Capítulo 5
—CÁMBIAME el asiento —le pidió Louisa a Jenny, con una brillante y falsa sonrisa, que casi iluminaba más que los candelabros el abarrotado salón.
Jenny le devolvió la sonrisa e inclinó la cabeza como si quisiera susurrarle algún jugoso cotilleo.
—¿Quieres que me siente entre lord Lionel y el señor Samuels?
Eso era en parte lo que Louisa deseaba: ver a su bonita y rubia hermana coqueteando y bromeando toda la noche a seis asientos de distancia; de lo contrario, Louisa debería soportar más miradas soñolientas de Lionel.
—Por favor.
Jenny asintió con la cabeza y se apartó de ella. Al otro lado del salón, entre las radiantes sonrisas que le dedicó a un trío de deslumbrados y jóvenes parlamentarios con sus mejores galas, Eve arqueó una ceja.
«¿Qué estaréis murmurando vosotras dos y qué esperáis para contármelo?», parecía decir.
Ya habría tiempo para explicaciones… más tarde. Louisa vio a su presa en un rincón, el mismo en el que estaba diez minutos antes, con la mirada aún fija en su bebida, acompañado por el duque.
—Sir Joseph. —Louisa atenuó su sonrisa cuando él la miró parpadeando—. Es un placer volver a verle.
Él en cambio no parecía muy complacido. Parecía más bien intimidado e incómodo.
—Lady Louisa, es un placer, por supuesto.
Ella había oído esa voz en sus sueños, murmurándole poesías mientras la brisa invernal hacía bailar las hojas secas y el sol brillaba en el lago Serpentine.
—Su excelencia, ¿podría disculpar a sir Joseph? Va a acompañarme en la cena.
El duque miró a su invitado.
—¡Qué afortunado! Tenemos que retomar nuestra conversación acerca del otro asunto, Carrington. Louisa. —Saludó a su hija con una inclinación de cabeza, no antes de que la joven detectara un brillo ligeramente admonitorio en los ojos de su padre.
—¿De qué otro asunto se trata, sir Joseph?
Los labios de su acompañante se arquearon un poco cuando ella se cogió de su brazo. Louisa se descubrió observándole la boca, a la espera de una auténtica sonrisa.
—Cerdos, o ganado, si quiere una palabra un poco menos vulgar. Granjas de cerdos en Gloucestershire, para ser más preciso, y su viabilidad comercial. No es un asunto apropiado para entretener a una dama durante la cena.
Se pasó la mano libre por el pelo. Ese mismo gesto era característico de uno de los hermanos de Louisa, el conde de Westhaven, cuando estaba desorientado y exasperado. Ella se acercó un poco más a su acompañante.
—Me ha parecido que necesitaba salvación. Papá no entiende que la mayoría de nosotros, los que no somos duques ni duquesas, debemos conducirnos de acuerdo con ciertas reglas. A usted lo acosará a preguntas sobre su ganado. Le preguntará a Summerdale si ya ha presentado a sus hijas en sociedad. Gritará de una punta a la otra de la mesa que es una pena que la yegua de Trottenham haya perdido en la segunda carrera en Newmarket.
Algo de la tensión de la cara de sir Joseph desapareció.
—Entonces, yo podría ser un duque decente, porque no tengo ni idea de qué temas son aceptables, cuáles están fuera de lugar y cuáles son tolerables en compañía de hombres pero no de mujeres… Nadie escribe esas cosas para que uno pueda saberlas cuando le hace falta.
Louisa vio al mayordomo en un rincón de la sala, intentando llamar la atención de la duquesa.
—Me gusta que no lo sepa, sir Joseph.
—Le gusta que sea ignorante. ¿Planea hacer carrera como excéntrica, lady Louisa? Porque yo preferiría atravesar España a caballo, desarmado y llevando las órdenes de Wellington en la camisa, antes que soportar un baile u otra velada musical más.
—Lo sé. —Las palabras escaparon de su boca y deseó haber tenido una bebida en la mano. Un generoso trago de la petaca de sir Joseph le vendría de maravilla—. Quiero decir que sé cómo se siente. Como si las manecillas del reloj no se movieran, como si su espíritu hubiese abandonado su cuerpo y se hubiera ido a posar entre los cupidos pintados en el techo, sólo esperando, esperando y esperando que termine la velada. Y todo se repite la noche siguiente, como si la Navidad no fuera una fiesta, sino el comienzo de una breve condena.
—¿Será que todo Londres aborrece en secreto las reuniones sociales que nos dicen que no debemos perdernos?
Estaba tan cerca de ella que no hacía falta que bajaran la voz, lo bastante cerca como para que Louisa pudiese oler su perfume a cedro, y no se apartó.
—Yo me he preguntado lo mismo. ¿Vamos a la fila?
Sir Joseph colocó una mano sobre la suya, con un pequeño gesto de posesión que a ella le recordó a sus padres. Había sido un acierto rescatarlo de las garras de su excelencia. Tan acertado como someter a Jenny a una velada en compañía del radiante lord Lionel.
Dos parejas delante de ellos, su hermana sonreía radiante del brazo del caballero; su rubia belleza casaba a la perfección con la buena presencia de él.
La imagen debería haber despertado la envidia de Louisa, mucha más de la que sentía. En vez de eso, se sentía esperanzada. A Jenny le gustaban las cosas bonitas y Lionel sin duda lo era. Quizá su hermana y «lord Encajes» pudiesen encontrar puntos en común, y en ese caso, ¿quién sabía qué podría resultar de ello?
—Hábleme de su caballo, sir Joseph. ¿Lo ha entrenado usted mismo?
