Capítulo 11
DURANTE el largo día de viaje, Joseph le había hecho compañía a Louisa en el espacioso interior del carruaje. Cada vez que se detenían para cambiar los caballos, él insistía en que ella bebiera una taza de ponche caliente y en que se calentaran otra vez los ladrillos que había en el suelo del carruaje.
La distancia no era larga (Louisa la había recorrido en un día a lomos de su caballo más de una vez), pero se habían marchado tarde y el hielo y la nieve derretida habían hecho que los caminos estuviesen en horribles condiciones. Cuando cayó la noche, Joseph le había propuesto dormir en un hostal decente antes de continuar el viaje.
—¿Amanda y Fleur se preocuparán si no llegamos hasta mañana?
—Amanda y Fleur están profundamente dormidas a esta hora —replicó él, mientras una criada les servía la comida en una pequeña mesa del salón—. Su institutriz deberá dar explicaciones si me entero de lo contrario.
Ése era el oficial de caballería, un aspecto de su esposo que Louisa había tenido ocasión de observar a medida que avanzaban en el viaje.
Con ella Joseph era amable y respetuoso, nunca exigente. Con los demás también era amable y razonable, pero al igual que el padre y los hermanos de Louisa, esperaba que las personas que estaban en posición subordinada le obedeciesen.
Ante Dios, Louisa también había jurado obedecerle, pero tenía la esperanza de que, como nueva esposa, el Todopoderoso y también sir Joseph fuesen pacientes con ella durante el período de adaptación.
Joseph se recostó en la cama media hora más tarde, tras haber devorado una copiosa cena y dos porciones de budín de ciruelas.
—¿Debería mandar que preparen un baño? —preguntó luego.
—Ayer bañé hasta el último centímetro de mi cuerpo, así que con un poco de agua caliente me bastará —respondió ella.
—Entonces quizá yo sí me bañe… ¿Te importa?
Louisa hizo una pausa con la taza a medio camino de los labios, buscando en la mirada de su esposo una pista acerca de la leve insinuación que había oído en sus palabras.
—Por supuesto que no. Yo me he mantenido bien abrigada dentro del carruaje todo el día, con los ladrillos calientes y mis libros favoritos, mientras tú te congelabas los atributos en los patios de las posadas.
Él arqueó una comisura de la boca.
—¿Mis atributos? Supongo que lo son, si es que van a endilgarme un título.
—¿Eso realmente te molesta?
Aunque habían estado juntos la mayor parte del día, habían hablado poco. Joseph había estado con la nariz metida en algún libro contable y Louisa con un volumen francés sobre filosofía social y disfrutando de la novedad de viajar sin una doncella pegada a ella.
Joseph se acuclilló para avivar el fuego.
—La idea de un título me desanima. Apenas sé cómo manejar mis propios asuntos, Louisa. ¿Qué tengo yo que ver con un escaño en la Cámara de los Lores?
—Si más hombres de la Cámara tuvieran este grado de humildad, tomarían mejores decisiones y sacarían más provecho de ellas.
Alguien llamó a la puerta y la conversación se interrumpió cuando los sirvientes entraron para recoger los restos de la cena. Luego subieron una gran bañera de cobre junto con unos biombos; después, los lacayos y las doncellas desfilaron con cubos de agua y finalmente Louisa pudo quedarse a solas con su esposo.
Se puso en pie y comenzó a desatarle el pañuelo de cuello.
—Quédate quieto. Cuanto antes te metas en el agua, más caliente estará.
Él entrecerró los ojos como para ocultar su diversión, pero no protestó mientras ella le desabrochaba las mangas y le quitaba el chaleco y la camisa.
Cuando estuvo desnudo de cintura para arriba, Louisa le señaló los pies.
—Ahora las botas.
Él se sentó y levantó la pierna izquierda.
—¿Crees que sus excelencias comparten escenas domésticas como ésta?
Louisa se inclinó para quitarle una bota.
—No creo. Doy por sentado que mis padres son una pareja casada, pero protegen mucho su privacidad. Es probable que sólo haya visto a la duquesa quitarle las botas a mi padre dos veces en toda mi vida. La otra.
Y, sin embargo, aquella escena doméstica con Joseph no era en absoluto incómoda. Tal vez un poco extraña por lo nueva, pero no era desagradable. Louisa dejó ambas botas fuera de la puerta para que el mozo las limpiase y luego regresó junto a su esposo, vestido sólo con los pantalones de montar.
Y de repente la situación fue realmente novedosa.
—Puedo apagar las velas, Louisa.
Ella se remangó el camisón y la bata.
—Nadie se baña en la oscuridad, esposo. Métete en la bañera.
Él sonrió al oír su tono autoritario, lo cual fue afortunado, porque Louisa no había tenido la intención de darle una orden.
—¿Quizá puedas ayudarme con el pantalón?
Y, por su pícara sonrisa, quedó claro que Joseph no quería formular una pregunta, sino más bien proponer un desafío.
—Por supuesto.
Louisa se le acercó y la sonrisa se borró de la cara de él. A la luz de la chimenea, sus ojos ya no parecían azules, solamente oscuros, y la miraban fijamente.
