Préstamos y curiosidades Knickerbocker,
Calle 118, Harlem Latino

Eph puso la placa que decía transporte urgente de sangre en el parabrisas y estacionó en una zona de carga en la calle 119 Este. Caminó una manzana hacia el sur en compañía de Setrakian y Nora en dirección a la casa de empeños localizada en una esquina. El local estaba cerrado con persianas metálicas, y las ventanas con rejas y candados. Un cartel torcido decía cerrado. Un hombre con un chaquetón raído y sombrero alto y tejido —como los que utilizan los rastafaris, salvo que el hombre no tenía el pelo largo, de tal suerte que el gorro colgaba de su cabeza como un suflé colapsado— estaba frente a la puerta con una caja de zapatos en las manos, inclinando el peso de su cuerpo en un pie y luego en el otro.

Setrakian tenía un juego de llaves que colgaban de una cadena, y se dispuso a abrir los candados y las rejas de las puertas con sus manos retorcidas.

—Hoy no recibo nada —dijo, mirando de reojo la caja que llevaba el hombre.

—Mire. —El hombre sacó un juego de manteles de la caja, y una servilleta de la que sacó nueve o diez cubiertos—. Son finos. Sé que compra plata.

—Sí, así es. —Setrakian, que ya había quitado los candados de la reja, apoyó su largo bastón contra su hombro y sacó uno de los cuchillos de la servilleta, lo pesó y frotó la hoja con sus dedos. Buscó en los bolsillos de su chaleco y le preguntó a Eph—: ¿Tiene diez dólares, doctor?

Eph buscó en su billetera y sacó un billete de diez dólares. Se los entregó al hombre de la caja.

Setrakian le devolvió los cubiertos al hombre.

—Tome —le dijo—, no es plata legítima.

El hombre aceptó agradecido el dinero y se alejó con su caja bajo el brazo.

—Dios lo bendiga.

—Eso está por verse —respondió Setrakian, entrando en la tienda.

—Las luces están en la pared de allá —dijo el anciano, subiendo las persianas.

Nora encendió todos los interruptores, y las luces iluminaron los gabinetes de cristal, las vitrinas y la entrada. Era un negocio pequeño y de forma rectangular, como una cuña clavada en la calle con un martillo de madera. La primera palabra que acudió a la mente de Eph fue «chatarra»; grandes cantidades de chatarra. Antiguos reproductores de sonido, videograbadoras y otros electrodomésticos obsoletos. Había varios instrumentos musicales en una pared, incluyendo un banjo y un teclado Keytar de los años ochenta, semejante a una guitarra. También había estatuas religiosas y platos de colección; un par de tocadiscos y consolas de mezcla; una encimera de cristal con broches baratos y joyas de fantasía, además de estantes con ropa, especialmente abrigos de invierno con cuellos de piel.

Había tanta basura que Eph se desanimó un poco. ¿Le había dedicado un tiempo tan valioso a un anciano demente?

—Mire —le dijo al anciano—, tenemos a un colega en el hospital y creemos que está infectado.

Setrakian pasó a su lado y golpeó el piso con su enorme bastón. Levantó la tapa del mostrador e invitó a Eph y a Nora a que pasaran.

—Suban por acá.

Una escalera conducía a una puerta en el segundo piso. El anciano tocó la mezuzá antes de entrar, y dejó su bastón apoyado contra la pared. Era un apartamento antiguo de techos bajos y alfombras raídas. Los muebles llevaban quizá unos treinta años en el mismo lugar.

—¿Tienen hambre? —preguntó Setrakian—. Busquen y encontrarán algo. —El anciano levantó la tapa de una caja con tortas Devil Dog. Sacó una y retiró la envoltura de celofán—. No puede quedarse sin energías. Tiene que conservar sus fuerzas: las necesitará.

Mordió la torta rellena de crema y fue a su cuarto a cambiarse de ropa. Eph miró la pequeña cocina y luego a Nora. El lugar parecía limpio a pesar de su aspecto desordenado. De la mesa del comedor —que tenía una sola silla—, Nora levantó un portarretratos antiguo con la foto de una joven de pelo ensortijado que lucía un sencillo vestido de color gris oscuro, sentada sobre una roca en una playa desierta con los dedos entrelazados sobre la rodilla desnuda; sus rasgos eran agradables y tenía una sonrisa radiante. Eph regresó al corredor de la entrada y miró los espejos que había en las paredes. Había decenas de ellos, de todos los tamaños imaginables, imperfectos y deteriorados por el tiempo. Varios libros antiguos estaban apilados a ambos lados, reduciendo el espacio del corredor.

El anciano apareció de nuevo con un atuendo similar al que llevaba puesto antes: un antiguo traje de tweed con chaleco, tirantes, corbatín y zapatos brillantes de cuero marrón. Llevaba guantes de lana sin puntas para no lastimarse los dedos.

—Veo que colecciona espejos —dijo Eph.

—Ciertos tipos. Me parece que el cristal antiguo es el más revelador.

—¿Está dispuesto a decirnos qué es lo que está sucediendo?

El anciano inclinó su cabeza hacia un lado.

—Doctor, esto no es algo que uno pueda decir así como así; es algo que debe ser revelado. —Avanzaron hacia la puerta por la que habían entrado—. Sigan, por favor.

Eph fue el último en bajar las escaleras. Cruzaron el primer piso donde estaba la casa de empeño, y siguieron por otra puerta, hasta llegar a una escalera de caracol que conducía al sótano. El anciano descendió lentamente, deslizando su mano retorcida por el pasamanos de hierro, mientras su voz resonaba por el pasaje estrecho.

—Me considero un depositario de la sabiduría antigua, de la tradición de los hombres que me antecedieron, y de los libros olvidados hace ya mucho tiempo: de un conocimiento acumulado a lo largo de toda una vida de estudios.

—Usted nos dijo varias cosas fuera de la morgue —comentó Nora—. Una de ellas era que los muertos del avión no se estaban descomponiendo normalmente.

—Es correcto.

—¿En qué se basa?

—En mi experiencia.

Nora se sintió confundida.

—¿En su experiencia con otros accidentes de aviación?

—El hecho de que estuvieran en un avión es completamente fortuito. Lo cierto es que he visto este fenómeno anteriormente en Budapest, en Basra, en Praga, y a menos de diez kilómetros de París. Lo he visto en una pequeña aldea de pescadores a orillas del río Amarillo. Lo he visto a dos mil metros de altura en las montañas Altai de Mongolia. Y sí, también lo he visto en este continente. He visto rastros, generalmente descartados como un trematodo, o explicados como rabia o esquizofrenia, locura, o, más recientemente, como los crímenes de un asesino en serie…

—Espere, espere. ¿Usted ha visto personalmente cadáveres que se descomponen lentamente?

—Sí, es la primera etapa.

—La primera etapa… —repitió Eph.

Las escaleras terminaban frente a una puerta cerrada. Setrakian sacó una llave solitaria que colgaba de una cadena que llevaba en el cuello. Los dedos retorcidos del anciano abrieron dos candados, uno grande y otro pequeño. La puerta se abrió y unas luces incandescentes se encendieron automáticamente. Ellos lo siguieron.

Lo primero que le llamó la atención a Eph fue la armadura de un caballero medieval, una cota de malla, el torso de un samurai japonés, varios escudos, así como otra indumentaria más burda, elaborada con cuero y lana para proteger el cuello, el pecho y la entrepierna. También había armas: espadas y cuchillos de hojas de acero frías y brillantes. Otros artículos de apariencia más moderna estaban dispuestos en una mesa antigua y baja, con las baterías en sus cargadores. Reconoció que eran lentes de visión nocturna y pistolas de clavos modificadas. Y más espejos, la mayoría de bolsillo, dispuestos de tal manera que podía verse observando asombrado esta galería de… ¿de qué?

—La tienda —el anciano señaló el piso de arriba— me ha permitido vivir decentemente, pero no me incursioné en este negocio porque sintiera una atracción por los radiotransistores y las joyas de fantasía…

Cerró la puerta y las luces que había alrededor del marco se oscurecieron. Eran tubos púrpura que Eph reconoció como lámparas ultravioletas, dispuestos alrededor de la puerta como campos de fuerza.

¿Estaban ahí para evitar que entraran los gérmenes, o para mantener alejadas a otras criaturas?

—No —continuó el anciano—. La razón por la cual elegí este oficio es porque me ofrecía acceso directo al mercado negro de artículos esotéricos, antigüedades y libros. Algo subrepticio, aunque no siempre ilegal. Los he adquirido para mi colección personal, y para mis investigaciones.

Eph miró de nuevo a su alrededor. Todo parecía más una colección de museo que un pequeño arsenal.

—¿Para sus investigaciones?

—Así es. Durante muchos años fui profesor de literatura y folclore eslavos en la Universidad de Viena.

Eph lo evaluó de nuevo con la mirada. Era obvio que se vestía como un profesor vienés.

—¿Y se retiró para convertirse en prestamista y curador al mismo tempo?

—Yo no me retiré. Me obligaron a irme. Caí en desgracia. Ciertas fuerzas se aliaron en contra mía. Y, sin embargo, ahora que veo las cosas en términos retrospectivos, llevar una vida clandestina me salvó la vida. De hecho, fue lo mejor que pude hacer. —Se dio la vuelta para mirarlos, entrelazando las manos detrás de la espalda como un profesor—. Esta peste que estamos presenciando ahora en sus fases más tempranas ha existido durante varios siglos; durante milenios. Sospecho, aunque no puedo demostrarlo, que se remonta a los tiempos más antiguos.

Eph asintió, sin entender del todo las palabras del anciano, pero satisfecho de que la conversación progresara.

—Entonces estamos hablando de un virus.

—Sí, de un tipo de virus. De la cepa de una enfermedad que corrompe tanto la carne como el espíritu. —El profesor se encontraba en una posición en la cual, desde la perspectiva de Eph y Nora, las espadas exhibidas en la pared de atrás parecían salir de él como alas de acero—. ¿Es un virus? Sí. Pero también me gustaría mencionar otra palabra que comienza con la letra «v».

