Capítulo 13

TANTAS cosas descubrió Louisa en el curso de un par de días, que recurrió a una táctica a la que había renunciado hacía cinco años: volvió a escribir en su diario.

¿Cómo habían hecho sus padres para educar a diez hijos? Por supuesto, el duque gritaba de vez en cuando. Por supuesto, la duquesa había aprendido a sofocar las rebeliones adolescentes con sólo alzar una ceja, y a dar ánimo con una silenciosa sonrisa.

Por supuesto, sus padres habían sido firmes aliados, porque era la única alternativa posible cuando tantos niños necesitaban cuidado y amor.

Y eso le hizo recordar algo realmente fascinante: el primer anhelo de Louisa antes de desear dirigir el observatorio de Greenwich, antes de querer pertenecer a la Royal Society, antes de que sus suspiros se dirigieran a las conferencias de los eruditos de Cambridge —todas aspiraciones desafortunadas—, su primer sueño había sido tener una gran familia propia.

Los detalles siempre habían sido vagos, pero incluían cuentos de hadas en la habitación de los niños, pequeñas historias escritas por ella para sus hijos pequeños, cartas a su madre sobre las visitas a sus tías y tíos; siempre había libros, siempre estaba presente su escritura, pero, sobre todo, siempre se hallaba su familia.

¿Cuándo había dejado de lado ese simple y prosaico sueño por cosas a las que, siendo realista, ninguna mujer podía aspirar?

Louisa deseaba no sólo educar a las hijas de Joseph con él, no sólo ser una esposa sumisa y una buena compañera, sino también educar a más hijos.

A sus propios hijos.

—Fleur y Amanda son nuestras hijas —informó a un rechoncho gato que respondía al nombre de Limerick. El pelo de la bestia era casi toda negro, pero tenía manchas rojizas que le daban un efecto maravilloso.

—He añadido a su fallecida madre a la lista de personas por las que rezo todas las noches —continuó Louisa—. Querré a esas niñas durante el resto de mis días, pero he llegado tarde a sus vidas.

Se quedó en silencio y el gato se levantó desde su sitio en el rincón del escritorio de Joseph y se paseó airado por debajo de la barbilla de Louisa, meneando la cabeza para acariciarla.

—No las he tenido en brazos cuando eran bebés, no las he dormido meciendo su cuna. No tuve nada que ver en la elección de su nombre. No las ayudé a empezar a caminar ni las he visto sonreírme antes de que tuviesen dientes.

Louisa echó un vistazo a la breve misiva que un mensajero le había traído de parte de su esposo después del atardecer:

Terminé pasando el día en Londres. Me marcho a Surrey por la mañana. Echo de menos a las damas de mi casa. Mantente abrigada hasta que volvamos a vernos.

Con amor,

Joseph

«Con amor.»

El amor podía querer decir muchas cosas diferentes, desde la sufrida paciencia que la duquesa exhibía con frecuencia hacia el duque, a la tímida sonrisa que Maggie esbozaba al admitir que dormía en la misma cama que su conde todas las noches. El amor podía ser la ardiente pasión que Westhaven sentía por su mujer y no podía ocultar, o las silenciosas miradas que la esposa de Valentine le dirigía a éste.

En Joseph era una simple palabra en una escueta nota, pero qué adecuado que hubiera escogido la pluma y el papel para decírselo por primera vez. Había audacia en el hecho de que empuñara su pluma para semejante propósito. Louisa sabía mejor que nadie cuánto tiempo permanecía como evidencia la palabra escrita.

Y se lo había escrito a ella, sólo a ella.

Dios santo, deseaba tener un bebé —diez bebés— con Joseph.

—Echo de menos a un hombre con el que sólo he estado casada un puñado de días, gato. ¿Qué crees que significa eso?

Levantó al animal, lo hizo a un lado, abrió su diario, se arregló el batín de Joseph sobre los hombros y hurgó en un cajón para buscar un cortaplumas.

Lo único que encontró fue un libro contable. Era el mismo que Joseph había estado mirando durante todo el trayecto a Kent. Un libro de contabilidad que había visto en su escritorio en la ciudad, un grueso volumen verde con lazos rojos cosidos al lomo para marcar las páginas. En la cubierta, en relieve, había una dirección en letras doradas.

El gato se aposentó en el escritorio y puso las patas delanteras sobre el diario abierto de Louisa.

—No debería.

Pero sabía que Joseph le mostraría sin duda el contenido del libro si ella se lo pedía. Él había sido franco al punto del descaro acerca de las finanzas en general, y el cajón del escritorio no era exactamente un lugar donde ocultar secretos.

Miró con más atención el libro sin sacarlo del cajón.

Aquella dirección le sonaba…

Su aletargado cerebro se despertó y Louisa recordó dónde la había visto antes, escrita con letra femenina…

—Es la misma dirección del orfanato que Sophie colocó en primer lugar de su lista, el que está en Surrey.

