8
Los tambores empezaron al amanecer y, al cabo de una hora, cinco hechiceros aparecieron en las primeras ondulaciones de Mynydd Baddon. Al parecer, Cerdic y Aelle habían decidido vengar la humillación recibida.
Los cuervos despedazaban a los más de cincuenta cadáveres sajones que aún yacían en la ladera cerca de los restos calcinados de la carreta; algunos hombres querían arrastrar los cadáveres hasta el parapeto y levantar una fila hórrida de cuerpos para recibir el siguiente asalto del enemigo, pero se lo prohibí. Me imaginaba que, sin tardanza, nuestros propios cadáveres estarían a disposición de los sajones y, si profanábamos a sus muertos, ellos nos profanarían a nosotros después.
Enseguida comprendimos que los sajones no se arriesgarían a intentar otro asalto al que pudiera poner caótico fin una simple carreta suelta. Formaron una veintena de columnas que subirían el cerro por el sur, el este y el oeste. En cada grupo sólo había setenta u ochenta hombres, pero entre los tres nos aplastarían. Quizá pudiéramos rechazar tres o cuatro columnas, pero el resto asaltaría la fortificación fácilmente, de modo que sólo nos restaba rezar, cantar, comer y, quien lo necesitase, beber. Nos prometimos una buena muerte unos a otros con la intención de luchar hasta el fin y cantar mientras pudiéramos, pero creo que todos sabíamos que el final no sería un canto de desafío sino un fárrago de humillación, dolor y terror. Para las mujeres sería aún peor.
—¿Tendría que rendirme? —pregunté a Ceinwyn.
—No es cosa que yo deba decir —respondió, sorprendida.
—Nada hago sin tu consejo —le dije.
—En la guerra no tengo consejos que darte, excepto, acaso, preguntar qué pasará con las mujeres y los niños si no te rindes.
—Serán violadas, esclavizadas o entregadas como esposas a los que necesiten mujer.
—¿Y si te rindes?
—Algo semejante —admití. Sólo que las violaciones no serían tan precipitadas.
Ceinwyn sonrió.
—Entonces, creo que no necesitas mi consejo. Ve a la lucha, Derfel, y si no vuelvo a verte hasta el otro mundo, no olvides que cruzarás el puente de espadas con mi amor.
La abracé, besé a mis hijas y volví al risco sobresaliente de la muralla sur a observar el inicio del ascenso del cerro. El asalto no sería tan difícil de organizar como el primero, pues el día anterior había sido preciso formar a una gran muchedumbre e imbuirla de coraje, mientras que para la segunda ofensiva los sajones no precisaban mayor motivación. Iban a vengarse y avanzaban en grupos tan reducidos que aunque hubiéramos precipitado una carreta colina abajo, la habrían esquivado sin dificultad. No corrían, pues no tenían necesidad de apresurarse.
Dividí a mis hombres en diez pelotones, cada uno al cargo de dos columnas sajonas, pero dudaba que ni mis mejores soldados resistieran más de tres o cuatro minutos. Más probable era que echaran a correr a proteger a sus mujeres tan pronto como el enemigo amenazara con envolvernos por los flancos, y entonces la batalla se convertiría en una triste matanza de un solo bando en torno a una única cabaña y hogueras circundantes. Pues que así sea, me dije, y recorrí los pelotones dando las gracias a mis hombres por los servicios prestados y animándolos a acabar con cuantos sajones pudieran. Les recordé que todo enemigo al que mataran en la batalla sería su servidor en el otro mundo.
—Así pues, matadlos, y que los sobrevivientes recuerden esta batalla con horror.
Unos cuantos empezaron a cantar la canción de la muerte de Werlinna, una melodía lenta y melancólica que se cantaba en las piras funerarias de los guerreros. Canté con ellos sin perder de vista a los sajones, que continuaban acercándose y, puesto que cantaba con el yelmo ceñido a las orejas, no oí que Niall de los Escudos Negros me llamaba desde el extremo opuesto del cerro.
No me volví hasta oír el vitoreo de las mujeres. Al principio no percibí nada extraordinario, pero después, sobrepuesta al redoble de los tambores sajones, oí la nota aguda y chillona de un cuerno.
Conocía la llamada de ese cuerno. Habíala escuchado por vez primera cuando era un joven lancero bisoño y Arturo llegó y me salvó la vida, como volvía a suceder.
Llegó cabalgando con sus jinetes y Niall me avisó a gritos tan pronto los jinetes, fuertemente armados, barrieron a los sajones del cerro del otro lado del collado y bajaron la ladera al galope. Las mujeres de Mynydd Baddon corrieron a asomarse al terraplén para verlo, pues Arturo no se dirigía directamente a la cima sino que conducía a sus hombres alrededor de la ondulación superior del cerro. Llevaba la cota de mallas maclada, el yelmo con incrustaciones de oro y el escudo de plata batida, y su poderosa enseña guerrera desplegada con el oso negro ondeando amenazadora sobre un campo de lino tan blanco como las plumas de ganso de su yelmo. El manto, blanco como siempre, se le hinchaba a la espalda y en la base de la hoja de su larga pica agitábase un gallardete de cintas blancas. Todos los sajones desplegados por las ondulaciones más bajas de Mynydd Baddon sabían quién era y los estragos que los enormes corceles podían causar en sus pequeñas columnas. Arturo llegó sólo con cuarenta hombres, pues el año anterior, Lancelot se había apoderado de una gran parte de sus valiosos corceles de batalla, pero cuarenta hombres fuertemente armados, montados en otros tantos caballos, eran capaces de aniquilar a la infantería de forma horrenda.
Arturo se detuvo bajo el ángulo meridional de la fortificación. El viento soplaba con suavidad, así que la enseña de Ginebra no se distinguía, no era más que una enseña cualquiera colgada en el asta provisional. Me buscaba, y por fin reconoció mi yelmo y mi armadura.
—¡Me siguen doscientos lanceros a un kilómetro y medio! —me dijo a grandes voces.
—¡Bien, señor —contesté—, y sed bienvenido!
—¡Podemos esperar a que lleguen los lanceros! —añadió, e hizo seña a sus hombres de que lo siguieran. No bajó el cerro, sino que siguió cabalgando alrededor de las ondulaciones más altas de Mynydd Baddon como retando a los sajones a que subieran y se enfrentaran a él.
Pero la visión de los caballos fue suficiente para detenerlos, pues ningún sajón deseaba ser el primero en cruzarse en el camino de las lanzas galopantes. Si las fuerzas enemigas se hubieran reunido, habrían arrollado a los hombres de Arturo fácilmente, pero la curvatura del terreno impedía a los sajones verse unos a otros, y cada grupo debía de preferir que fuera otro quien osara iniciar el ataque, de modo que ninguno lo hizo. De vez en cuando, una banda de hombres más bravos trepaba un poco más arriba, pero tan pronto como aparecían de nuevo los caballos de Arturo, se retiraban inquietos cerro abajo. El propio Cerdic acudió a arengar a los hombres que ocupaban el terreno inferior del ángulo sur, pero tan pronto Arturo se dispuso a enfrentarse a ellos, los sajones flaquearon. Esperaban una batalla sin obstáculos contra un reducido número de lanceros y no estaban preparados para habérselas con la caballería, cuando menos ladera arriba y tratándose de la caballería de Arturo. Otros guerreros a caballo no los habrían asustado tanto, pero conocían el significado del manto blanco, el penacho de plumas de ganso y el escudo que brillaba como el mismo sol. Significaba que les había llegado la hora de la muerte y ninguno estaba dispuesto a subir a su encuentro.
Media hora más tarde, la infantería de Arturo asomó por el collado. Los sajones que se habían apoderado del cerro situado al norte del collado huyeron al ver llegar nuestros refuerzos y los cansados lanceros subieron hasta nuestras murallas aclamados por vítores ensordecedores. Los sajones oyeron nuestras voces y vieron las lanzas asomando por sobre la antigua muralla y con ello abandonaron sus ambiciones aquel día. Las columnas se retiraron y Mynydd Baddon se salvó nuevamente aquella jornada.
Retiróse el yelmo Arturo a la par que espoleaba a la cansada Llamrei hacia nuestras enseñas. Sopló una ráfaga de viento, él levantó la mirada y vio el ciervo de Ginebra coronado por la luna ondeando al lado de su oso, mas no se borró la ancha sonrisa de su rostro. Tampoco hizo comentario alguno sobre la enseña cuando se apeó de Llamrei. Seguro que sabía que Ginebra estaba conmigo, pues Balin la había visto en Aquae Sulis y los dos mensajeros que habíamos enviado podían habérselo dicho, aunque fingió ignorarlo. Sin embargo, me abrazó como en tiempos pasados, como si jamás hubiera existido frialdad entre nosotros.