—¿Cuál?

—Vampiro.

Esta palabra permaneció flotando un rato en el aire.

—Ustedes deben de estar pensando —dijo Setrakian con aire académico— en una persona sobreactuada y temperamental con una capa de satén negro. En una figura elegante y poderosa que oculta sus colmillos. En un alma atormentada que lleva encima la maldición de la vida eterna. O incluso en un híbrido entre Bela Lugosi y Abbott y Costello.

Nora inspeccionó de nuevo el cuarto.

—No veo crucifijos, agua bendita ni ristras de ajos.

—El ajo tiene ciertas propiedades inmunológicas interesantes, y puede ser útil, de modo que su presencia en la mitología es comprensible en términos biológicos. Pero ¿crucifijos y agua bendita? —objetó Setrakian, encogiendo los hombros—. Son productos de una época concreta, de la febril imaginación irlandesa de un autor Victoriano, y del ambiente religioso de aquellos días.

Setrakian esperaba que sus rostros denotaran algo de escepticismo.

—Siempre han estado entre nosotros —prosiguió—. Anidando y alimentándose en secreto y en la oscuridad, porque así es su naturaleza. Originalmente son siete, y son conocidos como los Ancianos, los Maestros. No hay uno por cada continente, ni son seres solitarios por naturaleza. Al contrario, establecen clanes. Hasta hace muy poco, es decir, teniendo en cuenta su longevidad indefinida, se habían propagado a lo largo y ancho de la masa continental más grande de todas, lo que actualmente conocemos como Europa y Asia, la Federación Rusa, la península Arábiga, y el continente africano. Es decir, por el Viejo Mundo. Sin embargo, hubo un cisma, un conflicto entre ellos. Desconozco la naturaleza de su desacuerdo. Baste con decir que dicha ruptura antecedió en varios siglos al descubrimiento del Nuevo Mundo. Posteriormente, la fundación de las colonias americanas les abrieron las puertas a una tierra nueva y fértil. Tres de ellos permanecieron en el Viejo Mundo, y otros tres se dirigieron al Nuevo. Las dos partes respetaron los dominios de la otra, concertando y manteniendo una tregua.

»El problema fue el séptimo Anciano. Es un pícaro que traicionó a ambas facciones. Aunque no puedo demostrarlo en este momento, la naturaleza abrupta de este acto me hace creer que él está detrás de esto.

—¿De esto? —dijo Nora.

—De esta incursión al Nuevo Mundo. De haber violado la tregua solemne y de perturbar el equilibrio de la existencia de su estirpe. Lo que básicamente supone un acto de guerra.

—Una guerra de vampiros —dijo Eph.

Setrakian sonrió para sus adentros.

—Usted lo simplifica porque no puede creerlo; fue educado para dudar y desacreditar, para reducirlo todo a un pequeño conjunto de conceptos conocidos y poder digerirlos fácilmente. A fin de cuentas, usted es un médico, un científico, y estamos en América, donde todo es conocido y entendido, donde Dios es un déspota benévolo y el futuro siempre debe ser brillante. —Aplaudió con sus manos contrahechas y se llevó las yemas de los dedos a los labios en actitud pensativa—. El espíritu está aquí, y es hermoso. Lo digo en serio, y no en señal de burla. Es maravilloso creer sólo en aquello que queremos creer y descartar el resto. Respeto su escepticismo, doctor Goodweather. Y le digo esto con la esperanza de que, a su vez, usted respete mi experiencia en este campo, y permita que mis observaciones lleguen a su mente tan científica y civilizada.

—Usted está diciendo entonces —señaló Eph— que el avión… es decir, que uno de ellos iba allí. El pícaro…

—Exactamente.

—En el ataúd; en la zona de carga.

—En un ataúd lleno de tierra. Son como la tierra y les gusta regresar al elemento del cual surgieron. Son como gusanos o alimañas: cavan para anidar, yo diría que para dormir.

—Alejados de la luz —dijo Nora.

—Sí, de los rayos solares. Ellos son más vulnerables durante la órbita solar.

—Pero usted dijo que se trata de una guerra de vampiros. ¿Acaso no están en contra de los seres humanos? ¿No atacaron a todos los pasajeros del avión?

—Esto es algo que a ustedes les costará mucho aceptar. Pero ellos no nos consideran como sus enemigos. No somos dignos de ser tomados en cuenta. Somos sus presas. Somos alimento y bebida. Ganado en jaulas; botellas en una estantería.

Eph sintió escalofríos, pero se deshizo rápidamente de ellos.

—Un argumento como ese parece extraído de un libro de ciencia-ficción.

Setrakian señaló a Eph.

—Mire ese aparato que tiene en su bolsillo: el teléfono móvil. Usted hunde algunas teclas e inmediatamente está conversando con otra persona al otro lado del mundo. Eso es ciencia-ficción, doctor Goodweather. Ciencia-ficción hecha realidad —dijo Setrakian sonriendo—. ¿Necesita una prueba de lo que le he dicho?

El anciano se dirigió a un pequeño banco que estaba recostado contra la pared. Había algo cubierto con una seda negra, y Abraham estiró la mano de un modo extraño, tomó el borde más cercano de la tela mientras mantenía su cuerpo tan alejado como podía y tiró de ella.

Era un frasco de vidrio para almacenar especímenes, igual a los que venden en las tiendas de implementos médicos.

En su interior, y suspendido en un líquido violáceo, había un corazón humano bien preservado.

Eph se agachó para observarlo de cerca.

—Es el corazón de una mujer adulta, a juzgar por el tamaño. Saludable y bastante joven. Se trata de un espécimen fresco. —Miró de nuevo a Setrakian—. ¿De qué puede ser prueba este corazón?

—Lo extraje del pecho de una joven viuda en una aldea en las afueras de Shkodër, al norte de Albania, en la primavera de 1971.

Eph sonrió; la anécdota narrada por el anciano le había parecido extraña, y se agachó para mirar más de cerca el frasco.

Algo semejante a un tentáculo salió del corazón, con una ventosa en la punta, adhiriéndose a la pared de cristal frente a Eph.

El médico se interesó de inmediato. Miró el frasco y se quedó paralizado.

Nora, que estaba a su lado, preguntó:

—Eh… ¿qué demonios es eso?

El corazón comenzó a moverse en la suspensión líquida.

Estaba latiendo.

Palpitando.

Eph observó a la ventosa semejante a una boca, explorando el frasco. Miró a Nora, que estaba a su lado observando aquel órgano. Después miró a Setrakian, quien permanecía inmóvil con las manos en los bolsillos.

—Se excita cuando siente sangre humana —señaló Setrakian.

Eph miró completamente incrédulo. Se acercó más, a la derecha de la ventosa pálida y sin labios. El tentáculo salió de la superficie interior del frasco y se abalanzó súbitamente hacia él.

—¡Cielos! —exclamó Eph. El órgano palpitante flotaba como un pez carnoso y mutante—. Vive sin… —Allí no había sangre. Eph vio los muñones de las venas, la aorta y de la vena cava.

—No está ni vivo ni muerto; está animado —puntualizó Setrakian—. Se podría decir que está poseído, pero sólo en sentido literal. Miren de cerca y lo comprobarán.

Eph observó la palpitación; le pareció irregular, muy diferente a la de un corazón de verdad. Vio algo moverse y escurrirse en su interior.

—¿Es… un gusano? —preguntó Nora.

Era delgado y pálido, con un matiz rosado similar al color de los labios, y de cinco a siete centímetros de largo. Eph y Nora vieron que daba vueltas dentro del corazón, como un centinela solitario patrullando diligentemente un fortín abandonado.

—Un gusano de sangre —contestó Setrakian—. Un parásito capilar que se reproduce en los cuerpos infectados. Sospecho, aunque no tengo pruebas, que es el conducto del virus, el vector real.

Eph negó con la cabeza en señal de incredulidad.

—¿Y esta… ventosa?

—El virus reproduce la anatomía del anfitrión, aunque reinventa sus sistemas vitales para sobrevivir mejor. En otras palabras, coloniza y se adapta al anfitrión para su supervivencia. En este caso, el anfitrión es un órgano cercenado y aislado en un frasco, y el virus ha encontrado la forma de adaptar su fisiología para alimentarse.

—¿Alimentarse? —preguntó Nora.

—El parásito se alimenta de sangre. De sangre humana.

—¿De sangre? —Eph miró el corazón con los ojos entrecerrados—. ¿Sangre de quién?

Setrakian sacó la mano derecha del bolsillo. Las yemas arrugadas de sus dedos asomaron por los guantes sin puntas. La almohadilla de su dedo medio era suave y tenía una serie de marcas.

—Basta con algunas gotas cada pocos días. Debe de tener hambre, pues no he podido alimentarlo.

Se dirigió al banco y levantó la tapa del frasco —Eph retrocedió para observar—, y con la punta de una pequeña navaja que tenía en su llavero se pinchó la yema del dedo sobre el frasco. No se inmutó en absoluto, pues era algo tan rutinario que ya no le dolía.

Su sangre cayó al frasco.

La ventosa se alimentó de las gotas rojas con la misma voracidad que un pez hambriento.

La ventosa terminó de alimentarse y el anciano cogió una botella pequeña que había sobre el banco, se aplicó un poco de cicatrizante en el dedo y tapó el frasco de nuevo.

Eph vio que la ventosa adquiría un color rojizo. El gusano que había dentro se movió con más fluidez y con mayor fuerza.

—Y dice que ha mantenido esto aquí ¿durante cuánto…?

—Desde la primavera de 1971. No tomo muchas vacaciones… —Se rió de su broma, se miró el dedo pinchado y se frotó la yema—. Es de una muerta viva, infectada y transformada. Los Ancianos, a quienes les gusta permanecer ocultos, matan a sus presas después de alimentarse para evitar cualquier propagación del virus. Hubo una que logró salirse con la suya y regresó a casa para reclamar a sus familiares, amigos y vecinos de su pequeña aldea. El corazón de esta viuda se había transformado en menos de cuatro horas antes de que yo la encontrara.

