9
La reina Igraine se sentó en mi ventana a leer las últimas páginas preguntándome de vez en cuando el significado de alguna palabra sajona, pero sin más comentarios. Leyó rápidamente el relato de la batalla y arrojó los pergaminos al suelo con desagrado.
—¿Qué pasó con Aelle? —me preguntó enfadada—, ¿y con Lancelot?
—Llegaré al destino de ambos, señora —dije. Con el muñón de la izquierda sujetaba una pluma contra el pupitre mientras le afilaba la punta con un cuchillo. Soplé las virutas, que cayeron al suelo—. Todo a su tiempo.
—¡Todo a su tiempo! —refunfuñó—. ¡No podéis dejar un relato sin final, Derfel!
—Tendrá su final —le prometí.
—Aquí hace falta un final ahora mismo —insistió mi reina—. Es lo principal de cualquier relato. En la vida no encontramos finales concluyentes, por eso los relatos deben tenerlos. —Está muy hinchada ya, pues pronto dará a luz. Rezaré por ella, y buena falta le harán las oraciones porque son muchas las mujeres que mueren en el parto. No sufren tanto las vacas, ni las gatas, ni las perras, ni las cerdas, ni las ovejas, ni las zorras ni ninguna otra criatura, salvo el ser humano. Sansum dice que es porque Eva tomó la manzana prohibida del Edén y con ello nos cerró el Paraíso. Predica el santo varón que Dios castiga a los hombres con las mujeres y a las mujeres con los hijos—. Así pues, ¿qué sucedió con Aelle? —insistió Igraine con tesón cuando vio que no respondía a su pregunta.
—Murió, recibió un lanzazo. Se le clavó justo aquí —dije, señalándome entre las costillas por encima del corazón. Naturalmente, la historia era más larga, pero no tenía intención de contársela en ese momento pues me desagrada relatar la muerte de mi padre, aunque supongo que habré de transcribirla para que el relato quede completo. Arturo dejó a sus hombres saqueando el campamento de Cerdic y volvió al galope a enterarse de si los cristianos de Tewdric habían terminado con el ejército acorralado de Aelle. Encontró los despojos sangrantes y agonizantes del ejército derrotado, pero aún dispuestos a luchar. Aelle había sido herido y ya no podía sujetar el escudo, pero lejos de rendirse, se había rodeado de su guardia personal y de sus últimos lanceros y aguardaba a que los soldados de Tewdric acudieran a matarlo.
Los lanceros de Gwent no deseaban atacar. El enemigo saca fuerzas de flaqueza cuando está acorralado, y si aún mantiene la barrera de escudos, como era el caso de los hombres de Aelle, su ferocidad se redobla. Ya habían perecido muchos lanceros de Gwent, entre ellos mi buen amigo el anciano Agrícola, y los supervivientes carecían de ánimos para emprender la carga nuevamente contra los escudos sajones. Arturo no insistió en que los presionaran más, sino que parlamentó con Aelle y, cuando éste se negó a rendirse, me llamó. Me presenté ante él y creí que había trocado su manto blanco por uno rojo oscuro, mas era el de siempre, aunque tan salpicado de sangre que parecía rojo. Me recibió con un abrazo y luego, pasándome el brazo por los hombros, me llevó hasta el espacio despejado que mediaba entre las barreras de escudos opuestas. Recuerdo que había un caballo moribundo, un cadáver, varios escudos desparramados y armas rotas.
—Tu padre no se rinde —me dijo Arturo—, pero creo que a ti te escuchará. Dile que debemos tomarlo prisionero, pero que vivirá con honor y pasará el resto de sus días sin preocupaciones. También le garantizo la vida de sus hombres. Lo único que tiene que hacer es entregarme la espada. —Miró a los sajones, vencidos, mermados en número, acorralados. Guardaban silencio. Nosotros en su lugar estaríamos cantando, pero esos lanceros esperaban la muerte en silencio absoluto—. Diles que la carnicería ha sido más que suficiente —concluyó Arturo.
Me desabroché el cinturón de Hywelbane, la dejé en el suelo con el escudo y la lanza y me dirigí hacia mi padre. Aelle estaba fatigado, desanimado y herido, pero salió cojeando a recibirme con la cabeza muy alta. No llevaba escudo pero sí una espada en la mutilada mano derecha.
—Sabía que te mandarían a ti —farfulló. El filo de su espada estaba profundamente mellado y la hoja cubierta de sangre seca. Hizo un gesto brusco con el arma cuando empecé a comunicarle la oferta de Arturo—. Sé lo que desea de mí —me interrumpió—, quiere mi espada, pero yo soy Aelle, bretwalda de Britania, y no rindo mi arma.
—Padre…
—¡Llámame rey! —exclamó enseñándome los dientes.
Su altivez me hizo sonreír e incliné la cabeza.
—Lord rey, os ofrecemos la vida de vuestros guerreros y…
—Cuando un hombre muere en la batalla —me interrumpió nuevamente— va a una estancia celestial sagrada. Pero para alcanzar tan gran salón de festejos ha de morir de pie, con la espada en la mano y con las heridas por delante. —Hizo una pausa y, cuando volvió a hablar, su voz era mucho más tierna—. Nada me debes, hijo, pero te agradecería que pusieras al alcance de mi mano un lugar en el salón de festejos del cielo.
—Lord rey —dije, pero me interrumpió por cuarta vez.
—Deseo ser enterrado aquí —prosiguió como si yo no hubiera hablado—, con los pies hacia el norte y la espada en la mano. Nada más te pido. —Se volvió hacia sus hombres, apenas se tenía en pie. Debía de estar herido de muerte pero la gran capa de piel de oso le ocultaba las heridas. Llamó a unos de sus lanceros—: ¡Hrothgar! ¡Entrega tu lanza a mi hijo! —Un joven sajón de gran estatura salió de la barrera de escudos y, obedientemente, me entregó la lanza—. ¡Tómala! —me ordenó Aelle, e hice lo que me decía. Hrothgar me miró inquieto y se apresuró a volver junto a sus camaradas.
Aelle cerró los ojos un instante y su duro semblante se convulsionó un momento. A pesar del polvo y el sudor, percibí la palidez que le bañaba de repente, rechinó los dientes otra vez soportando un acceso de dolor desgarrador, pero lo resistió e incluso trató de sonreír al acercarse a mí para abrazarme. Se apoyó en mí con todo su peso y oí la ronca respiración que se le atascaba en la garganta.
—Creo —me dijo al oído— que eres el mejor de mis hijos. Ahora, concédeme un don. Dame una muerte digna, Derfel, pues deseo ir al salón de festejos de los verdaderos guerreros. —Torpemente, retrocedió un paso y apoyó la espada en el cuerpo; luego, con gran esfuerzo, se desató las cintas de cuero de la capa de piel, la cual cayó al suelo. Entonces vi todo su costado izquierdo inundado de sangre. Le habían clavado una lanza por debajo de la coraza, y además tenía otra herida en la parte superior del hombro, por lo que el brazo izquierdo le colgaba inerte, por eso se vio obligado a desatarse la correas que le ataban la coraza por la cintura y los hombros con la mutilada mano derecha. No lograba desatar los nudos y, cuando me acerqué a ayudarlo, me indicó que me alejara—. Quiero facilitarte la tarea —dijo—, pero cuando esté muerto, vuelve a atarme la coraza. En el salón de festejos necesitaré armadura, pues allí se lucha mucho. Se lucha, se celebran banquetes y… —se detuvo, sobrepasado por el dolor otra vez. Rechinó los dientes, gruñó y luego se recuperó para enfrentarse a mí—. Ahora, mátame —me ordenó.
—No puedo —dije; estaba acordándome de la profecía de mi enloquecida madre, pues me había dicho que Aelle moriría a manos del hijo de Aelle.
—Entonces, te mataré yo a ti —dijo, y me amenazó torpemente con la espada. Me aparté, Aelle tropezó y a punto estuvo de caer al seguirme. Se detuvo sin resuello y me miró fijamente—. Por tu madre, Derfel —me suplicó—, ¿prefieres que muera en el suelo como un perro? ¿No serás capaz de hacer nada por mí? —Volvió a blandir la espada, pero el esfuerzo lo venció y empezó a balancearse, vi que tenía lágrimas en los ojos y comprendí que la forma de morir tenía mucha importancia para él. Se obligó a permanecer de pie e hizo un esfuerzo inconmensurable por levantar la espada. Comenzó a brotar sangre fresca por su costado izquierdo, los ojos se le pusieron vidriosos pero no dejó de mirarme al tiempo que daba un último paso adelante e intentaba débilmente clavarme la espada en el diafragma.
Que Dios me perdone, pero en ese momento lo acometí con la lanza. Puse todo mi peso y toda mi fuerza en el ataque; la pesada hoja recibió su corpachón y lo sostuvo de pie mientras le partía las costillas y le alcanzaba el corazón. Se estremeció brutalmente con una expresión pavorosa de determinación en su rostro moribundo y, por un instante, creí que aún levantaría la espada por última vez; entonces comprendí que sólo quería asegurarse de que mantenía la espada en la derecha firmemente. Después cayó y, antes de tocar el suelo, ya había expirado, mas sin soltar la espada, su ensangrentada y mellada espada. Sus hombres dejaron escapar un gruñido. Algunos lloraban.
—¡Derfel! —exclamó Igraine—. ¡Derfel!
—¿Señora?
—Os habéis dormido —me reconvino.
—Es la edad, mi estimada señora, la edad.