Toda su melancolía se había evaporado. Su rostro había recobrado la animación, un brío contagioso que cundió entre mis hombres, apiñados a su alrededor para escuchar las novedades, aunque primero quiso saber él las nuestras. Había cabalgado entre cadáveres de sajones por la falda del cerro y quería saber cómo y cuándo habían muerto. Mis hombres exageraron, comprensiblemente, el número de enemigos del día anterior, y Arturo se rió de buena gana cuando le relataron el episodio de las dos carretas incendiarias que hicimos rodar ladera abajo.
—¡Bien hecho, Derfel! —dijo—. ¡Bien hecho!
—No fui yo, señor, sino ella. —Señalé con la cabeza la enseña de Ginebra—. Todo fue debido a su iniciativa, señor. Yo estaba dispuesto a morir, pero ella tenía otras ideas.
—Como siempre —dijo en voz baja, y no indagó más. Ginebra no compareció y él no preguntó por ella. Sin embargo, saludó a Bors e insistió en abrazarlo y escuchar sus noticias; sólo después subió al terraplén a contemplar los campamentos sajones. Permaneció allí un largo rato, mostrándose al desanimado enemigo, pero al cabo de un rato nos llamó a Bors y a mí.
—No tenía intenciones de presentar batalla aquí —nos dijo—, pero es un lugar tan bueno como cualquiera. En realidad, es más propicio que muchos otros. ¿Están todos ahí? —preguntó a Bors.
Bors había bebido mucho en preparación para el ataque de los sajones e hizo lo posible por aparentar sobriedad.
—Todos, señor. Tal vez falte solamente la guarnición de Caer Ambra. Tenían que perseguir a Culhwch. —Bors señaló hacia el cerro oriental con la cabeza, por donde seguían llegando sajones hacia los campamentos—. Tal vez sean ésos, señor. O quizá se trate simplemente de partidas de avituallamiento.
—La guarnición de Caer Ambra no encontró a Culhwch —dijo Arturo—, ayer mismo recibí un mensaje suyo. No se halla lejos, como tampoco Cuneglas. Dentro de dos días tendremos quinientos hombres más aquí, y entonces, la proporción será sólo de dos a uno. —Soltó una carcajada—. ¡Bien hecho, Derfel!
—¿Bien hecho? —pregunté sorprendido, pues esperaba una reprimenda por haberme quedado atrapado tan lejos de Corinium.
—En algún punto hay que presentar batalla —dijo—, y tú has escogido el campo. Me complace. Dominamos la parte elevada del terreno. —Hablaba en voz alta para comunicar confianza a los hombres—. Habría venido antes —añadió, dirigiéndose a mí—, pero no sabía si Cerdic mordería el anzuelo.
—¿El anzuelo, señor? —pregunté sin comprender.
—Tú, Derfel, tú. —Rompió a reír y bajó del terraplén de un salto—. La guerra es pura casualidad, ¿no es cierto? Y por casualidad has encontrado el lugar que puede darnos la victoria.
—¿Creéis que se agotarán hasta la derrota tratando de trepar por la ladera? —pregunté.
—No serán tan necios —replicó alegremente—. No; me temo que tendremos que bajar al valle a luchar.
—¿Con qué? —pregunté amargamente, pues incluso con las tropas de Cuneglas nos aventajaban mucho en número.
—Con todos y cada uno de los hombres de que disponemos —contestó Arturo con aplomo—. Pero sin mujeres, creo. Es hora de llevar a vuestras familias a un lugar más seguro.
Las mujeres y los niños no hubieron de desplazarse lejos; había una aldea a una hora hacia el norte y la mayoría encontró refugio allí. Mientras salían de Mynydd Baddon llegaron más hombres de Arturo desde el norte. Eran los que había reunido cerca de Corinium y se contaban entre los mejores britanos. Sagramor llegó con sus curtidos guerreros y, como Arturo, se dirigió al promontorio del ángulo meridional de Mynydd Baddon para observar al enemigo y para que el enemigo advirtiera su esbelta figura armada recortada contra el cielo. Sonrió de forma extraña.
—El exceso de confianza los pierde —comentó con sarcasmo—. Han quedado atrapados en el terreno bajo y ahora no querrán moverse.
—¿No querrán?
—Los sajones, en cuanto levantan un refugio, no quieren seguir adelante. A Cerdic le costaría una semana o más hacerlos marchar de ese valle. —Verdaderamente, los sajones y sus familias se habían acomodado a sus anchas, parecían dos pueblos de pequeñas cabañas surgidos desordenadamente en la vega del río. Uno de ellos estaba cerca de Aquae Sulis y el otro a unos tres kilómetros hacia el este, donde el valle del río describía una brusca curva hacia el sur. Los hombres de Cerdic ocupaban las cabañas del este, mientras que los lanceros de Aelle habían ocupado casas de la ciudad o levantado cabañas en los alrededores. Me sorprendió que los sajones utilizaran la ciudad para refugiarse en vez de incendiarla, pero todos los días al amanecer, un desfile desordenado de hombres salía por las puertas de la ciudad dejando atrás la hogareña estampa de las chimeneas humeantes en los tejados de las casas de Aquae Sulis. La primera invasión sajona había sido rápida, pero habían perdido el ímpetu—. ¿Por qué han dividido el ejército en dos? —me preguntó Sagramor, que observaba con incredulidad el ancho espacio que separaba el campamento de Aelle de las cabañas de Cerdic.
—Para dejarnos una sola salida —dije—, por allí —añadí, señalando al valle—, donde quedaríamos emparedados entre los dos.
—Y donde podemos mantenerlos divididos a ellos —puntualizó Sagramor con optimismo—, además, dentro de pocos días empezarán a extenderse las enfermedades, ahí abajo. —La enfermedad siempre aparecía cuando un ejército se detenía en un lugar. La última campaña contra Dumnonia intentada por Cerdic había fracasado por causa de una epidemia y un mal terriblemente contagioso debilitó a nuestro ejército cuando marchábamos sobre Londres.
Temía que otra epidemia igual nos debilitara en ese momento, pero por algún motivo nos libramos, tal vez porque todavía no éramos muchos o porque Arturo repartió su ejército a lo largo de casi cinco kilómetros por las crestas de los montes que corrían detrás de Mynydd Baddon. Yo me quedé en la cima con mis hombres, pero los lanceros recién llegados tomaron los montes del norte. Durante los dos días siguientes a la llegada de Arturo, los sajones aún habrían podido adueñarse de esos montes porque la guarnición de las cimas era escasa, pero los jinetes de Arturo se dejaban ver continuamente y los lanceros se movían entre las cumbres como si fueran muchos más de los que eran en realidad. Los sajones observaban, pero no atacaron, y entonces, el tercer día, llegó Cuneglas de Powys con sus hombres y así reforzamos las guarniciones de los montes en toda su longitud con fuertes piquetes que podían recibir apoyo fácilmente en caso de un ataque sajón. Aún nos superaban en número, pero nuestras posiciones eran ventajosas y disponíamos de lanzas para defenderlas.
Los sajones tenían que haber salido del valle. Tenían que haber iniciado la marcha hacia el Severn y poner sitio a Glevum, y así nos habrían obligado a abandonar la ventajosa posición y a perseguirlos, pero Sagramor tenía razón; cuando los hombres se asientan no quieren cambiar de sitio, de modo que Cerdic y Aelle se quedaron en el valle del río creyendo que nos tenían sitiados, cuando en realidad los sitiados eran ellos. Llegaron a iniciar algunos ataques monte arriba, pero todos fueron en vano. Los sajones subían como hormigas por las laderas y tan pronto como la línea de escudos asomaba en lo alto de las crestas, lista para defenderse, y una tropa de potentes jinetes de Arturo se dejaba ver por sus flancos con las picas en ristre, perdían el ánimo y volvían sigilosamente a sus poblados; cada fracaso de los sajones fortalecía nuestra confianza.
Y tanto nos fortalecimos que, tras la llegada del ejército de Cuneglas, Arturo juzgó que podía ausentarse. Al principio me quedé atónito, pues no me dio explicación alguna, mas que tenía que hacer algo muy importante a un día de cabalgada hacia el norte. Supongo que no supe disimular el asombro, porque me puso una mano en el hombro y me dijo:
—Todavía no hemos vencido.
—Lo sé, señor.
—Pero cuando la victoria sea nuestra, Derfel, quiero que sea aplastante. Ninguna otra ambición me lleva ahora lejos de aquí. —Sonrió—. ¿Confías en mí?
—Naturalmente, señor.
Dejó a Cuneglas al mando de nuestro ejército con órdenes estrictas de no atacar el valle. Era preciso que los sajones siguieran imaginándose que nos tenían acorralados y, para reforzar el engaño, un puñado de voluntarios, fingiéndose desertores, corrió a los campamentos del enemigo con la noticia de que los nuestros tenían el ánimo tan decaído que algunos preferían huir en vez de afrontar tamaña batalla y que nuestros jefes discutían ferozmente si debíamos presentar batalla o escapar hacia el norte a suplicar refugio en Gwent.
