Capítulo 12
LA mañana siguiente, Gage se despertó solo en una cama vacía.
La luz del sol entraba a borbotones por las ventanas y el viejo radiador crujía al ponerse en marcha.
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Giró sobre sí mismo y palpó el otro lado de la cama. Las sábanas aún conservaban el calor del cuerpo de ella.
De pronto oyó cómo tiraban de la cadena en el baño y entonces sintió un gran alivio.
Ella aún seguía allí.
Lleno de energía y de ilusión, Gage decidió hacerse el dormido y darle una sorpresa cuando volviera a meterse en la cama.
La oyó salir del baño y caminar por la habitación, y entonces oyó ruidos cerca de la chimenea, lo cual le recordó que el día anterior había visto una bolsa allí.
Abrió un ojo con disimulo y miró.
Ella se iba.
Ya se había puesto unos vaqueros y una sudadera gris, y tenías las botas en una mano y el bolso en la otra.
«Oh, no…», pensó Gage, mirando hacia el escritorio.
Los documentos ya no estaban, pero las llaves todavía seguían allí.
De repente Gage se levantó un instante, la agarró en brazos y la empujó hacia atrás, tumbándola en la cama.
—¡Oh! —exclamó ella.
Él la sujetaba con fuerza, inmovilizándola con una pierna y agarrándola de las muñecas. —¿Vas a alguna parte?
Racy se retorció y forcejeó, pero era como intentar mover una pared de ladrillo.
—Te he hecho una pregunta.
Ella se dio por vencida y lo fulminó con la mirada.
—Déjame.
—No —dijo él, con los ojos velados por la pasión.
—Pesas una tonelada. No puedo respirar —dijo ella, exagerando.
Él se inclinó un poco a la izquierda, pero acercó sus labios a los de ella.
—¿Mejor?
—Ya sabes que no.
—Así es. Bueno, ya puedes hablar.
Ella volvió la vista hacia la pared.
—¿Hablar de qué? Ah… —el roce de sus labios sobre el cuello la hizo reprimir un gemido—. ¿Qué estás haciendo?
—Intento ser persuasivo —susurró él antes de volver a besarla en la oreja y después en el cuello—.
Mm, hueles tan bien.
—Gage, por favor…
Él debió de darse cuenta de la desesperación que teñía su voz, porque enseguida se apartó y le soltó las muñecas.
Ella trató de incorporarse, pero el peso de su cuerpo la mantuvo en el sitio.
—¿Qué ocurre, Racy? Háblame —le dijo él, sujetándola de la barbilla y obligándola a mirarlo a los ojos.
Racy contó hasta cinco. No tenía ni idea de cómo lidiar con el nuevo Gage Steele, sexy, dulce y apasionado.
No tenía defensas contra él.
—Na… Nada. Es que necesito… ah, tengo que irme a casa a limpiar.
Él se apoyó en un codo.
—¿Te vas porque tienes que limpiar?
—Sí, ayer dejé la casa patas arriba.
Él arqueó una ceja.
—¿Perdona?
—Vinieron los de control de plagas y fumigaron toda la casa. Lo sé… No suele haber bichos en enero, pero en mi casa sí. Y de todos modos, pensé que estaría fuera todo el día con lo de la boda y que después encontraría algún sitio donde…
—¿Entonces anoche te habría valido cualquier cama?
—¡Tú fuiste quien me siguió hasta aquí!
—Sólo te pido un poco de sinceridad.
Ella respiró hondo y entonces sus pechos se rozaron contra el pectoral de Gage.
Parecía que él iba a besarla de nuevo, pero esa vez en la boca.
—Mira, haberme pasado toda la semana pasada molesta por un malentendido me ha dejado sin fuerzas —dijo ella, dejando salir las palabras—. Pero estaba confusa y furiosa y sólo quería aprobar mis exámenes y no fallarle a Maggie.
—Eso ya me lo dijiste anoche. Antes de que hiciéramos el amor.
Ella suspiró.
—Gage, lo de anoche… fue…
—¿Increíble? ¿Espectacular? ¿Maravilloso?
—Inevitable.
Él guardó silencio.
