Capítulo 14
La «cacería de judíos»
Hacia mediados de noviembre de 1942, después de las masacres en Józefów, Lomazy, Serokomla, Konskowola y otros lugares, y del desalojo de los guetos de Miedzyrzec, Luków, Parczew, Radzyn y Kock, los hombres del Batallón de Reserva Policial 101 habían participado en la ejecución directa de al menos 6.500 judíos polacos y en la deportación de al menos 42.000 más hacia las cámaras de gas de Treblinka. Pero su papel en la campaña de asesinatos en masa todavía no había terminado. Una vez que hubo vaciado de judíos las ciudades y los guetos del norte del distrito de Lublin, al Batallón de Reserva Policial se le asignó la misión de localizar y eliminar de forma sistemática a todos aquéllos que hubieran escapado a los registros previos y que entonces estaban escondidos. En resumen, fueron los encargados de hacer que su región quedara completamente judenfrei.
Un año antes, el 15 de octubre de 1941, el jefe del Gobierno General, Hans Frank, había decretado que cualquier judío al que encontraran fuera de los límites del gueto sería llevado ante un tribunal especial y sentenciado a muerte. Este decreto se hizo, al menos en parte, como respuesta a las súplicas por parte de los funcionarios de la salud pública alemanes en Polonia, que se dieron cuenta de que sólo el más draconiano de los castigos podía impedir que los hambrientos judíos salieran de los guetos para entrar comida a escondidas y propagar así la epidemia de tifus que estaba haciendo estragos en ellos. Por ejemplo, el jefe de salud pública del distrito de Varsovia, el doctor Lambrecht, abogó por una ley que amenazara a los judíos que se encontraran fuera del gueto con el «miedo a morir ahorcados», que era «mayor que el miedo a morir de hambre».[1] Sin embargo, pronto se presentaron quejas en cuanto a la puesta en práctica del decreto de Frank. El personal disponible para escoltar a los judíos capturados era demasiado limitado, las distancias que se debían cubrir demasiado grandes, los procedimientos judiciales de los tribunales especiales eran demasiado engorrosos y llevaban mucho tiempo. El remedio fue sencillo: se prescindiría de todos los procedimientos judiciales y a los judíos que encontraran fuera de los guetos los matarían en el acto. En una reunión entre los gobernadores de distrito y Frank, el 16 de diciembre de 1941, el lugarteniente del gobernador del distrito de Varsovia comentó «la gratitud con la que se había recibido la orden de disparar del comandante de la Policía del Orden, mediante la cual podían matar a tiros a cualquier judío que se encontraran por el campo».[2]
Resumiendo, antes incluso de ser deportados sistemáticamente hacia los campos de exterminio, los judíos de Polonia estaban expuestos a la ejecución inmediata fuera de los guetos. No obstante, esa «orden de disparar» se aplicó sin excesivo rigor en el distrito de Lublin porque allí, a diferencia del resto del Gobierno General, la reclusión en los guetos era sólo parcial. A los judíos que vivían en las pequeñas ciudades y pueblos del norte de Lublin no los concentraron en los guetos de tránsito de Miedzyrzec y Luków hasta septiembre y octubre de 1942. Los predecesores de la unidad de Trapp en el distrito norte de Lublin, el Batallón Policial 306, sí que abatieron a tiros en alguna ocasión a los judíos que encontraron fuera de la ciudad.[3] Pero la localización sistemática de judíos no empezó hasta que se completó la concentración en los guetos. Sólo se intensificó realmente cuando se terminó con los guetos.