Él dejó escapar un suspiro, preparándose mentalmente para el desafío que le suponía la conversación de la cena.
—Soneto es como un niño pequeño con mucha inteligencia. Hay que mantenerlo entrenado o, de lo contrario, se vuelve travieso. Las pruebas, las rutinas del entrenamiento y las salidas frecuentes son más para defensa propia del jinete que para otra cosa.
Sonaba como si el caballo fuese una debutante con una mentalidad demasiado vivaz y eso fue lo que ella dijo. Consiguió hablar del asunto durante la sopa, pero luego la conversación se volvió más difícil. Al parecer, sus vecinos de mesa habían decidido que Louisa merecía el exclusivo placer de conversar con sir Joseph, y viceversa, aunque él no hiciese ningún esfuerzo por colaborar. Quizá su rechazo por aquella cena de parlamentarios superase el que ella misma sentía, lo que parecía casi imposible.
Para el tercer plato, Louisa comenzaba a desesperarse.
—¿Ha visto el Pabellón del Regente en Brighton, sir Joseph?
El asunto era potencialmente incómodo; el regente era un anfitrión generoso, pero en su mesa no cabían más de treinta personas y era improbable que un caballero del rango más bajo estuviese entre los invitados reales.
—Lo he visto, hace más o menos un año. Es… —Frunció el cejo y miró su copa de vino. Una charla con sir Joseph estaba llena de esas pausas, lo que llevó a Louisa a beber su vino más rápido de lo que debía—. Es imponente. No se parece a ninguna otra construcción arquitectónica que pueda describir; cada detalle ha sido planeado para deleitar y sorprender el ojo de los mortales.
—¿También encuentra imponente esa erupción de gigantescas cebollas?
En parte a causa del azaroso parón en la conversación de quienes los rodeaban, y en parte debido a la incredulidad que Louisa había deslizado en su tono, el comentario sobresalió por encima del barullo de la mesa.
La pausa se alargó hasta transformarse en un completo silencio.
—¿Mas vino, lady Louisa?
Sir Joseph hizo ademán de servirle y ella asintió con la cabeza. Llenó las copas de ambos, mientras, al otro de la mesa, Jenny le preguntaba a lord Lionel qué iba mejor con el color de su tez, si el topacio o el ámbar polaco y, en el extremo más apartado, la duquesa comentaba lo agradable que era que no hiciese mucho frío cuando el invierno parecía decidido a llegar tan rápido ese año.
Louisa no bebió su vino, ni tampoco pudo probar otro bocado de su côte de boeuf aux oignons glacés.
—Deduzco —comentó sir Joseph con suavidad— que no aprecia la influencia oriental en la arquitectura, lady Louisa.
Hablaba con naturalidad, como si Louisa no acabara de cometer una vez más el mismo error de siempre.
—Inglaterra tiene encantadores estilos arquitectónicos propios —consiguió responder—. ¿Qué necesidad hay de exotismos y a un coste tan alto?
Él hizo girar la copa, sosteniéndola por el pie; el cristal parecía frágil en su mano cubierta de cicatrices.
—Lo exótico, lo diferente, lo inusual puede tener su propia belleza.
En la cabecera de la mesa, el duque se aclaró la garganta.
—Entonces, ¿qué va a hacer con esa yegua que tiene, Trottenham? Si no gana y no termina de acostumbrarse a la brida, no tiene sentido dedicar más tiempo a su crianza, ¿no?
Era otro comentario desafortunado, que provocó que Louisa se sonrojara. Mientras Trottenham intentaba encontrar una respuesta, Eve bromeó acerca de que los potrillos se esforzaban por ganar cuando había una yegua bonita en la pista y los comensales festejaron su ocurrencia con amables risas.
Louisa pensó en aducir un dolor de cabeza, pero retirarse de la mesa sólo alimentaría los rumores y quizá perjudicara a sir Joseph, que no merecía en absoluto semejante censura. Pensó que podía guardar silencio y eso hizo.
Algo tibio le cubrió las manos, que mantenía sobre el regazo. Al bajar la vista, vio los ásperos dedos de sir Joseph acariciándole con lentitud los nudillos, una y otra vez. Lo hacía con discreción. La persona sentada frente a él e incluso la que se hallaba a su lado no advertirían que había hecho semejante avance.
Louisa colocó las palmas hacia arriba y, por un instante, sir Joseph entrelazó sus dedos con los suyos y se los apretó con delicadeza.
—Fortran et haec olim meminisse…
—…iuvabit —concluyó Louisa la cita medio susurrada. Era de Eneas intentando infundir valor a sus hombres, sugiriendo que algún día recordarían aquellos momentos con una sonrisa.
Sir Joseph volvió a presionarle los dedos, mientras ella se debatía entre la sorpresa y el placer. Nadie había intentado consolarla ni darle ánimos tras alguno de sus tropiezos en público. Su familia solía intervenir en su ayuda, pero lo hacían para ocultar sus errores, no para consolarla por haberlos cometido.
En cambio, Joseph Carrington, sin pronunciar una sola palabra, le ofrecía consuelo y compresión. El momento acabó antes de que Louisa pudiese agradecer su bondad; él retiró la mano y la encantadora tibieza que se esparcía por el interior de Louisa fue la única prueba de que el contacto había tenido lugar.
La frase «imperturbable coraje» adquirió un nuevo y estimulante sentido en su mente. Apartó la copa de vino unos centímetros.
—Reserve un poco de espacio para los dulces, sir Joseph. El duque es muy aficionado a ellos, así que podemos contar con algunas delicias para terminar la comida. No me sorprendería que hubiese budín de ciruelas.
