XI

El domingo a la mañana toda la isla está en la plaza de Santa Ana. Aún no se han abierto las puertas de la catedral y la plaza es un gentío y una algarabía de babel festivo; cada cual habla con la lengua que ha traído, unos de Andalucía, otros de Castilla, también hay navarros y aragoneses, y aunque todos hablan castellano, cada cual lo hace a su modo y con sus tonos; y también están los portugueses y los flamencos y los genoveses, que entre ellos, muchos conservan sus lenguas; unos saludan a otros y hasta se abrazan, si hace tiempo que no se ven. Cada cual habla con los suyos en la lengua de su tierra y todos visten su ropa de fiesta, también todas distintas; por eso Nemesio sabe de dónde procede cada uno casi sin necesidad de oírlos hablar.

Alonso de las Hijas entra a la plaza en coche y se abre paso sin reparar en nada. Solo de las Hijas es capaz de meterse entre el gentío y molestar a todos con el coche y los caballos para llegar a la misma puerta de la catedral. Tiene el mal de la gota y muchos conocen el humor que gasta cuando lo sufre. Un par de esclavos negros lo bajan del coche y llevan en andas al primer banco de la iglesia, su sitio según costumbre; costumbre que ya tuvo que hacer valer años atrás, cuando sus hijas, ellas solitas, ocupaban casi toda la primera banca de mujeres y alguien insinuó pasar a las pequeñas a la segunda; su familia ocupa en esta catedral la primera fila, sea de hombres o de mujeres, desde siempre y para siempre, que es derecho de quienes llegamos antes y conquistamos esta isla. Y si hace falta, se hace una banca más grande; y si no cabe, una catedral mayor.

La catedral está abarrotada por el gentío. Las primeras bancas las ocupan los clérigos —según su antigüedad, dignidad y títulos— y los principales de la isla, el gobernador, los regidores y otros cargos, hacendados y mercaderes; después están hombres del común, en pie, sin banca ni lugar en el protocolo. Más atrás, las mujeres repiten la forma de colocarse; y al fondo, en las puertas de la catedral, los sirvientes, los berberiscos horros y los esclavos.

La oratoria de Ximénez es inflamada, puro fuego; tanto, que en pocas de sus frases no salen llamaradas y tan bien dichas que Nemesio ya siente brasas y fuego debajo de su misma piel; y demonios de toda catadura, descritos hasta el asco, salen de la boca del Inquisidor… y no por un día o un año, ni dos ni tres años; por siglos y siglos, por una eternidad en la que nunca se llega a vislumbrar, porque no hay, el fin del tormento.

De no estar apoyado en una columna Nemesio se habría ido al piso; entre el flamígero sermón del Inquisidor y el olor del sudor colectivo, que no ha probado bocado desde la tarde anterior y la mala conciencia, hay ratos que se le va la cabeza. Además, la misa será larga, se han de leer muchos decretos y todos tienen la florida prosa de la Iglesia. Y el clérigo que los lee no se pasa por alto ni una coma, y en todos y cada uno da cuenta de los mismos destinatarios y protocolo: a vos, los muy reverendos señores deán y cabildo de la santa iglesia catedral de la señora Santa Ana en la ciudad Real de las palmas en la isla de Canaria, y a los muy nobles señores, los señores gobernador, justicia, regidores, jurados, alguaciles, caballeros, escuderos, mercaderes, oficiales y hombres buenos, así eclesiásticos como seglares, hombres y mujeres, vecinos y moradores y estantes y residentes en la dicha ciudad, de cualquier condición, dignidad y preeminencia, que sean exentos y no exentos, y a cada uno y cualquiera de vos, salud en Nuestro Señor…

Y así se leen todos los edictos, sin resumen alguno; el primero, el de Gracia, que conmina a todos los cristianos nuevos a presentarse a la audiencia en el plazo de treinta días sin temor a mayor pena, espiritual o económica, que la que pueda provenir de sus actos, no de su condición de conversos. Después se lee la carta del Emperador que garantiza que no serán confiscados los bienes de quienes se presenten en tal plazo por propia voluntad, aunque puedan sufrir otras penas si el tribunal así lo considera. Por último, el edicto de la Fe que describe, primero, las costumbres y ritos de la mortífera Ley de los judíos. Deben vigilar y acudir pronto a denunciar si sospechan que se guardan sábados, vistiendo ese día las ropas de fiesta; si cocinan y qué cocinan del viernes al sábado; si aderezan y limpian las casas la tarde del viernes y ponen ese día candelas limpias con mechas y torcidas nuevas y las encienden antes de la hora habitual; los ayunos en que no comen durante el día sino llegada la noche, especialmente el ayuno de la Reina Esther o el principal, que llaman del cinqepur; cómo preparan la carne, qué carne y pescado comen y cuáles no, como el pulpo, el congrio o la anguila u otros pescados sin escamas como la morena; ni conejo ni liebre ni aves ahogadas. Y después, los ritos de la secta de Mahoma, y deben denunciar a quienes guardan los viernes y se bañan a la costumbre de los moros, lavándose enteros y por los lugares vergonzosos y se limpian las uñas y guardan sus ayunos, especialmente los treinta días del Ramadán.

