CAPÍTULO 7
Claire nunca se había sentido tan atractiva ni había sido tan popular. La llevaban de un grupo de gente a otro, y las mujeres elogiaban sin parar su vestido. Todo el mundo quería saber dónde lo había comprado, pero no podía admitir que lo había confeccionado ella misma porque no quería que John se enterara de su trabajo secreto.
Mencionó el nombre de una boutique donde solían exponerse sus creaciones, pero una dama le preguntó con insistencia:
–Sí, querida, pero ¿quién es el diseñador?
–Eh… Magnolia –el nombre le salió de forma improvisada.
–Magnolia… ¡qué nombre tan apropiado para una diseñadora de Atlanta!
–¿Verdad que sí?
La única mujer presente que no mostraba el más mínimo interés por el vestido era Diane, que aprovechó para acercarse a John al ver que Eli salía del salón junto al señor Whitfield y comentó con irritación:
–Ese vestido resulta demasiado atrevido para un evento como este, ¿verdad? ¡Además, ese blanco virginal no es nada apropiado para una mujer casada!
Él optó por no confesar que el color era de lo más adecuado para su inmaculada esposa. Tomó un trago de ponche mientras contemplaba las alfombras persas, los elegantes cortinajes y las arañas de luces, y pensó para sus adentros que el elegante vestido de Claire entonaba de maravilla con aquel lugar.
–Ni siquiera es lo que está de moda –refunfuñó Diane.
A John le sorprendió el veneno que destilaban sus palabras. La había visto ponerse de uñas alguna que otra vez, por supuesto, pero era la primera vez que la oía hablar así de Claire, y le sorprendió lo molesto que se sintió al ver su actitud.
–Dudo que a Claire le importe demasiado lo que está de moda.
–Eso salta a la vista –contestó ella, con voz cortante. Sus ojos llenos de resentimiento no se apartaban de Claire, que estaba charlando con Ted Whitfield y dos jóvenes más. De repente se encogió de hombros, y se volvió a mirarlo con una sonrisa llena de dulzura–. En fin, no merece la pena hablar de nimiedades. Estás impresionante, John, realmente impresionante. Ojalá pudiéramos estar a solas.
Él sintió que el corazón se le aceleraba, y deseó con todas sus fuerzas poder besar una boca suave y dulce. La abstinencia estaba siendo una dura carga últimamente, y anhelaba tener a una mujer entre sus brazos… era extraño lo vívido que estaba en su mente el recuerdo de lo cálida y tersa que era la boca de Claire, lo grabado que se le había quedado lo que había sentido al besarla.
–¿Verdad que te encantaría, querido? –insistió Diane, con voz insinuante, antes de acercarse un poco más.
Él regresó al presente de golpe, y dijo con rigidez:
–Diane…
Ella hizo caso omiso de la advertencia y le rozó con el cuerpo con actitud incitante antes de susurrar:
–¿Te acuerdas de la noche en que nos comprometimos? Permití que me desnudaras, y si el inoportuno de tu padre no hubiera llegado de forma inesperada, habría dejado que me hicieras el amor.
Él la miró ceñudo. Aquel recuerdo le había afectado en lo más hondo en el pasado, pero en ese momento lo único que sintió fue fastidio al ver que se lo recordaba.
–No es ni el momento ni el lugar para semejantes comentarios, Diane. Te recuerdo que estamos casados con otras personas.
Ella se apartó antes de refunfuñar:
–Tú siempre con tu dichoso sentido del honor, supongo que es por tu entrenamiento militar. Tendrías que haber ido a Harvard desde el principio.
–Conseguí un puesto mejor en Harvard gracias a haber estudiado en La Ciudadela –le espetó él con voz cortante.
–Supongo que el Ejército es necesario, pero esto es mucho mejor –recorrió el salón con la mirada antes de añadir–: Mira todo este lujo, el dinero y el poder son lo que cuenta de verdad. Cualquiera puede ser soldado.