—Todavía no veo la forma de terminar con esto —me confesó Cuneglas al día siguiente de la partida de Arturo—. Somos suficientemente fuertes como para impedir que suban aquí, pero no tanto como para bajar al valle y derrotarlos.
—Tal vez Arturo haya ido a buscar ayuda, lord rey —dije.
—¿La de quién? —preguntó Cuneglas.
—La de Culhwch, quizá —contesté, aunque era poco probable porque se decía que Culhwch se encontraba al este de los sajones y Arturo había partido en dirección norte—. O la de Oengus mac Airem —añadí. El rey de Demetia había prometido acudir con su ejército de Escudos Negros, pero los irlandeses aún no habían llegado.
—Oengus, es posible —dijo Cuneglas—, pero ni siquiera con los Escudos Negros seremos suficientes para destruir a esos bellacos. —Señaló con la cabeza hacia el valle—. Para eso necesitamos a los lanceros de Gwent.
—Y Meurig no se alzará en armas.
—Meurig no —dijo Cuneglas—, pero en Gwent hay algunos hombres dispuestos a hacerlo. Todavía se acuerdan del valle del Lugg. —Sonrió irónicamente, pues en aquella ocasión Cuneglas era enemigo nuestro y los hombres de Gwent, aliados con nosotros, temían enfrentarse al ejército comandado por el padre de Cuneglas. Algunos ciudadanos de Gwent todavía recordaban con vergüenza aquella deserción, agravada por el hecho de que Arturo venció aun sin su apoyo, y me pareció posible que, si Meurig daba consentimiento, Arturo llevara a los voluntarios al sur de Aquae Sulis. No obstante, seguía sin comprender cómo reclutaría hombres suficientes para abalanzarnos sobre el hormiguero de sajones y descuartizarlos a todos.
—¿No habrá ido a buscar a Merlín? —apuntó Ginebra.
Ginebra se había negado a partir con las demás mujeres y los niños alegando que asistiría en la final de la batalla, hasta la derrota o la victoria. Pensé que a lo mejor Arturo insistía en que marchara, pero las veces que él había acudido a la cima, Ginebra no había salido de la rústica cabaña de la pradera, y no reapareció hasta que Arturo se marchó de nuevo. Arturo, con toda certeza, sabía que Ginebra no había salido de Mynydd Baddon, pues observó de cerca la partida de las mujeres y por fuerza hubo de percatarse de que ella no iba con las demás, pero no había dicho nada. Ginebra, por su parte, tampoco nombró a Arturo cuando emergió de su escondite, aunque sonreía cada vez que veía su enseña ondeando aún en la muralla. Al principio quise convencerla de que abandonara el cerro, pero se burló de mi idea y ninguno de mis hombres deseaba que se fuera. Atribuían su supervivencia a Ginebra, justamente además, y la compensaron equipándola para la batalla. Habían despojado a un rico sajón muerto de su fina cota de malla y, una vez hubieron limpiado los aros metálicos, se la presentaron a Ginebra. También pintaron el símbolo de la princesa en un escudo cobrado al enemigo, y uno de mis hombres le regaló incluso su preciado casco con cola de lobo, de modo que se vistió como el resto de mis lanceros, aunque siendo como era, el atavío guerrero adquirió un aspecto inquietantemente seductor. Se había convertido en nuestro talismán, en una heroína a los ojos de mis hombres.
—Nadie sabe dónde está Merlín —le contesté.
—Circulaban rumores de que se hallaba en Demetia —dijo Cuneglas—, de modo que tal vez venga con Oengus.
—¿Os ha acompañado vuestro druida? —preguntó Ginebra a Cuneglas.
—Malaine ha venido —dijo Cuneglas—, y sabe maldecir perfectamente. No con la rotundidad de Merlín, pero es suficiente.
—¿Y Taliesin? —preguntó nuevamente Ginebra.
A Cuneglas no le sorprendió que la princesa hubiera oído hablar del joven bardo, pues la fama del nombre de Taliesin se extendía velozmente.
—Fue en busca de Merlín —respondió Cuneglas.
—¿Es tan bueno como dicen?
—Ciertamente. Con su voz pone águilas en el cielo y salmones en el río.
—Espero que pronto tengamos el placer de escucharlo —dijo Ginebra, y en verdad que aquellos días extraños en aquella cima soleada parecían más propicios a los cantos que a la lucha. La primavera era benigna, el verano se acercaba y todos disfrutábamos ociosamente de la cálida hierba observando al enemigo, que parecía poseso de una súbita impotencia. Cierto es que iniciaron algunos ataques laderas arriba, mas no emprendieron movimiento alguno para abandonar el valle. Más tarde supimos de las discusiones internas. Aelle quería reunir a todos los lanceros sajones y atacar los montes del norte dividiendo así nuestro ejército en dos partes, que podían ser destruidas por separado, mientras que Cerdic prefería aguardar a que nos quedáramos sin víveres y menguara nuestra confianza, mas su esperanza era vana pues estábamos bien avituallados y nuestra confianza crecía de día en día. Fueron los sajones, por el contrario, quienes empezaron a sufrir escasez, pues la caballería ligera de Arturo hostigaba a los grupos que salían en busca de alimentos; también su confianza disminuía, pues al cabo de una semana empezaron a aparecer montículos de tierra recién removida en las praderas cercanas a sus cabañas y supimos que cavaban fosas para los muertos. La enfermedad que convierte las tripas en líquido y despoja al hombre de toda energía hizo presa en el enemigo menguando sus fuerzas de día en día. Las mujeres sajonas preparaban trampas en el río para pescar peces con que alimentar a sus hijos, los hombres cavaban tumbas y nosotros holgábamos al sol y hablábamos de bardos.
Arturo volvió al día siguiente de la aparición de las primeras tumbas sajonas. Espoleó al caballo collado arriba hasta la escabrosa ladera septentrional de Mynydd Baddon, y Ginebra se caló inmediatamente su nuevo yelmo y se acuclilló con mis hombres. El cabello rojo se exhibía bajo el borde del casco como un banderín, pero Arturo fingió no percatarse. Salí a recibirlo y en mitad de la cima me detuve y lo miré asombrado.
Su escudo era un círculo de tablas de sauce cubierto de cuero y, sobre el cuero, una fina lámina de plata pulida que brillaba a la luz del sol, pero descubrí un nuevo símbolo en su escudo. Era una cruz, una cruz roja hecha de tiras de tela y pegada con cola sobre la plata. La cruz cristiana. Él, en viendo mi asombro, sonrió.
—¿Te gusta, Derfel?
—¿Os habéis convertido al cristianismo, señor? —pregunté consternado.
—Todos nos hemos convertido al cristianismo —me dijo—, y tú también. Marcad una cruz en los escudos con una punta de lanza candente.
Escupí para ahuyentar el mal.
—¿Qué es lo que nos pedís, señor?
—Ya me has oído, Derfel —dijo. Apeóse de Llamrei y echó a andar hacia las murallas del sur, desde donde se veía al enemigo—. Siguen ahí —comentó—, bien.
Cuneglas se había acercado a nosotros y oyó las palabras de Arturo.
—¿Queréis que marquemos nuestros escudos con una cruz? —preguntó.
—Nada puedo exigir de vos, lord rey —replicó Arturo—, mas sería muy grato para mí que colocarais una cruz en vuestro escudo y en los escudos de vuestros hombres.
—¿Por qué? —preguntó Cuneglas, encendido de ira. Era proverbial su odio por la nueva fe.
—Porque la cruz —dijo Arturo, sin dejar de otear al enemigo— es el precio que pagamos por el ejército de Gwent.
Cuneglas miraba a Arturo de hito en hito sin dar crédito a sus oídos.
—¿Meurig viene? —preguntó.
—No —respondió Arturo—, Meurig no. Viene el rey Tewdric. El buen rey Tewdric.
Tewdric era el padre de Meurig, el rey que había renunciado al trono para convertirse en monje, y Arturo había ido a Gwent a suplicar al anciano. —Sabía que era posible —comentó Arturo— porque Galahad y yo hemos estado todo el invierno hablando con Tewdric. —Arturo nos contó que, al principio, el viejo rey se mostraba remiso a abandonar su piadosa vida de privaciones, pero otros hombres de Gwent habían unido sus ruegos a los de Arturo y Galahad, tras varias noches de oración en su reducida capilla. Tewdric declaró a regañadientes que asumiría el trono de nuevo, temporalmente, y conduciría al ejército hacia el sur. Meurig se opuso a tal decisión, pues la consideraba justamente como una medida reprobatoria y humillante, pero el ejército de Gwent se puso de parte de su viejo rey y ya habían emprendido la marcha hacia el sur—. Mas todo tiene precio —admitió Arturo—. Tuve que hincar la rodilla ante su dios y prometer que le atribuiría a él la victoria, aunque sería capaz de atribuir la victoria a cualquier dios que Tewdric me ordenara con tal de que traiga a sus lanceros.
—¿Y además de eso, a cuánto sube el precio? —preguntó Cuneglas astutamente.
