Prólogo
Prólogo
AUNQUE NO SE LO HEMOS PREGUNTADO, conociendo al autor como lo conocemos y estimamos, cabe suponer que eligió el título de su nuevo libro pensando que es éste un imperativo categórico obligado para un historiador especializado en la guerra civil; que otorga coherencia interna a este conjunto de trabajos que sus lectores agradecemos que nos agrupe para facilitar la consulta. La lucha contra el olvido, propósito principal de esta obra, es ahora mismo en España nuestra mejor arma contra cualquier intento de neofranquismo político, histórico o cultural. Y, ante la fútil publicística al respecto que nos invade y ante el apabullante poder mediático desplegado que la apoya, libros como éste de Francisco Espinosa son la mejor y más eficaz vacuna para que semejante epidemia no acabe por infectar aún más la cultura política de los españoles.
¿De qué olvido se trata? ¿Qué es lo que hay qué olvidar? ¿Qué es preceptivo recordar? Son preguntas que quizá se plantee algún joven que, como toda su generación, ha tenido ya la fortuna de nacer ciudadano y en plena posesión de todos los derechos y libertades políticas y civiles que la Constitución nos concede a todos los españoles, y que se dan tan por descontados que pudiera parecerles que no han costado nada y disfrutamos de ellos desde siempre. Quizá por su juventud, por el hecho singular de haber vivido siempre en democracia, no imagina hasta qué punto hubo antes un tiempo de infamia del que no pueden sustraerse ni siquiera aquellos, como es nuestro caso, a quienes apenas nos rozó vitalmente la miseria de entonces.
La generación de Francisco Espinosa y la mía no tuvo tanta fortuna como las nuevas generaciones de la democracia tienen, puesto que a la nuestra no le fue dada nacer libre sino súbdita de un autoproclamado caudillo de un régimen político completamente anacrónico y que constituía para nosotros una auténtica vergüenza. Vergüenza que nos impulsaba, cuando nos asomábamos al exterior (los que teníamos la fortuna de poder hacerlo) a esconder nuestra nacionalidad, pues, en la Europa de la entonces Comunidad Económica Europea, la imagen predominante de nuestro país no era otra que esa España «de charanga y pandereta, cerrado y sacristía», que evocara melancólico nuestro Antonio Machado. Un Antonio Machado bueno, en el buen sentido de la palabra bueno, que ahora el hispanista Ian Gibson revive brillantemente para nosotros en la común lucha de todos los demócratas contra el olvido. Pues que nuestros mejores poetas se vean expulsados de su propio país y constreñidos a morir de pena en el exilio, expulsados o transterrados, o en la cárcel (Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, León Felipe, Luis Cernuda, Pedro Garfias, Miguel Hernández…), es cosa como para no echar en el olvido.
Si, con el primer Franco, habíamos sido la reserva espiritual de Occidente, con el Franco valetudinario podíamos enorgullecemos, con Portugal y Grecia, de constituir uno de los últimos anacronismos políticos de la Europa de la que nos considerábamos legítimamente parte integrante pero que, gracias a nuestro caudillo, sólo podíamos contemplar con frustración aunque con la firme esperanza de que no fuera inmortal. Sí, en aquella Europa que evocamos, y concretamente en nuestra vecina Francia, aún persistía con fuerza la imagen de la Carmen de Mérimée, y no cualquier otra de las Cármenes reales que ya para nuestra fortuna teníamos el gozo de frecuentar. Parece que nos estemos refiriendo, al recordar aquellas primeras incursiones semiclandestinas en «las decadentes democracias occidentales» a las que no paró de referirse nuestro preclaro hermeneuta nacional, a la España del siglo XIX y, sin embargo, ya estaba bastante más que mediado el XX cuando tratábamos de disimular nuestros propios orígenes con un francés de vache espagnole.