Él contuvo las ganas de decirle que aquello no era cierto, porque Diane jamás había ocultado el desprecio que sentía hacia los soldados. Frunció el ceño al pensar en lo poco que tenían en común, más allá del ardiente deseo que sentía por su cuerpo… y lo cierto era que dicho deseo había ido desvaneciéndose. Era maliciosa y taimada, y le gustaba que los hombres se enfrentaran por ella.
Le había asegurado que le amaba, pero a juzgar por cómo se comportaba, cualquiera creería que estaba enamoradísima de su marido. Era una mujer que siempre se ponía del lado ganador. Cuando él se había negado a rebajarse ante su padre para recuperar la herencia, ella no había tardado ni un mes en echarle el lazo a Eli Calverson y casarse con él.
Recordó en ese momento el día en que se había detenido a ayudar al perro que Wolford había atropellado, la reacción de Claire. Ella había mostrado compasión por el animal, se había encargado de consolar a la anciana mientras él le entablillaba la pata. Era una mujer tierna y con un corazón de oro, pero tenía tanto genio y fuerza de voluntad como él.
–¿En qué estás pensando? –le preguntó Diane.
–En que los hombres somos unos necios.
Ella le dio una palmadita en el brazo, y contestó en tono de broma:
–No digas tonterías, tú eres muy inteligente.
–Yo no estoy tan seguro de eso.
Miró hacia Claire, que estaba sonriendo encantada ante las atenciones de aquellos jovenzuelos. La situación era un despropósito, porque el que tendría que estar piropeándola y pendiente de ella era su marido… ¡sí, tendría que ser él y no aquel zoquete de Ted Whitfield, que estaba devorándola con la mirada!
–Discúlpame –lo dijo con sequedad, y echó a andar hacia su esposa con una expresión amenazante que dejó boquiabierta a Diane.
Claire notó lo airado que estaba al verle acercarse. Se había sentido muy herida al ver que la ignoraba y optaba por charlar con Diane, y la sorprendió que de repente le apeteciera ir a hablar con ella.
–¿Te has quedado sin tema de conversación con Diane?, ¿te ha dicho algo que te haya… afectado?
Él hizo caso omiso de aquellas preguntas cargadas de sarcasmo. Miró ceñudo a Ted, y le dijo con rigidez:
–El salón está lleno de jóvenes casaderas –tomó a Claire de la mano en un gesto muy posesivo antes de añadir–: Deseo disfrutar de la compañía de mi esposa.
–Qué raro, tenía la impresión de que lo que deseaba era disfrutar de la de la señora Calverson… aunque soy un forastero en esta ciudad, así que supongo que me he equivocado –al ver la mirada asesina que aparecía en los ojos de John, se despidió de Claire con una reverencia y le dijo con galantería–: Volveremos a vernos antes de que me marche con mis padres, Claire.
John le siguió con la mirada, enfurecido y muy tenso. Seguía agarrándola de la mano, y no se dio cuenta de que estaba apretándosela con demasiada fuerza.
–Algún día se pasará de la raya y perderé la paciencia –masculló.
Ella se zafó de su mano de un tirón a pesar del placer que le daba tocarle, y le espetó con voz gélida:
–Se ha apiadado de mí al ver que no tenía acompañante. Todo el mundo se ha dado cuenta de que desde que hemos llegado no te apartas de Diane y me has dejado a merced de completos desconocidos.
En sus palabras se reflejaba una furia contenida e inesperada que le impactó de lleno, pero ella siguió hablando antes de que pudiera responder.
–No deseo tu compañía, y tú has dejado bien claro que el sentimiento es mutuo. Vuelve junto a tu vistosa pava real, y que tengas suerte si el señor Calverson deja de estar pendiente del señor Whitfield por un momento y se da cuenta del espectáculo que estáis ofreciendo. Siempre estoy sola, ¿qué más da tener que estarlo también en los eventos sociales? –dio media vuelta, y regresó junto a los jóvenes con los que estaba hablando cuando la había interrumpido.