—Tú y yo hemos tenido esto… que hay entre nosotros desde hace mucho tiempo —dijo ella, aprovechándose de su silencio—. Lo que pasó en Las Vegas sólo fue una conjunción de, de… No lo sé… De fuerzas cósmicas o la alineación de los planetas, o fruto de una mera casualidad que nos hizo coincidir en el espacio y en el tiempo.
—¿Y eso qué tiene que ver con lo que pasó anoche? ¿Era algo que tenías pendiente?
Racy hizo una pausa, sin saber qué contestar.
Habían compartido una noche de pasión inolvidable, pero no tenían nada más en común. Él no era como los otros hombres con los que ella había estado en el pasado. Él encarnaba todo lo bueno y verdadero; era fuerte, fiel y vivía para su familia y para el pueblo. Cuidaba de todos, incluso de ella, y a pesar del torbellino de locura que ella provocaba en su vida, siempre estaba ahí cuando lo necesitaba.
Ella, en cambio, jamás podría estar a la altura, por mucho que lo intentara.
—Racy, te va a parecer una pregunta absurda…
Su voz la hizo volver a la realidad. Un nudo en la garganta le impedía tragar y todos los músculos de su cuerpo parecían haberse paralizado.
—¿Esa sudadera no era mía?
Ella parpadeó y entonces le vio examinar con atención la vieja sudadera desgastada que se había puesto a toda prisa.
—¿Eh?
—Te pregunto si… —miró la etiqueta del cuello.
Racy sabía que estaba buscando la etiqueta blanca bordada a mano con sus iniciales. Después de tantos años, la etiqueta se había vuelto amarilla, y la «G» y la «S» casi habían desaparecido, pero aún se podía distinguir su silueta.
—¡Dios! ¡Sí que es! ¿Dónde la encontr…? —de repente se dio cuenta—. Justo antes de la graduación… aquella tarde en mi furgoneta, cuando estuvimos en el lago. ¿Las has guardado? ¿Todo este tiempo?
Ella se encogió de hombros y trató de sonar indiferente.
—Sí, bueno, lleva años en el fondo de mi armario.
Él tocó el tejido desgastado de los puños y después el dobladillo remendado. Deslizó los dedos sobre su vientre y siguió la línea de la cremallera hasta llegar al tirador metálico, que descansaba entre sus pechos.
—Me estás mintiendo. Te la has puesto antes. Te la has puesto muchas veces. De hecho… —bajó la cabeza hasta rozarse con su nariz y acariciarle la cara con su aliento cálido—. La llevabas puesta el día en que te dije que seguíamos casa…
El timbre de su teléfono móvil le hizo detenerse.
—Maldita sea —susurró, cerrando los ojos.
Racy esperó a que se levantara para contestar al teléfono y entonces se escabulló de la cama.
—Aquí Steele.
Ella agarró sus botas y se las puso, consciente en todo momento de su mirada vigilante.
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Han llamado a los bomberos? —él se pasó una mano por el cabello y todos los músculos de tu torneado abdomen se contrajeron—. ¿Es grave?
Su tono de voz captó la atención de Racy un instante.
Su bolso había aterrizado bajo el escritorio, pero, ¿dónde habían ido a parar las llaves?
De repente localizó el llavero con el logo azul y blanco del Blue Creek entre las sábanas revueltas.
—¿Cuál es la localización? ¿Es una zona comercial o…? ¡Ah, maldita sea!
Él la agarró de la mano justo en el momento que iba a recoger las llaves.
—¡Hey!
—Voy para allá —dijo por el teléfono y terminó la llamada—. Racy, espera.
—No puedo —dijo ella, retorciéndose la muñeca para zafarse de él.
Él la dejó soltarse.
—Tengo que irme ya y parece que tú tienes algo urgente…
Él fue hacia el borde de la cama.
—¿Dónde está Jack?
—¿Qué? —ella retrocedió un paso—. ¿Por qué me preguntas…?
Él agarró su ropa interior del suelo y se la puso rápidamente.
—Racy, contéstame. ¿Dónde está Jack?