—De modo que Aelle murió en la batalla —dijo secamente—, ¿y Lancelot?
—Eso viene más tarde —repliqué con firmeza.
—¡Contádmelo ahora! —insistió.
—Ya os he dicho —repetí— que eso sucedió más tarde, y no me gustan los relatos que cuentan el final antes que el principio.
Por un momento creí que protestaría; sin embargo, se limitó a suspirar por mi tozudez y siguió con la lista de asuntos sin terminar.
—¿Qué pasó con Liofa, el campeón de los sajones?
—Murió —dije— de una manera espantosa.
—¡Bien! —exclamó, aparentemente interesada—. ¡Contádmelo!
—Contrajo una enfermedad, señora. —Se le hinchó una parte de los intestinos y no podía sentarse ni tumbarse, e incluso permanecer de pie era un tormento. Fue adelgazando más y más hasta que murió, entre sudores y temblores. O así nos lo contaron.
—De modo que no murió en Mynydd Baddon —dijo indignada.
—Escapó con Cerdic.
Igraine, insatisfecha, se encogió de hombros, como si la hubiéramos decepcionado por haber dejado escapar al paladín sajón.
—Sin embargo, los bardos —aquí refunfuñé, pues siempre que mi reina menta a los bardos sé que va a comparar mi versión con la de ellos, y ella prefiere la de ellos, aunque yo viví la historia como la cuento y ellos ni siquiera habían nacido—. Los bardos —repitió inamovible, pasando por alto mi gruñido de protesta— dicen que la batalla de Cuneglas con Liofa duró buena parte de la mañana, y que Cuneglas mató a seis campeones antes de que lo golpearan por la espalda.
—He oído esas canciones —dije sin defenderme.
—¿Y? —inquirió mirándome de hito en hito. Cuneglas era el abuelo de su esposo y el honor de la familia estaba en juego—. ¿Bien?
—Yo estaba allí, señora —dije sin más.
—Os flaquea la memoria como a los viejos, Derfel —comentó en tono reprobatorio, y no me cabe duda de que cuando Dafydd, el escribano de justicia que transcribe la traducción de mis pergaminos en lengua britana, llegue al pasaje de la muerte de Cuneglas, lo cambiará a gusto de mi señora. ¿Y por qué no? Cuneglas fue un héroe y a nadie perjudica que la historia lo recuerde como un gran guerrero, aunque en verdad no tuviera espíritu de soldado. Fue un hombre honrado, sensato y más sabio de lo que correspondía a su tiempo, pero su corazón no se inflamaba cuando blandía una lanza. Su muerte fue la mayor tragedia de Mynydd Baddon, mas nadie supo verlo en el delirio de la victoria. Lo incineramos en el campo de batalla y su pira funeraria ardió durante tres días y tres noches y, la última madrugada, cuando sólo quedaban las brasas entre las que se fundían los restos de la armadura de Cuneglas, nos reunimos en torno a la pira y cantamos la canción de muerte de Werlinna. También acabamos con la vida de un puñado de prisioneros sajones para que sus espíritus escoltaran con honor al rey de Powys en su paso al otro mundo, y pensé que sería bueno para mi querida Dian que su tío cruzara el puente de espadas y la hiciera compañía entre las torres del mundo de Annwn.
—¿Y Arturo corrió al encuentro de Ginebra? —preguntó Igraine con ansiedad.
—No fui testigo de tal reencuentro —dije.
—No importa lo que vos presenciarais —replicó Igraine con severidad—, nos hace falta aquí. —Revolvió con el pie el montón de pergaminos terminados que había tirado al suelo—. Teníais que haber descrito el reencuentro, Derfel.
—Ya os he dicho que no lo presencié.
—¿Y qué importa? Sería el gran final de la batalla. No todos gustan por igual de los relatos de lanzas y muertes, Derfel. Los cuentos de las luchas de los hombres aburren al cabo de un rato, y una historia de amor aumenta su interés. —Sin duda, la batalla se llenará de amoríos tan pronto como mi señora y Dafydd vapuleen mi relato. A veces desearía escribir esta historia en lengua britana, pero hay dos monjes que saben leer y cualquiera de ellos podría decírselo a Sansum; por eso la escribo en sajón, y confío en que Igraine no la altere cuando Dafydd la traduzca. Sé lo que quiere Igraine: quiere que Arturo eche a correr entre cadáveres y que Ginebra lo espere con los brazos abiertos, y que los dos se extasíen en el encuentro; tal vez fuera así, aunque sospecho que no, pues a ella se lo impediría la altivez y a él, la timidez. Supongo que lloraron al reencontrarse, pero ninguno de ellos me lo contó y no tengo intención de inventármelo. Sé que Arturo fue feliz después de Mynydd Baddon y que esa felicidad no se debió únicamente a la victoria sobre los sajones.
—¿Y Argante? —quiso saber Igraine—. ¡Cuántos cabos sueltos dejáis, Derfel!
—También llegaremos a Argante.
—Pero su padre estaba allí. ¿No se ofendió Oengus porque Arturo volviera con Ginebra?
—Os contaré todo lo referente a Argante —le prometí— a su debido tiempo.
—¿Y Ahmar y Loholt? ¡No los habréis olvidado!
—Escaparon —dije—. Encontraron una barca de mimbre y cuero y cruzaron el río remando. Me temo que aún volveremos a encontrarlos en este relato.
Igraine trató de sonsacarme más detalles, pero le repetí que contaría la historia a mi ritmo y siguiendo mi orden. Por fin, dejó de interrogarme y se agachó a guardar los pergaminos en la bolsa de cuero donde solía llevarlos al Caer; le costaba trabajo agacharse pero no quiso que la ayudara.
—Cuánto me alegraré el día en que nazca mi hijo —dijo—. Tengo los pechos doloridos, me duelen las piernas y la espalda y ya no camino sino que me arrastro como un ganso. Brochvael también está harto ya.
—A los esposos nunca les gusta que sus esposas estén encintas —dije.
—En tal caso, podrían poner menos empeño en llenarles el vientre —dijo Igraine con aspereza. Hizo una pausa para escuchar las voces que Sansum daba al hermano Llewellyn por haber olvidado el cubo de leche en el pasadizo. Pobre Llewellyn. Es novicio en el monasterio y no hay quien trabaje y reciba menos gratitud a cambio; por culpa de un cubo de madera de tilo ha sido condenado a una paliza diaria durante una semana a manos de san Tudwal, el joven, poco más que un niño, a quien se mima como posible sucesor de Sansum. Todo el monasterio vive en el temor de Tudwal, sólo yo escapo a sus peores resentimientos gracias a la amistad de Igraine. Sansum necesita tanto la protección de su esposo que no se arriesga a disgustarla.
—Esta mañana —dijo Igraine— vi un ciervo con una sola asta. Es un mal presagio, Derfel.
—Los cristianos —contesté— no creemos en presagios.
—Pero veo que tocáis el clavo de vuestro pupitre.
—No siempre somos buenos cristianos.
—Me preocupa el alumbramiento —dijo tras un silencio.
—Todos rogamos por vos —dije, sabiendo que la respuesta era inadecuada. No obstante, yo había hecho algo más que rezar en la pequeña capilla del monasterio. Un día encontré una piedra de águila, inscribí el nombre de mi reina en ella y la enterré junto a un fresno. Si Sansum llegara a saber que he hecho tal conjuro, olvidaría lo mucho que depende de la protección de Brochvael y mandaría a Tudwal que me desangrara a latigazos un mes entero. Aunque, si supiera que estoy escribiendo la historia de Arturo, haría lo mismo.
Y seguiré escribiéndola, y durante un tiempo será grato, pues llega la época feliz, los años de paz. Aunque también fueron años de oscuridad, mas no lo veíamos porque sólo teníamos ojos para la luz y nunca nos preocupamos de las tinieblas. Creíamos haber disipado la oscuridad y que el sol luciría sobre Britania eternamente. Mynydd Baddon fue la victoria de Arturo, su mayor gesta, y tal vez la historia habría de concluir aquí; sin embargo, Igraine tiene razón, la vida no tiene finales determinantes y por eso debo continuar el relato de Arturo, mi señor, mi amigo y el salvador de Britania.
Arturo perdonó la vida a los hombres de Aelle. Ellos depusieron las armas y fueron distribuidos como esclavos entre los triunfadores. Llamé a unos cuantos para cavar la fosa de mi padre. Cavamos profundamente en aquella tierra blanda y húmeda cercana al río, y allí depositamos a Aelle con los pies mirando al norte y la espada en la mano, con la coraza sobre el corazón atravesado, el escudo sobre el vientre y la lanza que lo había matado junto al cuerpo; después llenamos la fosa nuevamente y recé una oración a Mitra mientras los sajones rezaban a su dios del trueno.
Por la tarde empezaron a arder las primeras piras funerarias. Ayudé a colocar los cadáveres de mis hombres en las piras y dejé a mis camaradas acompañando a los espíritus al otro mundo con canciones, mientras yo recogía mi montura y cabalgaba hacia el norte entre suaves sombras alargadas. Me dirigí a la aldea donde se habían refugiado nuestras mujeres y, a medida que ascendía por los montes del norte, el barullo del campo de batalla se debilitaba. Era el ruido de las hogueras que chisporroteaban, de las mujeres que lloraban, de los cantos elegiacos y de hombres embriagados que aullaban como salvajes.
