Diario de ella día 71
Hoy he regresado al mismo sitio, ya no encontré esas ilusiones por un nuevo lugar, vi la misma cara y sentí como me miraba, esta vez él a mí, los mismos ojos, todo es igual, pero yo me siento más extraña.
Diario de él día 71
Sigo odiando tanto las presentaciones como las despedidas.
Diario de ella día 72
Y si te dijera que me da miedo.
Estamos otra vez aquí, yo con ellos, con mis sueños y mis miedos enfrentados, pero puede ser que esta vez también sea diferente, tu no tenías que estar aquí, o quizás sí, seguramente no tendría que darle importancia, si lo miro con perspectiva me parece hasta descabellado, pero no voy a empezar ahora a intentar lidiar con mis locuras.
No sé muy bien cómo explicártelo, igual el miedo sólo es una forma cobarde de querer darle una pausa a esto, de tener una excusa para no dar ciertos pasos, y de que si algún día me equivoco tener una razón para defenderme ante mí misma.
No voy a empezar a discutir conmigo, esta vez no, sólo voy a separarme y a observarme durante un breve instante.
No sé si me atrevería a decirlo, a decírtelo, pero tengo miedo, por muchas cosas, y tú eres una de ellas, ya he vivido este cuento y conozco perfectamente el final, se cómo acaba la historia, y se cómo son los finales de príncipes y dragones, descubrí hace mucho quien gana las batallas y quien rapta a la princesa y esta vez no quiero ser yo, y mucho menos quiero que seas tú, igual hay veces que es mejor que sean los otros, es más cobarde sí, pero es más fácil.
Lo malo de esto es que dese hace un tiempo me gusta complicarme la vida. Y que me encantaría poder complicármela contigo.
Nunca será tarde…
Diario de él día 72
Que no te voy a mentir si te digo que no le cojo el ritmo a la vida.
Y de verdad te digo y espero, que el día que nos encontremos la vida y yo, no sea tarde.
Que no te miento si te digo, que no se si soy la persona más afortunada del mundo por conocerte, por volver a sentirlo, por volver a creer; o quizás soy la persona más desdichada del mundo, por recordarlo, porque hayas vuelto, por conocerte, pero de verdad, que te lo agradezco.
Diario de ella día 73
Dice una leyenda que un hilo rojo conecta las almas destinadas a estar juntas, que este hilo puede enredarse, estirarse, pero nunca romperse, yo no sé si tú conoces esta historia, me supongo que no, si no ya me hubieras contado en innumerables ocasiones todos los hechos y pruebas, que demuestran que ese hilo nos conecta a nosotros.
Es verdad que nuestra historia tiene mucho de azar, de destino como tú dices, y en ocasiones hasta yo veo las coincidencias, hasta quiero ver ese hilo.
Mira, en verdad me da igual, me dan igual las mil coincidencias, me da igual no haberte conocido hace muchos años, me da igual no haber sabido de tu existencia hasta hace unos meses, me da igual que haya sido una guerra lo que nos ha traído aquí, todo era impensable hasta ese día. A veces me cuentas historias, de lugares donde pudimos habernos conocido, de situaciones, de días o eventos en los que pudimos vernos y yo ni los recuerdo, pero sí que recuerdo perfectamente, esa mañana, tan diferente a la de los demás días, si de verdad tuviera que creer en el destino seria eso, encontrarnos de repente, entre tanta gente, entre el caos que desemboco la noche, sabes la cantidad de circunstancias, decisiones, y alternativas que tuvieron que juntarse ese día para que nos encontráramos, aquí, de verdad que no creo en el destino, aunque tú a veces hagas que le crea, si jugaba a enredarse y a estirarse, si lo sigue haciendo, no caigamos en la trampa, no juguemos ya, no le demos el placer de divertirse con nuestra historia, porque ya ha dejado de ser suya, dicen que ese hilo no se puede destruir, pues sinceramente no me importaría que lo hiciera, porque para mí ya no hace falta que nos una nada más que nuestras manos.