Hoy disponemos de razonables argumentos para sentirnos orgullosos de lo que este país ha progresado en todos los órdenes desde que, en 1975, finalmente, expirara nuestro caudillo salvador y Dios Todopoderoso le llamara a su divina presencia para responder ante Él y ante la Historia. Podíamos los españoles empezar de nuevo a salvarnos a nosotros mismos sin necesidad de la siniestra ayuda del Señor de El Pardo. Hoy nos hace sonreír aquella vergüenza adolescente, pero no la olvidamos ni la podremos olvidar mientras vivamos. A cualquier joven de ahora que, beneficiado de una beca Erasmus lidie sus primeras armas europeas con otro joven de algún otro país y participe junto con él de tantos valores, sueños y esperanzas que compartir, le puede sonar a algo como de otro mundo las preguntas que los jóvenes europeos nos lanzaban entonces a los turistas culturales españoles. Es decir, les sorprendería que en el mutuo y natural intercambio de ideas entre jóvenes adolescentes inquietos, cualquiera de sus interlocutores recelara incrédulo de nuestras reiteradas y persistentes respuestas negativas a sus preguntas en el sentido de no haber pisado jamás una plaza de toros, no saber tocar la guitarra, ignorar las notas más elementales de la tradicional copla española o negar, ya con vehemencia, que sus compañeras y amigas llevaran una navaja en la liga para defenderse, llegado el caso, de algún que otro persistente torero siempre dispuesto a lidiar en cualquier plaza sin haber sido previamente invitado a hacerlo.
Quizás a algún joven lector le sorprenda ahora un poco menos la dureza expresiva que empleamos con el general Franco, quien ocupó el poder conquistado por la fuerza de las armas y lo mantuvo gracias al estado de excepción permanente al que sometió España entre 1939 y 1975. Hay que vivir y padecer determinados acontecimientos, situaciones y experiencias horribles, negativas, humillantes o sencillamente cutres, para poder entender la sensibilidad herida, la inteligencia maltratada de entonces, y que el horror, la humillación y la vulgaridad más absolutas no son una invención sino que existen o han existido a la vuelta de nuestra propia esquina. Quizá le cueste comprender estas cosas al joven o adulto que, por no haberlas vivido, no sea capaz de imaginarlas.
Libros como éste pueden ayudarle a hacerlo en todo su alcance, amplitud y significación, sobre todo si se da el caso de que no disponga de más información histórica sobre su más reciente pasado que la que no cesa de suministrar la propaganda neofranquista que actualmente nos agita. Además, dicha propaganda tiene el descaro de hacerse con pretensiones historiográficas de la mano de publicistas como Pío Moa, César Vidal, Ángel David Martín Rubio, José María Marco y algún otro, con el singular apoyo mediático de la COPE o La Razón y de otros medios metidos hasta el cuello en la batalla política de descabalgar a los socialistas del poder y en particular al actual presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero, el cual ya empieza a seguir la senda que antes que él ya recorrieran otros jefes de Gobierno demócratas como Azaña o Negrín que ostentan sin dificultad el record absoluto de improperios y zafias descalificaciones en el ranking ofensivo de las derechas españolas puras y duras. Este libro es un evidente contraveneno frente a semejante plaga publicística que quiere reescribirnos la historia a su mera conveniencia e interés político.
Todos aquellos que aún se sorprenden por el desprecio que la figura del general Franco suscita en las generaciones mayores y la manifiesta indiferencia o ignorancia que manifiestan las más nuevas de todos los demócratas hacia su figura, y observan con estupor los denodados esfuerzos que se despliegan en sentido contrario por los nostálgicos de quien encarnó y representó mejor que nadie los valores de la dictadura en su augusta persona, quizá lo hagan porque ignoran la verdadera dimensión del horror padecido o aprendido, que ellos no sufrieron, desconocen o carecen de la suficiente imaginación y sensibilidad como para representárselo. Pero, al igual que la ignorancia de las leyes no exime de su cumplimiento, la ignorancia histórica de lo que ocurrió no exime que se legitime al franquismo y sus horrores.
«¡El horror, el horror!» exclama el agente Kurtz en la célebre obra de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas congoleñas que Francis Ford Coppola trasladó a la jungla vietnamita en su película Apocalypse Now y puso en boca del allí «coronel» extraordinariamente encarnado por Marlon Brando. Nuestro horror fue el de la guerra civil, el del terror y la sanguinaria represión ejercidos en ambas retaguardias, y el de la cruel venganza liderada por el aquí «general» Franco, que ni siquiera reclamó en vida el derecho a no ser juzgado por haber asesinado a miles de enemigos de su propio país sino a sus propios compatriotas sin que le temblara el pulso, pues «no hay mal que por bien no venga» y salvaba así a muchísimos más que, de otro modo, habrían sucumbido a un horror aún mayor que el suyo (que no fue tanto…). Tal es la tesis fundamental de estos falsarios que prostituyen la Historia en nombre de La Verdad Revelada, pero jamás investigada. Investigar y publicar sus resultados es lo que viene haciendo Francisco Espinosa desde su primer libro, lo que le ha convertido en una de las principales dianas para las invectivas de los publicistas aludidos.
