Capítulo 11
Las ejecuciones de finales de septiembre
Poco antes de que se reanudara el programa de deportaciones en la zona de seguridad septentrional del distrito de Lublin, el Batallón de Reserva Policial 101 participó en varias ejecuciones colectivas más. La primera de ellas ocurrió en la localidad de Serokomla, situada a unos nueve kilómetros al noroeste de Kock. Serokomla ya había sufrido una masacre en mayo de 1940 a manos de los alemanes de etnia germánica organizados en unidades de vigilancia conocidas como las Selbstschutz (autodefensa). Esas unidades habían sido creadas en la Polonia ocupada en el otoño de 1939 y la primavera de 1940 bajo la dirección del compinche de Heinrich Himmler, el SS-Gruppenführer Ludolf von Alvensleben. Después de realizar toda una serie de matanzas, incluyendo una en Serokomla, las Selbstschutz fueron reorganizadas en unidades de «servicios especiales» contadas como las Sonderdienst y puestas a las órdenes de los jefes de la administración civil del condado.[1] Los alemanes visitaron de nuevo Serokomla en septiembre de 1942. La sección del teniente Brand de la primera compañía se estableció en la cercana Kock. Brand ordenó al sargento Hans Keller y a diez soldados de la sección que reunieran a los judíos de las zonas de la periferia de Serokomla y los trajeran a la ciudad.[2] Así que, a primera hora de la mañana del 22 de septiembre, la sección de Brand salió de Kock y esperó en un cruce al noroeste de la ciudad. Allí se les unieron otras unidades de la primera compañía, al mando del capitán Wohlauf, que llegaron de Radzyn, a unos 20 kilómetros al noroeste, así como también la primera sección de la tercera compañía, a las órdenes del teniente Peters, que estaba destinada en Czemierniki, a unos 15 kilómetros al este. Al mando del capitán Wohlauf, los policías de reserva se dirigieron a Serokomla.
Poco antes de llegar al pueblo, Wohlauf detuvo el convoy y dio las órdenes. Se montaron ametralladoras en dos colinas situadas justo a la salida de la población, en unas posiciones estratégicas desde las que se dominaba toda la zona. A algunos hombres de la sección de Brand les ordenaron acordonar el barrio judío del pueblo y al resto de la primera compañía se le encomendó reunir a la población judía.[3]
Wohlauf todavía no había dicho nada sobre disparar, aparte de que los soldados tenían que proceder como era habitual, una referencia indirecta para dar a entender que aquéllos que intentaran esconderse o huir, así como los que no pudieran caminar, tenían que ser asesinados en el acto. Sin embargo, a la sección del teniente Peters, que había permanecido en reserva, la mandaron a una zona de graveras y montículos de material de desecho, situada a menos de un kilómetro fuera del pueblo. Para el sargento Keller, que observaba el despliegue desde sus nidos de ametralladora en la cima de las dos colinas cercanas, era evidente que iban a matar a los judíos, aunque Wohlauf sólo había hablado de «reasentamiento».
Se terminó de reunir al conjunto de judíos de Serokomla, unos 200 o 300, sobre las once de la mañana del que estaba resultando ser un día cálido y soleado. Entonces Wohlauf declaró «de pronto» que tenían que matar a todos los judíos.[4] Mandaron a las graveras a unos agentes adicionales de la primera compañía al mando del sargento Jurich* para que se unieran a los tiradores de la sección del teniente Peters. Cerca del mediodía, el resto de policías de la primera compañía empezó a conducir a los judíos fuera de la ciudad en grupos de 20 o 30.
La sección del teniente Peters había estado en el cordón de Józefów, y de esa manera se evitó el servicio en los pelotones de fusilamiento. Había estado igualmente ausente en las ejecuciones llevadas a cabo por la segunda compañía en Lomazy. Sin embargo, en Serokomla llegaba su turno.
Sin la experimentada ayuda de los Hiwis que tuvieron en Lomazy, Wohlauf organizó las ejecuciones siguiendo el mismo método que en Józefów. Los grupos de 20 o 30 judíos, a quienes habían hecho marchar uno tras otro fuera de la ciudad hacia las graveras, se entregaban a un número igual de efectivos de Peters y Jurich. De esta manera, cada uno de los policías se veía de nuevo frente a frente con el judío al que iba a matar. A los judíos no les obligaron a desnudarse ni se recogieron los objetos de valor. Tampoco se hizo una selección de gente apta para trabajar. Todos los judíos tenían que ser ejecutados fuera cuál fuera su edad y sexo.
Los policías de los comandos de tiradores dirigieron a los judíos hacia la cima de los montículos de material de desecho que había en la zona de las graveras. Se alineó a las víctimas frente a una caída de casi dos metros. Desde una corta distancia por detrás, los policías dispararon por orden al cuello de los judíos. Los cuerpos caían hacia abajo. Después de cada tanda de disparos, se llevaba a un nuevo grupo de judíos al mismo sitio, por lo que tenían que mirar hacia abajo y ver el montón de cadáveres, cada vez mayor, de sus familias y amigos antes de que también los mataran. Los tiradores sólo cambiaron de emplazamiento después de haber disparado varias veces.
