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La víspera de la lectura del Edicto de la Fe, la mancebía es un trajín. Son muchos los hombres que ya han llegado del campo para la misa mayor del domingo, la única misa ese día en la isla, y la Farfana merodea por los alrededores de la mancebía; sabe que no hay mujeres suficientes para satisfacer a tanto macho caliente y que el rato que tienen que esperar hasta que quede una hembra desocupada es su mina; y a pesar de su edad, a veces, aún encuentra algún filón, si no de oro, de cobre acuñado en Castilla o Portugal, que tanto le da. Cierto que su aspecto no invita a la lujuria, casi sin carnes y sin tetas y ni un solo diente en las encías —aunque esto último es lo que mejor la faculta para ofrecer algunos servicios especiales por los que comienza a tener reputación—, le quedan tres muelas atrás y ninguna es la del juicio. Solo la ansiedad y desesperación que la espera de hembra les produce y unas cuantas palabras bien dichas sobre las formas de aplacar la hombría, los vuelve ciegos o visionarios y ven en ella a la joven, o al mozo, que de todo hay, que cada cual quiere ver.

—Ojalá que la moza que consigas sea todo lo guapa que te mereces, Pedro —le dice la Farfana a un pollo que acecha la puerta de la mancebía desde la esquina de la calle de los malteses.

—¿Me conoce? —pregunta extrañado el mozo.

—¿Qué mejor nombre para esa planta que tienes de caballero de Gáldar?

—Pues yo de usted no me acuerdo —dice, negando, el joven.

Si no acierta el nombre, como suele ocurrir, tiene disculpa para preguntarlo, que siempre se hace más fácil el negocio halagando al nombre propio, pero además de acertar el nombre, acertar también el lugar y la orden de caballería es la primera vez que le ocurre a la Farfana.

—Ay si tuviera veinte años menos, te iba yo a tener esperando en una esquina…

—Con veinte años menos aún te sobrarían otros tantos, vieja.

—Como me sobra experiencia para hacer que disfrutes con artes que ninguna mozuela se atreve —y la vieja Farfana se sabe frotar las manos y mostrar que tienen la piel fina y lisa, que con ellas nunca ha hecho trabajos penosos, y sonreír y abrir la boca desdentada y bailar, insinuante, la lengua—. Así, ahora se te hará más corta la espera y luego tendrás más gusto ahí dentro —dice Farfana mirando a la mancebía—. Todo es beneficio para ti, pero como eres un caballero, seguro que sobra algún maravedí para repartir las ganancias con esta vieja.

Y así, y con poco más que palpar la entrepierna del muchacho y relamerse, la Farfana encaminó aquella tarde, entre otros muchos, a Pedro, el caballero de Gáldar según se acaba de enterar, al callejón, estrecho y oscuro, entre el camposanto del convento de San Francisco y el huerto de la casa de los Cairasco, en el que una higuera, entre los dos muros, conoce a la Farfana desde sus años mozos. Ha conocido a tantos hombres contra esa higuera como frutos puede dar en la mejor cosecha y a lo que se ve aún puede aumentar la nómina, que no son tiempos estos de volver a hechicerías ni rezados, que en boca cerrada…; mejor dejar la boca donde está, tranquila; bueno, tranquila del todo tampoco está.

Entre los que Farfana se llevó esa tarde al huerto de San Francisco, también estaba Juan el Alfaquí, un morisco andaluz al que conoce de tiempo atrás, de cuando fue a buscar fortuna a Fuerteventura, pero tan poca halló que tuvo que volver a esta isla por el favor de un marinero; en Fuerteventura vive el Alfaquí y allí tiene su familia.

—¿Y tú aún en estos menesteres, Farfana?

—Juancito ¿y qué haces tú por estas tierras?

—Ay Farfana, que se me queda pequeña aquella isla y espero licencia para embarcar al Nuevo Mundo.

—¿A tu edad, Juancito?

—La licencia es para más de diez vecinos y sus familias, entre ellos mi hijo ¿y acaso no soy yo de su familia? —pregunta el Alfaquí con cierto orgullo; su hijo es escribano y protegido del señor de Fuerteventura.