El gato comenzó a ronronear, con un suave ruido sordo que combinaba alegremente con el crepitar del fuego cercano. Louisa cogió el libro y lo abrió sobre su regazo para no molestar al animal.

Las entradas eran de hacía más de cinco años y registraban una infinidad de gastos del hogar contra un depósito mensual considerable. La casa tenía mucho personal, con lacayos y criadas. Los gastos de carbón eran prodigiosos, así como los que correspondían a comida, sábanas, ropa, zapatos, cuadernos, delantales…

«¿Delantales?»

—Ese hombre. —Louisa pasó una página y recorrió con un dedo las entradas, al tiempo que la invadía un extraño calor—. Ese adorable y maldito…

Se interrumpió en las entradas de diciembre del año anterior. Cualquier hija Windham sabía lo que hacía falta para preparar un budín navideño, y vio que la cantidad de frutas confitadas y almendras que se compraban para la casa era asombrosa.

—Cuerdas de saltar, de las que les encantan a los muchachos, y muñecas, peonzas, naranjas y dos juegos completos de críquet, probablemente uno para los niños y otro para las niñas; colchas de franela y zapatos. Dios santo, el lugar bien podía mantener ocupado a un taller de zapateros entero.

Cerró el libro de contabilidad y, cuando fue a dejarlo donde lo había encontrado, una hoja de pergamino cayó de entre sus páginas. La letra no era la caligrafía nítida y segura de su esposo, sino que parecía más bien unos confusos garabatos:

Suponiendo que sobrevives al duelo de honor, ¿cuánto estarías dispuesto a pagar para que tu flamante esposa no sepa de tus numerosos adulterios en España?

—¿Qué diablos? —Cogió el papel entre el índice y el pulgar, como si estuviese impregnado de una sustancia venenosa. Volvió a leer el mensaje, pero nada cambió en el vil sentimiento que comunicaban aquellas palabras.

—Alguien está amenazando a Joseph.

El gato entrecerró los ojos por toda respuesta.

—Algún tonto, probablemente el mismo que me envió a mí aquella execrable nota la semana pasada, está intentando amenazarlo.

Devolvió el horrible papelito al interior del libro, dejó éste otra vez en el cajón y comenzó a andar arriba y abajo. Sus medias de lana se deslizaban sobre el suelo de madera en cada rincón de la habitación.

—No puedo creer el descaro… Joseph ya tiene bastante con lidiar con sus duelos, sus huérfanos y casándose conmigo… Qué atrevimiento… qué desfachatez… qué…

Cogió al gato y acunó su pesado y peludo cuerpo cerca del suyo.

—Debemos continuar con lo que teníamos planeado, gato. Estas amenazas y secretos simplemente no funcionarán. Para Navidad, le ofreceré mi esposo nada menos que toda mi honestidad y saldremos adelante de las dificultades como la buena pareja que somos.

Eso sonó como una bonita intención, especialmente cuando su querido esposo estaba en el condado vecino y aún faltaban varios días para la Navidad.

 

 

 

Westhaven se consideraba un hombre razonablemente listo, pero las circunstancias que lo obligaban a sentarse a escribir lo desconcertaban por completo.

Gayle, conde de Westhaven, a sus señorías el conde de Hazelton, el conde de Rosecroft, lord Valentine Windham y Wilhem, barón Sindal.

Caballeros:

He recibido un regalo anónimo de doce ejemplares de cierto librito que ha sido dejado con sigilo en mis establos. Hablaremos más del asunto en Moreland el martes próximo.

Westhaven

—Esposo, no pareces contento.

Westhaven alzó la mirada y vio a su esposa mirándolo desde la puerta del estudio.

—Estoy contento, pero también un poco confuso.

—Entonces se trata de algo que tiene que ver con la familia, ¿verdad? —Anna cruzó la habitación para mirar por encima de su hombro, lo que significaba que su querida, dulce y confiada esposa iba a sentarse en su regazo. La puerta estaba cerrada y su hijo estaba cumpliendo con una de las más benditas instituciones familiares, la hora de la siesta.

—Mi desconcierto tiene que ver con los libros de Louisa —le informó a su esposa, hablándole a un tierno lugar por debajo de su tentadora oreja—. La cantidad de ejemplares en circulación acaba de reducirse a la mitad, pero no tengo ni idea de a quién debo agradecerle este avance. Quizá Papá Noel haya decidido intervenir en los asuntos de mi hermana.

Anna le rodeó el cuello con los brazos y él pudo oler su atractivo y femenino perfume a madreselva.

—Yo tengo una idea —dijo su fragante, tibia y curvilínea condesa. Y le susurró algunas palabras al oído, palabras que lo hicieron fruncir el cejo.