Si él hubiese sido cualquier otro hombre, habría pronunciado una halagadora respuesta: «Su compañía ya es una delicia, lady Louisa. ¿Qué podría ser más dulce que el rostro que contemplo en este momento?».
Tonterías, por supuesto. No pensaba que pudiese tolerar semejante estupidez por parte de sir Joseph, pero éste dijo:
—Me encantan los dulces. ¿No ha disfrutado del tiempo que ha hecho estos últimos días, milady? No la he visto en el parque, aunque las últimas mañanas han sido agradables. No ha caído más que un poco de nieve.
Sir Joseph no decía tonterías. La había buscado en el parque o, al menos, había notado su ausencia. Ella lo recordó bajo la nítida luz de la mañana, recitando hermosa poesía con la única intención de complacerla. Un hombre que le recitaba a una mujer un poema como aquél era sin duda valiente.
Y también intuitivo. Louisa recurrió a todo su valor para contenerse y no coger la mano de sir Joseph. Pero la idea de que podía hacerlo, y de que él lo entendería, ya era bastante reconfortante.
—El tiempo ha sido adorable estos días, pero no puede durar. He apostado con mis hermanas a que volveremos a ver nieve antes de regresar a casa.
Y entonces, gracias a Dios, tendrían vacaciones y la paz y el silencio que sólo el campo podía ofrecer.
—Yo me refugio aquí porque soy un melancólico artista incapaz de mantener una conversación amable. ¿Cuál es su excusa, sir Joseph?
Joseph escrutó la penumbra que envolvía la silla junto a las decorativas palmeras. Elijah Harrison, lord «No-uso-mi-título», estaba sentado con aspecto aburrido y una artística palidez, vestido con un traje bastante conservador.
—Yo tampoco puedo mantener una conversación amable —replicó—. Pero en mi caso es a pesar de los esfuerzos por conseguirlo. ¿Por qué no está usted por los condados, pintando el retrato de las hijas de algún duque?
Harrison sonrió.
—Las hijas de los duques no están ahora en los condados. Si son lo bastante bonitas como para atraer un marido o tienen una buena dote, están abarrotando los salones de baile. ¿Se oculta de ellas aquí?
—Así es. —La bebida lo estaba volviendo honesto… o indiferente.
Joseph necesitaba una esposa (se lo repetía con frecuencia, como un mandamiento), de modo que cada noche escogía una de las invitaciones que recibía, con la intención de explorar el hostil territorio de Mayfair persiguiendo ese objetivo.
Y cada noche terminaba en la sala de juego, junto a la chimenea, bebiendo brandy en compañía de otros parias, ebrios, jugadores y cobardes… a menos que diera con una reunión que contase con la presencia de Louisa Windham; en ese caso, se dedicaba a rumiar en un rincón, desde donde se torturaba viéndola bailar por el salón.
—La orquesta toca bien —dijo Harrison sin venir a cuento.
Se podía apreciar la orquesta siempre y cuando no se estuviese hastiado ya de las piezas navideñas.
—¿Por qué no baila, entonces?
Harrison se removió en su silla.
—La mayor parte de las sesiones de pintura con mis modelos tienen lugar durante el día, porque para mi trabajo hace falta luz natural. Si me tuviese compasión, Carrington, me ignoraría mientras dormito aquí, cómodo y abrigado.
Había un dejo de auténtica irritación en las palabras del hombre, como si realmente estuviese interrumpiendo su anhelada siesta. Joseph se puso en pie, dejando su brandy junto al codo de Harrison.
—Dulces sueños. Si quisiera un retrato de un par de niñas pequeñas…
Se interrumpió. Aun en la sala donde los hombres jugaban a las cartas quizá no estuviese bien visto hablar de negocios.
El pintor se irguió un poco en su asiento.
—¿Niñas pequeñas? ¿De qué edades?
—Seis y siete. Son buenas niñas. Capaces de permanecer quietas si se les pide. —Durante unos dos minutos. Pero crecían con mucha rapidez y un retrato perpetuaría la imagen de algo precioso y vivo, para cuando la memoria de Joseph flaqueara.
—¿Están en la ciudad? —El hombre parecía evaluar el encargo, lo cual lo sorprendió.
—En Kent.
—¿De quién son esas niñas?
—Mías. —Se sentía bien al decirlo, era bueno recordarse a sí mismo ese hecho singular, aunque sólo fuera en el aspecto legal. Aquella semana, lo único que había hecho había sido echarlas de menos, a ellas y a sus hermanos.
Harrison alzó las cejas.
—Venga a mi estudio. Trataremos el asunto.
Joseph asintió con la cabeza y se dirigió a la puerta. Cuando llegó al pasillo, oyó que la orquesta tocaba una animada gavota, mientras doscientos pies se deslizaban y resonaban siguiendo el ritmo. Si se dirigía al salón de baile, quizá encontraría a lady Louisa Windham, girando, sonriendo y conversando tan elegante junto a algún caballero.
Permanecería con sus hermanas entre una pieza y otra, haciendo palidecer la belleza de las demás con la suya, tanto más terrenal. Los jóvenes se le acercarían (habría más variedad que en la cena ducal) y ella les concedería una pieza a los más afortunados.
Cada noche, Joseph observaba esa rutina el máximo tiempo posible, antes de escabullirse hacia la sala de juegos, donde se torturaba mentalmente pensando en la pésima salud del primo Hargrave y la necesidad de una madre para las niñas.
Confirmó que podía mover la pierna, que se había beneficiado de la serie de días de buen tiempo, y luego guió sus pasos no hacia la sala de baile, sino hacia la paz y la tranquilidad, y la discreta salida, que le ofrecía el jardín.