—¿Cuatro horas? ¿Cómo lo sabe?

—Le vi la marca. La marca de strigoi.

—¿De strigoi? —repitió Eph.

—Es el término utilizado en el Viejo Mundo para designar al vampiro.

—¿Y la marca?

—Es el punto de penetración. Una pequeña incisión en la parte frontal de la garganta, que supongo ustedes ya habrán visto.

Eph y Nora asintieron, y pensaron en Jim.

—De paso —continuó Setrakian—, aclaro que no soy un hombre que acostumbre a extirpar corazones humanos. Este fue un asunto sucio en el que me vi involucrado accidentalmente. Pero tuve que hacerlo.

—¿Y usted ha mantenido esta cosa desde aquel entonces, alimentándola como a una… mascota? —preguntó Nora.

—Sí. —El anciano miró el frasco casi con cariño—. Es un recordatorio permanente de aquello contra lo que estoy luchando. Contra lo que estamos luchando ahora.

Eph estaba estupefacto.

—Todo este tiempo… ¿por qué no le ha mostrado esto a nadie? ¿A una facultad de medicina, a un canal de noticias?

—Si eso fuera tan fácil, doctor, el secreto se habría conocido hace mucho tiempo. Existen unas fuerzas alineadas contra nosotros. Éste es un secreto antiguo, y sus alcances son profundos. Es algo que involucra a muchas personas. Nunca permitirían que la verdad llegara a las masas. Al contrario, sería suprimida al igual que yo. Es por eso por lo que lo he escondido aquí durante todos estos años; he estado esperando.

Las palabras del anciano hicieron estremecerse a Eph. La verdad estaba allí, frente a él: era ese corazón humano en un frasco, que albergaba a un gusano sediento de la sangre del anciano.

—No estoy muy familiarizado con los secretos que amenazan el futuro de la humanidad. ¿Nadie más sabe esto?

—Claro que sí. Alguien muy poderoso. El Amo no podría haber viajado sin recibir ayuda. Un aliado debió de encargarse de su transporte y de protegerlo. Sucede que los vampiros no pueden cruzar cuerpos de agua en movimiento a menos que reciban la ayuda de un ser humano. Pero ahora, el pacto, la tregua, ha sido roto por una alianza entre el strigoi y un ser humano. Es por eso por lo que esta incursión es tan inquietante y tan terriblemente amenazadora.

Nora miró a Setrakian.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

El anciano ya había hecho los cálculos.

—La Cosa tardará menos de una semana en acabar con todo Manhattan, y menos de tres meses en apoderarse del país. Y en seis meses habrá tomado el mundo.

—Imposible —dijo Eph—. Eso no va a suceder.

—Admiro su determinación, doctor —respondió Setrakian—. Pero usted aún no sabe a qué se está enfrentando.

—De acuerdo —replicó Eph—. Entonces, dígame, ¿por dónde debemos comenzar?

Park Place, Tribeca

VASILIY FET estacionó su furgoneta oficial frente a un edificio de apartamentos en el Bajo Manhattan. El edificio no parecía ser gran cosa desde fuera, pero tenía marquesina y portero, y, después de todo, estaba localizado en Tribeca. Si no hubiera sido por la furgoneta del Departamento de Sanidad estacionada ilegalmente, con las luces amarillas dando vueltas en el tablero, él habría revisado de nuevo la dirección. Irónicamente, en casi todos los edificios y casas de la mayor parte de la ciudad, los exterminadores eran recibidos con los brazos abiertos, como si fueran policías acudiendo a la escena del crimen. Vasiliy no creyó que ése fuera su caso.

Su furgoneta decía BPCS-CNY; eran las siglas de la Oficina de Servicios para el Control de Plagas de la ciudad de Nueva York. Bill Furber, el inspector del Departamento de Sanidad, lo recibió dentro del edificio. Billy tenía un bigote rubio y largo que ocultaba las ondulaciones de sus músculos faciales debido a su costumbre de masticar chicles de nicotina.

—Vaz —le dijo a modo de saludo, empleando el apócope de Vasya, el diminutivo de su nombre ruso. Vaz, o simplemente «V», como era llamado con frecuencia, era un ruso de segunda generación, y su voz ronca resonaba en todo Brooklyn. Era un hombre tan grande que ocupaba casi toda la escalera de la entrada.

Billy le dio una palmadita en el brazo y le agradeció por venir.

—La sobrina de mi prima recibió una mordida en la boca. No es mi tipo de edificio, lo sé. Está casada con un tipo con dinero, pero se trata de mi familia, y les dije que traería al mejor exterminador de la ciudad.

Vasiliy asintió con el orgullo silencioso característico de los exterminadores. Un exterminador tiene éxito en el silencio, y el éxito significa no dejar rastros ni la menor señal de que alguna vez hubo un problema, que ha existido una plaga o se ha puesto una sola trampa. Significa que el orden ha sido preservado.

Arrastró su maletín de ruedas como si se tratara del juego de herramientas de un técnico en computadores. El interior del loft reveló techos altos y habitaciones espaciosas. Era una propiedad de ciento sesenta y siete metros cuadrados que podía costar fácilmente unos tres millones de dólares. Una niña estaba aferrada a una muñeca y a su madre en un sofá pequeño y firme, tan anaranjado como una pelota de baloncesto, en un salón de cristal, teca y superficies cromadas de estilo contemporáneo. Una venda grande le cubría el labio superior y la mejilla. La madre tenía el cabello completamente corto, lentes con montura delgada y rectangular, y una falda de lana verde tejida a la altura de las rodillas. Miró a Vasiliy como si fuera un visitante que viniera de un futuro sofisticado y andrógino. La niña tenía unos cinco o seis años y estaba asustada. Vasiliy habría querido sonreírle, pero no tenía el tipo de rostro que confortara a los niños. Tenía una mandíbula tan plana como la hoja de un hacha y los ojos considerablemente separados entre sí.

Un televisor de pantalla plana colgaba de una pared como un cuadro grande con marco de cristal. En la imagen aparecía el alcalde ante una multitud de micrófonos, intentando responder a las preguntas sobre las víctimas desaparecidas del avión y los cadáveres que se habían esfumado de las morgues de la ciudad. El Departamento de Policía de la ciudad estaba en máxima alerta, y había dispuesto retenes en los puentes y en los túneles para registrar todos los camiones refrigerados que transitaran por las vías. También se había instalado una línea telefónica para recibir información de la ciudadanía. Los familiares de las víctimas estaban completamente trastornados, y los funerales habían sido postergados.

Bill condujo a Vasiliy al cuarto de la niña. Había una cama con toldo, un televisor Bratz con gemas incrustadas, así como un computador de la misma marca, y un poni electrónico de color caramelo en un rincón. La mirada de Vasiliy se concentró de inmediato en un paquete de alimentos que había sobre la cama, y que contenía galletas con mantequilla de cacahuete. A él también le gustaban.

—La niña estaba durmiendo aquí la siesta —dijo Billy—. Se despertó porque algo le estaba royendo el labio. Vaz, el animal se acercó a su almohada. ¡Imagina! ¡Una rata en su cama! La niña no podrá dormir en un mes. ¿Habías escuchado algo así?

Vasiliy negó con la cabeza. Hay ratas en todos los edificios de Manhattan —independientemente de lo que los caseros o inquilinos puedan pensar— pero a ellas no les gusta dejarse ver, especialmente a plena luz del día. Sin embargo, las ratas atacan principalmente a los niños, casi siempre en la boca, donde está concentrado el olor a comida. Las ratas noruegas —Rattus norvegicus, o ratas urbanas— tienen un sentido del olfato y del gusto sumamente desarrollado. Sus incisivos son largos y afilados, y más fuertes que el aluminio, el cobre, el plomo o el hierro. Son las responsables de la cuarta parte del rompimiento de los cables de la luz de la ciudad, y probablemente sean las causantes del mismo porcentaje de incendios sin causas conocidas. La dureza de sus dientes es comparable a la del acero, y la estructura de sus mandíbulas —semejante a la de los cocodrilos— le confiere miles de kilos de presión a su mordida. Son capaces de morder cemento, e incluso piedras.

—¿Llegó a ver la rata? —preguntó Vasiliy.

—No supo qué era. Gritó, apartó al animal con la mano y salió corriendo. El médico de la sala de emergencias dijo que era una rata.

Vasiliy fue a la ventana entreabierta para tomar un poco de aire fresco. La abrió un poco más y miró el callejón adoquinado y estrecho que había tres pisos abajo. La escalera contra incendios estaba a tres o cuatro metros de la ventana, y la fachada del centenario edificio de ladrillos era tosca e irregular. La gente piensa que las ratas son torpes y se mueven como patos, pero realmente son tan ágiles como las ardillas, especialmente cuando están excitadas por el alimento o el miedo.

Vasiliy corrió la cama con las sábanas, las frazadas y la muñeca que estaba sobre la colcha; también movió el escritorio y el mueble de la biblioteca para observar qué había debajo. No esperaba encontrar la rata en el dormitorio; simplemente estaba descartando lo obvio.

Salió al corredor, arrastrando el carro de mano por el piso de madera pulida y reluciente. Las ratas tienen una visión deficiente y se orientan principalmente con el tacto. Aprenden rápido con la repetición, recorren los mismos trayectos y rara vez se desvían más de dieciocho metros de su nido, pues son muy recelosas cuando se hallan en ambientes desconocidos. La rata seguramente había llegado a la puerta y salido por el borde del corredor, deslizándose por el zócalo del muro derecho con su tosco pelaje. La siguiente puerta conducía a un baño —el de la niña— decorado con un tapete en forma de fresa, una cortina de un rosado pálido en la ducha, y una canasta con juguetes y burbujas para la bañera. Vasiliy inspeccionó el lugar en busca de escondites y olfateó el aire. Le asintió a Billy, y éste cerró la puerta.

Billy escuchó un momento antes de ir a reconfortar a su prima. Estaba con ella cuando oyó un ruido terrible en el baño, un sonido de botellas cayendo a la bañera, un fuerte grito y la voz de Vasiliy, profiriendo insultos en ruso.