—Quiere que vos —dijo Arturo con mala cara— permitáis la entrada de misioneros en Powys.
—¿Nada más? —insistió Cuneglas.
—Tal vez haya dado la impresión —confesó Arturo— de que se lo permitiríais. Lo lamento, lord rey. Me plantearon tal exigencia hace tan sólo dos días, fue idea de Meurig y era necesario salvar el orgullo del hijo de Tewdric. —Cuneglas hizo una mueca. Había procurado por todos medios librar a su país del cristianismo, pues juzgaba que Powys no necesitaba la acritud que siempre conllevaba la nueva fe, pero no protestó ante Arturo. Debió de considerar que más valía tener cristianos en Powys que sajones.
—¿Eso es todo lo que habéis prometido a Tewdric, señor? —pregunté receloso a Arturo. No había olvidado las pretensiones de Meurig al trono de Dumnonia ni el deseo de Arturo de deshacerse de tal responsabilidad.
—En estos tratados siempre hay algunos detalles por los que no vale la pena molestarse —respondió Arturo airosamente—, pero prometí liberar a Sansum. ¡Ahora es obispo de Dumnonia! Y consejero real, nuevamente. Tewdric insistió en ese punto. Cada vez que ahogo a nuestro buen obispo, él sale a flote de nuevo. —Y rompió a reír.
—¿Y no os habéis comprometido a nada más, señor? —insistí, receloso todavía.
—Derfel, me he comprometido a todo lo que ha sido necesario para asegurarme la intervención de Gwent a nuestro favor —respondió Arturo con firmeza—, y ellos se han comprometido a estar aquí dentro de dos días con seiscientos lanceros de los mejores. Hasta Agrícola ha decidido que no es tan viejo como para quedarse atrás. ¿Te acuerdas de Agrícola, Derfel?
—Naturalmente, señor —dije. Agrícola, el antiguo caudillo de Tewdric, aunque contara muchos años, seguía siendo uno de los guerreros más renombrados de Britania.
—Vienen todos desde Glevum —dijo Arturo señalando hacia poniente, por donde el camino de Glevum se asomaba ni valle del río—, y cuando lleguen me uniré a él y juntos atacaremos el valle directamente. —Estaba de pie en el terraplén de la muralla, desde donde dominaba el profundo valle, pero no veía los campos, los caminos y las cosechas que rizaba el viento, ni las lápidas del cementerio romano, sino que imaginaba el desarrollo del plan de batalla—. Al principio, los sajones quedarán confundidos —prosiguió—, pero después el enemigo en masa se desplazará por ese camino —y señaló al camino de la Zanja, que quedaba justo al pie de Mynydd Baddon—. Vos, mi señor rey —dijo, con una inclinación de cabeza a Cuneglas— y tú, Derfel —añadió; bajó del terraplén de un salto y me hundió un dedo en el estómago— los atacaréis por los flancos. ¡Directos cerro abajo contra sus escudos! Nos uniremos a vosotros —dijo, describiendo una curva con la mano para ilustrar que sus tropas darían una vuelta alrededor del flanco norte de los sajones— y entonces los aplastaremos contra el río.
Arturo llegaría desde el oeste y nosotros atacaríamos desde el norte.
—Y ellos escaparán por el este —dije con acritud. Arturo hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Culhwch parte mañana hacia el norte a reunirse con los Escudos Negros de Oengus mac Airem, que ya están en camino desde Corinium en estos momentos. —Estaba plenamente satisfecho de sí mismo, y no era de extrañar pues, si todo resultaba según los planes, rodearíamos al enemigo y después lo pasaríamos por las armas. De todas formas, el plan tenía riesgos. Supuse que tan pronto como llegaran los hombres de Twedric y los Escudos Negros de Oengus se unieran a nosotros, la desproporción entre los ejércitos no sería tan grande, pero Arturo proponía dividir nuestro ejército en tres partes y, si los sajones no perdían la cabeza, podrían destruir cada parte por separado. Mas si se dejaban ganar por el pánico y nosotros atacábamos con fuerza y ferocidad, y si se dejaban confundir por el ruido, la polvareda y el horror, tal vez lográramos conducirlos como reses al matadero—. Dos días —dijo Arturo—, sólo dos días. Roguemos por que nada de esto llegue a oídos de los sajones y por que se queden donde están. —Pidió a Llamrei, echó una ojeada al lancero pelirrojo y fue a reunirse con Sagramor en la loma del otro lado del collado.
La víspera de la batalla, por la noche, marcamos la cruz en nuestros escudos con hierro candente. No era tan alto el precio a cambio de la victoria, aunque bien sabía yo que no era lo único que habríamos de pagar. El total se completaría en sangre.
—Creo, señora —le dije a Ginebra aquella noche—, que mañana deberíais quedaros aquí arriba.
Estábamos compartiendo un cuerno de hidromiel. Me había dado cuenta de que le gustaba conversar hasta bien entrada la noche y solía sentarme a su hoguera antes de irme a dormir. Se rio cuando le aconsejé que permaneciera en Mynydd Baddon mientras los demás íbamos a la lucha.
—Siempre te he tenido por un lerdo, Derfel —dijo—, lerdo, sucio e imperturbable. Ahora empiezo a apreciarte, así que por favor no me obligues a pensar que no me había equivocado desde el principio.
—Señora —le rogué—, la barrera de escudos no es lugar para una dama.
—Ni tampoco la prisión, Derfel. Además, ¿crees que ganaréis sin mí? —Estaba sentada a la entrada de la cabaña que habíamos levantado con las carretas y unos cuantos árboles. Le habían cedido un ala entera del barracón para que se organizara y aquella noche me invitó a compartir con ella una porción de buey a la brasa, lomo de uno de los animales que habían arrastrado las carretas hasta la cima de Mynydd Baddon. La fogata donde habíamos preparado la carne estaba a punto de apagarse y despedía humo hacia las brillantes estrellas que se arqueaban por encima del mundo. La luna, como una hoz, estaba baja sobre los montes meridionales y destacaba la silueta de los centinelas que paseaban por los parapetos—. Quiero verlo todo hasta el final —dijo con los ojos brillantes a pesar de la oscuridad—. No he disfrutado tanto en muchos años, Derfel, en muchos años.
—Lo que mañana va a suceder en el valle, señora —dije—, no es para disfrutar. Va a ser un trabajo desagradable.
—Lo sé —dijo, e hizo una pausa—, pero tus hombres creen que les doy la victoria. ¿Les negarás mi presencia cuando más ardua es la tarea?
—No, señora —cedí—. Pero os ruego que os pongáis a salvo.
La vehemencia de mis palabras le hizo sonreír.
—¿Me ruegas que conserve la vida, Derfel, o temes que Arturo se enfade contigo si me sucede algo?
—Creo que podría enfadarse, señora —admití tras un momento de vacilación.
Ginebra paladeó la respuesta un rato.
—¿Ha preguntado por mí? —inquirió al cabo.
—No —respondí sinceramente—, ni una vez.
Clavó la vista en los restos de la hoguera.
—Tal vez se haya enamorado de Argante —dijo con melancolía.
—No creo que soporte su presencia, siquiera —dije. Una semana antes, no se me habría ocurrido mostrar tanta franqueza, pero Ginebra y yo nos habíamos acercado mucho el uno al otro últimamente—. Es muy joven para él —añadí—, y no tan inteligente como sería necesario.
Levantó los ojos, matizados por el resplandor de las brasas, y me miró con aires de desafío.
—Inteligente —dijo—, yo me creía inteligente. Pero todos creéis que soy una insensata, ¿no es así?
—No, señora.
—Nunca has sabido mentir, Derfel. Por eso no has sido cortesano jamás. Para ser buen cortesano hay que saber mentir con una sonrisa. —Volvió a perder la mirada en la hoguera y permaneció largo rato en silencio; cuando habló de nuevo, en su voz ya no había deje burlón. Tal vez la proximidad de la batalla le hiciera alcanzar un estrato de sinceridad como nunca le había visto—. Fui una insensata —dijo en voz baja, tan baja que tuve que inclinarme hacia adelante para oír lo que decía por sobre los chasquidos de la hoguera y las canciones de mis hombres—. Ahora me digo a mí misma que fue una especie de locura —prosiguió—, aunque no lo creo así. No fue más que ambición. —Volvió a quedarse en silencio contemplando las llamas moribundas—. Quería ser la esposa de un César.
—Lo erais —dije, pero ella negó con la cabeza.
—Arturo no es un César. No es tirano, y creo que yo deseaba que lo fuera, algo parecido a Gorfyddyd. —Gorfyddyd era el difunto padre de Ceinwyn y Cuneglas, un rey de Powys sanguinario, enemigo de Arturo, y, si el rumor era cierto, amante de Ginebra. Ginebra debía de estar pensando en tal rumor, pues de pronto me clavó la mirada—. ¿Te he contado alguna vez que quiso violarme?
—Sí, señora.