Louisa había reservado el vals para Lionel —él se lo había pedido cuando la saludó al comienzo de la velada— y, sin embargo, allí estaba él, sonriendo ante los parpadeantes ojos de Isobel Horton.
Maldito fuese.
Pero en realidad Louisa había bailado el vals con Lionel la noche anterior (ahora ella lo llamaba Lionel y él a ella Louisa) y la noche antes de ésa había sido una polonesa.
Louisa tenía la impresión de que el joven intentaba ayudarla a acallar la última oleada de rumores provocada por sus críticas al Pabellón del Regente. Eso era muy amable por su parte, pero aun así la idea resultaba un poco humillante.
Sus dos hermanas estaban en la pista de baile, y una dama no quería quedarse sin compañía para la cena.
De hecho, una dama no quería que la viesen paseándose por un costado del salón de baile sin hermanas, pretendientes ni un potencial acompañante para la cena.
Si Louisa permanecía allí mucho más tiempo, Westhaven debería ir a rescatarla.
Y eso no podía pasar. Su hermano bailaba bastante bien (para ser un hermano), pero su lástima era lo último que quería en ese momento.
Dejó su copa a un lado y se escabulló de la sala de baile, dirigiendo sus pasos hacia el aire fresco y la soledad que le ofrecía el jardín.
La orquesta acabó de tocar la gavota y los pasos y saltos de los bailarines sobre la pista cesaron.
Sir Joseph echó un vistazo por encima del hombro.
«Debería marcharme antes de que a alguien más se le ocurra escapar a la penumbra y las antorchas del jardín de invierno.»
Pero ya era demasiado tarde. Una figura solitaria apareció por las puertas de cristal y se detuvo un momento, alta, esbelta y encantadora bajo la luz parpadeante.
—No debería estar sola aquí fuera, milady.
—¿Sir Joseph?
—Aquí. —Él dio un paso hacia las antorchas que había junto a la puerta, ignorando deliberadamente la rama de muérdago que colgaba del enrejado que había a unos dos metros de ellos—. ¿Me permite acompañarla dentro?
—No se lo permito. —Pasó a su lazo, rozándolo y dejando su aroma a limón y a clavo en la brisa nocturna—. Necesito un poco de aire.
—Allí hay un banco. —Le cogió una mano enguantada y la guió hasta el asiento de piedra cubierto por la sombra, junto a la pared. En aquella terraza cerrada, las llamas de una docena de antorchas templaban la noche—. Respire un poco de aire; la veré luego en el salón de baile.
Esperó hasta que ella se sentó. Lady Louisa no tomó asiento con gracia, ni hizo ademán de alisarse la falda, sino que se dejó caer resoplando y se arrancó los guantes.
—Puede acompañarme, sir Joseph. Pronto empezarán a tocar el vals.
Al cabo de un momento de desconcierto masculino, él comprendió cuál era el problema.
—A usted le gusta el vals y no querrá perderse éste.
Ella frunció el cejo y luego la nariz de una manera que a sir Joseph le recordó a la pequeña Fleur.
—¿Qué mujer querría perderse un vals? ¿Va a quedarse aquí sentada? —insistió.
Su tono fue gruñón, pero ella no sintió rencor ni enfado.
Como si estuviera viendo a una de sus hijas, Joseph supo instintivamente que Louisa Windham estaba un poco dolida, un poco crispada y un poco cansada de ambas cosas.
Le tendió una mano.
—No he bailado el vals en muchos años y los recuerdos que tengo al respecto son pocos y vagos. Quizá se apiade de un soldado cojo y descubra qué recuerda.
Él esperaba que ella se riese. En sus malos días malos, era cojo y la mayor parte del tiempo era como mínimo frágil, como podía serlo un viejo caballo. No había bailado el vals desde que lo hirieron y no había esperado volver a bailarlo otra vez, porque eso requería gracia, equilibrio y ciertas piruetas.
Y también una compañera bien dispuesta.
Louisa colocó su mano desnuda sobre la de él y se puso en pie.
—Será un placer. —Sonrió mientras permanecía allí de pie, pero no le soltó la mano—. No debe permitirme que le guíe.
Había observado a cientos de parejas bailar cientos de valses y él mismo había disfrutado del baile cuando se puso de moda en el Continente. Los pasos eran simples. Lo que no era simple en absoluto era sentir a Louisa Windham acercándose con tanta naturalidad a él, cogiéndole la mano.
—Me gustaría sólo escuchar un momento —dijo ella—, sentir la música dentro, la forma en que nos impulsa a movernos, a levantar los pies y llenarnos de ligereza.
Se acercó todavía más, hasta quedar tan cerca de él que su pelo le hizo cosquillas en la mandíbula. Le colocó la mano en el hombro y Joseph sintió que se balanceaba suavemente, conforme la orquesta comenzaba a tocar los primeros compases. Se movía al ritmo de la música, dejándose llevar hacia sus brazos.
Se sintió muy privilegiado de estrecharla contra su cuerpo, de sentir su tibia figura femenina entre sus brazos. Su olor, limpio y ligeramente especiado, era más dulce cuando estaba tan cerca, como en ese instante.
Ahora que la tenía entre sus brazos no le parecía tan alta como en su imaginación. Unida a su cuerpo, encajaba… a la perfección.
Y por debajo de ese sentimiento de privilegio y de asombro, había otra emoción. Louisa Windham era encantadora, inteligente y valerosa, pero también era una mujer a la que Joseph había deseado desde el primer momento en que la vio.
