CAPÍTULO 16

 


Sobre las cuatro de la tarde, todavía medio dormido, Jim oyó a lo lejos la sirena de un coche de policía.

La oía cada vez más cerca, hasta que la oyó apagarse y sustituirse por el sonido de dos puertas abriéndose y luego cerrarse a pocos metros de su taller.

¡Qué demonios pasa!” pensó Jim mientras se levantaba rápidamente para ir a echar un vistazo fuera, entre los huecos de la persiana metálica.

«¡Vístete!» le dijo a la chica con un tono decidido.

Shelley estaba todavía medio dormida y medio borracha, tirada sobre una lona de nylon en el suelo del taller.

«¿Por qué Jim?» respondió ella con la boca todavía seca por el sueño, por el sexo y por el alcohol. A su alrededor había un decena de botellas de vodka tiradas por el suelo, todas vacías hasta la última gota.

«¡Haz lo que te digo y ya está!» respondió con impaciencia Jim, mientras con la mirada entre los huecos del estor vio acercarse a dos policías con uniforme. Pocos segundos después uno de los policías llamó con fuerza a la persiana metálica.

«¡Jim Lewis!» dijo uno de ellos con un tono imperativo.

«¿Quién coño es?» dijo tropezando la chica mientras intentaba ponerse los pantalones.

«¡Llévate tus cosas a mi oficina, ciérrate dentro y vístete allí!» Le susurró al oído con un tono amenazador, después de haberse acercado a ella rápidamente. Ella, asustada, no preguntó nada más e hizo lo que le ordenó el hombre.

«¡Jim Lewis! ¡Le habla la policía; abra la persiana!» El policía levantó todavía más el tono ya imperativo de su voz y golpeó con su puño nuevamente y con más energía la persiana metálica provocando un gran alboroto.

«Dadme un segundo; estaba descansando…» gritó Jim, mientras cogía del suelo la lona de nylon, sobre la que, hasta hace pocos minutos, había estado tumbado con Shelley, y lo puso sobre todas las botellas de vodka tiradas por el suelo para esconderlas de la vista de los policías.

«Estoy medio desnudo, solamente necesito un segundo para estar presentable. ¿De acuerdo?» gritó Jim para que le oyeran los policías.

«De acuerdo, señor Lewis, ¡pero dese prisa!» respondió el otro policía, que parecía tener un tono más comprensivo comparado con el tono usado por su compañero. Jim se puso el mono del trabajo y las zapatillas, se quedó con su camiseta de tirantes roja y dejó la camisa en el suelo. Se dio la vuelta para ver si Shelley había terminado ya de vestirse, pero la vio todavía con una teta fuera. Entonces Jim fue a la oficina y le puso bruscamente la camiseta rosa.

«Es la policía, cariño; no creo que sea un buen momento para que te vean medio desnuda aquí dentro, así que enciende tu cerebro, intenta quitarte esa cara de borracha y si te preguntan algo, estate tranquila y diles que estás aquí para que te repare la moto, ¿vale?»

«Vale, Jim…»

«¿No tienes problemas con las drogas, verdad Shelley? ¿No tendrás escondida cocaína, pastillas o esas cosas debajo del sillín, verdad?» le preguntó preocupado el hombre.

«No, claro que no, ¿por quién me has tomado?» respondió Shelley impaciente.

«Bien, estaba seguro; te lo preguntaba por precaución. Sé que eres una buena chica, pero no tengo ni idea de lo que quieren ahora estos dos policías, pero lo que sea que hayan venido a hacer aquí, estarás de acuerdo conmigo en que no sería nada fácil explicarle a tu novio qué es lo que estabas haciendo aquí borracha y medio desnuda con un mecánico que podría ser tu padre…¿Entiendes?»

«Sí, Jim, tienes razón…»

«Bien, entonces quédate aquí inmóvil, lee una revista y sal solamente si te lo piden ellos…de lo contrario se irán sin enterarse de tu presencia y yo volveré como un perrito a ti…» La persiana sonó otra vez por los golpes del policía.