Di a Ceinwyn noticia de la muerte de Cuneglas. Se quedó mirándome fijamente cuando se lo conté y tardó unos momentos en reaccionar, hasta que las lágrimas le inundaron los ojos. Se tapó la cabeza con el manto.
—Pobre Perddel —dijo, refiriéndose al hijo de Cuneglas, que ya era rey de Powys. Le relaté la forma en que había muerto su hermano y después se retiró a la cabaña donde vivía con nuestras hijas. Quería vendarme la herida de la cabeza, que tenía peor aspecto de lo que era en realidad, pero no pudo hacerlo pues ella y mis hijas tenían que llorar a Cuneglas, es decir, tenían que encerrarse durante tres días y tres noches, sin ver el sol y sin ver ni tocar hombre.
Ya había oscurecido. Podía haberme quedado en la aldea, pero me lo impidió la inquietud y, a la luz de la luna menguante, volví hacia el sur. Pasé primero por Aquae Sulis pensando que tal vez encontrara a Arturo en la ciudad, mas sólo hallé los restos de la carnicería pasados por el fuego. Nuestros soldados de leva se habían precipitado por las inútiles murallas dando muerte a cuanto ser vivo hallaron dentro, pero el horror concluyó cuando las tropas de Tewdric tomaron la ciudad. Esos cristianos limpiaron el templo de Minerva, recogieron las entrañas de tres toros sacrificados que los sajones habían dejado desangrándose sobre las baldosas y, tan pronto como el templo quedó acondicionado, los cristianos celebraron una ceremonia de acción de gracias. Los oí cantar y fui en busca de otros que cantaran lo mismo que yo, pero mis hombres se habían quedado en las ruinas del campamento de Cerdic y en Aquae Sulis no hallé sino desconocidos. No di con Arturo ni con ningún amigo más que Culhwch, borracho como una cuba, de modo que cabalgué por el río hacia el este en la oscuridad. El aire olía a sangre y las ánimas pululaban por todas partes, pero me arriesgué a ganarme su ira por encontrar compañía. Di con un grupo de hombres de Sagramor que cantaban en torno a una hoguera, pero ignoraban el paradero de su comandante, de modo que seguí cabalgando, adentrándome en dirección este atraído por el resplandor de una hoguera donde bailaban unos soldados.
Los danzarines eran Escudos Negros, que bailaban dando grandes saltos pues lo hacían entre las cabezas cortadas al enemigo. Habría pasado de largo a los irlandeses saltimbanquis, pero vislumbré dos siluetas de blanco sentadas tranquilamente junto al fuego en medio del corro de danzantes. Uno era Merlín.
Até al caballo a un tocón y crucé el corro de bailarines. Merlín y su compañero cenaban pan, queso y cerveza; al verme, el druida no me reconoció.
—Lárgate —me espetó— o te convierto en sapo. ¡Ah! ¡Eres tú, Derfel! —exclamó desilusionado—. Ya sabía yo que si encontraba algo de comer, algún estómago vacío pretendería que lo compartiera. Supongo que tendrás hambre.
—Así es, señor. —Me invitó a sentarme con un gesto.
—Sospecho que este queso es sajón —dijo sin convencimiento—, y estaba manchado de sangre cuando lo encontré, pero lo he limpiado con agua. Bueno, como fuera, pero ya está limpio, y, sorprendentemente, es bastante comestible. Supongo que hay suficiente para ti. —En realidad había suficiente para doce—. Te presento a Taliesin —dijo secamente—. Es una especie de bardo procedente de Powys.
Miré al renombrado bardo y vi a un hombre joven de rostro inteligente y despierto. Tenía la mitad superior de la cabeza rapada al estilo de los druidas, una barba corta y negra, la barbilla alargada, las mejillas hundidas y la nariz estrecha. Alrededor de la tonsura llevaba una fina cinta de plata. Sonrió e inclinó la cabeza.
—La fama os precede, lord Derfel.
—Como a vos —dije.
—¡Maldición! —gruñó Merlín—. Si vais a empezar a daros coba uno a otro me largo y os enjabonáis a vuestras anchas. Derfel lucha —dijo a Taliesin— porque en realidad no se ha hecho mayor y tú eres famoso porque casualmente tienes una voz pasable.
—Compongo canciones, además de cantar —dijo Taliesin modestamente.
—Cualquiera es capaz de componer canciones cuando está beodo —replicó Merlín con displicencia, y me miró entrecerrando los ojos—. ¿Es sangre eso que tienes en el pelo?
—Sí, señor.
—Da gracias porque no te hayan herido en ninguna parte vital. —Se rió solo de su gracia y señaló a los Escudos Negros—. ¿Qué te parece mi guardia personal?
—Bailan bien.
—Tiene motivos para bailar. ¡Qué jornada tan satisfactoria! —dijo Merlín—. Y Gawain cumplió su cometido a la perfección ¡Qué gratificante resulta que un imbécil sirva de algo y mira que Gawain era imbécil! ¡Un mocoso aburrido! Siempre tratando de arreglar el mundo. ¿Por qué los jóvenes creen saber siempre más que sus mayores? Taliesin, tú no pecas de tan insoportable malentendido. Taliesin —añadió, dirigiéndose a mí— ha venido para aprender conmigo.
—Mucho tengo que aprender —murmuró Taliesin.
—Muy cierto, muy cierto —replicó Merlín. Me ofreció una jarra de cerveza—. ¿Te has divertido en tu pequeña batalla, Derfel?
—No. —En verdad, me sentía extrañamente deprimido—. Cuneglas murió —añadí.
—Ya sabía lo de Cuneglas —dijo Merlín—. ¡Qué insensato! Tenía que haber dejado las heroicidades para los imbéciles como tú. De todas formas, es una lástima que haya muerto. No era exactamente inteligente, no lo que yo llamaría inteligente, pero no era un imbécil, y eso es raro en estos tristes días. Y siempre me dispensó un trato amable.
—Conmigo fue la personificación de la malicia —terció Taliesin.
—Pues tendrás que buscarte otro patrón —dijo Merlín al bardo—, y no mires a Derfel. No distingue una canción decente del pedo de un novillo. La clave del éxito en la vida —siguió aleccionando a Taliesin— radica en nacer de padres ricos. Yo he vivido sin cuitas de mis rentas, aunque ahora que lo pienso, hace años que no las cobro. ¿Tú me pagas renta, Derfel?
—Es mi deber, señor, pero nunca he sabido adónde enviárosla.
—Ahora no importa —dijo Merlín—. Soy viejo y débil. Sin duda moriré pronto.
—Tonterías —dije—, os veo en perfectas condiciones. —Parecía un anciano, naturalmente, pero en sus ojos bailaba la chispa de la maldad y en su anciano rostro arrugado había viveza. Tenía el cabello y la barba magníficamente trenzados y sujetos con lazos negros, y su túnica estaba limpia, a excepción de un poco de sangre seca. Y era feliz; creo que no sólo porque hubiéramos vencido sino porque disfrutaba de la compañía de Taliesin.
—La victoria da vida —replicó con desdén—, pero pronto olvidaremos este triunfo. ¿Dónde está Arturo?
—Nadie lo sabe —respondí—. He oído que estuvo largo rato conversando con Tewdric, pero ya no se encuentra con él. Sospecho que se ha reunido con Ginebra.
—El perro vuelve a sus vómitos —comentó Merlín con sarcasmo.
—Empiezo a apreciarla —dije a la defensiva.
—Ciertamente —replicó, burlón—, y me atrevería a decir que ahora no provocará mal alguno. Sería un buen patrón para ti —le dijo a Taliesin—, siente un respeto absurdo por los poetas. Pero no te vayas a la cama con ella.
—De eso no hay peligro, señor —respondió Taliesin. Merlín rompió a reír.
—Este joven bardo que tenemos aquí —me dijo— es célibe. Es una alondra castrada. Ha renunciado al mayor placer del hombre por mor de su don.
Taliesin sonrió al percibir mi curiosidad.
—No se refiere a mi voz, lord Derfel, sino al don de la profecía.
—¡Y es un don auténtico! —exclamó Merlín con genuina admiración—, aunque dudo que valga el celibato. Si me hubieran exigido tal precio alguna vez, habría abandonado la vara de druida. Habría aceptado un empleo más humilde, como ser bardo o lancero, por ejemplo.
—¿Veis el futuro? —pregunté a Taliesin.
—Predijo la victoria de hoy —contestó Merlín—, y sabía que Cuneglas moriría desde hace un mes, aunque no adivinó que un inútil zoquete sajón vendría a robarme todo el queso. —Me arrebató el queso bruscamente—. Supongo que ahora —añadió— querrás que te prediga el futuro, ¿no, Derfel?
—No, señor.
—Bien hablado —dijo Merlín—, siempre es mejor ignorar el futuro. Todo termina en llanto, y no hay más que decir.
—Pero la alegría se renueva —puntualizó Taliesin en voz baja.
—¡Oh, no, los dioses nos libren! —exclamó Merlín—. ¡La alegría se renueva! ¡Llega el alba! ¡Retoñan los árboles! ¡Escampan las nubes! ¡El hielo se derrite! Sabes cosas mejores que toda esa basura sentimental. —Guardó silencio. Los hombres de la guardia personal terminaron de bailar y fueron a divertirse con algunas cautivas sajonas. Las mujeres tenían niños, que gritaron lo suficiente como para molestar a Merlín, el cual puso mala cara—. El destino es inexorable —comentó con amargura—, y todo termina en llanto.
—¿Nimue está con vos? —le pregunté, e inmediatamente la expresión de alarma de Taliesin me indicó que había hecho una pregunta inadecuada.
