IX

La noticia de la aparición del arcángel San Gabriel en el convento de las Descalzas llegó al Real antes que el pregonero. Como el inquisidor Fernán Ximénez se encuentra muy atareado preparando el sermón que dirigirá a la isla y el convento de la aparición fue fundado por la madre del canónigo Bartolomé Cairasco, doña María de Figueroa, al que dotó generosamente de bienes para su mantenimiento, el inquisidor delega en el canónigo para que vaya a visitarlo y le traiga información.

Antes de partir hacia el convento de las Agustinas Descalzas, el joven Bartolomé Cairasco invitó a Fernán Ximénez a la tertulia que celebra todos los sábados en su casa.

—Eminencia, supongo que sus obligaciones le impedirán asistir de continuo a nuestra tertulia, pero me sentiría muy honrado si viniese este sábado a mi casa.

Ximénez aceptó la invitación. Pese a su juventud, Cairasco es bachiller en Teología, Patrística y Cánones; también estudió Leyes en la Universidad de Coimbra y Gramática en Salamanca con el reputado Antonio de Lebrixa. Excepto el lujo en el que vive, fruto de la fortuna que heredó de su familia, nada le reprocha nadie. A Ximénez le interesa tenerlo de aliado, por eso, y por conocer a los tertulianos en el ambiente distendido de una charla, aceptó de buen grado la invitación.

Los dos saben que una vez leído el Edicto de la Fe, Ximénez tendrá que recibir a los cristianos nuevos, de judío o moro, y las confesiones y arrepentimientos que suscita la presencia de un nuevo inquisidor. Acepta también la invitación porque sabe quiénes estarán en la tertulia. Además del anfitrión, asisten todos los sábados a la casa de los Cairasco, el deán Pedro de Troya, el teniente Múxica, el canónigo maestro escuela Jesús Macías, Cristóbal de la Coba, personero y abogado del Santo Oficio, y, a veces, algún invitado que esté de paso por la isla. A Ximénez le interesa que oigan de esa manera informal, algunas cosas que quiere dejar claras desde el primer día, para que nadie se lleve a engaño.

La huerta de Cairasco es famosa por la cantidad y variedad de flores que cuida, por la calidad y el orden de sus parras y frutales, pero sobre todo, por los dos árboles traídos del Nuevo Mundo que han arraigado y crecido allí y dan flores rojas nunca vistas: «flamboyán» le nombra el canónigo; también hay palmeras y dragos.

Un viejo sirviente le abre la puerta y conduce a Ximénez hacia el interior de la casa. El inquisidor oye el sonido de una vihuela; las notas vienen del huerto. El sirviente lo guía por un primoroso pasillo de rosales hasta el pie de una fuente donde está el grupo. Al verlo, Cairasco deja de tañer, se pone en pie y se acerca a besar el crucifijo que Ximénez lleva sobre el pecho. Eso hacen todos y todos esperan a sentarse después que lo hace el inquisidor. Los sirvientes traen dos bandejas; en una, pocillos de plata que reparte entre todos, y en otra, un puchero alargado y humeante, con un cazo, que acercan al anfitrión. Bartolomé lomé Cairasco de Figueroa les había anunciado dos sorpresas. Todos están expectantes.

—No hagan caso del color, caballeros, aprecien su olor y su sabor; nunca han probado cosa parecida.

Efectivamente, el color no invitaba a llevarse a la boca aquel líquido espeso y negruzco que vertía Cairasco en los pocillos de plata, pero todos imitaron a Bartolomé, el primero, el propio Ximénez.

—Es curioso, sabe bien y dulce… algo tiene de canela.

—Efectivamente, algo de canela lleva —reconoce Cairasco—; es chocolate, así le llaman en la Nueva España y se hace con el cacao, que es un fruto de aquellas tierras, se le echa un poco de canela, azúcar y agua; el azúcar es de aquí, de nuestro ingenio.

—¿Qué puede decirnos de la aparición a las hermanas descalzas del arcángel San Gabriel? —pregunta, expectante y ansioso, el maestreescuela Jesús Macías.