—Pues no es cierto. —Hablaba sombríamente—. No sólo lo intentó, sino que lo hizo. O así me lo dije a mí misma. —Hablaba como a breves espasmos, como si la verdad fuera difícil de reconocer—. Aunque tal vez no se tratara de una violación. Yo quería oro, honor, posición. —Jugueteaba con el orillo del jubón sacando trocitos de hilo del tejido desgastado. Me sentía cohibido pero no la interrumpí porque sabía que tenía ganas de hablar—. Nunca me dio nada. Gorfyddyd sabía exactamente lo que yo quería, pero aún sabía mejor lo que quería para sí y jamás tuvo intención de satisfacer mi precio. Sin embargo, me prometió a Valerin. ¿Sabes qué planes tenía yo para Valerin? —Volvió a mirarme con osadía, pero el brillo de sus ojos no era ya el reflejo del fuego sino el velo de las lágrimas.
—No, señora.
—Iba a convertirlo en rey de Powys —dijo en tono vengativo—. Pensaba utilizar a Valerin para vengarme de Gorfyddyd. Podría haberlo hecho, pero entonces apareció Arturo.
—En el valle del Lugg maté a Valerin.
—Ya lo sé.
—Y tenía un anillo en el dedo, señora —añadí—, con vuestra insignia.
Seguía mirándome, sabía a qué anillo me refería.
—¿Con una cruz de amante? —preguntó en voz baja.
—Sí, señora —dije, y toqué mi anillo de amante, pareja del que lucía Ceinwyn. Mucha gente usaba tales anillos, marcados con una cruz, pero pocos lo habían forjado con oro de la olla mágica de Clyddno Eiddyn, como era el caso de los nuestros.
—¿Qué hiciste con el anillo? —preguntó Ginebra.
—Lo tiré al río.
—¿Se lo dijiste a alguien?
—Sólo lo sabe Ceinwyn; y también Issa, porque lo encontró y me lo dio.
—¿Y no se lo dijiste a Arturo?
—No.
—Creo —dijo con una sonrisa— que has sido mejor amigo de lo que suponía, Derfel.
—De Arturo, señora. Lo hice por protegerlo a él, no a vos.
—Sí, supongo que es cierto. —Volvió a clavar la vista en la hoguera—. Cuando todo esto termine —dijo—, procuraré dar a Arturo lo que desea.
—¿Os referís a vos misma?
—¿Es eso lo que desea? —preguntó, sorprendida por mi insinuación.
—Os ama. Aunque no pregunte por vos, os busca cada vez que viene. Os buscaba incluso cuando estabais en Ynys Wydryn. Nunca habla de vos conmigo, pero a Ceinwyn le enciende las orejas.
Ginebra hizo una mueca.
—¿Sabes cuánto puede llegar a empalagar el amor, Derfel? No quiero ser adorada. No quiero verme complacida hasta en el más ínfimo deseo. Necesito saber que hay algo oculto. —Se expresaba con vehemencia y abrí la boca para defender a Arturo, pero ella me impuso silencio con un gesto—. Ya lo sé, Derfel, ahora no tengo derecho a aspirar a nada. Seré buena, te lo prometo. —Sonrió—. ¿Sabes por qué Arturo no me hace ningún caso ahora?
—No, señora.
—No quiere habérselas conmigo hasta que la victoria sea suya.
Pensé que seguramente tenía razón, pero Arturo no había dado muestras visibles de afecto, de modo que me pareció oportuno poner una nota de advertencia.
—Tal vez la victoria le proporcione satisfacción suficiente —dije.
—Lo conozco mejor que tú, Derfel. Lo conozco tan bien que podría resumirlo en una palabra.
Pensé qué palabra podría ser. ¿Valiente? Por descontado, pero faltaba todo su esmero y su entrega. Me pregunté si entregado sería más apropiado, pero esa palabra no describía su inquietud. ¿Bueno? Lo era, sin duda, mas tan llano vocablo ocultaba la furia que lo hacía imprevisible.
—¿Qué palabra, señora? —pregunté.
—Solitario —dijo Ginebra, y recordé el día en que Sagramor, en la cueva de Mitra, lo había descrito con esa misma palabra—. Está solo —añadió Ginebra—, como yo. De modo que démosle la victoria y tal vez no vuelva a estar solo nunca más.
—Que los dioses os protejan, señora —dije.
—La diosa, creo —replicó, y al percibir el horror que me producía la respuesta, se rió—. No me refiero a Isis, Derfel. —El culto a Isis fue precisamente lo que llevó a Ginebra al lecho de Lancelot y a Arturo a la desgracia—. Creo —prosiguió— que esta noche rezaré a Sulis. Me parece más apropiado.
—Uniré mis oraciones a las vuestras, señora.
Me detuvo con un gesto de la mano cuando me levanté para marchar.
—La victoria es nuestra, Derfel —dijo con determinación—, venceremos y todo cambiará.
Decíamos esas palabras con harta frecuencia, mas nunca cambiaba nada. Sin embargo en ese momento, en Mynydd Baddon, volveríamos a intentarlo.
Tendimos la celada en un día tan hermoso que dolía el corazón. Sería una larga jornada, además, pues las noches menguaban continuamente y la prolongada luz de la tarde se demoraba hasta las horas de sombra.
La víspera de la batalla por la noche, Arturo retiró las tropas de los montes situados detrás de Mynydd Baddon. Ordenó a los hombres que dejaran las hogueras encendidas para que los sajones creyeran que seguían en sus puestos, y se los llevó hacia poniente, a reunirlos con los de Gwent, que se acercaban por el camino de Glevum. También los guerreros de Cuneglas abandonaron los montes, pero se situaron en la cima de Mynydd Baddon, donde esperaron junto a mis hombres.
Malaine, el jefe de los druidas de Powys, llegó con los lanceros por la noche. Distribuyó verbena, piedras de elfo y ramitas de muérdago seco. Los cristianos se reunieron a rezar, aunque advertí que muchos aceptaban los talismanes del druida. Yo oré junto a la muralla, rogué a Mitra que nos concediera una gran victoria y después traté de dormir, pero en Mynydd Baddon el murmullo de las voces y el monótono golpeteo de las piedras sobre el acero rompían el silencio.
Yo ya había amolado la lanza y el filo de Hywelbane. Nunca permitía que un sirviente me afilara las armas antes de la batalla, sino que lo hacía yo mismo con tanta dedicación como mis hombres. Una vez hube afilado mis armas tanto como era posible, me tumbé cerca del refugio de Ginebra. Quería dormir, pero no podía sacudirme el miedo de la barrera de escudos. Busqué augurios con el temor de ver un búho y volví a rezar. Al final, debí de caer dormido, pero fue un sueño inquieto y lleno de pesadillas. Hacía mucho tiempo que no luchaba en una barrera de escudos, por no hablar de romper la del enemigo.
Me desperté frío, helado y temprano. Había caído mucho rocío. Los hombres refunfuñaban, tosían, orinaban y se quejaban. El cerro apestaba pues, aunque habíamos cavado letrinas, no había riachuelo que se llevara la porquería.
—Huele y suena a hombres —dijo Ginebra en tono irónico desde la sombra del refugio.
—¿Habéis dormido, señora? —pregunté.
—Un poco. —Salió a rastras por debajo de la rama que hacía las veces de puerta y techo—. ¡Qué día tan frío!
—Enseguida templará.
Se agachó a mi lado, arrebujada en el manto. Tenía el cabello revuelto y los ojos hinchados de sueño.
—¿En qué piensas durante la batalla? —me preguntó.
—En seguir con vida —dije—, en matar, en la victoria.
—¿Eso es hidromiel? —me preguntó, refiriéndose al cuerno que tenía en la mano.
—Agua, señora. El hidromiel entorpece al guerrero en la batalla.
Tomó el cuerno de mi mano, se mojó los ojos y bebió lo que quedaba. Estaba nerviosa, pero sabía que jamás la persuadiría de que se quedara en la cima.
—Y Arturo —preguntó de nuevo— ¿en qué piensa durante la batalla?
Sonreí.
—En la paz que venga a continuación, señora. —Todas las batallas le parecen la última.
—Sin embargo —dijo soñadoramente— las batallas no acabarán jamás.
—Es probable, pero en ésta, señora, permaneced cerca de mí. Muy cerca.
—A sus órdenes, lord Derfel —dijo burlonamente, y me deslumbró con una sonrisa—. Y gracias, Derfel.
Ya nos habíamos puesto la armadura cuando el sol salió por detrás de los montes orientales tiñendo las nubes de carmesí y arrojando una sombra profunda sobre el valle de los sajones. A medida que el sol ascendía, la sombra se aclaraba y menguaba. Unos jirones de bruma se levantaban del río sumándose al humo de las hogueras entre las cuales el enemigo se movía con brío extraordinario.
—Ahí abajo se cuece algo —me dijo Cuneglas.
—Tal vez sospechen que vamos a atacar —dije.