—¿El pantalón, esposa?
Él no la había llamado así antes: «querida futura esposa» no era lo mismo en absoluto. Esa palabra despertó una nueva sensación en Louisa; era algo tibio y otra cosa más que no supo reconocer. Quizá se tratara de posesión. Fuera lo que fuese, le gustaba. Pero en lugar de perder tiempo analizando sus sentimientos, comenzó a desabrocharle el pantalón de montar.
—Hay muchos más botones de los que demandaría el simple pudor.
—Quizá sean para asegurarse de que un hombre realmente quiere quitarse los pantalones, o una mujer a él.
—El agua se enfría mientras nosotros…
Louisa rozó con los dedos una dureza a través del pantalón, una dureza sólida y de gran tamaño. Cuando alzó la vista para mirar a su esposo a la cara, él entrecerró los ojos otra vez y agachó la barbilla, como si quisiera mirar cómo lo desabrochaba.
Cuando ella hubo acabado, él se quitó los pantalones y se volvió de un solo movimiento, metiéndose en la bañera de espaldas a ella. Una vez dentro, se lavó con rapidez, pero incluso cuando Louisa le hubo enjuagado el pelo echándole agua, parecía resistirse a salir.
—Si te quedas ahí más tiempo, el agua se enfriará y tú también. No es mi intención compartir la cama con un cubo de hielo.
Él permaneció apoyado contra el borde, con los ojos cerrados.
—Quizá el agua fría no sea tan mala idea, Louisa. La semana próxima no ha llegado todavía.
—¿La semana próxima? —Estaba plegando su ropa en una cuidadosa pila y se quedó inmóvil—. ¿Qué ocurre la próxima semana?… Oh.
Joseph se puso en pie en el agua, salió de la bañera y, goteando, se dirigió a los ladrillos que había ante la chimenea.
—La semana que viene te haré tanto el amor que ninguno de los dos podrá caminar.
Miró el fuego y Louisa tuvo la maravillosa oportunidad de admirar los húmedos músculos de su espalda, sus piernas y, sí, de su firme trasero masculino.
¿No sería capaz de caminar?
—Seguro que exageras.
¿O lo decía en serio?
Él la miró por encima del hombro, como si quisiese asegurarse de que captaba su atención, y entonces se dio media vuelta.
No exageraba. Con la luz de la chimenea dibujando el contorno de su húmeda piel dorada, Joseph se hallaba a dos metros de ella en un estado que claramente conducía a la procreación. Louisa había leído acerca de eso, pero ninguna palabra, en ningún idioma, podría haberla preparado para la forma repentina en que le latía el corazón al ver a su esposo desnudo y excitado.
—Necesitas ver con quién te has casado, Louisa. Mi cuerpo está bien dispuesto, pero no es en absoluto perfecto.
Él hablaba con seriedad, quieto donde se hallaba, con su membrum virile enhiesto sobre su vientre. Ella observó su excitación y notó el deseo en la punta de sus dedos.
—Di algo, esposa.
—Quiero tocarte.
Durante un brevísimo instante, su expresión dejó de ser indescifrable para convertirse en insegura y después volvió al estado inicial.
—Acerca de las cicatrices, Louisa.
Ella lo recorrió con los ojos, paseándose por los musculosos muslos y el pecho, la curiosa y elegante arquitectura de sus grandes pies masculinos.
—No seas ridículo. —Se acercó a él—. He visto cicatrices antes. Yo misma tengo algunas, pero nunca había visto… ¿cómo llamáis a esto?
Ella le pasó los dedos por la longitud de su miembro, sorprendida por lo duro y caliente que estaba.
—Tiene que tener un nombre. —Se arrodilló en las piedras de la chimenea para inspeccionarlo mejor—. Conozco algunos términos latinos, por supuesto, pero en lo que se refiere a su propia anatomía, a los hombres no les falta cierta inventiva…
Louisa sintió la mano de él sobre su pelo, no con fuerza sino más bien como una bendición.
—Podemos hacer una lista si quieres. Más tarde.
—Antes de la semana que viene, por favor. —Le movió la piel hacia atrás con la palma abierta y le recorrió la punta con un dedo—. Es tan suave.
—Haremos la lista de inmediato… en cuanto recupere mi capacidad de pensar.
Su voz se había tornado grave y aterciopelada, como si estuviera recitándole poesía, pero no dijo nada más, lo que Louisa interpretó como una autorización para continuar explorándolo.
—Este vello es diferente, no es como el del resto de tu cuerpo, ni tampoco como el pelo de tu cabeza. —Entrelazó sus dedos en él y luego acarició los suaves sacos que descubrió debajo—. Se supone que debo patear a un hombre aquí si alguna vez me amenaza. Ésa fue la palabra que Devlin usó: «amenaza».
Movida por un impulso, acercó la nariz. Joseph respiró hondo, pero no se apartó. El aroma a lavanda también estaba allí (gracias a Dios, su esposo no escatimaba en jabón), pero incluso húmedo y fresco, recién salido del baño, notó un olor diferente. Un olor masculino, quizá, o tal vez sólo fuese el olor a Joseph Carrington.
