconsciente.

Palmer guardó silencio durante un momento.

—Entiendo.

—Si usted me explica exactamente lo que debo hacer, yo podría ayudarle más…

—¿Dijo que tomaron un cuarto del hospital?

—Sí, en el sótano. Podría ser la morgue. Tendré más información dentro de poco tiempo.

—¿Cuándo? —preguntó Palmer.

—Una vez salga de aquí. Necesitan hacerme algunos exámenes.

Palmer recordó que Jim Kent no era un epidemiólogo, sino un funcionario administrativo del proyecto Canary sin ninguna formación médica.

—Parece como si tuviera la garganta irritada, señor Kent.

—Así es. Me está comenzando a doler.

—Mmm. Feliz día, señor Kent.

Palmer colgó. La situación de Kent era insignificante, pero la información sobre la morgue del hospital era verdaderamente preocupante. Sin embargo, en toda empresa ambiciosa siempre se presentan obstáculos que deben superarse. Toda una vida de negociaciones le había enseñado al magnate que los reveses y las dificultades hacen que la victoria final sea muy dulce.

Tomó el auricular de nuevo y presionó el botón de la estrella.

—Sí, señor.

—Señor Fitzwilliam. Hemos perdido nuestro contacto con el proyecto Canary. No conteste las llamadas de su teléfono móvil.

—Sí, señor.

—Necesitamos enviar un equipo a Queens. Y también es probable que tengamos que sacar algo del sótano del Hospital Jamaica.

Flatbush, Brooklyn

ANN-MARIE BARBOUR revisó de nuevo para asegurarse de haber cerrado las puertas con seguro e inspeccionó dos veces la casa —cuarto por cuarto, y piso por piso—, tocando dos veces cada espejo para poder tranquilizarse. No podía pasar por ninguna superficie reflectante sin dejar de tocarla con el dedo índice y el medio de la mano derecha, para asentir a continuación con un gesto parecido a la genuflexión. Repitió el ritual otras dos veces, y limpió cada superficie con una mezcla de Windex y agua bendita hasta quedar satisfecha.

Creyó haber recobrado de nuevo el control y llamó a su cuñada Jeanie, quien vivía en el centro de Nueva Jersey.

—Están bien —dijo Jeanie, refiriéndose a los niños, a quienes había recogido el día anterior—. Se han comportado muy bien. ¿Cómo está Ansel?

Ann-Marie cerró los ojos y se le salieron las lágrimas.

—No lo sé.

—¿Ha mejorado? ¿Le diste la sopa de pollo que le llevé?

A Ann-Marie le preocupaba que su cuñada descubriera que estaba nerviosa.

—Yo te… yo… te llamaré.

Colgó y miró las tumbas por la ventana de atrás. Eran dos parches de tierra revuelta, y pensó en los perros que estaban enterrados allí.

Pero sobre todo en Ansel. En lo que les había hecho a Pap y a Gertie.

Se frotó las manos y recorrió la primera planta de su casa. Sacó un cofre de caoba del bufete del comedor que contenía el juego de cubiertos de plata que le habían regalado en la boda. Estaba brillante y reluciente. Era su alijo secreto, escondido allí como otra mujer lo haría con una provisión de dulces o un frasco de calmantes. Palpó cada utensilio, pasando la yema de los dedos por la superficie de plata y luego por sus labios. Creyó que se desmoronaría si no tocaba cada uno de los cubiertos.

Luego fue a la puerta de atrás. Se detuvo allí, agotada, con la mano en el pomo, pidiendo orientación y fortaleza. Rezó para poder entender lo que estaba sucediendo, y para vislumbrar el camino a seguir.

Abrió la puerta y bajó los peldaños que conducían al cobertizo, desde el cual había sacado los cadáveres de los perros, sin saber qué otra cosa hacer, pero afortunadamente había encontrado una pala vieja debajo del porche de enfrente. Se detuvo a un lado del cobertizo, frente a los crisantemos naranjas y amarillos plantados debajo de una ventana pequeña de cuatro paneles. Dudó antes de mirar adentro, protegiendo sus ojos de la luz del sol. Los implementos de jardinería estaban colgados de las paredes interiores, y las herramientas guardadas en los estantes, frente a un pequeño banco de trabajo. Los rayos solares que se filtraban por la ventana formaron un rectángulo perfecto en el suelo de tierra apisonada, y la sombra de Ann-Marie se proyectó sobre la estaca de metal. Una cadena igual a la que había en la puerta estaba amarrada al poste, pero no pudo ver uno de los extremos. El piso mostraba señales de excavación.

