Capítulo 9
Lomazy: el declive de la segunda compañía
Incluso antes de la masacre de Józefów el 13 de julio, ya se habían dado órdenes para cambiar la disposición de los batallones de policía en el distrito de Lublin.[1] El distrito se dividió en los «sectores de seguridad» del norte, central y del sur. Al Batallón de Reserva Policial 101 lo asignaron al sector del norte que abarcaba, de oeste a este, los condados (Kreise) de Pulawy, Radzyn y Biala Podlaska. La segunda compañía del teniente Gnade fue destinada a Biala Podlaska, y Gnade emplazó el estado mayor de su compañía en Biala, la capital del condado. La primera sección se dividió entre Piszczac y Tuczna, al sudeste, mientras que la segunda sección se situó en Wisznice, justo al sur. La tercera sección se estableció en Parczew, al sudoeste, en el condado vecino de Radzyn.
La Solución Final en el condado de Biala Podlaska había empezado el 10 de junio de 1942, cuando 3.000 judíos fueron deportados de Biala a Sobibor. Cientos de judíos provenientes de pequeñas comunidades fueron concentrados en el pueblo de Lomazy, a medio camino entre Biala y Wisznice.[2] Entonces la campaña de exterminio se interrumpió hasta que llegó la segunda compañía del teniente Gnade. Los judíos de Lomazy iban a ser el objetivo de la primera acción conjunta del Batallón de Reserva Policial 101 y una unidad Trawniki. La segunda compañía iba a destinar la mayor parte de sus efectivos a reunir a los judíos. La función principal de la unidad Trawniki era proporcionar los tiradores, con lo que se aliviaba la principal carga psicológica que los policías alemanes habían experimentado en Józefów.
A principios de agosto, un pelotón de la tercera sección, de unos 15 a 18 hombres, fue emplazado directamente en Lomazy bajo las órdenes del sargento Heinrich Bekemeier*. El Gruppe Bekemeier, como así era conocido, pasó varias semanas, sin que ocurrieran acontecimientos notables, en una ciudad que era medio polaca y medio judía. Aunque la población judía vivía separada de la polaca, el barrio judío de la ciudad no estaba vallado ni vigilado.[3] Los policías alemanes se alojaron en la escuela del barrio judío.
El 16 de agosto, sólo un día antes de la inminente acción, Heinrich Bakemeier recibió una llamada telefónica del teniente Gnade para informarle de que se iba a realizar un «reasentamiento» judío a la mañana siguiente y de que sus hombres tenían que estar listos a las cuatro de la madrugada. A Bekemeier le quedó «claro» lo que esto significaba.[4] El mismo día, Gnade convocó a los tenientes Drucker y Scheer en Biala. Según se dice, ante la presencia de un oficial del SD les dio a conocer de la operación del día siguiente que debía realizarse en cooperación con las SS. Iban a ejecutar a toda la población judía.[5] A la segunda sección, ubicada en la cercana Wisznice, se le proporcionaron camiones para que hiciera el recorrido, de una media hora, por la mañana temprano.[6] Ya que no había camiones disponibles para la primera sección, se requisaron carretas de granja polacas tiradas por caballos y los policías fueron en ellas toda la noche para llegar a Lomazy a primera hora de la mañana.[7]
En Lomazy, Gnade celebró una reunión con sus suboficiales, que recibieron instrucciones para desalojar el barrio judío y reunir a todos sus habitantes en el patio de la escuela. A los suboficiales les dijeron que los Hiwis de Trawniki se encargarían de las ejecuciones, por lo que la mayor parte de los policías se las ahorrarían. No obstante, la redada tenía que llevarse a cabo «tal como se había hecho antes», lo cual quería decir que los niños y los ancianos, los enfermos y los débiles que no pudieran ser trasladados con facilidad al punto de reunión tenían que ser ejecutados allí mismo. Sin embargo, según el jefe de un pelotón, a la mayoría de los niños los trajeron otra vez al punto de reunión. Al igual que en Józefów, durante el desalojo los agentes se encontraron no sólo con judíos alemanes, sino concretamente con judíos de Hamburgo. Los judíos pronto llenaron el patio de la escuela y a los que no cupieron los pusieron en el campo de deportes de al lado. La redada de judíos se terminó en un corto espacio de dos horas, con algunas ejecuciones.[8]