Esperó hasta encontrar el compás adecuado, le cogió una mano y se movió con su compañera. Ella se movió con él; era la encarnación de la gracia, tan etérea como la luz del sol, tan fluida como la risa.
—Sabe guiar a una dama —susurró Louisa con los ojos entrecerrados—. Es un bailarín nato.
Era un hombre torturado por una rodilla herida y una cadera poco fiable, pero con ella como pareja y la música de una orquesta de dieciocho instrumentos para animarlo, Joseph Carrington bailó.
Cuanto más se movían juntos, mejor bailaban. Louisa dejó que la guiara por todas partes, dejó que decidiera lo amplios que serían los giros y cuánto la estrechaba. Se entregó a la música y un poco también a él, sin dejar de abrazarlo.
Bailar con una mujer que disfrutaba tanto del vals le daba a un hombre cierta confianza física. La estrechó aun más, maravillosamente cerca, y advirtió que lo que le daba tanta alegría no era simplemente el placer físico de abrazarla, sino la emoción que su confianza despertaba en su corazón.
La joven bailaba con un soldado cojo, con un criador de cerdos, y lo disfrutaba.
En lo que le pareció demasiado pronto, la música llegó a una suave cadencia final, pero Louisa no hizo la reverencia de cierre de la pieza, sino que permaneció en el círculo que formaban los brazos de él y apoyó la frente en su hombro.
—Gracias, sir Joseph.
¿Qué debía hacer? La excitación le corría silenciosamente por las venas, el perfume a limón y clavo de ella le invadía el cerebro. La voz del sentido común comenzó a machacarle los oídos.
«Inclínate, idiota. Inclínate sobre la mano de la dama, ¡ahora!»
Le acarició la espalda, demorándose en el contorno de sus músculos y huesos.
—La otra noche…
Ella no retrocedió, pero él notó la tensión en su columna.
—¿En la cena?
—Lo siento. He querido decírtelo antes, pero no he encontrado el momento. No soy buen conversador, Louisa, y mis modales no son… —¿Qué intentaba decirle? Sabía que discutir con una dama no era apropiado, pero se trataba de algo más que eso—. El Pabellón del Regente es una extravagancia, independientemente de si es bonito o diferente, y tú tienes todo el derecho del mundo a tener opiniones sensatas al respecto.
Joseph se permitió apoyar la mejilla contra su pelo, intentando memorizar cada uno de los placeres que ese instante le proporcionaba:
El placer de enmendar una conversación que no había sabido manejar.
El placer de su cuerpo cerca del suyo, acalorado por el baile y aun así apacible entre sus brazos.
El placer de su olor, limpio, dulce y único.
El placer de su disposición natural a permanecer cerca de él.
Pero Louisa borró todos esos placeres con un último gesto, uno que Joseph no había previsto, que no había imaginado ni en sus sueños más audaces, cuando se puso de puntillas y lo besó.
«Una mujer debería practicar cómo besar; de lo contrario, corre el riesgo de errar la mejilla que quería besar y, por simple accidente, posar sus labios en la boca de un hombre.»
Louisa se maravilló de que su cerebro fuese capaz de pensar eso, mientras otra parte de su mente advertía que, desde tan cerca, por debajo del perfume a cedro, la ropa de sir Joseph olía a verdadera lavanda, a una dulce y suave versión de la flor que la duquesa guardaba en sobres de tela para perfumar las habitaciones de Moreland.
Aún más cerca, con sus labios en los suyos, el beso también era suave. Delicado, dulce y sensual. Deslizó las manos y las entrelazó detrás de su nuca para mantener el equilibrio.
Al parecer, incluso un delicado beso podía amenazar el equilibrio de una dama… y quizá también el de un hombre. Joseph separó las piernas para afirmarse cuando ella se apoyó en su cuerpo. Cuando él le deslizó una mano por el pelo hasta detenerse en la nuca, Louisa se preguntó por qué las impresiones que tenía de un hombre diferían cuando había bailado con él.
La boca de sir Joseph se abría voluptuosa contra la suya, como un sorprendente ramillete de sensaciones que invadían su interior. Su beso fue una lenta exploración de su boca, la hizo sentir lánguida y audaz, deseada y desafiada al mismo tiempo.
Y advirtió que faltaba algo en ese beso: sir Joseph no tenía prisa. No titubeaba. No exhalaba agrio aliento a vino en su cuello. No apretaba sus pechos como si fuesen la masa para el pan.
Tampoco era impasible. Allí había cierta… turgencia nada pequeña o… ¿aquellas dimensiones serían normales en él?
Sir Joseph se movió un poco para que sus cuerpos se apartasen y la prueba de su posible excitación no quedara en evidencia ante ella. Louisa apoyó la frente en el pañuelo de su cuello y le agradeció en silencio que conservase un poco del sentido común que a ella le faltaba.
Los hombres eran criaturas extrañas. Los que habían sido heridos en la guerra, podían montar y bailar con más gracia de la que tenían al caminar; los que jamás habían puesto una indecorosa mano sobre su cuerpo eran capaces de darle un primer beso más dulce y cautivador de lo que nunca podría haber imaginado.
Los de él tenían el perfume del hogar y la felicidad, aunque careciesen de título nobiliario, estuviesen apartados de la sociedad y criasen cerdos en el campo.
Louisa tendría que mejorar su puntería si no quería besar una boca cuando esperaba dar con una mejilla recién afeitada. Esa conclusión era desconcertante, y era probable que sir Joseph pensase de ella cosas que habría preferido no insinuar. Peor aún, Louisa se preguntaba cosas sobre él que no debería preguntarse y sintió una pizca de resentimiento por ello.
