Capítulo 10

—ESTO es un desastre.

—No aprietes los dientes, querida. —Jenny detuvo el lápiz en medio de la página—. ¿Qué es un desastre?

Louisa entró en el salón de dibujo de su hermana (que era de hecho un salón de dibujo, y no un mero refugio donde ir a ocultarse) y se dejó caer junto a ella en un sofá.

—Voy a casarme mañana. ¿Qué es lo peor, lo menos delicado y más incómodo que puede sucederle a una mujer cuando se acerca su noche de bodas?

Maggie, que estaba en la ciudad con motivo de la boda, se quitó las gafas de encima de su elegante nariz.

—¿Alguien ha puesto ciruelas horneadas en el menú del desayuno?

Louisa no pudo contener una sonrisa ante la pregunta de su hermana mayor. Desde la infancia, ese alimento había tenido un predecible efecto sobre su digestión.

—Eve se ha asegurado de evitarlo.

—Tendremos chocolate —aclaró Eve—, mucho chocolate. También he puesto los platos favoritos de todos en el menú, y la duquesa no ha rechazado ninguno de ellos.

Estaba sentada en un cojín junto al ventanal, bordando algo en un trozo de seda blanca. Maggie, por su parte, ocupaba la mecedora junto a la chimenea, donde un alegre fuego irradiaba bastante calor como para mantener confortable el pequeño salón.

—Tienes la regla, ¿es eso? —Sophie se inclinó hacia delante, sentada en la alfombra junto a la chimenea, y cogió la tetera—. A mí me ocurrió lo mismo después del nacimiento del bebé. Sindal parecía al borde de las lágrimas cuando se lo dije. Yo ya me había recuperado después del parto y el pobrecillo tenía planes para esa noche.

Semejante confesión por parte de su remilgada y correcta hermana no podía pasar inadvertida.

—¿Tú se lo dijiste? —preguntó Louisa, al tiempo que aceptaba la taza de té y observaba la leve sonrisa de Sophie.

—Cómete el último bollo. —Maggie le acercó la bandeja a Louisa—. Si no se lo dices tú, será tu doncella la que deberá ir a decirle al ayuda de cámara del caballero que estás indispuesta. Después de eso, tu esposo te buscará, para fisgonear y asegurarse de que en realidad no estás enferma y entonces tendrás que decírselo de todos modos.

Louisa desvió la vista de Maggie a Sophie. Maggie era la más alta de las cinco hermanas y la mayor, tenía el pelo rojo como el fuego y una dignidad que le sentaba muy bien como condesa de Hazelton. Sophie era de cabello castaño oscuro, curvilínea y bastante reservada, como correspondía a la baronesa Sindal.

Estaban casadas y hablaban con sus esposos de ciertas… cosas.

—¿Por qué un marido no puede comprender que tener la regla es una cosa y estar enferma es otra? —A Louisa su propia pregunta le pareció perfectamente lógica.

Sophie y Maggie intercambiaron una mirada, pero no una de superioridad como queriendo decir «estamos casadas y comprendemos estas cosas», ni tampoco una mirada de hermanas mayores. Era más bien una mirada que podría traducirse por: «¿cómo explicar una cosa así?».

—Sindal y yo compartimos la cama —dijo Sophie—. Te sorprenderías de lo fácil que es hablar de ciertas cosas cuando se apagan las velas y tu esposo te estrecha entre sus brazos.

Compartían la cama y eso implicaba que la compartían… todas las noches. Jenny inclinó la cabeza un poco más sobre su dibujo; junto a la ventana, Eve tenía la nariz prácticamente metida dentro del tambor de su bordado.

—Hazelton y yo también compartimos la cama. Siempre lo hemos hecho —dijo Maggie—. El asunto de la regla no ha salido todavía, pero el embarazo tiene algunas consecuencias poco delicadas propias del asunto.

—¿Y tú hablas de esas cosas con él?

—Nuestros padres comparten la cama —intervino Eve con suavidad y apretó la boca como si estuviera luchando con algún punto complicado—. Sé que tienen habitaciones contiguas, pero ¿habéis notado que las criadas casi nunca cambian las sábanas de la habitación de la duquesa?

—En Moreland ocurre lo mismo —añadió Jenny, alzando la vista desde su dibujo—. Es inevitable notar que en todos los demás dormitorios hay cambio de sábanas con frecuencia, pero en ése no.

