CAPÍTULO 16

El tren tenía una parada en un pueblecito llamado Liberty, y John aprovechó para bajar a toda prisa y enviarle un telegrama al sheriff de Augusta.

Diane regresó al vagón de carga, y después de cerrar la puerta y de asegurarse de que la cortinilla estaba corrida, fue a sentarse como si nada junto al féretro donde estaba su marido.

–¿Va todo bien?, ¿No has visto a ningún conocido? –le preguntó él.

–Por supuesto que no –tenía mucha práctica a la hora de mentir, así que lo hizo con toda naturalidad; de hecho, incluso sonrió–. Pero el tren está muy lleno.

–Eso da igual, la gente irá bajándose en las paradas que hay a lo largo del trayecto. No sabes lo incómodo que estoy, menos mal que podré salir de esta cosa en cuanto crucemos la línea estatal y entremos en Carolina del Sur… donde soy persona non grata, por cierto.

Su marido tenía el dinero que había robado dentro del féretro, guardado en varias bolsas llenas hasta los topes. Era una verdadera fortuna, y ella acababa de acceder a colaborar para que el banco la recuperara… pero valía la pena, porque había una recompensa y no tendría que ir a la cárcel; además, iba a poder librarse de Eli y recuperaría a John, ya que ella estaba muy por encima de Claire.

Eli se sorprendió al verla sonreír, y se secó la frente sudorosa antes de mascullar:

–Pareces muy contenta.

–Todo está saliendo según lo previsto, ¿no? –mientras contemplaba el paisaje a través de la ventanilla, Diane empezó a fantasear con el fantástico futuro que tenía por delante.

Cuando el tren llegó a la estación de Augusta, John salió al encuentro de varios hombres trajeados que esperaban allí y subieron juntos al tren después de unas breves presentaciones.

Claire se había quedado en el compartimento que compartía con la señora Cornwall, pero estaba mirando atenta por la ventanilla y al cabo de unos minutos vio cómo bajaban esposado a Eli Calverson. Parecía atónito y alicaído, y el hombre que iba junto a él (no había duda de que era un agente de la ley, porque llevaba una insignia en forma de estrella en la solapa), llevaba varias bolsas de las que usaban los bancos para guardar dinero.

John regresó al compartimento poco después con paso apresurado.

–Lamentamos dejarla aquí sola, señora Cornwall, pero Claire y yo debemos regresar a Atlanta de inmediato. Ven, querida –tomó la mano de Claire, y tiró con suavidad para que se levantara antes de volverse de nuevo hacia la viuda–. Que tenga un buen viaje.

–Gracias, joven. Espero que las cosas les vayan bien a los dos.

Atravesaron el vagón de pasajeros a toda prisa hacia la puerta trasera y al bajar vieron a Diane a un lado del andén, hablando sollozante con dos hombres de uniforme. Eli le lanzó una mirada furibunda por encima del hombro mientras se lo llevaban de allí, y ella siguió llorando a lágrima viva al decir:

–¡Mi pobre Eli! ¡Pobrecito, su mente estaba trastocada! Seguro que no era consciente de lo que hacía.

Su rostro habría sido capaz de ablandar hasta a las piedras. Uno de los dos detectives era joven e impresionable, y le dio unas palmaditas en la mano para tranquilizarla antes de decir:

–Por supuesto que no. No se preocupe, señora Calverson, está a salvo en nuestras manos. Permita que nos encarguemos de comprarle el billete de vuelta a Atlanta.

–No voy a regresar en el mismo tren que mi marido, ¿verdad? ¡No lo soportaría! –el miedo que se reflejaba en su voz sí que era real.

–No, señora, a él van a transportarle en un tren especial. No se preocupe por eso, nosotros nos encargamos de todo –el joven sonrió al ver a John y a Claire–. ¿Su esposa y usted también vienen con nosotros, señor Hawthorn?