—Por Dios, esposa, ahora sí que me asombras. Mandaré que lo busquen, algo formulado de manera un poco ambigua pero comprensible para averiguar si es nuestro benefactor. Tanta intriga no podía sino provenir de alguien como él.

Anna se inclinó y le susurró algo más y él volvió a sorprenderse… Tan sorprendido estaba que se puso en pie con ella en brazos, la tumbó en el sofá y cerró la puerta con llave.

 

 

 

Soneto cogió el ritmo al tiempo que Joseph lo dirigía hacia el camino, lo cual demostraba que el animal estaba en mejores condiciones que su dueño. En lugar de ser sensato y permanecer otra noche en Surrey, Joseph se había obligado a sí mismo y a su montura a emprender el regreso a casa, aprovechando la luz de una luna creciente sobre la nieve.

Había prometido a todos los de la casa de Surrey que regresaría para Navidad o al día siguiente, lo cual sería una tarea bastante delicada. Al día siguiente era más probable, pero la Navidad era una especie de tradición, una que echaría muchísimo de menos si se viese obligado a sacrificarla.

Los mozos de cuadra atendieron al caballo mientras Joseph se detenía un instante en la terraza trasera, pensando en lo que lo esperaba dentro.

Permaneció allí sólo un momento, pero finalmente entró porque hacía un frío espantoso. Todo estaba cubierto de blanco, inmóvil, como sólo una noche de invierno podía estarlo, y todo en completo silencio. En paz.

Dentro quizá no hubiese esa misma paz. Dentro, Joseph iba a tener que explicar a su flamante esposa que, aunque los asuntos en Surrey se desarrollaban con normalidad, se perfilaba una amenaza. Una amenaza para la paz mental de la familia y posiblemente para la seguridad y el bienestar de los niños.

—¿Joseph? —Louisa apareció en la puerta trasera, con una de las viejas batas de él—. Ven aquí ahora mismo. Te morirás de frío, mirando las estrellas en una noche tan fría.

Cruzó la terraza y se puso de puntillas para besarlo.

En los labios helados Joseph sintió su tibieza, dulce y generosa. Ella suspiró, le rodeó el cuello con los brazos y posó la cabeza en su hombro.

—Espero que tu viaje haya transcurrido sin incidentes.

«Sin incidentes.»

Era la misma expresión que el duque había usado la mañana del duelo para decirle a la duquesa que todo había salido bien. Y, sin embargo, al tiempo que Joseph saludaba a su esposa, le pasaba un brazo por los hombros y la escoltaba hasta la casa, pensaba que sí había habido algunos «incidentes».

Una vez dentro, olió la canela del pan recién horneado, un aroma que llenaba su bendita y acogedora casa. Louisa caminó a su lado por el piso de abajo, y al olor que le llegaba se sumó el de la cera de abeja, una esencia producida por un par de altas velas que flanqueaban la entrada principal, adornadas con cintas rojas.

Toda la casa estaba decorada con ramos verdes, incluidas las barandillas de la escalera principal. En las ventanas había laureles, alternados con naranjas con clavo y, en algunos lugares estratégicos, ramos de muérdago.

—Aun corriendo el riesgo de aburrirte con mis sentimientos, has de saber que te he echado de menos —dijo Louisa mientras lo guiaba hacia la biblioteca, que era el lugar más caliente de la casa. No un calor agobiante, sino… acogedor.

En cuanto cerraron la puerta tras ellos, Louisa se estrechó contra él de nuevo.

—Ni siquiera he dejado que te quites la capa.

Joseph la rodeó con los brazos y el placer que experimentó con sólo tenerla contra él, sana, abrigada y contenta, era casi un acontecimiento en sí mismo. Sintió como si algo se le desatara en el pecho; como si algo se suavizara en su mente.

—Yo también te he echado de menos. ¿Estás bien?

Ella apretó la nariz contra su garganta.

—Estoy bien.

Demasiado tarde por culpa de su cansado cerebro, Joseph advirtió que el significado de su pregunta tenía un alcance mayor del que parecía a simple vista. Resistió la urgencia de cerrar con llave la puerta de la biblioteca.

—¿Y las niñas?

—Espléndidas. Les he dicho que mañana pueden bajar a desayunar con nosotros si se portan bien.

—Por supuesto.

—Hay una bandeja para ti en el aparador.

No quería dejarla ir, ni siquiera para llenar el inmenso vacío que sentía en el estómago. Le besó la mejilla y permitió que lo llevara al otro lado de la estancia.

—Normalmente, asalto la despensa, Louisa. No pretendo que tú ni el personal me esperéis despierto cuando regreso a casa.

Ella se detuvo ante el aparador y comenzó a desabrocharle la capa.