Decir que se quedó atónito sería quedarse muy corto, y se quedó allí plantado mirándola boquiabierto. No se había dado cuenta de que su actitud con Diane había llamado la atención; de hecho, era la primera vez que se sentía tan poco atraído hacia ella. Miró a su alrededor, y al ver que varias mujeres estaban mirándolo con desaprobación se sintió avergonzado por haber dejado a Claire en evidencia en público. Ella no se merecía que la tratara así… lo cierto era que en aquella ocasión no había sido él quien había flirteado, sino Diane, pero su esposa no lo sabía.
Diane también se dio cuenta de las miradas que tanto John como ella estaban recibiendo, así que fue a buscar a su marido y permaneció junto a él.
Claire calmó su sed con un par de vasos de ponche, que tenía un gustito especial porque Ted Whitfield había vaciado una petaca de whisky en la ponchera para «mejorar el sabor»; lo mejoraba tanto, que el joven se puso a beber de una segunda petaca que tenía en el bolsillo, y empezó a mostrarse demasiado atento con ella.
La pequeña orquesta había empezado a tocar para que las parejas que lo desearan pudieran bailar, y Ted se empeñó en sacarla a bailar un vals. Debía de ser muy buen bailarín estando sobrio, pero al ver que se tambaleaba tanto que resultaba incluso peligroso, Claire optó por parar en medio de la abarrotada pista de baile y conducirlo hacia una silla.
–Disculpe, Claire. He bebido demasiado –admitió, avergonzado.
–No debería hacerlo, no es sano.
–No lo entiende, es la única forma en que puedo soportar lo que está haciendo mi padre. Parece muy honesto, ¿verdad? Honesto e inteligente… en realidad es un hombre despiadado que me ha criado a su imagen y semejanza, pero desde que la conocí a usted no quiero ser así –la tomó de la mano con fuerza, y le preguntó implorante–: ¿Cree que podría llegar a sentir algo por mí?
–Es… estoy casada, Ted –alcanzó a decir, aturullada.
–Él no la ama, hasta un ciego se daría cuenta de que la esposa de Calverson le tiene embobado. Esa mujer es de armas tomar, se lo aseguro. No es lo que aparenta, estaría dispuesta a hacer lo que fuera por dinero. Créame, sé de lo que estoy hablando…
–Ya basta, por favor –le pidió, antes de soltarse de su mano con suavidad–. Suélteme.
Estaba tan centrada en él, que se sobresaltó al oír que una amenazante voz masculina decía a su espalda:
–Sí, suéltela.
Ted alzó la mirada, y frunció el ceño en actitud desafiante al encontrarse con unos ojos negros que parecían querer fulminarlo.
–Vaya, por fin ha conseguido despegarse de la hermosa Diane. No quiere a Claire, pero no soporta que otro hombre le preste la atención que se merece, ¿verdad? –ni siquiera se molestó en bajar la voz.
–Por favor, Ted…
–Deja que hable, le sacaré por la puerta de cabeza en cuanto acabe –la interrumpió John, con voz gélida.
Ella se volvió hacia él, posó una mano firme sobre su pecho, y le dijo en voz baja:
–De eso ni hablar. No puedes arriesgar por él la fusión que desea el señor Calverson, ha bebido demasiado.
–Eso no le excusa.
–Se cree muy importante porque tiene un máster de Harvard, ¿verdad? –le espetó Ted.
–El máster es de Harvard, pero estudié la carrera en La Ciudadela.
Ted entendió lo que implicaban aquellas palabras a pesar de la borrachera, porque nadie que estudiara en La Ciudadela salía hecho un blandengue. En ese momento notó la postura erguida de John, lo acerada que era su mirada y la fuerza pétrea que reflejaba su rostro, y llegó a la conclusión de que no quería enfrentarse a un hombre así, un hombre que sin lugar a dudas había vivido años de disciplina y entrenamiento.
–No estoy en condiciones de pelear –se apresuró a retroceder un paso, y miró a Claire con expresión suplicante–. No va a permitir que me golpee, ¿verdad?
–No va a hacerlo… ¿verdad que no, John?
Él inspiró con fuerza mientras intentaba mantener la calma, y miró ceñudo primero a Ted (el muy bobalicón estaba sonriendo con petulancia al ver que tenía el apoyo de Claire), y después a su mujer (a juzgar por la testarudez que se reflejaba en su rostro, era obvio que no estaba dispuesta a permitir que le diera su merecido a aquel necio).