—¿Y cuántos se irán en total? —se interesa la Farfana camino de la higuera.

—Entre familiares, sirvientes y esclavos, más de cincuenta. Hace dos semanas que esperamos al correo que trae las licencias de Sevilla y como no ha llegado, ni tenemos noticia, aquí me han enviado a ver de qué me entero y si no llega, ir yo mismo a Sevilla.

—¿Solo esperan las habilidades?

—Solo —contesta Juancito—. La Blanca Paloma ya está contratada y adelantada la mitad del pago. Y tenemos preparados los bastimentos para la travesía y hasta animales para criar, que aunque dicen que allí los hay de muchas clases, algo habrá que llevar para no empezar sin nada.

—¿Y… —Farfana se detiene para mirar de frente al Alfaquí— tú me tendrías por familia? ¡Qué digo por familia!, por esclavas; a María y a mí; ¡Juancito, por lo que más quieras! —mientras caminan hacia la higuera Farfana no deja de hablar, sabe que pronto tendrá la lengua ocupada en otros menesteres y quiere que Juancito tome en serio su propuesta—. Dos mujeres más en esa carabela no ocupan sitio ni se notan. ¡Ay Juancito!, esta vida no ha sido buena conmigo ni creo que lo sea con mi hija, y aún con los años que tengo me gustaría empezar de nuevo y con mejor tino, que aunque me quede poco de esta vida, prefiero que el poco sea bueno a esperar la otra del más allá, que dicen que es mucha, y con la suerte mía, dudo que sea mejor que esta; y de esta tengo ya buena ración para querer más tazas.

—Eso es difícil Farfana…

—¿Cuántos dineros harían falta para embarcar?

—No es solo el dinero Farfana…

Si no es cosa de dinero, pensaba Farfana, que decir ya no podía decir más nada durante un rato, un problema menos a resolver. ¿Y si fuera posible?, ¿si pudiera embarcar con su hija al nuevo mundo? Allí podría casar bien a María y empezar como señora. Y mientras soñaba Farfana en estas cosas, Juan el Alfaquí, por entretenerse y que no le viniera tan pronto el gusto, le contaba el cuento que se oía por su isla.

Luis de la Garza se mandó hacer casa en el lugar de Pájara, donde tiene muchas tierras y animales y gentes que trabajan para él, y se trasladó a vivir allí con su mujer Constanza y sus hijos Luisa y Luis, que el clima de La Laguna, donde vivían en Tenerife, no le sentaba bien ni a los pulmones de la madre ni a los de la hija, que también los tenía débiles. La sequedad de Pájara les sentó tan bien que al poco tiempo lucían sanas y animadas. Y fuera por esto o porque ya era su intención, comenzó a levantar una iglesia a la Virgen de la Regla. Constanza de la Garza encargó al maestro cantero los adornos que debía labrar en la fachada.

Entre otros, una serpiente que se muerde la cola y tiene un penacho de plumas en la cabeza. También un sol de rayos ondulantes y lo más extraordinario, unos animales mitad león o mitad perros como con rostro humano, bien raros.

Una de aquellas piedras, una que tenía labrada la serpiente emplumada cayó, cuando la estaban colocando, sobre la cabeza del maestro cantero y lo dejó en el sitio; por ahí comenzaron las habladurías, porque un fraile que venía de la Nueva España empezó a decir que figuras como esas había visto él en los templos de los indios de aquellas tierras y que eran imágenes e ídolos de paganos.

—Farfana, no te detengas ahora, por dios. Sigue así, así… —anima el Alfaquí. Así se corrió la noticia por la isla, nadie quiso seguir trabajando en la iglesia. Constanza, dicen, convenció a don Luis para traer portugueses de la isla de la Madera y terminar la construcción. Y así se hizo, pero volvió la mala fortuna y no hace aún tres días, cuando estaban colocando la campana en su torre, la piedra sillar que había de sostenerla cedió…

—Por dios Farfana, tú a lo tuyo, que ya termino…

… y piedra y campana fueron al piso y destrozaron la cabeza de don Luis e hirieron a dos peones.

—Por fin. Así. Así, así… un poquito más —jadea Juancito contra la higuera.

