Capítulo 9
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ODOS callaron de repente.
—Racy, si quieres, yo puedo llevar a tus amigas a casa —dijo Dev unos segundos más tarde, tra-
tando de apaciguar los ánimos.
—Oh, muchas gracias, Dev —dijo ella—. Siento mucho haberos aguado la fiesta —dijo y se marchó rápidamente.
Un rato más tarde estaba en su despacho, leyendo un tranquilizador e-mail de Max. En él le decía que respaldaba el informe que ella le había mandado esa misma tarde.
Agotada, apoyó la cabeza sobre una mano y entonces reparó en las dos cartas que el comité le había enviado.
Las abrió y, al volver a leerlas, se dio cuenta de algo en lo que no había reparado hasta ese momento.
Él no las había firmado. Su nombre figuraba, pero la única firma que aparecía era la de Donna.
«Maldita sea, maldita sea…».
Resistiendo las ganas de llamarlo, recogió los papeles y se fue a descansar. Eran más de las dos de la madrugada y al día siguiente tenía que enfrentarse a la jauría del comité…
Unas horas más tarde estaba en el Ayuntamiento de Destiny, enfundada en un sobrio traje negro de falda y chaqueta y luciendo sus mejores tacones de aguja.
Gage había entrado en la habitación poco antes de empezar la reunión, con gesto serio y mirada fulminante.
—¿Quiere añadir algo, Max? —preguntó el señor Roberts, uno de los ciudadanos ilustres del pueblo y buen amigo del marido de Donna Pearson.
—No —dijo Max a través del altavoz mediante el cual asistía a la reunión por vía telefónica—. Dejaré que sea mi gerente quien hable en favor del Blue Creek. —¿Señorita Dillon?
Racy miró el reloj. Llevaban casi tres horas discutiendo la cuestión y ya casi era hora de comer.
Se puso en pie, respiró hondo y esperó a tener la atención de todos los asistentes, incluyendo la de Donna y la de Gage.
—No hay mucho más que añadir. Como bien han visto en el informe financiero, el Blue Creek es un negocio viable que proporciona muchos puestos de trabajo y que beneficia a la economía de este pueblo, gracias a los muchos clientes de otras regiones que vienen a visitarnos. Y gran parte de su éxito se debe al entretenimiento que damos a nuestra clientela, que no sólo incluye actuaciones de las Blue Creek Belles, sino también conciertos de música country. Ser una de las Belles es totalmente voluntario, y no una condición para obtener el empleo. Además, el equipo de guardaespaldas está ahí para garantizar la seguridad de clientes y camareras. Y son precisamente esas camareras, empleados y ciudadanos de este pueblo, muchos de los cuales han trabajado en el local para pagarse los estudios, los que hacen del Blue Creek un éxito rotundo. Yo misma fui camarera en el Blue Creek durante varios años, y la señora Anderson, aquí presente, también trabajó allí hace más de veinte años. Como bien saben, la señora Anderson, aparte de ser miembro de este comité, ejerce como abogada.
La señora aludida, que todavía conservaba algo de la belleza que alguna vez había sido, sonrió con efusividad.
—En estos momentos tenemos varias estudiantes entre nuestros empleados, pero también tenemos a madres y padres que quieren llegar a fin de mes y pagar facturas. Sherri Harris es una de las Belles. Con tres niños en casa necesita un sueldo extra para ayudar a su marido.
Mientras hablaba, Racy se dio cuenta de que estaba luchando por algo más grande que las bailarinas. Si dejaba que Donna Pearson ganara la batalla, entonces la guerra estaría perdida y el comité terminaría cerrando el Blue Creek al cabo del tiempo.
—Pero lo más importante que el Blue Creek ofrece a esta comunidad es su vínculo con la historia de este pueblo. En el lugar donde se encuentra el edificio actual se erigía el Blue Creek Saloon, que fue inaugurado en 1878 . La pared de ladrillo que está detrás de la barra principal es lo único que queda del antiguo bar. Antes de que Wyoming se convirtiera en un Estado, y mucho antes de que Destiny llegara a ser algo más que una parada en el camino, existía un lugar llamado el Blue Creek. Estaba aquí desde mucho antes que la primera escuela, la primera iglesia, el banco, o la oficina del sheriff.