—Puedo leer poesía durante horas, Joseph; y si no hubieses llegado antes de la medianoche, habría enviado un mensajero a Moreland para que le mandase un mensaje a Westhaven.

—¿Qué podría hacer tu hermano?

—Está en Surrey. Podría haber hecho el camino hasta tu propiedad y mandarte un mensaje para saber si estabas bien o si te habían asaltado unos bandidos. —Le quitó la capa y él sintió que, al mismo tiempo, también le quitaba un simbólico peso de los hombros—. Deduzco que no fuiste a visitarlo.

—No, no lo hice. —Aunque había entrado y salido de su propiedad sin ser visto, en un ejercicio que había reavivado en él los recuerdos de cuando se deslizaba tras las líneas enemigas en España—. Louisa…

Ella comenzó a desatarle el pañuelo de cuello, con manos rápidas y ágiles… y qué alivio la sensación de liberación que experimentó Joseph en ese momento.

—Ven, come. —Se dirigió a la chimenea, colocó la bandeja en una mesa baja y cogió un par de cojines, que dejó junto al fuego—. Estás cojeando, ¿sabes?

Joseph había intentado no hacerlo.

—El frío no ayuda. —Ella se volvió para acercarle también un servicio de té del aparador, pero Joseph la atrapó por la cintura—. En serio, no tenías que esperarme despierta.

Lo que realmente había querido decir, lo que se había desafiado a sí mismo a decir, era simplemente: «Te amo».

Ésa era su manera de amar, aquella pragmática demostración de afecto y compañía. No había nada romántico en eso, nada grandioso ni trascendental, pero respondía a una necesidad que Joseph no podría haber expresado con palabras.

Quizá Louisa, con su dominio de las frases y su capacidad para las lenguas, pudiese encontrar las palabras justas, pero lo único que él podía hacer era abrazarla y hacer declaraciones muy simples.

—Gracias, esposa. Aprecio mucho tu hospitalidad.

Dentro de poco, tendrían que mantener difíciles conversaciones sobre cartas amenazadoras y decisiones tomadas años antes de ir a España, pero faltaba tiempo para eso.

Louisa permaneció en silencio entre sus brazos, acariciándole el pecho con aire ausente.

—No he dormido en mi cama mientras no estabas.

Ni había usado su camisón ni sus medias, le dijo, sino los de él; todo eso le proporcionó a Joseph una satisfacción extraordinaria.

La soltó y le dio una palmada en su redondeado trasero. Ella sirvió el té y Joseph se acomodó junto al fuego.

—¿Quieres un poco de láudano para la pierna? —Dejó la bandeja y le quitó las botas, una bendición más allá de lo imaginable, y luego retiró el calentador que cubría la tetera.

—¿Es nuevo ese calentador?

Sí que le dolía la pierna, pero menos que antes, porque ahora se encontraba en una casa confortable.

—La bordé para mi ajuar. Eve y Jenny lo hacen mucho mejor, pero es lo primero que hice y me gusta lo bastante como para tenerlo en casa.

Ella pareció alegrarse de que él lo hubiese notado, pero era el único calentador que Joseph había visto con la imagen medieval del unicornio y la doncella.

—A mí también me gusta. Es original.

—Raro, quieres decir. —Louisa cogió la tetera para servirle un poco de té, con la oscura trenza sobre un hombro.

—Adorable, quiero decir. —Le llevó la trenza a la espalda—. Insólito, inusual, el único que he visto de este tipo en mi vida.

—Come un bocadillo.

Él cogió uno y luego dos más, comiéndoselos en un tranquilo silencio, mientras Louisa le servía más té y le acariciaba la pierna con aire ausente.

Cuando terminó de comer, completando la cena con uvas (que sin duda provenían de Moreland y que su esposa le dio en la boca una a una), advirtió que ella estaba esperando que terminase.

—¿Nos esperan en Moreland durante las fiestas? —Pasó un brazo por encima de los hombros de Louisa mientras formulaba esa prosaica pregunta, al tiempo que notaba cómo una agradable relajación se apoderaba de él.

—Podemos ir si queremos. Aún tengo que llevar allí a las niñas, que por cierto se portaron muy bien en casa de Sophie. Sindal me dijo que te dijera que es tu aliado. Espero que Hazelton haga lo mismo.

—Yo quiero que tú seas mi aliada.

De hecho, era algo que deseaba con desesperación.

Algo indescifrable pasó un segundo por los hermosos ojos verdes de Louisa.

—Jamás dudes de eso. —Le apoyó la cabeza en un hombro y, si de él dependiese, se quedaría dormido allí mismo, junto a la chimenea—. Las muchachas te regalarán un bastón para Navidad.

Necesitaba un bastón. Lo ayudaría a ponerse en pie frente a las cálidas chimeneas con una postura mucho más elegante.

