Bushwick, Brooklyn

La primera parada de Vasiliy Fet la mañana siguiente fue en una casa en Bushwick, no muy lejos de donde había pasado su infancia. Las llamadas se habían disparado, y el tiempo habitual de espera, que oscilaba entre dos y tres semanas, se había duplicado. Vasiliy todavía estaba poniéndose al día con el trabajo del último mes, y le había prometido a ese tipo que hoy era el día que iría a su casa.

Estacionó detrás de un auto plateado y sacó los implementos de su camioneta: su varilla y el carro de mano con las trampas y los venenos. Lo primero que notó fue un arroyo de agua que corría entre dos casas, constante e ininterrumpido, como si se hubiera roto una tubería. No era tan apetitoso como los desperdicios líquidos y cremosos de una alcantarilla, pero era más que suficiente para deleitar a toda una colonia de ratas.

La ventana del sótano estaba rota, rellena con trapos y toallas viejas. Podría tratarse de un simple deterioro urbano, pero también podía ser obra de los «fontaneros de medianoche», una nueva modalidad de ladrones que retiraban las tuberías de cobre para venderlas en las tiendas de artículos usados.

El banco era el propietario de las dos casas después del derrumbe de las hipotecas, pues sus propietarios habían dejado de pagar las cuotas y éste había tenido que ejecutar la hipoteca. Vasiliy se iba a encontrar con un administrador. La puerta de la primera casa no tenía seguro. El exterminador tocó el timbre y llamó. Metió la cabeza por el pasillo que conducía a las escaleras, inspeccionando los zócalos en busca de huellas y excrementos. Una persiana rota colgaba de una ventana, proyectando una sombra puntiaguda en el desvencijado piso de madera. El administrador no aparecía por ninguna parte.

Vasiliy tenía muchas cosas que hacer y no podía esperar allí. Además del atraso en su trabajo, no había dormido bien la noche anterior y quería regresar al lugar del World Trade Center a lo largo de la mañana para hablar con uno de los encargados. Vio una cartera metálica entre las balaustradas del tercer peldaño de las escaleras. El nombre de la compañía que aparecía en las tarjetas sujetas a la cartera era igual al de la orden de trabajo de Vasiliy.

—¡Hola! —llamó de nuevo, y desistió. Encontró la puerta del sótano y decidió comenzar de una vez. El sótano estaba oscuro, gracias en parte a la ventana rellena que había visto desde afuera. La luz parecía haberse apagado hacía mucho tiempo, y era improbable que el plafón del techo tuviera una bombilla. Vasiliy dejó su carro a un lado para abrir la puerta y bajó las escaleras con la varilla en la mano.

La escalera doblaba a la izquierda y lo primero que vio fue unos mocasines, y después unas piernas enfundadas en unos pantalones caquis: el administrador estaba desplomado contra la pared de piedra en aquel nido para drogadictos, su cabeza a un lado y sus ojos abiertos, con la mirada vacía.

Vasiliy había estado en demasiadas casas abandonadas en muchos sectores peligrosos de la ciudad como para apurarse a acudir en su ayuda. Miró alrededor del último peldaño de las escaleras, tratando de adaptarse a la oscuridad. El sótano no tenía nada excepcional, salvo los dos tubos de cobre cortados que estaban en el suelo.

Al lado derecho de las escaleras estaba la base de la chimenea, a un lado de la caldera. Vasiliy vio cuatro dedos sucios en el extremo inferior del mortero de la chimenea.

Alguien estaba acurrucado allí, escondido y esperándolo.

Se había dado la vuelta para subir las escaleras y llamar a la policía, cuando vio que la luz proveniente de las escaleras había desaparecido: habían cerrado la puerta. Alguien estaba al otro lado del sótano.

El primer impulso que sintió Vasiliy fue salir corriendo, y así lo hizo, llegando rápidamente a la chimenea, donde estaba acurrucado el propietario de la mano sucia. Vasiliy profirió un grito de ataque y golpeó fuertemente esos nudillos con su varilla, triturándole los huesos contra la argamasa.

El atacante se abalanzó rápidamente sobre él sin prestarle atención al dolor. «Seguramente es un adicto al crack», pensó. Sin embargo, era una niña, completamente sucia. Tenía sangre alrededor de la boca y el pecho. Vasiliy vio todo esto en fracciones de segundo, antes de que ella se abalanzara sobre él con una velocidad asombrosa, empujándolo hacia atrás con una fuerza más sorprendente aún, y golpeándolo con fuerza contra la pared, a pesar de tener la mitad de su estatura. Emitió un ruido furioso y ahogado, y cuando abrió la boca le salió una lengua inusitadamente larga. Vasiliy levantó la pierna, la pateó en el pecho y ella cayó al suelo.