Louisa no había advertido lo de las sábanas, pero sí que cuando sus padres se retiraban de alguna sala, utilizaban la puerta que conducía al salón del duque, nunca la de la duquesa. Había visto el cepillo de su madre junto a la cama de él una mañana y varias veces también sus gafas de lectura.

—Hemos nacido ocho hijos de ese matrimonio —señaló Louisa—. Mamá y papá no pueden haberlo conseguido sin pasar algún tiempo en la misma cama.

—Una cama… —Maggie soltó la palabra con desdén y se acarició la redonda barriga—. Nuestro primer hijo fue concebido en una manta de picnic. Benjamin tiene ideas arriesgadas con una frecuencia maravillosa.

—¿Y en carruajes? —preguntó Sophie, y su voz sonó como si hablara de algún pecado personal compartido con su esposo.

Maggie hizo un ademán con la mano.

—Carruajes, establos, glorietas… No me atrevo a cerrar la puerta de la sala de los billares ni a encontrarme a solas con el conde. Su creatividad, sin previo aviso, es verdaderamente asombrosa.

«¿La sala de los billares?»

—Nosotros tenemos un piano que tiene la altura perfecta —murmuró Sophie—. Valentine se escandalizaría si lo supiera. Y a Sindal le encantan las glorietas.

¿Valentine se escandalizaría? Louisa ya lo hacía, pero también estaba intrigada.

—Entonces, ¿vosotras no intentáis contradecir a vuestros esposos cuando se ponen… creativos?

Maggie comenzó a balancear la mecedora con lentitud.

—¿En el sentido amoroso, quieres decir? Oh, quizá en las primeras semanas después de la boda tuviese alguna tonta idea del decoro relacionada con esas cosas…

—Pero ya no es así —concluyó Sophie simple y llanamente—. Si sir Joseph no pone su parte de imaginación en el matrimonio, será tu responsabilidad inspirarlo. Sindal me mira con los ojos como platos cuando estoy de humor para avivar su creatividad. Y a mí me encanta hacer que me mire de ese modo.

En ese momento fue Louisa la que abrió los ojos como platos. Conocía a aquellas mujeres de toda la vida, las adoraba y habría dicho que eran sus mejores amigas en el mundo entero.

Pero en el transcurso de aquella conversación, se habían transformado en completas desconocidas.

—Si el decoro no tiene nada que ver con estos asuntos, entonces, ¿cómo sabéis cómo continuar?

Jenny hizo la pregunta que Louisa no se había atrevido a formular.

Maggie dejó de mecerse.

—Tú amas a tu esposo, él te ama. Lo averiguáis juntos y eso es la mitad de la diversión.

—La mitad del placer —añadió Sophie en voz baja.

Esbozaban secretas, soñadoras y femeninas sonrisas de mujeres casadas, lo cual hizo que Louisa se preguntase dos cosas.

¿Cómo avanzaba uno si el amor no era un factor ni para el esposo ni para la esposa? ¿Y cómo demonios iba a explicarle sus dificultades a sir Joseph?

 

 

 

—Tu hermano debería trabajar como maestro de ceremonias —dijo Joseph, apartando la falda del vestido de novia de Louisa para sentarse frente a ella—. Westhaven tiene un don para hablar y expresar la calidez de sus sentimientos.

Ella se puso en pie y se sentó a la derecha de él, por lo que tuvo que volver a arreglarse el vaporoso vestido color verde.

—Y además ha hecho gala del don de la brevedad, aunque estoy segura de que Valentine y St. Just también querían decir algo.

—Y Sindal y Hazelton y su excelencia, tu padre, y su excelencia, mi antiguo comandante en jefe, y el viejo Quimbey, su excelencia mayor.

Ella le sonrió, al tiempo que Joseph golpeaba el techo del carruaje.

—Hemos tenido suerte de poder escapar del desayuno nupcial antes de la primavera. Se supone que vendremos a visitar a mis padres antes de marcharnos a Kent mañana por la mañana.

—¿Tu madre quiere asegurarse de que sobrevives a la noche de bodas?

A Louisa se le borró la sonrisa, pero no se apartó de él.

—Quizá sea tu supervivencia lo que les preocupa, sir Joseph.