La locura de la sangre es la misma en todas partes. El agente colonial de Conrad imponía la civilización blanca a los negros africanos, masacrándolos, el coronel norteamericano imponía la civilización capitalista blanca masacrando a vietnamitas, ratas comunistas al fin y al cabo, y el general patriota bacía lo propio masacrando a rojos en nombre de la civilización cristiana occidental que él estaba contribuyendo a salvar tan eficazmente. La cuestión es cortar cabezas a troche y moche en nombre de una supuesta civilización «superior», con mayúsculas, frente a la curiosa costumbre que se practica en las civilizaciones «inferiores», con minúsculas, como las democráticas, que se concentran en esa extraña práctica consistente en limitarse a contarlas en cada nuevo proceso electoral para legitimar el poder, repartírselo proporcionalmente, y decidir a quién le corresponde ejercerlo y administrarlo en nombre y al servicio del pueblo soberano.
Ése es el horror que no hay que olvidar: que no nos podemos permitir el lujo de olvidar. El horror de Hitler o el de Stalin, el del rey Leopoldo de Bélgica o el de Pol Pot es el mismo, y de él se ocupan o se ocuparán los alemanes, los rusos, los belgas o los camboyanos. O quien quiera ocuparse, pero a nosotros nos tocó padecer el que nos tocó padecer y de eso es de lo que nos habla Francisco Espinosa. Y lo hace como lo ha hecho siempre, con rigor y profesionalidad, en este importante libro sobre el pasado oculto que, gracias a su labor y la de otros muchos historiadores, ya va estando menos oculto. Cuestión ésta, el desvelamiento de lo oculto, que pone nerviosos a muchos. ¿Por qué? ¿A quiénes? ¿Qué hace Espinosa sino desvelarnos aquel pasado que, como dijo nuestro maestro Tuñón de Lara, «la historia va haciendo comprensible»? No nos atrevemos a definir ni menos a calificar a los temerosos de las hipotéticas consecuencias de tal desvelamiento por más que estemos en condiciones de comprender su legítimo temor a que tales descubrimientos y desenterramientos puedan conturbar la buena o mala conciencia de muchos. El espectro de ellos, nosotros incluidos, es amplio y variado pero la natural preocupación por los efectos que determinadas decisiones puedan producir no puede en modo alguno maniatarnos y contribuir a seguir relegando a las calendas griegas lo que son puros y elementales actos de justicia y de simple y elemental retribución moral. Que haya quien desde el sectarismo, el maniqueísmo o el rencor, aproveche tales ocasiones para manipular a su conveniencia y tratar de sacar provecho político de tanto cadáver honorable no puede en modo alguno impedir nuestra determinación a enterrarlos, pura y simplemente, como Dios manda. Ni más, ni menos.
Ya no se puede seguir mirando al tendido. No porque tengamos al lado un fiero morlaco que pueda embestirnos con peligro para nuestra propia vida sino porque las personas decentes no pueden seguir mirando hacia otro lado cuando de cuestiones de simple y elemental justicia se trata. No es de recibo que después de treinta años de régimen democrático y tras una ejemplar transición en que se decidió no mirar atrás con ira se nos siga diciendo por parte de algunos que «peor es meneado». No estamos hablando de las heces que Don Quijote, con elemental sentido del gusto y de la prudencia, se niega a revolver, sino de justicia; de pura y simple justicia. No de esa Justicia con mayúsculas en la que él tan fervientemente (febrilmente) creía, imbuido de sus lecturas de otra época, ya completamente extinta salvo en su perturbada imaginación, sino de la simple y elemental justicia por la que pugnan los hombres justos decididos a hacer más humano el entorno en el que les ha sido dado vivir. La justicia no huele, y además es ciega.