Merlín miró al fuego. Las llamas le arrojaron una pavesa y él escupió para devolver al fuego su malicia.
—No me hables de Nimue, —dijo tras escupir. El buen humor desapareció y me sentí cohibido por haber hecho tal pregunta. Tocó su negra vara y suspiró—. Está enfadada conmigo —me dijo.
—¿Por qué, señor?
—Porque no le dejo salirse con la suya, claro está. Todo el mundo suele enfadarse por eso. —Otro madero se resquebrajó en la hoguera soltando chispas que se sacudió de la túnica con irritación después de escupir nuevamente a las llamas—. Leña de alerce —dijo—. Al alerce no le gusta que lo quemen recién cortado. —Me miró sombríamente—. Nimue no quería que trajera a Gawain a esta batalla. Cree que fue una pérdida inútil y, seguramente, tenga razón.
—Ha traído la victoria, señor —dije.
Merlín cerró los ojos y me pareció que suspiraba como diciendo que mi estupidez era terrible de soportar.
—He dedicado mi vida entera —dijo al cabo de un rato— a una cosa. Una cosa sencilla. Quería atraer a los dioses de nuevo. ¿Tan difícil es de comprender, Derfel? Pero se precisa una vida entera para hacer una cosa bien hecha, Derfel. Bueno, los necios como tú podéis alardear de ser magistrados un día y lanceros al siguiente, pero, cuando esas cosas terminan, ¿qué tenéis? ¡Nada! Para cambiar el mundo, Derfel, hay que tener una sola cosa en la cabeza. Arturo se acerca, eso se lo concedo. Quiere liberar Britania de los sajones, y probablemente lo haya conseguido por un tiempo, pero los sajones no se han extinguido y volverán. Tal vez yo no lo vea, ni tú, pero tus hijos y los hijos de tus hijos tendrán que librar esta misma batalla otra vez. Sólo hay un camino hacia la verdadera victoria.
—El camino de los dioses —dije.
—El camino de dioses —asintió—, ahí tienes el trabajo de mi vida. —Bajó la mirada un momento fijándola en su negra vara de druida, Taliesin lo observaba inmóvil—. De niño tuve un sueño —prosiguió en voz baja—. Fui a la gruta de Carn Ingli y soñé que tenía alas y volaba tan alto que veía la isla de Britania; era muy hermosa; hermosa y verde, rodeada de una espesa niebla que mantenía lejos a los enemigos. La isla bendita, Derfel, la isla de los dioses, el único lugar de la tierra digno de acoger su presencia. Ahí lo tienes, Derfel, no he deseado otra cosa desde aquel sueño más que recuperar la isla bendita, traer a los dioses de nuevo.
—Pero… —quise interrumpirle.
—¡No seas necio! —me gritó, y Taliesin esbozó una sonrisa—. ¡Piensa! —me instó—. ¡El trabajo de toda mi vida!
—Mai Dun —dije en voz baja.
Asintió con un gesto pero nada dijo. Unos hombres cantaban a lo lejos y se veían fogatas por todas partes. Los heridos gemían en la oscuridad mientras los perros y las alimañas husmeaban entre los muertos y los moribundos. Al alba, el ejército se despertaría ebrio y vería el horror del campo después de la batalla, pero mientras tanto todos cantaban y se empapaban de cerveza cobrada.
—En Mai Dun —dijo Merlín por fin, rompiendo su silencio— estuve muy cerca, muy cerca. Pero fui débil, Derfel, fui débil. Quiero a Arturo excesivamente. ¿Por qué? No es ingenioso, su conversación es aburrida como la de Gawain y siente una devoción ridícula por la virtud, pero lo quiero. Y a ti también, por lo visto. Una debilidad, ya lo sé. Aunque me agraden los hombres de inteligencia despierta, es a los honrados a quienes se inclina mi corazón. Admiro la fortaleza a secas, ¿sabes? y permití que esa admiración me debilitara en Mai Dun.
—Gwydre —dije, y Merlín asintió.
—Teníamos que haberlo matado, pero yo sabía que no podría. Al hijo de Arturo no puedo matarlo, y eso es una debilidad nefasta.
—No.
—¡Qué necio eres, Derfel! —repitió con hastío—. ¿Qué importa la vida de Gwydre frente a los dioses? ¿O frente a la perspectiva de restituir Britania? ¡Nada! Pero no pude hacerlo. Bien es verdad que encontré excusas. El pergamino de Caleddin dice llanamente: «El hijo del rey de la tierra debe ser sacrificado», y Arturo no es rey, pero eso es una nimiedad. Para que el rito fuera completo había que derramar la sangre de Gwydre y no encontré fuerzas para hacerlo. Matar a Gawain no fue problema, antes al contrario, fue un placer acallar la cháchara de ese insensato virgen, pero a Gwydre no podía matarlo y el rito quedó inconcluso. —Estaba hundido, encogido y hundido—. Fracasé —añadió con amargura.
—¿Y Nimue no piensa perdonaros? —pregunté vacilante.
—¿Perdonarme? ¡Ni siquiera conoce el significado de esa palabra! Considera el perdón una debilidad. Repetirá la ceremonia, y entonces no fallará. Si para ello debe matar a todos los hijos de todas las madres de Britania, lo hará. ¡Los pondrá en la olla y los hará hervir a fuego lento un buen rato! —Casi sonreía, y después se encogió de hombros—. Claro que ahora, le he puesto las cosas mucho más difíciles. Como buen anciano senil y sentimental, me vi en el deber de ayudar a Arturo en la escaramuza de hoy. Para hacerlo utilicé a Gawain y ahora creo que Nimue me odia.
—¿Por qué?
Levantó los ojos al cielo, que estaba lleno de humo, como apelando a los dioses para que me concedieran siquiera un poco de entendimiento.
—¿Crees, insensato, que es tan fácil encontrar cadáveres de príncipes virginales? Tardé años en llenar de pájaros la cabeza de ese zoquete para que se prestara al sacrificio. ¿Y qué he hecho hoy con él? ¡Lo he desperdiciado! Sólo por ayudar a Arturo.
—¡Pero vencimos!
—¡No seas tan necio! —me fulminó con la mirada—. ¿Que vencisteis, dices? ¿Qué es esa cosa abominable que llevas en el escudo?
Eché un vistazo a mi escudo.
—La cruz.
Merlín se froto los ojos.
—Los dioses están en guerra, Derfel, y hoy he dado la victoria a Yavé.
—¿A quién?
—Así se llama el dios cristiano. A veces lo llaman Jehová. Por lo que he podido averiguar, no es más que un humilde dios del fuego de un mísero país remoto, pero está empeñado en usurpar el poder de todos los demás dioses. Debe de ser un sapejo ambicioso, porque está ganando, y he sido yo quien le ha dado la victoria hoy. ¿Qué crees que recordarán los hombres de esta batalla?
—La victoria de Arturo —respondí con firmeza.
—Dentro de cien años, Derfel, nadie sabrá si fue victoria o derrota.
—Recordarán a Cuneglas —dije al cabo de un rato.
—¿A quién le importa Cuneglas? No será más que otro rey olvidado.
—¿La muerte de Aelle? —me aventuré a decir.
—Un perro moribundo merecería más atención.
—Entonces, ¿qué?
Mi torpeza hizo torcer el gesto a Merlín.
—Lo que recordarán, Derfel, es que llevabais la cruz en el escudo. Hoy, grandísimo zoquete, hemos entregado Britania a los cristianos, y he sido yo quien se la ha entregado. He proporcionado a Arturo lo que ambicionaba, pero el precio, Derfel, lo he pagado yo. ¿Entiendes ahora?
—Sí, señor.
—Y por eso he hecho mucho más ardua la tarea de Nimue. Pero lo intentará, Derfel, y ella no es como yo. No es débil. Nimue posee dureza interior, una dureza increíble.
—No matará a Gwydre —repliqué con confianza, sonriendo—, pues ni Arturo ni yo se lo permitiremos, y a ella no le será confiada Excalibur, de modo que no tiene forma de ganar la partida.
Merlín me miró fijamente.
—¿Crees, idiota, que Arturo o tú sois tan fuertes como para resistir a Nimue? Ella es una mujer, y las mujeres consiguen cuanto desean, y si para conseguirlo es preciso destrozar el mundo y todo lo que contiene, que así sea. Primero me destrozará a mí y luego volverá su ojo contra ti. ¿No es cierto lo que digo, mi joven profeta? —preguntó a Taliesin, pero el bardo había entornado los párpados y Merlín se encogió de hombros—. Le llevaré las cenizas de Gawain y le proporcionaré toda la ayuda que pueda —dijo—, porque se lo he prometido. Pero terminará en llanto, Derfel, todo terminará en llanto. ¡Qué caos he provocado! ¡Qué caos terrible! —Se arrebujó en el manto—. Ahora voy a dormir —dijo.
Más allá de la hoguera, los Escudos Negros violaban a las cautivas y yo me quedé sentado contemplando las llamas. Había contribuido a la victoria, pero me sentía inexpresablemente triste.
Aquella noche no vi a Arturo sino un breve momento cuando la aurora despuntaba entre brumas. Me saludó con la misma vivacidad de antaño y me pasó un brazo por los hombros.
—Deseo darte las gracias —dijo— por haber cuidado a Ginebra estas últimas semanas. —Llevaba puesta la armadura y tomaba un desayuno rápido consistente en una rebanada de pan mohoso.