Ahora que estaban casados, había algo distinto en su voz cuando se dirigía a él como «sir Joseph». Como si él fuera «su» sir Joseph, como si hubiese sido su esposa la que lo había nombrado caballero, en lugar del príncipe regente. Ella se quitó los guantes con aire sereno y se volvió hacia él.

—Te duele la pierna.

Antes de que Joseph pudiese prepararse para el placer y la incomodidad de su tacto, ella le presionó el muslo en toda su extensión.

—Louisa, no tienes que… sólo porque tengas cuatro hermanas a las que les encanta bailar… Dios del cielo. —Se resignó y dejó escapar un suspiro—. Y también tu madre.

—Que es buena, pero no es ninguna santa. —Louisa lo masajeó con más fuerza y la mezcla de felicidad, molestia física y aquella dolorosa alegría, lo obligó a cerrar los ojos.

—Y no te olvides de mi tía Gladys. ¿Alguna vez has pensado en el láudano para el dolor, Joseph?

—No, no lo he hecho. Me dieron tanto láudano cuando me hirieron que conozco sus límites. Prefiero pensar en el matrimonio contigo como el mejor remedio.

Excepto que en el momento de la herida también estaba casado y el recuerdo dejó una sombra sobre el ánimo de Joseph.

—No necesitas halagarme, esposo. Estoy casada contigo con halagos o sin ellos.

Él abrazó a su rígida y flamante esposa.

—Y tú no necesitas dar un respingo ante cada sincera muestra de aprecio. Mi primera esposa no toleraba ver mi herida. —Ella dejó quietas las manos, pero no las retiró de su cuerpo—. Lo siento, Louisa. No debería haberla mencionado. No era mi intención hacerlo justo ahora.

Ella continuó con su bendito masaje en su pierna.

—Es la madre de tus hijas. Por supuesto que la mencionarás. Lionel ha dicho que habría sido un alivio para ella verte felizmente casado otra vez, pero he llegado a la conclusión de que sólo intentaba demostrar sus buenos modales.

Lo que en realidad había hecho ese hombre había sido acercarse demasiado a su esposa, pero no habría tenido sentido mostrar su disgusto frente a toda la buena sociedad. De todos modos, Valentine, el hermano de Louisa, había aparecido junto a ella mucho antes de que Joseph hubiese podido llegar a su lado.

—Lionel era uno de los favoritos de Cynthia. Probablemente era sincero.

Tan pronto como terminó de hacer ese comentario, Joseph deseó no haber dicho el nombre de su fallecida esposa; mucho menos junto con el de su querido Lionel.

—¿La echas de menos?

El agradable brillo del día de la boda se evaporó con esas cuatro breves palabras, trayendo en cambio todo el peso y la complejidad de un nuevo matrimonio, una unión a la que se habían comprometido, al menos la dama, por motivos nada sentimentales.

—¿Puedo ser honesto contigo, Louisa? Éste no es el tema más optimista del que pueden hablar dos recién casados.

—Siempre debes ser honesto conmigo y así yo también tendré el valor de serlo contigo.

Joseph no había encendido las lámparas del carruaje porque se trataba de un viaje corto, de sólo un par de calles. La oscuridad le permitía concentrarse no sólo en el relajante masaje que su esposa le daba en la pierna, sino también en la belleza de su voz en la oscuridad.

Al cantar, Louisa debía de ser contralto. Seguro que era una cantante extraordinaria en los registros más bajos y cálidos de la escala femenina y su voz debía de ser tan flexible como llena de gracia… al igual que su cuerpo moviéndose en la pista de baile.

Al leer poesía, esa voz sería divina, desplegando toda su belleza y encanto.

Y deseaba no oír nunca la decepción en ella, por lo que, en la medida de lo posible, aceptó el desafío que Louisa acababa de formular.

—Mi esp… Cynthia y yo nos casamos en lo que supongo que podría llamarse un ataque de lujuria patriótica. Yo era joven, pero tenía dinero, y ella era joven y, al menos en apariencia, estaba enamorada de un par de anchos hombros enfundados en un gallardo uniforme militar. Su familia estaba contenta de entregarla a mis deseosos brazos, algo que no comprendí hasta después de la ceremonia.

—¿No erais compatibles?

La prosaica naturaleza de la pregunta, su franqueza, lo conmovió.

—En el sentido en que pueden serlo los jóvenes, lo éramos lo bastante como para consumar la unión, pero luego yo me embarqué con rumbo a la Península.