—Está en el rancho de Maggie. Ya te dije que iban a fumigar mi casa. ¿De verdad crees que dejaría…? Oh, Dios mío. Dijiste los bomberos… ¿Es… es mi casa?
Él fue hacia ella; sus ojos estaban llenos de pena y compasión.
—No va a pasar nada.
—Oh, Dios mío. Es mi casa —dijo Racy, horrorizada—. ¡No! ¡Ahora no! Mi casa está ardiendo.
—Déjame vestirme —dijo Gage, agarrando los pantalones—. Maldita sea, tenemos que pasarnos por la oficina. Tengo algo de ropa allí.
—No —ella retrocedió y entonces tropezó con su bolsa de ropa—. Tengo que irme. Tengo que irme ahora mismo. —Racy…
Agarró la bolsa con fuerza y echó a andar.
—Tengo que irme a casa —echó a correr y unos segundos más tarde su Mustang salió a toda velocidad del parking del hotel.
Diez minutos más tarde tomó el desvío que llevaba a su casa y no tardó en oler el desastre.
«Oh, Dios mío… Es real…», se dijo, presa del pánico.
Con las manos clavadas en el volante, giró en la última esquina y se encontró con un infierno de llamas que eran visibles más allá de los altos árboles. Había media docena de camionetas aparcadas a lo largo de la larga senda de grava, así que se vio obligada a detenerse a un lado del camino.
El coche quedó encajado en un banco de nieve y ella salió corriendo, sin siquiera molestarse en cerrar la puerta.
Alguien la llamaba, pero ella siguió adelante y finalmente se detuvo frente a la casa, que había sido engullida por las llamas en su totalidad. Rojas llamaradas de fuego salían por las ventanas y también a través del techo.
Todo estaba destruido. No quedaba ni rastro.
—¡Racy! ¿Qué estás haciendo? ¡Vuelve!
Un par de manos la agarraron con fuerza y la empujaron hacia atrás.
Ella trató de soltarse, pero no pudo.
—No te resistas, Racy. Tienes que alejarte de aquí.
Racy se dio la vuelta y se encontró con Leeann, que la tiraba del brazo.
—Lee, ¿qué estás…? ¿Qué ha pasado? ¿Qué está ocurriendo?
—Vamos, cariño, deja que los bomberos hagan su trabajo —le dijo su amiga, rodeándola con el brazo y llevándola hacia una zona segura situada detrás del coche de bomberos principal.
Sumida en un estado de shock, Racy vio trabajar a los bomberos voluntarios de Destiny, entre los que se encontraba Devlin Murphy, que repartía órdenes a diestro y siniestro. Muchos de los bomberos eran asiduos del Blue Creek y ella siempre bromeaba con ellos, diciéndoles que contaba con tener el mejor servicio si alguna vez los necesitaba.
—No queda nada —susurró—. No queda nada. Intenté… Intenté hacer las cosas bien… Pero lo he vuelto a estropear todo. De nuevo. ¿Es que nunca voy a aprender?
Leeann agarró una manta y se la puso sobre los hombros.
—Debes de tener mucho frío. Tienes que mantener la calma, Racy. A lo mejor pueden salvar algo.
—¿Salvar qué? —gritó ella—. ¡Mira! Todo lo que tenía… mi vida… todo está en esa casa.
—Jack está bien, ¿no? En la recepción del hotel me dijiste que estaba en casa de Maggie.
—S… Sí. Está allí, gracias a Dios. Pero no lo entiendes.
—Sí que lo entiendo —dijo Leeann, volviendo a ponerle la manta—. Mucho mejor que cualquier otro.
Racy recordó que su amiga había pasado por una situación muy parecida.
—Oh, Lee, lo siento. No me acordaba de que la casa de tus padres había sido pasto de las llamas.
—De eso hace ya muchos años y nadie vivía allí en ese momento, así que no es lo mismo, pero sí que sé lo que estás pasando —Leeann le dio un efusivo abrazo—. Bueno, ¿hay alguna posibilidad de que hubiera alguien en la casa?
Racy sacudió la cabeza.
—¿Billy Joe o Justin?
