Capítulo 2

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Contactos con el Mediterráneo

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En este capítulo

• Conocer los primeros restos de la cultura indoeuropea de los campos de urnas

• Apreciar la influencia de los contactos con griegos y fenicios

• Descubrir el misterio del reino de Tarteso

• Ver cómo Cartago retomó la actividad colonial de Fenicia

• Entender las guerras que enfrentaron a romanos y cartagineses

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Cuando el segundo milenio se acercaba a su fin, la península Ibérica se integró en las rutas marítimas de comerciantes y aventureros procedentes del otro extremo del Mediterráneo. Llegaron atraídos por la fiebre de la plata y pronto se asentaron en las costas del sur y el Levante, donde estrecharon relaciones comerciales con las comunidades indígenas y donde fundaron nuevas colonias. Pronto su cultura y su artesanía, ésta en forma de delicadas cerámicas y piezas de orfebrería, se diseminarían por las aldeas locales. La Meseta, en cambio, iba a quedar al margen de estos intercambios culturales, encerrándose en su propia tradición, mientras que el norte peninsular recibiría a otros visitantes procedentes de la Europa continental. Todos esos contactos con el exterior son los que, de una manera lenta pero imparable, conducirán a la vieja Iberia de la prehistoria a las mismísimas puertas de la historia.

recuerda.jpgCon las visitas de sus gentes, Oriente y Europa enriquecieron el proceso de mestizaje iniciado en ese momento y estimularon la divergencia cultural entre la costa y el interior peninsulares, que se prolongará en la biografía de España hasta la aparición del ferrocarril en el siglo XIX.

Los pueblos indoeuropeos

A partir del siglo IX a.C., pequeños grupos de hombres y mujeres indoeuropeos del sur de Francia, Suiza y norte de Italia traspasaron la barrera de los Pirineos y se internaron en lo que hoy es Cataluña llevando lo que se conoce como cultura de los campos de urnas, surgida en Europa central hacia el siglo XIII a.C. Su influencia en el litoral catalán, el valle del Ebro y la región valenciana quedará plasmada rápidamente en toda una serie de novedades:

• Surgimiento de núcleos urbanos dispuestos en torno a una calle central.

• Aparición de cerámicas desconocidas que sustituyen a las antiguas de origen autóctono.

• Un novedoso rito funerario, consistente en incinerar el cadáver y depositar sus cenizas en unas urnas cuya agrupación llegaba a formar extensos cementerios, de ahí el nombre de esta cultura.

Los invasores (aunque este término no sea del todo correcto, pues más que de una invasión se trató de una penetración no violenta) se instalaron en los fértiles valles del Ebro y el Segre, y desplegaron en ellos una rica agricultura basada en el cultivo de cereales. La zona de la Meseta, en cambio, quedaría al margen de estas innovaciones y mantendría una economía centrada en una ganadería trashumante, porcina y caballar.

El término indoeuropeo es un concepto más lingüístico que antropológico, y hace referencia a una etnia o conjunto de etnias que hablaba una misma lengua, de la que surgieron la mayoría de idiomas, vivos o muertos, de Europa y Asia meridional: las lenguas romances, célticas, eslavas, germánicas, indoiranias, sánscrito, griego...

La visita de fenicios y griegos

Desde las lejanas Sidón y Tiro, en el actual Líbano, al otro extremo del mar Mediterráneo, en el siglo VIII a.C. empezó a llegar a la Península un pueblo de intrépidos navegantes y comerciantes. Eran los fenicios que, dejando atrás sus miedos, se adentraron más allá de los conocidos puertos de Egipto y de las islas del Egeo para acercarse al mismísimo fin del mundo conocido, cuyo límite marcaban las columnas de Hércules, lo que hoy conocemos como estrecho de Gibraltar.

La codicia de alcanzar la cuna de los metales que reclamaban sin desmayo los mercados de Asia fue más fuerte que los temores de los fenicios, y así, aquellos navegantes no dudaron en echarse a la mar rumbo a lo desconocido. El premio a su valor no tardó en llegar, pues pronto encontraron los yacimientos de las minas andaluzas (para más información sobre este tema véase el recuadro “Los fenicios, un pueblo de navegantes”).

