CAPÍTULO 8

John estaba tan afectado como su mujer por lo que había pasado. El deseo que sentía por ella había acabado por imponerse a su autocontrol y se había comportado como un enajenado. Le había hecho el amor a su inocente esposa con el refinamiento de un animal en celo, no había tenido ningún cuidado con su virginidad.

Estaba tan cegado de deseo por ella, que su inocencia ni siquiera se le había pasado por la cabeza, y en cuanto a la segunda vez, ella le había embriagado con su sensualidad. Aún le costaba creer que fuera tan apasionada… soltó un gemido al recordar su cuerpo cálido envolviéndolo por completo, cómo había seguido el ritmo de sus fuertes y profundas embestidas…

La dulce entrega de Claire le había cautivado. La había seducido llevado por la furia, la confusión, los celos y la frustración, pero no había hombre sobre la faz de la Tierra que pudiera pedir un placer más intenso que el que ella le había dado con tanta generosidad. Había notado cierto sabor a whisky en su boca (seguro que alguien había echado un poco en el ponche), pero no se le había entregado con tanta dulzura porque estuviera borracha, sino por amor.

Claire le amaba, se lo había demostrado una y otra vez a lo largo de aquella larga y sensual noche al yacer contra su cuerpo con total confianza, al susurrarle palabras de aliento y de cariño. Aún tenía en la boca el sabor de su piel, aquella piel tan blanca, tersa y sensible que olía a rosas…

Tuvo que hacer un esfuerzo titánico por volver a centrar su atención en el asunto de negocios que tenía entre manos y dejar a un lado aquellos pensamientos tan perturbadores, pero gracias a su educación militar había aprendido a hacerlo incluso con los recuerdos más terribles. No tenía ni idea de lo que iba a hacer en adelante, pero había algo que sí que tenía muy claro: Lo que sentía por Diane no era tan profundo ni fuerte como pensaba, porque de ser así, no habría podido ser tan ardiente con Claire.

Claire no había dejado de darle vueltas a la mentira que le había dicho a la mujer que le había preguntado por el nombre del diseñador de su vestido, porque sería pésimo para su reputación que se descubriera que había mentido. Al final decidió que lo mejor sería confeccionar varios vestidos de noche bajo la firma «Magnolia», y fue a ver a la dueña de la pequeña boutique donde a veces se exponían algunas de sus creaciones.

La mujer se mostró encantada de poder exponer diseños originales tan exquisitos como el que le llevó de muestra, y Claire le pidió que mantuviera en secreto que ella era la diseñadora porque no quería que su marido se enterara de que trabajaba; además, las dos convinieron en que el anonimato le daría un aire de misterio tanto a la marca como a los diseños en sí.

Inició aquel proyecto estando ya muy atareada, ya que estaba confeccionando los vestidos que le habían encargado para el baile navideño del gobernador. Trabajaba con diligencia para tenerlos a punto a tiempo, y además tenía que ocuparse de su propio vestido.

John y ella procuraron evitarse durante una semana, y aunque los dos mostraron diversos grados de torpeza y reparo, lo cierto era que ella se llevó la palma en ese sentido. Ni siquiera era capaz de mirarlo a los ojos, y él parecía entender su timidez y no se enfadaba.

La llegada de Acción de Gracias cambió aquella dinámica, porque tuvieron que comer juntos y ocultar sus emociones para que la señora Dobbs no pensara que tenían problemas conyugales. No podían arriesgarse a dar pie a más rumores.

–Debería sacar más a Claire, John –comentó la mujer con naturalidad–. Se pasa el día entero en el apartamento, cosiendo sin parar.

–¿Qué es lo que coses?

A Claire estuvo a punto de caérsele el tenedor cuando él le preguntó aquello. No se había dado cuenta de que la señora Dobbs alcanzaba a oír desde la planta baja el ruido de la máquina de coser.

–He estado intentando hacerles unos cambios a algunos de mis vestidos.

–No soy pobre, no hace falta que aproveches ropa vieja –le espetó, ofendido en su orgullo–. Cómprate lo que necesites en la tienda de Rich, ya te dije que tengo una cuenta abierta allí.