A finales de agosto, Parczew se convirtió en el primer gueto que se desalojó del todo en la zona de seguridad del batallón. Según el sargento Steinmetz, cuya tercera sección de la segunda compañía estaba allí emplazada, se seguían encontrando judíos en la zona. Los encarcelaban en la prisión local. Gnade ordenó a Steinmetz que matara a los judíos prisioneros. «Esta orden del teniente Gnade se hacía también extensiva de manera explícita a todos los casos futuros […] A mí me asignaron la tarea de mantener mi territorio libre de judíos».[4]El teniente Drucker también recordaba haber recibido órdenes del cuartel general del batallón a finales de agosto por las que «los judíos que deambularan libremente por el campo debían ser ejecutados en el acto en cuanto fueran encontrados». Pero la orden no se puso del todo en práctica hasta que tuvieron lugar las últimas deportaciones de judíos de los pequeños pueblos hacia los guetos de tránsito. En octubre la orden fue en serio.[5] Había carteles que anunciaban que todos los judíos que no se dirigieran a los guetos serían ejecutados.[6] La «orden de disparar» pasó a ser una instrucción habitual para los soldados de la compañía, y se les dio repetidas veces, sobre todo antes de que los mandaran a patrullar.[7] A nadie debía quedarle la menor duda de que en la zona de seguridad del batallón no debía quedar ni un solo judío con vida. En la jerga oficial, el batallón realizaba «patrullas por el bosque» buscando «sospechosos».[8] Sin embargo, como los judíos debían ser localizados y abatidos a tiros como animales, a esta fase de la Solución Final los soldados del Batallón de Reserva Policial 101 la apodaron la Judenjagd o «cacería de judíos».[9]
La «cacería de judíos» tuvo muchas formas. Fueron de lo más espectacular dos rastreos que realizó el batallón por el bosque de Parczew en el otoño de 1942 y la primavera de 1943, este último junto con unidades del ejército. No eran sólo los judíos el objetivo de estas batidas, sino también los partisanos y los prisioneros de guerra rusos fugitivos, aunque parece ser que los judíos fueron las principales víctimas del primero en octubre de 1942. Georg Leffler*, de la tercera compañía, recordaba:
Nos dijeron que había muchos judíos escondidos en el bosque. Por lo tanto, registramos la espesura en una línea de escaramuza pero no pudimos encontrar nada porque obviamente los judíos estaban bien escondidos. Peinamos el bosque una segunda vez. Sólo entonces descubrimos unos tubos que hacían de chimeneas y que salían del suelo. Descubrimos que los judíos se habían escondido en búnkeres que habían hecho bajo tierra. Los sacamos fuera y sólo en uno de los búnkeres encontramos resistencia. Algunos de los compañeros se metieron dentro y los hicieron salir. Los judíos fueron ejecutados allí mismo […] tenían que tumbarse en el suelo boca abajo y los mataron de un disparo en la nuca. No me acuerdo quién estaba en el pelotón de ejecución. Creo que simplemente fue un caso en el que se ordenó disparar a los agentes que estaban cerca. Se ejecutó a unos 50 judíos, incluyendo hombres y mujeres de todas las edades porque había familias enteras allí escondidas […] la ejecución tuvo lugar de forma bastante pública. No se formó ningún cordón puesto que había toda una serie de polacos que estaban justo en el lugar de la ejecución. Se les ordenó que enterraran a los judíos en un búnker que había a medio construir; probablemente fue Hoffmann quien dio la orden.[10]
Otras unidades del batallón también recordaban haber descubierto búnkeres y haber matado a los judíos en grupos de 20 a 50.[11] Un policía calculó que el total de víctimas del rastreo de octubre fue de 500.[12]
En primavera, la situación había cambiado un poco. Los judíos que todavía estaban con vida en su mayor parte habían podido unirse a bandas de partisanos y prisioneros de guerra que habían escapado. El rastreo de primavera reveló la existencia de un «campamento forestal» de rusos y judíos fugitivos que presentaron resistencia armada. Unos 100 o 120 judíos fueron asesinados. En el batallón hubo al menos una víctima mortal, ya que al ayudante de Trapp, el teniente Hagen, lo mataron sus propios hombres de manera accidental.[13]
Hubo cierta cantidad de judíos que fue enviada a trabajar a una serie de grandes fincas agrícolas que las fuerzas de ocupación alemanas habían confiscado y que entonces administraban. En Gut Jablon, cerca de Parczew, una unidad de la sección de Steinmetz hizo subir a un camión a los 30 trabajadores judíos, los condujeron al bosque y los mataron con el entonces ya rutinario tiro en la nuca. El administrador alemán, al que no habían informado de la inminente ejecución de sus trabajadores, se quejó en vano.[14] El administrador alemán de Gut Pannwitz, cerca de Pulawy, se encontró con el problema opuesto de tener demasiados trabajadores judíos. Su finca se convirtió en un refugio para judíos que habían huido de los guetos hacia el bosque cercano y que entonces trataron de encontrar refugio y comida entre sus «judíos de trabajo». Cada vez que la población de «judíos de trabajo» aumentaba de manera evidente, la administración de la finca telefoneaba al capitán Hoffmann, que les mandaba un comando de la policía alemana para liquidar a los judíos que sobraban.[15] Tras la hospitalización de Hoffmann, su sucesor, el teniente Messmann, formó un escuadrón itinerante que eliminaba de forma sistemática a los grupos de «judíos de trabajo» en un radio de unos 50 o 60 kilómetros de Pulawy. El conductor de Messmann, Alfred Sperlich*, recordaba el procedimiento:
En los casos en los que se podía acceder rápidamente al patio de la granja y a los alojamientos de los judíos, yo entraba en el patio a gran velocidad y los policías saltaban fuera del vehículo e inmediatamente corrían hacia los alojamientos. Entonces, a todos los judíos presentes en esos momentos los hacían salir y les disparaban en el patio junto a un almiar, un foso para las patatas o un montón de estiércol. Las víctimas casi siempre estaban desnudas y les daban un tiro en la nuca mientras estaban tendidas en el suelo.
