CAPÍTULO 13
Cuando Robert, en el 250/E en la ochenta y tres, vio a Barbara bajar del taxi, casi se le paró el corazón y por poco no se le cae el ramo de flores rojas que tenía en la mano. Estaba guapísima con ese vestido fucsia y Robert, mirándola, no pudo menos que suspirar.
«¡Eres muy afortunado, amigo!» le gritó el taxista desde el coche antes de irse.
“Lo sé…” pensó Robert acercándose a Barbara para atraerla hacia él y poder respirar, acercando su nariz el cuello de la chica, ese inconfundible olor, que le recordaba al placer y al encanto de la brisa marina.
«Estás fantástica y te he echado de menos…» le susurró a la oreja.
«Yo también…» respondió Barbara, antes de que las rosas cayeran al suelo y Robert la besase en los labios tendiendo sus dedos entrelazados con los de ella.
«¡El destino quería que se cayesen!» dijo él sonriendo y recogiendo el ramo del suelo.
«Sí…»
«Espero que tengas hambre porque aquí se come una riquísima típica comida italiana».
«Solamente tendré que estar atenta para no ensuciar ese espléndido vestido que me has regalado.»
«Cuando lo vi, pensé que me gustaría vértelo puesto y tenía razón: se ha diseñado para ti.» Robert le cogió de la mano y la acompañó dentro del restaurante, abriéndole la puerta de madera en la que había incrustado un polígono de cristal. El restaurante Erminia se situaba en un pequeño edificio construido en una sola planta, en una de las calles con los edificios más bajos de todo NY, donde todavía se respiraba el sabor de una época olvidada y, de alguna manera, todavía estaba intacta su eterna magia.
En el interior, las mesas de madera estaban cubiertas por elegantes manteles blancos; todo estaba colocado con cuidado y las velas en el centro de casa mesa estaban encendidas, incluso las de las mesas sin ocupar, que junto a los faroles colgados en las vigas de madera del techo, iluminaban el ambiente y dejaban entrever antiguas piezas de porcelana colgadas en la pared de ladrillos, donde, en una esquina, sobre el alféizar de una ventana había flores frescas y de colores.
Un camarero se acercó, acompañó a Barbara y a Robert a su mesa y colocó cuidadosamente el ramo de rosas en un jarrón de madera al fondo de la sala. Volvió con los menús e inmediatamente después con dos copas de cristal llenadas con las burbujas de un vino de aguja italiano.
Barbara Harrison sintió que en ese momento el tiempo se paraba y que todo era perfecto: el ambiente, la compañía y esa agradable espera de los deliciosos sabores italianos que ya parecía gustar, mientras su mirada se posó en la lista, perdiéndose en las descripciones de cada plato propuesto en el menú.
«Me comería todo…» exclamó Barbara alegremente.
«¡Pues ya somos dos!» le respondió Robert alzando la copa para brindar.
«¡Por nosotros!»
«¡Por reencontrarnos en el tiempo!» respondió Barbara acercando su copa de cristal al de Robert para brindar, pero, quizás, el hombre sostenía su copa demasiado fuerte y por el impacto se rompió, derramando todas las burbujas por la mesa junto a algunos trozos aplastados de cristal. El sonido del cristal roto interrumpió el encanto y el tiempo volvió a correr, como el tráfico fuera del restaurante y el barullo de los otros comensales en la sala.
«No será un vaso roto el que arruine nuestro fin de semana…» dijo Robert avergonzado. En aquel momento, el camarero se acercó para volver a encender la mecha de la vela, que se había apagado cuando entró en contacto con el vino por el desastroso impacto de los dos vasos, y para quitar los fragmentos de cristal que quedaban en la mesa.
«Por supuesto que no…» respondió Barbara, sonriendo con ternura al hombre.