–De acuerdo.

Cuando la señora Dobbs se fue a por el pastel que había cortado, John se reclinó en la silla y la observó con una mirada tan penetrante que Claire no pudo evitar ruborizarse.

–Quería hablar contigo, pero no sabía qué decir –admitió él al fin, con voz suave.

Ella sintió que se le aceleraba el corazón al recordar la larga y dulce noche que habían pasado juntos, y solo alcanzó a contestar:

–¿Ah, sí?

John suspiró al ver que ella no le ayudaba ni lo más mínimo. Fijó la mirada en su plato y llegó a la conclusión de que aún era demasiado pronto para hablar de lo que había pasado, así que optó por sacar otro tema.

–Quería pedirte que organizaras una cena benéfica el sábado que viene, para echarle una mano al orfanato presbiteriano de la ciudad; como sabrás, fue pasto de las llamas, y todos los niños están instalados en la sala común. La reconstrucción urge mucho –hizo una pausa antes de añadir con toda deliberación–: Pensé en pedirle a Diane que lo hiciera por mí… –tuvo que contener una sonrisa al ver que aquellos preciosos ojos grises echaban chispas.

–¡Soy perfectamente capaz de organizar una cena!

Prefería aquel arranque de genio a la timidez extrema con la que le trataba últimamente, estaba preciosa cuando se enfadaba.

–Por supuesto que sí, pero es que necesito que a esta en concreto asista gente muy adinerada, gente que pueda sufragar con sus donaciones la reconstrucción del orfanato.

–No te fallaré, John. Dame al menos el beneficio de la duda.

–¿Te crees capaz de solicitar la presencia de tantos miembros de la alta sociedad de Atlanta?, ten en cuenta que se trata de gente a la que no conoces –lo dijo con voz suave, intentando con todas sus fuerzas no ofenderla.

–No tienes un concepto demasiado bueno de mí, ¿verdad? –ella intentó aferrarse a su orgullo malherido, y alzó la barbilla al añadir–: Hubo un tiempo en que me importaba muchísimo lo que pensaras de mí, menos mal que ahora me resulta indiferente –fue incapaz de descifrar la extraña expresión que vio en su rostro. Dejó a un lado la servilleta y se puso de pie, con lo que él se vio obligado a levantarse también–. Organizaré esa cena si quieres, solo necesito que me detalles los pormenores.

Él luchó por ocultar la confusión que sentía, y contestó con calma fingida:

–Te daré un listado, junto con una relación de la gente a la que me gustaría que invitaras. Si tienes cualquier dificultad…

–No la tendré, pero gracias. No me apetece tomar postre… preséntale mis disculpas a la señora Dobbs, por favor –salió del comedor, y subió a toda prisa la escalera para dejar atrás cuanto antes aquella triste celebración de Acción de Gracias.

John la siguió con la mirada mientras se debatía entre el abatimiento y el enfado. Así que le resultaba indiferente la opinión que pudiera tener de ella, ¿no? Pues no había dado esa impresión cuando habían hecho el amor, cuando se había aferrado a él con tanta fuerza que le había dejado los hombros marcados. Si ella quería encauzar así la situación para salvaguardar su orgullo, pues perfecto, él podría olvidar sin problemas que su cuerpo la deseaba y anhelaba tenerla cerca día y noche.

Se preguntó qué habría pensado Diane de ese traspiés, pero se sorprendió al darse cuenta de que su opinión le importaba mucho menos que la de Claire. Su esposa era atractiva… atractiva, cariñosa, generosa, y tenía carácter. Se merecía a un marido que la consintiera, que la adorara y la tratara como a una princesa… seguro que a alguien como Ted le habría encantado cuidarla…

Se enfureció al pensar en aquel necio, al recordar lo atento que se había mostrado con Claire. Por mucho que el suyo fuera un matrimonio de conveniencia, era su esposa y Ted no tenía ningún derecho a tomarse tantas confianzas con ella. No estaba dispuesto a permitir más problemas en ese sentido, ningún otro iba a tocar a su Claire…

Soltó una carcajada, sorprendido, al darse cuenta del rumbo que habían tomado sus pensamientos. Menos mal que la señora Dobbs llegó en ese momento, porque de no ser así, seguro que habría empezado a hablar en voz alta consigo mismo.