—No he encontrado ponis para ellas, aunque supongo que debería ser algo fácil de conseguir.

Guardaron silencio y detrás de ellos cayó un tronco lanzando una lluvia de chispas.

—¿Vendrás conmigo a la cama ahora? —preguntó Louisa.

Joseph parpadeó, preguntándose qué secretos se ocultarían detrás de esas palabras. Podía demorarse y quedarse un rato escribiendo en el libro de contabilidad de Surrey para ponerlo al día. Podía decirle también que estaba cansado; de hecho, lo estaba, y mucho, cuando se apeó del caballo. O podía esforzarse para ponerse en pie, llevar a su esposa a la cama y consumar su matrimonio.

—¿Que si voy contigo a la cama? —Hundió la nariz en su pelo, que olía a flores, a pan recién horneado y a clavo—. Encantado… si es que consigo ponerme en pie.

Ella lo ayudó a levantarse con bastante gracia y, antes de que él se diese cuenta, Joseph estaba en su habitación, con la puerta cerrada y su esposa desabrochándole la camisa.

 

 

 

—«Y todo esto que miras a tu amor lo hace más fuerte para amar lo que no mucho tardará en perderte.»

El duque alzó la vista de los melancólicos y tiernos sentimientos del Bardo y descubrió que la duquesa no estaba exactamente fascinada por el recitado de su soneto favorito. Por el contrario, fruncía el cejo con hostilidad ante una pequeña pila de pequeños libros rojos que había sobre la mesa, todos volúmenes idénticos.

—Parecen tan insignificantes e inofensivos. —El duque dejó el libro de Shakespeare a un lado mientras hacía ese comentario y se dirigía a la media docena de decantadores que había en el alféizar de la ventana, bajo una fragante rama de pino verde—. Sólo un libro de poesía más entre muchos libros de poesía.

Su esposa alzó una copa, pidiéndole que le sirviese un poco más.

—Algunos de estos poemas son brillantes. —Su tono era triste, lo que a su marido le rompió el corazón.

—Si la nota de Westhaven significa lo que creo que significa, los tenemos casi todos, Esther. Debería haber imaginado que Victor pondría a toda la familia a trabajar.

Ella bebió un sorbo de su copa; era una concesión que hacía en el campo, sólo en lo más crudo del invierno.

—Y entonces nadie podrá utilizar esta tontería de nuestra hija… o su genio.

De ahí venía su tristeza.

—Te culpas de ello, pero, milady, los comienzos de Louisa no pueden ser consecuencia de haber encontrado algunas viejas cartas de esa lady Mary Montagu. Las incitaciones de Victor tuvieron mucho que ver con eso y también las bromas de los demás.

—Louisa leyó sobre los viajes por Constantinopla, y también los malditos y condenados poemas. No debería haberle prestado el libro, Percy.

La duquesa nunca usaba ese lenguaje. Que se desahogase de ese modo daba la medida de su desesperación como madre… y quizá fuese resultado de haber hecho varias visitas al decantador, aunque contase con la complicidad de su esposo.

—Algunos de los poemas de lady Mary son encantadores. —Pícaros y encantadores. El duque tomó un sorbo de una bebida bastante buena—. Los hermanos de Louisa tienen mucha responsabilidad en esto, esperando que les hiciera las traducciones para sus clases y para la mitad de sus compañeros en la universidad. Los muchachos jóvenes son una ruina para la civilización.

—Tú fuiste un muchacho joven una vez.

Su esposa le dirigió una mirada de aprobación tan pura que el duque pensó que debía abrir el coñac más a menudo y que el viejo y trágico Bardo bien podía irse al demonio.

—Y tú, querida, todavía pareces la ágil muchachita que tuvo la osadía de atrapar a un oficial joven y arrogante al que le hacía mucha falta una esposa.

Compartieron un momento de silencioso recuerdo y el reloj del rellano dio la hora.

—Debemos retirarnos a dormir, Percival. Ya casi es Navidad y todavía hay mucho por hacer. Los muchachos vendrán a visitarnos y después tendremos la celebración de puertas abiertas de la noche de Navidad, para la que hay que cocinar muchísimas cosas mañana mismo.

—La casa ya tiene un aspecto bastante festivo, cariño. No cabría esperar un hogar más acogedor. ¿Irás a visitar a Louisa mañana?

La duquesa contempló su copa.

—Estoy esperando que tome la iniciativa. Joseph y ella tienen algunos asuntos que arreglar.

Miró los malditos libros, que su esposo habría estado encantado de arrojar al fuego, aunque no hubiese servido de nada. Victor había sido muy claro acerca de que todos los volúmenes debían ser devueltos a su autor. Durante varios años, el duque no había sabido cómo hacer algo así sin avergonzar terriblemente a su hija.