–Sí –John le dedicó una sonrisa a Diane, pero no soltó la mano de Claire ni dio muestras de querer hacerlo.

Si a la rubia le sorprendió verle tan atento con su esposa, lo cierto era que lo disimuló bien; después de mirar a la pareja con una sonrisa trémula, tomó del brazo al joven detective de la agencia Pinkerton y fue con él al edificio central de la estación.

Diane estaba pensando en realidad que seguro que John se había mantenido tan distante con ella para conservar las apariencias, nada más. Miró con una sonrisa llena de encanto al joven detective, y le alentó a que hablara de sí mismo. Sabía cómo tratar a los hombres, y aquel no suponía desafío alguno. Una podía conseguir lo que fuera de ellos valiéndose de la adulación, preguntándoles sobre su trabajo y su vida, halagando su vanidad. Resultaba sorprendente la cantidad de información que se obtenía así.

El joven detective y ella subieron al tren después de comprar los billetes, y ocuparon unos asientos bastante alejados de los que habían obtenido John y Claire. El trayecto de regreso a Atlanta se les hizo mucho más corto que el que acababan de hacer en dirección contraria, y dio la impresión de que en un abrir y cerrar de ojos el tren llegaba a la estación y los pasajeros bajaban al andén.

Entre los detectives de la agencia Pinkerton que estaban esperando la llegada del tren en la estación de Atlanta estaba Matt Davis, que aún no se había marchado rumbo a Chicago; cualquier otro agente de su veteranía se habría hecho cargo del prisionero, pero él optó por dejar que fuera el joven que le había arrestado quien se encargara de llevarle a comisaría.

El muchacho no cabía en sí de gozo y orgullo, y se llevó a Calverson como si acabara de ganar en las carreras.

–En fin, ahora sí que tengo que regresar a casa –le dijo a John, con ojos chispeantes–. No estaba metido en un baúl, ¿verdad?

–¡Al final resultó estar metido en un féretro, ni más ni menos! Su esposa estaba con él en el vagón de carga, representando el papel de viuda llorosa. El plan podría haberle funcionado, pero una señora que se sentó en nuestro compartimento nos dijo que una joven y bella viuda estaba en el vagón de carga junto al féretro de su marido, y que había sido en Colbyville donde habían subido al tren dicho féretro. La mujer no tenía ni idea de que estaba ayudando a resolver un robo. Supongo que tendríamos que habérselo dicho, seguro que le habría hecho mucha ilusión.

Matt alzó la mirada hacia la falsa viuda, que estaba acompañada de dos detectives de la agencia que revoloteaban a su alrededor dispuestos a ayudarla en lo que fuera necesario, y preguntó sin inflexión alguna en la voz:

–¿Qué va a pasar con ella?

–Que recibirá su recompensa, y seguro que aprovecha la situación en su propio beneficio –le dijo John.

–Supongo que sabías de antemano que la junta de directores del banco ofrecía una recompensa muy cuantiosa, ¿no?

–Por supuesto. No me ofrecieron un recibimiento demasiado cordial cuando salí de la cárcel, pero se dignaron a contarme lo de la recompensa que iban a dar si se devolvía el dinero.

–Supongo que con esto se darán por satisfechos –Matt miró por encima del hombro de su amigo, y añadió–: Y aquí vienen los que faltaban.

Aún no había acabado de hablar cuando reporteros del periódico local y dos de fuera, que sin duda habían recibido el chivatazo sobre el arresto, les abordaron con sus libretas y sus lápices en ristre, dispuestos a tomar nota de todas sus respuestas.

John empezó a relatarles lo sucedido con la ayuda de Matt y de Diane, que se había apresurado a sumarse al grupo al ver a la prensa. La belleza de la rubia la convirtió en la heroína de la historia… hasta que se reveló el papel que había jugado Claire en la persecución.