A Claire no le costó demasiado organizar la cena benéfica en una semana, tal y como quería John, aunque había tenido que contratar a un mensajero para que repartiera las invitaciones. Para la mayoría de eventos sociales había que avisar con tres semanas de antelación (su marido era consciente de eso, por supuesto), pero había añadido una nota en las invitaciones explicando que se trataba de un caso urgente, que había habido un incendio en el orfanato y los niños estaban pasándolo mal.

Había contratado los servicios de un buen restaurante de la zona, y había invitado a todas las damas a las que había conocido a través de las obras benéficas con las que colaboraba; de hecho, había añadido a unas cuantas que no estaban en la lista de John.

Cuando llegó al fin la noche de la cena, se puso otra de sus nuevas creaciones. Era un vestido en blanco y negro tan impresionante, que la señora Dobbs soltó una exclamación de admiración y John se quedó pasmado.

–No recuerdo haber visto antes ese vestido –comentó él.

–Porque no lo habías visto. Es una prenda original de una diseñadora de la zona.

–Es una preciosidad –apostilló la señora Dobbs–. Me gustaría ser lo bastante joven y agraciada como para poder lucirlo, querida. Va a ser la envidia de todas las presentes.

–Gracias, señora Dobbs –Claire la miró con una cálida sonrisa, y se puso la capa negra de terciopelo ribeteada en satén blanco antes de decirle a John–: Deberíamos marcharnos ya, no debemos llegar tarde.

Él la tomó del brazo, la condujo hacia el carruaje que estaba esperándoles en la calle, y dio unos golpecitos en el techo del vehículo para indicarle al cochero que podía ponerse en marcha.

–La verdad es que estás preciosa –comentó, mientras la recorría con la mirada bajo la tenue luz del farolillo. Su esposa se había dejado el pelo suelto, y las únicas joyas que llevaba eran el collar de perlas que había pertenecido a su abuela y la alianza de boda, que se percibía bajo los largos guantes blancos–. ¿Cómo se llama la diseñadora?

–La firma es Magnolia.

–¡Qué apropiado! Es muy buena, de eso no cabe duda… aunque me parece una prenda demasiado formal para este tipo de evento.

–Recuerdo que dijiste lo mismo del vestido que llevé en la velada que organizó el banco –lo dijo sin pensar, y se ruborizó al recordar lo que había pasado cuando John la había llevado a casa.

Él también lo recordó, y la contempló con ternura antes de decir:

–Me acuerdo más de lo que había debajo de la ropa que del vestido en sí, Claire –al ver que apretaba su bolsito con fuerza y apartaba la mirada, añadió–: Estamos legalmente casados, es del todo lícito que pases la noche entre mis brazos.

–Fue un error.

–¿Ah, sí? ¿Ha pasado el tiempo suficiente para que sepas si va a haber consecuencias?

Ella no entendió en un principio a qué se refería, pero se dio cuenta al cabo de un instante y le contestó con rigidez:

–Aún es muy pronto para saber si hemos… concebido un hijo, pero dudo que… en fin, no creo que…

–¡Ojalá tengamos suerte! –sonrió al imaginarse a un niñito o a una niñita con los ojos grises de Claire, y pensó para sus adentros que le encantaría que estuviera embarazada.

Ella no le vio sonreír, y se sintió dolida al malinterpretar el comentario.

–Sí, ojalá –apenas pudo pronunciar aquellas palabras.

Amaba a su marido, y él estaba diciéndole con toda frialdad que no quería tener hijos con ella. Estaba claro que no iba a querer volver a hacer el amor con ella, para evitar correr ese riesgo de nuevo. A lo mejor tenía la esperanza de poder tener hijos con Diane algún día, si ella llegaba a quedar libre. Sintió como si acabaran de hundirle un puñal en el pecho.

–Ya hemos llegado –le dijo él, al llegar al restaurante; después de ayudarla a bajar del carruaje, le dio instrucciones al cochero y la condujo al interior del establecimiento.