—¡Alabado sea Dios! —oyen una voz fañosa que nada les extrañó al venir del huerto de un canónigo.

—¿Y murió don Luis? —pregunta Farfana después de escupir varias veces mientras escuchan alabanzas al señor—. Mira que es devoción —añade Farfana señalando con el dedo hacia el huerto de Cairasco.

—Enseguida. Y cuando se vio que la piedra sillar tenía labrada la misma figura que la piedra que mató al maestro cantero —dice Juan el Alfaquí guardando su hombría y recomponiendo el calzón— empezó a oírse que todo era brujería de Constanza de la Garza para deshacerse del marido.

Cuando vuelven hacia la mancebía se cruzan con Nemesio e intercambiaron un apenas «nos dé dios», de lo cabizbajo que andaba Nemesio y lo ocupada que iba la Farfana en lograr del Alfaquí remedio para sus cuitas.

—Ya pensaré algo, Farfana, ya pensaré… Mañana te llevo una buena pieza de res y mientras la comemos veremos qué se puede hacer, si es que se puede hacer algo… —se despide el Alfaquí.

—No hace falta que lleves nada, Juancito; tú arregla nuestro embarque que las dos sabremos pagártelo con creces.

Enfilaba el Alfaquí hacia Triana, por la calle de los malteses abajo, cuando Farfana vio salir de la mancebía a Nemesio Quiroga más cabizbajo y compungido aún que cuando entró, hacía nada; y caminaba tan lento y a lo suyo que o no oyó el «agua váaa» o no pudo ni apartarse. El caso es que Nemesio recibió más que una rociada, una tormenta de orines por los hombros, y al darse cuenta y sentirse empapado, salió corrido y corriendo hacia el barranco.

Lo que no sabe ni Farfana ni nadie es que Nemesio Quiroga hace tiempo que no tiene parte con mujer alguna. Que desde que sacó de la hoguera a la loca de Inés de Lezcano, cada vez que se acerca a una mujer le viene a la vista aquella carne requemada, negruzca y sanguinolenta, y el olor picante, que no sabe de dónde sale y solo él huele, que le revuelve todo y le hace salir a campo abierto a serenarse.

Nemesio salió corriendo barranco arriba, empapado en todos los orines de la mancebía. Ya lejos de las últimas huertas se metió en el Guiniguada y se lavó bien. Al lado hay una cueva de cabras, ahora en desuso, que Nemesio aprovecha para hacer una pequeña hoguera y secarse él y sus ropas. Estaba en cueros cuando entró una cabra en el alpendre; pensó Nemesio ponerse al menos el calzón por si algún zagal viniera tras el animal. Nadie aparecía y se despreocupó. La cabra, sin embargo, porque no había sido ordeñada o por costumbre, no hacía otra cosa que arrimar sus ubres a Nemesio, y él, que empezaba a tener jilorio y vio en la cueva un cuenco algo roto pero útil, resolvió ordeñarla y beber la leche. La leche tibia le entonó el cuerpo, y el calorcillo de las tetas de la cabra y el fuerte olor del animal, a cabra y solo a cabra, hicieron en Nemesio tal efecto que estaba consiguiendo lo que hacía meses no lograba en la mancebía. Y lo que no había hecho con hembra alguna desde lo de Inés de Lezcano, lo ejecutó con gusto en el animal.

Recuperado el resuello —que aunque la cabra era dócil, entre sujetarla y las malas posturas que ensayaba, era esta su primera vez, terminó exhausto— y, después, aunque el animal no daba muestra de malestar alguno, Nemesio desenvainó la faca y lo degolló, lleno de rabia y vergüenza. Arrojó la cabra al barranco para que se la llevara el agua hasta la mar y se lavó las manos, la faca y sus partes, se vistió y, rodeando los huertos llegó a la puerta de su casa; no entró, atravesó la muralla y se fue al campamento de los hombres de Amed Benhayá. Allí pasó Nemesio la noche en vela, queriendo pensar que todo había sido mentira, que si no hubiera ido a la mancebía, que qué necesidad tenía si ya sabía lo que iba a ocurrir, no le hubieran caído encima los meados y no hubiera ido al barranco…