La madre y la hija parecían afligidas y Billy les hizo un gesto con la mano para que tuvieran paciencia —pues se había tragado accidentalmente el chicle— y se apresuró al corredor.

Vasiliy abrió la puerta del baño. Tenía unos guantes Kevlar especiales y un saco grande, en cuyo interior se retorcía y manoteaba un ejemplar realmente grande.

Vasiliy asintió y le pasó el saco a Billy.

Billy no podía hacer otra cosa que recibirlo, pues de lo contrario el saco caería al piso y la rata escaparía. Confió en que la tela fuera tan resistente como parecía, pues la rata enorme luchaba y forcejeaba en su interior, y mantuvo el saco tan alejado de su cuerpo y levantado del suelo como pudo. Mientras tanto, Vasiliy comenzó a sacar sus implementos de trabajo con mucha lentitud. Extrajo un paquete sellado y una esponja que contenía halotano, tomó de nuevo el saco, y Billy sintió un gran alivio al deshacerse de él. Lo abrió con cuidado para echar el anestésico y lo cerró de inmediato. La rata forcejeó con la misma violencia de antes, pero poco después lo hizo con mayor lentitud. Vasiliy agitó el saco para acelerar el proceso.

Esperó a que la rata dejara de resistirse, abrió el costal y la sacó de la cola. Estaba sedada pero no inconsciente, y movía sus uñas afiladas que salían de los dedos rosados de sus patas delanteras; chasqueaba la mandíbula y tenía abiertos sus ojos negros y brillantes. Su tamaño era considerable; su cuerpo medía tal vez veinte centímetros, lo mismo que su cola. Su pelaje espeso era gris oscuro arriba y de un blanco tiznado por debajo. No era ninguna mascota extraviada, sino una rata salvaje y urbana.

Billy había retrocedido varios pasos. Había visto muchas ratas en su vida, pero nunca se había acostumbrado a ellas, a diferencia de Vasiliy, quien no parecía tener problemas en ese sentido.

—Está preñada —dijo. El periodo de gestación de las ratas es de apenas veintiún días, y pueden tener una carnada de veinte ratones. Una hembra adulta saludable puede dar a luz a unos doscientos cincuenta ratones, la mitad de los cuales son hembras listas para aparearse—. ¿Quieres que le saque una muestra de sangre para enviarla al laboratorio?

Billy negó con la cabeza, haciendo un gesto de asco, como si Vasiliy le hubiera preguntado si quería comérsela.

—La niña fue vacunada en el hospital. ¡Santo cielo! Mira su tamaño, Vaz. Esto no es… —Billy bajó la voz— un inquilinato en Bushwick, ¿entiendes?

Vasiliy lo entendía muy bien. Sus padres habían vivido en ese sector después de llegar a América. Bushwick había acogido a varias oleadas de inmigrantes desde mediados del siglo XIX: alemanes, ingleses, irlandeses, rusos, polacos, italianos, afroamericanos y puertorriqueños. Ese sector de Brooklyn estaba poblado actualmente por dominicanos, guyaneses, jamaicanos, ecuatorianos, hindúes, coreanos y otros inmigrantes del sudeste asiático. Vasiliy pasaba mucho tiempo en los sectores más pobres de Nueva York, y había conocido familias que todas las noches tenían que valerse de cojines, libros y muebles para impedir que las ratas entraran en sus casas.

Sin embargo, este incidente era diferente. Había sido un ataque temerario y a plena luz del día. En términos generales, sólo las ratas más débiles —las expulsadas de una colonia— irrumpen en busca de alimentos, pero ésta era una hembra fuerte y saludable, lo cual era muy inusual; las ratas coexisten en un equilibrio precario con el hombre, aprovechando las deficiencias de la civilización, y viviendo de los desperdicios y desechos humanos. Permanecen ocultas detrás de las paredes o debajo de los pisos. La aparición de una rata simboliza la ansiedad y el temor humanos. Cualquier incursión que esté más allá de la acostumbrada predación nocturna supone un trastorno de sus costumbres. Al igual que el hombre, las ratas no acostumbran a correr riesgos innecesarios; hay que obligarlas a salir de sus madrigueras.

—¿Quieres que vea si tiene pulgas?

—¡Cielos, no! Simplemente métela en el costal y deshazte de ella. Haz lo que sea necesario, pero no se la muestres a la niña. Está muy traumatizada.

Vasiliy sacó una bolsa de plástico de su equipaje y metió la rata dentro con una esponja untada con otra dosis letal de halotano. Introdujo la bolsa dentro del talego para esconder cualquier evidencia, y prosiguió con su labor, pasando a la cocina. Corrió la pesada cocina de ocho quemadores y el lavaplatos. Inspeccionó las tuberías debajo del fregadero. No vio excrementos ni madrigueras, pero instaló una trampa detrás de los armarios por si acaso, sin decírselo a Billy. Las personas se ponen nerviosas con las sustancias venenosas, especialmente los padres, pero lo cierto es que en todos los edificios y calles de Manhattan hay venenos contra las ratas. Si uno ve en algún rincón cualquier cosa que se parezca a dulces morados o a concentrado para animales de color verde, es porque se han visto ratas cerca de allí.

Billy acompañó a Vasiliy al sótano. Estaba limpio y ordenado, sin rastros evidentes de basura o desechos como para que anidaran roedores. Vasiliy inspeccionó el lugar en busca de excrementos. Tenía un olfato muy afinado para detectar ratas, así como éstas lo tienen para evitar a los humanos. Apagó la luz —para infortunio de Billy— y encendió la linterna que llevaba en la cintura de su mono azul claro. La orina de los roedores se ve azul en la oscuridad, pero Vasiliy no encontró ningún vestigio. Echó pesticidas, instaló trampas en los rincones y subió con Billy al vestíbulo.

Billy le dio las gracias y le dijo que le debía una. Vasiliy estaba intrigado. Guardó el juego de herramientas portátil y la rata muerta en su furgoneta, encendió un Corona dominicano y salió a dar una vuelta. Dobló la esquina y llegó al callejón adoquinado que había visto desde la ventana del cuarto de la niña. Tribeca era el único sector de Manhattan donde aún quedaban callejones.

Vasiliy había dado unos cuantos pasos cuando vio la primera rata deslizándose por el borde de un edificio. Después vio otra en la rama de un árbol pequeño y endeble que crecía junto a un muro. Vio a otra en una cuneta, bebiendo un residuo líquido de color marrón proveniente de una pila de basura o alcantarilla.

Permaneció observando y las ratas comenzaron a salir literalmente del subsuelo, por entre los adoquines desgastados. Los esqueletos de las ratas son flexibles, lo cual les permite escurrirse por orificios del mismo tamaño de sus cráneos, que tienen aproximadamente dos centímetros de diámetro. Salían de a dos y de a tres, y se desperdigaban con rapidez. Calculó el tamaño de los adoquines —los cuales medían cinco por ocho centímetros—, y estimó que los cuerpos de las ratas medían entre veinte y veinticinco centímetros, al igual que sus colas. Esto significaba que eran ratas adultas.

Dos bolsas de basura que estaban cerca de él se sacudieron, y las ratas salieron tras desgarrar el plástico. Un pequeño roedor se deslizó rápidamente a su lado; Vasiliy le dio un puntapié con sus botas, lanzándolo a unos cinco metros de distancia, y cayó inmóvil en medio del callejón. Pocos segundos después, otras ratas se abalanzaron hambrientas sobre el roedor, desgarrándole la piel con sus incisivos amarillentos. La forma más efectiva de exterminar ratas es eliminar los alimentos de su entorno y dejar que se coman unas a otras.

Estas ratas estaban hambrientas y a sus anchas. Era insólito que anduvieran por la calle a plena luz del día, ya que eso sólo sucede antes de un terremoto, después del derrumbe de un edificio o mientras se adelanta un proyecto de construcción de gran envergadura.

Vasiliy caminó hacia el sur y cruzó la calle Barclay, donde se adelantaban unos trabajos de reconstrucción en un área de seis hectáreas a la redonda y el cielo se hacía más amplio.

Subió a una de las plataformas desde la cual se observaba el sitio donde había estado el World Trade Center. Estaban terminando de excavar un hueco muy profundo donde estarían las bases de la nueva construcción, y las columnas de hormigón y acero empezaban a elevarse sobre el suelo. El sitio era como una cicatriz en el corazón de la ciudad, como la mordida en la cara de la niña.

Vasiliy recordó aquel fatídico septiembre de 2001. Pocos días después del colapso de las Torres Gemelas, él —en calidad de funcionario del Departamento de Sanidad— había comenzado a retirar los alimentos de los restaurantes clausurados del sector. Había inspeccionado los sótanos y espacios subterráneos y nunca vio una rata viva, pero sí muchas evidencias de su presencia, incluyendo senderos de varios kilómetros de extensión trazados entre los escombros. Recordó claramente una tienda de galletas que había sido completamente devorada. Se presentó una explosión demográfica de ratas en el sitio, y las autoridades temieron que los roedores abandonaran las ruinas para buscar nuevas fuentes de alimento y se propagaran por las calles y sectores aledaños. Por esta razón se implementó un programa masivo de contención con fondos federales. Se instalaron miles de cebos y carnadas en la Zona Cero y sus alrededores, y gracias al empeño de Vasiliy y de otros exterminadores, la temida invasión nunca se materializó.

Vasiliy aún tenía un contrato con el gobierno, y su departamento supervisaba un estudio de control contra las ratas en Battery Park y sectores contiguos, razón por la cual estaba muy familiarizado con infestaciones locales, pues había formado parte del proyecto desde el comienzo. Hasta ahora, no había visto nada anormal.

Observó los camiones del cemento y las retroexcavadoras sacando escombros. Esperó a que un niño dejara de mirar por los telescopios turísticos iguales a los que había en el Empire State Building, y comenzó a observar el lugar.