A Racy le dio un vuelco el estómago al pensar en lo que podía haber pasado.
Pero por suerte sus hermanos no tenían por qué estar allí.
«El fumigador…», recordó de pronto y se lo dijo a Leeann.
La ayudante del sheriff hizo detenerse a uno de los bomberos que pasaban por allí y le dio la información.
—No creerás que…
Leeann sacudió la cabeza.
—No, tú misma me dijiste que la visita estaba programada para ayer por la mañana. Pero sólo quería que Murphy lo supiera por lo de los agentes químicos.
—¿Crees que ésa es la causa?
—No lo sé, cariño.
—¿Cómo… Cómo te enteraste?
—Estaba en la oficina a punto de subir al coche, cuando llegó Gage. Me contó lo del incendio de camino a su despacho. Iba a cambiarse, creo —Leeann se mordió el labio inferior—. Todavía llevaba el traje de anoche.
Racy se puso roja.
—¿Y qué más te dijo?
—¿Qué?
—¿Te dijo que discutimos, que lo estropeé todo? ¿Te dijo que le seduje para hacerle subir a mi habitación? —Racy sabía que no estaba siendo razonable, pero con todo lo que estaba pasando, la mente ya no le funcionaba bien—. ¿Te dijo que estaba totalmente borracha cuando…?
—Oye, sólo te tomaste unas copas de champán.
—No me refiero a esa clase de borrachera. No — dijo, andando de un lado a otro sobre la nieve sucia—. Me refiero a la borrachera de vivir el momento, de creer en los finales felices.
Apretó los puños y trató de contener las emociones.
—Me refiero a creer que es posible que ocurran cosas buenas, creer que una persona puede salir del hoyo en el que la vida le ha metido… —Racy, estás diciendo cosas sin sentido.
—No, no es verdad.
Al oír la voz de Gage, Racy se sobresaltó y, cerrando los ojos, respiró profundamente por la nariz.
Cuando volvió a abrirlos, él estaba allí, vestido con sus vaqueros de siempre, una chaqueta de cuero y su sombrero blanco.
—Leeann, ¿puedes dejarnos un momento, por favor? —preguntó él.
La ayudante miró a su amiga.
—¿Seguro, Racy?
Ella asintió con la cabeza con un movimiento brusco.
—Voy a ver si Murphy tiene alguna novedad — volvió a mirar a Gage.
Él asintió con un gesto y entonces Leeann se marchó.
—Vamos a alejarnos un poco del fuego, ¿de acuerdo?
Racy se apartó de él y echó a andar hacia el coche, resistiéndose a dejarse llevar por su tono persuasivo. —¿Qué? —le dijo por fin, al llegar junto al vehículo.
—Ya sé que parece muy grave…
—¿Muy grave? —ella señaló lo que quedaba de la casa, todavía en llamas—. ¡No queda nada! Ésa era mi única esperanza. Era mi aval para comprar el Blue Creek. ¡Tú mismo viste los papeles! Quiero comprar el bar, quiero que sea mío, pero ahora es imposible.
—¿Y por qué?
—¡Respeto! Quiero respeto. Quiero que la gente de este pueblo me mire a los ojos cuando voy por la calle. Quiero que la gente como Donna Pearson sepa que no puede meterse en mi vida y decirme cómo tengo que llevar mi negocio.
Le empujó en el pecho con el dedo índice.
—Quiero demostrarles que no importa quién fue mi padre, o cuántas veces me casé, o dónde vivo —las palabras se le atragantaron—. Dónde vivía.
Él se acercó un poco, pero ella retrocedió.
—Racy, por favor. Yo puedo solucionarlo. Podemos solucionar… Ella sacudió la cabeza.
—No, no podemos.
—Dime qué puedo hacer por ti. Haré lo que sea.
—¿Lo que sea?
Él se puso la mano sobre el corazón.
—Tienes mi palabra.
En cuestión de segundos ella buscó algo en la bolsa que estaba en el asiento del acompañante y le tiró un montón de papeles al pecho.
—Firma esto —le dijo en un tono frío e implacable—. Fírmalo y déjalo en el bar. Yo se lo llevaré al abogado.