Louisa era una mujer inteligente. La forma en que se inclinó hacia él y le besó la mejilla le dio la certeza de que lo comprendía: después de que él volviese a Inglaterra, su joven esposa y él no fueron compatibles en absoluto.

—Lo siento. Es probable que mi familia también se alegre de entregarme a tus deseosos brazos, pero yo no soy joven y no tengo ninguna intención de ser una molestia para ti.

—Ni yo para ti.

Vaya humilde intercambio de intenciones para ser un par de recién casados. Sin embargo, a Joseph le pareció atractivo. Reconfortante.

Alcanzable y honesto.

El carruaje giró en un callejón que daba al establo de su casa y él advirtió que podría haber pasado mucho más rato abrazando a su esposa en los oscuros y abrigados confines del vehículo.

—Yo también debo ser honesta contigo, esposo.

—Preferiría que así fuese.

—No estoy en condiciones de consumar nuestro matrimonio esta noche.

Él sintió sorpresa y decepción. Y, por un instante, consideró que, a pesar de todo su cariño y pragmatismo, más allá de toda la pasión que había demostrado en la alfombra, frente a su chimenea, varias noches atrás, Louisa prefería una unión sin relaciones sexuales.

Pero… su pasión había sido honesta. Su alegría al verlo regresar del duelo sin un rasguño había sido honesta. Las sonrisas que le había dirigido a través de masas de invitados a la boda en el salón de baile de Moreland habían sido radiantes y honestas.

—¿Por qué no puedes hacerlo?

En ese momento, su esposa retiró las manos de su pierna y él advirtió que ésta ya no le dolía. Los caballos aminoraron el paso.

—¿Louisa?

Ella ocultó el rostro contra su garganta, contra su piel y pudo notar que su mejilla estaba extraordinariamente caliente.

—Maldita… condenada… femenina… La próxima semana.

Joseph parpadeó en la oscuridad. Había estado casado antes. Durante una larga e infeliz temporada, de hecho, pero en ese extraño momento, con Louisa acurrucada junto a él en la oscuridad, todos esos años de matrimonio lo ayudaron a descifrar el significado de sus palabras y comprender su problema.

Se acercó a ella y le besó la mejilla, cuando lo que en realidad quería hacer era reírse… del destino, de las cosas horribles que había imaginado, incluso un poco de la murmurada indignación de su esposa respecto a la maldita biología.

—La semana que viene no está tan lejos, Louisa Carrington, y te prometo que podemos hacer que tu espera valga la pena.

Ella alzó la cabeza y sus verdes ojos brillaron con la idea del desafío.

—Y la tuya también, sir Joseph. Te lo prometo.

Y entonces sí se rieron… juntos.

 

 

 

Debería existir una poesía para la mañana después de la boda.

Louisa contempló a su esposo afeitarse. Era cuidadoso, metódico y eficiente al quitarse el oscuro vello de la cara. Tenía un tazón de té (no una taza) junto al codo, durante todo su masculino ritual, y se afeitó primero alrededor de la boca para poder beber.

—Te ha quedado vello en la mandíbula, esposo.

Esposo. Su propio esposo.

Él se volvió, con la cara salpicada de espuma, y le tendió la navaja. No era tanto un desafío sino que parecía más una invitación. El momento parecía reclamar un soneto sobre el ritual de afeitarse.

Louisa hizo a un lado su taza, un té que Joseph le había preparado, y se bajó de la cama. Cogió la navaja y le miró la mandíbula.

—¿Intentabas no herir mi susceptibilidad anoche?

—Tenías la regla.

Ambos permanecieron en silencio mientras ella le quitaba los últimos restos de espuma de la mejilla. Cogió la toalla que Joseph tenía sobre el hombro y le limpió la cara.

—Lo sé, pero apagaste todas las velas antes de desvestirte. He visto hombres desnudos antes. —Sin embargo, nunca había dormido con uno que la abrazara como él. Aquella manera era… agradable y facilitaba la conversación.

—¿Has visto hombres desnudos?

Había algo demasiado despreocupado en la pregunta de Joseph. Louisa dejó la navaja y dio un paso atrás.

—Mientras crecía, siempre teníamos uno o dos hermanos a los que espiar, y creo que a ellos no les importaba mucho que lo hiciéramos o habrían sido más discretos cuando iban a nadar. También asisto a todas las exposiciones de la Royal Society y la biblioteca de Moreland es bastante completa.

