CAPÍTULO 42

 


Ted Burton estaba satisfecho por ese favor que le había pedido Harrison.

Serás la mayor gilipollas del mundo, pero has acertado guapa, y si querías una mano, ¿a quién pedírsela si no es al viejo Ted Burton? No, ni siquiera el sheriff Murphy te podría ayudar mejor que yo…Quédate tranquila, chica, has elegido bien. Ahora puedes sentarte con toda seguridad con ese buen culo tuyo sobre mi barbacoa y esperar a que yo resuelva esta maldito problema por ti. Es un regalo que quiero hacerte para que veas que Papá Noel, en Toms River, existe…¡Y soy yo! ¡Puedes jurar sin miedo que te quemarás el culo, teniente Barbara-barbacoa-Harrison!” Pensó Ted, riendo histéricamente.

Antes de empezar a seguir a Winnipeg Moore, Ted había ya encendido sus antenas invisibles, las mismas que en diferentes ocasiones le habían salvado la vida en Iraq. No se le había escapado nada de lo que había dicho Winnie cuando respondió a las preguntas del FBI, y la historia de la vaselina, además de darle asco, no le había convencido del todo, era ese detalle que se les había escapado a Harrison y a los hombres del distrito de Medford lo que había encendido la bombilla de su cerebro: Winnipeg Moore, montado en su furgoneta después de que la policía se fuera y convencido de que nadie le veía, se limpió la vaselina de la cara, primero con un pañuelo y después abriendo el grifo del pequeño lavabo para lavarse con agua y jabón, y terminando por limpiarse una vez más y más fuerte con el pañuelo. Para uno que estaba acostumbrado a ponerse vaselina en la cara para aliviar las cicatrices, esa reacción de asco fue muy extraña y esto, para un zorro como el Comandante Ted, no quedó indiferente. Ted se había quedado para espiarle por el espejo retrovisor de su jeep con el cristal de atrás tintado, antes de empezar a seguirle.

¡Si pensabas que podías engañar a tu superior, estabas muy equivocado y ahora, como castigo, te tocará limpiar los baños durante una semana, amigo mío!” Burton seguía la furgoneta de Winnie a una cierta distancia, conduciendo cubierto por un par de coches que iban delante de él.

¿Qué diablos has hecho, chico?” pensó Ted, manteniendo siempre la mirada en la furgoneta de los helados seguida por otros dos coches, pero uno de ellos quería adelantar a la furgoneta de época y cuando lo consiguió, Ted dio un puñetazo al volante de su Wrangler. Ahora solo tenía un coche que le cubría y afortunadamente era un coche estilo familiar, que nunca habría intentado adelantar a la furgoneta de Winnie. “No te dejes llevar por el síndrome del piloto, amigo, no con ese coche…¡No ahora!”.