Diane y su esposo habían llegado pronto y ya estaban esperándoles dentro. La rubia se volvió a tiempo de ver a John quitándole la capa, y sus ojos azules relampaguearon de furia. El vestido de Claire era increíblemente hermoso.

–Vaya, Claire, cuánta elegancia –sus palabras destilaban malicia. Soltó una risita antes de añadir–: ¿Acaso vamos a asistir a un baile?, tenía entendido que era una simple cena.

Claire no estaba dispuesta a dejarse amilanar. Le echó una mirada elocuente al sencillo vestido de seda negra que llevaba la rubia, y lanzó su propia estocada con una sonrisa al contestar:

–Supongo que lo de «simple» es una buena descripción.

Diane la miró ceñuda, pero no tuvo tiempo de contestar porque en ese momento llegaron dos parejas más. John le había dado un ligero apretón en el brazo a Claire y estaba a punto de intervenir para defenderla del malintencionado comentario de la rubia, pero la llegada de los invitados se lo impidió; aun así, Claire malinterpretó el apretón, y mientras Diane y el señor Calverson estaban charlando con los recién llegados, masculló en voz baja:

–Supongo que ella puede insultarme pero yo no puedo contraatacar, ¿verdad?

–Claire…

Se apartó airada de él y fue a saludar a Evelyn, que acababa de llegar con su marido. John la siguió con la mirada, apesadumbrado al ver que le había malinterpretado por completo.

Si se sorprendió al ver la calidez con la que una de las damas más influyentes de la ciudad saludaba a su esposa, lo ocultó bien. Se acercó al grupito al cabo de un momento, y Claire le presentó a los Paine. Fue la primera de un sinfín de presentaciones más, y cuando los invitados se sentaron a la mesa empezó a darse cuenta de que ella conocía de antes a todas aquellas damas.

Diane se quedó igual de sorprendida, no solo por el hecho de que Claire las conociera, sino por la calidez que mostraban hacia la joven; a pesar de todos sus esfuerzos, ella jamás había conseguido que Evelyn aceptara alguna de sus invitaciones… y lo mismo pasaba con tres o cuatro más de las damas presentes, que eran incluso más adineradas que Evelyn y parecían tener una relación muy cordial con Claire.

–Da la impresión de que conoce a nuestra pequeña Claire, señora Paine –comentó.

–Por supuesto que la conozco –le contestó Evelyn, con cierta altivez.

Claire contuvo el aliento al pensar que estaba a punto de revelar su faceta de diseñadora, pero se relajó al ver que Evelyn le lanzaba una sonrisa llena de complicidad antes de añadir:

–Claire ha sido una incorporación valiosísima a nuestro círculo. Es una voluntaria incansable… cocina para los mercadillos benéficos, hace manualidades y puntillas para donaciones… su ayuda ha sido inestimable, ninguna de nosotras obtendríamos ni la mitad de beneficios para nuestras causas benéficas sin su participación. No me cabe la menor duda de que su marido se enorgullece del tiempo que le dedica a nuestras causas, a pesar de que le impidan pasar más tiempo con él. Ha hecho tanto por nosotras, que no podíamos rechazar su invitación a esta cena en beneficio del orfanato.

John apenas podía creer lo que estaba oyendo. Estuvo a punto de admitir que no tenía ni idea de que su mujer colaboraba con causas benéficas, pero se dio cuenta de que sería un error… en especial porque Calverson estaba mirándole con fijeza, y ya le tenía celos por las habladurías que había habido sobre su supuesta relación con Diane.

–Sí, me siento muy orgulloso de Claire. Se le dan muy bien las manualidades, ¿verdad?

–Sí –le contestó Evelyn.

–¿Va a asistir al baile del gobernador, señora Paine? –preguntó Diane.

–Por supuesto, Magnolia está diseñándome un vestido para la ocasión. Le vendría bien contratar sus servicios, querida. Sus creaciones son exquisitas.

Diane no se atrevió a dejar ver cuánto la habían ofendido aquellas palabras, y dijo con una sonrisa forzada:

–Tengo que contactar con ella, ¿vive en Atlanta?

Claire se tensó de nuevo hasta que Evelyn contestó con vaguedad:

–Por la zona. Señor Hawthorn, ¿van a asistir Claire y usted al baile del gobernador?

