Capítulo 1
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Nuestros abuelos más remotos
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En este capítulo
• Esbozar los orígenes del ser humano en la península Ibérica
• Descubrir los secretos de la evolución humana en Atapuerca
• Contemplar las primeras muestras artísticas de la cueva de Altamira
• Conocer la revolución que significó la agricultura
• Apreciar la aparición de un pensamiento simbólico
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Los primeros pasos del ser humano en la península Ibérica son un misterio. Sin textos escritos a los que pueda recurrir, el investigador sólo tiene ante sí las evidencias que le dan los yacimientos paleontológicos y arqueológicos. Son muchas las ocasiones en las que el descubrimiento de un simple hueso despliega todo un abanico de cuestiones por resolver. ¿Cómo vivía su dueño? ¿Qué comía? ¿Cómo se relacionaba con el resto de su grupo? ¿Cuáles eran sus miedos, sentimientos y esperanzas?
El abanico desplegado por estas cuestiones se abre hasta lo indecible si su estudio permite asegurar que se trata de una especie de homínido desconocida hasta la fecha, lo que comporta replantearse las teorías anteriores, hacerse nuevas preguntas y tantear nuevas respuestas, válidas hasta que otro descubrimiento extraordinario las ponga en cuestión… Todo, pues, se basa en los escasos restos materiales que la cirugía del tiempo no ha logrado borrar. A medida que avanzan los milenios aparecen cuevas antaño habitadas y aldeas enterradas pobladas de osamentas y cráneos, pero también de vasijas y utensilios, incluso de primerizos vestigios artísticos, testimonios todos ellos que aportan un poco más de información sobre la vida cotidiana de quienes los crearon, nuestros antepasados.
Por prehistoria entendemos tradicionalmente el período de tiempo que transcurre desde la aparición del primer ser humano hasta la invención de la escritura, que tuvo lugar en Mesopotamia hacia el tercer milenio antes de nuestra era, momento a partir del cual podemos hablar de historia. La arqueología, la paleontología, la topografía e incluso la física nuclear para la datación de restos son las principales disciplinas científicas que ayudan a su completo estudio.
Un antepasado africano
Bajo la tenue luz de los avances científicos, se puede decir que la vieja Iberia estuvo habitada por comunidades humanas desde los tiempos más remotos. Es lo que nos transmiten los únicos testigos que han llegado hasta nosotros desde aquella edad sin historia que se pierde en la noche de los tiempos: los fósiles del yacimiento burgalés de Atapuerca (para más información sobre el tema véase el recuadro “El yacimiento de Atapuerca”).
Los estudios realizados en Atapuerca permiten aventurar la existencia de un hombre que ha sido bautizado como Homo antecessor. Considerado la especie homínida más antigua de Europa, hace aproximadamente 800.000 años vagaba de un lugar a otro de nuestro suelo ibérico buscando alimentos y cobijo. África había sido su cuna y el análisis de sus restos no deja de deparar hallazgos sorprendentes, cuando no inquietantes. Por ejemplo, que nuestros antepasados eran adictos al canibalismo: las series de marcas de corte que presentan los huesos encontrados demuestran que fueron comidos por otros homínidos…
Abrumados por la presencia de la muerte, el temor a las fieras y la necesidad de resguardarse de la acción de los elementos, los individuos de esas comunidades buscaban la protección en cuevas. La lucha con las fuerzas de la naturaleza era constante para poder sobrevivir, y eso les obligó a aprender a conocer y adaptarse al entorno. El seguimiento de las manadas de animales que cazaban con sus incipientes armas, el florecimiento de las especies vegetales cuyos frutos recolectaban, los cambios climáticos asociados a las estaciones… Todos estos factores regían la vida de esas comunidades primitivas y explican la provisionalidad de sus campamentos.
Nuevos inquilinos en la Península
Al Homo antecessor le siguió el Homo heidelbergensis, así llamado porque sus primeros huesos se descubrieron en la localidad alemana de Heidelberg. Los abundantes restos que se han hallado de él en Atapuerca permiten pensar que este ancestro humano, que surgió hace 500.000 años, ya realizaba rituales funerarios, lo que implica la presencia de un pensamiento simbólico que sobrepasa la esfera de la mera supervivencia cotidiana. O lo que es lo mismo, la presencia de un elemento esencial que definirá al ser humano moderno y que lo diferencia de otros animales.
El yacimiento de Atapuerca |
En la provincia de Burgos, entre el llamado Corredor de la Bureba, la Sierra de la Demanda y las estribaciones de la Cordillera Cantábrica, se levanta la Sierra de Atapuerca, un lugar donde están escritos los orígenes de la humanidad en Europa. Allí, en 1994, y concretamente en la cueva conocida como Gran Dolina, se descubrieron 85 restos humanos muy fragmentados correspondientes a seis individuos de una especie de homínido desconocida hasta entonces, que fue bautizada como Homo antecessor por su calidad de antecesora de los neandertales y sapiens. |
Los diferentes yacimientos de Atapuerca, tanto sus cuevas, como la mencionada Gran Dolina, la Sima del Elefante o la Sima de los Huesos, o los que se hallan al aire libre, como el Valle de las Orquídeas, no han dejado de deparar sorpresas a los paleontólogos y arqueólogos. Restos de Homo heidelbergensis, Homo neanderthalensis y Homo sapiens, al lado del fruto de sus cacerías (huesos de caballos, rinocerontes, bisontes, jabalíes, osos o linces), dan cuenta de la actividad que esta zona conoció en los albores de la humanidad, que también aquí empezó a dejar trazas de su cultura en forma de herramientas y creencias simbólicas. |
Aunque muy discutida en los ambientes académicos, la tesis sobre los ritos funerarios demuestra cómo en el campo de la paleontología, incluso más que en el de la arqueología, las interpretaciones nunca son definitivas y siempre están a la espera de lo que aporte el próximo descubrimiento. De lo que parece no haber duda es de que ese Homo heidelbergensis tenía conciencia de grupo y sentimientos. Los restos de una niña, bautizada como Benjamina, con una discapacidad llamada craneosinostosis, que provoca graves problemas motóricos y cognitivos, así lo prueba: la pequeña llegó a vivir diez años, y eso indica que hubo alguien que estuvo constantemente a su lado, alguien que se preocupó por ella, que la cuidó, la alimentó y la protegió.