Claire se inclinó un poco hacia un lado para ver más allá de su marido, que no se había movido ni un ápice, y comentó aliviada:
–Allí está su padre –le hizo un gesto al señor Whitfield para indicarle que se acercara, y cuando llegó junto a ellos susurró–: Ted se ha pasado un poco con la bebida, creo que será mejor que lo lleve a casa.
El señor Whitfield asintió y le dijo con una cálida sonrisa:
–Está claro que es una joven de mucha valía. Lástima que esté casada, habría sido una buena esposa para Ted. Vamos, hijo, hay que llevarte a casa –le pasó el brazo por la cintura para servirle de apoyo, a juzgar por el cansancio que se reflejaba en su rostro estaba claro que no era la primera vez que pasaba algo parecido.
–Diantre, papá, estaba disfrutando mucho de la velada.
Claire les siguió con la mirada durante unos segundos antes de volverse para alejarse también, pero John la agarró del brazo con rudeza.
–Como parece molestarte tanto verme con Diane, será mejor que te quedes a mi lado durante el resto de la velada.
–¿Por qué?, ¿acaso quieres castigarme?
Él la soltó de golpe antes de contestar con tono despectivo:
–Como quieras.
Claire miró hacia la puerta a tiempo de ver que el señor Whitfield entraba de nuevo, pero sin Ted. Él la saludó con la cabeza antes de regresar junto al señor Calverson.
–Lamento haber sido una aguafiestas. Supongo que te habría encantado golpear a Ted, pero no creo que la imagen del banco hubiera quedado demasiado favorecida.
Dio media vuelta y estuvo a punto de topar con un joven que no estaba borracho, pero que no sabía que John era su marido.
–¿La está molestando este hombre, Claire? ¡Porque si es así, estaré encantado de defenderla!
Fue John quien contestó. Estaba furioso con Claire y enrabietado por no haber podido darle un par de puñetazos a Ted, así que aquella oportunidad era demasiado tentadora como para dejarla escapar. Aquel hombre tenía un peso parecido al suyo, y no estaba borracho.
–Me parece perfecto, ¿salimos fuera?
–¡John!
La protesta horrorizada de Claire fue en vano, porque los dos iban ya camino de la puerta. Se apresuró a ir tras ellos, y alcanzó a ver que su marido paraba con facilidad un puñetazo de su contrincante y contraatacaba de inmediato. El puñetazo fue tan fuerte, que el joven dio una voltereta hacia atrás al caer y acabó sentado.
–¡Venga, levántese! Quería pelear, ¿no? ¡Aquí me tiene!
No era de extrañar que el joven se amilanara y vacilara. John estaba esperando el siguiente ataque con las piernas entreabiertas, la frente alzada, y un rostro pétreo y amenazante.
–¡Es mi marido! –exclamó Claire, al ver que el joven se levantaba.
–¿Su marido?
–Sí, soy su marido, y será afortunado si puede andar para cuando acabe con usted.
Al ver que iba hacia él, el joven alzó las manos en un gesto de rendición y empezó a retroceder a toda prisa.
–¡No, no hace falta llegar a tales extremos! Lamento mucho haber interferido, me disculparé ahora mismo… ¡discúlpeme, caballero! –se llevó la mano a su dolorida mandíbula, y se fue a toda prisa hacia la hilera de carruajes de alquiler.
Claire estaba muy confundida, tanto por el alcohol que había bebido con el ponche como por la actitud de John, y se quedó mirándolo boquiabierta. Le costaba creer que su reacio marido estuviera dispuesto a luchar por ella.
–¿Vas a crear más problemas, o has acabado por hoy? –le preguntó él, con un tono de voz cortante que rezumaba sarcasmo–. Yo ya he tenido bastante. Ve a por tu capa, voy a llevarte a casa.
Ella protestó, pero fue en vano. La condujo con firmeza hacia la puerta principal sin detenerse siquiera a despedirse de los Calverson, y no volvió a dirigirle la palabra hasta que estuvieron en el apartamento.