Escuchó los pasos de alguien bajando por las escaleras y supo que no podría salir victorioso en medio de la oscuridad. Retiró los trapos embutidos en la ventana con rapidez.

Se dio la vuelta y vio la expresión de horror en los ojos de la niña, quien estaba justo enfrente del rayo solar, y una especie de grito angustiado salió de su cuerpo, el cual colapsó de inmediato, aniquilado y humeante. Aquello le recordó a Vasiliy la imagen que tenía de los efectos producidos por la radiación nuclear en un ser vivo, calcinándolo y disolviéndolo simultáneamente.

Todo había sucedido con una rapidez insólita. La niña —o lo que fuera— yacía disecada en el piso inmundo del sótano.

Vasiliy observó horrorizado, aunque ésa no era la palabra. Se olvidó por completo de la persona que estaba bajando las escaleras, hasta que ésta gimió al ser iluminada por la luz. Retrocedió y cayó al lado del administrador, pero logró levantarse para subir las escaleras.

Vasiliy reaccionó justo a tiempo para meterse debajo de las escaleras. Sacudió la varilla con fuerza por entre las tablas, y el hombre cayó aparatosamente. Vasiliy salió esgrimiendo la varilla mientras el hombre se ponía de pie. Su piel, antiguamente morena, era de un color amarillo y macilento, como si tuviera ictericia. Abrió la boca y Vasiliy vio que no tenía lengua, sino algo mucho peor.

Levantó la varilla y le golpeó la boca con fuerza; el hombre trastabilló y cayó de rodillas. Vasiliy lo agarró por detrás de la nuca como lo haría con una serpiente o una rata, obligándolo a mantener esa cosa fuera de su boca. Miró el rectángulo de luz irisado de polvo que había aniquilado a la niña. Sintió que el hombre intentaba desprenderse, le pegó un fuerte varillazo en las rodillas y el hombre se desplomó muy cerca del rectángulo iluminado.

Vasiliy estaba aterrorizado, pero quería ver de nuevo el efecto letal de la luz. Le dio una patada y el hombre rodó al charco de luz solar. Vasiliy lo vio sucumbir y desmoronarse en un instante, aniquilado por los rayos calcinantes que redujeron su cuerpo a cenizas y vapor.

South Ozone Park, Queens

LA LIMUSINA DE Eldritch Palmer entró en una bodega localizada en un parque industrial invadido por la maleza, a menos de un kilómetro del antiguo Hipódromo del Acueducto. Lo acompañaba una caravana modesta, conformada por una limusina de reemplazo por si la suya sufría alguna avería, y por una furgoneta negra acondicionada que era en realidad una ambulancia privada, equipada con su máquina de diálisis.

Una de las puertas de la bodega se abrió para que entraran los vehículos. Cuatro miembros de la Sociedad Stoneheart lo estaban esperando. Eran representantes de una subsidiaria del Grupo Stoneheart, el poderoso conglomerado de inversiones internacionales.

El señor Fitzwilliam le abrió la puerta y todos se sorprendieron al ver a Palmer: una audiencia con el presidente del conglomerado era un privilegio muy escaso.

Sus trajes oscuros eran iguales al suyo. Palmer estaba acostumbrado a su papel protagonista. Sus inversionistas lo consideraban una figura mesiánica a cuyos conocimientos del mercado financiero debían sus fortunas. Sus discípulos lo seguirían hasta el mismísimo infierno.

Palmer se sentía lleno de vigor aquel día, y se desplazaba solo con la ayuda de su bastón de caoba. La bodega de la antigua compañía fabricante de cajas estaba casi vacía. El Grupo Stoneheart la utilizaba ocasionalmente para guardar vehículos, pero el valor que tenía aquel día residía en su incinerador antiguo, simple y subterráneo, al cual se accedía por una puerta del tamaño de un horno.

Al lado de los miembros de la Sociedad Stoneheart había una cápsula hermética sobre una camilla con ruedas. El señor Fitzwilliam estaba a su lado.

—¿Algún problema? —preguntó Palmer.

—No, señor presidente —respondieron al unísono. Los dobles del doctor Goodweather y la doctora Martínez le entregaron al señor Fitzwilliam las credenciales falsas del Centro para la Prevención y Control de Enfermedades.

Palmer observó el cuerpo consumido de Jim Kent que yacía en la camilla aislada y transparente. El cuerpo del vampiro sediento de sangre estaba marchito como un fetiche tallado en la madera mohosa de un abedul. Sus músculos y sistema circulatorio se veían a través de su piel descompuesta, salvo en su garganta inflamada y ennegrecida. Sus ojos estaban abiertos, y miraba fijamente desde las cuencas de su rostro apagado.