Tan prolija fue la descripción de todo cuanto deben denunciar, que fue raro el que no halló entre sus propias costumbres alguna de las referidas, sin tener idea de que aquella fuera práctica judía o mora, sino costumbre de su casa y hábito adquirido, como el pasar el cuchillo por la uña después de degollar un animal, que Nemesio lo ha visto hacer y él lo hace solo por saber si la hoja se ha mellado.

—Respondan todos y digan: «Sí, juramos».

El «sí juramos» resonó en la catedral al unísono, pero algo apagado para tanto gentío, como sin mucho ánimo.

—Si así lo hicierais vos y cada uno de vos —continúa el clérigo para poner fin al oficio—, Dios todopoderoso os ayude en este mundo a bien vivir y acatar sus mandamientos; y en el otro os dé salvación y paraíso a vuestras almas, donde más perpetuamente habéis de durar; y si lo contrario hicierais, que Dios no lo quiera, él os lo demande mal y caramente… Nemesio ya estaba al borde del desmayo.

A la salida de misa los hombres se encaminan a la plaza del peso de la harina, encima de la de Santa Ana, a poniente; allí se reúnen a formar para el alarde. Las mujeres, con los niños y los impedidos buscan las sombras de la plaza para presenciarlo.

Los que no tienen arma alguna se acercan a los carros de la compañía de Alonso de las Hijas y allí, además de un trago de vino gratis, que a la batalla se va mejor alegre y entonado, reciben prestada algún arma que el viejo ha acarreado hasta la ciudad. El mismo de las Hijas, a caballo a pesar de la gota, supervisa el reparto de su maestro armero y anima a unos a tomar espada y a otros lanza, según vea su disposición para la lucha; escudos hay pocos, pero no faltan vacaríes para nadie.

Aunque el maestre de armas trata de embutirlo y él lo anima maldiciendo su enfermedad, desiste y renuncia a vestir su vieja y reluciente armadura en el alarde; por primera vez en su larga vida una dolencia puede a la disciplina, pero no renuncia a cabalgar al frente de su compañía con la celada puesta, la que luce en el crestón la cabeza de una garza, el blasón de su escudo.

Cuando el gobernador y el inquisidor se asoman al balcón del Obispado, el teniente Múxica agrupa a los que participan por primera vez en el alarde y no tienen compañía. Con algunos hombres de a pie que no sabe donde encuadrar, pastores horros, forma una nueva y la pone al mando de Nemesio, «solo para este desfile» —advierte Múxica—, y mientras pone en orden sus peones aprovecha para pedir a uno un cacho queso, a otro de pan o de magro y bebe de las botas que le ofrecen hasta recuperar el tono; Cuando toca a formación ya se siente como un capitán de veras, capaz de aventurarse en la conquista de cualquier mundo, nuevo o viejo; el caballo es lo único que echa en falta, su mula es vieja.

Múxica monta hoy el caballo blanco, el mejor animal de la ciudad con su arnés de plata. Primero los hombres a caballo y detrás corren los peones. Múxica abre y dirige el alarde, tras él desfila la compañía de Alonso de las Hijas con el viejo y sus dos piezas artilleras a la cabeza; después la del Real y las del resto de la isla. Ante la catedral todas rinden armas y pendones y al pasar ante el balcón del Obispado repiten el saludo y rompen la formación hacia el barranco. Y así todas las compañías, hasta la última, la que manda Nemesio Quiroga. Al final, con la plaza vacía, los cien hombres de Amed Benhayá, luciendo sus galas moras entran a galope tendido, hacen cabriolas con sus caballos ante la catedral y a falta de enseña que rendir, hacen una descarga de arcabucería. El ruido de la pólvora y la pirueta de los caballos pone fin al simulacro de organización para defender la isla.

El primer motivo de disputa entre el gobernador Herrera y el inquisidor Ximénez no se hizo esperar.

—Esos hombres son de Berbería —señala Ximénez desde el balcón a los jinetes que abandonan la plaza en dirección contraria al resto de las compañías; vuelven a su campamento, fuera de la muralla.

—A la vista está —responde Herrera.

—¿Son todos cristianos? —se interesa Ximénez.

—Todos fueron bautizados en la Mar Pequeña y todos llevan vida de cristianos, pero en armas. Son los únicos hombres de los que, de verdad, disponemos para defender la ciudad.