—En todo caso —repuse— ha sido Ginebra quien ha cuidado de mí.
—¡Te refieres a las carretas! ¡Cuánto me habría gustado presenciarlo! —Arrojó el pan al suelo cuando Hygwydd, su escudero, salió con Llamrei de la oscuridad—. Te veré esta noche, Derfel —dijo, mientras Hygwydd le ayudaba a montar—, o tal vez mañana.
—¿Adónde vais, señor?
—A perseguir a Cerdic, naturalmente. —Se acomodó a lomos de Llamrei, recogió las riendas y Hygwydd le entregó la lanza y el escudo. Hincó los talones a la yegua y fue a reunirse con sus hombres, que esperaban entre la bruma como bultos de sombra. Mordred lo acompañaba también, ya sin guardianes que lo vigilaran y aceptado como soldado capaz por derecho propio. Vi que detenía a su caballo y me acordé del oro sajón que había encontrado en Lindinis. ¿Nos había traicionado Mordred? De ser cierto, no podía demostrarlo, y el resultado de la batalla lo negaba, pero aún odiaba a mi rey. Percibió mi mirada malévola y se alejó a caballo. Arturo reunió a sus jinetes y los vi partir entre estruendo de cascos.
Desperté a mis hombres a golpes de lanza y les ordené que reunieran a los sajones cautivos y los pusieran a cavar fosas nuevamente y a levantar piras funerarias. Creía que yo también pasaría el día ocupado en tan agotadora tarea cuando, a media mañana, Sagramor me mandó un mensaje rogándome que enviara un destacamento de lanceros a Aquae Sulis, donde se habían producido disturbios. Todo empezó cuando se extendió el rumor entre los lanceros de Tewdric de que se había encontrado el tesoro de Cerdic y que Arturo lo quería todo para sí. Aducían como prueba la desaparición de Arturo y proponían vengarse derribando el templo central, so pretexto de que había sido pagano en otro tiempo. Logré contener el frenesí de violencia anunciándoles que, efectivamente, se habían hallado dos cofres de oro, pero que estaban bajo vigilancia y su contenido se repartiría equitativamente tan pronto regresara Arturo. Por recomendación de Tewdric enviamos a seis soldados suyos a reforzar la vigilancia de los cofres, que se hallaban entre los restos del campamento de Cerdic.
Los cristianos de Gwent se tranquilizaron, pero los lanceros de Powys iniciaron nuevos disturbios arguyendo que Oengus mac Airem era el responsable de la muerte de Cuneglas. La enemistad entre Powys y Demetia se remontaba muchos años en el tiempo, pues era proverbial la afición de Oengus mac Airem a saquear las tierras de su rico vecino en tiempos de cosecha; ciertamente, en Demetia se hablaba de Powys como «nuestra despensa», pero ese día fueron los hombres de Powys los que iniciaron la pelea so pretexto de que Cuneglas no habría muerto si los Escudos Negros hubieran llegado a tiempo al campo de batalla. Los irlandeses no eran hombres que rehuyeran las trifulcas y, tan pronto se restableció la calma entre los hombres de Tewdric, se oyó un entrechocar de espadas y lanzas en los alrededores de la sala del tribunal; los de Powys y los de Demetia organizaron una escaramuza cruenta. Sagramor impuso calma, aunque una calma inquieta, castigando ejemplarmente con la muerte a los cabecillas de ambos bandos, pero a lo largo del día las dos naciones continuaron hostigándose mutuamente. La discordia se agravó cuando se supo que Tewdric había enviado un destacamento de soldados a ocupar Lactodurum, una fortaleza situada al norte que Britania había perdido hacía años; los hombres de Powys la reclamaban como territorio propio, y no de Gwent; rápidamente se organizó una banda de lanceros de Powys que fue a perseguir a los de Gwent para hacer valer sus derechos. Los Escudos Negros, que no tenían parte en la contienda de Lactodurum, dieron la razón a los de Gwent sólo por enfurecer a los de Powys, actitud que tan sólo originó mayor número de escaramuzas. Se produjeron refriegas mortales por causa de una plaza de la que la mayoría de los combatientes ni siquiera había oído hablar y que, no obstante, tal vez estuviera guarnicionada aún por los sajones.
Los dumnonios logramos mantenernos al margen de las hostilidades, de modo que nuestros soldados se encargaron de patrullar por las calles y las peleas se produjeron sólo en las tabernas; no obstante, por la tarde, con la llegada de Argante, nos vimos finalmente arrastrados a las disputas. La princesa irlandesa llegó de Glevum con un puñado de criados y descubrió que Ginebra había ocupado la casa del obispo, construida tras el templo de Minerva. El palacio episcopal no era ni el mayor ni el más cómodo de Aquae Sulis, pues tal distinción pertenecía al palacio de Cildydd el magistrado; Lancelot había ocupado la casa de Cildydd durante su estancia en Aquae Sulis y por tal motivo Ginebra no deseaba trasladarse allí. No obstante, Argante insistió en ocupar el palacio del obispo porque se hallaba dentro del recinto sagrado, y un entusiasmado grupo de Escudos Negros se prestó a desalojar a Ginebra, mas toparon con una veintena de soldados míos que la defendieron a ultranza. Dos hombres murieron antes de que Ginebra anunciara que no le importaba instalarse allí o en cualquier otra parte, y se trasladó a los alojamientos de los sacerdotes, construidos a lo largo de las grandes termas. Argante, victoriosa en la confrontación, declaró que el lugar era apto para Ginebra, pues afirmó que los alojamientos de los sacerdotes habían sido un burdel en tiempos pasados, y Fergal, el druida de Argante, se llevó a una muchedumbre de Escudos Negros a las termas, donde se divirtieron preguntando los precios del burdel y dando voces a Ginebra para que saliera a enseñarles su cuerpo. Otro contingente de Escudos Negros ocupó el templo y derribó rápidamente la cruz que Tewdric había erigido en el altar, y entonces veintenas de lanceros de manto rojo de Gwent entraron por la fuerza en el templo a reponer la cruz.
Sagramor y yo llevamos lanceros al recinto sagrado que, a media tarde, prometía convertirse en un baño de sangre. Mis hombres quedaron apostados a las puertas del templo, los de Sagramor protegían a Ginebra, pero los guerreros borrachos de Demetia y Gwent nos superaban a ambos en número, mientras que los de Powys, satisfechos de tener una causa con la que fastidiar a los Escudos Negros, apoyaban a Ginebra a gritos. Me abrí camino entre la turba empapada de hidromiel repartiendo garrotazos entre los alborotadores que más destacaban, pero temí la violencia, que iba en aumento a medida que el sol se ponía. Hubo de ser Sagramor quien por fin impusiera una tregua inestable por la noche. Trepó al tejado de las termas y desde allí, erguido en toda su estatura entre dos esculturas, pidió silencio a gritos. Se había desnudado el torso de modo que, en contraste con los guerreros de mármol blanco que lo flanqueaban, su piel de ébano producía un impacto aún mayor.
—Si alguno de vosotros tiene ganas de pelea —anunció con su curioso acento— se las verá primero conmigo. ¡Hombre contra hombre! Espada o lanza, como gustéis. —Sacó su larga cimitarra y fulminó con la mirada a los hombres de abajo.
—¡Que se vaya la ramera! —gritó una voz anónima entre los Escudos Negros.
—¿Tienes algo en contra de las rameras? —respondió Sagramor—. ¿Qué clase de guerrero eres? ¿Eres virgen? Si tanto deseas preservar la virtud, ven aquí arriba que yo te castraré. —La respuesta provocó grandes risas que pusieron fin al peligro inminente.
Argante permaneció en el palacio llena de resentimiento. Se llamaba a sí misma emperatriz de Dumnonia y exigió que dispusiéramos para ella una guardia de dumnonios, pero ya era tan numerosa la guardia de Escudos Negros que su padre le había puesto que ninguno de los dos obedecimos. Por el contrario, ambos nos despojamos de la ropa y nos zambullimos en el gran baño romano, donde descansamos exhaustos. El agua caliente disolvía el cansancio como por ensalmo. El vapor subía hasta los azulejos rotos del techo.
—Tengo entendido —dijo Sagramor— que este edificio es el más grande de Britania.
—Probablemente —dije, mirando el vasto techo.
—Pero cuando yo era niño vivía como esclavo en una casa mucho mayor.
—¿En Numidia?
—Sí, aunque yo nací más al sur. Me vendieron como esclavo cuando era muy pequeño. Ni siquiera recuerdo a mis padres.
—¿Cuándo te fuiste de Numidia?
—Después de matar por primera vez. A un criado, sí. Yo tendría unos diez años, once, tal vez. Eché a correr y me uní al ejército romano como hondeador. Todavía soy capaz de dar una pedrada a un hombre entre los ojos a cincuenta pasos de distancia. Después aprendí a montar. Luché en Italia, en Tracia y en Egipto, y reuní dinero para unirme a los francos. Entonces, Arturo me hizo prisionero. —No solía ser tan comunicativo. El silencio era, sin duda, una de las armas más efectivas de Sagramor; el silencio, su semblante de halcón y su fama terrible, pero en privado era amable y reflexivo—. ¿Y ahora, de qué lado estamos? —me preguntó con cara de confusión.
—¿A qué te refieres?
—¿Del de Ginebra o del de Argante?
—Dímelo tú —respondí con un encogimiento de hombros.
Metió la cabeza debajo del agua, la sacó y se limpió los ojos.
—Del de Ginebra, supongo, si son ciertos los rumores.