–Acuéstate, Claire. Ya has causado bastantes problemas por una noche.
–¿Ahora resulta que la culpable soy yo? ¡La pelea se habría evitado si le hubieras dicho que eres mi marido!
–Así me habría perdido la diversión.
–¿Adónde vas? –le preguntó, perpleja, al ver que volvía a abrir la puerta.
–De regreso a la fiesta, por supuesto. Estaba pasándolo bien hasta que te pusiste a flirtear con Ted.
–¡No estaba flirteando!
–Pues él parecía estar convencido de tener motivos para desafiarme, al igual que ese otro perro guardián tuyo. ¡Nadie tontea con mi mujer delante de mí!
Ella se llevó las manos a las caderas y le espetó con indignación:
–Pero tú sí que puedes tontear con la esposa del señor Calverson delante de mí, ¿verdad?
Ni siquiera vio cómo se movía, pero en un abrir y cerrar de ojos él le rodeó la cintura con un brazo y le bajó de un tirón tanto el vestido como la camisola interior. Se quedó mirándolo enmudecida, con un pecho expuesto ante aquella gélida y relampagueante mirada.
–¿Prefieres esto, virginal esposa mía? –la apretó más contra su cuerpo antes de mascullar–: ¡Si tanto anhelas mis caricias, vas a tenerlas! –se inclinó hacia ella mientras hablaba, y le cubrió el pecho con la boca abierta.
Nada, ni siquiera los besos que habían compartido semanas atrás, podía compararse a la sensación que la embargó. Se arqueó contra él, estremecida, y sintió que le flaqueaban las fuerzas cuando él empezó a chuparla enfebrecido.
Notó que acababa de bajarle con la otra mano la parte de arriba del vestido, que el otro pecho también quedaba desnudo. Sintió que la habitación daba vueltas a su alrededor mientras él devoraba con avidez su piel pálida y tersa, mientras la hacía arder con una fiebre que la desconcertaba, y ni siquiera le oyó susurrar:
–Di… Dios mío –lo dijo con voz quebrada cuando logró apartar la boca de aquellos pechos enloquecedores y la vio reclinada contra su brazo en una actitud de entrega absoluta, con los ojos cerrados y la boca entreabierta.
Vaciló por un instante, pero de repente la alzó en brazos con brusquedad y la llevó a su propio dormitorio. Permaneció dubitativo en la oscuridad durante unos segundos, se apoyó contra la puerta cerrada mientras luchaba en vano por controlar aquel deseo explosivo que le estremecía de pies a cabeza.
–John… John, no debes a… acostarte conmigo –susurró ella, con voz trémula–. ¡No soy Diane, no lo soy! No te aproveches de sentimientos que no puedo evitar…
Sus palabras se contradecían con el perceptible martilleo de su corazón, con el deseo y la curiosidad que se reflejaban en sus ojos grises.
–¿Quieres que me detenga? –se lo preguntó con voz ronca antes de dejarla de pie con suavidad, pero antes de que ella pudiera contestar, volvió a adueñarse de sus senos con la boca y se quitó con brusquedad los guantes mientras la saboreaba a placer.
La escasa fuerza de voluntad que aún le quedaba a Claire se desvaneció por completo. Le deseaba tanto, el amor que sentía por él era tan enorme, que en ese momento se sentía en el séptimo cielo. Se rindió por completo y echó la cabeza hacia atrás para que la explorara a placer con la boca y las mano. No protestó cuando volvió a alzarla en brazos y la llevó a la cama.
Estaba completamente entregada, el ardor de su marido la tenía tan embriagada que ni siquiera notó lo diestro que parecía ser a la hora de desnudarla. Permaneció tumbada sobre el cobertor de damasco como una tentadora ofrenda, expuesta por completo bajo la escasa luz que penetraba por las finas cortinas, mientas él se desnudaba a toda prisa.
