XXI
La boda fue corta, la batalla larga, muy larga. La resistencia, heroica pero inútil. Hasta setenta y seis navíos se alinearon dentro de la bahía; primero concentraron el fuego de todos sus cañones contra el castillo de La Luz y el de Santa Catalina, después batieron las trincheras y toda la costa. El inquisidor Fernán Ximénez fue una de las primeras bajas, el disparo de un cañón le destrozó el pecho. Cuando se vio que el desembarco era inevitable y Herrera ordenó replegarse a la ciudad, el inquisidor expiraba.
Las tropas de Pieter van der Miert también tomaron el Real. Eran más de cinco mil hombres de pelea frente a seiscientos isleños y la muralla solo pudo contenerlos unas horas, las suficientes para que los vecinos, con los enseres que pudieron trasportar, huyeran barranco arriba a refugiarse en el Monte Lentiscal.
Los corsarios pidieron rescate por la ciudad y al no obtenerlo saquearon lo que encontraron de valor y antes de volver a la mar metieron fuego a la catedral, al obispado, al palacio de gobierno y a las mejores casas del Real.
Por eso, cuando Ruy Lope de Tribaldos embarca en Sevilla hacia su nuevo destino de inquisidor apostólico contra la herética pravedad y apostasía en todas las islas de Canaria, lleva con él todo lo preciso para alhajar una casa. También, entre sus documentos, el proceso de Antón Carreño, un pescador que dijo haberse encontrado con el diablo y que este le hizo rico; la hija reclama la revisión del proceso, que le devuelvan honra y fama y anulen las inhabilitaciones a su descendencia pues quiere embarcar al Nuevo Mundo.
Es el primer caso que debe entender como inquisidor y lo primero que le sorprende es la falta de rigor en el proceso, todo manga por hombro. Bien sabe él, después de tantos años en el Santo Tribunal…
Las Palmas de Gran Canaria
24 de noviembre de 1998