Se detuvo frente a las puertas encadenadas y escuchó.

—¿Ansel? —dijo apenas con un susurro. Escuchó de nuevo, y al no oír nada, puso su boca en la abertura de un centímetro que había entre las puertas combadas por la lluvia—. ¿Ansel?

Escuchó un ronroneo. El sonido vagamente animal la aterrorizó… y, no obstante, la reconfortó al mismo tiempo.

Él todavía estaba adentro. Todavía estaba con ella.

—Ansel… no sé qué hacer… por favor… dime qué hago… no puedo hacer nada sin ti. Te necesito, cariño. Por favor, responde. ¿Qué voy a hacer?

Escuchó de nuevo el sonido, como si escarbaran la tierra. Era un sonido gutural, como el de una tubería atascada.

Si sólo pudiera ver a su esposo y su rostro amable.

Ann-Marie se metió la mano en la blusa y sacó la llave que colgaba de un cordón. La introdujo en el candado y le dio vuelta hasta abrirlo, la armella separándose de la base gruesa de metal. Desanudó la cadena y la haló, dejándola caer sobre la hierba.

Las puertas se abrieron unos centímetros. El sol estaba en el cénit, y el cobertizo oscuro, salvo por la escasa luz que entraba por la pequeña ventana. Ella permaneció allí, intentando observar el interior.

—¿Ansel?

Vio una sombra moviéndose.

—Ansel… no puedes hacer tanto ruido de noche… El señor Otish, el vecino de enfrente, llamó a la policía, creyendo que eran los perros…

Estalló en llanto y pareció a un paso de derrumbarse.

—Yo… por poco le cuento lo tuyo. No sé qué hacer, Ansel. ¿Qué sería lo más apropiado? Me siento muy perdida. Por favor… te necesito…

Iba a entrar cuando un llanto semejante a un quejido la impactó. Ansel empujó las puertas y se abalanzó sobre ella. Sin embargo, la cadena amarrada a la estaca lo detuvo, sofocando un rugido animal en su garganta. Pero cuando las puertas se abrieron, ella vio —antes de gritar y de cerrar las puertas como dos persianas ante un huracán— a Ansel acurrucado en el suelo, desnudo y con el collar en el cuello, su boca ennegrecida y abierta. Se había arrancado casi todo el pelo, así como sus ropas, y su cuerpo pálido y estriado de venas azules estaba sucio a fuerza de dormir —y de esconderse— bajo la tierra, como una criatura muerta que hubiera cavado su propia tumba. Le enseñó los dientes manchados de sangre y desvió la mirada, molesto por el sol. Era un demonio. Ann-Marie pasó de nuevo la cadena por las manijas con las manos completamente temblorosas y cerró el candado. Luego se dio vuelta y corrió hacia su casa.

Calle Vestry, Tribeca

GABRIEL BOLÍVAR se dirigió en su limusina al consultorio de su médico personal, situado en un edificio con garajes subterráneos. El doctor Ronald Box era el médico de cabecera de muchas celebridades del cine, la televisión y la música que vivían en Nueva York. No era un médico que se limitara a escribir recetas a diestro y siniestro, aunque era pródigo con su bolígrafo electrónico. Era un internista curtido, con una gran experiencia en centros de rehabilitación para drogadictos, tratamiento de enfermedades por transmisión sexual, hepatitis C y otras dolencias que aquejaban a los famosos.

Bolívar subió el ascensor en una silla de ruedas, cubierto apenas por una túnica negra, y encorvado como un anciano. Su cabello —antiguamente negro, largo y sedoso— estaba completamente reseco y despoblado. Se cubrió el rostro con las manos delgadas y casi artríticas para que no lo reconocieran. Tenía la garganta tan inflamada y áspera que casi no podía hablar.