No tardó en ver los pequeños cuerpos de los roedores escurriéndose por las esquinas, dando vueltas por las pilas de escombros, o escabullándose hacia la calle Liberty. Se escurrían por las futuras bases de la Torre de la Libertad como sorteando obstáculos. Miró los túneles de acceso a las estaciones del metro, y al dirigir el telescopio hacia arriba observó una hilera de ratas deslizarse por una plataforma de acero en el extremo oriental y trepar por dos cables tensionados. Estaban saliendo de la excavación como en un éxodo masivo, siguiendo cualquier ruta de escape que pudieran encontrar.

Pabellón de aislamiento,
Centro Médico del Hospital Jamaica, Queens

EPH SE PUSO LOS GUANTES de caucho, detrás de la segunda puerta del pabellón. Le habría pedido a Setrakian que hiciera lo mismo, pero al ver sus dedos torcidos concluyó que le sería prácticamente imposible.

Entraron en la habitación de Jim Kent, la única ocupada en todo el pabellón. Jim estaba dormido; aún llevaba puesta la misma ropa con la que había ingresado en el hospital, y los cables del pecho y de las manos estaban conectados a máquinas que no registraban sus signos vitales. La enfermera había dicho que éstos eran tan imperceptibles que decidieron apagar las alarmas automáticas del ritmo cardiaco, la presión arterial y respiración, y de los niveles de oxígeno.

Eph corrió las cortinas de plástico y sintió la ansiedad de Setrakian. Se acercaron a Kent, y todos sus signos vitales aumentaron significativamente, lo cual era completamente insólito.

—Igual que el gusano en el frasco —dijo Setrakian—. Él nos siente. Sabe que hay sangre cerca.

—No puede ser —comentó Eph.

Se acercó más y todos los signos vitales de Jim aumentaron, así como su actividad cerebral.

—Jim —le dijo.

Tenía el rostro adormilado y su piel oscura se estaba tornando gris. Eph notó que las pupilas de su compañero se movían rápidamente debajo de los párpados, en una especie de sueño maniaco.

Setrakian corrió la cortina con la cabeza de lobo que coronaba su bastón.

—No se acerque mucho —le advirtió a Eph—. Se está transformando. —Setrakian se llevó la mano al bolsillo de su abrigo—. Saque su espejo, por favor. —Eph tenía un pesado espejo de plata de ocho por diez centímetros en el bolsillo delantero de su chaqueta, uno de los tantos objetos que el viejo había almacenado en su sótano para este tipo de uso—. ¿Puede verse en él?

Eph vio su reflejo en el espejo antiguo.

—Por supuesto.

—Por favor, utilízalo para mirarme.

Eph lo puso en un ángulo para ver la cara del anciano.

—De acuerdo.

—Los vampiros no se reflejan —dijo Nora.

—No exactamente. Por favor, úselo para mirarlo a él, con cuidado —le indicó Setrakian.

El espejo era tan pequeño que Eph tuvo que acercarse a la cama con el brazo estirado y sostener el espejo desde cierto ángulo sobre la cabeza de Jim.

Al principio no pudo ver su reflejo porque la imagen daba la impresión de que estaba moviendo la mano con violencia. Sin embargo, la pared, la almohada y el respaldo de la cama se veían inmóviles.

El rostro de Jim se veía difuso, como si estuviera sacudiendo la cabeza frenéticamente, vibrando con tanta fuerza que sus rasgos eran imperceptibles.

El anciano retiró el espejo con rapidez.

—Las bases de plata —dijo Setrakian, dándole golpecitos a su espejo—. Ésa es la clave. Los espejos actuales, fabricados en masa y con marcos pintados, no revelan nada. Pero los espejos con respaldo de plata no mienten.

Eph vio su reflejo de nuevo en el espejo. No hubo variación en la imagen, salvo por el ligero temblor de su mano.

Colocó el espejo sobre la cara de Jim Kent sin moverlo, y vio la mancha borrosa del reflejo de Jim, como si sufriera un ataque de epilepsia, convulsionando con tal fuerza que no se reflejaba con nitidez.

Sin embargo, parecía sereno e inmóvil si se le miraba directamente.

Eph le pasó el espejo a Nora y ella también se quedó sorprendida y asustada.

—Entonces esto significa… que él se está convirtiendo en algo semejante a… al capitán Redfern.

—Después del contagio se inicia la transformación —explicó Setrakian—, y veinticuatro horas después están preparados para su primera ingesta. Se requieren siete noches para la transformación completa, para que la enfermedad consuma el cuerpo y adquiera su nueva forma parasitaria. Alcanzan su madurez total después de unas treinta noches.

—¿Madurez total? —dijo Nora.

—Rece para que esas palabras no se cumplan —comentó el anciano. Hizo un gesto, señalando a Jim—. Las arterias del cuello humano constituyen el punto de acceso más rápido, aunque la arteria femoral es otra ruta directa hacia nuestra sangre.

La cortada en el cuello era tan precisa que no pudieron verla. Eph preguntó:

—¿Por qué sangre?

—Sangre, oxígeno y muchos nutrientes más.

—¿Oxígeno? —preguntó Nora.

Setrakian asintió.

—Sus órganos anfitriones sufren una transformación. Una parte de ésta consiste en que el sistema digestivo y el circulatorio se fusionan en uno solo, a semejanza de los insectos. Su sangre no está compuesta de hierro y oxígeno, elementos que le dan el color rojo a la sangre humana. Por eso, la de ellos es blanca.

—Y los órganos de Redfern parecían casi cancerosos —comentó Eph.

—El sistema corporal se consume y se transforma, y el virus se apodera del organismo. Las víctimas dejan de respirar; simplemente inhalan por acto reflejo, pero sin oxigenar. Los pulmones se hacen innecesarios, por lo cual se secan y se adaptan a la nueva condición.

—Redfern tenía un crecimiento muy grande; era una especie de aguijón muscular completamente desarrollado debajo de la lengua —comentó Eph.

Setrakian asintió como si estuvieran hablando del clima.

—Se hincha cuando se alimenta, y la piel adquiere un color carmesí, al igual que los ojos y la córnea. El aguijón, como usted lo llama, realmente es una reconversión, un reacomodamiento de la faringe, la tráquea y los sáculos de los pulmones, con el crecimiento consiguiente del nuevo músculo. Es como sacarle la manga a una chaqueta. El vampiro puede expeler este órgano desde su cavidad pectoral y lanzarlo a una distancia que oscila entre uno y dos metros. Al diseccionar a una víctima madura, se encontrará un tejido muscular, una especie de bolsa que estimula a este órgano para que se alimente. Lo único que requiere es la ingestión frecuente de sangre humana pura. En ese sentido son como los diabéticos. Pero bueno, usted es el médico y sabrá más que yo.

—Creía que lo era —murmuró Eph—. Hasta ahora.

—Yo pensaba que los vampiros bebían sangre de vírgenes, hipnotizaban… y se convertían en murciélagos… —comentó Nora.

—Se tiene una imagen muy romántica de ellos —replicó Setrakian—, pero la verdad es más… ¿cómo podría decirlo?

—¿Perversa? —apuntó Eph.

—¿Repugnante? —sugirió Nora.

—No —rectificó Setrakian—. Banal… ¿Encontraron amoniaco?

Eph asintió.

—Tienen un sistema digestivo muy compacto —continuó Setrakian—. Sin espacio de almacenamiento. El plasma sin digerir y cualquier otro residuo tiene que ser expulsado para dar cabida al próximo alimento. Es algo muy similar a lo que sucede con las garrapatas, que excretan mientras se alimentan.

La temperatura del cuarto aumentó súbitamente. La voz de Setrakian se convirtió en un susurro helado.

Strigoi —murmuró—. Aquí…

Eph miró a Jim; tenía los ojos abiertos, las pupilas oscuras y la esclerótica con un color que iba del gris al naranja, como el del cielo al amanecer. Miraba fijamente hacia el techo.

Eph sintió una punzada de terror. Setrakian se puso rígido y agarró la empuñadura de su bastón, rematada por la cabeza de lobo, listo para golpear a Jim. Eph sintió la energía que emanaba del anciano, y le impactó el odio profundo y ancestral que advirtió en sus ojos.

—Profesor… —dijo Jim, con un ligero susurro que escapó de sus labios.

Sus párpados se cerraron de nuevo, y Jim se sumergió otra vez en una especie de trance.

Eph miró al anciano.

—¿Por qué… le conoce?

—No me conoce —respondió Setrakian, con el bastón en vilo—. Él es como un zángano en una colmena: un conjunto de muchos órganos que obedecen a una sola voluntad. —Miró a Eph y le dijo—: Hay que destruirlo.

—¿Qué? —exclamó Eph—. Eso no.

—Él ya no es su amigo —insistió Setrakian—. Es su enemigo.

—Aunque eso fuera cierto, sigue siendo mi paciente.

—Este hombre no está enfermo. Ha pasado a un estado que va más allá de la enfermedad. En un par de horas ya no podrá reconocerlo. Además, es sumamente peligroso dejarlo aquí. Ya vio lo que sucedió con el piloto; todas las personas que se encuentran en este hospital correrán un riesgo enorme.

—¿Qué sucede si… él no consigue sangre?

—Comenzará a desmoronarse. Si no bebe sangre antes de cuarenta y ocho horas, su organismo empezará a fallar, y su cuerpo devorará sus propios músculos y células humanas, consumiéndose a sí mismo de una manera lenta y dolorosa, hasta que sólo prevalezca su sistema vampírico.

Eph negó enfáticamente con la cabeza.

—Necesito formular un protocolo para el tratamiento. Si esta enfermedad es causada por un virus, tendré que investigar para encontrar la cura.

—Sólo existe una cura: la muerte, la destrucción del cuerpo. En este caso, una muerte compasiva —le rebatió Setrakian.

—No somos veterinarios —replicó Eph—. No podemos matar a las personas porque estén muy enfermas.

—Pero usted lo hizo con el piloto.

—Era un caso diferente —tartamudeó Eph—. Él atacó a Nora y a Jim… y también a mí.

—Si realmente aplica su filosofía de defensa propia, verá que también es válida en esta situación.