–Me temo que no, ese fin de semana esperamos visita. Se trata de gente de fuera de la ciudad, y desaprueban los bailes porque son muy religiosos.

Claire había estado trabajando a marchas forzadas para tener su vestido listo a tiempo, y se quedó de piedra al oír aquello; su marido parecía tan convincente, que estuvo a punto de creerle, pero no le había mencionado que fueran a tener visita. Intentó ocultar lo decepcionada que estaba por no poder ir al baile, era un evento que esperaba con mucha ilusión.

–Ya habrá otros años –se limitó a decir, con voz apagada.

–¡Qué lástima! –apostilló Diane, mientras miraba decepcionada a John.

Él no prestó ni la más mínima atención a aquella mirada, porque estaba absorto en sus propios pensamientos. La verdad era que no podía admitir que no se atrevía a asistir a aquel baile por miedo a encontrarse con su propia familia. No quería saber nada de su padre, sentía una mezcla de enfado y desazón ante la mera idea de encontrárselo en el baile.

Claire no tenía ni idea de aquellas desavenencias familiares. Le habría encantado saberlo todo sobre su taciturno marido, pero él no le había contado nada sobre su pasado.

–¿Van a asistir tus padres al baile, John?

Diane parecía inocente al lanzar aquella pregunta, pero le lanzó a Claire una mirada llena de petulancia; había dado por hecho que la joven no tenía ni idea de los problemas que John tenía con sus padres, y había acertado de lleno.

Mientras la rubia jugueteaba con su copa, la pobre Claire permaneció callada y rígida y luchó por asimilar aquella nueva información.

–No lo sé –contestó él con voz cortante.

Miró a Diane con una expresión tan iracunda, que esta enarcó las cejas en un gesto de sorpresa. La llegada de los camareros con el primer plato evitó que él tuviera que formular una respuesta más extensa, pero Diane le había echado a perder la velada a Claire, que se sentía como una tonta.

John era consciente de lo mal que se sentía su esposa, y lo lamentó de corazón. Estuvo mirándola durante toda la deliciosa cena, pero ella se centró en hablar con Evelyn y le ignoró de forma deliberada.

Al final de la velada, la suma total de las donaciones de los invitados superaba con creces lo que hacía falta para reconstruir el orfanato, así que también se podrían comprar juguetes nuevos para los niños.

–Debo decir que tu esposa es una gran organizadora, John –comentó el señor Calverson. Su esposa y él eran los únicos que quedaban además de John y Claire, y estaban charlando a las puertas del restaurante–. Esta noche has dejado en muy buen lugar al banco, querida. Tendré que buscarte otros proyectos, no tenía ni idea de que mantenías una relación tan cordial con las damas más influyentes de la zona.

–Sí, la pequeña Claire es toda una caja de sorpresas, ¿verdad? –la voz de Diane destilaba veneno–. ¿Nos vamos ya, Eli? Hace mucho frío aquí fuera.

–Por supuesto, querida. Buenas noches a los dos –se llevó la mano al sombrero en un gesto de despedida, ayudó a su esposa a subir al carruaje, y se fueron rumbo a su casa.

Claire subió a su carruaje sin esperar a que John la ayudara y se sentó lo más lejos que pudo de él. En todo el trayecto no pronunció ni una sola palabra a pesar de que él intentó entablar una conversación haciendo comentarios sobre la noche, la velada, y el tiempo que hacía.

Para cuando su marido entró en la casa ella ya iba escalera arriba, pero él ganó terreno y entraron en el apartamento con escasos segundos de diferencia; al ver que iba directa a su habitación, la llamó con voz imperiosa.

–¡Claire!

Ella se detuvo y se volvió con elegancia antes de contestar:

–¿Qué? –su voz gélida reflejaba el frío que le inundaba el corazón.

–Quiero preguntarte varias cosas…

–Lo mismo digo, pero como salta a la vista que para ti carezco por completo de importancia, está claro que no voy a obtener ninguna respuesta. Me lo has dejado más que claro esta noche… supongo que Claire está al tanto de tus asuntos familiares.