Las colonias fenicias

Gracias al impulso fenicio nacieron las ciudades portuarias de Cádiz, Málaga e Ibiza, que si bien centraron su actividad en el mercado del metal hispano, favorecieron igualmente un fenómeno de asimilación cultural al proyectar sobre las comunidades indígenas de la zona las formas de vida y tradiciones de Asia. Las aportaciones principales fueron:

• El torno de alfarería.

• La producción artesanal.

• El cultivo de la vid y el olivo.

• Los primeros vestigios de metalurgia del hierro.

Los fenicios, un pueblo de navegantes

La costa mediterránea de lo que hoy es Líbano estuvo habitada desde el 1200 a.C. por los fenicios. Situado entre Mesopotamia y Asia Menor por un lado y Egipto por otro, su territorio fue una de las más activas encrucijadas comerciales del mundo antiguo. Y a esa actividad mercantil se consagró en cuerpo y alma ese pueblo semita, cuyas naves exploraron todo el mundo conocido entonces. La invención del alfabeto ha sido su aportación más duradera a la humanidad.

El papel de Cádiz

Apenas tres islotes dormidos en una siesta milenaria antes de que las naves orientales los avistaran, Cádiz jugó un papel privilegiado en el comercio de la Península con Asia hasta el punto de convertirse en la capital de la plata del Mediterráneo y en la metrópoli de un territorio salpicado de diminutas colonias desparramadas por la costa andaluza. Con las riendas de ese comercio de plata, estaño, oro y marfil de Marruecos, Cádiz se llenó de gentes y mercancías mientras lejanos barcos descargaban en su puerto valijas de perfumes exóticos, cerámicas griegas y telas de procedencia libanesa que despertaban el gusto oriental en las nacientes elites sureñas.

Las grandes tumbas excavadas en roca, en las que los grandes señores se enterraban rodeados de lujosos ajuares, dan cuenta de su poder económico.

El oro de Tarteso

La prosperidad económica basada en la metalurgia de los núcleos de la región de Huelva, el valle del Guadalquivir y los valles de Extremadura confluyó en la mítica monarquía de Tarteso, bajo cuyo cetro se colocarían diversos reyezuelos indígenas movidos por la necesidad de regular el comercio y los suministros de metal. Sin embargo, poco se sabe de este reino aparte de las noticias contradictorias legadas por las fuentes griegas y por la arqueología, insuficientes incluso para delimitar el emplazamiento de su capital. De lo que no cabe duda es de que era el reino del oro y de la plata, como atestiguan descubrimientos tan espectaculares como el del tesoro de El Carambolo (cerca de Sevilla), formado por 21 piezas de oro de 24 quilates profusamente decoradas, con un peso total de 2.950 gramos. Y los griegos, famosos como los fenicios por su espíritu comercial, no iban a ser insensibles a tales noticias…

La caída del mundo fenicio

El esplendor de ese mundo conoció un final trágico recién estrenado el siglo VI a.C., cuando el nuevo imperio del babilonio Nabucodonosor puso su avariciosa mirada en las urbes fenicias de la costa de Líbano. En el 573 a.C., y tras un asedio que se extendió a lo largo de trece años, Tiro cayó en sus manos. Para Tarteso, el desbajaruste en los mercados metalíferos que siguió a esa conquista fue el fin. La crisis desvió el comercio hacia la colonia griega de Marsella y provocó el colapso de Fenicia y las viejas factorías semitas de la Península.

Pero el caos no fue sólo económico, sino también político. La monarquía de Tarteso desapareció del mapa y habrá que esperar a la llegada de los marinos y soldados cartagineses para que las antiguas rutas marítimas se recompongan y el puerto de Cádiz y el resto de colonias fenicias recuperen su vida y actividad.

La llegada de los griegos

Interesados por la riqueza mineral del reino tartésico, comerciantes y marinos griegos procedentes de Marsella frecuentaron también las costas peninsulares y establecieron una corriente de intercambios con los lugareños que desbordó el espacio catalán en el que inicialmente habían instalado sus bases e irradió por todo el Levante. Fundada en el siglo VI a.C., Ampurias fue el corazón de esa incursión helena en suelo ibérico. En poco tiempo, los mercaderes griegos fomentaron el comercio con las poblaciones indígenas de la zona, canjearon cerámica, vino y aceite, y helenizaron las costumbres nativas hasta crear un área permeable a las influencias mediterráneas (para más información sobre los griegos véase el recuadro “Ampurias, puerta de Grecia”).