—Y lo mismo sucedería con los genocidios.

—Supongamos que el objetivo de ellos es la subyugación total de la raza humana: ¿cuál sería su respuesta entonces?

Eph no quería sumergirse en ese tipo de abstracciones. Jim era su colega y amigo.

Setrakian comprendió que no lograría convencerlos todavía.

—Muéstrenme entonces los restos del piloto. Tal vez así pueda persuadirlos.

Bajaron por el ascensor sin decir palabra. Llegaron al sótano y en lugar de encontrar la morgue cerrada, vieron la puerta abierta. La administradora del hospital y varios agentes de la policía se encontraban allí.

Eph se acercó a ellos.

—¿Qué pasa…?

Observó el pomo abollado, el marco metálico agrietado, y constató que la puerta había sido forzada.

La administradora no lo había hecho. Algún intruso había irrumpido allí por la fuerza.

Eph miró el interior de la morgue.

La mesa estaba vacía y el cuerpo de Redfern había desaparecido.

Eph se dirigió a la administradora con el fin de pedirle más información, aunque, para su sorpresa, vio que ella retrocedía y lo miraba de una forma extraña mientras hablaba con los agentes.

—Debemos irnos ya —urgió Setrakian.

—Tengo que saber dónde están sus restos —respondió Eph.

—Han desaparecido —dijo Setrakian—. Y nunca serán encontrados.

El anciano sujetó a Eph del brazo con una fuerza sorprendente.

—Creo que ya han cumplido su propósito.

—¿Su propósito? ¿Cuál podría ser?

—Distraer, pues está tan poco muerto como los demás pasajeros que una vez estuvieron en las morgues.

Sheepshead Bay, Brooklyn

GLORY MUELLER, quien había enviudado recientemente, encontró un informe sobre los cadáveres desaparecidos del vuelo 753 mientras buscaba información sobre sucesiones matrimoniales en Internet. Siguió leyendo y encontró un cable noticioso: la Oficina Federal de Investigación daría una conferencia de prensa en una hora, en la que anunciaría una recompensa mayor por cualquier información sobre los cuerpos de la tragedia de Regis Air que habían desaparecido de las morgues.

Se asustó mucho al leer esto, pues recordó que la noche anterior había despertado de un sueño y escuchado ruidos en el desván. Recordaba únicamente que Hermann, su esposo recién fallecido, había regresado del mundo de los muertos. Todo había sido un malentendido, la extraña tragedia del vuelo 753 realmente nunca había sucedido, y entonces Hermann había entrado por la puerta trasera de su casa en Sheepshead Bay con una sonrisa de «así que creías que te ibas a deshacer de mí», y le había pedido un plato de comida.

Públicamente, Glory había representado el papel de la viuda acongojada, y se seguiría comportando así en todas las citas del tribunal y procedimientos legales que tuviera por delante. Sin embargo, en privado, consideraba las trágicas circunstancias que se habían cobrado la vida de su esposo —con el que llevaba casada trece años— como una bendición.

Trece años de matrimonio. Trece años de abusos continuos, que fueron aumentando con el paso del tiempo, y últimamente presenciados por sus hijos de nueve y once años de edad. Glory vivía sobrecogida por los cambios temperamentales de su esposo y había llegado a pensar —lo cual básicamente había sido un sueño demasiado arriesgado para haberlo intentado en la realidad— qué habría pasado si se hubiera marchado con sus hijos mientras su esposo visitaba a su madre agonizante en Heidelberg. Pero ¿adónde habría podido ir? Y más importante aún: ¿qué castigo les habría impuesto a ella y a los niños si los hubiese encontrado, como sabía que efectivamente habría sucedido?

Sin embargo, Dios era bueno y finalmente había atendido a sus plegarias. Ella y sus hijos habían sido escuchados, y aquel foco de violencia había sido erradicado de su hogar.

Subió las escaleras, miró la trampilla que había en el techo, y la cuerda que colgaba de ella.

Seguramente los mapaches habían regresado. En una ocasión, Hermann atrapó a uno en el desván. Lo llevó al patio de atrás y asesinó salvajemente a la indefensa criatura delante de sus hijos.

Pero eso era un suceso del pasado, y ya no tenía nada que temer. Sus hijos tardarían al menos una hora en llegar, y decidió subir al desván para sacar todas las pertenencias de Hermann. El camión de la basura pasaba los martes, y ella quería deshacerse de ellas ese mismo día.

Necesitaba un arma, y lo primero que se le ocurrió buscar fue el machete de Hermann. Lo había comprado algunos años atrás y lo guardaba en una funda de hule, dentro de la caja de las herramientas. Cuando ella le preguntó por qué había conseguido un arma propia de la selva en un lugar como Sheepshead Bay, él le contestó con desprecio: «Nunca se sabe».

Este tipo de constantes amenazas veladas era el pan de todos los días. Glory sacó la llave de la despensa para abrir la caja de herramientas. Encontró el machete debajo de algunos implementos de jardinería y de un juego de croquet que les habían dado de regalo de bodas, y que utilizaba para partir leña. Llevó el paquete a la cocina y lo dejó sobre la mesa, vacilando antes de desenvolverlo.

Glory le atribuía propiedades maléficas al machete. Siempre había imaginado que desempeñaría un papel determinante en la suerte de su hogar; probablemente sería el instrumento con el cual Hermann le quitaría la vida. Así pues, lo desenfundó con mucho cuidado, como si le estuviera quitando los pañales a un bebé diabólico. A Hermann nunca le había gustado que ella tocara sus cosas.

La hoja metálica era larga, ancha y plana. El mango tenía pequeños lazos de cuero de color café claro, desgastados por el uso que le había dado su antiguo propietario. Lo tomó, le dio la vuelta, y sintió el peso de ese extraño objeto en su mano. Vio su propio reflejo en la puerta del microondas y le asustó verse con un machete en la cocina.

Él la había trastornado.

Subió las escaleras con el machete en la mano. Se detuvo frente a la puerta del techo y haló la pequeña manija. La puerta rechinó y se abrió en un ángulo de cuarenta y cinco grados. El ruido asustaría a cualquier criatura que estuviera allí. Escuchó con atención para detectar algún sonido, pero no oyó ninguno.

Movió el interruptor que había en la pared pero la luz no se encendió. Lo movió un par de veces más sin conseguir resultados. La última vez que subió allí fue después de Navidad; la bombilla seguramente se había fundido. Sin embargo, la luz que entraba por una ventanilla lateral alcanzaba a iluminar el recinto.

Extendió las escaleras plegables, subió tres peldaños y vio el piso del desván. Estaba sin terminar, y los paneles de fibra de vidrio con revestimiento de aluminio estaban desenrollados entre las vigas. Las láminas de madera contrachapada se extendían en forma de cruz, a manera de sendero hacia los cuatro costados del piso.

El desván estaba más oscuro de lo que esperaba, y vio dos estantes con su ropa vieja que habían sido movidos para tapar la ventana. Era la ropa de su vida anterior a Hermann, envuelta en bolsas de plástico guardadas desde hacía trece años. Movió los estantes para tener más luz. Quería echarle una mirada a su ropa y recordar cómo se vestía antes. Pero en ese instante vio que una parte del piso estaba descubierta, más allá de las láminas de madera, y que la capa aislante que lo recubría estaba levantada.

Después vio otra parte descubierta, y después otra.

Se detuvo en seco, pues sintió que detrás de ella había algo. Le dio miedo darse la vuelta pero recordó que tenía el machete en la mano.

Detrás de ella había varias capas apiladas de material aislante que formaban un promontorio irregular contra el extremo vertical del desván, al lado opuesto de la ventana. La lámina de fibra de vidrio estaba resquebrajada en algunos puntos, como si un animal se estuviera resguardando allí.

No se trataba de un mapache, sino de algo más grande: mucho más.

El promontorio estaba inmóvil, aunque parecía esconder algo. ¿Acaso Hermann se había enfrascado en algún proyecto extraño sin que ella lo supiera? ¿Qué oscuro secreto habría guardado allí?

Levantó el machete con la mano derecha, haló el borde de una lámina, la retiró del montón, pero no vio nada.

Retiró una segunda lámina y se detuvo al ver un brazo peludo.

Glory conocía ese brazo. También conocía la mano a la que estaba unido. Los conocía íntimamente.

No podía creer lo que estaba viendo.

Alzó el machete y retiró otra capa aislante.

Vio su camisa de manga corta, que él se ponía incluso en invierno. Hermann era un hombre presumido y se enorgullecía de sus brazos velludos. Su reloj y anillo de bodas habían desaparecido.

Glory estaba completamente aterrorizada por lo que había visto, y, no obstante, quería ver más. Haló otra capa aislante y el montículo se vino al suelo.

Hermann, su esposo muerto, yacía dormido en el desván, sobre una lámina de fibra de vidrio resquebrajada. Estaba vestido pero no llevaba medias ni zapatos; sus pies estaban completamente sucios, como si hubiera caminado descalzo.

Ella no pudo asimilar esa escena tan impactante. Sencillamente, no pudo confrontarla. Se trataba del esposo del cual creía haberse librado. Del tirano, del abusador… del violador.

Permaneció de pie ante el cuerpo tendido, el machete como una espada de Damocles, listo para caer sobre él ante el movimiento más leve.

Bajó lentamente el brazo, con el filo a un lado de su muslo. Glory advirtió que él era un fantasma. Un hombre que había regresado del mundo de los muertos, una presencia que la acecharía por siempre. Nunca podría liberarse de él.

Estaba pensando en esto cuando Hermann abrió los ojos.

Los párpados se plegaron contra las cuencas de sus ojos, los cuales miraron directamente hacia arriba.

Glory se quedó petrificada. Sintió deseos de correr y de gritar, pero no pudo hacer nada.

Hermann giró la cabeza y sus ojos se fijaron en ella. Era la misma mirada hiriente y burlona de siempre; esa mirada que siempre presagiaba malos momentos.

A ella se le ocurrió algo.