Sin embargo, si el camino que conducía a la granja era demasiado visible, la policía se acercaba a pie sigilosamente para evitar que sus víctimas escaparan. De forma rutinaria, en los lugares de trabajo cercanos al bosque encontraban muchos más judíos de los esperados.[16]
Algunos judíos habían sobrevivido escondiéndose en la ciudad más que en el bosque, pero a ellos también los localizaron.[17] El caso más memorable fue en Kock, donde un traductor polaco que trabajaba para los alemanes informó de un escondite en un sótano. Se capturaron cuatro judíos. Cuando fueron «interrogados», revelaron la existencia de otro escondite en el sótano de una gran casa que había en el extremo de la ciudad. Sólo un policía alemán y el traductor polaco se dirigieron hacia ese segundo escondite creyendo que no habría dificultades. Pero era uno de esos raros casos en que los judíos tenían armas y dispararon al policía que se acercaba. Se solicitaron refuerzos y se produjo un tiroteo. Al final, cuatro o cinco judíos murieron al intentar huir y otros ocho o diez fueron encontrados muertos o gravemente heridos en el sótano. Sólo capturaron ilesos a cuatro o cinco de ellos; fueron igualmente «interrogados» y ejecutados esa misma tarde.[18] Entonces la policía alemana fue en busca del propietario de la casa, una mujer polaca que había conseguido escapar a tiempo. Le siguieron la pista hasta la casa de su padre en un pueblo cercano. El teniente Brand le planteó al padre una dura elección: su vida o la de su hija. El hombre entregó a su hija, a la que ejecutaron en el acto.[19]
Una de las formas más comunes en que se produjo la «cacería de judíos» fue la de una pequeña patrulla que se adentraba en el bosque para aniquilar un solo búnker del que se había dado parte. El batallón creó una red de informantes y «mensajeros forestales» o rastreadores que iban en busca de escondites judíos y los descubrían. Otros muchos polacos ofrecieron información de forma voluntaria sobre judíos que estaban en el bosque y que habían robado comida de los campos, granjas y pueblos cercanos en su desesperado intento de permanecer con vida. Al recibir ese tipo de información, los comandantes de la policía local mandaban pequeñas patrullas para localizar a los judíos que permanecían ocultos. Una y otra vez se repetían las mismas escenas con pequeñas variaciones. Los policías seguían a sus guías polacos directamente a los escondites de los búnkeres y tiraban granadas por las aberturas. A los judíos que sobrevivían al primer ataque con granadas y salían de los búnkeres los obligaban a tenderse boca abajo para recibir el tiro en la nuca. Los cuerpos se dejaban allí de manera rutinaria para que los enterraran los aldeanos polacos más próximos.[20]
Esas patrullas eran «demasiado frecuentes» como para que los policías recordaran en cuántas habían participado. «Más o menos era nuestro pan de cada día», dijo uno de ellos.[21] Otro policía también utilizó la expresión «el pan de cada día» para referirse a las «cacerías de judíos».[22] Según cuál fuera el comportamiento de los jefes de las patrullas, los hombres sabían enseguida si se enfrentaban a una posible acción partisana o si simplemente iban en busca de judíos que habían sido denunciados y que se suponía estaban desarmados.[23] Según la versión de al menos un policía, las patrullas de «cacería de judíos» eran lo que predominaba. «Esas acciones constituían nuestra tarea principal y, en comparación con las verdaderas acciones partisanas, fueron mucho más numerosas».[24]
Con estas pequeñas patrullas que iban a la caza y captura de judíos, los agentes del Batallón de Reserva Policial 101 dieron un giro completo de vuelta a la experiencia de Józefów. Durante las grandes operaciones de deportación, prácticamente todos los policías tuvieron que realizar, como mínimo, el servicio de acordonamiento. Apiñaban a las masas de gente en los trenes pero podían distanciarse de las ejecuciones que se producían al final del viaje. El sentimiento que tenían de estar al margen del destino de los judíos que deportaban era inquebrantable.