Te amo.
Diario de él día 73
Y aquí estoy yo, rodeado de tus regalos, el último está flor, sin pétalos, sin hojas, pero no las arranqué yo, no quiero saber si te quiero y menos que tú lo sepas, sólo quiero tenerte aquí, cerca, y abrazarte, tenerte allí, lejos y echarte de menos.
Quisiera tanto contigo, tanto junto a ti, que hay días que me sobra el cielo, la tierra, me sobran los sueños, caminar, reír, me sobra todo si no es contigo, en cada momento imaginar que tú lo veas, y actuar en consecuencia, en cada momento imaginar que estas aquí y compartirlo todo contigo, entregártelo todo, y que tú, quieras, o puedas, da igual, de verdad que no me interesa, no necesito nada más que apreciarte cómo eres, la suerte fue encontrarte.
Decían que el verdadero amor era desinteresado, ni mucho menos, me interesa mucho que me sigas haciendo feliz.
Diario de él día 74
Nos despertamos con los primeros rayos de sol del día, estamos cansados, ha sido una noche larga, salimos allí fuera, otra vez, como tú me pediste, para no aislarnos, para seguir viendo que hay mundo ahí fuera, con los riesgos que eso implica, aunque parece mentira que ahora sea yo el que se preocupa de estas cosas.
En la oscuridad de la noche, con su velo como capa, con su niebla como abrigo, visitamos aquella estación, aquella vieja estación, recordé todos mis momentos vividos allí, tú querías escucharme, pero yo no quería hablar, raro en mí.
Empecé a divagar, me deje llevar y encontraste la historia que querías:
“— ¡No te vayas!—la gritó, y corrió detrás suya, cada vez quedaba más distante, intentó alargar su brazo, agarrarla, retenerla, lo intentó también con su voz, atarla con ella, con el aire, pero su imagen cada vez estaba más lejos, entre toda la multitud de aquella estación cada vez era más difícil distinguirla y desapareció.
Pero él no se rindió. En esa estación llena de personas, él no se rindió, y busco una cara entre tantas, y buscó cuando no cabía esperar más que falsas experiencias y malgastadas ilusiones, caminó y caminó. Llegó hasta el centro donde se erguía una enorme torre que controlaba un grandioso reloj dorado, observó cuando sería sin duda el momento de rendirse, y confió en el azar que tantas veces le fue esquivo. Miró a su derecha, no vio nada más que gente, gente que en ese momento no era necesaria, vio entre ellas aquel puesto de flores, ese puesto al que tantas veces había recurrido y pudo ver la cálida sonrisa de una persona afortunada por poder ofrecer aquellas flores.
Era un puesto humilde, pero precioso, bien es cierto que la persona que lo regentaba no era del agrado de todo el mundo, pero ese puesto de madera, ya vieja, en otros tiempos bien tallada, con su toldo verde alegraba, y mejor aún, ofrecía esperanza para aquellas personas que esperaban sentadas en aquellas sillas negras. Caminó hasta allí, saludo a la Doña, y siguió su camino, siguió buscando, se acercó al puesto de souvenirs que se encontraba un poco más adelante, y volvió a observar esa esperanza, la esperanza de gente que solo quería poder entregar esos recuerdos, recuerdos de aquel lugar, recuerdos de aquel tiempo, no quiso entrar y continuó su paso, pero se detuvo ante el último escaparate.
Desde allí se dirigió hacia el otro lado de la estación, donde estaba la cafetería y al lado la taquilla, por el camino siguió buscando, pero las caras no eran más extrañas que el mismo, y llegó a la cafetería, un flujo de gente continua es lo único que encontró allí, gente con prisa por abandonar ese lugar, vio la larga cola que precedía a la taquilla, observó de nuevo la torre del reloj y supo que no poseía el tiempo necesario, una pequeña ventanilla se encontraba al final de la interminable cola, pero sabía que allí no iba a encontrar nada, y eso que al observar por última vez, la mujer que allí se encontraba le ofrecía una confianza de inesperadas dimensiones.