Homo neanderthalensis
El hombre de Neandertal llegó a la península Ibérica hace aproximadamente unos 100.000 años. La totalidad del continente europeo y parte de Asia central y occidental fueron su hábitat. De complexión baja y robusta, y con una gran capacidad craneal, vivía en grupo y poco a poco fue perfeccionando la industria de piedra. Hace unos 25.000 años se extinguió completamente. Sus últimos reductos se concentraron precisamente en suelo ibérico, donde llegó a coincidir con el Homo sapiens sapiens, la especie a la que pertenecemos.
Homo sapiens sapiens
Durante 5.000 años aproximadamente, neandertales y sapiens coexistieron en la Península. Desaparecidos los primeros por razones sobre las que los especialistas no se ponen de acuerdo, los segundos, originarios del continente africano, son ya los hombres modernos. Dotado de fantasía e imaginación, un elemento esencial para el éxito de la especie, introdujo importantes innovaciones en la fabricación de herramientas, tanto de piedra como de asta o hueso, con las que se lanzó a la conquista de su entorno.
La Capilla Sixtina del arte prehistórico
Pero el Homo
sapiens no sólo creó utensilios como lanzas, hachas,
arpones, propulsores o agujas de coser, sino que también
protagonizó las primeras manifestaciones artísticas propiamente
dichas. Uno de los ejemplos más asombrosos se encuentra en la cueva
de Altamira, en tierras de Cantabria.
Descubierta en 1879 por Marcelino Sanz Sautuola, la cueva de Altamira significó el descubrimiento del arte rupestre. Fue hace 15.000 años cuando sus anónimos artífices plasmaron sobre la piedra estas representaciones polícromas de bisontes, caballos, ciervos y manos, amén de otros misteriosos signos, en las que quedaría retratado todo el misterio de una era marcada por el aliento de la supervivencia. Los investigadores de nuestros días han vislumbrado un significado mágico o religioso, según el cual el cazador-pintor creería estar en posesión de la bestia representada, a la que da muerte cuando concluye el último trazo artístico. Desde 1985, la cueva forma parte del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.
La revolución de la agricultura
Pese a los avances logrados en aquella lejana época, todavía habría que esperar algunos milenios para que tuviera lugar una de las mayores revoluciones protagonizadas por el ser humano: el nacimiento de la agricultura y la domesticación de animales. Es la llamada revolución neolítica, que germinó en suelo hispano hacia el 5.000 y 3.500 a.C. El nuevo modo de subsistencia barrerá la vida errante de los antiguos cazadores y recolectores. Y los beneficios de esa sedentaria vinculación con la tierra no tardan en hacerse notar, sobre todo en las regiones andaluza y levantina, donde pronto aparecen los primeros signos de vida urbana:
• Aumenta la disponibilidad de alimentos: por un lado, los cultivos, con el trigo y cebada como productos estrella de esa incipiente agricultura; por otro, los animales domesticados, cabras, cerdos y ovejas, de los que no sólo se aprovecha la carne sino también productos derivados como la leche o la lana.
• Se empiezan a producir objetos manufacturados: como cerámicas y tejidos, a la vez que las viejas herramientas de piedra conocen una sensible mejora, para ser sustituidas finalmente por trabajos metalúrgicos, primero en cobre, luego en bronce y finalmente en hierro.
La consecuencia
principal de esta renovación económica y humana es trascendental,
pues la acumulación de excedentes, tanto alimentarios como
manufacturados, provoca el nacimiento del comercio y la
especialización del trabajo, mientras que la propiedad de la tierra
y de los rebaños acelerará las primeras diferencias de clase. Los
pobres poblados no tardarán mucho en rodearse de poderosas murallas
de piedra. Es el caso de Los Millares (para más información sobre
este poblado véase el recuadro “Los Millares, un poblado de la Edad
del Cobre”) o El Argar, ambos en la provincia de Almería.
Los Millares, un poblado de la Edad del Cobre |
Uno de los poblados más asombrosos levantados en la península durante la Edad del Cobre (3000-2000 a.C.) es el de Los Millares, en Almería. Estratégicamente situado cerca de las minas de cobre de la sierra de Gádor, está protegido por un complejo sistema defensivo que contrasta con la sencillez de las cabañas de planta circular en la que se acomodaban sus habitantes. Estos, atentos a la extracción del metal y a los ciclos del campo, honraban a sus difuntos enterrándolos en tumbas de corredor, formadas por una cámara circular precedida de un corredor adintelado, símbolo de un imparable proceso de estratificación social y de la aparición de aristocracias locales. |
El ser humano ante la muerte
Es también en esa época cuando buena parte de los valles peninsulares se cubre de megalitos (piedras grandes). Aunque su cronología y sus tipologías son muy diversas, desde sencillos dólmenes asturianos, cántabros y vascos hasta las grandes y ostentosas tumbas de corredor del valle del Guadalquivir, todos testimonian un nuevo modo de entender la muerte. Para las incipientes minorías dirigentes relacionadas con la irrupción de los metales, esos monumentos eran un símbolo de independencia social que, a su vez, expresaba la ilusión de un poder más allá de la muerte.