I
Por aquella declaración se quitó la vida y terminó en la hoguera. Aunque en su confesión no todo fuera verdad, mucho de cierto debía de haber en ella; bien sabe el inquisidor Fernán Ximénez, después de pasar tantos años de fiscal del Santo Oficio, cuántos se inventan faltas que nunca cometieron. Pero aquel hombre, Antón Carreño, cuando dijo que se encontró con el diablo y que este le hizo rico, no había llegado a sufrir tormento, que es lo que a muchos les provoca las fantasías de las que se acusan, teniéndolas luego por ciertas.
En el camarote de la nao Blanca Paloma, el primer día en alta mar, Fernán Ximénez acerca la vela a los legajos para leer mejor el proceso de Antón Carreño. Es el primer caso que debe entender como inquisidor en cuanto llegue a su nuevo destino y tome posesión de su flamante cargo de inquisidor apostólico contra la herética pravedad y apostasía en todas las islas de Canaria, cargo que por antigüedad y méritos hace años, considera, que debía haber alcanzado. Se trata de la hija del relajado que reclama la revisión del proceso para restituirle honra y fama, y suprimir las inhabilitaciones a su descendencia, pues quiere emprender una nueva vida en el Nuevo Mundo. Aunque es media mañana, en el camarote no hay bastante luz para sus ojos y la vela no es remedio suficiente por mucho que acerque a ella los legajos. La navegación es calma, el día luminoso y la brisa suave, sin embargo prefiere esa incomodidad a buscar en cubierta la luz del sol. Desde ayer tarde, desde que perdieron de vista la costa, la inmensidad del océano le aterra tanto como la posible presencia de piratas, por eso se refugia en su camarote.
Permaneció en cubierta mientras navegaron por el río y dejaban atrás Sevilla; también cuando llegaron a Sanlúcar, donde les esperaba el resto de la flota y los galeones bien armados que llevan de convoy para proteger su viaje hasta las islas y que después volverán a las costas españolas escoltando otras naves que regresan con riquezas del Nuevo Mundo. Desde que entraron a la mar abierta, Ximénez se encerró en su camarote y solo subió a cubierta a primera hora para decir la santa misa.
Fernán Ximénez nunca se había hecho a la mar y la espera de la partida es lo único que perturbó sus últimos días en Sevilla. Si no hubiera sido por la inquietud que le producía el viaje, podría decir que aquellos fueron los mejores días de su vida, aunque se le fue el tiempo en supervisar cómo preparaban todos sus enseres para la travesía y eran muchos, pues considera que parte para un merecido destino y que, tal vez, la isla de Canaria sea su última morada en esta vida. Y los años que le queden los quiere pasar no con lujos, que no van con él, pero sí con comodidades. Fueron las despedidas y las felicitaciones que recibió por su nombramiento las que le animan a soñar con una nueva vida en la isla, envejeciendo feliz junto a su sobrina Angelines, siempre ángel y siempre niña en aquella tierra donde los antiguos situaron las Islas Dichosas y los Campos Bienaventurados.
Ahora, en la penumbra del camarote, para pasar el tiempo repasa el proceso del pescador que dijo haber visto al diablo y que este le había hecho rico.
Lo que más le sorprende es la falta de rigor en el proceso, todo manga por hombro. El de Antón Carreño ha sido el único proceso instruido y sentenciado, en ausencia de inquisidor, por Pedro Jaén, notario del Santo Oficio y Tesorero de la Cruzada que reclamó licencia y con este caso albergó en secreto la esperanza de ser tenido en cuenta para la plaza vacante. En el proceso se cuentan cosas notables, pero se queda lejos de la realidad, tan lejos que no se cita a casi ninguno de los que, de una u otra manera, tuvieron relación con los sucesos que llevaron a la hoguera el cuerpo, ya sin vida, de Antón Carreño. Aunque ha de forzar la vista para leer, por su experiencia es capaz, sin embargo, de imaginar nítido lo narrado en la jerga procesal.