Palmer tocó al vampiro hambriento y exánime. Sabía lo que significaba la mera supervivencia para un cuerpo mientras el alma sufre y la mente se debate en medio de las tribulaciones.

Sabía lo que se siente al ser traicionado por el propio creador.

Eldritch Palmer estaba a un paso de la emancipación. A diferencia de aquel desgraciado, Palmer estaba próximo a alcanzar la liberación y la inmortalidad.

—Destrúyanlo —dijo.

Y retrocedió, mientras la camilla era llevada al interior del incinerador y el cuerpo era arrojado a las llamas.

Estación Pennsylvania

SU VIAJE a Westchester para encontrar a Joan Luss, la sobreviviente del vuelo 753, se vio interrumpido por las noticias de la mañana. La localidad de Bronxville había sido cerrada por la Policía del Estado de Nueva York y por los equipos HAZMAT debido a un «escape de gas». Las grabaciones realizadas por los helicópteros de los canales noticiosos mostraban un poblado pequeño y casi inmóvil al amanecer, y los únicos vehículos que se encontraban en las calles eran las patrullas policiales. Los avances de última hora mostraban el edificio de la Oficina del Forense, en la Primera Avenida con la calle Treinta, siendo sellado con tablas, y difundían los rumores sobre un mayor número de personas que habían desaparecido en el sector, y de incidentes de pánico colectivo entre los residentes locales.

La Estación Pennsylvania era el único lugar donde podían encontrar un teléfono público. Eph estaba frente a las cabinas de plástico en compañía de Nora y Setrakian, en medio de los usuarios del tren que deambulaban por la estación.

Eph miró el listado de llamadas recientes en el teléfono de Jim, y buscó el número telefónico del director Barnes. Jim recibía casi cien llamadas diariamente, y Eph siguió mirando el listado mientras Barnes contestaba al teléfono.

—Everett, ¿realmente cree en la farsa del «escape de gas»? ¿Cuánto cree que puede durar semejante patraña en las circunstancias actuales? —le dijo Eph.

Barnes reconoció su voz.

—¿Dónde estás, Ephraim?

—¿Fue a Bronxville? ¿Vio cómo están las cosas?

—Estuve allí… Todavía no sabemos de qué se trata realmente…

—¿No sabemos? Por favor, Everett.

—Esta mañana encontraron vacía la comisaría de policía. Toda la localidad parece haber sido abandonada.

—No está abandonada. Todavía están ahí. Simplemente se están escondiendo. Vaya esta noche: el condado de Westchester le parecerá igual a Transilvania. Lo que necesita son escuadrones de ataque; soldados que vayan casa por casa como si estuvieran en Bagdad. Es la única forma, Everett.

—Lo que no queremos es crear un pánico que…

—El pánico ya está comenzando. El pánico es la respuesta más apropiada en estas circunstancias, mucho más que la negación.

—Los Sistemas DOH de Vigilancia Sindrómica de Nueva York no registran señales de ningún brote.

—Ellos sólo monitorizan patrones de enfermedad después de rastrear las salas de emergencia, las ambulancias y las farmacias, y ninguna de esas instancias encaja en este escenario. Toda la ciudad irá por el mismo camino de Bronxville si se queda cruzado de brazos.

—Quiero saber qué le hiciste a Jim Kent —dijo el director Barnes.

—Ya había desaparecido cuando fui a verlo.

—Me han informado de que estás involucrado en su desaparición.

—¿Qué cree que soy, Everett: la Sombra? Sí, estoy al mismo tiempo en todas partes. Soy un genio malvado.

—Ephraim, escucha…

—Escúcheme usted a mí. Soy un médico, y me contrató para hacer un trabajo: identificar y contener las enfermedades que pongan en riesgo la salud de la población norteamericana. He llamado para decirle que todavía no es demasiado tarde. Han pasado cuatro días desde el aterrizaje del avión y del estallido de la epidemia, pero todavía existe una oportunidad. Podemos aislarlos aquí, en la ciudad de Nueva York. Escúcheme bien: los vampiros no pueden cruzar masas de agua en movimiento. Declararemos la cuarentena en la isla y sellaremos todos los puentes…

—Sabes muy bien que no tengo esa clase de poder.

Se oyó el anuncio de un tren en los altavoces de la estación.

—Sí, estoy en la Estación Pennsylvania. Envíe al FBI si quiere. De todos modos me iré antes de que lleguen.

—Ephraim… regresa. Te prometo darte una oportunidad para que expongas tus argumentos. Trabajemos juntos en esto.