—¿Qué rumores?
—Que Arturo y ella estuvieron juntos anoche, aunque siendo Arturo como es, pasarían la noche departiendo, claro. Antes desgasta la lengua que la espada.
—Cosa que a vos no os sucedería jamás.
—No —replicó con una sonrisa, y la amplió más aún al mirarme—. Derfel, tengo entendido que abriste brecha en una barrera de escudos tú solo.
—Era muy delgada —dije—, e inmadura.
—Yo abrí brecha en una muy gruesa —respondió con una sonrisa—, muy gruesa, y llena de guerreros curtidos. —Me desquité hundiéndole la cabeza bajo el agua y me fui rápidamente antes de que me ahogara él a mí. Los baños estaban a oscuras porque no había antorchas encendidas y los últimos rayos del sol poniente no se colaban por los agujeros del techo. La estancia estaba llena de vapor de agua y, aunque sabía que había más gente bañándose, hasta el momento no había reconocido a nadie; sin embargo, al cruzar la piscina a nado, vi una figura con ropas blancas agachada junto a un hombre que estaba sentado en uno de los escalones sumergidos en el agua. Reconocí el hirsuto pelo de los lados de la cabeza tonsurada del hombre que estaba agachado, y un instante después oí lo que decía.
—Confiad en mí —declaraba con sereno fervor—, dejadlo en mis manos, lord rey. —Levantó la mirada un momento y me vio. Era el obispo Sansum, recién liberado de su cautiverio y repuesto en su lugar con todos los honores gracias al compromiso que Arturo adquirió con Tewdric. Pareció sorprendido de verme, pero consiguió esbozar una sonrisa malévola—. Vos, lord Derfel —dijo, retirándose cautamente del borde de la piscina—, ¡uno de nuestros héroes!
—¡Derfel! —gritó el hombre del escalón, y vi que era Oengus mac Airem, que se precipitó hacia mí y me envolvió en un abrazo osuno—. Es la primera vez que abrazo a un hombre desnudo —comentó el rey de los Escudos Negros—, y la verdad, no le encuentro atractivo al asunto. También es la primera vez que me baño. ¿Crees que moriré por ello?
—No —dije, y miré a Sansum de soslayo—, mas frecuentáis compañías extrañas, lord rey.
—Los lobos tienen pulgas, Derfel, los lobos tienen pulgas —farfulló Oengus.
—Así pues, ¿para qué ha de confiar mi señor rey en ti, Sansum? —pregunté al obispo.
Sansum no respondió pero me pareció que Oengus se avergonzaba horriblemente.
—El santuario —dijo por fin—. El buen obispo dice que puede arreglárselas para que mis hombres lo usen como templo durante un tiempo. ¿No es así, obispo?
—Exactamente, lord rey —corroboró Sansum.
—Mentís mal, los dos —dije, y Oengus se echó a reír. Sansum me miró con hostilidad y se escabulló hacia la salida. No hacía sino unas horas que era libre y ya estaba tramando maldades—. ¿Qué os decía, lord rey? —insistí; no me disgustaba Oengus, era un hombre sencillo, fuerte, un granuja, pero un gran amigo.
—¿Qué crees tú? —contestó.
—Hablaba de vuestra hija —dije.
—Una niña muy bonita, ¿verdad? —replicó Oengus—; muy delgada, claro y con las ideas de una loba en celo. Este mundo es muy raro, Derfel. Engendro hijos lerdos como bueyes e hijas astutas como lobos. —Se interrumpió y saludó a Sagramor, que me había seguido por el agua—. ¿Qué pasará con Argante? —me preguntó Oengus.
—No lo sé, señor.
—Arturo se casó con ella, ¿no es así?
—Tampoco eso lo sé con certeza —dije.
Me clavó una mirada penetrante y luego sonrió al comprender lo que quería decir.
—Ella dice que se casaron formalmente, pero no me diría otra cosa. No estaba seguro de que Arturo quisiera casarse con ella y le presioné. Era una boca menos que alimentar, comprendedlo. —Hizo una breve pausa—. El asunto es, Derfel —prosiguió—, que Arturo no puede mandármela otra vez así, por las buenas. Sería un insulto, y además no quiero que vuelva. Me quedan hijas de sobra, todavía. La mitad del tiempo ni sé siquiera cuáles son mías y cuáles no. ¿Que necesitas una mujer? Ven a Demetia y escoge la que más te plazca, pero te advierto que son todas parecidas. Bonitas pero con los dientes afilados. ¿Qué piensa hacer Arturo?
—¿Qué os aconseja Sansum? —pregunté.
Oengus fingió no haber oído la pregunta, pero sabía que finalmente nos lo diría porque no sabía guardar secretos.
—Sólo me recordó —confesó por fin— que Argante había sido prometida a Mordred con anterioridad.
—¿Es cierto? —preguntó Sagramor, sorprendido.
—Hace algún tiempo —respondí—, un simple comentario de pasada. —Había sido el propio Oengus quien lo dijera, pues estaba desesperado por reforzar a toda costa su alianza con Dumnonia, ya que era la mejor protección que podía procurarse contra Powys.
—Y si Arturo no se ha casado con ella formalmente —prosiguió Oengus—, Mordred sería una consolación, ¿no es así?
—Una consolación —repitió Sagramor con acritud.
—Será reina —dijo Oengus.
—Cierto —dije.
—De modo que no es tan mala idea —concluyó Oengus sin darle importancia, aunque se me antojó que apoyaría tal idea apasionadamente. Los esponsales con Mordred desagraviarían el orgullo herido de Demetia, y además comprometería a Dumnonia a dar protección al país de su reina.
Por mi parte, parecióme que la propuesta de Sansum era la peor argucia que había oído en todo el día, pues poco había de esforzarme para imaginar las maldades que podrían tramar entre Mordred y Argante, pero nada dije.
—¿Sabes qué le falta a estos baños? —preguntó Oengus.
—Decídmelo, lord rey.
—Mujeres. —Se rió—. ¿Dónde está la tuya, Derfel?
—Está de duelo —dije.
—¡Ah, claro! Por Cuneglas. —El rey de los Escudos Negros se encogió de hombros—. Nunca me tuvo aprecio, pero yo a él sí. ¡Pocos hombres confiaban en las promesas como él! —Oengus se rió a carcajadas, pues tales promesas se las había hecho él sin la menor intención de cumplirlas—. Pero no puedo decir que lamente su muerte. Su hijo es pequeño todavía y está muy apegado a su madre. Ella y el par de arpías de sus tías reinarán por un tiempo. ¡Tres brujas! —Volvió a reírse—. Creo que podremos adueñarnos de algunas tierras de esas tres damas. —Poco a poco, fue metiendo la cara en el agua—. Hago subir a los piojos hacia arriba —nos dijo al tiempo que atrapaba a uno de los pequeños insectos grises que trepaba por las barbas huyendo de la proximidad del agua.
No había visto a Merlín en todo el día y, por la noche, Galahad me dijo que el druida ya había salido del valle en dirección norte. Encontré a Galahad de pie junto a la pira de Cuneglas.
—Sé que Cuneglas no apreciaba a los cristianos —me dijo—, pero no creo que le importara una oración cristiana por su alma. —Le invité a dormir entre mis hombres y paseamos juntos hasta el campamento de mis soldados.
—Merlín me dio un recado para ti —dijo después—. Dice que encontrarás lo que buscas entre los árboles muertos.
—No creo estar buscando nada —dijo.
—Pues ve a mirar entre los árboles muertos —dijo Galahad—, y encontrarás lo que no buscas.
Aquella noche no fui a buscar nada, sino que me envolví en el manto entre mis hombres en el campo de batalla. Me desperté temprano con un gran dolor de cabeza y las articulaciones doloridas. Había terminado la bonanza y caía una fina llovizna del oeste. La lluvia podía llegar a empapar las piras, de modo que empezamos a recoger leña para alimentar las hogueras funerarias, y entonces me acordé del críptico mensaje de Merlín, pero no veía árboles muertos por ninguna parte. Cortábamos robles, olmos y hayas con hachas sajonas y respetábamos sólo los fresnos sagrados, pero todos los que cortábamos estaban sanos. Pregunté a Issa si había visto árboles muertos en los alrededores y me dijo que no, pero Eachern dijo haber avistado unos cuantos más allá del meandro del río.
—Enséñamelos.
Eachern nos condujo a un grupo por la orilla y, en la curva que describía el río bruscamente hacia el este, divisamos un montón de árboles secos atrapados en las raíces visibles de un sauce. Las ramas muertas estaban cubiertas de toda clase de desechos que el río había transportado, pero nada hallé de valor entre los restos.
—Si Merlín dice que aquí hay algo de valor —dijo Galahad—, tenemos que mirar bien.
—A lo mejor no se refería a estos árboles —dije.
—Son tan buenos como cualquiera —dijo Issa; se desabrochó la espada para no mojarla y saltó a la maraña. Se abrió paso entre las erizadas ramas superiores hasta llegar al río—. ¡Dadme una lanza! —dijo.
Galahad le tendió una lanza e Issa revolvió entre las ramas con ella. En un punto, un retal de red de pesca deshilachada y alquitranada había sido enganchada en forma de tienda, y estaba cubierta de hojas caídas; Issa hubo de hacer uso de toda su fuerza para izar aquel bulto enredado.