Basta ya. No en nuestro nombre. Allá aquel o aquellos que irresponsablemente pugnen por politizar algo tan elemental como que los hijos (ya nietos) quieran enterrar dignamente a sus padres (ya abuelos). Esa firme voluntad ya no responde, como antes, a un simplificador eje derecha/izquierda, vencedores y vencidos, buenos y malos. Evidentemente esta derecha no tiene nada que ver con aquella derecha, ni esta izquierda tiene nada que ver con aquella otra, por más que los simples de una u otra orilla se empecinen en demostrarnos lo contrario día a día sumergidos en el fragor de la batalla política de todos los días. Pero ésa es su batalla, no es la nuestra, y la inferioridad de los diariamente ofendidos es manifiestamente mayoritaria.
Investigadores como Francisco Espinosa no tienen nada —o muy poco— que ver con tales batallas mediáticas. Él, y tantos otros, se limitan a hacer bien su trabajo de historiador paciente y persistentemente fraguado en archivos y bibliotecas, pues se sustenta tal empeño en una vocación admirable, capaz de resistir los inconvenientes y las trabas burocráticas más pertinaces. Si tales historietógrafos se empeñan en politizar el trabajo de los historiadores profesionales es su problema, porque son ellos los políticos, no los historiadores como Francisco Espinosa. No nos sorprenden tales espurios intentos pero no nos arredran lo más mínimo para seguir defendiendo aquello por lo que creemos que merece la pena luchar.
La historia ha sido siempre un arma de combate y está destinada a seguir siéndolo siempre, pues es un instrumento magnífico que debidamente manipulado puede servir para legitimar cualquier cosa. Propagandistas a sueldo existen en todas partes y, además, son perfectamente intercambiables. ¿Qué más da legitimar a Franco que a Stalin? Es apenas cuestión de cambiar de perspectiva. Cuanto más cuando muchos de estos historietógrafos y propagandistas a los que venimos aludiendo provienen precisamente de una extrema izquierda a la que, en la mejor tradición del converso, ahora atacan con inusitado fervor, ignorantes de que ya sólo existe en sus calenturientas cabezas. Ayer legitimaban a Stalin, hoy legitiman a Franco y, qué curioso, rememoran los horrores estalinistas ante los que ellos callaron para hacer callar a los que estudian con rigor los horrores franquistas. Por eso los legitimadores de Stalin o de Franco son siempre moralmente los mismos.
Francisco Espinosa nos ofrece en este su último libro un conjunto de interesantes trabajos en los que puede apreciarse tanto su escrupulosidad de historiador, siempre atenta al dato exacto, a la referencia precisa, al documento relevante para apoyar cuanto escribe, cuanto la del escritor que no puede ocultar su gusto literario con aproximaciones o codas del máximo interés que realzan el valor historiográfico de sus trabajos.
Por ejemplo, dedica uno de ellos (capítulo 6) al famoso Pascual Duarte de Camilo José Cela. El conde de la novela existió realmente pero no fue asesinado. El escritor pasó con su batallón en plena guerra por el pueblo de Tórremejía (Badajoz) donde sitúa a sus personajes. Ciertamente pudo inspirarse para la brillante recreación del crimen en la desolación en que quedó el pueblo tras el paso de las tropas de Castejón: sólo hubo muertos por parte de los «rojos» que el bragado comandante de Franco se encargaba de exterminar con la eficacia propia de la milicia profesional que comandaba.
Se arranca el libro (cap. 1) con una historia ejemplar. De los 78 pueblos de la provincia de Huelva se libraron de la represión «roja» 63 de ellos, mientras que sólo tres (Hinojales, Berrocal e Hinojos) se libraron de la venganza «parda» o/y «azul». La ejemplaridad del relato estriba en presentarnos una especie de mundo al revés. Un jefe falangista impide la represión en su pueblo (Hinojos) mientras que el párroco de otro (Rociana) se constituye en impulsor de la misma. Lo cual no viene sino a mostrar, por si falta hiciera, que la decencia y la humanidad no dependen del color de las camisas o de las sotanas de cada uno, por más que la propaganda aludida se empecine en querer demostrar el sectarismo y maniqueísmo de los historiadores profesionales como Francisco Espinosa que se limitan a establecer hechos. ¿Por qué será?