El doctor Box le hizo pasar de inmediato y observó las imágenes que le habían enviado de la clínica por vía electrónica. Estaban acompañadas de las excusas del jefe clínico, quien sólo evaluó los resultados sin ver al paciente, prometiendo reparar las máquinas y realizar otra ronda de exámenes en uno o dos días. Pero después de mirar a Bolívar, el doctor Box concluyó que los equipos no estaban estropeados. Examinó a su paciente con el estetoscopio, lo auscultó y le pidió que respirara. Dejó el estetoscopio a un lado para mirarle la garganta, pero Bolívar se negó sin decir palabra, sus ojos negros y rojos denotando un fuerte dolor.

—¿Hace cuánto tienes esas lentes de contacto? —le preguntó el doctor Box. Bolívar apretó los labios emitiendo un gruñido y negó con la cabeza.

El doctor Box miró a un hombre que estaba en la puerta con uniforme de conductor. Elijah, el escolta de Bolívar —de un metro noventa y siete centímetros de estatura, y ciento dieciocho kilos de peso— parecía muy nervioso, y el doctor Box comenzó a asustarse. Le examinó las manos al ídolo del rock, que se veían envejecidas e irritadas, aunque no frágiles. Intentó mirarle los nódulos linfáticos debajo de la mandíbula, pero el dolor de Bolívar se lo impidió. La temperatura que le habían tomado en la clínica marcó ciento veintitrés grados centígrados, algo imposible para un ser humano, pero después de estar al lado de Bolívar y de sentir el calor que emanaba de él, el doctor Box supo que la lectura era correcta.

Retrocedió y le dijo:

—Gabriel, realmente no sé cómo decirte esto. Parece que tu cuerpo está invadido por neoplasmas malignos. Esto es cáncer. Veo carcinomas, sarcomas y linfomas, y han hecho una metástasis profunda. Hasta donde yo sé, no hay un antecedente médico para una condición tan extraña como ésta, pero voy a consultar con varios especialistas y patólogos.

Bolívar permaneció escuchando, la mirada ceñuda en sus ojos descoloridos.

—No sé qué puede ser, pero algo se ha apoderado de ti, y lo digo literalmente. Hasta donde puedo ver, tu corazón ha dejado de latir por sus propios medios, y parece que el cáncer ha tomado el control de este órgano. El cáncer está latiendo de forma autónoma, y lo mismo ocurre con tus pulmones, los cuales están siendo invadidos y… casi absorbidos, transformados, como si… —el doctor Box apenas se estaba percatando de aquello en ese instante—… como si estuvieras sufriendo una metamorfosis. En términos clínicos, se podría decir que estás muerto, y parece que el cáncer es lo que te mantiene con vida. No sé qué otra cosa decirte. Todos tus órganos están fallando, pero tu cáncer… bueno, tu cáncer va viento en popa.

Bolívar quedó atónito, con la mirada extraviada. El cuello le palpitaba ligeramente, como si intentara hablar, pero una obstrucción en su garganta se lo impedía.

—Debo internarte de inmediato en la clínica Sloan-Kettering —continuó el doctor Box—. Podemos hacerlo con un seudónimo o con un número falso de Seguridad Social. Es el mejor hospital para el cáncer en todo el país. Quiero que tu chófer te lleve allá ahora mismo…

Bolívar emitió un gruñido sordo que equivalía a un no rotundo. Puso las manos en los brazos de la silla y Elijah se acercó para sujetar las manijas mientras Bolívar se ponía de pie. Tardó un momento en equilibrarse y se desamarró la correa de la bata con sus manos llagadas.

Su pene flácido, ennegrecido y marchito, estaba a punto de desprenderse de su entrepierna como un higo enfermo de un árbol moribundo.

Bronxville

NEEVA, LA NANA DE LOS LUSS, quien aún estaba muy nerviosa por los hechos ocurridos en las últimas veinticuatro horas, dejó a los niños al cuidado de su sobrina Emile mientras su hija Sebastiane la llevaba de regreso a Bronxville.

Había alimentado a Keene y a Audrey —su hermana de ocho años— con cereal en hojuelas y frutas que había sacado de la casa de los Luss antes de escapar.

Regresaba en busca de alimentos, pues a los niños no les gustaba la comida haitiana. Más importante aún, Neeva había olvidado sacar el Pulmicort de Keene, su medicamento para el asma. El niño estaba resollando y muy pálido.