—Lo cual nos hace la vida más difícil —comentó Cuneglas con acritud, aunque si los sajones barruntaban nuestros planes no parecía que estuvieran preparándose. No formaban una barrera de escudos frente a Mynydd Baddon ni organizaban tropas en dirección oeste, hacia el camino de Glevum. Cuando el sol hubo ascendido lo suficiente y evaporado la bruma de las orillas del río, vimos que por fin se habían decidido a levantar los campamentos y se preparaban para la marcha, aunque no se percibía si pensaban dirigirse al oeste, al norte o al sur, pues la primera tarea consistía en recoger las carretas y reunir caballos y rebaños. Desde la altura habríase dicho un hormiguero sumido en el caos provocado por una pisada, pero poco a poco percibimos un orden. Los hombres de Aelle reunían sus enseres en la entrada norte y los de Cerdic organizaban la marcha junto al campamento del meandro del río. Un puñado de chozas ardía, tenían intención, sin duda, de incendiar ambos campamentos antes de abandonarlos. En primer lugar, partió una tropa de jinetes poco armada en dirección oeste, dejando atrás Aquae Sulis y tomando el camino de Glevum—. ¡Qué lástima! —exclamó Cuneglas en voz baja. Los jinetes iban a inspeccionar la ruta que los sajones tenían intención de emprender y se dirigieron directamente hacia el ataque sorpresa planeado por Arturo.
Esperamos. No bajaríamos del cerro hasta que las fuerzas de Arturo estuvieran claramente a la vista, y entonces tendríamos que apresurarnos a ocupar el hueco entre los hombres de Aelle y las tropas de Cerdic. Aelle se enfrentaría a la furia de Arturo mientras que mis lanceros y las tropas de Cuneglas impedirían a Cerdic acudir en auxilio de su aliado. Con toda seguridad nos superaban en número, pero Arturo esperaba abrirse paso entre los hombres de Aelle para mandarnos tropas de refuerzo. Eché una ojeada a mi izquierda por ver si los hombres de Oengus asomaban por el camino de la Zanja, pero la lejana ruta seguía vacía. Si los Escudos Negros no acudían, Cuneglas y yo quedaríamos aislados entre las dos mitades del ejército sajón. Miré a mis hombres y percibí su inquietud. No veían el fondo del valle, pues había ordenado que permanecieran ocultos hasta que nos lanzáramos a la carga sobre el flanco enemigo. Algunos cerraban los ojos, varios cristianos se arrodillaban con los brazos abiertos y otros hombres repasaban la piedra de amolar por la punta de la lanza, ya afilada como una cuchilla. Malaine el druida entonó un conjuro de protección, Pyrlig rezaba y Ginebra me miraba con los ojos muy abiertos como si de mi semblante pudiera inferir lo que iba a suceder.
La avanzadilla sajona desapareció por el oeste y reapareció súbitamente a galope tendido levantando gran polvareda. A juzgar por la velocidad, dedujimos que habían visto a Arturo y pensé que no tardaríamos en presenciar el tumulto de los preparativos convertido en una barrera de escudos y lanzas. Apreté el astil de fresno de mi larga lanza, cerré los ojos y elevé una oración al azul, allá donde alcanzara los oídos de Bel y Mitra.
—¡Mirad! —exclamó Cuneglas mientras yo rezaba; abrí los ojos. Arturo cargaba ocupando toda la parte occidental del valle. El sol les daba en la cara y se reflejaba en cientos de hojas desnudas y yelmos pulidos. Hacia el sur, junto al río, los jinetes de Arturo cabalgaban como el viento para tomar el puente meridional de Aquae Sulis mientras las tropas de Gwent avanzaban en un gran frente por el centro del valle. Los hombres de Tewdric llevaban armadura romana, coraza de bronce, manto rojo y casco de tupido penacho; desde la cumbre de Mynydd Baddon semejaban falanges de oro y carmesí bajo una multitud de enseñas que mostraban, en vez del toro negro de Gwent, la cruz de Cristo. Al norte de dicho ejército marchaban los lanceros de Arturo a las órdenes de Sagramor, bajo su inmenso estandarte negro izado en un mástil rematado con un cráneo sajón. Todavía cierro los ojos y veo el avance de ese ejército, veo el viento rizando los pliegues de las enseñas por encima de las ordenadas filas, veo el polvo que levantaban tras de sí y veo las mieses aplastadas a su paso.
Delante de ellos, todo era pánico y desorden. Los sajones corrían a armarse, a salvar a sus mujeres, a buscar a sus jefes o a agruparse para formar, lentamente, la primera barrera de escudos junto al campamento de Aquae Sulis, una barrera mal nutrida, delgada y deslavazada, y vi que un jinete la hacía retroceder. A nuestra izquierda, los hombres de Cerdic formaron con mayor rapidez, pero aún estaba a más de tres kilómetros de las tropas de Arturo, lo cual significaba que los hombres de Aelle tendrían que recibir el impacto del ataque. Tras dicho primer asalto avanzaba nuestro ejército de leva, oscuro y desigual en la distancia, armado con guadañas, hachas, azadones y garrotes.
Vi izarse la enseña de Aelle sobre las lápidas del cementerio romano y a sus lanceros correr a reunirse bajo la calavera ensangrentada. Abandonaron Aquae Sulis, el campamento occidental y la impedimenta anteriormente reunida a la puerta de la ciudad, tal vez con la esperanza de que los hombres de Arturo se entretuvieran en recoger el botín de las carretas y de los caballos cargados, pero Arturo, previendo el riesgo, desvió a los hombres muy hacia el norte de la muralla de la ciudad. Los lanceros de Gwent habían tomado el puente para que la caballería pesada pudiera situarse en la retaguardia de las líneas de oro y carmesí. Todo parecía transcurrir con extrema lentitud. Desde Mynydd Baddon lo veíamos todo a vista de pájaro: los últimos sajones huyendo por la muralla derruida de Aquae Sulis, la barrera de escudos de Aelle cerrándose por fin y los hombres de Cerdic corriendo por el camino en auxilio de sus aliados. Mientras tanto, nosotros animábamos a Arturo y a Tewdric en silencio instándolos a aplastar a los hombres de Aelle antes de que Cerdic se les uniera, pero habríase dicho que el ataque se desarrollaba a paso de tortuga. Mensajeros a caballo se cruzaban como dardos entre las tropas de lanceros, pero nadie más parecía apresurarse.
Las fuerzas de Aelle retrocedieron un kilómetro desde Aquae Sulis hasta que consiguieron formar, y aguardaban el ataque de Arturo en sus puestos. Sus magos brincaban en los campos que mediaban entre los ejércitos, pero al frente de los hombres de Tewdric no había druidas. Marchaban al amparo del dios cristiano y al fin, tras enderezar la barrera de escudos, se acercaron al enemigo. Esperaba que los jefes de cada bando conferenciasen entre las dos barreras e intercambiaran los consabidos insultos mientras las barreras de escudos se juzgaban recíprocamente. He visto barreras de escudos medirse desde lejos durante horas mientras cada cual reunía el valor necesario para lanzarse a la carga, pero los cristianos de Gwent no detuvieron la marcha. Tampoco hubo parlamento entre los jefes enemigos ni tiempo para que los hechiceros sajones pronunciaran sus hechizos, pues los cristianos se limitaron a enristrar las lanzas, levantar los escudos oblongos con la cruz y marchar directamente entre las lápidas romanas contra los escudos enemigos.
En el cerro, oímos el entrechocar de los escudos. Fue un sonido opaco y chirriante, como si tronara bajo tierra el fragor de cientos de escudos y lanzas golpeando en el encontronazo de dos grandes ejércitos. Los hombres de Gwent se detuvieron, frenados por el peso de los sajones que se oponían a ellos… sabía que empezaban a morir hombres allá abajo. Las lanzas se clavaban, las hachas hendían, las botas pisoteaban a los que caían. Los hombres escupían y se mofaban por encima de los escudos, y la presión de los cuerpos sería tan tremenda que no se podría esgrimir la espada en medio de la aglomeración.
En ese momento, los guerreros de Sagramor se abalanzaron por el flanco norte. Era evidente que el numidio esperaba envolver a Aelle por un lado, pero el rey sajón había previsto tal movimiento y situó convenientemente algunas tropas de reserva, cuyo frente absorbió con lanzas y escudos la carga de Sagramor. Volvimos a oír el estruendo crujiente de escudos contra escudos y, entonces, a nosotros, que observábamos desde la altura, nos pareció que la batalla se detenía como por ensalmo. Dos multitudes de hombres forcejeaban una contra otra, los de retaguardia empujaban a los de vanguardia y los de vanguardia se debatían por liberar la lanza y volver a hincarla al frente, mientras los hombres de Cerdic corrían por el camino de la Zanja, debajo de nosotros. Tan pronto como llegaran al campo de batalla, envolverían a Sagramor sin dificultad. Podrían rodear todo su flanco y atacar su barrera de escudos desde atrás, contingencia para la cual nos había dejado Arturo a nosotros en la cima.