Él suspiró, lo que hizo que ella advirtiera que estaba pegada a su pecho.
Su pecho tan ancho y musculoso.
—Milady, por muy encantador que haya sido este baile en todos los sentidos, me temo que la noche está cada vez más fría y que lo mejor será que la acompañe de regreso al salón.
Louisa lo olió una vez más, con la nariz junto a su garganta, donde el calor de su cuerpo liberaba las esencias más encantadoras —lavanda, cedro, pino—, puras e intensas. Retrocedió un paso. Lo que fuera que intentaba decirle era acertado, «en todos los sentidos». En el lapso de un vals y un beso, la noche se había enfriado abruptamente y era hora de que regresara junto a sus hermanas.
—Su excelencia. —Joseph hizo una respetuosa reverencia en el vestíbulo de la casa del conde de Westhaven, decorado con abundantes plantas, y el invitado, que estaba a punto de marcharse, le frunció el cejo.
—Por el amor de Dios, Carrington, preferiría el saludo militar.
—No, su excelencia, no debe ser así. Si lo saludase de ese modo, significaría que estamos otra vez en la guerra, y ninguno de los dos podría desear semejante cosa.
Wellington sonrió. Era un hombre guapo, maduro, de casi un metro ochenta de alto, popular entre las damas y capaz de desplegar bastante encanto cuando quería.
—¿Está llevándome la contraria, sir Joseph? Las viejas costumbres nunca mueren.
—Soy honesto, su excelencia. Decirle cualquier otra cosa en la presente compañía no sólo sería irrespetuoso, sino también inútil.
El duque resopló por su ganchuda nariz; era un rasgo que le había ganado el apodo de «viejo garfio».
—Ahórreme sus lisonjas. ¿Cómo va su pequeño negocio de importaciones?
Ése era el problema de haber servido en la Península. Un hombre podía darse de baja del ejército, pero nunca estaría completamente eximido de informar a sus oficiales superiores. Wellington se refería con frecuencia a sus soldados como su familia y de vez en cuando seguía organizando reuniones sociales con ellos.
—Me va muy bien en mi pequeño negocio, su excelencia. Gracias por preguntar.
El duque recibió los guantes, el sombrero y el bastón de un silencioso lacayo.
—Me preguntaba si no habría perdido el interés. Algunos de los oficiales compañeros suyos lo habrían hecho. ¿Cómo está su pierna?
—Cumple con su función.
—Es lo mejor que puede decirse de la mayoría de nosotros. Ocúpese de que continúe así. Feliz Navidad. —Su excelencia lo miró una vez más con el cejo fruncido y se marchó.
—Lord Westhaven lo recibirá ahora en la biblioteca, sir Joseph.
Siguió al lacayo por los pasillos de la casa, preguntándose cómo era posible que se estuviera tan bien allí dentro en un día de invierno tan inhóspito y gélido. La casa tenía un resplandor, una cualidad tranquila de la que las varias residencias de Joseph carecían, y la decoración de esa época del año, las naranjas con clavo y las guirnaldas, sólo eran parte de la explicación.
Conforme lo hacían pasar a la biblioteca del conde de Westhaven, advirtió que el hermano mayor de Louisa Windham ostentaba una pizca de su misma naturaleza alegre y segura, aunque no fuera un hombre jovial en absoluto. Era endemoniadamente guapo: alto, de pelo castaño oscuro y ojos de un verde esmeralda más acentuado que los de su hermana. Su nariz también parecía digna de heredar el título de duque.
—Sir Joseph, es un placer. ¿Llamo para que nos traigan el té?
—No hace falta, milord. No le quitaré mucho tiempo.
—Tome asiento de todos modos. —Westhaven no se sentó en la silla de su escritorio, sino que se dirigió a la chimenea y avivó el fuego—. Y me dará el gusto de tomar el té conmigo. La visita de su excelencia me ha dejado con hambre.
Con el conde de espaldas, Joseph se aplicó a la dificultosa tarea de instalarse en un cómodo sofá de piel.
—Ordene el té si lo desea. No rechazaré una taza humeante.
Westhaven dejó el atizador y se dio media vuelta con los brazos en jarras.
—¿Té, café o chocolate?
El chocolate era una bebida para mujeres mimadas… o quizá para condes felizmente casados.
—El té estará bien.
Al acercarse a la puerta para hablar con el lacayo, Westhaven apartó la vista de Joseph. Éste aprovechó ese momento de privacidad para masajearse los músculos del muslo derecho, porque el clima abruptamente más frío le hacía sentir como si miles de nudos se le ataran por dentro.
—La visita de Wellington ha sido sorpresa —dijo el conde, sentándose en una cómoda silla junto al fuego—. Creo que los duques adoran desconcertar a la gente con su presencia. Su excelencia iba de camino a Carlton House, y sospecho que desconcierta hasta al mismo regente cuando aparece allí. —Parecía divertido con la idea.
—Dios sabe que Wellington podría desconcertar a quien quisiera con sólo proponérselo.
Quizá eso no fuera muy respetuoso, pero era cierto.
—St. Just señaló lo mismo. Gracias a Dios, desconcertó también al condenado Corso. —Con una especie de ladrido, Westhaven indicó a dos lacayos que entrasen, con sendas bandejas de té. Una vez que se hubieron marchado, se irguió en su silla, contemplando la recompensa que había ante él—. Ayúdeme a comer al menos la mitad de todo esto, sir Joseph, o mi esposa me interrogará largo y tendido por mi salud la próxima vez que la vea. Tiene espías en la cocina y no puedo tener secretos con ella.