–¿Tiene un automóvil, señora Hawthorn? –le preguntó un joven reportero con admiración–. ¿De verdad que ha venido a la estación conduciéndolo usted misma?, ¿podemos verlo?

–Claro que pueden, está en la cochera de la casa donde vivimos –contestó ella, radiante.

John le pasó un brazo por los hombros y dijo con orgullo:

–Hay algo más que deberían saber sobre mi esposa: los almacenes Macy’s de Nueva York acaban de contratarla para que diseñe para ellos una línea exclusiva de vestidos de noche.

–¿Bajo su propio nombre, señora? –preguntó uno de los reporteros.

–No, para mis diseños uso el nombre de Magnolia.

Diane fue incapaz de contener una exclamación de sorpresa. Se puso pálida al darse cuenta de que conocía a la diseñadora que creaba las elegantes creaciones que tanto había codiciado, pero que por desgracia era ni más ni menos que la esposa de John.

El propio John estaba impresionado, porque hasta ese momento no tenía ni idea del nombre que su mujer usaba para sus diseños; había oído hablar tanto de la fama de Magnolia, que no cabía en sí de orgullo. No había duda de que la mujer a la que amaba tenía muchas facetas.

La miró con una sonrisa enorme en la que se reflejaba lo orgulloso que estaba de ella, y Claire le apretó la mano en un gesto lleno de calidez cuando sus ojos se encontraron.

–Magnolia, qué sureño –comentó otro reportero–. ¡Señora Hawthorn, estamos deseando ver ese automóvil!

Los reporteros fueron con ellos a la casa de la señora Dobbs y fotografiaron a Claire subida en su Oldsmobile negro, con la mano en la palanca de mando; por sugerencia de la propia Claire, la señora Dobbs también se hizo una foto con ellos dos y el coche, y la casera se puso contentísima.

El reportero que más interés mostraba en ella resultó ser el único que había sostenido que John era inocente, el que había mencionado que Calverson había sido acusado de desfalco en el pasado. A Claire le cayó bien de inmediato, y le agradeció profusamente que hubiera defendido a su marido.

Aquella noche fueron a cenar al hotel con los padres de John. A Maude se le había contagiado la emoción de aquel día tan intenso, y se quedó sin aliento haciéndoles preguntas sobre aquella loca persecución hasta Augusta para recobrar el dinero robado y atrapar al ladrón.

–Aún me cuesta creerlo –comentó, maravillada–. Vosotros dos sois unos lunáticos, ¡no sabíais si ese hombre iba armado!

–Yo me había llenado de piedras los bolsillos del guardapolvo –comentó Claire.

John se echó a reír antes de añadir:

–Y yo llevaba un revólver Smith & Wesson del calibre treinta y dos en el cinto –al ver que su esposa le miraba boquiabierta, le dijo sonriente–: No te lo dije porque pensé que sería mejor así; en todo caso, no tuve que usarlo.

–Creo recordar que cuando estabas en el Ejército te concedieron varios premios por tu buena puntería –apostilló Clayton.

Aún le costaba un poco hablar con John, pero había ido relajándose un poco más durante la cena. Daba la impresión de que estaba ansioso por reconstruir su relación con su hijo.

–Así es. La verdad es que a veces echo de menos la vida militar.

–Hijo… podrías volver a alistarte si quisieras.

John era consciente de que aquellas palabras, en boca de su padre, equivalían a una disculpa. Le miró sonriente antes de contestar:

–No sé si volvería a ser feliz en el Ejército, aunque me lo he planteado –se volvió hacia Claire, y admitió con voz suave–: Al principio no sabía si podría habituarme a la vida de un banquero.

–Estoy dispuesta a ir a donde tú quieras –lo dijo de corazón, y pensó ilusionada en la pequeña vida que albergaba en su seno. Aún no le había contado a su marido que iban a ser padres.

–Tu buen nombre quedará restituido cuando los periódicos salgan a la venta mañana por la mañana –comentó Maude–. Por cierto, estás muy apuesto con uniforme.