—Louisa, no te atrevas a…
Algún conocimiento que no provenía de los libros le indicó que él deseaba que ella se atreviese, que lo anhelaba, aunque jamás le pediría lo que por propia iniciativa estaba a punto de hacer. Antes de que el valor la abandonase, le pasó la húmeda lengua por el miembro, saboreando sus partes masculinas.
Él tembló y suspiró, lo que Louisa interpretó como una victoria. La idea era preciosa y… embriagadora. Físicamente embriagadora.
Lo hizo otra vez, lamiendo la redondeada y tersa punta de su erección como si fuese un gato, descubriéndolo con la lengua de un modo que todavía no había tocado con sus manos ni visto con los ojos.
—Debes detenerte… ya.
Viniendo de él, aquello era una parodia de una orden. Louisa rodeó con una mano la base de su miembro y se lo llevó enseguida a la boca, para que no la detuviera antes de que se tomara esa libertad. Las frases de Catulo y toda su picardía finalmente adquirieron sentido, incluso aunque para ella su propio cuerpo fuese un misterio.
Al acercarse un poco más a su esposo, se notó los pechos duros y sensibles. El impulso de reír y de llorar se confundían con un anhelo que invadía una parte de sus órganos sexuales para la que ni siquiera conocía un nombre en latín.
—Louisa…
Joseph tenía las dos manos hundidas en su pelo y movía las caderas, balanceándolas lenta, muy lentamente, dentro y fuera de su boca. Ella se acercó otra vez, con menos suavidad, y él se apartó.
La puso en pie, la rodeó con un brazo y fundió su boca con la suya. Con la mano libre, Louisa pudo advertir que se acariciaba a sí mismo y la intimidad de ese gesto le aflojó las rodillas.
—Joseph…
Con la lengua, él seguía el mismo lento ritmo con que movía su mano.
Ella lo besó, lo rodeó con los brazos y se aferró a él, hasta que Joseph se estremeció contra su cuerpo y dejó quieta la mano, aunque su pecho se agitaba con su lenta y profunda respiración.
—Dios santo, Louisa, Dios…
No la censuraba. Consiguió descifrar eso a pesar del tumulto que iba apagándose en su propio cuerpo. Joseph tampoco la soltaba. La timidez luchaba con un sentimiento de conquista, de haber compartido un hito con su flamante y desnudo esposo.
—Dios… —La besó otra vez, con suavidad—. Eso ha sido… ¿Cómo diablos…? Cielos. —Otro beso, aún más tierno—. Necesito abrazarte. Vamos a la cama, por favor.
Él «necesitaba» abrazarla y lo había dicho con mucha claridad. Admitió que la necesitaba como si… como si no pudiese contener su deseo y no le importase que ella lo supiera.
Louisa se volvió para obedecerlo y sintió que él le acariciaba el trasero y terminaba con una suave palmada. En esa caricia había cariño, pero también una actitud posesiva y un poco de masculina valoración.
—Te gusta mi trasero.
Él se estaba limpiando el estómago y se detuvo para dirigirle una dulce y masculina sonrisa.
—Adoro tu trasero. Y tengo mucho cariño por tus nalgas.
Ella se quitó la bata y se metió en la cama, observando cómo él apilaba el carbón en la chimenea, apagaba las velas y colocaba la pantalla delante del fuego.
—Esposo, a mí también me gusta tu trasero.
Joseph se acercó a la cama y se subió al colchón.
—Me alegra oírlo.
—No te ocultaría algo tan importante.
Ella esperaba que le diese otra seca réplica, pero en cambio rodeó su cuerpo con el suyo por detrás, entrelazó los dedos con los suyos y le besó un hombro.
Y ésa fue suficiente respuesta.
—¿Y eso cuántos deja? —Valentine pasó una mano por encima de la chimenea, en el despacho de la casa de campo de Westhaven, en Surrey. La madera era suave y brillaba por el lustre con cera de abeja y aceite de limón; era un reflejo simbólico del hombre felizmente casado que era el dueño de casa.
Westhaven, sentado a un escritorio digno de un heredero ducal, consultó el libro contable y luego se acomodó las gafas sobre la nariz.
—Faltan veintisiete. Nuestro progreso ha disminuido porque ahora quedan menos ejemplares.
St. Just soltó un suspiro, miró hacia arriba, como si se dirigiese al cielo, y sonrió.
—Tu esposa ha estado ocupada, Westhaven.
—Anna es el alma de la perfección —comenzó Westhaven, pero en lugar de abrumar a Val y a St. Just con un himno de esposo orgulloso, siguió con la mirada el dedo de su hermano, que señalaba la lámpara que colgaba sobre el escritorio.
—Eso es suficiente para mantener a un hombre concentrado en sus papeles durante toda la temporada navideña.
Westhaven esbozó una lenta y pícara sonrisa.
De la lámpara no colgaba un mero puñado de hojas ni una rama, sino un abundante ramo de muérdago con sus frutos blancos.
Valentine miró a su hermano, que parecía muy complacido y sereno en su gran escritorio.
—He visto la misma cantidad en el vestíbulo de la entrada, otro buen puñado en tu biblioteca, y no me cabe duda de que las vigas del techo de la cocina son lo bastante fuertes como para sostener las brazadas de muérdago que cuelgan de ellas.