Ya solo le quedaban dos opciones, y gastó su primera bala, aunque con vagas ilusiones, entró en aquellos aseos y no hizo distinción de géneros, abrió cada puerta como si cada una escondiera una vida y se le escapó una pequeña sonrisa al observar un pequeño cuadro pintado en una puerta, un pequeño cuadro entre tantas palabras en aquellos baños blancos sin ningún tipo de identidad, “siempre estaremos juntos” rezaba aquella tinta, una ráfaga de aire con olor a combustible de aquellos trenes interrumpió aquel momento.
Ya solo le quedaba una opción, en ese momento se convirtió en su única esperanza, marcho hacia los tres andenes de la vieja estación, andenes de un color amarillo intenso, no paraba el tránsito en aquellas vías, se giró hacia la torre del reloj y comprendió que sería la última vez que lo miraba, pues su tiempo se había acabado, la hora de partida ya se había cumplido, ella se había marchado.
Miró los trenes, imaginó que en alguno estaría ella, y subió las escaleras hacia la plaza de la estación, se sentó en una de las sillas negras, mirando al suelo llevo sus manos hacia su cara, se agarró del pelo, la desesperación se hacía parte de él, pregunto a Dios que sería de su vida, y en aquel instante, sin saber cómo, sintió el aire, escuchó su voz, olió su aroma, y vio a lo lejos ese pelo largo, negro como el carbón pero con un brillo digno de las estrellas, vio su cuerpo, su cuerpo que tantas veces le sirvió de almohada y el cual un día juro que nunca olvidaría, corrió hacia ella, se acercó por detrás, no cabía en sí de tantos sentimientos, alargó su brazo y la tocó el hombro, no podía mediar palabra, ella se giró, y contempló aquel precioso rostro. No se puede describir con palabras tanta belleza y menos aún el sentimiento que ella despertaba en él, ella no dijo nada, sonrió, su rostro empezó a tornarse invisible, aquel pelo, su hombro, poco a poco se desvanecía, y desapareció como si fuera humo.
El desesperado preguntó a todo el mundo, sabía que aquello había sido real, pero a medida que preguntaba la gente también desaparecía, y allí estaba él, en aquella vieja estación, miro el reloj y vio el tiempo detenerse, y se quedó solo. Pronto comprendió que lo que había pasado solo era un recuerdo, y que aunque el tiempo pasa, no cierra heridas, no olvida y no perdona.
Pudo contemplar esa estación, la antigua torre que marcaba el ritmo de la vida, no había ritmo, no había vida, miró a su derecha, la gente que no era necesaria no existía y el antigua puesto de flores había marchitado, y aquel toldo verde había sido recogido, pues en la sillas negras ya nadie esperaba nada, se acercó, observó de cerca la madera de aquel viejo puesto, y derramó una sola lagrima por la vieja Doña, marchita ya.
Continuó hacia la tienda de recuerdos, y no encontró más que eso, recuerdos, recuerdos de otros tiempos que intentó olvidar, pero que no pudo al observar el último escaparate. Caminó hacia el otro lado de la estación, un cierre le negaba la visión de la cafetería, abandonada ya por todo el mundo, sin aquel olor a café, sin servilletas, sin gracias por su visita.
Esta vez no había cola de camino a la taquilla, nada lo frenaba, no le hizo falta mirar la torre esta vez, pues esta había detenido el tiempo, en la antigua ventanilla nadie podía ofrecerle ni un mínimo sentimiento.
Se encaminó a los aseos y no por necesidad, cuando llegó volvió a encontrar su camino cortado, esta vez por una cadena, cadena que tantas veces había imaginado, lastrando y atrapando sus sueños, pero se sonrió al recordar aquella tinta en esos baños blancos, "siempre juntos", una brisa interrumpió aquel recuerdo tan acogedor, una brisa vacía, seca, lúgubre.