Pero la «cacería de judíos» era diferente. De nuevo se encontraban con sus víctimas cara a cara y el asesinato era personal. Y aún más importante, cada uno de los policías tenía otra vez un grado de elección considerable. La forma en que hicieron uso de esa posibilidad evidenció hasta qué punto el batallón se había dividido en «fuertes» y «débiles». En los meses transcurridos desde Józefów muchos se habían vuelto insensibles, indiferentes y, en algunos casos, ávidos asesinos; otros limitaron su contribución al proceso de las matanzas, absteniéndose de participar cuando podían hacerlo sin que les causara mucho sacrificio o inconveniencia. Sólo una minoría de inconformistas lograron conservar una esfera de atribulada autonomía moral que les dio valor para emplear pautas de conducta y estratagemas de elusión que les evitaron convertirse en asesinos.
Con respecto a los ávidos ejecutores, la esposa del teniente Brand recordaba vivamente lo sucedido durante una visita que le hizo a su marido en Polonia:
Una mañana estaba sentada desayunando con mi marido en el jardín de nuestro alojamiento cuando un policía corriente de la sección de mi marido se nos acercó, se quedó rígido en posición de firmes y dijo: “Mi teniente, yo todavía no he desayunado”. Cuando mi marido lo miró de manera burlona él añadió: “Todavía no he matado a ningún judío”. Sonó todo tan cínico que yo, indignada, reprendí a ese hombre con duras palabras y si no recuerdo mal le llamé sinvergüenza. Mi marido le dijo al policía que se marchara y entonces me regañó y me dijo que me iba a meter en grandes problemas si hablaba de esa manera.[25]
También se evidencia una creciente insensibilidad en el comportamiento de los policías tras las ejecuciones. Después de Józefów y los primeros fusilamientos, los agentes habían vuelto a los cuarteles afectados y llenos de amargura, sin hambre ni deseos de hablar sobre lo que acababan de hacer. Con las incesantes matanzas, esas susceptibilidades se amortiguaron. Un policía recordaba: «Cuando estábamos a la mesa comiendo, había algunos compañeros que bromeaban sobre sus experiencias durante una acción. Por lo que contaban, deduje que acababan de terminar una ejecución. Recuerdo como algo de especial mal gusto que uno de los hombres dijera que lo que entonces comían eran “los sesos de los judíos asesinados”».[26] Sólo el testigo encontró esa «broma» menos que divertidísima.
En medio de una atmósfera así, a los oficiales y suboficiales les era bastante fácil formar una patrulla de «cacería de judíos» o un pelotón de ejecución; les bastaba con pedir voluntarios. Adolf Bittner* fue muy rotundo en ese sentido: «Por encima de todo, debo decir de forma categórica que, en esencia, para los comandos de ejecución había suficientes voluntarios que aceptaban la petición del comandante al mando […]. Debo añadir también que a menudo había tantos que a algunos tenían que rechazarlos».[27] Otros fueron menos categóricos y apuntaron que a veces, además de pedir voluntarios, los oficiales o suboficiales elegían entre los hombres que estaban cerca, normalmente a aquéllos que ellos ya reconocían como tiradores dispuestos. Tal como dijo el sargento Bekemeier: «En resumen, quizá se podría decir que en las pequeñas acciones, cuando no se necesitaban tantos tiradores, siempre había suficientes voluntarios disponibles. En acciones de más envergadura, para las que era necesaria una gran cantidad de tiradores, también había muchos voluntarios, pero, si no eran suficientes, igualmente se asignaban otros».[28]
Al igual que Bekemeier, Walter Zimmermann* también hizo una distinción entre las ejecuciones grandes y pequeñas. En cuanto a estas últimas, observó:
En ningún caso recuerdo que a nadie se le obligara a seguir participando en las ejecuciones cuando declaraba que ya no podía continuar. En lo que se refiere a las acciones de grupo y sección, honestamente debo admitir que en esas ejecuciones más pequeñas siempre había compañeros a los que matar judíos les era más fácil que a otros, por lo que los respectivos jefes de comando nunca tenían dificultades para encontrar a tiradores apropiados.[29]
Aquéllos que no querían ir a las «cacerías de judíos» o participar en los pelotones de fusilamiento siguieron tres líneas de acción. No escondían su aversión por las matanzas, nunca se presentaban voluntarios y se mantenían a distancia de los oficiales y suboficiales cuando se formaban las patrullas para la «cacería» o los pelotones de ejecución. A algunos no los eligieron nunca simplemente porque su postura era bien conocida. A Otto-Julius Schimke, el primer hombre que dio un paso al frente en Józefów, lo destinaron con frecuencia a acciones partisanas, pero nunca a una «cacería de judíos». «No debe olvidarse —dijo— que a raíz de ese incidente me libré de otras acciones judías».[30] De igual forma, Adolf Bittner creía que fue su pronta y abierta oposición a las acciones judías del batallón lo que le evitó tener que participar más:
Debo recalcar que desde el primer día no dejé ninguna duda entre mis compañeros de que yo no aprobaba esas medidas y nunca me presentaría voluntario. Así, en uno de los primeros registros en busca de judíos, uno de mis compañeros aporreó a una mujer judía en mi presencia y le golpeé en la cara. Se hizo un informe y de esa manera mis superiores se enteraron de cuál era mi actitud. Nunca me castigaron oficialmente. Pero cualquiera que sepa cómo funciona el sistema sabe que, aparte del castigo oficial, es posible que surjan argucias que suplan el castigo. Así que me asignaron servicios los domingos y guardias especiales.[31]
Pero a Bittner nunca lo destinaron a un pelotón de ejecución.
Gustav Michaelson*, que se quedó entre los camiones en Józefów a pesar de los insultos de sus compañeros, también obtuvo cierta inmunidad a causa de su reputación. Sobre las frecuentes «cacerías de judíos», Michaelson recordaba: «Nunca nadie se me dirigió para decirme nada relacionado con esas operaciones. Para esas acciones los oficiales se llevaban a “hombres”, y para ellos yo no era un “hombre”. Otros compañeros que demostraron mi misma actitud y comportamiento también se libraron de esas acciones».[32]
Heinrich Feucht* invocó la táctica de mantenerse a distancia para explicar cómo evitó tener que disparar en todas las ocasiones menos en una. «Uno siempre tenía cierta libertad de movimiento de unos pocos metros, y con la experiencia me di cuenta muy pronto de que el jefe de la sección casi siempre escogía a los que estaban más cerca de él. Por lo tanto, yo siempre intentaba tomar una posición lo más alejada posible del centro de los acontecimientos».[33] Había otros que también buscaban librarse de tener que disparar quedándose en segundo plano.[34]
A veces, la distancia y la reputación no bastaban y era necesaria una negativa directa para evitar la participación en la matanza. En la segunda sección de la tercera compañía, el teniente Hoppner se convirtió en uno de los practicantes más entusiastas de la «cacería de judíos» y al final trató de imponer la política de que todo el mundo tenía que disparar. Fue entonces cuando algunos agentes que nunca habían disparado mataron a sus primeros judíos.[35] Pero Arthur Rohrbaugh* no pudo tirotear a personas indefensas. «El teniente Hoppner también sabía que yo no podía hacerlo. Ya me había dicho en ocasiones anteriores que tenía que endurecerme más. Con respecto a eso, una vez dijo que también yo aprendería todavía a disparar el tiro en la nuca.» Estando de patrulla en el bosque con el cabo Heiden* y otros cinco policías, Rohrbaugh encontró a tres mujeres judías y un niño. Heiden ordenó a sus hombres que los mataran, pero Rohrbaugh sencillamente se alejó. Heiden agarró el arma y disparó él mismo. Rohrbaugh atribuía a Trapp el hecho de que no hubiera sufrido castigo alguno. «Creo que fue debido al anciano por lo que no tuve ningún problema».[36]
Otros eran más cautos y se abstenían de disparar sólo cuando no había ningún oficial presente y se hallaban entre compañeros de confianza que compartían su punto de vista. Tal como recordaba Martin Detmold*, «en las acciones pequeñas ocurría a menudo que volvíamos a dejar irse a los judíos que habíamos atrapado. Eso ocurría cuando se estaba seguro de que no iba a enterarse ningún superior. Con el tiempo uno aprendía a juzgar a sus compañeros y a saber si podía arriesgase a no disparar a los judíos yendo en contra de las órdenes establecidas, y a dejarlos escapar».[37] El personal de comunicaciones del Estado Mayor del batallón también afirmó haber hecho caso omiso de los judíos que se encontraban en el campo cuando estaban solos instalando las líneas.[38] Cuando disparaban a distancia en lugar de hacer uso del tiro en la nuca, al menos uno de los policías se limitaba a disparar «al aire».[39]
¿A cuántos centenares de judíos (en realidad, es probable que fueran miles) mataron los miembros del Batallón de Reserva Policial 101 en el transcurso de la «cacería»? Sobre esas cifras no se conserva ningún informe de esta unidad. No obstante, gracias a los informes que quedan de otras tres unidades que operaban en Polonia, podemos hacernos a la idea de lo importante que fue la «cacería de judíos» como parte de la Solución Final.