Al parecer, Westhaven había resuelto el dilema. Si podían conseguir algunos libros más, la pequeña dificultad de Louisa sería finalmente superada… y sin necesidad de proyectar una ominosa sombra sobre su reciente matrimonio.

 

 

 

Ahora que el momento había llegado, Louisa sintió una curiosa vacilación y Joseph, siempre atento, debió de notar que su resolución flaqueaba.

—¿Louisa?

Estaba en pie junto a la cama, mirándola, y en su expresión había rastros de fatiga y de alguna grave e íntima emoción que ella no podía mirar directamente.

Louisa se echó en la cama y se pasó una mano por la frente.

—¿Te duele la cabeza, esposa? —Permaneció donde estaba, de pie junto al lecho.

Ella negó con la cabeza cuando lo que deseaba hacer, lo que debería hacer, era desvestir a su esposo.

—«¿Por qué ocultas tu hermoso rostro?»

Alzó la cabeza.

—¿De quién es eso?

—Del viejo John Wilmot, conde de Richmond en los días de Carlos II. ¿Por qué no calientas las sábanas mientras yo voy a lavarme?

Después de recitar un verso, adoptaba un aire práctico. Sin embargo, Louisa aceptó la sugerencia, porque ella se había quedado sin ideas. En pocos minutos su matrimonio se transformaría en un hecho irreversible, y la asaltaban las dudas.

¿Qué pasaría si no era buena en esto, eso y… aquello? ¿Qué pasaría si la primera esposa de Joseph había sido la compañera ideal en cuando a las intimidades maritales y era un precedente con el que ella jamás podría competir? ¿Qué pasaría si Louisa no podía darle hijos a su esposo, lo cual, después de todo, era el objetivo de lo que estaban a punto de hacer?

Vio que Joseph había llenado el calentador de cobre con carbones y que se lo entregaba con su largo mango.

Louisa se puso en pie y lo cogió.

—Gracias.

—Había más nieve al oeste de aquí —señaló él mientras terminaba de desabrocharse la camisa—. Aunque no hacía más frío.

Ella abrió las mantas y pasó el calentador por las sábanas.

—¿Y los caminos?

—Pasables. Soneto no es quisquilloso en nuestros paseos. —A continuación les tocó el turno a los gemelos de las mangas, que dejó en una bandeja en el guardarropa—. ¿Te parece que debería comprarles los ponis a las niñas?

—Yo esperaría hasta la primavera. Podemos llevarlas sentadas delante de nosotros hasta que llegue el buen tiempo. Un cachorro será suficiente por ahora.

Joseph se quitó la camisa y se detuvo antes de bajarse los pantalones.

—Un maldito perro. Hacen ruido, huelen mal y dejan rastros de suciedad por toda la casa. ¿De verdad estás sugiriendo que les regale un perro?

—Posiblemente dos, si las niñas no saben compartir.

—A mí me comparten bastante bien. —Sin una sola prenda puesta, Joseph se acercó a la chimenea y se lavó con el agua que Louisa había dejado calentándose junto al fuego. Para tranquilizarse un poco, ella se ocultó tras el biombo y usó el polvo dentífrico de nuevo.

Dios del cielo, su esposo era un hombre hermoso. Incluso la cojera le daba un aire viril.

Oyó que sumergía una esponja en el agua.

—Puedo preguntarle a tu padre si sabe de alguna camada de perros en la zona. ¿Mañana es demasiado pronto para visitar a los duques?

«Mañana.»

Al día siguiente, el matrimonio de Louisa estaría completa y verdaderamente consumado. ¿Cómo podía pensar en las visitas cuando esa realidad ocupaba todo su pensamiento?

—Mañana estará bien. Las niñas están deseosas de conocerlos.

Más sonido de agua. Louisa espió por el biombo y vio a Joseph con un pie sobre la chimenea, pasándose una toalla por el pecho. Su piel húmeda brillaba a la dorada luz del hogar y la línea de su espalda desnuda y su costado…

Ella no sabía que un hombre pudiese ser pura poesía. Oh, había visto las esculturas de los mármoles de Elgin, había visto a sus hermanos en la adolescencia, pero Joseph…

—Se enfriarán las sábanas, esposa. Métete en la cama.

Las sábanas iban a entrar en combustión espontánea si Louisa se posaba en ellas, pero no podría precisar si era por efecto del anhelo o del miedo.

A fuerza de puro autocontrol, se dirigió a la cama.

—Tienes un comportamiento muy prosaico cuando estás así expuesto, Joseph Carrington.

Él se encogió de hombros y sus musculosos hombros fueron… más poesía.

—No creo que una mujer casada deba ser remilgada… y alguien me ha robado el batín.

Ella intentó mantener la mirada fija en la barbilla de su esposo.

—Tienes otros.

—Ése es mi favorito… en este momento. Me gustaría incluso más si permites que te lo quite.