—No intente tenerlos.
—No lo hago.
Joseph observó cómo las agradables facciones del conde se transformaban en una sonrisa tan satisfecha, tan enamorada, que tardó un momento en recordar dónde había visto esa expresión antes.
—¿Le han dicho alguna vez que se parece mucho a su padre, Westhaven?
El conde hizo una pausa con la tetera a unos centímetros de la bandeja.
—¿Que me parezco a Moreland? No, no particularmente. ¿Cómo toma el té?
Aun con su negativa, Westhaven tenía una cualidad ducal que hizo que Joseph se encontrara más incómodo con el propósito de su visita. Le sirvió una taza de té, colocó algunos bollos tibios con mantequilla en un plato y habló sobre asuntos políticos y económicos hasta que hubo desaparecido una sorprendente cantidad de comida.
Joseph echó un vistazo al reloj y decidió que, si permanecía en aquel cómodo sofá junto al agradable fuego un minuto más, se quedaría dormido.
—Se preguntará por qué le he pedido esta cita, milord.
—Admito que tengo cierta curiosidad.
Nada más. Joseph lamentó el savoir faire del hombre, por mucho que lo admirase.
—He recibido una carta de su hermanastro, St. Just.
La expresión del conde no se modificó.
—¿Qué le ha escrito mi hermano que lo ha hecho venir aquí en un día tan frío y desapacible?
No dijo su «hermanastro», sino su «hermano». Era una evidente corrección.
—Ha expresado alguna preocupación por su hermana, lady Louisa, y me ha pedido que explore… —Se detuvo. Westhaven no era militar. Joseph deseaba ponerse en pie y caminar, pero eso no sólo hubiese sido un poco raro, sino además grosero. Y, en cuanto a sus palabras, decir «explorar» refiriéndose a una mujer no era exactamente refinado.
—¿Quiere que vigile a Louisa? ¿Por algún motivo en particular?
Los ojos verdes se clavaron en él; eran ojos muy parecidos a los de St. Just, pero ligeramente más reservados.
—En palabras de él, milord, su hermana está organizando una retirada del frente y St. Just no tiene intenciones de facilitarle la decisión.
Westhaven se cogió las manos con los índices extendidos y se los llevó a los labios. Joseph miró la jarra de chocolate.
—Louisa no es ninguna cobarde —dijo el conde.
—St. Just no es de los que consienten los dramatismos.
Joseph había considerado seriamente la petición de su amigo, recordándose que no era una orden de un oficial superior. Aunque tendía a torturarse pasando tiempo con Louisa Windham, no tenía la menor intención de informar a nadie de la lista de hombres con los que la dama bailaba y conversaba; menos aún si su propio nombre estaba en ella.
Westhaven arrugó su patricia nariz.
—St. Just se preocupa por sus hermanos menores. Hay que hacer concesiones. ¿Por qué ha venido a hablar conmigo del asunto?
—Si los intereses de la dama deben ser protegidos, ¿no son sus hermanos los que serán más capaces de defenderlos que yo?
Westhaven movió los dedos sobre los labios, lo miró un poco más con sus ojos verdes, pero no dejó traslucir nada.
—No tiene hermanas, ¿verdad, sir Joseph?
—No tengo hermanas ni primas, ni siquiera tías. Sólo tengo hijas. —E hijos, pero no los mencionaba en los círculos sociales.
—Las hermanas son un fastidio extremo, aunque también sean adorables. —Se sirvió otra taza de chocolate mientras hablaba—. Requieren protección, incluso mimos, pero no le dan mucha oportunidad a un hermano para que se los dé. Mis hermanos y yo estamos de acuerdo acerca de esto. Las hermanas son demasiado tercas y, en el caso de las nuestras, también condenadamente listas.
—Lady Louisa es una mujer maravillosamente inteligente. —Joseph no iba a decir nada más, no al conde de Westhaven, pero éste no tenía derecho a quejarse de sus hermanas. Ningún derecho.
—En opinión de la mayoría de los hombres, las mujeres no pueden ser «maravillosamente» inteligentes, sir Joseph. Louisa lo ha comprendido hace mucho tiempo, pero ha decidido no usar sus artimañas para atrapar algún hombre inofensivo como esposo.
El corazón de Louisa Windham se rompería antes que conformarse con un hombre inofensivo. Que su propio hermano no fuera capaz de comprenderlo era… molesto y decepcionante. Joseph intentó no pensar cómo se sentiría Louisa al respecto.
—Algún hombre que no sea inofensivo buscará atraparla a ella, su señoría. Circula el rumor de que sus hermanas tienen buena dote.
La expresión de Westhaven se ensombreció.
—Mi esposa ha sugerido también eso, pero Louisa, Eve y Jenny se cuidan mutuamente en las reuniones sociales. Me temo que St. Just busca reforzar las filas con su mirada vigilante, ¿no es así?
—Algo así, pero sólo porque yo baile poco y hable menos, no significa que sea el mejor espía.
Utilizó la desagradable palabra con la esperanza de que el conde hiciera algo y le ahorrara el deber de cumplir la petición de St. Just.
—Un espía. —Westhaven esbozó una sonrisa muy diferente. Satisfecha, calculadora… Eso también le recordó a Joseph a su ducal padre cuando se enardecía por alguna intriga parlamentaria—. Eso es. Necesitamos un espía. Seguro que puede entender por qué mis propios esfuerzos por controlar la situación serían inútiles, ¿verdad? Louisa huiría de mí antes del primer vals, y Jenny y Eve serían sus cómplices. Su excelencia sería aún más obvio, como un gato entre palomas, pero nadie sospecharía de sus motivos. —Su sonrisa desapareció al hacer ese último comentario y frunció el cejo, concentrándose—. Sir Joseph, debo unirme a mi hermano en su petición, por mucho que me pese pedirle esta ayuda.