—A Anna le gusta que el personal esté contento.
—A mí me gustaría tener una hermana contenta —intervino Val, volviendo a concentrarse en el propósito de la reunión—. ¿Es posible que Victor destruyese algunos ejemplares antes de que nosotros nos involucrásemos?
A St. Just se le borró la sonrisa.
—Nos lo habría dicho, o al menos se lo habría dicho a Louisa. Si Westhaven dice que falta localizar veintisiete ejemplares, debemos encontrar veintisiete ejemplares.
—Valentine tiene razón. —Westhaven se puso en pie y se acercó a la puerta, a la que alguien acababa de llamar. Suponía que sería su esposa con una bandeja.
—Aquí tenéis un poco de ponche, caballeros. Al parecer, estáis lidiando con asuntos mucho más graves de lo que permite esta época del año.
Val y St. Just observaron cómo Westhaven, ejercitando su legendaria paciencia, esperaba a que Anna colocase la bandeja en el escritorio antes de abalanzarse sobre ella.
—Feliz Navidad, condesa.
El beso fue largo, profundo y tan carente de decoro que Val y St.Just intercambiaron una mirada y se quedaron boquiabiertos un momento. En los ojos de St. Just había humor y también algo más: aprobación o alivio. Val compartía esos sentimientos: Westhaven merecía su felicidad, incluso si eso significaba que sus hermanos tuviesen que soportar una indecorosa exhibición.
Pero la sonrisa de Anna sugería que el comportamiento de su esposo no le había parecido en absoluto indecoroso.
—Para la Navidad todavía faltan un par de días —señaló Val, sin dirigirse a nadie en particular—. Creo que tendréis que cortar más muérdago. —Extendió una mano, arrancó un fruto del ramo y lo lanzó al fuego.
—Tenemos mucho —respondió Anna, con un brillo de picardía en la mirada—. Bebed, muchachos. Con lo que sea que os traéis entre manos, los refuerzos no pueden veniros nada mal. Westhaven, ¿visitarás la sala de los niños?
Su marido cogió una de las jarras que ella les ofrecía.
—Caballeros, ¿alguien quiere jugar una partida de bolos?
—Yo aún puedo ganaros a vosotros dos —dijo Val—. Alguien tiene que demostrar cómo se hacen las cosas.
Anna le dio una jarra a St. Just y otra a Val, que murmuró un suave «gracias». Ella besó la mejilla del hermano menor.
Al marcharse, Westhaven permaneció con la vista desvergonzadamente fija en la espalda de su esposa y St. Just comentó:
—Anna siempre huele como un jardín en primavera, Westhaven. Hay algo cálido en su perfume.
—Madreselva —dijo él, con aspecto de enamorado.
—Es encantador —admitió Val—, pero ¿qué hacemos con los veintisiete libros que faltan? Y ahora que Louisa tiene un esposo, y además se trata de un hombre bastante capaz, ¿no debería ocuparse él de buscarlos?
La expresión de arrobamiento desapareció del rostro de Westhaven y ocupó su lugar la seriedad, algo mucho más habitual en él.
—Es nuestra hermana, Victor nos encargó esta tarea y algo me dice que Carrington y Louisa estarán ya muy ocupados sin necesidad de agregar este problema a los ajustes que deberán hacer como recién casados.
Val y St. Just intercambiaron otra mirada, confirmando así que ambos habían percibido el trasfondo que había en el tono de su hermano.
—Basta de evasivas, Westhaven. —St. Just se sentó en la silla del otro lado del escritorio y Val en el brazo del sofá—. ¿Qué sabes tú que no nos has contado y cómo podemos ayudar?
Westhaven se sentó al escritorio y los miró alternativamente a los dos y luego al muérdago que colgaba sobre su cabeza. Mientras hablaba, contemplaba los verdes ramos.
—Carrington tiene una propiedad no muy lejos de aquí. Un bonito lugar, muy bien cuidado, con bastantes hectáreas. He tenido ocasión de hacer una discreta visita cuando sir Joseph no estaba en casa. No creeréis lo que descubrí.
Un hombre que no se sorprendía por el conocimiento que su esposa tenía de algunos filósofos franceses, un esposo cuyos labios esbozaban la más dulce de las sonrisas cuando debería estar sorprendido, era, sin duda, un marido muy valioso.
Sin embargo, como padre de sus pequeñas hijas, Joseph Carrington parecía estar un poco perdido.
Louisa llegó a esa conclusión en el momento en que le presentaron a las niñas o, mejor dicho, en el momento en que no deberían habérselas presentado. Por ser hijas de Joseph, Amanda y Fleur no deberían haber sido obligadas a permanecer fuera, con sus pequeñas caritas ateridas de frío, mientras esperaban entre los sirvientes para dar la bienvenida a su hogar a la nueva señora de la casa.
—¿Y a quiénes tenemos aquí, sir Joseph? —Louisa se acuclilló en la nieve—. ¿Al par de criadas más bonitas, tal vez?