—No —dijo Eph—. Acaba de decirme que no tiene esa clase de poder. Estos vampiros, pues eso es lo que son, Everett, son virus que se encarnan, y van a invadir esta ciudad hasta que no quede ninguno de nosotros. La cuarentena es la única respuesta. Si tengo noticias de que se está moviendo en esa dirección, probablemente considere la posibilidad de regresar para ayudarle. Hasta luego, Everett…

Eph colgó el teléfono. Nora y Setrakian esperaron a que dijera algo, pero uno de los números que aparecía en el directorio había llamado la atención de Eph. Todos los contactos de Jim estaban clasificados por su apellido, a excepción de uno. Era alguien de la ciudad, a quien Jim había llamado varias veces en los últimos días. Eph seleccionó el nombre, hundió la tecla cero y esperó a que le respondiera una persona de carne y hueso.

—¿Sí? Tengo un número en mi teléfono y no recuerdo de quién es. No quiero pasar la vergüenza de llamar y no saber con quién estoy hablando. El prefijo es 212, y supongo que es el teléfono de una casa. ¿Puede hacer el favor de revisar?

Le dio el teléfono a la operadora y escuchó el tecleo del computador.

—El número está registrado a nombre del Grupo Stoneheart, piso setenta y siete. ¿Quiere la dirección del edificio?

—Por favor.

Cubrió el auricular con la mano y le dijo a Nora:

—¿Por qué Jim habría llamado a alguien del Grupo Stoneheart?

—¿Stoneheart? —se extrañó Nora—. ¿Te refieres a la compañía de inversión de ese anciano?

—Al gurú de las inversiones —puntualizó Eph—. Creo que es el segundo hombre más rico del país. Se llama Palmer algo.

—Eldritch Palmer —señaló Setrakian.

Eph lo miró y vio la consternación en el rostro del profesor.

—¿Qué pasa con él?

—Este hombre, Jim Kent —dijo Setrakian—. No era amigo vuestro.

—¿Qué dices? —se indignó Nora—. Por supuesto que lo era…

Eph colgó después de recibir la dirección. Señaló el número en la pantalla del teléfono y hundió la tecla enviar.

La línea sonó, pero no hubo respuesta ni ningún mensaje de voz.

Eph colgó, todavía mirando el teléfono.

—¿Recordáis lo que nos dijo la administradora del pabellón de aislamiento después de que los sobrevivientes se marcharon? —preguntó Nora—. Dijo que había llamado, pero Jim aseguró que no lo había hecho, y luego dijo que había dejado de recibir algunas llamadas.

Eph asintió. Había algo que no encajaba. Miró a Setrakian.

—¿Qué sabes de Palmer?

—Hace años acudió a mí para que le ayudara a encontrar a alguien que yo también estaba muy interesado en encontrar.

—Sardu —adivinó Nora.

—Él tenía el dinero y yo los conocimientos. Pero nuestro trato terminó pocos meses después, pues me di cuenta de que ambos lo buscábamos por razones muy diferentes.

—¿Fue él quien te desprestigió en la universidad? —preguntó Nora.

—Siempre he creído eso —respondió Setrakian.

El teléfono de Jim vibró en la mano de Eph. El número no pertenecía al listado telefónico, pero era una llamada local. Probablemente era alguien de Stoneheart. Eph respondió.

—Sí —dijo la voz—. ¿Me contestan del CDC?

—¿Quién llama?

La voz era ronca y profunda.

—Estoy buscando al tipo del proyecto Canary que está metido en ese problema. ¿Podría pasármelo?

Eph sospechó que podría tratarse de una trampa.

—¿Para qué quiere hablar con él?

—Estoy llamando desde afuera de una casa en Bushwick, aquí en Brooklyn. Hay dos personas muertas en el sótano. Son víctimas del eclipse y alérgicas al sol. ¿Esto le recuerda algo?

Eph se emocionó.

—¿Con quién hablo?

—Con Vasiliy Fet. Trabajo con la Oficina de Servicios para el Control de Plagas de la ciudad. Soy exterminador y también estoy trabajando en un programa piloto para el control integrado de plagas en el Bajo Manhattan. El programa se ha financiado con setecientos cincuenta mil dólares aportados por el CDC. Es por eso por que tengo su número. ¿Estoy hablando con Goodweather, o tal vez me equivoco?

Eph vaciló un momento.

—En efecto, soy el doctor Ephraim Goodweather.

—Podría decirse que trabajo para usted. Es la única persona a la que he pensado contarle esto. Estoy viendo señales por toda la ciudad.

—No es el eclipse —dijo Eph.

—Eso mismo creo yo. Pienso que usted debería venir aquí, porque tengo algo que necesita ver.

Grupo Stoneheart, Manhattan

EPH TENÍA QUE HACER dos paradas en el camino: una con Nora y Setrakian, y la otra solo.

Pudo pasar por el control de seguridad del vestíbulo principal del edificio Stoneheart gracias a sus credenciales del CDC, pero no por el segundo control que había en el piso setenta y siete, donde era necesario cambiar de ascensor para tener acceso a los últimos diez pisos del edificio localizado en el sector de Midtown.