–Gracias, mamá. La cuestión es que el conflicto en Filipinas aún está vivo, y existiría la posibilidad de que me enviaran allí –miró a Claire antes de añadir–: No quiero llevar a mi esposa a una zona de guerra, sobre todo teniendo en cuenta que está iniciando una carrera profesional de la que debe ocuparse. ¿Te he dicho ya lo orgulloso que estoy de ti, Claire?

–No –se puso roja como un tomate.

–En ese caso, ya es hora de que te lo diga –la tomó de la mano, y le besó los dedos mientras la miraba con ojos ardientes–. No es momento de volver a alistarme, y además, aquí tengo trabajo de sobra. No quiero que se diga que salí corriendo después de que Calverson intentara manchar mi buen nombre, deseo quedarme aquí… al menos hasta que las aguas vuelvan a su cauce, entonces Claire y yo decidiremos lo que queremos hacer.

Clayton carraspeó con suavidad antes de decir:

–Me encantaría que vinierais a Savannah. Podrías ocupar la presidencia de mi banco cuando el viejo Marvis se retire. Supongo que piensas que es una especie de soborno para convencerte, pero no es así.

John le contempló durante unos segundos antes de contestar.

–Me gustaría mucho teneros cerca, pensaré en ello.

–¿Lo dices en serio?

–¿Te gustaría vivir en Savannah, Claire? –le preguntó, con una sonrisa llena de amor.

–¡Me encantaría! Es una ciudad llena de historia, y está a orillas del océano. Podrías hacer un esfuerzo y salir a navegar con tu padre y con Jason… ya sé que te mareas.

Al verla sonreír de oreja a oreja, John sonrió también y dijo en tono de broma:

–¡No me digas que te has enterado de eso!

–Sí, me lo contaron en Savannah… entre otras muchas cosas más, como lo de la rana que escondiste en el costurero de tu madre, y lo del gusano que le metiste a Emily por la espalda en la iglesia. ¡Qué ocurrencia!

–Le dio un poco de emoción a la misa –se echó a reír, y la miró con ojos chispeantes.

Claire había empezado a darse cuenta de que en el pasado apenas había llegado a vislumbrar al verdadero John. Estaba claro que podía ser travieso y bromista cuando se lo proponía, y el cálido brillo de diversión que se reflejaba en sus ojos negros la tenía encandilada. Fijó la mirada en aquella mano fuerte que estaba entrelazada con la suya, y le dijo sonriente:

–Como tú mismo has dicho, ya decidiremos lo que queremos hacer.

–De ahora en adelante respetaré tus decisiones, hijo –apostilló Clayton con firmeza–. Estoy muy orgulloso de ti, y lamento de corazón los dos años que he desperdiciado. No tendría que haberte culpado a ti, con el tiempo he podido aceptar que fue un designio divino. Seguro que sufriste tanto como yo por la pérdida de tus hermanos.

–Sí, pero esos años me han valido para darme cuenta de lo mucho que significa mi familia para mí, así que a lo mejor no hay que darlos por desperdiciados.

–Podrías venir pronto a casa a visitarnos.

–¿Qué te parece si Claire y yo pasamos las navidades allí?

El rostro del anciano se iluminó.

–¡Perfecto!

John miró a su esposa a los ojos, y le preguntó sonriente:

–¿Nos vamos a preparar las maletas?

–¿Lo dices en serio?

–¡Claro que sí!

Claire se levantó de golpe, ajena al hecho de que algunos de los comensales la miraban divertidos, y preguntó entusiasmada:

–¿Podemos irnos ya, ahora mismo?

John se echó a reír antes de contestar con una amplia sonrisa:

–¡Por supuesto que sí! Intentaremos tenerlo todo solucionado cuanto antes, y podríamos irnos mañana al mediodía con mis padres… ¿te parece bien, papá?