—Fleur y Amanda, haced vuestras reverencias —dijo él como si se tratase de una orden—. No querréis que vuestra madrastra permanezca aquí fuera, con este frío, cuando el tiempo amenaza con empeorar.
Las niñas hicieron idénticas reverencias, e incluso esos gestos le parecieron fríos a Louisa.
—Saludad a vuestro padre.
Ese mandato fue pronunciado por una niñera de cara muy seria y vestida de negro, cuyo pecho la precedía como la proa de un barco.
—Buenos días, papá. —Dos reverencias más, dos pares de ojos que se posaron en Joseph con algo parecido a la inquietud.
—¡Qué modales tan adorables! —dijo Louisa, tendiéndole una mano a cada niña—. Yo soy Louisa y dependeré por completo de vosotras, como damas de la casa que sois, para que me enseñéis dónde está todo. ¡Vamos! Y estoy segura de que vuestro padre nos conseguirá un poco de chocolate caliente para que entremos en calor.
La niñera inspiró con fuerza por la nariz y fulminó a sir Joseph con la mirada. Pero él, por fortuna, contemplaba a sus hijas y no vio la silenciosa reprobación.
—¿Chocolate? Bien, supongo que no podía faltar.
Le ofreció su brazo a Louisa, pero ella no soltó las manos de las niñas.
—Chocolate y algunos bollos —replicó, dirigiéndole una sonrisa—. Me encantan los bollos.
—A mí también —dijo la niña más pequeña, al tiempo que su hermana le susurraba su nombre como advertencia.
—No te dirijas a los adultos a menos que ellos te hablen —la reprendió la niñera, con evidente desaprobación.
Louisa se volvió y esbozó una sonrisa que tenía la intención de ser otra clase de advertencia.
—Estoy segura de que lo dice con buena intención, señorita, pero nuestras hijas están conociendo a su madrastra. Ésta no es una ocasión para emplear la más estricta disciplina.
Como si quisiera confirmar lo que decía, Louisa alzó a Fleur en brazos y le cogió otra vez la mano a Amanda. Luego se marchó, esperando que Joseph la siguiese en lugar de aplacar a la maldita niñera.
Sin mirar atrás, se dirigió a la casa. El crujido irregular de las pisadas en la nieve le indicó que, de hecho, Joseph las seguía.
—¿Qué es una madrastra? —preguntó Fleur en el tono alto propio de una niña curiosa. En ese momento, se soltó de los brazos de Louisa y pasó a los de su padre.
—Una madrastra es la nueva esposa de tu padre —respondió Joseph—. Lady Louisa vivirá ahora con nosotros, a menos que vosotras dos la volváis loca con vuestro comportamiento salvaje.
Sonó tan serio como convincente acerca de esa posibilidad. Fleur frunció su pequeño cejo, al tiempo que Amanda permanecía en silencio, aferrada a la mano de Louisa.
—A veces me gusta un poco de comportamiento salvaje —les dijo ella a sus acompañantes—. Y nada ni nadie me volverá loca. Eso tenedlo claro.
Joseph no dijo nada, aunque arqueó los labios en un conato de sonrisa. Permaneció en silencio cuando llegaron a la biblioteca y, más allá de ladrarle a sus hijas que no derramaran el chocolate, toleró veinte minutos de su compañía mientras tomaban el té y comían unos bocadillos y rodajas de manzana.
—Ya he visto que habéis crecido más de lo que os corresponde y ya habéis conocido a vuestra madrastra. Ahora, por favor, subid a vuestras habitaciones.
Joseph era correcto con sus hijas, eso era cierto, pero no usaba con ellas la misma clase de cortesía con que trataba a Louisa.
—Yo las llevaré. —Louisa se puso en pie y dos manitas le cogieron los dedos antes de que terminase de hablar—. Y luego, esposo, quizá quieras mostrarme parte de la casa.
Él asintió y no dijo nada mientras ella se llevaba a las niñas.
—Me alegro de que papá haya regresado —dijo Amanda—. ¿Has hecho tú que regresara, madrastra?
—Nadie hace que tu padre haga algo que no quiere. Es uno de los privilegios de ser adulto.
«En teoría.»
—Nosotras hacemos que nos castigue —confesó Fleur—. Está muy mal de nuestra parte.
—Pero no muy a menudo —añadió Amanda. Tiró un poco de la mano de Louisa según se acercaban a la escalera—. Nada a menudo.
—Eso no es así —replicó Fleur—. Desde que papá se marchó, hemos estado castigadas. Pan y agua era el castigo, Manda. Así es. Y teníamos que estar de rodillas todo ese tiempo y sin fuego en la chimenea y… ¿por qué tengo que bajar la voz?
Amanda dejó de hacer frenéticos gestos con el dedo sobre los labios y miró a Louisa con ojos de lástima.
—No somos malas. De verdad que no lo somos.
«¿Qué demonios?»
El primer paso para resolver cualquier acertijo era reunir toda la información posible acerca del problema. Louisa se detuvo en el último peldaño, se volvió y se sentó.
—Venid aquí, las dos. Explicadme cómo son las cosas cuando vuestro padre no está aquí.
