Capítulo 21
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Historia de dos odios
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En este capítulo
• Ver cómo España se divide en dos bandos antagónicos
• Apreciar la importancia de la ayuda de los totalitarismos fascistas a Franco
• Conocer los conflictos internos de la República y su resistencia
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La rebelión militar que todo el mundo temía acabó por fin estallando. Fue un error del gobierno del Frente Popular destinar al general Emilio Mola a Pamplona, desde donde diseñó con total tranquilidad la sublevación que debía, a entender del ejército, devolver al país a un estado natural de ley y orden. Lógicamente, con los cuarteles como modelo. Y también fue un error alejar de la Península a Francisco Franco, el “héroe” de la sangrienta represión asturiana, que aprovechó su retiro en las islas Canarias y su prestigio entre las guarniciones del Protectorado de Marruecos para conspirar a sus anchas.
La sublevación militar es un hecho
El 17 de julio de
1936, la guarnición de Melilla encendió la mecha de la sublevación
militar y dio comienzo al horror incivil de la guerra. Mientras
Franco saltaba el océano en avión para dirigir el correoso ejército
africano, Mola se levantaba en el norte con el apoyo del brazo
armado del rancio y sin embargo aún vigente carlismo.
Apasionados de izquierdas y derechas, comunistas y fascistas, republicanos y monárquicos, ateos y católicos, separatistas y centralistas, campesinos hambrientos y terratenientes rapaces… Todos entablaron en el campo de batalla su propia guerra, extendida también a unas retaguardias en las que el terror y la muerte señoreaban por doquier. Era el adiós a la ilusión republicana de un país más justo, moderno y abierto, tres años de enfrentamiento que se llevaron por delante seiscientas mil vidas y dejaron por el camino buena parte de la riqueza material e intelectual de España.
España se parte en dos
La rebelión fracasó en su objetivo de apoderarse de la totalidad de España, pues fueron muchos los militares que manifestaron su fidelidad a la República. El país, pues, se partió en dos:
• Bando republicano: Madrid, Vizcaya, Guipúzcoa, Asturias, Cataluña, el Levante y Andalucía oriental permanecieron leales al gobierno legítimo.
• Bando sublevado: Castilla la Vieja, Galicia, gran parte de Andalucía, Alava, Navarra y Aragón, o lo que es lo mismo, la España rural dominada por señoritos y sotanas, cayó en manos de los militares rebeldes.
Los dos bandos en la guerra civil española (julio de 1936)
“Venceréis, pero no convenceréis” |
Apenas habían pasado unos meses desde el inicio de la guerra civil, cuando el paraninfo de la Universidad de Salamanca se convirtió en el escenario del histórico encontronazo entre el rector Miguel de Unamuno y el general José Millán-Astray, el fundador de la Legión Española. Fue el 12 de octubre de 1936, el día de la Raza, hoy día de la Fiesta nacional de España. Una violenta alocución contra Cataluña y el País Vasco encendió los ánimos y Millán-Astray exclamó su célebre “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”. A lo que el autor de Niebla respondió: “Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. (…) Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España”. |
La primera ventaja de la República empezó a desbaratarse en cuanto entraron en escena las tropas españolas movilizadas en Marruecos, que, al mando de Franco y con la ayuda de aviones prestados por la Alemania nazi y la Italia fascista rápidamente se adueñaron de toda Andalucía occidental, Extremadura y Toledo. El desbarajuste en el bando republicano, en el que anarquistas, socialistas, comunistas y nacionalistas se enfrentaban entre sí por cuestiones ideológicas, facilitó aún más el trabajo a los sublevados.
La República se organiza
Ante la contraproducente tendencia del bando republicano a que cada facción hiciera la guerra por su cuenta y a la vez intentara imponer su propia revolución, el jefe del gobierno, el socialista Francisco Largo Caballero, apostó por dar el mando de las operaciones al ejército en detrimento de las milicias. Fue así como rápidamente quedó organizado un ejército popular, cuyo debut en Madrid no pudo ser más esperanzador. Las tropas rebeldes, acostumbradas hasta entonces a fáciles victorias y conquistas, se estrellaron por fin ante una defensa bien organizada y combativa. La resistencia de la capital española, dirigida por José Miaja, frenó el avance relámpago de aquel ejército curtido en las arenas del desierto africano. El grito de “¡No pasarán!” se convirtió entonces en el símbolo internacional de la resistencia al fascismo.