Miró a Gage y al verle esbozar una media sonrisa se volvió hacia los miembros del comité rápidamente.
—El Blue Creek Saloon se merece ser conservado en su estado actual y dirigido por aquellas personas que lo han convertido en un local de éxito. Muchas gracias.
Se sentó y contuvo la respiración un momento antes de respirar hondo.
—Bueno, ya casi es la hora de comer —dijo el ciudadano ilustre Roberts, mirando el reloj—. Y estamos en una sesión extraordinaria, así que sugiero una votación inmediata. Por favor, recuerden que el propósito de la reunión es aprobar una ordenanza relativa al tipo de baile que llevan a cabo las empleadas del Blue Creek, nada más. Un «a favor» significará que aprueban la ordenanza, y un «en contra» significará que no aprueban la ordenanza, en cuyo caso el baile seguiría siendo parte del entretenimiento ofrecido en el Blue Creek.
Donna abrió la boca para protestar, pero el señor Roberts la hizo guardar silencio.
Racy seguía sentada en su silla, intentando dar una apariencia de calma.
Roberts votó en contra de permitir el baile, y el hombre que estaba a su lado también.
«Ya sabías que eso era lo que iba a pasar», se dijo Racy, intentando conservar la ecuanimidad. Ambos hombres eran buenos amigos del marido de Donna Pearson.
Quedaban cinco votos más, y ella necesitaba cuatro.
Nancy Anderson fue la siguiente en votar. La antigua camarera del Blue Creek le guiñó un ojo a Racy y votó a favor de las Belles; igual que el dueño de The Destiny Inn. El anciano contó que después de volver de Vietnam se había tomado su primera cerveza en el Blue Creek.
Dos en contra y dos a favor…
El próximo voto se fue en contra de las Belles y la abyecta sonrisa de Donna Pearson se hizo más abierta.
Pero Racy levantó la barbilla y le devolvió la mirada mientras escuchaba la siguiente votación.
La única mujer que quedaba por votar lo hizo a favor de las bailarinas apoyándose en la Carta de Derechos.
Tres a favor y tres en contra…
El voto decisivo estaba en poder de Travis Clay, un hombre de negocios de la zona cuya familia se remontaba a los primeros pobladores de Destiny. El señor Clay regentaba varios negocios del pueblo, entre los que se encontraba una tienda de ropa vaquera justo al lado del Blue Creek.
Racy no hubiera podido decir que era uno de los asiduos del local, pero sí lo frecuentaba de vez en cuando, acompañado de otras personas que debían de ser socios o conocidos del trabajo.
Con la vista fija en Racy, el señor Travis se inclinó hacia adelante y, entrelazando los dedos, emitió su voto. —En contra.
De repente se oyó un pequeño revuelo proveniente del pasillo.
El ciudadano ilustre Roberts anunció que ése había sido el último voto y cerró la sesión con un golpe de la maza.
Había ganado.
Sin perder la compostura, Racy se puso en pie y empezó a recoger sus papeles.
Al mirar a Donna Pearson con disimulo, se dio cuenta de que su actitud altiva y prepotente no había cambiado en absoluto.
Sin duda aquella mujer iba a darle algún otro quebradero de cabeza en el futuro.
—Enhorabuena, señorita Dillon.
Racy se dio la vuelta y se encontró con Sandy Steele.
—Gr… Gracias, señora Steele —le dijo, intentando no buscar a su hijo con la mirada.
—Quiero que sepas que muchos de los miembros del comité se llevaron una gran sorpresa al enterarse de lo que había hecho Donna Pearson. No supimos lo de las cartas hasta ayer mismo —le dijo la madre de Gage mientras se abotonaba el abrigo—. Donna ha hecho muchas buenas obras en este pueblo y quizá los éxitos, unidos a la disposición a seguir sus pasos por parte del comité…
Sandy Steele se detuvo y sonrió. Sus azules ojos brillaban tanto como los de su hijo.
—Bueno, no quiero entretenerte. Sólo quería que supieras que muchos de nosotros nos alegramos de que el voto haya resultado a tu favor.