Entonces, a los 1.700 judíos de Lomazy los obligaron a sentarse y esperar. Se seleccionó a un grupo de 60 o 70 jóvenes, les dieron picos y palas, los hicieron subir a unos camiones y los condujeron hacia el bosque. Muchos de los jóvenes judíos saltaron de los camiones en marcha y pudieron escapar. Otro atacó a un cabo alemán, el campeón de boxeo del batallón, quien rápidamente dejó sin sentido a su desesperado asaltante. En el bosque, a los judíos los pusieron a cavar una fosa común.[9]
En Lomazy, la espera de los sentenciados judíos y de su guardia policial se prolongó durante horas. De pronto, entró en la ciudad un contingente de 50 Hiwis de Trawniki con un oficial alemán de las SS al frente. Un policía declaró: «Todavía recuerdo exactamente que, justo después de llegar, esos Trawnikis hicieron un descanso. Vi que, además de comida, también sacaron de sus mochilas botellas de vodka y bebieron de ellas». El oficial de las SS y Gnade empezaron asimismo a beber más de la cuenta. Había otros suboficiales que igualmente olían a alcohol pero que, a diferencia de los dos comandantes, no estaban visiblemente bebidos.[10] Se preparó pan untado con mantequilla para los policías.[11]
Cuando ya faltaba poco para que la fosa estuviera terminada, y después de que los Hiwis y los policías acabaran de comer, empezó la «marcha de la muerte» de un kilómetro hacia el bosque.[12] Algunos policías condujeron hasta allí las carretas de los granjeros y montaron un nuevo cordón.[13] Otros empezaron a llevarse a los judíos en grupos de 200 o 300 a la vez. A los que se desplomaban por el camino sencillamente les pegaban un tiro.[14] El proceso resultó ser demasiado lento y se tomó la decisión de trasladar a los judíos que quedaban en un solo grupo más numeroso. Reunieron trozos de cuerda de los habitantes polacos del pueblo, los ataron uno con otro y los dejaron en el suelo alrededor de los judíos. Entonces se les ordenó que se pusieran de pie, levantaran la cuerda que los rodeaba y caminaran hacia el bosque.
El sargento Toni Bentheim describió lo siguiente:
La marcha avanzaba de forma sumamente lenta. Es de suponer que los de delante iban demasiado deprisa y tiraban de la cuerda, con lo cual en la parte de atrás se amontonaban todos en un grupo gigantesco y apenas ninguno de los judíos podía poner un pie delante de otro. Inevitablemente la gente se caía, y el grupo ni siquiera había salido o acababa de salir del campo de deportes cuando los primeros en caer a menudo se quedaban colgando de la cuerda y eran arrastrados. Dentro del grupo había gente a la que incluso pisotearon. A los judíos que se caían de esta forma y se quedaban tumbados en el suelo detrás de la columna de gente se los llevaban sin piedad hacia delante o los mataban de un tiro. Pero incluso estas primeras muertes no alteraron la situación y el grupo de gente que estaba amontonada al final no podía desenredarse y seguir avanzando. Dado que en ese momento no teníamos ninguna misión asignada, yo solo o con varios de mis compañeros seguimos a los judíos, porque yo ya había llegado a la conclusión de que de esa manera no avanzaríamos nunca. Cuando después de las primeras muertes no pareció cambiar nada, yo grité fuertemente algo así como: «¿Qué sentido tiene esta tontería? ¡Quitemos la cuerda!». Debido a mi grito se detuvo toda la formación, incluyendo los Hiwis que, tal como recuerdo, se volvieron hacia mí bastante perplejos. Les grité de nuevo para decirles (iban todos armados) que el asunto de la cuerda era una tontería. Que quitáramos la cuerda. Después de mi segundo grito los judíos dejaron caer la cuerda y todo el grupo pudo avanzar en una columna normal. Entonces yo volví al patio de la escuela. Estaba nervioso y enfadado e inmediatamente entré en la escuela y me bebí un schnapps.[15]
A medida que las columnas de judíos iban llegando al bosque los separaban por sexos y los mandaban a una de las tres zonas de recogida. Allí se les ordenaba que se quitaran la ropa. A las mujeres las dejaban quedarse en combinación. En algunas áreas los hombres estaban completamente desnudos; en otras les dejaban quedarse en calzoncillos. En cada área había policías designados para recoger la ropa y los objetos de valor. Les advertían que después iban a registrarlos. Los judíos se acercaban con su hato de ropa, que dejaban en un montón para que la registraran. Tras depositar sus objetos de valor en un gran recipiente o de arrojarlos a una sábana desplegada, a los judíos les hacían tumbarse boca abajo y esperar una vez más, a menudo durante horas, mientras su piel al descubierto ardía bajo el tórrido sol de agosto.[16]