–Me parece perfecto. Venid a desayunar a media mañana, y después iremos a comprar los billetes.

Aquella noche el equipaje se quedó sin hacer; después de sortear a toda prisa las preguntas de la señora Dobbs, John y Claire se encerraron en el apartamento y se fueron directos a la cama. Se amaron como nunca antes, con ternura y lentitud, con una plenitud tan exquisita que Claire se quedó sin aliento, exhausta y totalmente cautivada.

Se quedaron dormidos al fin, y cuando despertaron a la mañana siguiente volvieron a hacer el amor con más ardor incluso que antes. Al final se levantaron y empezaron a vestirse, y justo cuando Claire estaba acabando de peinarse la señora Dobbs llamó a la puerta.

–Disculpen si les he despertado, pero el señor Hawthorn tiene una visita… la señora Calverson –su tono de voz al mencionar a la rubia reflejaba lo mal que le caía.

Claire le lanzó una mirada a su marido, y al ver que su expresión se había vuelto gélida se acercó a darle un breve beso en los labios y le dijo con voz suave:

–Baja a hablar con ella, querido. Yo tengo que acabar de peinarme.

–Claire…

Ella enarcó las cejas al verle tan reacio, y le preguntó con una sonrisita traviesa:

–¿Qué?

Él se echó a reír antes de abrazarla con fuerza y besarla con una pasión que a la vez reflejaba una ternura infinita.

–Baja cuando estés lista, ¡y no te preocupes!

–No estoy preocupada, ayer se despejaron todas mis dudas… por no hablar de anoche –no pudo evitar sonrojarse.

–¿Verdad que fue maravilloso? Si la señora Dobbs te pregunta si anoche oíste gritos no te ruborices, o se dará cuenta enseguida de que eras tú –al ver lo mortificada que parecía, le dio un beso largo y sensual antes de susurrar–: No tienes de qué avergonzarte, yo también grité hacia el final. Quería tenerte más y más cerca, hundirme más hondo en tu cuerpo, tocarte como anhelaba hacerlo –le recorrió un estremecimiento y añadió con voz ronca–: No hay pareja que haya estado tan íntimamente unida como lo estuvimos nosotros anoche.

–Tienes razón –se apretó contra él mientras se estremecía también al recordarlo. El éxtasis había alcanzado tal magnitud, que ella había llegado a perder el conocimiento, y lo cierto era que le daba un poco de miedo recordar lo intenso que había sido.

Él tocó la mejilla con la suya, y le acarició la oreja con su aliento al confesar:

–Nunca llegué a hacer el amor con Diane –alzó la cabeza y la miró con ojos penetrantes–. Te mentí sobre eso, y me avergüenzo de haberlo hecho.

–Gracias por decírmelo –le contestó, radiante de felicidad.

Él le trazó los labios con la punta del índice al contestar:

–Tenía que hacerlo, un hombre no debe ocultarle secretos a su adorada esposa.

Claire volvió a sonreír, y suspiró de placer cuando él la besó de nuevo antes de soltarla. Le vio dirigirse hacia la puerta, convencida de que Diane estaba a punto de ofrecérsele en bandeja de plata. Sintió curiosidad por saber cómo iba a rechazarla, porque ya no tenía ninguna duda sobre la fidelidad de su marido.

Sonrió al tocarse la cintura y notar cómo se le había ensanchado. Aún tenía que contarle un último secreto a John, y pensaba hacerlo en cuanto se marchara aquella visita indeseada.

Claire había acertado de pleno, a su marido no le hacía ninguna gracia ver a Diane… de hecho, se sintió molesto. Era innegable que estaba muy bella con un traje sastre azul con encaje blanco y un vistoso sombrero, pero aquella mujer ya no le aceleraba el corazón ni despertaba la más mínima emoción en su interior… a diferencia de Claire, que era su vida entera.