En ese mismo instante, y cuatro casas más abajo, Lucy Needham, una niña de cuatro años, estaba dándole una bolsa de Cheez-Its a su muñeca Baby Dear en la entrada de su casa. Lucy dejó de masticar las galletas al escuchar los gritos sofocados y los fuertes ruidos provenientes de… algún lugar cercano. Miró hacia el segundo piso de su casa y luego al norte, con una confusión inocente. Permaneció completamente inmóvil, con un pedazo de galleta anaranjada a medio masticar en su boca abierta. Acababa de oír algunos de los sonidos más extraños de su corta vida. Iba a contárselo a su papá cuando lo vio salir con el teléfono en la mano, pero su bolsa de galletas cayó al suelo. Ella las recogió y se las comió, y después de ser reprendida se olvidó del asunto.

Glory permaneció en el desván. Resollaba en medio de fuertes arcadas, sosteniendo el machete con las dos manos. Hermann yacía descuartizado en los paneles rosados de fibra de vidrio, y las paredes del desván estaban salpicadas de blanco.

¿Blanco?

Glory tembló conmocionada al pensar en lo que había hecho.

El machete se había enterrado en una de las vigas y tuvo que zafarlo con fuerza para seguir descuartizando a su esposo.

Glory retrocedió un paso. Sintió una sensación extracorpórea; lo que había hecho era completamente impactante.

La cabeza de Hermann había rodado entre dos láminas de madera con la cara hacia abajo y una esquirla rosada de fibra de vidrio enterrada en su mejilla. Su torso estaba ensangrentado y mutilado, sus muslos cercenados hasta el fémur y el pubis secretaba un líquido blanco.

¿Blanco?

Glory sintió que le estaban tocando las pantuflas y vio sangre roja. Notó que tenía una herida en el brazo izquierdo, aunque no sentía dolor. Levantó el brazo y unas gotas gruesas y rojas cayeron al piso.

¿Blancas?

Vio algo oscuro y pequeño deslizándose. Todavía estaba poseída por la furia homicida y no podía confiar en sus ojos.

Sintió una picazón en el tobillo, debajo de sus pantuflas ensangrentadas. La picazón subió por su pierna y ella se golpeó el muslo con la parte plana de la hoja blanca y pegajosa.

Luego sintió un cosquilleo en la otra pierna, y otro más en la cintura. Creyó tener algún tipo de reacción histérica, como si estuviera siendo atacada por insectos. Retrocedió un paso y por poco tropezó con el camino de madera.

Sintió un estremecimiento inusual entre las piernas y una molestia desgarradora en el recto, como si algo se deslizara en su interior, haciéndole apretar las caderas como si evitara ensuciarse. Su esfínter se dilató, Glory permaneció inmóvil y la sensación comenzó a desaparecer. Trató de relajarse; necesitaba un baño. Sintió otro cosquilleo dentro de la manga de su blusa y una picazón ardiente en el corte de su brazo.

Un dolor desgarrador en el vientre la doblegó. El machete cayó al piso y un grito —un alarido de angustia— salió de su boca. Sintió que algo le desgarraba el brazo debajo de la carne y se arrastraba por su piel; todavía gritaba cuando otro gusano delgado salió por detrás de su cuello, se deslizó por el mentón hasta llegar a sus labios, le perforó el cuello y se escurrió por su garganta.

Freeburg, Nueva York

ESTABA OSCURECIENDO CON RAPIDEZ cuando Eph tomaba la Cross Island Parkway para ir al condado de Nassau.

—¿Me está diciendo entonces que los pasajeros que estaban en las morgues, y que toda la ciudad anda buscando, simplemente regresaron a sus casas? —dijo Eph.

El profesor iba en el asiento trasero con el sombrero sobre sus piernas.

—La sangre busca la sangre —contestó—. Una vez se transforman, los aparecidos buscan primero a los familiares y amigos que no estén infectados. Regresan de noche para buscar a aquellos con quienes tienen un vínculo emocional, a sus seres queridos. Supongo que es un instinto de búsqueda, el mismo impulso animal que orienta a los perros extraviados a cientos de kilómetros y los lleva de nuevo a las casas de sus amos. Sus funciones cerebrales desaparecen y sus instintos animales asumen el control. Esas criaturas están motivadas por los impulsos de alimentarse, esconderse y anidar.

—¿Regresan al lugar donde sus familiares los están llorando? —intervino Nora, quien iba al lado de Eph—. ¿Para atacarlas e infectarlas?

—Para alimentarse; atormentar a los vivos es algo natural en ellos.

Eph salió de la autopista en silencio. Ese asunto de los vampiros era como ingerir comida de mala calidad: su mente se negaba a digerirla. No podía tragarla por más que la masticara.

Cuando Setrakian le había pedido que escogiera a una de las víctimas del vuelo 753, la primera que recordó fue a Emma Gilbarton, la niña que iba tomada de las manos de su madre. Le pareció una prueba que desvirtuaba la hipótesis de Setrakian: ¿cómo era posible que una niña muerta de doce años saliera de noche de una morgue en Queens y llegara hasta su casa en Freeburg?

Pero mientras se detenían frente a la casa de la familia Gilbarton, una propiedad suntuosa y de aspecto georgiano localizada en una calle ancha con casas espaciadas, Eph comprendió que solamente encontrarían a un hombre desgarrado por la pérdida de su familia, es decir, de su esposa y de su única hija.

Eph estaba un poco familiarizado con eso.

Setrakian bajó de la camioneta Explorer con su sombrero y con el largo bastón que no utilizaba para apoyarse. La calle estaba silenciosa a esa hora de la noche, y las luces resplandecían en el interior de algunas casas, pero no se veían personas por ninguna parte, y mucho menos coches circulando.

Todas las ventanas de la casa de los Gilbarton estaban oscuras. Setrakian les entregó unas lámparas con baterías y bombillas oscuras como las de las Luma, aunque un poco más pesadas.

Se acercaron a la puerta y Setrakian tocó el timbre con la empuñadura del bastón, pero no hubo respuesta. Intentó abrir la puerta con sus guantes, pues no quería dejar huellas.

Eph advirtió que el anciano estaba familiarizado con este tipo de procedimientos.

La puerta estaba firmemente cerrada.

—Vengan —dijo Setrakian. Le dieron la vuelta a la casa rodeada de una verja antigua; el jardín trasero era amplio y despejado. La luna irradiaba una luz intensa y sus cuerpos proyectaron una sombra larga sobre el césped.

Setrakian se detuvo y señaló con su bastón.

Un tabique sobresalía del sótano, y las puertas estaban completamente abiertas.

El anciano se dirigió hacia allí, seguido de Eph y Nora. Unas escaleras de piedra conducían al sótano oscuro. Setrakian observó los árboles altos que rodeaban el patio.

—No podemos entrar así sin más —dijo Eph.

—Es completamente arriesgado después del atardecer —señaló Setrakian—. Pero no podemos permitirnos el lujo de esperar.

—No, me refiero a que sería entrar ilegalmente. Primero deberíamos llamar a la policía —insistió Eph.

Setrakian le arrebató la lámpara y le lanzó una mirada de reproche.

—No entenderían lo que sucede aquí.

Encendió la lámpara, y las dos bombillas violeta emitieron una luz negra, semejante a las lámparas forenses utilizadas por Eph, aunque la luz era más caliente y brillante, y las baterías más grandes.

—¿Luz negra? —dijo Eph.

—La luz negra es simplemente UVA, una luz ultravioleta de onda larga. Es inofensiva, mientras que la UVB es de onda media y puede causar quemaduras o cáncer en la piel. Ésta —dijo alejando el rayo de luz— es una lámpara UVC de onda corta. Es germicida y se utiliza para esterilizar. Estimula y destruye los enlaces de ADN. La exposición directa es muy peligrosa para la piel humana y una verdadera arma cuando se utiliza contra un vampiro.

El anciano bajó las escaleras con la lámpara en una mano y su bastón en la otra. La luz ultravioleta ofrecía poca iluminación y parecía contribuir a la oscuridad en lugar de alumbrar. Sintieron la frescura de las paredes de piedra del sótano y vieron el brillo blanco y espectral del musgo.

Eph vio las escaleras oscuras que conducían al primer piso, una zona de lavandería y una antigua máquina de juegos flíper.

Y también un cuerpo tendido en el piso.

Era un hombre con un pijama a rayas. Se acercó a él con la determinación propia de un médico, pero se detuvo. Nora tanteó la pared al lado opuesto de la puerta y movió el interruptor, pero la luz no se encendió.

Setrakian se aproximó al hombre, sosteniendo la lámpara cerca de su cuello. El extraño resplandor índigo reveló una fisura pequeña y perfectamente recta al lado izquierdo de la garganta.

—Se ha transformado —dijo Setrakian.

El profesor le pasó la lámpara a Eph. Nora encendió la suya y alumbró su rostro, dejando al descubierto a un ser subcutáneo demencial, una máscara casi mortuoria con el ceño fruncido y sinuoso, de mirada indefinible pero indudablemente malvada.

Setrakian vio un hacha con mango de madera brillante y una reluciente hoja metálica de color rojo con visos plateados recostada contra un banco de trabajo. Regresó con ella entre sus manos torcidas.

—Espere —dijo Eph.

—Por favor, doctor, retroceda —señaló Setrakian.

—Simplemente está tendido en el piso —replicó Eph.

—No tardará en levantarse. —El anciano señaló las escaleras que conducían a las puertas abiertas del sótano sin retirar la mirada del hombre tendido en el suelo—. La niña está alimentándose de los demás. —Setrakian levantó el hacha—. Doctor, no le estoy pidiendo que me perdone. Lo único que le pido es que se haga a un lado.

Eph notó la determinación en el rostro de Setrakian y comprendió que el anciano utilizaría el arma aunque él se interpusiera. Eph dio un paso atrás. El hacha era pesada para la edad y complexión de Setrakian. La levantó con los dos brazos sobre su cabeza; la hoja metálica casi le tocaba la espalda.

Relajó los brazos y bajó los codos.

Giró su cabeza hacia las puertas abiertas y escuchó.