Fue entonces cuando el fugitivo salió de su escondrijo. Se había ocultado bajo la red, incómodamente apostado en un tronco medio hundido, pero en ese momento, cual nutria levantada por perros de caza, se alejó apresuradamente de la lanza de Issa y trató de escapar río arriba. Tropezaba continuamente en los árboles secos y la armadura le impedía avanzar ligero, de modo que mis hombres saltaron a la orilla con gran alborozo y le dieron alcance fácilmente. De no haber llevado armadura, el fugitivo habría podido zambullirse en el río y alcanzar la otra orilla a nado, pero no le quedó otro remedio que rendirse. El hombre debía de llevar dos noches y un día avanzando río arriba, pero debió de descubrir el escondite y le parecería idóneo para ocultarse hasta que todos hubiéramos abandonado el campo de batalla. Pero lo habíamos atrapado.
Era Lancelot. Primero lo reconocí por el largo cabello negro, del que tanto se vanagloriaba, y luego, cubierta de lodo y ramas, descubrí la famosa armadura blanca de esmalte. Sólo había terror en su rostro. Nos miró a nosotros y después al río como si pensara en lanzarse a la corriente, entonces volvió a mirarnos y descubrió a su medio hermano.
—¡Galahad! —lo llamó—. ¡Galahad!
Galahad me miró unos instantes, hizo la señal de la cruz y, dándose media vuelta, se alejó.
—¡Galahad! —gritó Lancelot de nuevo, cuando su hermano hubo desaparecido tras el terraplén de la orilla.
Galahad siguió andando.
—¡Subidlo aquí! —ordené. Issa lo azuzó con la lanza y el aterrorizado Lancelot trepó como pudo por entre unas ortigas que crecían en la orilla. Conservaba la espada, pero debía de estar oxidada tras la prolongada inmersión en el río. Me planté delante de él cuando salió tropezando de entre las ortigas.
—¿Os batiréis conmigo aquí y ahora, lord rey? —pregunté, al tiempo que desenvainaba a Hywelbane.
—¡Déjame marchar, Derfel! ¡Te enviaré dinero, te lo prometo! —Siguió chapurreando, prometiéndome más oro del que pudiera desear, pero no sacó la espada hasta que apoyé la punta de Hywelbane fuertemente en su pecho, y en ese instante supo que iba a morir. Me escupió, dio un paso atrás y desenvainó. En otro tiempo, su espada se llamaba Tanlladwyr, que significa «Asesina Fulgurante», pero cuando Sansum lo bautizó, le cambió el nombre al arma y le puso Espada de Cristo. La Espada de Cristo estaba oxidada en ese momento, pero seguía siendo un arma formidable y, para mi sorpresa, Lancelot no era mal espadachín. Siempre lo había tenido por cobarde, mas aquel día luchó con valentía. Estaba desesperado y lo demostró en una serie de ataques cortantes y rápidos que me obligaron a retroceder. Pero además, Lancelot estaba cansado, empapado y helado, y se fatigó enseguida, de modo que, una vez hube esquivado la primera lluvia de estocadas, me tomé tiempo para pensar en la forma de acabar con él. Su desesperación iba en aumento y la violencia de sus ataques se recrudeció, pero di fin al combate cuando me agaché por debajo de una de sus feroces acometidas y sujeté a Hywelbane de modo que la punta se le clavó en el brazo y, por el impulso que llevaba, le abrió las venas desde la muñeca hasta el codo. Gritó al ver saltar la sangre y la espada se le cayó de la mano inerte; abyectamente aterrorizado, esperó el golpe de gracia.
Limpié la hoja de Hywelbane con un puñado de hierba, la sequé con el manto y la envainé.
—No quiero que tu espíritu permanezca en mi espada —le dije y, por un instante, me miró agradecido, mas al punto quebré sus esperanzas—. Tus hombres mataron a mi hija —le recordé—, los mismos que enviaste para que te llevaran a Ceinwyn al lecho. ¿Crees que puedo perdonarte alguna de esas cosas?
—Yo no se lo ordené —arguyó con desesperación—. ¡Créeme!
Le escupí en la cara.
—¿Preferís que os entregue a Arturo, lord rey?
—¡No, Derfel, por favor! —Juntó las manos y se estremeció—. ¡Por favor!
—¡Dadle la muerte de una mujer! —me instó Issa; referíase a desnudarlo, caparlo y dejarlo morir desangrándose por la entrepierna.
Me tentó la idea, pero temía disfrutar con la muerte de Lancelot. La venganza es placentera; yo había dado una muerte horrenda a los asesinos de Dian y en ningún momento sentí remordimientos por el macabro placer que me proporcionó su sufrimiento, pero no tenía agallas para torturar a ese hombre tembloroso y miserable. Tanto temblaba que me compadecí de él, y me sorprendí pensando si perdonarle la vida o no. Sabía que era un traidor y un cobarde y que merecía la muerte, pero su terror era tan rastrero que llegué a sentir verdadera lástima de él. Siempre había sido mi enemigo, siempre me había despreciado, y sin embargo, cuando cayó de rodillas ante mí con el rostro inundado de lágrimas, me sentí impulsado a la clemencia, sabiendo que tanto placer encontraría en semejante ejercicio de poder como en ordenar su muerte. Quise saborear su gratitud un instante, pero entonces me acordé del rostro moribundo de mi hija y empecé a temblar de cólera súbitamente. Arturo era famoso por perdonar a sus enemigos, pero a ese enemigo yo no podría perdonarlo jamás.
—La muerte de una mujer —insistió Issa.
—No —dije, y Lancelot me miró con renovada esperanza—. Ahorcadlo como a un vulgar malhechor —dije.
Lancelot gimió, pero no permití que el corazón me flaqueara.
—¡Ahorcadlo! —ordené de nuevo. Y así lo hicimos. Encontramos una cuerda de crin de caballo, la atamos a la rama de un roble y aupamos a Lancelot. Bailaba colgado, y siguió bailando hasta que Galahad volvió y sujetó por los talones a su medio hermano para ahorrarle el horror de la asfixia.
Desnudamos a Lancelot. Arrojé al río su espada y su refinada armadura, quemé sus ropas y, con una gran hacha sajona, lo descuarticé. No lo incineramos sino que lo echamos a los peces para que su negro espíritu no envileciera el otro mundo con su presencia. Lo borramos de la faz de la tierra y conservé tan sólo el cinturón esmaltado que le había regalado Arturo.
A mediodía encontré a Arturo. Regresaba de perseguir a Cerdic y él y sus hombres llegaron al valle a lomos de los cansados caballos.
—Hemos perdido a Cerdic —me dijo—, pero encontramos a otros. —Acarició el cuello de Llamrei, blanco de sudor—. Cerdic está vivo, Derfel, pero se ha debilitado tanto que tardará mucho tiempo en causarnos problemas otra vez. —Sonrió, y entonces se dio cuenta de que no estaba tan contento como él—. ¿Qué te ocurre? —preguntó.
—Esto, señor —dije, y le mostré el valioso cinturón de esmalte.
Tardó un momento en comprender que no se trataba de una simple pieza de botín sino del cinturón de espada que él mismo había regalado a Lancelot. Su semblante reflejó un instante la misma expresión que los muchos meses anteriores a Mynydd Baddon: la expresión impenetrable y ceñuda de la amargura, y luego me miró a los ojos.
—¿Su dueño?
—Muerto, señor. Ahorcado vergonzosamente.
—Bien —dijo en voz baja—. Ese objeto, Derfel, tíralo. —Arrojé el cinturón al río.
Y así murió Lancelot, aunque las canciones que había pagado con oro sobrevivieron y, hasta hoy, es ensalzado como a un héroe comparable a Arturo. A Arturo se le recuerda como gobernante, pero a Lancelot lo llaman guerrero. Ciertamente, fue un rey sin tierra, un cobarde y el mayor traidor de Britania, y su espíritu vaga por Lloegyr aun hoy, clamando por su cuerpo de sombra, que jamás existirá pues cortamos su cadáver en pedazos y arrojamos los pedazos a los peces del río. Si los cristianos no yerran y el infierno existe, que sufra allí por los siglos de los siglos.
Galahad y yo seguimos a Arturo a la ciudad pasando ante la pira funeraria de Cuneglas y serpenteando entre las tumbas romanas, donde tantos hombres de Aelle habían caído. Le había advertido de lo que le esperaba, pero no pareció desanimarse cuando le dije que Argante se hallaba en la ciudad.
Su llegada a la ciudad atrajo a muchos peticionarios ansiosos que reclamaban su atención, hombres que exigían reconocimiento por actos heroicos realizados en la batalla, compensación en esclavos y oro o justicia en disputas muy anteriores a la invasión sajona. Arturo pidió a todos que le aguardaran en el templo, aunque, una vez hubo entrado, olvidó las súplicas. Convocó a Galahad a la antecámara del templo y, al cabo de un rato, mandó a buscar a Sansum. El obispo cruzó presuroso las dependencias entre burlas de lanceros dumnonios. Departió largo y tendido con Arturo, y después, Oengus mac Airem y Mordred fueron llamados a presencia de Arturo. Los lanceros del recinto hacían apuestas sobre dónde iría Arturo, si a casa del obispo con Argante o a los alojamientos de los sacerdotes con Ginebra.
Arturo no me pidió consejo. Por el contrario, cuando convocó a Oengus y a Mordred me rogó que fuera a informar a Ginebra de su regreso, de modo que me dirigí al otro extremo del patio, a los alojamientos de los sacerdotes, y encontré a Ginebra en una habitación del piso superior en compañía de Taliesin. El bardo, ataviado con una túnica blanca y limpia y con la fina cinta de plata alrededor del negro cabello, se puso en pie e hizo una inclinación al verme entrar. Tenía un arpa pequeña, pero me dio la impresión de que habían estado conversando y no tocando música. Sonrió y se retiró de la estancia dejando caer la gruesa cortina que cerraba el acceso.