El coche verde de la señora Guild estaba estacionado a la entrada, y Neeva sintió cierto alivio. Le dijo a su hija que la esperara en el auto, bajó, se estiró las enaguas y se dirigió a la puerta lateral con la llave en la mano. La alarma no estaba activada y la puerta se abrió sin producir sonido alguno. Neeva cruzó el cuarto de la ropa sucia perfectamente organizado con armarios empotrados, ganchos para los abrigos y piso con calefacción radiante —un cuarto que no conocía suciedad alguna—, y abrió las puertas de estilo francés para entrar en la cocina.

Parecía que nadie hubiera estado allí desde que ella se había marchado con los niños. Permaneció inmóvil y escuchó con suma atención, conteniendo el aliento durante tanto tiempo como pudo, antes de exhalar. Sin embargo, no escuchó nada.

—¿Hola? —dijo varias veces, preguntándose si la señora Guild, con quien tenía una relación especialmente silenciosa, pues sospechaba que la empleada doméstica era una racista disimulada, le respondería. Se preguntó si Joan, una abogada exitosa, aunque sin el menor instinto maternal, le contestaría, pero supo que ninguna de las dos lo haría.

Atravesó la isla central y dejó su bolso entre el fregadero y la encimera. Abrió la despensa y llenó furtivamente una bolsa de supermercado con galletas, jugos y palomitas de maíz, como si estuviera robando, atenta a cualquier sonido sospechoso.

Después de sacar el queso y una botella de yogur del refrigerador, vio el número del móvil del señor Luss, y la orden de llamarlo en una hoja al lado del teléfono de la cocina. Neeva sintió una gran incertidumbre. ¿Qué podría decirle? Su esposa está enferma. No está bien. Me llevé a los niños. No; en realidad, ella prácticamente no cruzaba palabra con el señor Luss. Había algo maligno en esa casa ostentosa, y su principal y único deber, como empleada y madre, era la seguridad de los niños.

Inspeccionó el armario que había encima del enfriador de vinos, pero la caja de Pulmicort estaba vacía, tal y como ella había temido. Tendría que bajar a la despensa del sótano. Se detuvo frente a las escaleras de caracol alfombradas y sacó un crucifijo negro de su bolso; bajó las escaleras con él. Llegó al sótano y notó que estaba muy oscuro para esa hora del día. Movió todos los interruptores del panel y permaneció atenta después de encender las luces.

Lo llamaban sótano, pero realmente era un piso adicional de la casa. Habían instalado un teatro en casa con sillas de cine y un carrito para las palomitas de maíz. También había un anaquel lleno de juguetes y juegos de mesa, así como un cuarto donde la señora Guild lavaba y planchaba la ropa. Había otro cuarto para la despensa, y una cava de vinos recientemente instalada con control de temperatura incorporado. Era de estilo europeo y de piso de tierra.

Las tuberías de la calefacción trepidaron como si alguien estuviera pateando la caldera —el sistema de la calefacción estaba oculto detrás de una puerta que ella no conocía— y Neeva se asustó tanto que por poco se golpea contra el techo. Regresó a las escaleras, pero recordó que Keene necesitaba el nebulizador.

Cruzó el sótano con determinación, y estaba entre dos de las sillas de cine forradas en cuero, a medio camino de la puerta plegable de la despensa, cuando notó algo amontonado contra las ventanas. Era por eso por lo que el sótano estaba tan oscuro: varios juguetes y cajas de cartón estaban apiladas contra la pared, tapando la pequeña ventana con ropa vieja y periódicos que obstruían el paso de la luz.

Neeva se preguntó quién habría hecho eso. Fue a la despensa y encontró el medicamento de Keene en el estante de mallas metálicas donde Joan guardaba sus vitaminas y tubos de Tums. Sacó dos bolsas largas que contenían las ampollas de plástico, y su prisa le impidió acordarse de los víveres. Salió apresurada sin cerrar la puerta.

Mientras recorría el sótano, observó que la puerta del cuarto de la lavandería estaba abierta. Nunca permanecía así, y era una prueba innegable del trastorno del orden habitual que Neeva había sentido de manera tan palpable en esa casa.

También notó manchas oscuras y grandes en la alfombra, tan espaciadas como huellas de pies, y observó que llegaban hasta la puerta de la cava de vinos que debía cruzar para subir las escaleras. Vio que la manija de la puerta estaba untada de tierra.