No es el único que espera que Bartolomé Cairasco les hable del suceso y de la pluma de un ala que, cuentan, dejó allí el arcángel y ahora veneran las monjas como sagrada reliquia. Todos están impacientes por oírlo, pero es Macías el único que no puede contenerse. Cairasco lo sabe y por eso, para mantener la expectación y acrecentar el misterio, prefiere esperar.

—Cada cosa a su debido tiempo —calma Cairasco la impaciencia de todos—. Si su Eminencia ilustrísima, claro está, no tiene inconveniente —añade dirigiéndose a Ximénez.

—Un viejo fraile penitente me dijo hace muchos años —asiente el inquisidor— que en las cosas de la Iglesia nunca ha de haber prisas. Dios Nuestro Señor en su eternidad, no tiene en cuenta el tiempo, por eso la impaciencia es mala consejera.

—Gran verdad —participa Macías—, la diga Agamenón o su porquero.

«¿Agamenón?», piensa Ximénez. También pensó que la sorpresa ante el chocolate era lo único espontáneo de aquella tertulia. Todo lo demás parece que esté ensayado para que cada cual muestre su grado de erudición ante cualquier materia. Ximénez espera, paciente, su turno. También estudia el tono en el que hablará, grave y lento pero cordial, y anota, mentalmente, ejemplos de aquella casa que usará en su plática. De la Coba, el personero, tiene el verbo fácil pero le sobra soberbia; habla siempre como si estuviera en tribunales. A Múxica le sobra el tono algo chulesco, el modo de llevar la capa y sujetar la empuñadura de la espada que no se quita ni en el quieto jardín. Al maestreescuela Jesús Macías le sobra la necesidad de opinar siempre y no dejar que pase una conversa sin su intervención, venga o no a cuento. Troya escucha, solo escucha.

Le cuentan a Ximénez la reciente estancia en la isla, y por supuesto en la tertulia, del franciscano Juan de Abreu y la Historia que está escribiendo de la conquista de las siete islas canarias; con los primeros capítulos los deleitó en aquel huerto y ahora, cada cual a su modo, rememora lo referido por el fraile escritor.

«Este bebedizo es pesado para mi estómago», piensa Ximénez cuando nota el chocolate asentándose, como una piedra, en sus entrañas, pero no lo dice. Lo que sí dice y ha pensado en estos días, es que quiere la opinión de ellos sobre si debe llamar a audiencia solo a los cristianos nuevos de moro o de judío, o también a los canarios, pues también son, a su entender, cristianos nuevos.

Todos miran a Bartolomé Cairasco y él acepta responder al inquisidor.

—Eminencia, a mi juicio, si eran idólatras, lo eran por ignorancia. Y una vez que supieron de Nuestro Señor Jesucristo y de la Santa Virgen María Madre de Dios, todos abrazaron la verdadera fe y olvidaron sus idolatrías. Llevaban aquí aislados desde tiempo inmemorial y en cuanto llegaron los primeros padres predicadores todos aceptaron, y de buen gusto, la Buena Nueva, que tardó en llegarles, pero les llegó. Por esto, no creo que deba juntarlos con la secta de Mahoma o los judíos, que su caso no es por ignorancia sino por afrentar a Dios Nuestro Señor.

—¿Y cómo llegaron a estas islas los canarios? —pregunta Ximénez.

—De Mauritania —responde rápido Macías, sin dejar que nadie pueda adelantársele.

—Si vinieron de Mauritania ¿quiere decir que eran secuaces de Mahoma…? —pregunta Ximénez por justificar el gesto de desagrado que un buche chocolate le provoca.

—No, eminencia. A mi entender no se llama Mauritania por Mahoma, sino por maúros: morenos. Además, el falso profeta anduvo por aquellas tierras en el año quinientos ochenta y ocho después del nacimiento de Nuestro Señor y, entonces, estas islas ya estaban pobladas desde tiempo atrás —replica Cairasco.