Marchó hacia los andenes con la sonrisa ya borrada de aquel rostro que parecía no haber sufrido el paso de los años, allí estaban los tres andenes, grises, cansados, tristes, no había trenes que salieran, y otra vez se negó a mirar la torre pues el tiempo se había detenido, y su amor hace mucho que marchó, pero si miró las vías durante un rato, ellas conocían su paradero, pero no respondían. Volvió a subir las escaleras, por última vez, le parecieron interminables, y allí en la plaza de la estación se sentó, en una de aquellas sillas negras, y miró al suelo, acarició su rostro, mesó su pelo, sacó de su bolsillo aquel recuerdo del último escaparate, una pequeña tablilla hecha en madera tallada, que rezaba: “tú y yo, siempre juntos”.
Las lágrimas se desprendieron de sus párpados, empapando todo su rostro, una gran sonrisa luchaba por sobrevivir en su boca, y preguntó a Dios que sería de su vida, y en aquel momento, no hubo contestación, y allí en aquella vieja estación, en aquella vieja silla negra, se quedó para siempre.
Quién sabe si esperando una respuesta, quien sabe si esperando un tren.
Me miras con los ojos brillantes, a punto de romper, cristalinos, preciosos, qué quién es el protagonista de la historia me preguntas, qué cómo llego a mí, si fui yo quizás el que inventó semejante cuento, bien lo sabes, no soy yo, no soy protagonista de tal historia.
Sabes perfectamente quién se quedó allí, no fue él, no fui yo, fue el amor, allí murió, allí sigue esperando, y me preguntas que qué significa eso, que qué es el amor, yo no lo sé, ni si quiera hoy en día acariciando estas sillas negras soy capaz de recordarlo, él ya marchó, y me dejó solo, el amor marchó con alguien que de verdad pudiera amarlo.
Diario de ella día 74
Paseamos anoche, entre pasos e historias, entre conversaciones, esas que siempre se nos han dado tan bien, parecía tan triste todo, y nosotros lo hacíamos tan feliz, que ahora seas tú quien duda del amor me parece hasta gracioso, que ahora seas tú quien recuerda su pasado y le hace titubear me irrita, ahora que me he abierto a ti, tú me hablas de ella, me hablas de historias y de la muerte del amor, ahora que el amor vive en mí, que vive aquí con nosotros.
¿Quieres saber dónde está el amor?
Está en cada paso que dimos ayer mientras me agarrabas la cintura, en cada mirada de odio que te lanzaba cuando hablabas de ella, y sí, créeme que en el amor puede existir el odio, porque también estaba en cada mirada de amor que te lanzaba cuando odiabas ese amor, está en cada conversación que tenemos cogidos de la mano, acariciándonos, aislados del mundo, metidos en el nuestro, está en los primeros besos, en los que se dan con ilusión y con mucho miedo, y aunque no lo parezca también está en los últimos, esos que se dan sin ilusión, pero con auténtico terror, está en los buenos días que nos decimos, aunque hayan pasado días sin hablar, o aunque no sea ni la hora de levantarse.
Está en las buenas noches que nos damos cuando nos olvidamos de que tenemos que seguir manteniendo nuestro espacio, está en cada broma que haces y con las que yo no me rio, pero tú sigues intentándolo para verme sonreír, está en cada letra que escribimos pensando en el otro, en cada canción que escucho en mi cabeza por ti, porque no estás o porque estás demasiado.
Está en cada sonrisa que me sale al leer algo tuyo, y sobre todo está en mi sonrisa cuando escribo para ti, está en mi mirada cada día que te veo, en la alegría que me haces tener.
Está en cada saludo nervioso y en cada despedida triste, aunque no lo creas está en cada decepción, en cada dolor de tripa cuando algo no era como habíamos pensado, está en cada latido acelerado cuando sé que hoy nos veremos, y en cada pensamiento triste cuando desapareces.