–¿En qué puedo ayudarte, Diane? –le preguntó con cortesía.

Dio la impresión de que a ella le sorprendía aquel recibimiento tan frío, pero recobró la compostura de inmediato y contestó:

–Daba por hecho que esperabas mi visita, John. Es decir… bueno, ya sabes que Eli va a ir a la cárcel. Yo voy a testificar en su contra, han localizado a Dawes y ya ha confesado, el propio Eli no ha tenido más remedio que confesar también, y el dinero del robo se ha recuperado y le será devuelto al banco. Todo el mundo sabe que fuiste una víctima inocente de la codicia de Eli, y el señor Whitfield ha accedido a seguir adelante con la fusión al enterarse de lo que ha sucedido… aunque eso será decisión tuya, porque es casi seguro que vas a ser el presidente del banco. Las cosas vuelven a su cauce, así que pensé que… en fin, creía que me querías.

Él la sacó al porche delantero de la casa, y cerró la puerta a sus espaldas antes de decir en voz baja:

–Creo que será mejor que hablemos con total sinceridad, Diane. Estuve enamorado de ti, pero tú querías más de lo que podía ofrecerte y te casaste con otro. Puede que albergara esperanzas de recuperarte incluso en aquel entonces, pero ahora te aseguro con total certeza, de todo corazón, que la mujer a la que amo y deseo con toda mi alma está arriba, esperándome en nuestro apartamento. No me había dado cuenta hasta hace poco de cuánto tiempo ha estado esperándome. Le he hecho daño, y no pienso volver a hacérselo nunca más.

–¿No me amas? –le preguntó, con tono lastimero.

–Te tengo aprecio y siempre te lo tendré, pero a quien amo es a Claire.

Ella sonrió con tristeza antes de decir:

–Así que ella ha acabado ganando, ¿no? Temía que lo consiguiera. Estaba claro que, a diferencia de mí, ella sí que te amaba lo suficiente como para renunciar a ti.

–No te entiendo.

–Las dos mantuvimos una conversación justo antes de que yo accediera a ayudaros a atrapar a Eli. Ella me dijo que no se interpondría si tú me amabas, y supe en ese momento que su amor era mayor que el mío. Yo nunca habría dejado que te fueras con otra sin luchar.

John la miró a los ojos y se dio cuenta de que estaba siendo sincera, que no le habría dejado ir por pura vanidad femenina. Claire era más tierna, pero también mucho más fuerte.

–Lo siento, Diane.

Ella hizo un gesto de despreocupación, y dijo con languidez:

–No te preocupes. Creo que supe que todo se había acabado entre nosotros cuando te casaste, pero me negué a aceptarlo; en fin, al menos tengo la recompensa por ayudar a capturar a Eli, y muchos hombres estarán dispuestos a casarse con una mujer joven y rica… aunque cargue con la deshonra de ser una divorciada.

–Espero que seas feliz.

–La felicidad no está hecha para mí, pero al menos viviré satisfecha. Adiós, John.

–Adiós, Diane.

John esperó en el porche mientras ella se dirigía hacia el carruaje que la esperaba. En sus ojos no se reflejaba ni anhelo ni pesar al verla alejarse, la verdad era que estaba impaciente y deseando que se marchara de una vez.

Volvió a entrar en la casa en cuanto la perdió de vista; estaba tan deseoso de regresar junto a Claire, que subió los escalones de dos en dos. La noche anterior había quedado grabada en su mente y en su corazón, su mujer era un sueño hecho realidad en la cama… y también fuera de ella. Claire le colmaba el corazón de felicidad, hacía que su vida fuera plena. La adoraba, y no quería a ninguna otra.

Cuando entró en el apartamento y la vio contemplando el jardín por la ventana, recordó las veces que la había visto allí mismo en los primeros días de casados… sola, triste, perdida en sus pensamientos.

–Diane se ha ido.

–¿De forma definitiva? –le preguntó ella, sonriente.