Él la besó y, al notar su boca sobre la suya, Louisa comprendió que su esposo sonreía por lo que acababa de decir. Sin embargo, el beso fue demasiado formal y no duró más que un instante.

Mientras estaba allí, entre sus brazos, oliendo el aroma a jabón de lavanda de su piel, se preguntó si los besos de casados serían distintos de los besos del cortejo.

—Me he casado con una mujer intrépida y traviesa —dijo Joseph, acariciándole la trenza—. Y pensar que yo estaba preocupado por si era una imposición de mi parte que compartiésemos mi cama anoche…

—No necesitas ser galante. Te hablé hasta el hartazgo.

Y él la había escuchado. No se había quedado dormido, no le había dado una palmada en el brazo ni se había dado media vuelta, no le había hecho saber de maneras poco sutiles que el día había sido bastante largo, ni le había dicho «muchas gracias» para interrumpirla.

—Has tenido una educación interesante. No muchas mujeres estudian astronomía, historia antigua y economía.

—El cálculo hace que el estudio de las estrellas sea más fácil. Me enviarán mis telescopios de Moreland; a nuestras hijas les gustará mucho quedarse despiertas después de la hora de ir a dormir para poder aprender las constelaciones. No sé quién disfrutaba más de los picnics de medianoche, si el duque, mis hermanos o yo.

Joseph dejó quieta la mano con que le acariciaba el pelo, sosteniéndole la cabeza.

—¿Te has dado cuenta de que te has referido a ellas como «nuestras hijas»?

Y con una sola pregunta ya entraban en un terreno peligroso. Probablemente no fuese un asunto poético, sino parte de las discordias matrimoniales.

—No quería ser atrevida. Puedo referirme a ellas como Amanda y Fleur, si quieres. ¡Qué nombres tan bonitos, por cierto!

—Por la forma en que lo dices, ellas son realmente nuestras hijas. Esto es más que un regalo de bodas, porque no es algo que me des sólo a mí, sino a dos pequeñas que necesitan mucho una madre.

El beso que le dio en ese momento fue diferente, reverente, tierno, cariñoso… algo que estaba más allá de la poesía.

Louisa posó la frente en el pecho desnudo de su esposo y, por enésima vez, maldijo en silencio su ciclo femenino, tan poco oportuno.

—Nunca llegaremos a Kent si no nos marchamos pronto.

Joseph le dio una palmada en el trasero y dio un paso atrás.

—No permitiremos que tus padres nos ofrezcan desayuno, porque de lo contrario tus hermanas te obligarán a recluirte en vuestra guarida privada. Sin embargo, sospecho que los peores serán tus hermanos. Nunca he visto personas más sobreprotectoras.

Él se perfumó con su esencia de cedro y especias y luego comenzó a sacar su ropa, haciendo repetidos viajes del armario a la cama. Continuó paseándose por el dormitorio, sin nada más que los pantalones de montar, con toda naturalidad.

Y a Louisa le encantó. Su esposo estaba bien dotado de músculos y pulcritud masculina y pensaba que sus hermanos eran personas sobreprotectoras. La había escuchado en la oscuridad, la había abrazado y le había masajeado la espalda cuando ella ni siquiera sabía que podía pedir semejantes consideraciones.

Quizá el amor no fuese un asunto de declaraciones grandilocuentes y rítmicos versos pareados. Quizá no fuesen rosas rojas y sentimientos teatrales. Quizá el amor fuese una palmada en el trasero y un beso tierno, una buena noche de sueño compartido y un hombre lo bastante considerado como para hacer una parada rápida en la mansión ducal antes del viaje de bodas.

 

 

 

—Usted la va a tener para el resto de su vida, Carrington. Al menos permítanos que le digamos adiós como corresponde.

El hermano músico, lord Valentine, hizo ese comentario con poca alegría, al tiempo que St. Just, Westhaven y cada una de sus hermanas abrazaban a Louisa. En una extraña exhibición de diplomacia, sus excelencias los duques se retiraron al interior de la mansión después de desearles un buen viaje a los recién casados.

—Han tenido a su hermana los primeros veinticinco años de su vida y empiezo a preguntarme si esperaban a que se marchase para apreciarla.

Lord Valentine alzó sus oscuras cejas en un gesto muy parecido al del duque.

—¿Qué se supone que significa esta grosería?