—También se estima que pudieran venir de los cananeos —dice Jesús Macías—. Está escrito que los hebreos, conducidos por Josué, tomaron la tierra de Canaán y sus habitantes se vieron forzados a recorrer el Mediterráneo y buscar dónde asentarse; de ahí se colige que asentándose en distintas plazas del Mediterráneo, tanto africanas como españolas, se adentrasen en el Atlántico y llegasen, desde África, a estas islas.

—De ser así —vuelve a replicar Bartolomé—, poco del espíritu de aquellos cananeos quedó en la descendencia isleña; aquí desconocían el lujo y la opulencia de las ciudades que fundaron en el Mediterráneo; también desconocieron la corrupción de costumbres en que degeneró la tribu de Canaán. Nunca se oyó nombrar aquí el pecado nefando, con el que se cubrió de ignominia aquel pueblo.

La mención al pecado nefando hace que la plática se silencie por segundos. Un silencio corto y elocuente hasta para Fernán Ximénez, que nada sabe de la voz que dice en la ciudad que a Macías, el maestreescuela, más que gustarle la enseñanza, le gustan los alumnos.

—De todas formas, será mejor que nunca sepan de dónde vinieron —tercia Múxica por salir del silencio—, que si fue de Mauritania no les dé ahora a los canarios que quedan por creerse parientes de moros y con ellos se junten, para echarnos de aquí, que a mí lo de Canaán me parece muy lejano para tenerlo ahora en cuenta; y los moros cada vez tienen más y mejores embarcaciones y andan mirando cómo hacer piraterías y adueñarse, en cuanto nos descuidemos, de estas islas.

—Entre los libros de la catedral hay uno muy grande, al que se le han perdido tantas hojas que ya no tiene principio ni fin, y está muy estragado —interviene, al fin, Pedro de Troya, el deán—; en él se cuenta que en los tiempos en que África era una provincia romana, como lo fue España y tantas naciones de la época, en la zona de Mauritania hubo un levantamiento contra Roma y los maúres mataron a cuanto romano había en sus tierras. El senado envió a los cónsules Torcuato y Juliano a castigar a los rebeldes y así hicieron; y cuando los tuvieron nuevamente dominados y para dar ejemplo y escarmiento a otros pueblos, les cortaron la lengua para que no pudieran contar a nadie la derrota que habían infligido a las tropas del imperio. Los embarcaron y echaron a su suerte en el Atlántico. De esta forma llegaron los primeros canarios a estas islas. Eso dice el libro.

—Hay más opiniones —tercia Cairasco—. Una dice que los isleños llegaron aquí después que Dios Nuestro Señor confundiera a los constructores de la torre de Babilonia. Cuando se dispersaron por no entenderse entre sí, muchos llegaron a estas islas que, como todos sabemos, cada una tenía su propia lengua y no se entendían entre ellos. Otra opinión, que a mí poco me cuadra, es que provienen de una de las diez tribus de Israel cautivadas por el rey asirio Salmanazar. De su cautiverio nos hablan las Sagradas Escrituras, y de la decisión de las diez tribus de ir a poblar tierras que jamás antes hubieran sido habitadas por gentes. Pero cuando estas islas fueron descubiertas, aquí no había rasgo alguno de la lengua hebrea, ni circuncisión ni otras costumbres.

—Y si hubiesen sido descendientes de aquellos hebreos, habrían conservado también la misma lengua en todas las islas, cosa que sabemos falsa. No, la raza de los judíos ha venido aquí en fechas recientes y escondidos como si fueran cristianos; y no vienen de Asiria, no, sino de más cerca, de Castilla y de Andalucía y de Portugal y de Florencia, que como lo malo más que lo bueno, en todas partes hay. Ahora, con la Inquisición ya veremos cómo aquí salen también a descubierto; ya veremos —dice Macías mirando a Ximénez como prometiendo ayuda.