Rodeó a cada niña con un brazo y escuchó. Lo hizo durante largo rato y luego las llevó a la habitación de los niños. Allí, ordenó que se encendiese el fuego y que se mantuviese crepitante, que el menú de las niñas se le hiciese llegar en la próxima hora y que las lecciones que recibían estuviesen disponibles a las nueve de la mañana del día siguiente. También advirtió a la criada de la habitación de las niñas que tenía la intención de meter a sus hijas en la cama todas las noches y que era probable que pasara a visitarlas con frecuencia también durante el día.
Inspeccionaría su guardarropa, las llevaría a pasear para que respirasen aire libre con regularidad y las invitaría de vez en cuando a tomar el té abajo. El desayuno o el almuerzo tendrían lugar en la mesa familiar y —Louisa echó un vistazo a la habitación, que olía ligeramente a humo— sir Joseph se encontraría regularmente con sus hijas en el salón del té de la casa.
Al tiempo que la criada abría los ojos cada vez más, Louisa sintió una punzada de nostalgia y echó de menos a sus padres y sus hermanos. Cada uno de ellos tendría una maldición adecuada para lanzarle a la niñera. Esa vieja bruja debería haber protegido la imagen de sir Joseph ante sus hijas, no erosionarla.
La reprimenda de la duquesa sería la más contundente. Algo digno, discreto y afilado como un cuchillo, con un desdén no exento de gracia.
Louisa tuvo ese ejemplo presente y fue en busca de su esposo.
El bolso de una mujer era algo misterioso, como la lámpara maravillosa de Aladino. La primera vez que Joseph advirtió este fenómeno era un niño pequeño que miraba con asombro cómo su madre sacaba cualquier cosa de su bolso, desde un pañuelo a una peonza o una manzana roja.
Las tías políticas que se ocuparon de su educación continuaron con esa costumbre, aunque sus tesoros eran más bien libros, chocolates o pequeños sacos de flores que le daban curiosos sabores al chocolate.
Y el de Louisa demostró ser no menos fascinante.
Joseph lo había abierto porque buscaba algo tan simple como un lápiz. Seguir ese impulso no le había parecido una violación de la privacidad de ella. Por el contrario, había sido simplemente para hacer una corrección en el libro contable abierto ante él en el escritorio.
Y no se había equivocado, porque su esposa tenía dos lápices en el fondo del bolso, pero para alcanzarlos había tenido que abrirse paso entre un cepillo de pelo y un peine (¿por qué llevar los dos?), tres libros de muy buena poesía erótica (¿por qué llevar tres ejemplares del mismo libro?), dos pañuelos, uno de ellos profusamente bordado y el otro con un simple monograma (¿uno para mostrar y el otro para utilizarlo?), un paquete de cartas atadas con un lazo rojo (¿sería el rojo una indicación de que se trataba de viejas cartas de amor?), una naranja y la que había sido su mejor petaca.
Joseph la abrió y su olfato le indicó que se trataba de su propia mezcla particular de licor de avellanas y ron, que combinaría de manera interesante con la naranja, si la dama tenía un poco de hambre.
O quizá, pensando en la mezcla, esas provisiones no fuesen para ella sino para su esposo.
Joseph devolvió el contenido al bolso, incluidos los dos lápices. La idea de que Louisa llevase cosas para él hizo que viese su acción de hurgar allí bajo una luz menos favorable, así que cuando ella regresó a la biblioteca, Joseph estaba cómodamente instalado en su escritorio, sacándole punta a un lápiz que había encontrado en un cajón.
—Las niñas han intentado cogerte prisionera, ¿verdad? —Se puso en pie, arrojó las virutas del lápiz a la chimenea y miró a su esposa—. Son como lapas, que quieren cuentos, historias y conversación sin cesar. Cuando sean un poco mayores, las llevaremos a un internado.
La idea no le gustaba en absoluto, pero tenía que decirlo y Louisa lo miró fijamente.
—Puede que un internado no sea una mala idea.
El corazón de Joseph dio un vuelco. Fue como si el órgano se retorciera en su pecho, apretándole los pulmones y alterando su aparato digestivo, así como su respiración.
—Cuando llegue el momento, lo trataremos con la señorita Hodges.
—No, no lo haremos.
Louisa había erguido la columna de un respingo, con actitud militar. El malestar en el pecho de Joseph se extendió por todo su cuerpo, con la sensación física de un soldado cuando se prepara para la batalla: terror, sobre todo, y un ápice de esperanza de poder defenderse honorablemente en la lucha que le espera.
—¿No crees que valga la pena consultar la opinión de la institutriz? Louisa, la señorita Hodges fue la niñera que escogió Cynthia y tanto Fleur como Amanda están recibiendo una excelente educación gracias a ella.
Su esposa se apartó de él, cosa que sólo aumentó su malestar. Estaban a punto de tener una diferencia de opinión y él quería ser capaz de mirarla a los ojos cuando eso ocurriese. Louisa no le mentiría, pero su mirada le diría verdades que no le ofrecerían sus labios.
—Tus hijas son muy pequeñas, Joseph.
—Son niñas. —Aunque alguna vez se había preguntado si no eran más pequeñas que otras niñas de su edad. Las trataba con cuidado por eso. Y, por ese mismo motivo, pasaba por su habitación para mirarlas dormir.