Para cuando se tumbó junto a ella, cálido y fuerte, y experimentó por primera vez la sensación de tenerlo piel contra piel, había recobrado cierta cordura y volvía a sentirse un poco aprensiva. Permaneció rígida entre sus brazos, y se apartó un poco con nerviosismo cuando la acarició íntimamente por primera vez.
–Shhh… tranquila –susurró él, mientras volvía a deslizar los dedos por aquella zona tan íntima que ella se resistía a entregarle; al ver que soltaba una exclamación jadeante y se arqueaba contra su mano, la acarició con más firmeza y le preguntó con voz ronca–: ¿Aquí?
Ella sollozó enfebrecida al sentir aquel placer indescriptible, se aferró a sus hombros y le clavó las uñas estremecida mientras se dejaba llevar por aquellas sensaciones tan pecaminosamente maravillosas.
Él le metió una rodilla entre las piernas para instarla a que las abriera más, para poder acariciarla más plenamente, y ella obedeció sin pensárselo dos veces mientras jadeaba y alzaba las caderas en un ritmo cada vez más rápido.
–¡Sí, por favor…! –gritó extasiada, justo antes de ascender en una explosión de placer al mismísimo Cielo.
Junto al placer notó un extraño desgarramiento, una punzada de dolor, y en algún lejano rincón de su mente se dio cuenta de que John se había puesto encima de ella y se había colocado entre sus piernas. Notó que una parte de su cuerpo masculino que no le resultaba nada familiar la penetraba poco a poco, que iba metiéndose en su interior, y exclamó sobresaltada:
–¡John!
Él no se detuvo. La sujetó por las caderas mientras empezaba a moverse con embestidas cada vez más largas y profundas, mientras la penetraba una y otra vez…
Estaba desgarrándola por dentro. La sensación de sentirse desbordada, demasiado llena, fue intensificándose cada vez más, y susurró algo ininteligible mientras apoyaba las manos en aquel pecho musculoso y sudoroso e intentaba echarle hacia atrás.
Él soltó un gemido gutural, deslizó una mano hacia abajo y volvió a acariciarla en el mismo sitio de antes, y el placer resurgió dentro de ella pero agudizado, más intenso que nunca. Ansió de repente que la llenara más, que la penetrara más hondo para llenar el doloroso vacío que sentía dentro, quería más…
Se arqueó hacia arriba y empezó a alzar las caderas enfebrecida mientras él iba acelerando el ritmo más y más, enloquecido de deseo. Una de las tablas de la cama golpeó contra el suelo, pero ella ni siquiera oyó el fuerte sonido mientras se aferraba a su marido entre jadeos y sollozos, mientras ascendía hacia aquel ardiente placer dulce y cegador que estaba justo al alcance de su mano…
Sintió que se precipitaba por un precipicio sin fin y acabó en un mundo cálido y palpitante, embargada por una plenitud absoluta que iba más allá de la mera relajación.
Mientras ella yacía allí, trémula y exhausta, él se quedó rígido de golpe y soltó un gemido gutural antes de estremecerse de pies a cabeza. Bajó la cabeza hacia ella hasta hundir el rostro contra su cuello perlado de sudor, y su cuerpo entero se sacudió una y otra vez mientras la sujetaba de las caderas con una fuerza que seguro que iba a dejarle moratones.
Las ventanas estaban cerradas, pero Claire oyó que un perro ladraba en la distancia. Oyó también el tictac del reloj, y tanto la respiración jadeante como los latidos acelerados del corazón de su marido. Notó que el sudor de aquellas piernas largas y musculosas humedecía las suyas cuando él se movió un poco sin apartarse, le oyó soltar un pequeño gemido antes de empezar a acariciarla de nuevo.
Él deslizó los labios por su cuello y su mejilla hasta adueñarse de su boca entreabierta, y saboreó aquel cuerpo perfecto mientras la recorría con las manos; después de acariciarle a placer los senos, sus manos fueron bajando hasta la parte interior de los muslos.
Ella se quedó sin aliento al sentir que se ponía erecto de nuevo en su interior. Empezaron a recorrerla nuevas descargas de placer, y la pasión se avivó de golpe. Se movió con sensualidad bajo su cuerpo, deslizó las manos por su espalda hasta llegar a sus firmes glúteos, y susurró enardecida contra su boca:
–Sí… oh, sí, otra vez… ¡otra vez!