Dos guardias enormes estaban parados sobre el logo dorado del Grupo Stoneheart. Detrás de ellos, unos trabajadores en mono cruzaron por el vestíbulo empujando los soportes con ruedas que contenían equipos médicos de gran tamaño.

Eph pidió ver a Eldritch Palmer.

El más alto de los dos guardias por poco sonrió. El bulto que formaba la pistola era evidente debajo de su chaqueta.

—El señor Palmer no acepta visitantes sin cita previa.

Eph vio una de las máquinas desarmadas. Era una máquina de diálisis Fresenius, sumamente costosa, tanto que sólo se encuentran disponibles en las salas renales de los hospitales.

—Están empacando —comentó Eph—. ¿Conque de mudanza? Se van de Nueva York justamente cuando las cosas se ponen buenas. ¿Acaso el señor Palmer no necesita su máquina para el riñón?

Los guardias no respondieron, ni siquiera se molestaron en mirarlo.

Eph comprendió en ese momento. O creyó hacerlo.

Se reunieron de nuevo fuera de la residencia de Jim y Sylvia, en un edificio alto del Upper East Side.

—Palmer fue quien trajo al Amo —señaló Setrakian—. Por eso está dispuesto a arriesgarlo todo, incluso el futuro de la raza humana, con el fin de lograr sus objetivos.

—¿Cuáles? —preguntó Nora.

—Creo que Eldritch Palmer está intentando alcanzar la vida eterna —contestó el anciano.

—No si hacemos algo al respecto —intervino Eph.

—Aplaudo su determinación —dijo Setrakian—. Pero gracias a su poder y a su inmensa fortuna, mi antiguo conocido lleva todas las de ganar. Debéis entender que ésta es su apuesta final, y que para él no hay marcha atrás. Hará lo que esté a su alcance para lograr su meta.

Eph no podía permitirse el lujo de considerar el asunto en términos globales, pues corría el riesgo de descubrir que estaba librando una batalla perdida. Se concentró en la misión que tenía frente a él.

—¿Qué descubriste?

—Mi breve visita a la Sociedad Histórica de Nueva York fue bastante fructífera —contestó Setrakian—. La propiedad en cuestión fue reconstruida totalmente por un contrabandista que amasó su fortuna durante la Prohibición. Su casa fue requisada varias veces pero nunca se logró encontrar más que media botella de alcohol ilícito a causa de sus destilerías subterráneas, que estaban dotadas de una red de túneles, varios de los cuales fueron ampliados posteriormente para las rutas del metro.

Eph miró a Nora.

—¿Y tú?

—Lo mismo. Que Bolívar compró la propiedad porque allí habían fabricado alcohol de contrabando, y porque se decía que el antiguo propietario celebraba ritos satánicos en un altar improvisado en la terraza a comienzos del siglo XX. Bolívar ha estado reformando esa edificación desde el año pasado para anexionarla con la de al lado. Juntas, las casas forman una de las residencias privadas más grandes de Nueva York.

—Bien —señaló Eph—. ¿Dónde encontraste eso? ¿En la biblioteca?

—No —dijo ella, pasándole un impreso con fotos del interior de la casa original, así como fotos recientes de Bolívar maquillado—. Las descargué de la edición digital de la revista People. Fui con mi portátil a un Starbucks.

Los anunciaron y subieron al apartamento localizado en el noveno piso. Sylvia abrió la puerta; llevaba puesto un vestido de lino muy apropiado para una astróloga, y su cabello recogido con una banda elástica. Se sorprendió al ver a Nora, y aún más a Eph.

—¿Qué estáis haciendo…?

Eph entró en el apartamento.

—Sylvia, tenemos unas preguntas muy importantes, y muy poco tiempo. ¿Qué sabes sobre Jim y el Grupo Stoneheart?

Sylvia, se llevó la mano al pecho como si no hubiera entendido.

—¿El grupo qué?

Eph vio un escritorio en el rincón, y un gato atigrado durmiendo sobre un computador portátil cerrado. Se dirigió allí y comenzó a abrir los archivos del computador.

—¿Te molesta si le echo una mirada rápida a sus documentos?

—No —respondió ella—. Si crees que servirá de algo, adelante.

Setrakian permaneció cerca de la puerta, mientras Eph y Nora examinaban el escritorio. Sylvia pareció recibir una fuerte vibración debido a la presencia del anciano.

—¿Alguien quiere beber algo?

—No —contestó Nora, sonriendo brevemente y reanudando la búsqueda.

—Regresaré en un momento. —Sylvia fue a la cocina.