Mientras avanzaban las ejecuciones, el sargento Keller bajó paseando de sus nidos de ametralladora para hablar con el sargento Jurich. Mientras observaban de cerca las ejecuciones, Jurich se quejó de Wohlauf. El capitán, después de haber ordenado esa «mierda», se había «escabullido» a Serokomla y estaba sentado en la comisaría polaca.[5] Como no podía presumir ante su nueva esposa, que en esa ocasión no viajó con él, parece ser que Wohlauf no tenía ningún deseo de estar presente en las ejecuciones. Posteriormente, Wohlauf afirmó que no tenía ni el más ligero recuerdo de la acción en Serokomla. Quizá ya tenía el pensamiento en su inminente viaje a Alemania para llevar a su esposa a casa.
Las ejecuciones se prolongaron hasta las tres de la tarde. No se hizo nada para enterrar los cadáveres; los cuerpos de los judíos muertos simplemente se dejaron tendidos en las graveras. Los policías se detuvieron en Kock, donde tomaron un almuerzo tardío. Cuando volvieron a sus alojamientos esa misma noche, les dieron unas raciones especiales de alcohol.[6]
Tres días después de la masacre en Serokomla, el sargento Jobst* de la primera compañía, vestido de civil y acompañado por un solo traductor polaco, salió de para asistir a un encuentro que se había concertado para atrapar a un miembro de la resistencia polaca que estaba escondido entre los pueblos de Serokomla y Talcyn. La trampa resultó y Jobst capturó a su hombre. Sin embargo, mientras Jobst volvía a Kock pasando por Talcyn, le tendieron una emboscada y lo mataron. El intérprete polaco pudo escapar y llegó a Kock mucho después de caer la noche con la noticia de la muerte del sargento.[7]
Cerca de medianoche, el sargento Jurich telefoneó al cuartel general del batallón en Radzyn para informar del asesinato de Jobst.[8] Cuando Keller habló con Jurich después de la llamada, tuvo la impresión de que en el cuartel general del batallón no tenían intención de castigar al pueblo. No obstante, el comandante Trapp volvió a llamar enseguida desde Radzyn y dijo que Lublin había ordenado tomar represalias mediante la ejecución de 200 personas.[9] Las mismas unidades que habían entrado en Serokomla cuatro días antes se encontraron entonces en el mismo cruce a la salida de Kock a primera hora de la mañana del 26 de septiembre. En esa ocasión no tenía el mando el capitán Wohlauf porque ya estaba de camino a Alemania. En su lugar estaba el comandante Trapp en persona, acompañado de su ayudante, el teniente Hagen y del estado mayor del batallón.
A su llegada a Talcyn, a toda la primera compañía se le mostró el cuerpo del sargento Jobst, que habían dejado tendido en la calle en un extremo de la población.[10] Se rodeó la ciudad, fueron a buscar a los residentes polacos a sus casas y los llevaron a la escuela. Algunos de los hombres ya habían huido del pueblo,[11] pero a los varones que quedaban los condujeron al gimnasio de la escuela, donde Trapp procedió a realizar una selección.
Con la clara voluntad de enemistarse lo menos posible con la población local, Trapp y el teniente Hagen hicieron la selección consultando con el alcalde polaco. Sólo fueron contempladas dos categorías de polacos: por un lado, los extranjeros y residentes temporales de Talcyn, y, por el otro, aquéllos «sin recursos suficientes para vivir».[12] Trapp mandó por lo menos a un policía para que fuera a calmar a las mujeres retenidas en las aulas cercanas, que lloraban y gritaban de desesperación.[13] Mediante este proceso se seleccionaron 78 hombres polacos. Los condujeron fuera de la ciudad y los mataron. Tal como recordaba un policía, sólo mataron «a los más pobres entre los pobres».[14]
El teniente Buchmann se llevó a algunos de los hombres directamente de vuelta a Radzyn, pero otros se detuvieron en Kock para comer. Estaban en medio de su comida cuando se enteraron de que la matanza no había terminado aún por ese día. Como todavía estaba lejos de alcanzar su cupo de represalia de 200 personas, por lo visto a Trapp se le había ocurrido una manera ingeniosa de cumplirlo sin agravar más las relaciones con la población local. En lugar de matar a más polacos de Talcyn, sus policías ejecutarían a judíos del gueto de Kock.[15]
Un policía alemán, un conductor que iba de camino a Radzyn, afirmó que se detuvo en el gueto del extremo de la ciudad para advertir de la acción inminente.[16] Por supuesto, tales advertencias no le servían de nada a una población atrapada. Unos pelotones de registro de la policía alemana entraron en el gueto y procedieron a detener a cualquiera que pudieran encontrar, sin tener en cuenta ni su edad ni su sexo. A los judíos ancianos que no podían ir a pie hasta el lugar de la ejecución los mataron a tiros allí mismo. Más adelante, un policía declaró: «Aunque se suponía que debía tomar parte en el registro, en esta ocasión también pude quedarme dando vueltas por las calles. Yo no aprobaba las acciones judías de ningún tipo y por lo tanto no entregué a ningún judío para que lo mataran».[17]
Pero, como era habitual, los pocos que rehuyeron o eludieron su participación no obstaculizaron a aquéllos que estaban concentrados en su tarea. A los judíos que atraparon en la operación los sacaron del gueto y los llevaron a una gran casa cuya parte trasera daba a un patio rodeado por un muro. Los hicieron entrar en el patio en grupos de 30 y los obligaron a tumbarse en el suelo junto a la pared. Cuando el teniente Brand dio la orden, los judíos fueron tiroteados por suboficiales equipados con metralletas. Dejaron los cuerpos allí tendidos hasta el día siguiente, en que fueron a buscar a unos «judíos de trabajo» del gueto para que enterraran a sus muertos en una fosa común.[18] El comandante Trapp informó inmediatamente a Lublin de que 3 «bandidos», 78 «cómplices» polacos y 180 judíos habían sido ejecutados como represalia por la emboscada tendida a Jobst en Talcyn.[19] Según parece, el hombre que había llorado durante los fusilamientos de Józefów y al que todavía asustaba el asesinato indiscriminado de polacos ya no tenía ningún reparo en matar a tiros a más judíos de los que eran necesarios para llegar a su cuota.