—Un hombre de brillante inteligencia —dijo Ginebra, levantándose a saludarme. Llevaba un vestido de color crema rematado con cintas azules en los orillos, el collar sajón que yo le había regalado en Mynydd Baddon y el rojo cabello recogido en la parte superior de la cabeza con una cadena de plata. No estaba tan elegante como la recordaba, antes de los malos tiempos, pero no guardaba parecido alguno con la mujer armada que cabalgara con entusiasmo por el campo de batalla. Se acercó con una sonrisa—. ¡Estás limpio, Derfel!
—Me he bañado, señora.
—¡Y no has muerto! —se burló gentilmente, y me besó en la mejilla y, una vez me hubo besado, me sujetó un momento por los hombros—. Te debo mucho —dijo en voz baja.
—No, señora, no —dije y, abochornado, me separé.
Se rió de mi azoramiento y fue a sentarse en la ventana que dominaba las dependencias del patio. La lluvia formaba charcos entre las piedras y goteaba por la sucia fachada del templo donde estaba atado el caballo de Arturo a un aro incrustado en una columna. No precisaba que le anunciara el regreso de Arturo, pues a buen seguro lo habría visto llegar con sus propios ojos.
—¿Con quién está? —me preguntó.
—Con Galahad, Sansum, Mordred y Oengus.
—¿Y no te ha convocado a ti al consejo? —preguntó con un leve deje de su antigua sorna.
—No, señora —dije, procurando ocultar mi decepción.
—Estoy segura de que no te ha olvidado.
—Eso espero, señora —contesté, y entonces, con mucha mayor zozobra, le dije que Lancelot había muerto. No cómo había muerto, sólo que había muerto.
—Ya me lo había dicho Taliesin —respondió mirándose las manos.
—¿Cómo lo sabía? —pregunté, pues había muerto muy poco antes y Taliesin no se encontraba en el río.
—Lo soñó anoche —dijo Ginebra y, con un gesto brusco, zanjó el tema—. Bien, ¿de qué hablan allí? —preguntó, mirando al templo—. ¿De la esposa niña?
—Eso me imagino, señora —dije, y le conté que el obispo Sansum había aconsejado a Oengus mac Airem que Argante se casara con Mordred—. Me parece la peor idea que he oído en mi vida —manifesté con indignación.
—¿De verdad?
—Es completamente absurdo.
—No fue idea de Sansum —me dijo con una sonrisa—, sino mía.
Me quedé mirándola tan sorprendido que tardé unos momentos en recuperar el habla.
—¿Vuestra, señora? —logré preguntar por fin.
—No cuentes a nadie que la idea es mía —me advirtió—. Argante no lo pensaría un momento siquiera si supiera que la idea la he dado yo. Antes se casaría con un porquerizo que con alguien propuesto por mí. De modo que mandé buscar al pequeño Sansum y le rogué que me dijera si era cierto el rumor sobre Argante y Mordred, y añadí que me parecía una idea deleznable, cosa que, naturalmente, le hizo cobrar mayor entusiasmo por el asunto, aunque fingió indiferencia. Incluso lloré un poquito y le rogué que jamás revelara a Argante cuán detestable me parecía la idea. En ese momento, Derfel, ya podía decirse que estaban casados. —Sonrió triunfalmente.
—Pero ¿por qué? —pregunté—. ¿Mordred y Argante? ¡Sólo causarán problemas!
—Causarán problemas tanto si están casados como si no, y es necesario que Mordred contraiga matrimonio, Derfel, para tener un heredero; es decir, que debe casarse con una princesa. —Hizo una pausa y acarició el collar—. Confieso que preferiría que no tuviera herederos, pues así el trono quedaría libre a su muerte. —No terminó de redondear el pensamiento y la miré con curiosidad, a lo cual respondió con una expresión fija de inocencia. ¿Estaría pensando que Arturo podría heredar el trono de Mordred si el rey no tenía descendencia? Pero Arturo nunca lo había deseado. Entonces comprendí que si Mordred moría, Gwydre, el hijo de Ginebra, tendría tanto derecho como cualquiera a reclamar ese trono. Debí delatar mis pensamientos, pues Ginebra sonrió—. No es que debamos especular sobre la sucesión —prosiguió antes de que yo pudiera decir algo—, pues Arturo insiste en que Mordred se case si así lo desea y, al parecer, al perverso muchacho le place Argante. Es posible que incluso lleguen a entenderse. Como víboras en un nido pestilente.
—Y Arturo tendrá dos enemigos unidos por la amargura —dije.
—No —replicó Ginebra y, con un suspiro, miró por la ventana—. No si satisfacemos sus deseos, y si yo satisfago los de Arturo. No sabes de qué deseos se trata, ¿verdad?
Reflexioné un instante y, de repente, lo comprendí todo. Entendí lo que Arturo y ella debían de haber hablado durante la larga noche después de la batalla. Comprendí también las medidas que Arturo debía de estar tomando en el templo de Minerva.
—¡No! —me opuse. Ginebra sonrió.
—Yo tampoco lo deseo, Derfel, pero amo a Arturo. Y es mi obligación satisfacer sus deseos. Le debo un poco de felicidad, ¿no crees? —preguntó.
—¿Quiere renunciar al poder? —pregunté, y ella asintió. Arturo siempre había hablado de su sueño, llevar una vida sencilla, con su esposa, su familia y un poco de tierra. Quería una fortaleza, una empalizada, una fragua y unos campos. Imaginábase convertido en terrateniente, sin más complicaciones que la preocupación de que los pájaros le robaran el grano, los ciervos se comieran sus verduras y la lluvia echara a perder las cosechas. Hacía años que alimentaba ese sueño y en aquel momento, tras vencer a los sajones, parecía que fuera a convertirlo en realidad.
—También Meurig quiere que Arturo abandone el poder —dijo Ginebra.
—¡Meurig! —escupí—. ¿Por qué habría de importarnos lo que quiera Meurig?
—Es el precio que Meurig exigió para permitir que su padre llevara al ejército de Gwent a la guerra. Arturo no te lo dijo antes de la batalla porque sabía que discutiríais.
—Pero ¿por qué quiere Meurig que Arturo renuncie al poder?
—Porque cree que Mordred es cristiano —dijo Ginebra con un encogimiento de hombros— y porque quiere que Dumnonia esté mal gobernada. De esa forma, Derfel, Meurig tiene posibilidades de apoderarse del trono de Dumnonia algún día. Es un sapejo ambicioso. —Yo le tildé de algo peor y Ginebra sonrió—. Sí, eso también, pero es preciso satisfacer el precio convenido, de modo que Arturo y yo nos iremos a vivir a Isca la de Siluria, donde Meurig pueda vigilarnos. Será mejor vida que en una fortaleza en ruinas. En Isca hay algunos palacios romanos agradables y muy buena caza. Nos llevaremos a algunos lanceros. Arturo cree que no los necesitamos, pero tiene enemigos y no debe renunciar a una banda de guerreros.
—¡Pero Mordred…! —exclamé, paseando inquieto por la habitación—. ¿Acaso recuperará el poder?
—Es el precio por el ejército de Gwent —dijo Ginebra—, y si Argante va a casarse con Mordred, es necesario devolverle el poder; de lo contrario, Oengus jamás daría su consentimiento. Al menos habrá que otorgarle cierta influencia y ella la compartirá con él.
—¡Y la obra de Arturo será destruida! —dije.
—Arturo ha librado a Britania de sajones —arguyó Ginebra— y no quiere ser rey. Eso lo sabes tú y lo sé yo. No es lo que yo deseo. Siempre quise que Arturo fuera el rey supremo y que Gwydre lo sucediera, pero él no lo desea y no va a luchar por ello. Me dice que desea tranquilidad. Y si él no ocupa el trono de Dumnonia, debe ocuparlo Mordred. La insistencia de Gwent y el juramento a Uther lo garantizan.
—¡De modo que abandonará Dumnonia a la injusticia y la tiranía!
—No, pues Mordred no detentará poder absoluto.
La miré y, por su tono, adiviné que yo no había comprendido el alcance de todo.
—Continuad —dije con cautela.
—Sagramor se queda. Los sajones han sido vencidos, pero aun así habrá fronteras y no hay nadie más apto que Sagramor para guardarlas. Y el resto del ejército de Dumnonia jurará lealtad a otro hombre. Mordred reinará, pues es rey, pero no tendrá mando sobre las lanzas, y un hombre sin lanzas no tiene auténtico poder. Sagramor y tú os ocuparéis de eso.
—¡No!
Ginebra sonrió.
—Arturo sabía que reaccionarías así, por eso le dije que te convencería.
—Señora —quise argüir, pero me impuso silencio levantando una mano.
—Tú gobernarás Dumnonia, Derfel. Mordred será rey, pero las lanzas serán tuyas, y gobierna quien tiene poder sobre las lanzas. Tienes que hacerlo por Arturo, porque sólo si tú te avienes podrá marcharse de Dumnonia con la conciencia tranquila. De modo que, para darle un poco de paz, hazlo por él, y quizá —dudó un momento— por mí también. Por favor.
Merlín tenía razón. Cuando una mujer quiere una cosa, la consigue.
Y yo tendría que gobernar Dumnonia.