–Estuve comprometido con ella.

–Sí, y estás casado conmigo –sus ojos grises relampagueaban de furia. Dejó el bolso y la capa sobre el brazo de una silla, y le plantó cara con actitud beligerante–. ¡Sé más cosas de la señora Dobbs que de ti!

Él se sacó un puro del bolsillo y le quitó la punta con un cortador antes de preguntar:

–¿Qué es lo que quieres saber de mí, Claire?

Aquellas palabras la tomaron por sorpresa, y no supo cómo interpretar la calidez que se reflejaba en sus ojos… lo que ella no sabía era que John estaba encantado al ver que quería saber más cosas de él, porque en los últimos días estaba casi convencido de que ella había dejado de amarle.

–¿Vas a fumarte eso aquí? ¡Porque si es así, esta noche voy a tener que dormir en mi automóvil!

Él enarcó una ceja al ver tanta vehemencia, y soltó una carcajada antes de contestar sonriente:

–No pensaba fumar aquí dentro, suelo hacerlo en la terraza antes de acostarme. El humo no le molesta a nadie ahí fuera, querida.

–Salvo a Dios.

–¿Qué quieres saber de mí?

Claire estuvo a punto de aprovechar aquella ocasión, porque en teoría estaba ofreciéndose a contarle lo que ella quisiera; aun así, notaba cierta tensión en él a pesar de lo relajado que aparentaba estar, y no quería provocar una escena como la que había ocurrido en otra ocasión.

–¿De qué serviría preguntártelo? –su voz reflejaba lo cansada que estaba de todo aquel asunto. Hizo ademán de volverse hacia su habitación, pero se detuvo al oírle hablar.

–Mis padres viven en Savannah, pero no me hablo con mi padre desde hace años. Nunca voy a verles, y viceversa. Les ha prohibido tanto a mi madre como a mis hermanos que me dirijan la palabra.

Ella se acercó a una silla tapizada de terciopelo, y se aferró al respaldo de palisandro tallado porque necesitaba un apoyo. El corazón le latía a toda velocidad.

–¿Por qué?

Él se metió una mano en el bolsillo y soltó un profundo suspiro antes de contestar.

–Yo estaba luchando en Cuba. Me alisté en el ochenta y nueve, después de licenciarme en La Ciudadela, porque estaba harto de libros y educación y me encantaba la idea de ser soldado y luchar en la guerra –soltó una risa gélida y carente de diversión–. ¿Te das cuenta de cómo puede llegar a distorsionar la realidad el idealismo? Creía que la vida en el Ejército era algo glorioso, excitante, y lleno de aventuras y emoción.

Fijó la mirada en la alfombra persa, y sus ojos trazaron las líneas y las curvas del estampado.

–Pero mi padre me convenció de que el Ejército no estaba hecho para mí —siguió diciendo—, así que me di de baja y entré en Harvard. Ya sabes que después vine a Atlanta en el noventa y seis y que empecé a trabajar para Eli, pero en el noventa y siete hubo rumores de una guerra inminente contra España, así que volví a alistarme. Me sentí revigorizado ante la idea de entrar en batalla, y cuando fui de visita a casa durante un permiso no dejé de despotricar sobre la situación de la isla… es que un periodista que estaba de paso en la ciudad me había hecho varios comentarios al respecto. Dos de mis hermanos menores, los gemelos Robert y Andrew, se indignaron al oír lo que les conté sobre el sufrimiento de los cubanos, y como además estaban muy impresionados con mis historias sobre la vida militar, decidieron alistarse en la Marina de inmediato –hizo una pequeña pausa antes de añadir–: Estaban a bordo del Maine cuando explotó en el puerto de la Habana en febrero del noventa y ocho, dos meses antes de que los Estados Unidos le declararan la guerra a España y enviaran fuerzas militares a luchar a Cuba.

–Ya veo –apenas se atrevía a respirar.

Él alzó la mirada, y siguió con su relato.