—Louisa ha estudiado prácticamente todas las lenguas europeas modernas, pero la única oportunidad que ha tenido de hablarlas ha sido cuando sus padres invitaban a diplomáticos a su casa. Puede hacer cuentas mentales tan rápidamente que yo no podría ni seguirlas en el papel y, sin embargo, tiene suerte si Westhaven le permite que lo acompañe a alguna que otra conferencia sobre economía. Resumió medio milenio de historia de estrategia militar romana para St. Just, porque se sabe las cartas del César de memoria en versión original y traducida y, no obstante, en las cartas que St. Just le mandaba en respuesta a las suyas desde la Península sólo le hablaba de sombreros de damas. Usted le compone bagatelas cuando lo que Louisa debería estar haciendo es trabajar en una traducción de La Divina Comedia.

El joven parpadeó y esbozó una triste sonrisa.

—Supongo que cuando se trata de Lou, no sabemos muy bien qué hacer con ella. Advertí hace mucho tiempo que tiene tanta pasión como yo por la música, pero posee la capacidad para volcarse prácticamente en cualquier proyecto intelectual. Me habrían expulsado en mi primer semestre si no fuese por ella.

Guardó silencio mientras Louisa cogía un pequeño paquete que le entregó St. Just y se lo guardaba en su ridículo. Lord Valentine le había dado un regalo similar, como si esos pequeños obsequios pudiesen remediar un cuarto de siglo de negligencia fraterna.

—Deberían haberlo expulsado y haber permitido que ella se matriculase.

—Louisa siguió buena parte de los cursos a través de nuestra correspondencia. Me costaban casi todas las materias, porque pasaba demasiadas horas al piano. Latín era lo peor. Ella me hacía las traducciones y se las hacía también a algunos de mis compañeros, aunque fuese hacer trampa. Cuando comprendió lo que nos traíamos entre manos, dejó de hacerlo, pero para entonces…

Lord Valentine volvió a interrumpirse, y no quedaban en su cara rastros de su sonrisa.

—Para entonces ya habían aprendido bastante latín o griego de ella como para arreglárselas solos, mientras Louisa estaba obligada a permanecer en el campo en Kent, mirando las estrellas mientras nuestras hermanas bordaban sus corsés y dibujaban sus desnudos.

—¡Dios del cielo! ¿Desnudos?

—Miniaturas, me parece, porque los únicos modelos que tenían eran los hermanos a los que espiaban.

Tras ese golpe de gracia, Joseph dio un paso adelante, esperando que Louisa deslizara un tercer paquete, éste de Westhaven, dentro del ridículo. Lady Genevieve le dio un pequeño fajo de documentos atados con un cordel, que también fue a parar al ridículo. Finalmente, cuando terminó toda aquella ceremonia, Joseph consiguió llevar a su esposa al carruaje.

—Tengo la sensación de tener que escapar cada vez que nos despedimos de tu familia, Louisa.

Ella volvió a cambiarse de asiento para estar a su derecha.

—Lo que dices me resulta reconfortante. Cuando Sophie pidió un par de días de soledad en la última Navidad, finalmente advertí que no soy la única hermana Windham que desea paz y privacidad. Adoro a mi familia, pero son tan…

Volvió la cabeza para mirar por la ventana. Joseph le dio su pañuelo, pensando que quería decirles adiós con él.

—Soy ridícula. —Agitó el pañuelo, pero luego se lo llevó a los ojos—. Volveré a verlos dentro de un par de días, cuando nos reunamos para Navidad, y a los niños también. Aunque supongo que se me puede perdonar un exceso de sentimentalismo. No había visto a St. Just desde hacía meses y Maggie está embarazada, pero en cambio visitaré a Sophie muchas veces…

Él la acercó hacia su costado y le apoyó con suavidad la cabeza en su hombro.

—Los visitaremos a todos todas las veces que quieras, por todo el reino, incluso nos moriremos de frío en West Riding si St. Just insiste en seguir viviendo allí. Sin embargo, quería llevarte a París en primavera, y también te gustaría Lisboa, aunque allí hace mucho calor. No me gusta mucho Roma, pero Sicilia tiene toda clase de ruinas que encontrarías de lo más interesantes.

Ella apartó la cabeza de su hombro.

—¿Podemos llevar a las niñas? Los niños necesitan ver el mundo, ¿sabes? No se puede aprender todo sentado en algún polvoriento salón de clase.