En ese momento Gage avanzó hacia ellas, pero, al pasar por su lado, siguió de largo sin siquiera dignarse a mirarlas.
Racy agarró el bolso y el abrigo.
—Gracias, señora Steele. Me reconforta saber que no todo el mundo es de la opinión de Donna.
Como si pudiera leerle la mente, Sandy la agarró del brazo.
—Gage lo está pasando muy mal con lo de su hermana. No consigue hacerse a la idea de que ya no es una niña. Es muy protector cuando se trata de aquéllos a los que ama y se siente responsable de ellos. De hecho, ese sentido de la responsabilidad a veces incluye a todos los ciudadanos de Destiny.
—Gracias, señora Steele —dijo Racy, agradeciéndole sus palabras—. Hasta luego.
De camino a la puerta llamó a Max para darle la buena noticia y al salir de la sala se encontró con algo inesperado.
Una multitud la recibía con aplausos y ovaciones.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Eran los clientes fieles de toda la vida, además del personal del Blue Creek.
Todos querían darle la enhorabuena, acompañada de un buen abrazo.
Gina fue la última en acercarse. La hermana pequeña de Gage le dio un reconfortante abrazo y entonces le entregó una rosa amarilla con una pequeña tarjeta atada al tallo.
—Así se hace, jefa. Esto es para ti.
—Queríamos estar presentes para darte todo nuestro apoyo. Y la rosa no es mía. Justin estaba aquí conmigo, pero tuvo que volver al bar para preparar la comida. Hoy vamos a tener una multitud.
Racy pensó en su hermano.
Justin llevaba unos días bastante raro y apenas habían hablado durante la última semana.
Miró la tarjeta.
Dales una paliza, pequeña… Con cariño, Justin… Sonriendo, respiró la dulce fragancia de la flor.
—Gracias, muchas gracias a todos. Os agradezco muchísimo que hayáis venido —mientras hablaba, vio a Gage.
Estaba de pie junto a la puerta trasera del edificio, mirándola, con el sombrero en la mano.
—Espero veros a todos en el Blue Creek muy pronto.
La multitud empezó a dispersarse y Racy aprovechó la oportunidad.
Fue hacia él.
—Te debo una disculpa —le dijo en voz baja.
Él la miraba con ojos escépticos y serios.
Pero ella estaba decidida a acabar con todo aquello.
—Tenías razón —añadió—. Tu firma no estaba en el documento, así que, adelante. Puedes hacerlo. Córtame en pedacitos, si quieres, pero tengo que decirte que estoy tan contenta que no hay nada que puedas decirme para arruinarme el día.
—Acepto.
—¿Eh?
—Tus disculpas —se puso el sombrero—. Las acepto.
—Oh.
—¿No vas a decirme nada más?
Racy apretó la mandíbula.
—¿Como qué?
—¿Qué tal «gracias»? —dijo Gage, mirándola de arriba abajo antes de volver a mirarla a los ojos—. Estás impresionante.
Racy sintió una repentina ola de calor en la cara.
—Gracias —le dijo.
Él señaló los documentos que ella llevaba en la mano.
—El informe fue extraordinario.
—Gage, déjalo ya.
Él esbozó una media sonrisa.
—Ah, ésas no son las palabras adecuadas.
Ella guardó silencio y él levantó una ceja.
—Gracias —dijo ella, rindiéndose.
Él titubeó un momento y entonces dio un paso adelante, acercándose a ella.
—¿Trabajas esta noche?
Racy asintió con la cabeza. Su corazón latía con fuerza.
—Ahora voy para allá.
—¿Y mañana?
—Voy a pasar el día en Cheyenne con las chicas. Tenemos la última prueba de los trajes y algunas cosas que comprar para la boda.
—¿Mañana por la noche?
Ella sacudió la cabeza.
—Debería estar en casa a la hora de la cena. Tengo que estudiar un poco para los exámenes. Los tengo la semana que viene.
—¿Y no crees que tus hermanos te van a estorbar?
—Ah, no. Billie Joe y Justin ya no se quedan en mi casa.