–Mi padre me culpó de sus muertes, no quiso entrar en razón por muchas explicaciones que yo le diera. Cuando estalló la guerra me destinaron a Cuba, y estuve combatiendo a las afueras de La Habana –se encogió de hombros, y empezó a girar el puro apagado entre los dedos de la mano que tenía fuera del bolsillo–. Se pusieron en contacto con mi padre cuando caí herido, y él les envió un telegrama en el que decía que no tenía ningún hijo en el Ejército –soltó una carcajada llena de frialdad antes de añadir–. Como puedes ver, no tenía a nadie que esperara mi regreso.

–Estuviste comprometido con Diane antes de marcharte a la guerra.

–Cuando me alisté habíamos estado frecuentándonos y me declaré cuando estaba de permiso en Acción de Gracias, antes de que mi unidad fuera destinada a Cuba… cuando mis dos hermanos pequeños eran unos reclutas inexpertos deseando zarpar en busca de aventuras. Ella me pidió que… le pidiera algo a mi padre –no quiso mencionar lo adinerada que era su familia ni la herencia que le habría correspondido, ya que estaba desheredado–. La negativa de mi padre creó la primera fisura en mi relación con ella, y se casó con Calverson cuando me marché a la guerra.

–Cuando estabas en Cuba –apostilló ella, indignada.

–Estaba sola y tenía problemas económicos –seguía defendiéndola de forma inconsciente incluso después de todo lo sucedido–. Estoy convencido de que Calverson la convenció de que yo podría caer en combate y no regresar jamás. Él estaba aquí y yo no, y además, la situación económica de su familia era desesperada.

Claire pensó que, de haber estado en una situación parecida a la de Diane, ella habría trabajado día y noche, que bajo ningún concepto habría intentado salvar a su familia traicionando a un prometido que estaba en la guerra, pero optó por callarse su opinión porque estaba convencida de que John no estaría dispuesto a escuchar ninguna crítica contra Diane.

–Tuviste un regreso a casa muy triste –se limitó a decir.

Él le habló del frío y sombrío muelle situado en el extremo este de Long Island al que habían enviado a su regimiento a su regreso de Cuba, le explicó que muchos de los hombres habían enfermado al pasar de un clima cálido al frío de aquella zona. Los soldados estaban muriéndose de hambre en Cuba, y el gobierno de los Estados Unidos ni siquiera había creado un sistema de rotación de tropas hasta que Teddy Roosevelt y los oficiales de los regimientos habían presentado una petición firmada… pero en vez de enviar a los soldados a Florida durante los periodos de descanso, los mandaban al estado de Nueva York. Él había llegado a Norteamérica herido y desilusionado, y lo único que le había dado un poco de ánimo había sido la compañía y la camaradería de sus compañeros.

La experiencia le había endurecido. Sus recuerdos de Cuba siempre serían agridulces al pensar en los compañeros que habían muerto, al acordarse de la fiebre amarilla y de la resistencia cubana. Recordaba también haber oído a Teddy Roosevelt alabando con voz profunda y sonora los sacrificios y el valor de sus «Duros Jinetes», y haber deseado formar parte de aquel regimiento de voluntarios.

Roosevelt era un hombre al que respetaba, y era obvio que era un sentimiento compartido por los hombres que luchaban a sus órdenes. Eran hombres curtidos y duros, muchos de ellos habían sido agentes del orden en el Oeste… y también había algunos que habían vivido al margen de la ley; de hecho, a un forajido de Texas se le había concedido el perdón por petición expresa de Roosevelt, por la valentía con la que había servido en Cuba.

Haber conocido a Roosevelt le había marcado profundamente.

Dos años después de ser elegido gobernador del estado de Nueva York, Roosevelt había optado a la vicepresidencia de la mano de William McKinley, el candidato republicano, que había obtenido la victoria el seis de noviembre de 1900.

–Al menos gozaba de tranquilidad –la miró a los ojos al preguntarle con voz suave–: ¿Te he dicho alguna vez lo mucho que me ayudaron tus visitas en el hospital?

–¿Lo dices en serio?

–Creo que fuiste tú quien me mantuvo con vida. Siempre estabas sonriente y feliz, fue uno de los mejores periodos de mi vida –no alcanzaba a entender cómo era posible que en aquel entonces no se hubiera dado cuenta de lo importante que era Claire para él.

