CAPÍTULO 41
Las cortinas blancas hacían filtrar dulcemente la luz del sol, extendiéndola uniformemente por la habitación de la segunda planta del Community Medical Center, donde estaba ingresado Jim Lewis.
El reloj marcaba la una y cuarto.
Jim estaba medio atontado, le habían hecho tragarse un par de pastillas para calmarse. Estaba tumbado en una de esas camas reclinables, que en otra situación habría encontrado ideal para hojear una revista porno.
Le habían dicho que tendría que operarse el tabique nasal si quería volver a respirar con normalidad. Era una grave fractura.
«Estoy bien así, no tengo tiempo para pensar en la nariz. ¡Debo encontrar a mi hijo!» gritó Jim a la enfermera antes de intentar levantarse y darse cuenta de que estaba atado a la cama. «¡Quitadme estas jodidas correas!»
«Le ruego que se calme señor Lewis; lo hemos hecho por su seguridad. Hay personas aquí que le tendrán constantemente informado…»
«¿De qué maldita seguridad estás hablando? ¡Quítame estas putas correas o te juro que te arranco la carótida a mordiscos!»
Un hombre con uniforme de policía entró en la habitación, mientras Jim seguía amenazando a la enfermera, insultando y gritando el nombre de su hijo.
«Debe calmarse señor Lewis, ¡No será de ayuda a su hijo en este estado!» le dijo el policía, invitando a la enfermera a preparar un sedante para calmar al hombre, que continuaba a agitar todo el cuerpo en un desesperado e inútil intento de liberarse de las correas de cuero.
«¿Qué coño queréis hacerme? ¿Qué coño has puesto en esa jeringuilla? ¡Malditos cerdos!» Otro enfermero entró para sujetar junto al policía a Jim, mientras la enfermera le inyectaba en el antebrazo el sedante. Encontrarle la vena había sido fácil, pero la enfermera tenía miedo de que la contracción de los músculos del antebrazo pudiese romper la aguja. Al menos en esta circunstancia, Jim tuvo suerte y la aguja cumplió su deber sin causar problemas. Mérito también de aquella enfermera con pulso firme. Aquel dulce veneno circuló rápidamente, también porque el corazón de Jim, hasta ese momento, latía como el de un toro en una corrida.
Jim Lewis pasó de ser un toro salvaje a ser un tierno corderillo en pocos segundos y mientras sentía abandonar su cuerpo y dilatar su mente, posó su mirada primero en la cara y después en el cuerpo de la enfermera. La placa de su bata, a la altura del pecho, decía que se llamaba Ariane Denise J… algo. Jim ya no podía concentrarse en nada, tenía mucha sed y con la boca cada vez más seca, mientras sus párpados se cerraban, dijo: «Me enrollaría contigo Ariane, pero antes tengo que salvar a mi hi…»
La enfermera miró a los otros dos hombres con cierta vergüenza. Después, antes de slair de la habitación, les dijo rápidamente que Lewis dormiría durante tres horas.