Ampurias, puerta de Grecia

En la primera mitad del siglo VI a.C., un grupo de comerciantes griegos procedentes de Focea arribaron al extremo sur del golfo de Rosas y allí, en una pequeña isla, fundaron un asentamiento que no mucho más tarde sería el origen de la ciudad de Ampurias. Fue la primera urbe helena asentada en la península Ibérica y su nombre no miente, pues en griego Emporion significa “mercado”, y ésa y no otra era su función: la de ser un lugar de intercambio comercial con las tribus ibéricas de la zona. Durante la segunda guerra púnica sería el puerto escogido por el general romano Publio Cornelio Escipión para desembarcar sus tropas.

Se iniciaba así el proceso de romanización de Ampurias, que alcanzaría su máximo apogeo con la construcción de una nueva ciudad plenamente romana a partir del último cuarto del siglo I a.C.

Los iberos, señores de Occidente

Los geógrafos e historiadores griegos nos han dado las primeras noticias textuales de los indígenas con los que se toparon en sus incursiones por el litoral peninsular. Los llamaron iberos (como también a uno de los pueblos de la antigua república soviética de Georgia).

Los iberos vivían en núcleos urbanos rodeados de murallas y situados en lugares elevados, y se organizaban en una sociedad muy jerarquizada, con sus aristócratas y esclavos, y aunque actualmente sigue abierto el debate sobre su origen, no hay duda de que fueron un pueblo que llegó a alcanzar un alto grado de desarrollo, sobre todo a partir de sus contactos con los navegantes llegados de otros puntos del Mediterráneo. Así lo atestiguan las evidencias arqueológicas y artísticas, sobre todo la Dama de Elche, un busto femenino cuya mirada encierra el misterio de la primera cultura española mezclada con las aportaciones de los colonos griegos y fenicios. Contagio, préstamo o mestizaje son algunas palabras que sirven para describir el universo religioso de sepulcros y divinidades femeninas que terminará confluyendo en el sueño de la Hispania romana.

El imperialismo comercial de Cartago

El relevo de los fenicios en el Mediterráneo central y la costa andaluza lo tomó Cartago, una antigua colonia fundada precisamente por fenicios procedentes de Tiro, que se levantaba en territorio de la actual Túnez. Gracias a su poderío militar y a las intrépidas exploraciones oceánicas de sus marinos por aguas del Atlántico (una narración griega, llamada El periplo de Hannón, refiere un recorrido por la costa occidental de África en una fecha tan lejana como el siglo VI a.C.), los gobernantes púnicos consiguieron recomponer las antiguas vías comerciales fenicias y ampliar el horizonte de sus actividades económicas. Gracias a eso, Cádiz consiguió recuperar el monopolio de la plata en la baja Andalucía, a la vez que la costa malagueña, la granadina y la almeriense conocían un nuevo período de prosperidad.

Guerra fría y no tan fría con Roma

Sin embargo, Cartago no estaba sola en sus propósitos de hacerse con el control del Mediterráneo occidental. Una nueva potencia irrumpía también con fuerza en el siglo IV a.C. Se trataba de la República de Roma. La pugna de ambas por el control de las ciudades de la Magna Grecia (las colonias helenas diseminadas por Sicilia y el sur de la península Itálica) se tradujo en un primer momento en una serie de tratados de paz que en absoluto mitigaban la amenaza de un enfrentamiento bélico. El inicial, conocido como primera guerra púnica, estalló en el año 264 a.C. y se saldó con la derrota y la ruina de las arcas de Cartago.

El control de la Península

La primera guerra púnica comportó que Cartago tuviera que pagar cuantiosas indemnizaciones a Roma, lo que acabó soliviantando a un grupo de dirigentes púnicos encabezado por el general Amílcar Barca, quien abogaba por ocupar la Península Ibérica y extraer de ella todos los recursos necesarios como para poner fin a las calamidades de Cartago.