No, no se podía.

Mientras Louisa comenzaba a planear un itinerario para sus viajes de verano, Joseph buscaba la manera de explicarle que las ausencias demasiado largas serían difíciles para él. Había una docena de niños en Surrey de los que no quería estar lejos mucho tiempo. Eran sus hijos.

«Nuestros» todavía no. Probablemente nunca lo fuesen.

 

 

 

—¿Cómo puede un hombre disfrutar de su bebida con la mano vendada de este modo? —Grattingly agitó la mano derecha, envuelta en vendas.

Lionel apenas alzó la vista del exiguo fuego que luchaba por vencer el frío, en el pequeño salón de su amigo.

—¿Cómo se puede pensar cuando no dejas de lloriquear ni un instante por un dedo herido, por el amor de Dios? En todos los clubes se sabe que sir Joseph te salvó el pellejo al negarse a dispararte en el pecho, como debería haber hecho.

Como un sabueso tras oír un desconcertante sonido, Grattingly se acercó a Lionel.

—No me dijiste que ese simio cojo era el tirador personal de Wellington. Eso no está nada bien, Honiton. Un amigo arriesga su vida por ti, pone toda su existencia en peligro para salvarte y tú…

—Fuiste tú quien cambió el plan. En el ejército, Wellington no tenía un tirador personal, aunque te dije que sir Joseph tiene una puntería de muerte. Intenté evitar que cometieras la locura de batirte a duelo con él y fuiste tú quien insistió en hacerlo.

—¿Y así me lo agradeces? Cuando una muchacha ha sido motivo de un duelo es muy difícil que pueda conseguir un esposo decente. Te entrego a Louisa Windham en bandeja de plata, incluso cuando ni siquiera fuiste capaz de interrumpir tú mismo su escandaloso comportamiento, te pongo a mano una inmensa dote y ni siquiera te molestas en darme las gracias.

Lionel permaneció en silencio; ése era todo el agradecimiento que Grattingly recibiría de su parte. La idea original era muy simple: Lionel rescataría a Louisa de una situación comprometida y pediría su agradecida mano en matrimonio inmediatamente después. No habían contemplado ningún duelo… hasta que Grattingly lo echó todo a perder.

—Debería ser yo quien estuviese tirándose a la hermosa Louisa —murmuró Grattingly—. Me gusta una mujer que se defiende.

Lionel dio otro sorbo a su vino de mala calidad.

—Te gusta una mujer que simula defenderse. Louisa Windham te habría castrado antes de que lo advirtieses.

Grattingly hizo rechinar su silla.

—Dios santo, ¿qué problema tienes? Necesitabas dinero. Por una pequeña suma, hago posible que lo consigas y una esposa de buena cuna por añadidura. Pero como no eres capaz de hacer tu parte, me tratas mal.

—Lo siento. La inminente pobreza me agria el carácter y esta bebida no ayuda. Por otra parte, no considero que un porcentaje de la dote de lady Louisa sea una «pequeña suma». De todos modos, ¿cuándo dejaste de comprar vino decente para tus bodegas?

¿Y dónde estaba la otra media docena de jóvenes que habitualmente se instalaba cómodamente en la casa de Grattingly por las noches?

El anfitrión se dirigió al aparador.

—El vino de Madeira no es barato, permíteme que te lo diga.

No, no lo era, en especial cuando estaba mezclado con brandy, pero era más barato que los licores importados.

—Tampoco he visto a esa criada tan bonita que tenías últimamente. ¿Estás intentando ahorrar, Grattingly? Es una actitud plebeya esa de escatimar en las necesidades básicas.

Lionel apuró su vino y no se dirigió al aparador con él. Bebido, Grattingly podía ser tan malicioso como estúpido (como demostraba el desafío a Carrington), pero Lionel lo provocaba para distraerse por un instante de sus propias dificultades.

—Los proveedores me cortaron el crédito —le espetó su amigo—. La bonita criada desapareció la semana pasada y no veré la próxima paga trimestral hasta el día de Año Nuevo. Maldita feliz Navidad de parte de los abogados del viejo Pater.

—Uno suele pagar lo que les debe a los proveedores en diciembre —señaló Lionel con voz cansina—. Al menos eso es lo que hace la gente decente.

—Mi abuelo es de tan buena cuna como el tuyo, Honiton, y tú no tienes más dinero que yo.