Él soltó un sonoro gemido, y la besó con pasión desatada mientras iniciaba de nuevo aquel movimiento rítmico con el que ya estaba familiarizada y que había dejado de doler. Se aferró a él con fuerza, se apretó todo lo posible a su cuerpo, y siguió el ritmo de sus embestidas; al ver que el fuego se intensificaba, que daba comienzo la larga y poderosa espiral que iba a conducirla al éxtasis, se echó a reír de felicidad.
Él enloqueció al oírla, solo era consciente de su cuerpo terso y tentador bajo el suyo. Cuando la oyó gritar de placer y sintió que le arañaba la espalda, deseó que aquel momento no tuviera fin.
Claire no le oyó marcharse. La despertó la luz del sol que entraba por la ventana y bañaba la almohada, y al abrir los ojos se quedó mirando el techo desorientada hasta que se dio cuenta de que aquella no era su habitación.
Se incorporó de golpe en la cama, conmocionada y avergonzada, cuando los acontecimientos de la noche anterior relampaguearon en su mente. Se cubrió con la sábana a toda prisa, pero no había ni rastro de John ni se le oía fuera de la habitación. Vio que él le había recogido la ropa del suelo, y que se la había dejado sobre la silla de palisandro que había junto a la cama con su habitual pulcritud: las prendas interiores estaban colocadas bajo el vestido, y los zapatos estaban con la puntera mirando hacia fuera.
La almohada de su marido aún conservaba la marca de su cabeza, pero él no le había dejado ni una simple nota. Se había limitado a vestirse y marcharse sin más con aparente indiferencia, como si lo que había pasado fuera de lo más normal.
Salió de la cama con cautela, como si fuera una ladrona que temía que la atraparan de un momento a otro, y al apartar a un lado el cobertor vio que la sábana bajera ya no estaba inmaculadamente blanca y tenía una vívida mancha oscura. Se puso roja como un tomate, consciente de que la lavandera haría algún comentario al respecto. Si fuera su cama podría haber puesto la excusa de que tenía el periodo, pero era la de John.
Atravesó la sala de estar a toda prisa, pertrechada con su ropa y descalza, y al llegar a su dormitorio cerró la puerta con alivio. Al alzar la mirada se vio en el espejo de cuerpo entero y no le sorprendió ver lo sonrojada que estaba, pero lo que le llamó la atención fueron las marcas que tenía en la piel.
Sintió curiosidad, así que dejó la ropa sobre la cama y se acercó al espejo para verse mejor. Sí, tenía un chupetón en el pecho y varios pequeños moratones en la parte alta de los muslos… seguro que John se los había hecho cuando la había agarrado con fuerza la segunda vez. Se puso un poco de lado, y vio que tenía unos cuantos más en los glúteos. Sus ojos ya no eran los de una joven inocente, su iniciación a los placeres de la carne le había dejado unas marcadas ojeras, tenía los labios rojos e hinchados… y los pezones se le endurecieron cuando se los miró, como si recordaran la calidez de la boca de John.
–¡Cielos! –exclamó, ruborizada ante los recuerdos.
Llenó la palangana de agua, y sacó un paño y una pastilla de jabón. Después de asearse y de vestirse con ropa limpia se sintió menos mancillada, pero pensaba bañarse más tarde para acabar de quitarse aquella sensación de suciedad. John había admitido que amaba a Diane, ¿cómo era posible que se hubiera entregado a él? ¿Acaso era una cualquiera?
Estaba tan avergonzada de sí misma, que se sintió incapaz de dar la cara aquella noche, así que le dijo a la señora Dobbs que no iba a cenar porque le dolía la cabeza y se encerró en su dormitorio.
Fue un esfuerzo innecesario, porque su marido no fue a cenar a casa. Le oyó llegar al apartamento pasada la medianoche, y dirigirse sin vacilar a su propio cuarto antes de cerrar la puerta con firmeza.