—Lo que tengo yo por más cierto —vuelve a intervenir Bartolomé Cairasco— es que los descendientes de aquellas tribus israelitas sí son los indios que se descubrieron en la Nueva España, que, cuentan, tienen muchas de sus costumbres y gran parecido sus palabras con la lengua hebrea. Cuando visité Viseu, vi en su catedral una tabla ilustradora de cuanto digo: allí está representada la ofrenda de los Reyes Magos a Nuestro Salvador. Hasta hace bien poco, creíamos que fueron tres Reyes, uno por cada parte de la tierra, pero sabiendo que aquellas son tierras nuevas, el autor de la tabla ha pintado a cuatro Reyes Magos; y ese cuarto Rey viste con plumas y arma arco y flechas, como lo hacen los indios.

—Sí, dicen también que aquellos indios conservan la costumbre judía de bañarse a menudo en ríos y en fuentes; y también que bailan en corro y agarrados de la mano alrededor del fuego, y a ese baile llaman «areyto» que derivó de «arete», que en hebreo quiere decir despertar el temor —tercia Macías.

—Ese es el baile que se describe en el libro II del Paralipomenon, capítulo 28 de la Sagrada Escritura, y en los capítulos 16, 17 y 18 del libro IV de los Reyes —Ximénez no sabe por qué ha tenido que decir esa tontería, pero enseguida se da cuenta de que nadie se ha detenido a considerar si los textos sagrados que ha citado tienen o no que ver con la cuestión.

—Y se comen los unos a los otros —insiste Macías—. Son caníbales como lo fueron en Israel los sacerdotes de Baal, que se comían a los muchachos que sacrificaban a sus ídolos. Y tengo entendido que no todos se los comen crudos, que hacen un asado con los menudillos, al que llaman «bucán»; y también tienen por muy sabroso el bocado de la mano junto al dedo gordo, el pulpejo, que es lo que más aprecian y guardan para sus reyezuelos.

—Yo he oído de indios que cuando hacen prisioneros, sin esperar a que estén muertos, les agujerean la cabeza con un berbiquí y con una pajilla sorben sus sesos calientes y que eso lo tienen por el mejor manjar —recuerda Múxica haber oído alguna vez en la taberna.

La cara de Ximénez se pone cada vez más blanca y muchos pensaron que sufriría un desmayo, pero se levantó por su pie, se alejó un poco y arrojó junto a una palmera del jardín.

—Mis tripas soportan mal las novedades —se disculpa Ximénez después de enjuagarse la boca en la fuente y vuelve a sentarse—. Tal vez les parezca poco apropiado para la tertulia comentar algunas cosas más cercanas que también a todos nos atañen. En las pocas iglesias que he visitado estos días, he visto gran negligencia en la limpieza de altares, manteles, corporales y otros ornamentos del ministerio. Todos los cristianos, estarán ustedes conmigo, y cuánto más quienes tienen dignidades, debemos velar por el buen estado de las cosas de Nuestro Señor.

Todos guardan silencio y nadie quiso tomar más chocolate. A una discreta indicación de Bartolomé se retiran todos los sirvientes y Ximénez hace un somero repaso de las cuestiones que, en tan pocos días, ha notado en sus visitas.

Comenzó con la higiene y así como resaltó la limpieza de paños y servicio con que eran recibidos en aquella casa, más aún, si fuera posible, merecen la cosas de Dios. No es solo la suciedad de los pañizuelos de purificar, si no el propio cáliz —repugnancia sentiría de tener que celebrar en él—; cómo transubstanciar allí la sangre del hijo de Dios. Era también el lamentable estado de rotos y descosidos en manteles, casullas, albas, amitos, manípulos, estolas, dalmáticas y todos los demás ornamentos.

—¿Y cómo saber si se cumplen los preceptos si no hay censo de bautizados ni de fieles? —se pregunta Ximénez—. No los responsabilizo a ustedes de estos males, no quiero ser mal interpretado, sino que les pido ayuda para mejorar el decoro en las cosas espirituales que he notado algo desordenadas; y si es cierto que estas son tierras nuevas, también lo es que nos exigirá menos esfuerzo poblarlas y conservarlas si en ellas resplandece la Ley de Nuestro Señor.

Y por no dejar la Ley de Nuestro Señor tan en abstracto, Ximénez desgranó lentamente algunos de sus mandamientos.