Eph se echó para atrás confundido. Ni siquiera sabía qué estaba buscando. ¿Jim trabajando para Palmer? ¿Desde cuándo? ¿Cuáles podrían ser sus motivaciones? ¿Dinero? ¿Sería cierto que los había traicionado?

Eph fue a la cocina para hacerle una pregunta delicada a Sylvia sobre las finanzas de la pareja y vio que se disponía a hacer una llamada telefónica. Ella retrocedió con una expresión extraña.

Eph se sintió confundido inicialmente.

—¿A quién estabas llamando?

Nora y Setrakian se acercaron. Sylvia tanteó la pared y se sentó en una silla.

—¿Qué pasa, Sylvia? —preguntó Eph.

Ella respondió sin moverse, irradiando una extraña calma con sus ojos grandes y condenatorios.

—Vosotros perdéis.

Escuela pública 69, Jackson Heights

KELLY NUNCA MANTENÍA encendido su teléfono móvil en el salón de clases, pero esta vez le quitó el volumen y lo dejó al lado izquierdo del calendario. Matt se había ausentado toda la noche, lo que no era inusual durante los inventarios nocturnos, después de los cuales acostumbraba a invitar a los empleados a desayunar. Sin embargo, siempre llamaba para dar noticias. Estaba prohibido utilizar teléfonos celulares en la escuela, pero ella lo había llamado algunas veces y siempre le respondía el buzón de voz. Tal vez él estaba sin señal. Ella trataba de no preocuparse, pero estaba perdiendo la calma. Por otra parte, la asistencia a la escuela fue muy escasa ese día.

Se arrepintió de haberle hecho caso a Matt y haber sucumbido a la arrogancia con la que él le había dicho que no se fuera de la ciudad. Sólo de pensar que hubiera puesto a Zack en peligro…

Entonces su teléfono se iluminó y ella vio el icono del sobre. Era un mensaje de texto del móvil de Matt.

Decía: VEN A CASA.

Eso era todo. Tres palabras sin puntuación. Intentó devolverle la llamada de inmediato, pero el teléfono sonó y luego dejó de hacerlo como si él hubiera respondido; sin embargo, no le hablaba.

—¿Matt? ¿Matt?

Sus estudiantes de cuarto grado la miraron extrañadas. Nunca habían visto a la profesora Goodweather hablar por teléfono en clase.

Kelly llamó a su casa, pero la línea estaba ocupada. ¿Habría dejado de funcionar el buzón de mensajes?

Decidió marcharse. Le pediría el favor a Charlotte, la profesora de al lado, de que cuidara a sus estudiantes. Pensó en empacar sus cosas y en recoger a Zack, pero desistió. Iría directamente a su casa para ver cuál era el problema, evaluar la situación y decidir qué hacer.

Bushwick, Brooklyn

EL HOMBRE QUE SE ENCONTRÓ con ellos en la casa vacía era tan grande que ocupaba casi todo el marco de la puerta. La sombra de una barba de dos días oscurecía su barbilla prominente como una mancha de hollín. Llevaba un costal blanco y una funda de almohada con algo pesado adentro.

Después de las presentaciones, el hombre se metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó una copia gastada de una carta con el sello del CDC. Se la mostró a Eph.

—Dijo que tenía algo para mostrarnos —le recordó Eph.

—Dos cosas. Primero ésta.

Fet aflojó la cuerda del costal y vació su contenido. Cuatro roedores peludos cayeron al suelo.

Eph retrocedió y Nora hizo un gesto de repulsión.

—Siempre he creído que si quieres llamar la atención de la gente, lo mejor que puedes hacer es mostrarles una bolsa llena de ratas. —Fet agarró a una de la cola, y el cuerpo de ésta se balanceó lentamente bajo su mano—. Están saliendo de sus nidos por toda la ciudad, incluso durante el día. Algo las está haciendo huir, y eso significa que algo no está bien. Sé que las ratas caían muertas en las calles durante la peste bubónica que asoló Europa en la Edad Media. Pero ahora no salen para morir, sino que están completamente desesperadas y hambrientas. Créanme si les digo que cuando se presenta un cambio importante en la etología de las ratas es porque algo muy malo viene en camino. Cuando las ratas comienzan a asustarse, es hora de vender todo y de marcharse. ¿Entienden lo que quiero decir?

—Entiendo perfectamente —aseguró Setrakian.

—Creo que no he entendido algo —señaló Eph—. ¿Qué tienen que ver las ratas con…?

—Son una señal —explicó Setrakian—, como ha dicho acertadamente el señor Fet. Es un síntoma ecológico. Stoker popularizó el mito de que un vampiro puede cambiar de forma y transformarse en una criatura nocturna como un murciélago o un lobo. No obstante, este principio falso se fundamenta en una verdad. Antes de que las edificaciones tuvieran sótanos o cavas, los vampiros anidaban en cuevas y guaridas en las afueras de las aldeas. Su presencia corruptora desplazaba a otras criaturas, especialmente a los murciélagos y lobos, y los expulsaba para apoderarse de las aldeas. Su aparición siempre ha coincidido con la propagación de la enfermedad y la corrupción de las almas.