Joseph se puso en pie con incomodidad, maldiciendo su pierna herida, a su condenado oficial superior y su propio interés inoportuno por una mujer que jamás debería haberse fijado en él.
—No espiaré a su hermana, Westhaven. Espiar a una mujer no es honorable y una dama merece algo mejor de parte de su propia familia. Buenos días.
El conde se puso en pie con envidiable facilidad.
—No tan rápido, por favor. Permítame que corrija mi petición.
—Usted no ha hecho ninguna petición, Westhaven. Y además debo marcharme.
Una digna retirada no era posible, porque su pierna derecha había escogido ese momento para agarrotarse dolorosamente. Consiguió avanzar un poco hacia la puerta pero el conde lo cogió por el brazo.
—Todo lo que le ruego es un momento, sir Joseph.
Un momento para disponer de un espía que vigilara a su propia hermana. Joseph conjeturó que Westhaven no se echaría atrás, por lo que quizá fuese mejor escuchar lo que estaba planeando.
—Le escucho.
—¿Le apetece un trago?
Joseph no pudo evitar echar un vistazo al aparador, donde había expuesta una media docena de decantadores y botellas en un generoso surtido de bebidas alcohólicas.
—Diga lo que tenga que decir, su señoría. Pensaba que alguien en situación de ayudar a lady Louisa debería estar al tanto de las preocupaciones de St. Just, no ser un virtual desconocido que en cualquier momento podría tener que regresar a Kent.
—Usted es un vecino, no un desconocido. Sirvió en el ejército con mi hermano y lord Bart y ha salido de caza con el duque. La duquesa lo aprecia.
Esa desconcertante noticia parecía representar alguna diferencia para Westhaven. También intrigó a Joseph, pero ni siquiera la aprobación de una duquesa tenía tanta importancia como para hacerlo cambiar de opinión.
—Aprecio mucho a su familia y a su hermana lady Louisa en particular. No me pida que viole su privacidad más de lo que ya lo he hecho al venir hoy aquí.
—Bien, entonces no lo haga. —Westhaven dejó caer la mano y dirigió a Joseph una mirada calibradora—. Pero no la abandone dejándola sin un defensor. Yo no puedo desempeñar ese papel, aunque sólo sea porque mi esposa y yo nos marcharemos al campo la semana que viene y no nos reuniremos con mis padres hasta la Navidad. No me atrevería a involucrar a mi padre en el asunto, porque él ya ha decidido intervenir en la búsqueda de un esposo. Si Louisa lo supiese, ya estaría en el primer transporte dirección norte, sin siquiera meter en las maletas más que uno o dos libros.
Aquella cena sobre asuntos políticos en casa de los Windham, con tantos invitados masculinos, cobró más sentido para Joseph. Una cena política, ya. No cabía duda de por qué Louisa se había sentido tan incómoda por un inocente intercambio de opiniones.
—¿Lady Louisa sabe que su padre está buscándole esposo?
—Dudo que le haya anunciado sus intenciones y, la mayoría de las veces, la duquesa es cómplice de sus planes.
Dios del cielo. Joseph sintió que el frío exterior se le metía en el cuerpo.
—Cada joven empobrecido que no esté de cacería en el campo intentará congraciarse con su excelencia desde ahora hasta la Navidad.
—Ya ve usted el problema.
Westhaven retrocedió un paso, dejando que la imaginación de Joseph se desbocara con escenas de lady Louisa abordada en los jardines, bajo las escaleras, en las antesalas y en salones privados… con ramos de muérdago y ponche navideño por todas partes, que podían ayudar a cualquier joven con ingenio suficiente para aprovecharlos.
Feliz Navidad, sí, claro.
—A ella le encanta bailar —dijo Joseph, entre dientes.
—¿A Louisa?
¿Cómo era posible que Westhaven no supiera eso de su propia hermana?
—Sí, a lady Louisa. No sospechará que su carnet de baile está lleno porque su papá está haciendo correr el rumor de que quiere casarse, no hasta que algún idiota le diga alguna estupidez.
—Louisa puede lidiar con los idiotas.
Ése no era el problema; de hecho, su propio hermano era un idiota. El problema era que sufriría cuando advirtiera que eran los planes del duque y no su atractivo personal los que la llevaban una y otra vez a la pista de baile.
—La vigilaré, pero no les informaré ni a usted ni a St. Just —se oyó decir Joseph—. Usted no le dirá nada a su padre ni a su madre y yo le diré a Louisa lo que estoy haciendo.
El conde arqueó las cejas.
—No se lo recomendaría. Pondrá en práctica maniobras evasivas y saboteará sus esfuerzos.
—No comprende a su propia hermana, Westhaven. Ahora debo marcharme y debería ir a Kent antes de las fiestas, pero le avisaré.
Tuvo la satisfacción de ver el desconcierto, aunque fugaz, en la expresión del hombre. Luego lo vio esbozar otra sonrisa, esta vez dulce y ligeramente cómplice.
—Gracias, entonces. Y que tenga la mejor de las suertes.
Joseph se despidió de él deseándole un buen día y cogió su sombrero, sus guantes y el bastón de manos del lacayo, en la puerta de entrada. En lugar de quedarse en la biblioteca del conde, disfrutando de una copa de buen brandy en compañía masculina, Joseph se marchó cojeando solo en la oscura y gélida mañana de invierno.