Predominan las declaraciones que indican que el teniente Gnade era «un nazi por convicción» y un antisemita. También era impredecible, unas veces era afable y accesible y otras cruel y despiadado. Los peores rasgos de su personalidad se hacían más acusados bajo la influencia del alcohol y, por lo que dicen todos, esa tarde en Lomazy Gnade bebió hasta perder el sentido. En realidad, en Polonia degeneró hasta convertirse en un «borracho».[17] La creciente dependencia del alcohol por parte de Gnade no era algo poco habitual en el batallón. Tal como decía un policía que no bebía: «Si la mayoría de los demás compañeros bebían tanto, únicamente era a causa de las muchas ejecuciones de judíos, porque una vida así no se podía soportar si estabas sobrio».[18]
Si el hecho de que Gnade bebiera era algo corriente, no lo era la vena sádica que empezó a manifestar en Lomazy. El otoño anterior, Gnade había subido a sus hombres en el último tren de Minsk para evitar verse involucrado en la ejecución de los judíos que había traído allí desde Hamburgo. En Józefów no se había destacado de sus compañeros oficiales por un comportamiento particularmente sádico. Todo eso cambió en el bosque a las afueras de Lomazy, donde Gnade buscaba algo con que entretenerse mientras esperaba que los judíos terminaran de cavar la fosa.
Incluso antes de que empezara la ejecución, el teniente primero Gnade había escogido personalmente a unos 20 o 25 judíos de edad. Eran únicamente hombres con grandes barbas. Gnade hizo que los hombres se arrastraran por el suelo delante de la fosa. Antes de que les diera la orden de arrastrarse tenían que quitarse la ropa. Cuando los judíos, completamente desnudos, se arrastraban, el teniente primero Gnade gritó a los que tenía alrededor: «¿Dónde están mis suboficiales? ¿Todavía no tenéis ninguna porra?». Los suboficiales se dirigieron al linde del bosque, cogieron sus porras y golpearon enérgicamente a los judíos con ellas.[19]
Cuando se completaron los preparativos para las ejecuciones, Gnade empezó a ir en busca de judíos a las zonas donde se desnudaban y a llevarlos hacia la fosa.[20]
Los judíos eran forzados a correr en pequeños grupos entre un estrecho cordón de guardias los 30 o 50 metros que había desde la zona donde dejaban la ropa hasta la fosa.[21] En la fosa había altos montones de tierra en tres de los lados; el cuarto lado era una pendiente hacia la que condujeron a los judíos. En su estado de excitación alcohólica, al principio los Hiwis empezaron a disparar a los judíos en la entrada de la fosa. «Como resultado, los primeros muertos bloquearon la pendiente. Por consiguiente, algunos judíos se metieron en la fosa y tiraron de los cadáveres para sacarlos de la entrada. Inmediatamente, llevaron a grandes cantidades de judíos hacia la fosa y los Hiwis tomaron posiciones en los muros que se habían levantado. Desde allí dispararon a sus víctimas».[22] A medida que se producían las ejecuciones, la fosa empezó a llenarse. «Los judíos que iban viniendo tuvieron que subirse, y más adelante incluso trepar, encima de aquellos que ya habían sido ejecutados, porque la fosa estaba llena de cadáveres casi hasta el borde».[23]
Los Hiwis, a menudo con la botella en la mano, lo mismo que Gnade y el oficial de las SS, estaban cada vez más bebidos.[24] «Mientras el teniente primero Gnade disparaba con su pistola desde el muro de tierra, con lo cual estaba en constante peligro de caerse a la fosa, el oficial del SD [sic] se metió en la fosa igual que los Hiwis y disparaba desde allí, porque estaba tan borracho que ya no se aguantaba de pie en el muro.» La fosa empezó a llenarse de agua subterránea mezclada con sangre, que a los Hiwis pronto les llegó hasta las rodillas. El número de tiradores disminuía a un ritmo constante ya que, uno por uno, los Hiwis iban cayendo en coma etílico. Entonces, Gnade y el oficial de las SS empezaron a gritarse reproches el uno al otro tan alto que cualquiera que estuviera a menos de treinta metros de la fosa los pudo oír. El oficial de las SS aulló: «Tu mierda de policía no dispara nunca». Gnade replicó: «Bien, entonces mis hombres también tendrán que disparar».[25]
Los tenientes Drucker y Scheer convocaron a sus suboficiales y dieron la orden de que se formaran pelotones de fusilamiento que efectuaran las ejecuciones de igual manera que los Hiwis. Según el sargento Hergert, los suboficiales rechazaron los métodos de los Hiwis «porque el agua subterránea ya había subido más de medio metro. Es más, los cadáveres yacían, o para ser más precisos flotaban, por toda la fosa. Recuerdo que me horrorizó especialmente que un montón de judíos a los que habían disparado no murieron durante la ejecución y sin embargo se quedaron bajo las víctimas siguientes sin que les hubieran dado el tiro de gracia».[26]