«¡Ya voy! ¡Ya voy!» gritó Jim, acercándose a la persiana del taller. Cuando abrió la pesada persiana, la luz invadió todo el taller y Jim se vio obligado a ponerse un brazo delante de los ojos para protegerse de los rayos solares que penetraban en sus pupilas como cuchillas.

«¿Qué puedo hacer por ustedes, agentes?»

«¿Es usted Jim Lewis?» preguntó el policía del tono amable.

«En persona…Si queríais saber de quién eran esos dos coches aparcados durante días delante y detrás del taller, no es tenéis que preocupar…»

«No sé de qué coches me está hablando señor Lewis…» continuó el agente del tono amable interrumpiendo a Jim.

«¿Ha estado bebiendo?» preguntó el otro agente usando un tono que se acercaba mucho a ser despectivo.

«Me he bebido un par de vasos de vodka, no estoy conduciendo ningún coche y el taller está cerrado. Aunque hubiese bebido, no veo cuál es el problema…» respondió Jim cogiendo su reloj como si fuese un hombre injustamente juzgado.

«Sería un problema si bebiese en presencia de un menor, señor Lewis. ¿Su hijo Henry está con usted?»

«Está claro que no bebería delante de mi hijo, ¿por quién me habéis tomado? He criado a mi hijo solo desde que mi…»

«No se cabree señor Lewis, no estamos aquí para hacerle un test de alcoholemia…¿Sabe dónde está su hijo?» Le interrumpe el policía amable, poniendo una mano sobre el hombro de Jim.

«Claro que lo sé; está en casa de mi hermana Jasmine, tenía que llevarle la botella de oxígeno de repuesto. Está allí desde la hora de comer. ¿Es que mi hijo se ha metido en algún problema que debiera saber?»

«¿Le acompañó usted a casa de su hermana?» preguntó el otro agente fríamente.

«Bueno, a ver, nos habíamos puesto de acuerdo en que fuera solo después del colegio; había pensado en acompañarle porque había terminado antes de lo previsto un par de trabajos y he tenido la suerte de que han recogido los coches a la hora justa, quiero decir, sin el típico retraso que la gente acostumbra a hacer…pero después he tenido un pequeño imprevisto y al final no he podido ir…de todas formas, ¿qué ha hecho mi hijo ahora? ¿Ha pegado quizás a alguien?» preguntó intentando no parecer alarmado, mientras los policías le miraban fijamente a través de unas impenetrables gafas de sol, ambos bastante nerviosos y sonrojados.

Shelley no podía oír qué estaban diciendo los policías y Jim. Les veía hablar de lejos, encerrada en ese cuartillo que su amante llamaba oficina. Sabía que había mentido y estaba aterrorizada. Debajo del sillín de la scooter tenía una bolsita con diez gramos de cocaína, que además no era suya, sino de su amiga Madeline. Antes de que Shelley fuese a ver a Jim, Madeline le había pedido que le guardase la droga hasta la noche siguiente, cuando junto a otras amigas celebrarían la despedida de soltera de Christine. Las chicas alquilarían una limusina para ir por las calles de Brooklyn con la música a todo volumen, gritando, bailando, vestidas con ropa sugerente y llevando en la cabeza diademas de colores y decoradas con penes de látex.

Solamente queríamos divertirnos, no soy un camello y casi nunca me drogo, soy una buena chica, agente, por favor, no me arruineChristine se va a casar y queríamos que se divirtiera; ella no sabe que hemos comprado la coca, tenía que ser una sorpresaSu marido tampoco lo aprobaría, y, además, él también lleva un uniforme: es bombero, de eso estoy segura” pensó Shelley, mientras el ansia obligaba a su mente a encontrar la mejor respuesta en el caso de que los agentes decidieran buscar en su scooter y encontrasen la bolsita de coca.