Se oyen dos fuertes estampidas cuando comienzan a comer y Herrera tiene que explicar al Inquisidor que el viejo Alonso de las Hijas dispara sus dos culebrinas hacia la mar después de cada alarde. Antes era costumbre que también lo hiciera la artillería de las defensas de la ciudad, pero desde que él tiene el gobierno de la isla ya no se hace por el dispendio de pólvora y munición que significa.

—Estamos rodeados de mar, Eminencia, y estos mares, y las riquezas que por ellos cruzan, atraen a los enemigos del emperador y son muchos los piratas que merodean estas islas y nos acechan. Toda la pólvora y todas las armas son pocas. Los hombres que se echan a la mar saben empuñar las armas y arriesgan su vida por oro y riquezas, las que sean y de quien sean, que no hacen distingos en sus piraterías.

—¿Puedo preguntarle…? —señala Ximénez la pierna coja de Herrera.

—Fue en el rescate del castillo de la Mar Pequeña. Precisamente uno de los cañones que llevé de aquí para defender aquella torre, en el rescate me tronchó la pierna; después se gangrenó y ahí, en el camposanto, está enterrada.

—¿Tuvieron muchas bajas?

—Mi pierna y dos hombres de Amed.

—¿Los trajo prisioneros y tienen armas?

—¡No! Ellos nos ayudaron a recuperar el castillo. Son nómadas de una gran tribu que no acepta la autoridad del rey de Fez y Benamarín; su gente nos ayudó a echarlos.

—Hoy no los vi en la santa misa —dice por fin Ximénez. Llevaba rato queriendo decirlo y no encontraba el momento.

—Eminencia, ellos son hombres de guerra y tienen su capellán en el campamento —responde Herrera.

—Mis órdenes eran que no hubiera otra misa en la isla que la de la catedral y a esa todos estaban obligados a asistir. Sin excepciones —replica Ximénez.

—Está muy buena la liebre así guisada —elogia Herrera el bocado.

Siguen el almuerzo en silencio. Herrera piensa cómo ganarse a Ximénez y sabe que los negocios en común siempre favorecen las alianzas. Pronto llegará la zafra y también en las tierras de Agüímez, señorío del Obispado, hacen falta brazos. Tienen previsto hacer una cabalgada sobre la Mar Pequeña. Ahora, tras la alianza con la tribu de Amed, la expedición tiene poco riesgo y mucho beneficio; repartiremos los esclavos y las ganancias. Ximénez se interesa por la parte que él debe aportar; un tercio de los bastimentos y de los productos que pagan a los nómadas por los esclavos que ya han hecho o los que les ayudan a hacer; del resto responde su teniente Múxica de una parte y él de la otra. El reparto es, sin embargo, entre cuatro; Maluenda, el capitán de la flota, pone sus tres barcos y participa también en las ganancias. Solo falta esperar, confirmar que Jean de Fleury se ha alejado; mientras tanto no quiere tener a Múxica fuera de la isla. Hubiera parecido que el almuerzo terminaba de forma cordial, pero ya levantados de la mesa, Ximénez vuelve a preguntar si los hombres de Amed saben las oraciones, el padrenuestro y el credo, persignarse y… Y Herrera terminó por estallar.

—Eminencia, esos hombres saben todo cuanto tienen que saber; están a mi servicio y son imprescindibles para la defensa de la ciudad y de la isla.

Y así chocaron de frente. Ximénez argumenta la autoridad que tiene como inquisidor y como provisor, que a falta de obispo lo sustituye, para entender sobre las almas de todos, absolutamente todos, los hombres de la isla. Herrera contesta que: «Imagine que están en guerra y que, aunque no siempre se vea al enemigo, este está ahí afuera, acechándonos. Y así, en tiempo de guerra y tierra de batalla, tiene más importancia la espada que la oración y no es bueno ser estricto más que en aquello realmente importante. Si fue costoso ganar estas tierras para España tanto lo es conservarlas seguras; y si no son seguras, más difícil será poblarlas, pues nadie se querrá asentar en ellas y pronto serán presa de quien quiera venir a cogerlas».

—Le agradezco su interés, pero deje en paz a mis hombres —dice Herrera a modo de despedida—. Usted ha cambiado a los miembros del Santo Tribunal y a los oficiales y alguaciles que ha querido y según su gusto. Y esa es cosa que a usted compete y no me voy yo a meter. —Y para que no tuviera Ximénez ninguna posibilidad de réplica añade—. Mire más por tener bien limpia su propia casa y las costumbres de sus canónigos.

Fue un golpe a traición; así lo interpretó Ximénez cuando se quedó a solas. Mañana mismo empezaré a mostrar mi autoridad.