Cerdic debió de suponer que todavía estábamos en lo alto del cerro. Desde el valle no veía nada, pues nuestros hombres estaban ocultos tras el parapeto de Mynydd Baddon, pero lo vi galopar hasta un grupo de hombres y señalar hacia la empinada ladera. Juzgué oportuna la ocasión para intervenir y miré a Cuneglas. Él me miró a mí al mismo tiempo y me sonrió.
—Que los dioses te acompañen, Derfel.
—Y a ti, lord rey. —Le apreté la mano que me tendía y luego toqué el bulto que formaba el broche de Ceinwyn bajo mi cota de mallas.
Cuneglas se subió al terraplén y nos arengó.
—No soy hombre de discursos —gritó—, pero ahí abajo están los sajones y vosotros tenéis fama de matar sajones mejor que nadie en Britania. ¡Adelante, demostradlo! ¡Y no olvidéis mantener la barrera de escudos bien trabada cuando lleguemos al valle! ¡Manteneos unidos! ¡Adelante!
Saltamos por el borde de la cima gritando. Los hombres que Cerdic había enviado a investigar se detuvieron y comenzaron a replegarse ante el desbordamiento incesante de lanceros por encima del parapeto. Quinientos hombres fuertes bajamos por la ladera, rápidamente, virando hacia el oeste al encuentro de las primeras tropas de refuerzo de Cerdic.
Abundaban en el campo las matas de hierba y los escollos; la pendiente era pronunciada. Bajamos sin orden ni concierto, compitiendo por ver quién llegaba primero abajo y, allí, tras cruzar a la carrera dos campos de trigo pisoteado y pasar entre dos setos de enredados espinos, formamos la barrera. Me situé en el ala izquierda, Cuneglas en la derecha y, tan pronto como terminamos de formar con los escudos tocándose por los lados, grité a mis hombres que avanzaran. Los sajones que corrían presurosos por el camino empezaron a formar una barrera de escudos en el campo de enfrente para detenernos. Miré a la derecha sin dejar de avanzar y vi la enorme distancia que mediaba entre nosotros y los hombres de Sagramor, una distancia tan grande que ni siquiera divisaba su enseña. Maldije tamaña distancia, maldije el horror que podía colarse por ella y alcanzarnos por la espalda, pero Arturo se había mostrado categórico. «No vaciléis —había dicho—, no esperéis a que Sagramor se una a vosotros. ¡Atacad!». Pensé que Arturo habría convencido a los cristianos de que atacasen sin pausa. Quería llenar de pánico el ánimo de los sajones robándoles tiempo, y había llegado el momento de sumarnos a la contienda.
La barrera de los sajones era pequeña y la habían formado, sobre la marcha, unos doscientos hombres de Cerdic que tal vez no esperasen luchar allí sino añadir su peso a la retaguardia de las filas de Aelle. Además estaban nerviosos y nosotros también, mas no era el momento de dejar que el miedo carcomiera el valor. Teníamos que hacer lo mismo que los hombres de Tewdric, cargar sin detenernos y tomar al enemigo con la guardia baja, así que lancé un grito de guerra y apuré el paso. Desenvainé a Hywelbane y la sujeté por la parte superior de la hoja con la mano izquierda, con el escudo colgado en el antebrazo por las correas. En la derecha llevaba la lanza pesada. El enemigo avanzaba arrastrando los pies, con los escudos trabados, las lanzas en ristre y, a mi izquierda, en alguna parte, soltaron a un perro de guerra que corrió hacia nosotros. Oí el aullido de la bestia y, después, la locura de la batalla me permitió olvidar todo lo que no fueran los rostros barbudos que tenía ante mí.
En la batalla surge un odio terrible, un odio que nace de lo más profundo del espíritu y nos inunda de una rabia feroz y sanguinaria. Y también de júbilo. Sabía que la barrera de escudos del enemigo cedería, lo supe mucho antes de atacar. Era delgada, la habían formado apresuradamente y todos estaban nerviosos, de modo que salí de la primera fila y eché a correr hacia el enemigo echando odio por la boca. En ese momento, mi único deseo era matar. No, quería más, quería que los bardos cantaran la gesta de Derfel Cadarn en Mynydd Baddon. Quería que los hombres, al verme, dijeran, ahí está el guerrero que rompió la barrera en Mynydd Baddon, quería el poder que confiere la fama. En Britania, una docena de hombres se habían ganado ese poder, Arturo, Sagramor y Culhwch entre ellos, y era un poder que se imponía a todos los demás, excepto al rey. En nuestro mundo, el rango se conseguía por la espada; eludirla comportaba la pérdida del honor, y por eso me lancé rebosante de locura, imbuido del brío arrollador que me prestaba el júbilo, contra las víctimas escogidas. Eran dos jóvenes de menor estatura que yo, azogados ambos, con barba rala, y los dos trataron de escabullirse antes incluso de que cayera sobre ellos. Ellos vieron a un señor de la guerra britano en todo su esplendor y yo vi a dos sajones muertos.
Clavé la lanza en el gaznate a uno de ellos y allí la abandoné cuando un hacha me golpeó en el escudo, pero la había visto venir y desvié la descarga; luego embestí con el escudo contra el segundo hombre y empujé con el hombro al tiempo que asestaba un golpe con Hywelbane. Seguí cortando con la espada, una astilla saltó del astil de una pica sajona, y entonces mis hombres me siguieron en masa. Blandí la espada por encima de la cabeza, volví a descargarla cortando, grité de nuevo, di una estocada a un lado y de pronto, delante de mí, no había sino el campo abierto, campanillas, el camino y las praderas del río al fondo. Había atravesado la barrera y gritaba victoria. Me volví, hundí Hywelbane a un hombre al final de la espalda, la saqué con un giro, vi la sangre que empapaba la hoja y, entonces, el enemigo desapareció de la vista. La barrera sajona había desaparecido, o se había convertido en carne muerta o moribunda que se desangraba sobre la hierba. Recuerdo que levanté espada y escudo hacia el sol y di gracias a Mitra con grandes aullidos.
—¡Barrera de escudos! —oí gritar a Issa mientras celebraba el triunfo. Me agaché a recuperar la lanza y, al girarme, vi que llegaban otros sajones apresuradamente desde el este.
—¡Barrera de escudos! —repetí la orden de Issa. Cuneglas estaba formando otra con sus hombres mirando hacia poniente, para protegernos de la retaguardia de Aelle, mientras que nuestro frente se orientaba hacia el este, de donde venían los hombres de Cerdic. Mis hombres gritaban chanzas. Habían convertido una barrera de escudos en despojos y querían más. A mi espalda, en el espacio que quedaba entre los hombres de Cuneglas y los míos, aún había algunos sajones supervivientes, pero tres de mis hombres los remataron en un visto y no visto. Les cortaron la garganta, pues no era momento de tomar prisioneros. Vi que Ginebra los ayudaba.
—¡Señor! ¡Señor! —Eachern gritaba desde el extremo derecho de nuestra corta barrera señalando a un gran número de sajones que cruzaban a la carrera el paso entre nosotros y el río. Era un espacio ancho, pero los sajones no nos amenazaban a nosotros sino que acudían en auxilio de Aelle.
—¡Déjalos! —grité. Me preocupaban los enemigos que teníamos delante, pues se habían detenido a formar filas. Habían visto lo que habíamos hecho y no estaban dispuestos a que hiciéramos lo mismo con ellos, de modo que se alinearon de a cuatro o cinco en fondo; luego vitorearon al hechicero que salió brincando a maldecirnos a todos. Estaba loco, la cara se le convulsionaba sin control mientras nos insultaba. Los sajones tenían a esos hombres en gran consideración pues creían que los dioses los escuchaban, pero sus dioses debieron de palidecer ante sus juramentos y maldiciones.
—¿Lo mato? —me preguntó Ginebra. Estaba acariciando el arco.
—Ojalá no estuvierais aquí, señora —dije.
—Es un poco tarde para formular ese deseo, Derfel —contestó.
—Dejadlo —dije. Las maldiciones del hechicero no hacían mella en mis hombres, los cuales, con grandes voces, retaban a los sajones a acercarse a probar sus hojas; pero los sajones no tenían ganas de avanzar. Esperaban refuerzos, que ya se acercaban por detrás—. ¡Lord rey! —llamé a Cuneglas, y se volvió—. ¿Ves a Sagramor? —le pregunté.
—Todavía no.
Tampoco había rastro de Oengus mac Airem y sus Escudos Negros, que tenían que aparecer en tromba por los montes y penetrar más aún en el flanco sajón. Empecé a temer haberme precipitado en la carga, pues nos hallábamos atrapados entre las tropas de Aelle, que ya se recobraban del pánico, y los lanceros de Cerdic, que engrosaban meticulosamente su barrera de escudos antes de echársenos encima.