Oír aquello la llenó de felicidad, y admitió con una sonrisa llena de timidez:

–Esperaba que no te importara que acompañara a mi tío cuando él iba a verte. No es que pudiera hacer gran cosa por ti, pero me gustaba ayudarte en la medida de mis posibilidades. Supongo que el señor Calverson no tuvo reparos en volver a contratarte, aunque a la gente le pareció un poco extraño porque habías estado comprometido con su esposa y él te la había arrebatado.

John también se había planteado aquello alguna que otra vez.

–Sí, pero supongo que tenía a mi favor mi máster en Harvard y lo bien que se me dan las finanzas; de hecho, también trabajé en un banco norteño mientras estudiaba en Harvard.

Al verle recorrer el puro con un dedo mientras permanecía pensativo, comentó:

–Nunca me habías hablado de Cuba, ni siquiera durante todas aquellas largas veladas que pasabas en casa de mi tío, jugando con él al ajedrez.

–Intento olvidar aquella época de mi vida, la mayoría de los recuerdos no son nada agradables.

–El tío Will me comentó una vez que te habían concedido una medalla por tu actuación en Cuba.

–Recibí una Estrella de Plata, y también un Corazón Púrpura por la herida en el pulmón –no le dijo por qué le habían concedido la estrella.

Claire recordó haberle visto una cicatriz en el pecho, justo debajo de un pezón, la noche que habían pasado juntos… bajó la mirada en un intento de ocultar los recuerdos que estaban pasándole por la mente.

–Sé que tus padres murieron de cólera cuanto tenías diez años –le dijo él.

–¿Te lo dijo el tío Will?

Él asintió antes de preguntar:

–¿Completaste tus estudios?

–Sí. Quise continuar y estudiar Historia en el Agnes Scott College, pero no pude permitírmelo por falta de dinero.

–Porque Will gastaba todo lo que tenía en su afición por las máquinas.

–Supongo que yo tampoco tenía demasiado interés en ir; además, me encantaba aprender de mecánica con el coche de mi tío.

Los ojos de John se encendieron de pasión mientras la contemplaba, su mirada la recorrió como una caricia tangible, trazó su cuerpo de arriba abajo. El deseo se encendió en su interior de golpe, era su esposa y estaba casi convencido de que no le rechazaría. Solo tenía que besarla… con un simple beso lograría hacerla suya, lo veía en aquellos ojos grises. Ella también recordaba el éxtasis que habían compartido.

Ella se mordió el labio con fuerza mientras intentaba recobrar la cordura, pero su mente estaba enloquecida por el deseo de hacer el amor con él. Alzó la mirada, y le dijo con firmeza:

–Me voy a la cama.

–¿A cuál de las dos? –lo dijo con voz contenida, pero el brillo de sus ojos delataba cuánto la deseaba.

Ella se puso roja como un tomate, y dijo con toda deliberación:

–A la mía, a menos que no te importe aumentar el riesgo de que tengamos un hijo.

–Merecería la pena correr cualquier riesgo, te deseo –admitió, con voz ronca.

Le dio vergüenza oírle hablar de aquellos temas tan abiertamente. Bajó la cabeza y masculló:

–No soy Diane.

Él sintió como si acabaran de clavarle un cuchillo en el pecho al oír aquel nombre en labios de su mujer, y respiró hondo de forma audible. ¡Como si pudiera confundir a la una con la otra!, ¿no se daba cuenta del insulto que acababa de lanzarle?

Apretó en un puño la mano que tenía en el bolsillo, y con la otra aplastó el puro antes de decir con rigidez:

–Quizás será mejor no arriesgarse. Buenas noches, Claire.

Ella fue hacia su dormitorio con paso lento, cerró la puerta, y se detuvo de golpe mientras intentaba calmar los latidos desbocados de su corazón. Deseó que él hubiera dicho que no le importaba correr el riesgo de que se quedara embarazada, pero con su actitud acababa de confirmar que por ella solo sentía un deseo físico, porque su ardor se había apagado en cuanto la había oído mencionar a Diane.

Se dijo con firmeza que eso era algo que no debía olvidar, y se negó a imaginarse lo que podría haber pasado.