Desde mayo a octubre de 1943, mucho después de que la inmensa mayoría de los judíos que habían huido de las redadas en los guetos e intentaban esconderse hubiera sido ya localizada y asesinada, el comandante de la Policía del Orden en el distrito de Lublin (KdO) —las cifras, por lo tanto, incluirían las contribuciones del Batallón de Reserva Policial 101— informó a su superior en Cracovia (BdO) del número de víctimas judías mensuales ejecutadas por sus soldados. En esos seis meses, mucho después del período de mayores matanzas en el distrito de Lublin, el total fue de 1.695, es decir, una media de casi 283 al mes. Hubo dos meses particularmente destacados: agosto, que fue cuando se realizó otro gran rastreo en el bosque, y octubre, cuando localizaron a los fugitivos del campo de exterminio de Sobibor.[40]
Los informes de la sección de la Gendarmerie de Varsovia constituyen una muestra mejor de la media de asesinatos llevados a cabo en la «cacería de judíos» durante el período de más matanzas. Esa unidad de sólo 80 soldados, responsable de patrullar por las ciudades cercanas y los campos que las rodeaban, estaba dirigida por el teniente Liebscher, que tenía fama de ser un activo y entusiasta participante en la Solución Final. Desde el 26 de marzo al 21 de septiembre de 1943, sus informes diarios reflejan un total de 1.094 judíos ejecutados por su unidad, con una media de casi 14 por cada policía. No es sorprendente que los meses de máxima actividad fuesen abril y mayo, aquéllos en que los judíos trataron desesperadamente de escapar a la aniquilación final del gueto de Varsovia y tenían que cruzar el territorio de Liebscher. Los informes de éste contenían descripciones detalladas de varios incidentes cotidianos. Concluían con la fórmula «Se procedió de acuerdo con las directrices existentes», seguida simplemente de una fecha, un lugar y el número de judíos, varones y mujeres. Al final, hasta esa fórmula se suprimió por considerarse innecesaria y sólo se hacía constar la fecha, el lugar y el número de judíos varones y mujeres, sin más explicaciones.[41]
Quizá la situación más relevante y más análoga a la del Batallón de Reserva Policial 101 fue la de una compañía del Batallón de Reserva Policial 133 que estaba emplazada en Rawa Ruska, en el vecino distrito de Galitzia, al este de Lublin. Según seis informes semanales del período comprendido entre el 1 de noviembre y el 12 de diciembre de 1942, esa compañía ejecutó a 481 judíos que habían evitado la deportación escondiéndose o saltando de los trenes cuando se dirigían a Belzec. Por lo tanto, durante ese breve espacio de seis semanas, la compañía mató como media a tres judíos por cada policía en una zona que ya habían vaciado con la deportación y que mantenían judenfrei mediante la «cacería de judíos».[42]
Aunque se le ha prestado poca atención, la «cacería de judíos» fue una importante y estadísticamente significativa fase de la Solución Final. Un porcentaje nada desdeñable de víctimas judías del Gobierno General perdió la vida de esta forma. Dejando a un lado las estadísticas, la «cacería de judíos» constituye una clave psicológicamente importante para entender la mentalidad de los ejecutores. Puede que muchos de los alemanes que ocuparon Polonia hubieran presenciado o participado en las redadas de los guetos en varias ocasiones que, a lo largo de toda una vida, sólo representaban breves momentos que podían reprimirse con facilidad. Pero la «cacería de judíos» no fue un episodio breve. Fue una campaña continua, tenaz y despiadada en la que los «cazadores» localizaban y mataban a su «presa» en una confrontación directa y personal. No fue una etapa pasajera sino un estado existencial de disposición constante e intención de matar hasta el último judío que se pudiera encontrar.