Fet escuchaba con atención al anciano.

—Disculpe —se dirigió a él—. Le he oído decir la palabra «vampiro» en dos ocasiones.

Setrakian lo miró algo extrañado.

—Así es.

Después de una pausa y de mirar largamente a Nora y a Eph, Fet dijo:

—Ya veo —como si estuviera comenzando a entender—. Ahora permítanme mostrarles la otra cosa.

Los condujo al sótano. El olor era pestilente, como el de un cuerpo enfermo que hubiera sido quemado. Les mostró la carne y los huesos atomizados, reducidos a frías cenizas en el suelo. El rayo de luz que entraba por la ventana rectangular se había alargado y cambiado de dirección, brillando ahora contra la pared.

—El rayo estaba aquí, ellos recibieron la luz y quedaron carbonizados en un instante. Pero antes de eso me atacaron con esta… cosa que les salía de debajo de la lengua.

Setrakian le hizo un breve recuento: el Amo maligno camuflado en el vuelo 753; el ataúd desaparecido; los muertos saliendo de las morgues y regresando al «encuentro» de sus seres queridos; las guaridas en las casas; el Grupo Stoneheart; el efecto de la plata y de los rayos solares; los aguijones.

—Echaban la cabeza hacia atrás —les explicó Fet—, abrían la boca… y era como ese dulce para niños… que venía con los personajes de La guerra de las galaxias.

Nora pensó un momento y dijo:

—Un dispensador Pez.

—Sí; les hundes el mentón y los dulces salen del cuello.

Eph asintió.

—Es una descripción acertada, salvo por el contenido.

Fet lo miró.

—¿Cómo se convirtió usted en el enemigo público número uno?

—Porque su arma es el silencio.

—Al diablo con eso. Alguien tiene que hacer ruido.

—Exactamente —dijo Eph.

Setrakian notó que Fet portaba una linterna en el cinturón.

—Permítame preguntarle algo. Si no me equivoco, las luces negras se utilizan en su profesión, ¿verdad?

—Claro que sí. Para detectar la orina de los roedores.

Setrakian miró a Eph y a Nora.

Fet le lanzó una mirada al anciano vestido con traje y chaleco.

—¿Sabe algo sobre fumigación de plagas?

—Tengo algo de experiencia —contestó Setrakian. Se detuvo para mirar al administrador, quien se había arrastrado para alejarse de los rayos solares y permanecía acurrucado en un rincón. Setrakian lo examinó con el espejo de plata y le mostró el resultado a Fet. El exterminador miró alternativamente al espejo y al administrador, cuyo reflejo vibraba en la superficie—. Pero tal parece que eres un experto en criaturas que hacen madrigueras para esconderse; en criaturas que anidan y se alimentan de seres humanos. ¿Tu trabajo consiste en erradicar este tipo de plaga? —le preguntó el anciano.

Fet miró a Setrakian y luego a sus acompañantes como un hombre que fuera en un tren expreso y acabara de comprender que había tomado la ruta equivocada.

—¿En qué está tratando de involucrarme?

—Díganoslo; Si los vampiros son unas alimañas, una infestación que se propaga rápidamente por toda una ciudad, ¿qué haría usted para detenerlos?

—Puedo decirle que, desde el punto de vista del control de plagas, los venenos y las trampas son soluciones inmediatas que no son efectivas a largo plazo. Coger a estos animales uno por uno no conduce a nada. Las únicas ratas que vemos son las más débiles, las estúpidas. Las inteligentes saben cómo sobrevivir. Lo que realmente funciona es el control: intervenir su hábitat, trastornar su ecosistema, eliminar su fuente de alimentos y hacerlas morir de hambre. Sólo así se llega a la raíz de la infestación y se corta de tajo.

Setrakian asintió lentamente y después miró a Eph.

—El Amo; él es la raíz de este mal. Actualmente está en algún lugar de Manhattan. —El anciano miró de nuevo a la criatura desgraciada que yacía acurrucada en el piso, y que se reanimaría en la noche convertida en un vampiro, en una alimaña nefasta—. Retírense, por favor —dijo desenfundando su espada. Decapitó al hombre acostado tras pronunciar las palabras rituales, asestándole un golpe certero con la espada que sostenía con las dos manos. Una sangre rosada y pálida brotó del cuello, pues todavía no se había transformado por completo, y Setrakian limpió la hoja en la camisa del hombre y la enfundó de nuevo en su bastón—. Si sólo tuviéramos un indicio sobre el refugio del Amo. Él debió aprobarlo, o incluso escogerlo. Una guarida digna de su condición. Un lugar oscuro que le ofrezca refugio y al mismo tiempo acceso al mundo de la superficie. —Se dio la vuelta y miró a Fet—. ¿Tiene alguna idea sobre de dónde pueden estar saliendo estas ratas, del epicentro de su desplazamiento?