Lionel no iba a caer en esa trampa; no debía hacerlo, pero lo hizo de todos modos.

—En eso te equivocas.

—¿Qué quieres decir?

—Tú pusiste todos los huevos en una cesta, por así decir, esperando meter tus sucias manos en la dote de Louisa Windham sin tomarte el trabajo de seducirla ni de casarte con ella, como iba a hacer yo. Pero por suerte yo no tengo tan poca visión de futuro como tú y he puesto en marcha otros planes.

Grattingly, que estaba a punto de beber directamente de un decantador, se detuvo. Lionel tuvo que desviar la vista para que esa imagen no le diera náuseas.

—Hablas con acertijos, Honiton, y con acertijos que ni siquiera son divertidos.

—Ah, pero los sastres todavía me aceptan como cliente, ¿no es así? Y como tengo más recursos que tú, continuarán haciéndolo, igual que el herrero, el carbonero y todos los pequeños proveedores cuyas contribuciones son imprescindibles para una existencia cómoda, por tediosas que parezcan.

Grattingly eructó con un lento y húmedo sonido de vulgaridad que sólo acentuó el suave crepitar del fuego. Si esa falta de delicadeza hubiese tenido lugar en compañía de un puñado de jóvenes igualmente ebrios, habría provocado una ronda de comentarios procaces… o ningún comentario en absoluto. Sin embargo, a Lionel, como único compañero presente, ser testigo de semejante grosería lo impresionó más como un reflejo de sí mismo que de su anfitrión.

—Grattingly, se hace tarde. Te agradezco la hospitalidad, pero debería marcharme.

Se puso en pie y, como no había sirvientes a mano, cogió sus guantes, su bufanda, su sombrero y su abrigo, todo el tiempo con la mirada de su anfitrión sobre él.

—¿La criada se llevó al lacayo cuando se marchó?

—Es bastante posible. Supongo que no quieres ir un rato a The Velvet Glove, ¿verdad?

Lo haría (a Lionel beber le gustaba tanto como a su amigo), pero le vio el pañuelo de cuello manchado, los gruesos dedos sosteniendo el decantador por el cuello y la forma en que babeaba por las comisuras de la boca ante la sola idea de visitar un burdel.

Esos dedos que se habían metido en el escote de Louisa Windham y aquellos labios húmedos que habían intentado besar su boca, cuando había dicho que sólo la abrazaría o que le humedecería groseramente la mano.

—Me temo que no puedo, quizá otra vez.

Grattingly lo saludó con el decantador.

—Como quieras. Y que tengas mejor suerte con esos otros planes.

Agitó los dedos para despedirse y Lionel se marchó. El aire de la noche no era frío, sino fresco, considerando todos los fuegos que ardían en la miríada de chimeneas londinenses. Desde una calle cercana, se oían los alegres gritos de un vendedor ambulante ofreciendo sus castañas asadas y repartiendo bendiciones navideñas, y en el extremo de la calle, un cristiano agitaba una campana e importunaba a los transeúntes para que recordasen a los menos afortunados.

De algún modo, el propio Lionel se había vuelto menos afortunado, aunque no tanto como para caer al nivel de su amigo… Debía deshacerse pronto de su relación con él.

A Grattingly, su deshonroso comportamiento (¿y qué podía ser más deshonroso que manchar el honor de una joven dama de buena cuna y luego dispararle a su defensor antes de tiempo en un duelo?) le había costado hasta la compañía de aquellos muchachos tan pobres que ni siquiera podían pagarse su propia bebida.

Lionel dirigió sus pasos hacia la mansión del conde de Arlington, a varias calles de distancia, en el mismo Mayfair. Las mujeres de The Velvet Glove eran deliciosas, creativas y generosas con su tiempo. Pero también eran profesionales que esperaban que se les pagara bien en el momento en que prestaban sus servicios.

Hasta que los otros planes de Lionel dieran sus frutos (o hasta que empeñar joyas falsas fuese rentable), la comida y bebida gratis del baile de Mayfair tendría preferencia sobre otras ofertas más agradables que pudiese tener en la misma noche. Al tiempo que la nieve comenzaba a caer en la oscuridad y en el momento en que tanto el vendedor ambulante como el cristiano se callaron, Lionel elevó una breve plegaria para implorar que sus otros planes dieran generosos frutos, y que lo hiciesen pronto.