CAPÍTULO 29
Dios tenía el rostro de John Fitzgerald Kennedy y sonreía como él.
«¿Quién es la chica que hace que se te salga el corazón del pecho, Henry?» preguntó Dios curioso.
«Joanna, mi señor. Ella es la única que hace que se me salga el corazón del pecho.» Respondió Henry.
«¿Y alguna vez se lo has dicho?» siguió preguntándole Dios.
«No, señor mío. Creo que no le gusto, al menos no como ella me gusta a mí».
«Pues deberías hacerlo pequeño amigo. Un día será tu novia y ¡quizás te cases con ella!»
«¡Me casaré con Joanna! ¿Yo? ¡Wow!» respondió Henry incrédulo.
Dios-Kennedy le miraba sonriendo.
«O sea que si me casaré con ella, ¿significa que ahora no quieres llevarme para estar siempre contigo y con mi mamá?» preguntó Henry-
Dios-Kennedy sonreía y, junto a él, también lo hacía su madre con alas de mariposa. Ambos empezaron a desvanecerse; se desvanecían como figuras creadas en las nubes y mutadas por el viento. Fue así que Henry empezó a descender. Ya no tenía alas y una energía extraña le sacudía todo el cuerpo, mientras descendía cada vez más rápido.
“¡Me voy a estampar contra el suelo!” pensó Henry aterrorizado. La energía que lo sacudía era invasiva y le movía la piel y los músculos. Antes del violento impacto contra el suelo, Henry abrió los ojos y se despertó gritando.
La energía que había poseído su cuerpo estaba todavía presente, pero ahora la sentía como si diez manos le tocaran por todos lados. El saco vocal de la rana estaba iluminado de rojo. A su alrededor vio a cinco figuras que no podía distinguir y solamente una de estas no lo tocaba. Era la que estaba a sus pies. Sus rostros no tenían líneas, y todos eran iguales y asquerosamente pálidos que parecían estar hechos de nieve. Parecían muñecos de nieve. Todos con la misma cara. “¡Mantén los ojos cerrados y piensa en algo bonito!” pensó Henry, mientras sentía esos extraños dedos aceitosos invadir cada parte de su cuerpo, desde las plantas de los pies hasta el pelo de la cabeza.
El pequeño Henry dejó volar su mente, a cualquier sitio donde pudiese encontrar alguna esperanza, incluso cuando esos seres que venían del espacio se avanzaron sobre su cuerpo como si quisieran comérselo. En un momento, Henry perdió el sentido. El dolor era insoportable, sentía que atravesaban cada cavidad de su cuerpo y que se ahogaba. Los extraterrestres no hablaban, pero respiraban de una manera extraña. Jadeaban, como si estuviesen haciendo un esfuerzo y uno de ellos pareció gemir mientras se alejaba unos pasos de distancia. Intentaban entrar en su cuerpo, esto lo había entendido Henry, pero era difícil. “Quieren entrar en mi barriga…¿Por qué? Dejadme en paz…Marchaos. ¡Por favor, marchaos!”.
Antes de que perdiese el sentido, Henry comprendió que la superficie donde estaba tumbado no estaba fija. Fue el extraterrestre al que tenía tanto miedo, ese gigante que estaba a sus pies, el que movió la superficie metálica. Primero desató las correas, una a una, colgando a Henry en algo alto que le impedía hacer casi todos los movimientos; solamente podía estirar y doblar las rodillas, que le hacía parecer una rana atrapada con la cabeza en el fondo de un vaso. De repente, la base de la mesa, en la parte donde Henry apoyaba sus nalgas, cayó simulando un chillido igual al de un columpio oxidado.
“¿Qué hacen?” pensó Henry con miedo, mientras intentaba dar un vistazo a los extraterrestres abriendo solo el ojo derecho, pero en un modo tan imperceptible, que al principio solo pudo ver sus pestañas. Cuando Henry pudo mirar más allá, vio que había vuelto también aquel ser que se había alejado gimiendo. Tumbado de espaldas y con las piernas en alto, que casi podían tocar la parte superior del capullo donde lo tenían como si fuese una incubadora, Henry sintió que le explotaba el corazón.
Uno de los extraterrestres le cogió la cabeza y la giró hacia un lado, obligándole a abrir la boca antes de insertarle una cosa tendinosa que se movía arriba y abajo, entre el paladar y su lengua y cuando llegaba a la garganta le venían ganas de vomitar.
Con valor, como si fuese Kidd antes de una entrada determinante, Henry abrió los ojos y vio que los otros seres estaban alrededor del que parecía su jefe. Lo era porque era el más grande, el más alto y el más gordo. Los seres le acariciaban con devoción, concentrándose en algo debajo de la barriga del extraterrestre, algo que Henry no podía ver. Después, dos de ellos cogieron el cuerpo de Henry. Cada uno agarró una pierna y tiraron hacia atrás. Henry sintió que su cuerpo se resbalaba hacia el extremo de la cama, y antes de que cayese al vacío, el jefe de los extraterrestres, con su secreta y enorme arma fibrosa, empezó a presionar sobre el cuerpo del chico. Henry gritó por el dolor y por el horror, lo hizo cuando consiguió liberarse de esa cosa que tenía en la boca, y que uno de ellos le volvió a meter para romperle la garganta, pero se dio cuenta de que era algo parecido a un líquido denso y granuloso que se le había quedado pegado en la lengua y en el paladar. Pudo escupirlo casi todo, pero sin querer tragó un poco. “Al menos ahora puedo respirar…” pensó Henry, pero ese sabor le recordó a cuando, de broma, el verano anterior, Nicolas le puso en el bocadillo una loncha fina de jabón de Marsella, en una de esas tardes aburridas de julio que pasaron en una fiesta organizada por el colegio.
Henry no consiguió aguantarse el vómito y por poco no se ahogó. Sus defensas le estaban fallando, pero no podía permitírselo porque el jefe de esos monstruos quería partirlo en dos. “¡No entrareis en mi barriga!” gritó el niño lo más fuerte que pudo, mientras contraía su cuerpo, poniéndolo duro como una piedra, sobre todo haciendo fuerza en los abdominales y en los glúteos; pero ellos respondieron a la piedra con el metal y entraron dentro de Henry, alcanzando su barriga desde dentro, milímetro tras milímetro y centímetro tras centímetro. Después todo se volvió oscuro para el niño, vacío como la muerte.