Eph también oyó el sonido de la hierba seca al ser aplastada. Inicialmente creyó que era un animal, pero no; eran movimientos de un bípedo.

Eran pasos humanos —o que alguna vez lo fueron—, acercándose.

Setrakian bajó el hacha.

—Manténganse en silencio al lado de la puerta y ciérrenla cuando entre. —Tomó la lámpara que tenía Eph y le entregó el hacha—. Ella no debe escapar.

Se dirigió al otro lado de la puerta, donde estaba su bastón. Apagó la lámpara y desapareció en la oscuridad.

Eph estaba de espaldas contra la pared. Nora estaba a su lado y ambos temblaban en aquel sótano, en medio de la oscuridad de una casa que no conocían. Los pasos se hicieron más cercanos; eran suaves y livianos.

Permanecieron a la espera. Una sombra débil se proyectó en el suelo del sótano: una cabeza y unos hombros.

La silueta comenzó a bajar las escaleras.

Eph, quien estaba a menos de tres metros de distancia con el hacha apretada contra el pecho, quedó paralizado al ver el perfil de la niña. El cabello rubio le caía sobre los hombros. Llevaba un camisón de noche que le llegaba a las espinillas. Estaba descalza, los brazos extendidos, erguida con una quietud y un equilibrio peculiar. Su pecho se expandía y contraía, pero de su boca no salía aliento alguno.

Eph no tardaría en descubrir muchas otras cosas. Por ejemplo, que los sentidos del oído y del olfato de los infectados se agudizaban notablemente; que ella podía oír la sangre de los tres circulando, que podía oler el dióxido de carbono exhalado cuando respiraban; y que la visión era el menos agudo de sus sentidos. Se encontraba en una fase en la que los colores se hacían borrosos, y su vista térmica —la capacidad de «leer» señales de calor como halos monocromáticos— aún no se había desarrollado del todo.

Avanzó unos pocos pasos, evitando el rayo de luz y adentrándose en la oscuridad del sótano. Un fantasma había entrado allí. Eph debía cerrar la puerta, pero se quedó petrificado por la presencia de la niña.

Ella se dirigió a donde estaba Setrakian, quien encendió su lámpara. La niña le lanzó una mirada inexpresiva y el anciano se le acercó. Sintió el calor de la lámpara y se dio la vuelta para escapar por la puerta.

Eph la cerró de un golpe y el portazo fue tan fuerte que todo el sótano vibró; Eph creyó que la casa se iba a desplomar sobre ellos.

Entonces vieron de lleno a Emma Gilbarton. Tenía un aura violeta a los lados, y Eph vio destellos de índigo en sus labios y en su pequeño mentón. Era una imagen extraña, como la de quien va a una fiesta de música electrónica con maquillaje fluorescente.

Eph recordó que la sangre tenía un color índigo bajo la luz ultravioleta.

Setrakian la alumbró para hacerla retroceder. Su reacción fue instintiva y confusa, y retrocedió como si estuviera frente a una antorcha encendida. Setrakian la persiguió sin compasión y la arrinconó contra una pared. De las profundidades de su garganta brotó un sonido grave y gutural de malestar.

—Doctor —lo apremió Setrakian—, venga de inmediato.

Eph iluminó a la niña con la lámpara después de entregarle el hacha a Setrakian.

El anciano retrocedió. Lanzó el hacha al suelo y sostuvo el bastón, agarrándolo por debajo de la empuñadura con cabeza de lobo. Movió la muñeca con firmeza y retiró la empuñadura.

Sacó una espada de la vaina de madera.

—Apresúrese —dijo Eph, al ver a la niña contra la pared, acorralada por los rayos letales de la lámpara.

La niña vio la espada del profesor, que tenía un resplandor casi blanco, y algo semejante al miedo se reflejó en su rostro, haciéndose cada vez más intenso.

—¡Deprisa! —dijo Eph, queriendo terminar con aquello de una vez por todas. La niña siseó, y Eph vio la sombra oscura en su interior, debajo de su piel; era un demonio luchando por salir.

Nora observó al padre de la niña que yacía en el suelo. Su cuerpo comenzó a moverse y abrió los ojos.

—¿Profesor? —lo llamó Nora.

Pero el anciano estaba totalmente concentrado en la niña.

Nora observó a Gary Gilbarton sentarse y levantarse con sus pies descalzos: era un hombre muerto en pijama y con los ojos abiertos.

—¿Profesor? —dijo Nora de nuevo, encendiendo la lámpara.

La lámpara titiló. Ella la agitó, golpeando el compartimiento de las baterías. La lámpara se encendió y se apagó de manera intermitente.

—¡Profesor! —gritó ella.

El rayo de luz intermitente había captado la atención de Setrakian. Se dio la vuelta para mirar al hombre, que parecía confundido e incapaz de sostenerse. Con destreza antes que con agilidad, Setrakian doblegó a Gilbarton después de clavarle la espada en el estómago y en el pecho, causándole varias heridas, de las que emanó un líquido blanco.

Eph, quien estaba frente a la niña, observando cómo ese demonio se consolidaba en su interior, y sin saber lo que estaba sucediendo a sus espaldas, gritó:

—¡Profesor Setrakian!

El profesor golpeó al hombre en las axilas para que bajara los brazos, le cortó los tendones detrás de las rodillas, y el hombre se desplomó. Setrakian levantó la espada, pronunció unas palabras en una lengua extranjera, como un conjuro o un pronunciamiento solemne, y luego traspasó el cuello del hombre separándole la cabeza del tronco, haciéndola rodar por el suelo.

—¡Profesor! —volvió a llamar Eph, torturando a la niña con la lámpara; a esa niña que tenía casi la misma edad que Zack, sus ojos desorbitados y llenándose de color índigo, lágrimas de sangre, mientras el ser que había en su interior se encolerizaba.

Abrió la boca como si fuera a hablar o a cantar. Siguió abriendo la boca y de detrás de su lengua salió un aguijón. El apéndice se inflamó a medida que la tristeza de la niña se transformaba en hambre, y sus ojos brillaban casi con ansiedad.

El anciano se acercó con la espada.

—¡Retrocede, strigoi! —le dijo.

La niña lo miró con sus ojos todavía centelleantes. La espada de Setrakian estaba manchada de sangre blanca. Pronunció las mismas palabras de antes y le descargó la espada con las dos manos sobre el hombro. Eph retrocedió para esquivar el sablazo.

La niña había alzado la mano en señal de protesta, y la espada se la amputó antes de cercenarle la cabeza. El corte fue impecable y completamente plano. La sangre blanca brotó contra la pared de una manera extraña y repugnante, y su cuerpo cayó al piso. La cabeza y la mano de la niña cayeron sobre el cuerpo sin vida de su padre, y la cabeza rodó por el suelo.

Setrakian bajó la espada y le arrebató la lámpara a Eph, alumbrando el corte casi con un gesto triunfal. Pero no había razones para celebrar: Eph vio unos animales que se retorcían en el charco de sangre blanca y espesa.

Eran los gusanos parasitarios. Formaron un ovillo y permanecieron inmóviles al ser golpeados por la luz.

Eph escuchó pasos en las escaleras y vio que Nora se apresuraba hacia el tabique. Corrió tras ella, y por poco tropieza con el cuerpo decapitado de Gary. Salió al césped y respiró el aire nocturno.

Nora corrió hacia los árboles oscuros. Él la alcanzó antes de llegar a la arboleda y la estrechó entre sus brazos. Ella gimió contra su pecho, como si tuviera miedo de permitir que su llanto escapara en la noche, y Eph la mantuvo abrazada hasta que Setrakian salió del sótano.

La respiración del anciano formaba un vaho en la noche fría, y su pecho se agitaba debido al cansancio. Se llevó la mano al corazón. Su cabello blanco se veía brillante y despeinado a la luz de la luna, y le daba el aspecto de un loco, tal como le parecía todo a Eph en ese instante.

Limpió la espada en la hierba antes de enfundarla en el bastón. Unió las dos piezas con firmeza, y el bastón adquirió su aspecto habitual.

—Ya ha sido liberada —dijo—. La niña y su padre descansan en paz.

Se miró los zapatos y los pantalones en busca de sangre de vampiros. Nora lo miró extrañada.

—¿Quién es usted?

—Un simple peregrino —respondió él—. Al igual que usted.

Eph se sentía nervioso mientras iban hacia la camioneta. Setrakian abrió la puerta y sacó otro juego de baterías. Las cambió iluminado por la lámpara de Eph y revisó la luz púrpura contra un costado de la camioneta.

—Esperen aquí, por favor —les dijo.

—¿A qué? —preguntó Eph.

—Ustedes vieron la sangre en los labios y en la barbilla de la niña. Ella ya se había alimentado. Me falta hacer una cosa más.

El anciano se dirigió hacia la casa de al lado. Eph lo observó, y Nora se apartó para recostarse contra la camioneta. Tragó saliva con esfuerzo, como si estuviera a punto de enfermar.

—Acabamos de matar a dos personas en el sótano de una casa.

—Esto no es algo transmitido por seres humanos, sino por quienes han dejado de serlo.

—¡Dios mío! Son vampiros…

—La regla número uno es combatir siempre la enfermedad, y no a sus víctimas —afirmó Eph.

—No se puede satanizar a los enfermos —añadió Nora.

—Sólo que ahora… los enfermos son demonios. Los infectados son vectores activos de la enfermedad y tienen que ser neutralizados, aniquilados, destruidos.

—¿Qué dirá el director Barnes?

—No podemos esperar a que formalice los trámites; esto ha llegado demasiado lejos —contestó Eph.

Guardaron silencio. Setrakian no tardó en regresar con su bastón-espada, y la lámpara aún caliente.

—He terminado —dijo.

—¿Terminado? —exclamó Nora, todavía apabullada por lo que había visto—. ¿Qué sigue a continuación? Estamos hablando de casi doscientos pasajeros más…

—La situación es crítica. Han transcurrido más de veinticuatro horas, y la segunda ola de propagación está acaeciendo en estos momentos.