Los suboficiales decidieron que la ejecución debía seguir con dos pelotones colocados en dos lados opuestos de la fosa. A los judíos los obligaban a tumbarse boca abajo en fila a lo largo de toda la fosa y los policías que estaban al otro lado del muro les disparaban. Formaron a los soldados de las tres secciones en pelotones de ocho a diez hombres que eran relevados por otros mediante turnos después de disparar cinco o seis veces. Al cabo de dos horas los Hiwis salieron de su aletargamiento y volvieron a las ejecuciones sustituyendo a los policías alemanes. Los fusilamientos se terminaron alrededor de las siete de la tarde y los «judíos de trabajo», que habían sido dejados a un lado, cubrieron la fosa. Entonces también los mataron.[27] La delgada capa que cubría la fosa siguió moviéndose.[28]
Las secciones primera y segunda volvieron a sus emplazamientos esa misma tarde, pero el Gruppe Bekemeier se quedó en Lomazy. Pocos días después hizo un rastreo del barrio judío. Al registrar los sótanos buscando búnkeres excavados bajo los tablones de madera de las casas, los policías atraparon a otros 20 o 30 judíos. Bekemeier telefoneó a Gnade, que ordenó que los ejecutaran. Acompañado por tres o cuatro policías polacos, Bekemeier y sus hombres llevaron a los judíos hasta la linde del bosquejos obligaron a tenderse en el suelo boca abajo y les dispararon en la nuca, utilizando de nuevo la bayoneta como guía para apuntar. Cada uno de los soldados disparó por lo menos una vez, algunos lo hicieron dos veces. Le ordenaron al alcalde polaco que enterrara los cuerpos.[29]
La masacre de Lomazy, la segunda ejecución de cuatro cifras que llevaron a cabo los hombres del Batallón de Reserva Policial 101, se diferenció de la masacre de Józefów de forma importante. Por parte de las víctimas, parece ser que hubo muchos más intentos de huida en Lomazy,[30] probablemente porque no reservaron a los «judíos de trabajo» jóvenes y sanos y las víctimas fueron más conscientes de su destino inminente desde el principio. A pesar de los grandes esfuerzos que hicieron los judíos para esconderse o escapar, en términos de eficacia el proceso de exterminio supuso un avance considerable comparado con los métodos improvisados y de aficionados que se emplearon en Józefów. Aproximadamente un terció más de hombres asesinaron a más judíos (1.700) en la mitad de tiempo. Además, se recogieron los objetos de valor y la ropa y se deshicieron de los cadáveres con una fosa común.
Desde el punto de vista psicológico, la carga de los asesinos se redujo mucho. Los Hiwis, que no tan sólo se llenaron de alcohol después del acontecimiento para que les ayudara a olvidar, sino que ya estaban ebrios desde el principio, fueron los que realizaron la mayoría de los fusilamientos. Según el sargento Bentheim, sus hombres estaban «encantados» de no tener que disparar en esa ocasión.[31] Aquéllos que se ahorraron una participación directa parecen haber tenido poca o ninguna consciencia de haber participado en la matanza. Después de Józefów, la recogida y vigilancia de judíos para que los mataran otros parecía algo relativamente inofensivo.
Incluso los policías que bien entrada la tarde tuvieron que reemplazar a los Hiwis y disparar durante varias horas no recuerdan la experiencia con nada que se parezca al horror que predominaba en sus explicaciones sobre lo ocurrido en Józefów. Esta vez, los soldados no tuvieron que emparejarse con sus víctimas cara a cara. El vínculo personal entre víctima y asesino se cortó. En profundo contraste con lo sucedido en Józefów, sólo un policía recordaba la identidad de un judío concreto que había matado.[32] Además de la despersonalización del proceso de ejecución, mediante los rápidos cambios de turno los policías evitaron la sensación de matanza interminable y sin tregua que había sido tan notable en Józefów. Su participación directa en la ejecución no sólo fue menos personal, sino también más limitada. La habituación también tuvo algo que ver. Al haber matado ya en una ocasión, la segunda vez los soldados no experimentaron una impresión tan traumática. Como muchas otras cosas, matar era algo a lo que uno podía acostumbrarse.