Al tiempo que se aproximaba a ella, Louisa no pudo ignorar que él se estaba excitando.

—No es necesario que lleguemos a la intimidad esta noche —añadió Joseph—, pero tampoco veo que tenga sentido seguir demorándolo.

—Por supuesto que llegaremos a la intimidad. —Las palabras no le salieron precisamente calmadas ni sugerentes. En realidad, sonaron un poco trémulas.

Él la observó, arqueando un poco una comisura de la boca.

—A la cama, pues —dijo, dándole una palmada en el trasero—. Voy a lavarme los dientes.

Estaba siendo prosaico, pero también, sospechó Louisa, considerado. Ella se quitó el lazo del batín, lo colgó en uno de los postes de la cama, se metió debajo de las mantas y escuchó cómo su esposo se lavaba los dientes.

Aquél era un sonido que se volvería familiar para ella, tal como había descubierto que sería la costumbre de observarlo afeitarse cada mañana. Igual que lo vería, una y otra vez, recorriendo la habitación desnudo, apagando las velas y atizando el fuego.

—Le has puesto perfume al agua, Louisa. ¿Sabes cuánto tiempo hace que nadie calienta ni perfuma el agua para mí? —Levantó las mantas y se metió en la cama—. Empiezo a sospechar que casarme contigo tendrá un efecto positivo en mi bienestar físico.

Se movió desde su lado de la cama, agitando el colchón al tiempo que se desplazaba para llegar al lado de Louisa.

—Hola, esposo.

Ella estaba acostada de espaldas y Joseph se estrechó contra su costado, con lo que una parte determinada de su cuerpo le empujó la cadera.

—Bienvenida, esposa, y, por mucho que admire el bordado de tu camisón, desearía decirle adiós sin remordimientos… cuanto antes.

Ella se cubrió la cara con ambas manos.

—¿Hace falta que suenes tan feliz?

—Se aproxima una temporada feliz. —Le quitó las manos de la cara y le besó la nariz—. «Oh, ¿por qué con tu mano eclipsas los rayos vivificantes que emanan del sol que hay en tus ojos?»

—No puedes sacarte a ese Wilmot de la cabeza.

—No, no es así. Tengo algo, o debería decir a alguien, completamente distinto en mi cabeza. —Hablaba con suavidad, pero había alegría en sus palabras. Louisa lo notó en su voz.

—Joseph, hay cosas de las que debemos hablar.

Él le desató el primer lazo del camisón.

—Podemos hablarlas desnudos. —Desató un segundo lazo—. Podemos hablarlas mañana. —El tercero, el cuarto—. Podemos hablarlas desnudos mañana, pero, Louisa, eres mi esposa, estamos legalmente casados y ha llegado el momento de que te dé el máximo placer, cosa que deseo fervientemente.

Ésas no eran frases escritas por un conde muerto hacía mucho tiempo. Desató más lazos del camisón de ella, hasta que no quedó ninguno más. Joseph la cubrió con las mantas hasta los hombros y deslizó una mano por su vientre.

—No sentí el frío en Surrey, Louisa, porque sabía que me esperaban estos momentos contigo.

Dios del cielo.

—Joseph, ¿qué se supone que tengo que hacer?

Él se apartó para mirarla, frunciendo las cejas.

—Haz lo que quieras, con una excepción. —Le besó la clavícula, un dulce y breve gesto que involucró también la punta de su lengua—. No pienses, Louisa Carrington. Maldito sea si aún eres capaz de aferrarte a tu raciocinio en un momento como éste. Deja tu prodigiosa mente, con todos sus pensamientos, idiomas, números y blasfemias, de lado, y que la muy condenada pueda descansar mientras te hago el amor.

Esas palabras, «mientras te hago el amor», las pronunció junto a su cuello y a Louisa le gustó cómo sonaron, incluso si el significado en ese contexto era más biológico que romántico. Sin embargo, la idea de permitir que su intelecto permaneciese ocioso era una novedad y una idea vagamente inquietante.

—Todavía no me has dicho qué…

La besó y, así de simple, ella suspendió su pensamiento, excepto en la parte que percibía cómo él se movía por su cuerpo, se sentaba sobre ella a horcajadas y la rodeaba con todo su cuerpo desnudo y perfumado con lavanda.

—Eres una esposa tan adorable y tan suave…

Le deslizó una mano debajo de la cabeza y volvió a besarla, pero había algo travieso en la forma de hacerlo, porque lo hacía con lentitud, como si estuviera inventariando sus rasgos e intentando impedir que ella pudiese besarlo a él.

Louisa le pasó un pie por una de sus musculosas pantorrillas, disfrutando del contacto de su piel contra su planta. Joseph dejó de besarla y ella repitió la caricia con el pie, mientras arqueaba el cuerpo para acercar su boca a la suya. Joseph gruñó. Louisa sonrió y él se vengó acariciándole lentamente el labio inferior con la lengua.