A continuación (cap. 2) el autor nos traza una visión general de la sublevación en la provincia de Cádiz, poco estudiada, cuya mejor contribución es sentar las bases para futuros estudios locales que puedan facilitar un mejor conocimiento de lo ocurrido en aquella provincia andaluza. Aborda Espinosa el estudio de un siniestro personaje (cap. 3) al que curiosamente ha aludido mucho la literatura referida a la represión sufrida en zona republicana, pero sobre el que no se ha profundizado lo suficiente. Fue uno de los más feroces asesinos de las malhadadas «Brigadas del Amanecer» que camparon a sus anchas en el Madrid de la guerra, beneficiándose del caos que se produjo en la capital de España como consecuencia de la sublevación, la rápida marcha en pro de su conquista por los sublevados, y el abandono de las autoridades ante la previsión de su inminente caída. Se trata del célebre Agapito García Atadell, que huyó de zona republicana hostigado por la policía y cuya captura fue posible gracias a la información que los propios republicanos facilitaron a los franquistas. Se apresuró a ofrecer sus servicios «profesionales» al general Queipo de Llano, quien, disponiendo de sus propios y eficaces matarifes, no necesitaba contratar a asesinos especializados por más que su historial al respecto resultara verdaderamente espectacular. Se ha escrito muy poco sobre este deleznable personaje y el estudio de Espinosa nos ayuda ahora a conocerlo un poco mejor. No podemos dejar de preguntarnos dónde empieza y dónde acaba la delincuencia política y dónde empieza y dónde acaba la social y la común que algunos se obstinan en manipular. ¿O no proceden tales interrogantes? Es este otro botón más de la muestra de ese «maniqueísmo» y «sectarismo» que reprochan los verdaderos maniqueos y los sectarios más pertinaces a quienes se limitan a hacer su trabajo con rigor y profesionalidad.
Igualmente interesantes son los capítulos dedicados al estudio del informe secreto del Fiscal del Ejército de Ocupación, el célebre Felipe Acedo Colunga (cap. 4), así como el dedicado al estudio de la génesis de la no menos famosa Causa General (cap. 5), a la que incomprensiblemente se siguen aferrando algunos publicistas como si se tratara de la mismísima Biblia para el estudio de la represión republicana aunque, quizá, no debiera de extrañarnos tanto teniendo en cuenta la afición de algunos por confundir la «literatura», buena en este caso, con la paupérrima «historia» que sin embargo creen estar forjando algunos incontinentes escribidores.
Nos encontramos, pues, ante un libro militante, firmemente comprometido con la historia, combatiente por las pequeñas verdades, que sitúa en sus justos y precisos contornos «el fenómenos revisionista y los fantasmas de la derecha española» (cap. 10) y nos ofrece importantes elementos de análisis para comprender la historia y la memoria (caps. 7, 8 y 9) y, finalmente (cap. 11), una oportuna reflexión sobre la tan necesaria Ley de memoria histórica.
«Un autor con mayúsculas, de esos que hacen historia con un solo libro»; abría con estas palabras de Carlos Piera un conjunto de relatos extraordinarios sobre un tiempo de silencio definitivamente roto: «Superar exige asumir, no pasar página o echar en el olvido. En el caso de una tragedia requiere, inexcusablemente, la labor del duelo, que es del todo independiente de que haya o no reconciliación y perdón. En España no se ha cumplido con el duelo, que es, entre otras cosas, el reconocimiento público de que algo es trágico y, sobre todo, de que es irreparable. Por el contrario, se festeja una vez y otra, en la relativa normalidad adquirida, la confusión entre el que algo sea ya materia de historia y el que no lo sea aún, y en cierto modo para siempre, de vida y ausencia de vida. El duelo no es ni siquiera cuestión de recuerdo: no corresponde al momento en que uno recuerda a un muerto, un recuerdo que puede ser doloroso o consolador, sino a aquel en que se patentiza su ausencia definitiva. Es hacer nuestra la existencia de un vacío».
Son unas palabras tan hermosas como precisas, que fijan con toda exactitud el sentido de las páginas que siguen a continuación, que nos atrapan desde los primeros renglones y nos mantienen en una excitante tensión hasta alcanzar las últimas. Uno de los relatos del mencionado libro fue finalista en el Premio Internacional de cuentos Max Aub, y el conjunto del libro ganó el I Premio Setenil de cuentos y, a continuación, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa. Se publicó en el despuntar de 2004 y en este otoño de 2006 debe de andar aproximándose, si no las ha alcanzado ya, a las veinte ediciones. Su autor, prematuramente desaparecido en ese 2004 que lo iba a proyectar a las cimas de la narrativa española contemporánea, es Alberto Méndez, y el libro. Los girasoles ciegos. Nunca se nos había concedido una lectura sobre la derrota de 1939 con semejante sutileza, con tal ausencia de vindicación o victimismo, con tan sobreabundante carga ética, con tan elevadas dosis de inteligencia, de verdad y de belleza.