Otro factor distinguió claramente Lomazy de Józefów y bien pudo constituir otra clase más de «alivio» psicológico para los agentes: concretamente, esta vez no tuvieron que soportar la «carga de la elección» que Trapp les había ofrecido de manera tan absoluta en el caso de la primera masacre. A los que no se sentían con ánimos para disparar no se les dio ninguna oportunidad de excluirse; no hubo nadie que relevara de forma sistemática a aquellos que estaban visiblemente demasiado afectados para poder continuar. Todos los asignados a los pelotones de ejecución cumplieron su turno como se había ordenado.[33] Por lo tanto, los que dispararon no tuvieron que vivir con la clara conciencia de que lo que habían hecho se hubiera podido evitar.
Esto no quiere decir que los hombres no tuvieran elección, solamente que no se les ofreció de una manera tan abierta y explícita como en Józefów. Tenían que esforzarse para eludir la orden de ejecución. Incluso el sargento Hergert, que fue el más categórico en cuanto a que no se pidieran voluntarios para los fusilamientos y que prácticamente todos los hombres de la compañía tuvieran su turno, admitió que algunos agentes podían haberse «esfumado» en el bosque.[34] Parece ser que la cantidad de guardias que huyeron fue bastante pequeña; sin embargo, a diferencia de Józefów, sólo dos hombres declararon haber evitado disparar deliberadamente de una u otra forma. Georg Kageler afirmó haber formado parte de un grupo que había escoltado dos veces a judíos desde Lomazy hacia el bosque y después «más o menos se “escabulló” para evitar que le volvieran a dar otra misión».[35] A Paul Metzger* lo destinaron a un cordón exterior en el linde del bosque que bloqueara el paso de aquellos judíos que salieran corriendo de las zonas donde se desvestían para salvar su vida. En Józefów, Metzger se había «esfumado» entre los camiones después de disparar dos veces. Entonces, en Lomazy, cuando de pronto un judío que escapaba corrió hacia él, Metzger lo dejó pasar. Según recordaba, «el teniente primero Gnade, que entonces ya estaba […] borracho, quería saber qué centinela era el que había dejado escapar al judío. No me descubrí y ninguno de mis compañeros me denunció. Debido a su estado de embriaguez, el teniente primero Gnade fue incapaz de investigar el asunto y así no tuve que rendir cuentas por él».[36]
Las acciones de Kageler y Metzger comportaban al menos un poco de riesgo, pero ninguno sufrió consecuencias por su inhibición. Sin embargo, la mayor parte de los policías parece que no hizo ningún esfuerzo para evitar tener que disparar. En Lomazy, el hecho de cumplir las órdenes reforzó la tendencia natural a ajustarse al comportamiento de los compañeros. Fue mucho más fácil de soportar que la situación vivida en Józefów, donde a los agentes se les permitió tomar decisiones personales sobre su participación, pero con el «precio» de que no disparar suponía separarlos de sus compañeros y mostrarse como «débiles».
Trapp no solamente había dado elección, sino que había marcado la pauta. «Nuestra tarea era matar judíos, pero no golpearlos ni torturarlos», declaró.[37] Su propia angustia personal había sido evidente para todos en Józefów. No obstante, a partir de entonces, la mayoría de «acciones judías» se llevaron a cabo con los efectivos de una compañía y una sección, no con todo el batallón. Los comandantes de compañía (como Gnade en Lomazy), y no Trapp, eran los que estaban en posición de ofrecer el modelo de comportamiento que se promovía y se esperaba de los hombres. El sadismo espantoso y gratuito de Gnade en el borde de la fosa era sólo un ejemplo de la manera que él eligió de ejercer su autoridad en ese aspecto, pero tales ejemplos pronto se multiplicaron. Cuando Gnade y el comandante de las SS de los Trawnikis, ambos aún bebidos, se encontraron con Toni Bentheim en el patio del colegio de Lomazy después de la masacre, Gnade preguntó: «Bueno, ¿y tú a cuántos mataste?». Cuando el sargento contestó que ninguno, Gnade respondió con desprecio: «Era de esperar, al fin y al cabo eres católico».[38] Con un mando como aquél y la ayuda de los Trawnikis en Lomazy, los policías de la segunda compañía dieron un paso importante para convertirse en asesinos curtidos.