Está aquí entre nosotros aunque no puedas verle, aunque a veces parezca que no hayamos decidido qué hacer con él, está aquí aunque no quieras creerle, aunque no quieras quererle, está aquí, y te aseguro que no va a marcharse, nos iremos nosotros antes que él.
Diario de él día 75
Hoy me da por recordar a aquella persona, me presenté, la conocí, era tan parecida a mí, nos gustaba disfrutar de cada segundo, y es lo único que hacíamos, disfrutar de la vida disfrutarnos, vil engaño al que nos llevamos. Te hable de él, de mi otro yo, de mi alter ego, no es que haya tenido alguna vez problemas de doble personalidad, pero creo que siempre existe lo que somos, y lo que mostramos, y no es engañarse a uno mismo, pues pienso que son dos partes importantes de nuestra personalidad que juntos hacen uno.
Dicen que somos todo aquello que hacemos para cambiar lo que somos, y así es, estamos viviendo, hay defectos que queremos cambiar, y no lo veo mal, siempre hay que pretender mejorar, y tenemos virtudes, todos, maravillosas algunas, y otras menos apreciables.
Hubo un día que dejé de disfrutar, dejé de disfrutarnos, no sé si fue motivo de una ausencia más que alta o simplemente quise disfrutar más que tú.
Dicen que la ausencia es al amor lo que el aire al fuego: que apaga al pequeño y aviva al grande. Dudo mucho que fuera grande, pero aquí me ves recordándola, dudando, analizando.
Es de día ya, no me atrevo a contarte a ti estas historias, siempre tienes tu punto de vista, y en este caso no difiere tanto del mío, y eso es lo que más me asusta. A veces cuando no puedo dormir, o cuando alguna reflexión me asfixia tengo que soltártela, a ti te divierte observarme, pero esta vez no, esta vez he intentado no despertarte y de momento lo he conseguido, ahora cuando lo hagas, cuando el sol deslumbre sobre esos cabellos dorados y comiences a abrir tus preciosos ojos color miel, te contaré una historia, hacía tiempo que quería hablarte de esto, venga…despierta ya cielo.
Diario de ella día 75
No sigas, basta ya de hablar de ella, ahora comprendo lo que decían, ahora entiendo la frase, “no te juntes con personas que no están solteras, no de relación, si no de mente”.
Soy un pasatiempo más en tu historia, soy un infortunio, una puntada mal dada en el telar de tu destino, soy el azar que ha hecho que nos encontremos, y que por la circunstancia hace que nos necesitemos y nos confundamos continuamente.
Si te vieras como se te iluminan los ojos cuando hablas de ella, ojala algún día se te iluminen así al hablar de mí, aunque supongo que yo no debería estar para verlo, así somos los seres humanos, brillamos con las ausencias y nos apagamos ante la presencia de quien queremos, somos cobardes, no somos capaces de demostrar todo ese amor, toda esa admiración, y menos yo, que me bloqueo cuando estás tú, cuando tenemos que hablar de estas cosas, y menos tú, que vives tu vida a tu modo, quitándole importancia a todo, viviendo, pero sin vivir, porque eres casi más cobarde que yo.
Diario de él día 76
Te temblaban las manos, las agarre, las envolví con las mías, —¡basta ya!—te dije, de la manera más dulce que me puede salir, no estés así, aunque hable de ella, aunque ella fuera lo que fue, ahora estas tú, estamos nosotros, y simplemente hablo con admiración, disfrutando de lo que viví, pero no de amor, eso ya no existe en esa historia, si lo hubo no lo sé, supongo que sí, pero ahora estoy aquí, tranquilízate, estoy contigo, y no me voy a ir, yo, no me voy a ir, y a ti tampoco te voy a dejar que lo hagas, no temas más, estoy aquí.
Diario de ella día 76
¿Sabes lo que pasa mi rey?
Que hay días que no es tan fácil, que siento ¿sabes?, pero no puedo avanzar, que no puedo creerme que soy ese animal en este mundo inhóspito, que hay días que me cuesta, que me duele, y sé que prometí sentir, y que el dolor es parte de todo esto, pero el dolor físico, no el dolor que siento aquí dentro.