Por eso decíamos al principio que la lucha contra el olvido es un imperativo categórico del que libros como el de Alberto Méndez, en el terreno de la literatura, y el de Francisco Espinosa, en el de la historia, nos reafirman plenamente y nos ayudan a renovar nuestro absoluto convencimiento de que la literatura trivial y la historietografía más irrelevante jamás podrán hacernos olvidar, ni podrán impedirnos recordar, ni mucho menos saber. Los estudios y las reflexiones de Francisco Espinosa apuntan en una doble dimensión: la historia y la memoria y, por consiguiente, el eje central sobre el cual pivotan ambas: el olvido.
Uno de los autores que más agudamente han reflexionado sobre la memoria, la historia y el olvido, el filósofo francés Paul Ricoeur, se ha servido de dos conceptos sugerentes, el de «memoria apaciguada» y el de «olvido feliz», horizonte en el que habrían de confluir positivamente ambos. Pero, condición sine qua non del apaciguamiento de la memoria es el perdón y, si la memoria es la lucha contra el olvido, cómo podríamos resolver esa aparente contradicción. El olvido nunca es ni puede ser total. Una memoria que no olvidase nada tendría que considerarse «monstruosa».
Es importante distinguir, nos señala Paul Ricoeur, entre la culpabilidad política y la culpabilidad moral. Quien se benefició de los favores del nuevo orden instaurado debe responder de una u otra forma de los males creados por el Estado del que forma parte. Karl Jaspers, en su libro sobre la culpabilidad alemana, trastocado el carácter afirmativo de su título en interrogación en la versión española («¿Es culpable Alemania?», 1948), respondía que tal responsabilidad había que ejercerla ante el vencedor. Hoy, dice Paul Ricoeur, habría que hacerlo ante las autoridades representativas de los intereses y de los derechos de las víctimas, y ante las nuevas autoridades de un estado democrático. Todo lo cual llevó a Elaus M. Kodalle a plantearse una pregunta inquietante: ¿Tienen los pueblos capacidad para perdonar? La respuesta es desgraciadamente negativa, afirma Ricoeur, por lo que los discursos sobre la reconciliación de los pueblos siguen siendo un piadoso deseo, ya que la colectividad carece de «conciencia moral», pues, evidentemente, la responsabilidad es la de cada individuo, tomada de uno en uno, y no colectivamente. Todas estas necesarias reflexiones tropiezan obviamente con grandes dificultades, como reconoce el propio Ricoeur, ya que él mismo considera que existe una continuidad y mutua relación entre la memoria individual y la memoria colectiva que se erige a su vez en memoria histórica en el mismo sentido que le concede Maurice Hallwachs.
¿Es posible una política sensata sin algo como la censura de la memoria?, se pregunta pertinentemente Ricoeur. «La prosa política comienza donde cesa la venganza a menos que la historia siga estando encerrada en la mortal alternancia entre el odio eterno y la memoria olvidadiza. La sociedad no puede estar eternamente encolerizada consigo misma». Es evidente pero ¿acaso serían los historiadores quienes la encolerizan? Puede que en este caso la historia y la memoria españolas tengan una carga política especialmente poderosa que pueda provocar recelos o producir efectos no deseados, pero será en cualquier caso a los políticos, a los políticos de verdad, no a los politiquillos ni a los politicastros, a los políticos responsables, a aquellos que tienen verdadero sentido de Estado, a los que les corresponderá liderar y encauzar con firmeza y decisión a través de la Ley de memoria histórica un asunto que no puede seguirse relegando sine die hasta el día del juicio final.
La política de la memoria debería descansar en el olvido del no-olvido, un oxímoron nunca formulado que constituye el verdadero «reto espiritual de la amnistía: acallar el no-olvido de la memoria». Convendría que todos lo tuviéramos perfectamente claro, pero ¿cómo habría de producirse semejante clarificación sin un debate público, claro y abierto? Todos debemos ser capaces de obrar en perfecta consonancia con ello, manteniéndonos fieles a la memoria del pasado, a la esperanza de un futuro compartido, y a la atenta vigilancia del presente.
ALBERTO REIG TAPIA
Tarragona, 19 de junio de 2006