Si el comandante Trapp se estaba resignando a su papel en el exterminio de judíos polacos, el teniente Buchmann no. Después de Józefów había informado a Trapp de que sin una orden directa y personal no iba a tomar parte en las acciones judías. También había pedido un traslado. Cuando presentó estas peticiones, Buchmann tenía una ventaja importante. Antes de que lo enviaran al entrenamiento para oficial y de convertirse en un teniente de reserva, Buchmann había sido el chófer de Trapp durante la primera temporada que el batallón pasó en Polonia en 1939. Por lo tanto, conocía a Trapp personalmente. Tenía la sensación de que Trapp lo «entendía» y no estaba «indignado» por la posición que tomaba.[20]
Trapp no obtuvo un traslado inmediato de vuelta a Alemania para Buchmann, pero lo protegió y tuvo en cuenta su petición de no participar en acciones judías. Buchmann estaba destinado en Radzyn, en el mismo edificio que el estado mayor del batallón, por lo que no era difícil idear un procedimiento que evitara cualquier problema por «negarse a cumplir órdenes». Cuando se planeaba una acción judía, las órdenes pasaban directamente del cuartel general al lugarteniente de Buchmann, el sargento Grund*. Cuando Grund le preguntaba a Buchmann si deseaba acompañar a la sección en su próxima acción, Buchmann sabía que se trataba de una acción judía y declinaba la oferta. Así, no había ido con la primera compañía ni a Miedzyrzec ni a Serokomla. Sin embargo, Talcyn no empezó como una acción judía y Buchmann estaba en la escuela cuando Trapp hizo la selección de los polacos, aunque no fue una casualidad que éste lo mandara directamente de vuelta a Radzyn antes de que empezara la matanza de los judíos del gueto de Kock.
En Radzyn, Buchmann no había hecho ningún esfuerzo de ocultar sus sentimientos. Por el contrario, «estaba indignado por cómo se trataba a los judíos y expresaba estas opiniones abiertamente siempre que tenía la oportunidad».[21] Era evidente para quienes lo rodeaban que Buchmann era un hombre muy «reservado» y «refinado», un «típico civil» que no tenía ningún deseo de ser un soldado.[22]
Para Buchmann, Talcyn ya fue el colmo. La tarde que volvió, el recepcionista intentó darle el parte pero él «se fue inmediatamente a su habitación y se encerró dentro. Buchmann estuvo unos días sin hablarme, aunque nos conocíamos bien. Estaba muy enfadado y se quejaba con amargura, diciendo algo así como: «No voy a hacer esta mierda nunca más. Estoy hasta las narices».[23] Buchmann no sólo se quejaba. A finales de septiembre también escribió directamente a Hamburgo solicitando un traslado con carácter de urgencia. No podía llevar a cabo esas tareas «ajenas a la policía» que le habían asignado a su unidad en Polonia.[24]
Aunque la conducta de Buchmann era tolerada y protegida por Trapp, produjo reacciones diversas entre sus hombres. «De entre mis subordinados, muchos entendían mi postura, pero otros hacían comentarios desdeñosos sobre mí y me miraban por encima del hombro».[25] No obstante, algunos miembros de la tropa siguieron su ejemplo y le dijeron al sargento primero de la compañía, Kammer, «que ni podían ni querían tomar parte en ese tipo de acciones nunca más». Kammer no informó sobre ellos. En lugar de eso, les gritó que eran unos «mierdas» que «no servían para nada». Pero a la mayoría los libró de participar en más acciones contra judíos.[26] Al hacer eso, Kammer seguía el ejemplo que Trapp había dado desde el principio. Como no había escasez de hombres que quisieran realizar el trabajo asesino que se presentaba en ocasiones, era mucho más fácil complacer a Buchmann y a los agentes que lo emularon que crearles problemas.