Neeva sintió un estremecimiento cuando se acercó a la puerta de la cava. Era una negrura sepulcral la que provenía de aquel cuarto con piso de tierra, una frialdad impersonal. Y sin embargo, en lugar de frialdad había una calidez contradictoria. Un calor que acechaba y hervía.

La manija de la puerta comenzó a moverse y ella corrió hacia las escaleras. Neeva, una mujer de cincuenta y tres años con problemas en las rodillas, pisoteó fuertemente los peldaños a medida que subía. Tropezó y se apoyó contra la pared, arrancando un poco de yeso al enterrar accidentalmente el crucifijo. Una sombra la seguía por las escaleras. Neeva gritó algo en criollo cuando llegó al primer piso iluminado por el sol, atravesó la cocina y cogió su bolso, tumbando la bolsa de plástico con los refrigerios y bebidas que rodaron por el suelo, pero estaba demasiado asustada para recogerlos.

Sebastiane salió del auto al ver que su madre salía corriendo y gritando de la casa.

—¡No! —gritó Neeva, haciéndole señas para que subiera de nuevo al coche. Corrió como si la estuvieran persiguiendo, pero realmente no había nadie detrás de ella. Sebastiane se tumbó alarmada en su asiento.

—¿Qué pasó, mamá?

—¡Arranca! —gritó Neeva, respirando agitadamente mientras miraba la puerta lateral con los ojos desorbitados.

—Mamá —le dijo Sebastiane al encender el coche—. Esto es un secuestro. Ella es abogada. ¿Llamaste a su esposo? Dijiste que lo harías.

Neeva abrió la palma de la mano; tenía sangre. Había apretado tanto el crucifijo que se había cortado; lo dejó caer al piso del auto.

Comisaría de policía 17,
Calle 51 Este, Manhattan

EL VIEJO PROFESOR se sentó en un extremo del banco, tan lejos como pudo del hombre que roncaba sin camisa y que acababa de hacer sus necesidades sin molestarse en preguntar por el sanitario de la celda, y mucho menos en bajarse los pantalones a la vista de todo el mundo.

—Setraykin… Setarkian… Setrainiak…

—Aquí —respondió él, levantándose y caminando hacia el policía que estaba a un lado de la puerta abierta. El oficial la cerró después de dejarlo salir.

—¿Me están dejando en libertad? —preguntó Setrakian.

—Eso creo. Tu hijo vino a recogerte.

—¿Mi hijo…?

Setrakian guardó silencio y siguió al oficial hacia una sala de interrogatorios. El policía abrió la puerta y le hizo señas para que entrara.

Tardó un momento, justo lo que tardó la puerta en cerrarse, para reconocer que la persona que estaba al otro lado de la mesa era el doctor Ephraim Goodweather, del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades. A su lado estaba la médica que lo había acompañado anteriormente. Setrakian sonrió agradecido por la artimaña, aunque no se sorprendió por su presencia.

—Así que ya se ha desatado —dijo Setrakian.

El doctor Goodweather tenía círculos oscuros debajo de los ojos, señales de fatiga y falta de sueño, y miraba al anciano de arriba abajo.

—Podemos sacarle de aquí si quiere. Pero primero necesito una explicación. Necesito información.

—Puedo responder a muchas de sus preguntas. Pero ya hemos perdido mucho tiempo. Debemos empezar ahora, en este instante, si queremos tener alguna posibilidad de contener esta cosa insidiosa.

—A eso me refiero —dijo el doctor Goodweather, gesticulando bruscamente con una mano—. ¿Qué es esa cosa insidiosa?

—Los pasajeros del avión —respondió Setrakian—. Los muertos se han levantado.

Eph no supo qué decir. No podía ni quería hacerlo.

—Doctor Goodweather, usted necesita olvidarse de muchas cosas —continuó Setrakian—. Entiendo que crea correr un riesgo al confiar en las palabras de un anciano extranjero. Pero, en cierto sentido, yo estoy corriendo un riesgo mil veces mayor al confiarle esto. Lo que estamos discutiendo aquí es nada menos que el destino del género humano, aunque no espero que usted lo crea o lo entienda por ahora. Usted piensa que me está reclutando para su causa, pero lo cierto es que yo lo estoy reclutando para la mía.