¿Sabes lo que pasa mi rey?
Que a veces, se me olvida ser ese ser indoloro, inmutable, ese ser que solo es feliz, y te veo allí, veo tus ojos, veo tu pelo, veo hasta el alma que desprende ese carmín incoloro, y siento que estás ahí, siento tu risa en los amaneceres alegres, y siento tu llanto en las noches lúgubres, y te veo ahí intacto, por mí, por la imagen que cree de ti, y veo esos ojos azules, verdes o quizás de un color tan especial que en mi más íntima humanidad nunca llegaré a descifrar. Esa música que resuena en tu rostro, esa cara tan distante, y ese sueño tan lejano, y sé que es fácil pensar que no estás aquí, y es fácil sentir la lejanía y tan indoloro es el tacto de esta huella en tu piel, pero estamos aquí, sentimos, vivimos este ahora, quizás este ahora de un momento tan lejano, y como no estremecerse al escuchar el llanto que otras voces te dedican, y como no estremecerse ante los gritos que otras almas sueñan, y en este camino será absurdo preguntarse si estamos aquí por ti o por mí, pues mi respuesta siempre tan vanidosa se resolverá con un te quiero egoísta. Pero a veces pregunto, en alto si es necesario, o en un mascullante tintineo de mis dientes, un redefinir de timoratas palabras si quizás estamos aquí por puro azar o de verdad un destino de inestimable importancia o de ocultas intenciones nos llevó a conocernos.
Yo no tengo palabras, más que las malgastadas y rebuscadas en los recónditos mundos de mi mente para esta situación, hoy no se trata de ti y de mí, ni de tu sonrisa al despertar, ni de mis vagos intentos porque esta sea eterna, ni de nuestras buenas noches, hoy se trata de conocer, si es que albergas alguna palabra sobre esto, de nuestro futuro de si quizás no era una inconsciencia o una timidez lo que te retraía o albergaba algún reparo, si quizás era la vida la que te ataba tan duramente, o el miedo, o la timidez, o quizás un amor hace años vista.
Hoy al fin y al cabo, no es excusa, ni para ti, ni para mí, ni para esta vida que nos corrige.
Tu no le prometiste nada al amor, yo, sin embargo, le desprometí todo, le desprometí el volverle a ver, el volver a pensar en él, y aunque parezca y es clara la idea de que esto no es amor, yo no sé lo que pudiera ser, obviamente seria vanaglorioso tildarlo de tal manera, ni mucho más puedo poner esto en cual escalafón, pero por no serlo, no deja de ser duro; y aun así prometí no verlo más, prometí no volver a prestarle palabra, y aquí estamos, él y yo, y tú de lejos observando dicho encuentro, prometiéndonos que algún día, esto será solo palabra, o al menos por mi parte.
Diario de él día 77
Y que querías ¿qué todo siguiera igual?, ¿qué cuando me abandonaras, no me fuera a refugiar en mis recuerdos, en mis miedos más profundos, en todo lo que fuera necesario para no ver en donde nos encontrábamos?
Fue tu culpa que dejara de vivir el presente, que me dedicara a preocuparme por el pasado y por el futuro, fuiste tú quien hizo que sintiera menos y pensara más, que tuviera la más mínima posibilidad de juzgarte, cosa que yo antes no hubiera hecho, y que no se te olvide que sobretodo fuiste tú, quien me dejo aquí, solo, con mis pensamientos, como iba abrazarte a ti y no a ellos, si no estabas.
Diario de ella día 77
Y que poder es este tan profundo, los cuchillos que ya me clavaste los afilas desde dentro, no sé si yo lo he concedido pero ahora no lo quiero, me duele tanto, no sé cómo sucumbí a ofrecerte semejante don, pero a veces me arrepiento, porque si trato de ofrecerte mi mejor versión tú te dedicas a castigarme, ni si quiera se porque lo llamas amor.