Amílcar Barca consiguió finalmente salirse con la suya, y así un ejército cartaginés acabó desembarcando en Cádiz. Su avance por suelo hispano fue imparable. La hegemonía púnica se extendió rápidamente por todo el Levante, sometiendo a los pueblos autóctonos que se resistían a sus planes de conquista. El rico sur y ese Levante pronto se convirtieron en una auténtica colonia de explotación que disfrutó de unos años de éxito comercial gracias a la acción sobre tres ámbitos:

• Los cotos mineros andaluces.

• El cultivo de cereal en el valle del Guadalquivir, que se convierte en el granero de emergencia de África.

• La pesca y las salazones del litoral gaditano y las playas de Málaga, Adra y Almuñécar.

Cartagena, capital púnica

Toda esa actividad tendría como centro la ciudad de Cartagena, en la actual comunidad autónoma de Murcia, convertida por los cartagineses en su capital económica, política y administrativa. En sus talleres se fundían metales, se fabricaban armas, pertrechos navales y militares, y en sus muelles recalaban las naves que regresaban a la costa africana cargadas de grano y con los tesoros minerales.

La toma de Sagunto

En el siglo III a.C., Sagunto era uno de los enclaves comerciales estratégicos de griegos y romanos en el Levante. Tanto es así que su control, tras la firma del tratado romano-púnico del 226 a.C., quedó en manos de Roma, a pesar de hallarse la ciudad en la zona adjudicada a Cartago. Bien lo sabía Aníbal, quien en el 219 a.C. la asedió para hacerse con sus riquezas y lanzarse a la conquista de Roma. Ocho meses duró el sitio y, según la leyenda, los saguntinos, antes que caer en manos cartaginesas, prefirieron quitarse la vida arrojándose a una gran hoguera.

Fuera así o no la historia, lo cierto es que la tragedia de Sagunto motivó el estallido de la segunda guerra púnica.

El fin de un sueño imperial

Pero Roma no iba a quedarse de brazos cruzados ante la expansión púnica por la península Ibérica. Sin embargo, a punto de embarcarse en una ofensiva contra los galos, la República no podía abrir un nuevo frente de combate contra sus enemigos norteafricanos, por lo que en el año 226 a.C. firmó un tratado que intentaba poner freno a las conquistas cartaginesas. Según lo estipulado en él, la Península quedaba dividida en dos grandes zonas de influencia marcadas por el río Ebro: al sur, el territorio sería cartaginés; al norte, Roma y sus aliados griegos mantendrían su poder.

Las campañas de Aníbal

Convenio en mano, el nuevo líder cartaginés, Aníbal, lanzó sus tropas contra las tribus asentadas al sur del Guadarrama a fin de asegurarse el antiguo camino tartésico de los metales. El éxito obtenido en su ofensiva le llevó a conquistar la franja costera del Levante, incluida una ciudad como Sagunto que, a pesar de hallarse al sur del Ebro, mantenía una gran relación con los griegos de Marsella y, por ende, también con Roma. Esta no tardó en responder a la afrenta enviando sus legiones a la Península. Era el comienzo de la segunda guerra púnica (para más información sobre las campañas de Aníbal véase el recuadro “La toma de Sagunto”).

La conquista de Cartagena

En el 218 a.C., la sangre volvió a teñir el viejo suelo ibérico. Mientras Aníbal protagonizaba una de las grandes gestas militares de todos los tiempos al hacer pasar sus elefantes por los Alpes en su camino hacia el corazón de la mismísima Roma, el general romano Publio Cornelio Escipión, el Africano, desembarcó en el puerto catalán de Ampurias y conquistó la capital púnica en la Península. La vía de suministros del ejército cartaginés quedó así cortada y Aníbal, hostigado por las legiones y las tribus itálicas, se vio obligado a retirarse al norte de África para ser derrotado finalmente en la batalla de Zama.

Era el fin del sueño imperialista cartaginés. A partir de ese momento, Roma, sin nada ni nadie que pudiera disputarle el dominio del mundo, se lanzó a construir los pilares de su futuro imperio. La conquista de Hispania sería uno de sus primeros capítulos.