Ni siquiera he escondido la bolsita en mi bolso; está justo debajo del sillín, a plena vistaSoy una gilipollas, pero si lo he hecho, ha sido con buena intención, no sabía que podía hacer mal a alguienHa sido una tontería, agente, no me meta en problemas…Haré todo lo que quiera usted y su compañero, pero no me destrocen la vida, se lo ruego. Si es necesario, iré también a cortar el césped y a recoger la basura de la calle. Mi madre se moriría si supiese en qué problema me he metido, se lo aseguro: está enferma del corazón, mi pobre madre. Llévese todo, tírela si quiere, yo no quiero volver a ver esa mierda y le juro que no me volveré a acercar a ninguna droga. En realidad solo me habían pedido un favorNo tengo que venderla, ¡se lo juro por mi vida! Me cree, ¿no?” continuó obsesionada Shelley, mientras las lágrimas empezaron a salírsele de los ojos por el miedo a ser arrestada, descubierta por ser infiel a su novio con un hombre de mediana edad y por aquel exceso de sensibilidad debido a todo el vodka ingerido. Fue en aquel momento, buscando un pañuelo en la mesa para secarse las lágrimas, que vio el auricular del teléfono de la oficina descolgado y sin pensarlo dos veces, lo volvió a poner en su sitio. Después, intentando contenerse, se puso detrás de la puerta de cristal de la pequeña oficina y vio a Jim Lewis que estaba a punto de caerse como un saco de patatas, antes de que los dos agentes le cogieran por los brazos, justo a tiempo para no dejarle caer con las rodillas. Shelley no sabía qué estaba pasando; desde luego, los policías no habían venido a buscar en su scooter y esto la calmó. El teléfono de la oficina sonó y ella, instintivamente, respondió enseguida.

«Oficina de Lewis, ¿Quién es?» preguntó la chica.

Shelley se quedó en silencio para oír por el otro lado del teléfono la voz temblorosa de una cierta señora Jasmine, que apenada le contaba que el pequeño Henry no había llegado a la hora de comer y que como no había encontrado a Jim, se había visto obligada a llamar a la policía, pero esperaba con todo su corazón que Henry estuviese sano y salvo con su padre. Mientras Jasmine hablaba, los policías se habían despedido de Jim y estaban volviendo a su coche.

«Le paso a Jim, señora, no cuelgue…» respondió Shelley, antes de apoyar el auricular sobre la mesa y abrir la puerta de la oficina para buscar a Jim, que estaba golpeando, con los brazos levantados y las manos abiertas, la parte de la persiana suspendida en el aire, unos veinte centímetros por encima de su cabeza. Shelley vio el coche de la policía dar marcha atrás para luego volver a la carretera asfaltada e irse a toda velocidad con las sirenas gimiendo.

«Una tal Jasmine quiere hablar contigo al teléfono…» Tuvo que repetirlo dos veces, ya que Jim no paraba de hacer suido golpeando con las manos la persiana metálica.

«Es mi hermana…» respondió Jim, dándose la vuelta lentamente, con una expresión dramática en su rostro y con los ojos encendidos.

«Es mejor que me vaya ya, si necesitas algo, llámame cuando quieras Jim…» respondió Shelley con un tono de timidez y vergüenza.

Jim le dijo que sí con la cabeza y sin añadir ni una palabra más, se fue vacilante hacia la oficina para responder al teléfono. Shelley dio una última mirada al hombre cuando pasó delante de ella y mirándolo de espaldas, no fue capaz de reconocer la figura del cachas maduro que la había montado y hecho gozar tres vedes en dos horas, confundiéndolo con un desconocido, casi con un viejo, encorvado y desesperado. Disgustada por la sensación que le dio esa visión, se sintió tan sucia que subió a su scooter sintiendo el indomable deseo de darse una ducha. Shelley quitó la pata de la moto con decisión y la encendió rápidamente, intentando abandonar lo antes posible el aire sofocante que había adquirido el ambiente.

Nunca habría ocurrido si Bet hubiese estado todavía viva y quién sabe qué pensaría de mi ahora…¡No solamente he sido un terrible marido, sino también un pésimo padre!” pensó Jim, que perdió trágicamente a su mujer once años antes, cuando ella se sacrificó durante el parto para dar a luz a su único hijo: el pequeño Henry, vivo gracias al sacrificio de su madre y que ahora Jim arriesgaba de verlo desaparecer en la nada, justo como le pasó a su mujer. «Jasmine…» fue todo lo que “Jim-tirantes rojos-Lewis” pudo decir al teléfono, antes de estallar en un llanto desesperado y sollozante como el de un niño.