—¿Ah, no?
—Billy Joe se ha mudado a un apartamento que está cerca de la gasolinera Mason. Sabes que trabaja ahí, ¿no?
Gage asintió con la cabeza y sus pupilas se dilataron hasta oscurecerle la mirada.
—Justin se queda en el Blue Creek. Está haciendo un apartamento en un antiguo almacén del segundo piso.
De repente su mirada se llenó de sospecha.
—¿Y Max está de acuerdo?
Racy se puso a la defensiva.
—No, pero supuse que a Max no le importaría tener a un ex convicto a menos de veinte metros de la caja fuerte —dijo, con sarcasmo.
—Olvida lo que he dicho —dijo Gage, estirando la mano y rozando sus dedos levemente—. ¿Y si compro algo de comer y me paso por tu casa? Podemos… — la radio que llevaba sujeta a la cadera emitió un chirrido y no tuvo más remedio que contestar de inmediato—. Aquí Steele.
—Sheriff, tiene que pasarse por la casa de MacIntire.
—¿Qué sucede?
—Han reavivado el fuego de la hoguera de la fiesta
de fin de curso de ayer —dijo Alison a través del intercomunicador—. Jesse MacIntire sorprendió a su hijo y a otros chicos junto al estanque. Y odio tener que decirlo, jefe, pero uno de ellos es…
—Garrett —dijo Gage—. ¿Está controlado el fuego?
—Jesse dice que sí, pero los chicos estaban destrozando una vieja cabaña para echar la madera a la hoguera.
—Voy para allá.
Racy se mordió el labio inferior para reprimir la sonrisa que amenazaba con aflorar.
—Bueno, a lo mejor tu hermano necesita algo con que entretenerse en su tiempo libre.
—Ya ha terminado la temporada de fútbol y no tiene mucho que hacer —dijo Gage.
—Podría utilizar toda esa energía en algo más productivo, como colaborar en el programa de actividades extracurriculares de la escuela infantil —dijo Racy, con sarcasmo—. Seguro que esos chicos admiran muchísimo a los jugadores del fútbol. ¡A lo mejor se lo pasa bien con ellos y todo!
—Bueno, no sé si será una buena idea —dijo Gage, resignado—. O quizá sí. Podría reclutar a toda la pandilla de gamberros… Tengo que irme, pero te llamo luego, ¿de acuerdo?
Racy se dio cuenta de que estaba esperando una respuesta, así que no tuvo más remedio que contestar.
—Claro.
Él esbozó una de sus auténticas sonrisas y ella supo que hablaba en serio. Iba a llamarla.
Le vio desaparecer por la puerta de atrás y entonces se dirigió hacia el bebedero que estaba al final del pasillo.
Estaba sedienta.
—Sí, esa preciosa señorita nos dio un buen discurso.
Racy se quedó helada al oír la voz de Travis Clay.
—Estoy de acuerdo contigo.
La otra voz masculina era la de Daniel Gates, el dueño de The Destiny Inn.
—Habría votado a favor de la señorita Dillon aunque el sheriff no hubiera hablado conmigo —dijo Travis de repente.
Racy siguió escuchando con atención. El chorro de agua cesó.
—Así que Gage también habló contigo —dijo Daniel—. A mí también me llamó, justo cuando estaba abriendo la absurda carta del comité ayer por la tarde. ¿Y a mí qué me importa si esas señoritas deciden menear el trasero delante de una multitud?
Travis resopló.
—A mí me encanta ver a las Belles de vez en cuando, pero el sheriff puede llegar a ser muy persuasivo.
—¿Qué te prometió el bueno del sheriff? —preguntó Daniel.
—Oh, me temo que es un secreto. ¿Y qué me dices de ti?
Las voces se perdieron por la puerta de salida.
Racy se quedó inmóvil un instante, conmocionada.
No podía creérselo.
¿Gage había intentado amañar el voto antes de la reunión?
¿Acaso no había servido de nada todo el esfuerzo, el discurso apasionado…?
Él los había sobornado para que votaran a su favor. Racy montó en cólera…
Debería haberle estado agradecida, pero sólo era capaz de sentir rabia.