Que los curas hagan padrón cada año de todas las personas, varones y mujeres, mozos y niños de su colación o parroquia y anoten cuándo confiesan y comulgan y toman los otros santos sacramentos; pasado un año, quienes, cuando llegue el domingo de quasimodo, no hayan cumplido con los mandamientos de la Santa Madre Iglesia sean anotados y, dichos sus nombres en público, sean excomulgados. Cada iglesia debe de tener una tabla, bien a la vista, donde todos puedan ver y leer los nombres de los excomulgados, sea por deuda, por estar amancebados o abarraganados, por estar juntos y no velados, o cualquier otra causa de excomunión. Y todos los domingos y fiestas de guardar, en la misa mayor, se lean sus nombres en voz alta e inteligible para que todos los conozcan y se aparten de ellos y eviten su conversación hasta que busquen el remedio de la absolución, antes que las penas que habrán de pagar en esta y en la otra vida.

Que en la misma tabla esté escrita una lista con los mandamientos y los siete pecados mortales y los casos reservados a él como provisor: homicidio voluntario, perjuro en juicio, procurar abortivo, matrimonio clandestino, retener diezmos o primicias; como Inquisidor no hace falta recordar sus competencias.

Advierte que en esta casa, la mayor parte de la servidumbre son varones y le agrada, lo contrario a lo que ocurre en muchas casas de clérigos y canónigos, dando pie a que corran habladurías entre el pueblo, que puede ser ignorante pero no ciego y tonto.

Todos, menos Múxica y Cairasco, miran al suelo. Los dos jóvenes no apartan la mirada del Inquisidor. A Múxica le intriga por qué Ximénez no esperó a que él marchase para echarles el rapapolvo y a Cairasco le divierte que use su casa de ejemplo.

También elogió el arte y delicadeza de Cairasco tañendo la vihuela y alabó la lectura de textos sagrados como solaz para el espíritu, que no todo han de ser rezos, pero no se puede permitir ver a clérigos jugando a naipes, a dados o en tablas, que además de jugarse lo propio, muchas veces se juegan los bienes de la Iglesia.

La intervención del inquisidor Ximénez dejó la tertulia en silencio y Cairasco dudó si sería oportuno mostrar la segunda sorpresa que les tiene preparada.

Para romper el silencio algo embarazoso que se ha creado y porque el maestreescuela no sabe estarse callado mucho tiempo y está a punto de estallar si no le cuentan ya la aparición del arcángel, le pregunta a Ximénez.

—Ilustrísima eminencia, ¿cuándo visitará usted la reliquia del arcángel?

Ximénez mira a Cairasco y el anfitrión decide que es el momento.

—Como bien dijo su Ilustrísima Eminencia —dice Bartolomé Cairasco—, en las cosas de la Iglesia no hay que tener prisas. Y puede ser precipitado hablar de una reliquia…

—Pero ¿no dejó una pluma de su ala? —volvió a preguntar Macías.

—Una pluma es lo que tenemos —dice Cairasco y da un par de palmadas para llamar al servicio.

Vuelve el mismo criado que trajo el chocolate, pero esta vez con una bandeja de plata cubierta solamente por un paño blanco. Tras él, otros dos criados traen una mesita con algo encima, como abombado, cubierto por otra tela grande y negra. Cairasco toma la bandeja, los criados dejan la mesita y marchan. Con la bandeja en la mano se acerca a Ximénez y ante él retira el paño.

—Una pluma como esta —dice Cairasco saboreando el efecto de su puesta en escena.

—¿Es la del arcángel? —pregunta Macías mientras todos hacen corro y admiran los colores de la pluma.

—Juzguen ustedes mismos —Cairasco retira la tela y deja al descubierto la pajarera y al Guacamayo.

—Alabado sea Dios —se santigua el maestreescuela.

—¡Y todas sus criaturas! —responde el animal para sorpresa de todos.

Jesús Macías, el maestreescuela, debió ser por la tensión que acumuló esperando ese momento o la impresión de oír hablar al animal o todas las emociones juntas, se desmayó y se fue al piso.