Llegan las Brigadas Internacionales |
Germanos que abominaban de la Alemania de Hitler, franceses veteranos de la Primera Guerra Mundial, estadounidenses atraídos por la utopía comunista, judíos que luchaban contra el ascenso del antisemitismo, checoslovacos, albaneses, rusos, polacos, mexicanos, cubanos, rumanos, húngaros, suizos, holandeses… Militares, intelectuales u obreros, gentes de todo el mundo llegaron a España para luchar por la República. Su himno, con música de Carlos Palacio, dejaba claro la disparidad de sus orígenes y su mismo ideal: |
“País lejano nos ha visto nacer. / De odio, llena el alma hemos traído, / mas la patria no la hemos aún perdido, / nuestra patria está hoy ante Madrid. (…) / Libre España de castas opresoras, / nuevo ritmo el alma batirá, / morirán los fascismos sangrientos, / en España habrá ya felicidad”. |
Muchos de ellos, más de siete mil, dejarían su vida en la sangría de la batalla. |
La búsqueda de apoyos internacionales
Entre 1936 y 1939, España absorbió la atención de medio mundo a través de la prensa y la radio. Los intelectuales españoles, convertidos en embajadores de la República, buscaron alianzas sin conseguir poco más que unas simples palabras de aliento de las potencias democráticas de Europa. Gran Bretaña y Francia miraban a otro lado, sin querer correr el riesgo de molestar a los inquietantes aliados de los sublevados, Adolf Hitler y Benito Mussolini. Sólo la Unión Soviética de Stalin y la clase intelectual europea respondieron a la desesperada llamada republicana, suficiente en todo caso para que los defensores de causas perdidas de todo el mundo se alistaran en las Brigadas Internacionales (para más información sobre el tema véase el recuadro “Llegan las Brigadas Internacionales”). Anarquistas, comunistas, socialistas, progresistas… Todos vinieron a España a ofrecer su sangre para que el aire fuera más libre y los hombres tuvieran esperanza.
La guerra del fascismo europeo
Franco lo tuvo más fácil. En su ayuda acudieron desde el primer momento Alemania, Italia y Portugal, que le proporcionaron unidades militares, armamento y dinero, mientras la Sociedad de Naciones, antecedente de lo que hoy es la ONU, miraba hacia otro lado no sin antes haber prohibido la participación internacional en esa guerra.
Franco se convierte en caudillo
El general gallego sabía que para que la victoria se inclinara de su lado, y más en una guerra que se aventuraba larga y que habría que ir ganando palmo a palmo en cada población, era vital un liderazgo bien definido.
La suerte vino a sonreírle a Franco cuando en 1937 el avión en el que viajaba Mola se estrelló en una colina burgalesa. José Sanjurjo, otro general que también podía haber optado a liderar la rebelión, había muerto la víspera misma del alzamiento. Lo mismo que los políticos José Calvo Sotelo, asesinado por un pistolero, y José Antonio Primo de Rivera, el fundador de Falange, ejecutado por los republicanos en los primeros meses de la guerra. Franco, pues, acabó convirtiéndose en el cabecilla de la rebelión.
La Iglesia apuesta por el Movimiento |
La sublevación militar del 17 de julio de 1936 pronto fue saludada con entusiasmo por la cúpula eclesiástica. El cardenal primado de Toledo, Isidro Gomá, llegó a asegurar ese mismo año que se trataba de la lucha entre “España y la anti-España, la religión y el ateísmo, la civilización cristiana y la barbarie”. |
Más tarde, ante el revuelo internacional levantado por tal apoyo suyo, el episcopado se vio obligado a justificarse el 1 de julio de 1937 con la llamada Carta colectiva de los obispos españoles a los obispos de todo el mundo con motivo de la guerra en España, donde se decía: |
“Hoy, por hoy, no ha en España más esperanza para reconquistar la justicia y la paz y los bienes que de ellas deriva, que el triunfo del movimiento nacional. Tal vez hoy menos que en los comienzos de la guerra, porque el bando contrario, a pesar de todos los esfuerzos de sus hombres de gobierno, no ofrece garantías de estabilidad política y social”. |
Los dos bandos en la guerra civil española (marzo de 1937)
El apoyo de la Iglesia
También la Iglesia apostó por Franco. Como parte del proceso de legitimación de la guerra que debía convertir un alzamiento faccioso en una cruzada, el episcopado español se dirigió a los católicos de todo el mundo con una pastoral colectiva en la que explicaban el carácter religioso de la contienda, para escándalo de los intelectuales católicos extranjeros, que no ignoraban las atrocidades que en forma de ajusticiamientos sumarios se cometían en la zona mal llamada “nacional” (como si la leal a la República no mereciera ese adjetivo con más razón aún). Sables monárquicos, ideales falangistas y mosquetones carlistas quedaban así unidos por el peso de los altares (para más información sobre el apoyo eclesiástico véase el recuadro “La Iglesia apuesta por el Movimiento”).