Él se le acercó y le enmarcó el rostro entre las manos antes de asegurar con voz suave:

–Totalmente. Le he dicho que se fuera, Claire. No ha sido un sacrificio por mi parte, no lo he hecho por obligación ni por vergüenza, sino porque lo que sentía por ella se acabó hace mucho. Está muerto, finiquitado –la tomó entre sus brazos, y soltó un profundo suspiro de dicha al abrazarla–. Te adoro –susurró, embriagado de placer–. Quiero abrazarte y besarte sin parar, quiero estar contigo siempre y de todas las formas posibles. Dios, Claire, mi vida carecería de sentido sin ti… te amo –susurró, antes de besarla.

Ella soltó una pequeña carcajada y murmuró contra su boca:

–Ya lo sé, yo también te amo.

Le devolvió el beso con toda la felicidad que la embargaba, con todos los años de anhelos, con todas sus esperanzas y sus alegrías, pero de repente recordó que había algo que tenía que decirle y se apartó un poco de él.

–Para, John, espera un momento… tengo que decirte una cosa, y puede que cuando lo sepas no quieras quedarte conmigo.

Él se echó a reír al oír semejante disparate, y exclamó en tono de broma:

–¡Soy todo oídos!

–¡Estoy hablando en serio! –le puso las manos en el pecho para mantener la distancia, y admitió vacilante–: John, estoy… eh… bueno, creo que… que estamos esperando un bebé.

La cara que puso su marido era la viva estampa de la estupefacción; de hecho, daba la impresión de que ni siquiera respiraba.

–¿Que…? ¿Que qué?

–Que estoy embarazada. Me daba miedo decírtelo, porque tú dijiste que… le dijiste a la señora Cornwall que te daba mucho respeto la idea de tener hijos, y… ¡Dios, lo siento mucho!

–¿Que lo sientes? –soltó el aliento que había estado conteniendo, y la miró con los ojos brillantes y el rostro radiante de felicidad–. ¿Que lo sientes? –la alzó y empezó a girar una y otra vez mientras se reía como un loco–. ¿Que lo sientes? ¡Brujita, eres una brujita…! ¡Ven aquí!

La abrazó con fuerza, y volvió a besarla con una pasión desenfrenada que fue dando paso a una ternura infinita; al cabo de un largo momento susurró contra sus labios:

–¡Deseo con toda mi alma que tengamos hijos! Quiero que tengamos niños y niñas, y que con el tiempo lleguemos a tener nietos. ¡Qué sorpresa tan dulce y maravillosa, Claire!

Ella se había quedado sin aliento, estaba abrumada. Se abrazó a su cuello y volvió a besarle, pero él se apartó poco después y le dijo contrito:

–Y yo dije que… perdóname, en el tren hablé de forma precipitada y sin pensar. Claro que quiero hijos, lo que pasa es que nunca me planteé la realidad de tener un bebé en casa –la miró con ojos soñadores y llenos de ilusión–. Tenemos que comprar una casa, Claire. Una casa preciosa y grande que podamos llenar de niños y del amor que nos tenemos el uno al otro.

Ella le abrazó con fuerza y susurró con voz ronca:

–¡Cariño, cariño mío! ¡No sé si podré soportar tanta felicidad!

–Lo mismo digo, pero creo que nos las arreglaremos –lo dijo en tono de broma, y añadió con una enorme sonrisa–. ¡Qué navidades tan fantásticas nos esperan! Imagínate, tenemos el regalo más maravilloso con el que puede soñar una pareja… ¡estamos esperando un hijo!

–¿Sigue en pie lo de ir a casa de tus padres? –le preguntó ella, radiante de dicha.

–Claro que sí, y te prometo las navidades más maravillosas que has tenido en tu vida –contempló embelesado sus hermosos ojos grises, y exclamó exultante–: ¡Va a ser glorioso, Claire!

Y así fue.