Fet asintió de inmediato y su mirada se concentró en un punto lejano.

—Creo que sí.

Calles Church y Fulton

BAJO LA LUZ AGONIZANTE del día, los dos epidemiólogos, el prestamista y el exterminador estaban en la plataforma localizada en el extremo norte de la construcción del World Trade Center, donde la excavación tenía una calle de ancho y veintiún metros de profundidad.

Gracias a las credenciales oficiales de Fet y a una mentira piadosa —pues a fin de cuentas Setrakian no era un especialista en roedores de Omaha reconocido en todo el mundo— pudieron entrar en el túnel sin un escolta. Fet los condujo por la misma línea fuera de servicio que había recorrido anteriormente, alumbrándolos con su linterna. El anciano avanzó con cuidado por las traviesas de la vía férrea, apoyándose con su bastón. Eph y Nora iban detrás con las lámparas Luma.

—No es usted de Rusia —le dijo Setrakian a Fet.

—Sólo mi nombre y mis padres.

—En Rusia los llaman vourdalak. El mito imperante es que uno puede inmunizarse contra ellos si se mezcla la sangre de un vourdalak con harina y se hace un pan, el cual debe comerse.

—¿Y funciona?

—Tan bien como cualquier remedio popular. Lo que equivale a decir que no es muy efectivo. —Setrakian permaneció al lado derecho del tercer riel electrificado—. Esa varilla de acero parece ser útil.

Fet miró su barra.

—Es tosca como yo, supongo. Pero hace bien su trabajo, al igual que yo.

Setrakian bajó la voz para que el eco no retumbara en el túnel.

—Tengo otros instrumentos que te parecerán efectivos.

Fet vio la manguera del cárter en la que habían trabajado los albañiles. Más adelante, el túnel se ensanchaba en una curva y Fet reconoció el cruce de inmediato.

—Aquí —dijo, alumbrando con la linterna alrededor suyo.

Se detuvieron a escuchar el goteo del agua. Fet iluminó el suelo con su linterna.

—La última vez eché polvo para rastrear. ¿Lo ven?

El polvo tenía huellas humanas. De zapatos, de zapatillas deportivas y de pies descalzos.

—¿A quién se le ocurriría caminar descalzo en un túnel del metro? —se preguntó Fet.

Setrakian levantó su mano cubierta por un guante de lana. La acústica del túnel, semejante a la de un tubo metálico, les trajo gruñidos lejanos.

—Dios santo… —exclamó Nora.

—Sus lámparas, por favor —murmuró Setrakian—. Enciéndanlas.

Eph y Nora lo hicieron y sus potentes rayos UVC iluminaron el túnel, revelando unos colores extravagantes; innumerables manchas esparcidas en la pared, el piso, los montantes de hierro… en todas partes.

Fet se estremeció asqueado.

—¿Todo esto es…?

—Son excrementos —confirmó Setrakian—. Las criaturas defecan una sustancia blanca mientras se alimentan.

Fet miró sorprendido a su alrededor.

—Supongo que los vampiros no necesitan mantener una buena higiene.

Setrakian comenzó a retroceder. Le dio la vuelta al bastón para desenvainar la espada brillante y afilada.

—Debemos irnos de aquí ahora mismo.

Fet estaba escuchando los ruidos de los túneles.

—No me opongo en absoluto.

Eph tropezó con algo y saltó hacia atrás, pensando que eran ratas. Alumbró con su lámpara UVC y descubrió una pila de objetos en un rincón.

Eran teléfonos móviles, cien o más, apilados como si hubieran sido arrojados allí.

—¡Ja! —exclamó Fet—. Alguien dejó un cargamento de teléfonos móviles aquí.

Eph examinó algunos que estaban arriba. Los dos primeros estaban descargados. El tercero tenía sólo una barra titilando en la carga de la batería. Un icono en forma de X arriba de la pantalla indicaba que no había señal.

—Es por eso por que la policía no puede rastrear a los desaparecidos —dijo Nora—. Sus teléfonos están bajo tierra.

—A juzgar por esta evidencia —dijo Eph, arrojando a la pila el móvil que tenía en la mano—, la mayoría de los desaparecidos se encuentra aquí.

Eph y Nora le echaron un vistazo al montículo y se pusieron en marcha.

—Rápido —dijo Setrakian—, antes de que seamos detectados. —Los condujo fuera del túnel—. Debemos prepararnos.