Las sensaciones y las intenciones se acumularon, se estrellaron entre sí e hicieron añicos la conciencia de ella.

La erección de Joseph se interponía, rígida y ardiente, entre sus cuerpos.

El camisón de Louisa desapareció entre las mantas.

Un gruñido (de él), seguido de un suspiro (de ella).

Y el peso de Joseph, su adorable, bendito y completamente encantador peso la presionaba contra el colchón, sujetándola al tiempo que su propia excitación le encendía la sangre.

—Esposo, deseo… —Le cogió un puñado de pelo y se arqueó contra él.

—Bésame, Louisa. —Le cubrió los labios con los suyos y la lengua de ella se abrió paso en su boca, determinada al ataque y la victoria.

La mano de él, grande y tibia, se posó sobre su pecho y la sensación que le provocó fue tan exquisita —comodidad, placer, sorpresa, anhelo— que Louisa interrumpió el beso por completo.

Joseph aplicó la más ligera y maravillosa presión sobre su pezón. A modo de réplica, ella se aferró a su trasero y se lo apretó.

—Esto es… esto es… otra vez, por favor. ¡Más, Joseph!

Su cuerpo recordaba eso, recordaba el placer y la maravilla de que él pudiera provocarla, serenarla, deleitarla, y también sorprenderla, como cuando le mordió el pezón y comenzó a rozarle el sexo con su miembro.

—Louisa… —Dijo su nombre mientras le pasaba la nariz por el esternón.

—Sí, Joseph. Por favor, sí. ¡Ahora!

Él extendió los brazos, y eso hizo que sus cuerpos sólo se tocaran allí donde se unirían.

—Quiero sentirte… —Louisa intentó atraerlo otra vez contra su cuerpo, pero él se mantenía firme.

—Dentro de un momento.

Las palabras sonaron tensas, casi serias, advirtiéndole que, para él, la frase había sido formulada con las últimas reservas de autocontrol.

Ella cerró los ojos y le llevó una mano al corazón. Con la otra le cogió la muñeca del brazo con que se sostenía.

—Respira, Louisa.

Sí, respirar era algo de lo que se había olvidado. Inspiró hondo y dejó escapar un suspiro. Joseph presionó la punta de su sexo contra su abertura. En la siguiente generosa exhalación, él empujó sus caderas hacia delante y, en la tercera, penetró en su calor, experimentando extrañas y placenteras sensaciones.

—Esposo…

Él se quedó inmóvil, con sus cuerpos apenas comenzando a unirse.

—¿Estás bien?

—Te deseo. Más, por favor…

Pero aquel maldito y adorado hombre no iba a apresurarse. Louisa tenía las uñas clavadas en su trasero, respiraba entrecortadamente y su cuerpo rugía de deseo por completar aquella unión con su esposo.

—Joseph Carrington… estás atormentándome.

Él descendió hasta apoyarse en los antebrazos.

—Estoy haciéndote el amor. —Le pasó una mano por debajo de la cabeza otra vez y la acercó hacia sí—. Muévete conmigo, Louisa. Yo me contendré… Dios santo.

Ella movió las caderas de un modo sinuoso y fascinante, recibiéndolo y retrocediendo.

—¿Así?

—Que Jesús tenga misericordia… Exactamente así.

Su voz sonó áspera junto a su oído, áspera y… ¿temerosa? Louisa disminuyó la velocidad de sus movimientos; había un suave contrapunto de sus cuerpos en contraste con la respiración de ambos, cada vez más agitada. Durante unos adorables y largos minutos, ella se movió con él, descubriendo su ritmo, descubriendo cómo resistir una avalancha de sensaciones que le llegaba de varias direcciones al mismo tiempo.

—Louisa, no estoy seguro de poder…

Algo dentro de ella se apretó, como si muchas cosas se reunieran en un solo punto, y luego todo se tensó un poco más. Sobre la almohada, entrelazó los dedos de una mano con los de Joseph y, como una flecha disparada desde un arco, el placer la atravesó entera. Las sensaciones eran muchísimo más profundas de lo que había experimentado antes de la boda. Mucho más íntimas, más…

Su mente no conseguía formar pensamientos. Su cuerpo se apoderó del control, rogándole a su esposo que prolongase la felicidad uniéndose a ella y que se liberaran de todo excepto del placer de tener al otro entre sus brazos.

Louisa advirtió el momento en que Joseph dejó de luchar para demorar su propia satisfacción cuando sus empellones se volvieron un poco más salvajes, un poco más feroces y placenteros para ambos.

Hacer el amor con él, que él se lo hiciera así, era algo que estaba más allá de la descripción, más allá de… la poesía. Más allá de todo.