Las Españas ajustan cuentas
La guerra se dirimía no sólo en el frente de batalla, sino también en la retaguardia. En esos días, muchos españoles consiguieron ejecutar las venganzas que habían gestado durante demasiados años sin poder hasta entonces llevarlas a cabo. En cada ciudad, los partidarios de uno y otro bando aprovecharon para saldar viejas cuentas con auténtica saña y crueldad:
• En la zona de la República, la violencia se desató contra la Iglesia, la burguesía, los caciques rurales y los políticos conservadores. En el Madrid asediado, la legalidad se vino abajo por las cacerías de grupos de extrema izquierda. Era el Madrid de las checas, unas instalaciones organizadas por aventureros, sindicalistas o partidos políticos para interrogar o ejecutar a aquellos que consideraban enemigos.
• En la zona sublevada, Franco revistió de legalidad los paseos nocturnos que acabaron con la vida de tanta gente por el único motivo de pensar diferente. Lo hizo con la ley de Responsabilidades Políticas, que por ejemplo en Badajoz costó la vida a más de dos mil personas. “Mis tropas pacificarán España cueste lo que cueste y todo esto parecerá una pesadilla”, había respondido Franco a un periodista estadounidense en julio de 1936. Era la estruendosa paz de los cementerios… Maestros, obreros, campesinos, simples simpatizantes de izquierda o de la República fueron sus víctimas, también poetas, como Federico García Lorca.
Azaña ante los desastres de la guerra |
En 1938, el presidente de la República, un Manuel Azaña envejecido y abatido, expresó en Barcelona el que puede ser uno de los más bellos epitafios a quienes habían perdido su vida en la guerra: |
“Y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de la destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección. La de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla, luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor. Y nos envían con los destellos de su luz tranquila y remota, como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a sus hijos: paz, piedad y perdón”. |
El estupor de la tercera España
La mayoría
de españoles, no obstante, se vería rebasada por el extremismo de
los contendientes. Eran los representantes de la tercera España,
poblada de gente desbordada como los políticos Niceto Alcalá
Zamora, Miguel Maura o Casares Quiroga, o el filósofo José Ortega y
Gasset, y también por los miles de personas víctimas de bombardeos,
ajustes de cuentas y represalias, cuando no reclutadas a la fuerza
para luchar en una guerra que no era la suya.
La guerra entra en su recta final
Franco no tenía ninguna prisa en ganar la guerra. Su preocupación principal era asegurar todas las posiciones conquistadas antes de ordenar nuevos avances, lo que propició una lucha larga y especialmente cruenta. Por ello, los republicanos, conducidos por el general Vicente Rojo, pudieron quemar en julio de 1938 su último cartucho en la batalla del Ebro, la más larga, áspera y demoledora de toda la contienda. La derrota republicana abrió a Franco las puertas de Cataluña, defendida por entonces por unas tropas maltrechas y bajas de moral. En enero de 1939, Barcelona caía y miles de personas, fieles al ideario republicano, partían hacia la frontera francesa en larga procesión.
La resistencia imposible
La suerte de la guerra estaba echada. Sólo los comunistas y el socialista Juan Negrín, jefe de gobierno desde mayo de 1937, creían posible prolongar la resistencia, a la espera de que algún acontecimiento internacional resolviera el conflicto. El enfrentamiento entre los totalitarismos fascistas y las democracias de Europa era algo que todo el mundo sabía que estallaría más pronto que tarde, y a eso se aferró desesperadamente el gobierno de la República. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial acabó llegando tarde para ellos. El reconocimiento del gobierno de Franco por Francia y Gran Bretaña fue un duro golpe, como lo fue también la dimisión de Azaña como presidente.
La hora de la victoria
Perdida toda posibilidad de paz negociada, el coronel Casado ordenó la rendición de Madrid. El 28 de marzo de 1939, Franco entraba en la capital, momento que el poeta José María Pemán recogía en una emocionada alocución radiofónica: “Españoles, madrileños, hermanos todos que me escucháis. Ante mis labios temblorosos por la emoción más grande que he sentido en toda mi vida, tengo un micrófono envilecido durante años por la calumnia y por la mentira. Pero me bastará gritar ¡Viva España! y ¡Arriba España! [...] Españoles todos: hoy ha entrado en Madrid, por encima de todo, el Caudillo, el caudillo Franco, el Caudillo del corazón grande, de la justicia, de la misericordia”.
Pero el poeta se equivocaba. Para su “Caudillo de la misericordia” había llegado la hora de la victoria. No la de la paz, ni la de la piedad ni menos la del perdón. La de la victoria, acompañada por toda su rueda de rencores, cárceles, condenas a muerte y juicios sumarísimos. Apenas cuatro días más tarde, Franco pudo decir en el parte oficial de guerra: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”. Sí, la guerra había terminado y con ella la República de las utopías y los sueños. En su lugar, España se precipitaba hacia una nueva era gris, intransigente y autoritaria.