—Subsisten a pan y agua, ¿lo sabías?
—¿Pan y agua?
—Pan, agua y la bondad del personal de la cocina, que probablemente sepa muy bien que tus hijas se ven en la obligación de asaltar la despensa para mantener juntos cuerpo y alma.
—Mis hijas no pasan hambre, Louisa Carrington. —Habló más duramente de lo que habría deseado, pero la acusación de ella era absurda—. Tú las has visto. Son sanas y alegres. No dudo que su entusiasmo obliga a la disciplina de vez en cuando, y pan y agua es un medio tradicional para imponerla.
—¿Durante días? ¿Dos semanas seguidas? ¿Qué infracción pueden haber cometido dos niñas pequeñas que merezca un castigo tan severo?
«¿Semanas?»
—No han sido sometidas a dos semanas de pan y agua. Has permitido que te contaran un cuento ideado para ganarse tu compasión, nada más. Puedes disculpar su patraña porque son pequeñas, pero no deberías animarlas.
Louisa se volvió para mirarlo y, por un instante, Joseph pensó que se preparaba para alzarle la voz. Si el asunto que tenían entre manos no hubiese sido tan inquietante, casi habría disfrutado de verla tan furiosa.
Louisa se cruzó de brazos.
—Llama a la ayudante de cocina.
Él se le acercó lo bastante como para ver destellos dorados en sus ojos verdes.
—¿No suele ser la cocinera la reina de la cocina? Si vas a pedir un inventario de las alacenas, su palabra será la más fiable.
Su esposa se acercó un paso más a él y lo miró.
—La cocinera, el mayordomo y el ama de llaves son los que llevan adelante la casa, sir Joseph, en especial en ausencia de un administrador. La institutriz tiene un rango similar, pero no tiene personal a su cargo, así que su poder se limita a la habitación de los niños, porque las criadas de esa habitación técnicamente responden ante el ama de llaves. Algunas institutrices se sientan a la mesa familiar, se van de vacaciones con los amos y en otros sentidos son informalmente superiores al resto del personal de la casa.
—¿Qué tiene eso que ver con un par de muchachitas que de vez en cuando se portan mal?
Louisa cerró los ojos, como si recurriera a sus últimas reservas de paciencia.
—La cocinera no irá en contra de la institutriz, a menos que desee declarar una guerra. Si a la niñera no le gusta la cocinera, los platos serán enviados de regreso a la cocina una y otra vez, con la excusa de que hay algún problema o que están mal preparados. Cuando los niños se pongan enfermos, cosa que inevitablemente ocurre, le echará la culpa a la comida. Nada llegará a tiempo desde la cocina y, durante las comidas, la institutriz dará un gran espectáculo de cuán insoportable le resulta a su estómago lo que tiene en su plato.
Joseph no podía descartar por completo esas curiosas predicciones, porque un campamento militar funcionaba con la misma invisible jerarquía, que se aseguraba con sutiles e invisibles armas. Wellington no había tenido paciencia para eso, pero respetaba la realidad de la política dentro de los campos de todos modos.
—Continúa.
—Si interrogamos a la fregona, la cocinera puede volverse contra la muchacha o hacer de su vida un infierno por causarle problemas con la institutriz, pero la ayudante de cocina es otro asunto. Es la sustituta de la cocinera, para empezar, y sabe que no puede mentirnos a nosotros y mantener su puesto.
Louisa se apartó otra vez e hizo una pausa antes de añadir:
—Si no mandas a buscar a la ayudante de cocina, iré allí yo misma y haré preguntas muy incómodas a todo el personal. No puedes detenerme a menos que me ates a una silla o…
—Louisa Carrington, ven aquí. —Ella alzó la cabeza al notar su imperioso tono de voz—. Permíteme que lo exprese de otro modo: mi querida esposa, ¿me permitirías que te abrace?
Extendió sus brazos, deseoso de que ella los aceptara. Los primeros pasos de Louisa fueron vacilantes, pero mantuvo la mirada fija en él y avanzó hasta estar acurrucada contra su pecho.
—Quiero gritarte, Joseph. Soy muy parecida a mi padre en este sentido.
—Adelante, hazlo. Yo pienso mejor cuando te abrazo. Quizá tú pienses mejor cuando gritas.
Ella soltó un profundo suspiro y Joseph deseó que fuese de alivio. Estaba seguro de que a él si le aliviaba tenerla entre sus brazos.
Louisa prosiguió:
—Por favor, no te enfades conmigo. Cuando ocurre esto, cuando puedo ver problemas y soluciones que otros no ven, algunas personas se enfadan. Me doy cuenta de que no es suficiente con identificar las dificultades y sé lo que hay que hacer. Hay que transmitir el debido curso de acción a quienes tienen el problema, para que vean la salida como si la hubiesen descubierto por sí mismos. Jenny me explicó cómo, pero no puedo conseguir hacerlo como ella sugirió, por mucho que lo intente.
Joseph suavizó su abrazo, porque Louisa había adivinado correctamente: estaba enfadado, pero no con ella.
—¿Y qué pasa si no puedes iluminar a quienes saben menos, esposa? ¿Debes permanecer callada y no hacer nada?
Otro suspiro y luego silencio. Un silencio que al menos indicaba que Louisa consideraba su pregunta y significaba que podía abrazarla un poco más.
—A menudo he deseado despertarme un día y ser menos inteligente —respondió, en tono cansado—. Eso es, por supuesto, una blasfemia, pero no me gusta hacer que la gente se enfade y se sienta estúpida, y mucho menos que intenten imponerme esos mismos sentimientos en mí a modo de represalia.
La resignación que había en su voz le rompió el corazón. Él había pensado que Louisa Windham (Louisa Carrington, gracias a Dios) estaba aburrida, y quizá así fuese la mayor parte del tiempo. Pero también estaba desorientada y se sentía sola, y eso había que solucionarlo.
—Escúchame, no estoy enfadado ni me siento estúpido porque tú comprendas las políticas de una casa mejor que yo. Ver cómo funciona tu mente es como contemplar a un jugador de billar que sabe exactamente la fuerza, dirección y trayectoria de cada tiro posible. ¿Qué marido no estaría orgulloso de una esposa como tú?
Ella se quedó inmóvil, hasta su respiración se interrumpió, pero no dijo nada, así que Joseph lo intentó una vez más.
—Louisa Carrington, estoy orgulloso de ti. —Y aunque había sido un imbécil respecto a la situación de las niñas, podía estar un poco orgulloso también por haberse ganado la mano de semejante mujer en matrimonio.
Louisa tembló imperceptiblemente y él se preparó para sus lágrimas (porque de hecho estaba en todo su derecho de llorar), pero ella le apoyó una mano abierta en el pecho.
—Juego muy bien al billar —murmuró junto a su pañuelo de cuello—. No es más que física.
—Quizá debas enseñarme un poco de esa física. Podríamos jugar apostando besos.
Ella lo besó en la boca y luego se apoyó sobre su pecho, lo que Joseph tomó como una confirmación de que la había comprendido correctamente. Sin embargo, no quería dejarla ir.
—Yo a veces deseaba no ser tan buen tirador.
Se sorprendió de haber dicho esas palabras. Había olvidado ese deseo, porque lo tenía oculto en algún rincón de su mente, fuera de su alcance, junto con todo el resto de sufrimiento que había padecido en la Península.
Ella volvió a acariciarle el pecho.
—Porque cuando le dabas a tus objetivos, estabas dejando viudas y huérfanos —dijo Louisa.
Sus palabras aterrizaron en su corazón, junto a la culpa y la tristeza con las que todos los soldados lidiaban de una u otra manera, aunque su tono era más de pena que de crítica. Él apoyó la barbilla en su pelo, encontrando fuerzas para hablar en el consuelo de su perfume.
—Los demás oficiales solían organizar demostraciones y poner blancos para que yo pudiera impresionar a los nuevos reclutas. Los oficiales les decían entonces: «Ésta es la puntería que Wellington espera de nosotros».
—Era brutal de parte de ellos, pero, Joseph —Louisa inclinó la cabeza para que él pudiese ver sus ojos, su firme y seria mirada—, yo también estoy orgullosa de ti. Quien protegió al duque protegió a todo el reino, lo que incluye muchas viudas y muchos huérfanos. Ya sólo por tu reputación, tu habilidad como tirador protegía a Wellington.
Esas palabras también aterrizaron en su corazón, colocándose sobre la culpa y la tristeza como un ramo de flores en una tumba, dándole paz y belleza a lo que había sido tan difícil.
Cualquier palabra que hubiera usado para responderle, cualquier poesía, habría sido inadecuada. Le rodeó la cara con las manos y la besó con toda la ternura que tenía en su interior; era una plegaria de agradecimiento por el corazón y el coraje de Louisa, junto con su conocimiento de física.
«Así es como debe sentirse una persona casada.»
—No necesitas librar todas las batallas sola, Louisa. Si hay un problema con las niñas, lidiaremos con él juntos.
Con esas niñas al menos. Joseph intentó no pensar qué pensaría Louisa de la casa de Surrey. Con nada menos que cuatro grandes cuartos infantiles.
—Hay un problema en la educación de las niñas, Joseph. Confía en mí en esto. —Se acurrucó contra él—. Comienzo a darme cuenta ahora de lo difícil que debió de ser para mi madre educar a dos niños a los que no había dado a luz.
—Y sin embargo consiguió hacerlo y tú también lo harás, Louisa.
Era otra plegaria, tan ferviente como la anterior.
—Llamaré a la ayudante de cocina —dijo ella, dándole una palmada en el pecho y apartándose.
Joseph la dejó ir, aunque no necesitaba hablar con los empleados domésticos para confirmar las conclusiones a las que Louisa había llegado.
Mientras ella hablaba con el lacayo, Joseph la echó de menos entre sus brazos. Tenerla así, aunque hubiese sido un breve instante, había calmado la batalla interior que habían librado sus nervios, su malestar y sus pulmones cerrados. Rogó al cielo que le concediese el privilegio de abrazarla también cuando descubriera la otra docena de niños.
Si es que la descubría.