Entonces, Eachern dio otra voz de alarma y miré al sur, los sajones ya no corrían hacia el oeste sino hacia el este. Los campos que se extendían entre nuestra barrera y el río se llenaron de hombres a la desbandada; me sorprendió tanto que tardé unos momentos en comprender lo que sucedía, hasta que oí el ruido. Un ruido como de tormenta. Cascos de caballo.
Los caballos de Arturo eran de gran alzada. En una ocasión, Sagramor me había contado que Arturo había capturado los caballos en las caballerizas de Clovis, rey de los francos, y dichos caballos, criados para los romanos antes de convertirse en propiedad de Clovis, no tenían parangón en Britania, eran los más altos, y Arturo escogía a sus más corpulentos hombres para cabalgar en ellos. Había perdido muchos a manos de Lancelot y casi esperaba encontrarme a las enormes bestias en las filas enemigas, pero Arturo se mofó de mis temores. Me dijo que Lancelot se había apoderado principalmente de yeguas de cría y potros sin adiestrar y que se necesitaba tanto tiempo para adiestrar al caballo como al hombre que hubiera de luchar con una lanza de difícil manejo desde su lomo. Lancelot no tenía hombres entrenados, pero Arturo sí, y en ese momento los conducía por la ladera norte contra los hombres de Aelle enzarzados con Sagramor.
Sólo había sesenta caballos de gran alzada y estaban cansados, pues primero habían cabalgado para tomar el puente del sur y luego se habían trasladado al flanco opuesto de la batalla, pero Arturo los llevó al galope y arrollaron la retaguardia de la línea de batalla de Aelle. Los hombres de la retaguardia empujaban a las primeras filas para aplastar la formación de Sagramor, pero la aparición de Arturo fue tan repentina que no tuvieron tiempo de volverse y formar a su vez una barrera de escudos. Los caballos abrieron grandes brechas en las filas y, al tiempo que los sajones que las formaban salieron en desbandada, los guerreros de Sagramor empujaron y, de repente, el ala derecha del ejército de Aelle se desorganizó. Algunos sajones se dirigieron corriendo al sur, a refugiarse entre el resto del ejército de Aelle, otros huyeron hacia el oeste al encuentro de Cerdic, que eran los que veíamos correr por las praderas del río. Arturo y sus jinetes persiguieron a los fugitivos sin piedad. La caballería detuvo la huida de los hombres con sus largas espadas y la pradera de la ribera quedó sembrada de cadáveres, con gran desparrame de escudos y espadas abandonados. Vi pasar a Arturo al galope por delante de nuestra línea, con el manto blanco salpicado de sangre, Excalibur ensangrentada en la mano y una expresión de puro júbilo en su adusto rostro. Hygwydd, su escudero, portaba la enseña del oso, que mostraba una cruz roja en la esquina inferior. Hygwydd, normalmente taciturno como nadie, me sonrió y enseguida nos dejó atrás, siguiendo a Arturo monte arriba donde los caballos podrían recobrar el resuello y amenazar el flanco de Cerdic. Morfans el feo había muerto en el primer ataque contra los hombres de Aelle, pero fue la única baja de Arturo.
La embestida de Arturo destrozó el ala derecha de Aelle y Sagramor llevó a sus hombres por el camino de la Zanja con la intención de unir sus escudos con los míos. Todavía no teníamos rodeado al ejército de Aelle, pero lo habíamos encajonado entre el río y el camino y los disciplinados cristianos de Tewdric avanzaban ya por dicho pasillo segando vidas. Cerdic permanecía fuera de la trampa; por fuerza se le hubo de ocurrir abandonar a Aelle allí y dejar que su rival sajón fuera destruido; sin embargo, decidió que aún era posible la victoria. Si ganaban aquel día, Britania entera se convertiría en Lloegyr.
Cerdic no se dejó impresionar por la amenaza de los caballos de Arturo. Seguro que sabía que habían atacado a los hombres de Aelle donde mayor era el desorden, pero sus disciplinados lanceros, firmes en la barrera, no tendrían nada que temer de la caballería, de modo que les ordenó trabar los escudos, enristrar las lanzas y avanzar.
—¡Prietos! ¡Prietos! —grité, y me abrí camino hasta la primera fila, donde trabé mi escudo concienzudamente con el del compañero de cada lado. Los sajones avanzaban arrastrando los pies, concentrados en mantener los escudos unidos, escrutando nuestra fila en busca de puntos débiles y sin dejar de avanzar como un solo hombre. No vi hechiceros, pero la enseña de Cerdic ondeaba en el centro de la gran formación. Tuve una visión general de barbas y cascos con cuernos, oí el ronquido incesante de un cuerno de carnero y observé las hojas de las hachas y lanzas. Cerdic se encontraba en aquella masa humana, pues le oía gritar a sus hombres: «¡Escudos trabados! ¡Escudos trabados!». Nos soltaron dos enormes perros de guerra, oí gritos y percibí cierto desorden a mi derecha en el momento que los canes se abalanzaron sobre la línea. Los sajones debieron de ver que mi barrera de escudos flaqueaba donde los perros habían atacado, pues de repente prorrumpieron en gritos de triunfo y se lanzaron hacia adelante.
—¡Prietos! —grité, y levanté la lanza por encima de la cabeza. Al menos tres sajones me miraban sin dejar de correr hacia nosotros. Yo era un señor e iba adornado con oro, y si conseguían mandar mi espíritu al otro mundo ganarían renombre y riquezas. Uno de ellos, por alcanzar la gloria, adelantó a sus compañeros con la lanza apuntada hacia mi escudo; pensé que la bajaría en el último momento para herirme en el tobillo. De repente, ya no hubo tiempo para más pensamientos, sólo para luchar. Descargué la lanza contra la cara del hombre y adelanté el escudo bajándolo al mismo tiempo con el fin de desviar su lanzazo. La punta logró rozarme el tobillo tras hender el cuero de la bota derecha que llevaba bajo la greba de Wulfger, pero mi lanza se llenó de sangre de su cara y el hombre cayó de espaldas cuando recuperé el arma; los siguientes se aprestaban ya a darme muerte.
Llegaron al mismo tiempo que las dos líneas de escudos entraban en colisión con un estruendo como dos mundos al chocar. Percibí su olor, olían a cuero, a sudor, a inmundicia, pero no a cerveza. La batalla había comenzado por la mañana temprano, habíamos tomado a los sajones desprevenidos y no habían tenido tiempo de emborracharse para cobrar coraje. Los míos empujaban desde atrás y me encastraban contra mi propio escudo, el cual empujaba el escudo del adversario. Escupí a la cara barbuda, lancé la pica por encima de su hombro y noté que un enemigo la agarraba con la mano. La solté y, con un impulso tremendo, me hice el espacio necesario para sacar a Hywelbane. Golpeé al hombre que tenía delante como si esgrimiera un martillo. Su casco no era más que una capa de cuero en forma de capucha y rellena de trapos, y el filo recién amolado de Hywelbane lo atravesó y llegó a los sesos. Allí se encajó un momento, mientras yo me debatía contra el peso de la víctima, momento que aprovechó un sajón para blandir un hacha sobre mi cabeza.
El golpe cayó de lleno sobre el casco. Un estruendo ensordecedor llenó el universo y una oscuridad súbita rasgada de luz me llenó la cabeza. Mis hombres me dijeron después que me quedé insensible unos minutos, pero no llegué a caer porque la presión de los demás me mantenía de pie. No recuerdo nada, aunque pocos se acuerdan de muchas cosas sucedidas en el choque de escudos. Se empuja, se maldice, se escupe y se golpea cuando hay oportunidad. Uno de mis compañeros de escudo me contó que me tambaleé después del hachazo y que a punto estuve de tropezar con los cuerpos de los hombres que acababa de matar, pero el que estaba detrás de mí me sujetó por el cinturón de la espada, me sostuvo de pie y mis colas de lobo me protegieron apiñándose a mi alrededor. El enemigo supo que estaba malherido y recrudeció la ofensiva abatiendo hachas contra escudos abollados y espadas melladas, pero poco a poco salí de la conmoción y me encontró en la segunda fila, todavía a salvo tras la bendita barrera de escudos y con Hywelbane en la mano. Me dolía la cabeza pero no me daba cuenta, sólo sabía que quería clavar, rasgar, gritar y matar. Issa defendía el hueco abierto por los canes matando denodadamente a los sajones que habían roto nuestra primera fila y cerrando el hueco con sus cadáveres.
Cerdic nos superaba en número, pero no podía envolvernos por el norte, pues allí se encontraba la caballería pesada y no deseaba mandar a sus hombres colina arriba, al encuentro de semejantes bestias, de modo que mandó que nos envolvieran por el sur, pero Sagramor se anticipó a la maniobra y acudió raudo a cubrir el hueco. Recuerdo el entrechocar de los escudos. Tenía la bota derecha llena de sangre, de modo que chapoteaba cada vez que me apoyaba en ese lado, la cabeza me dolía terriblemente y yo enseñaba los dientes en una mueca fija. El hombre que había ocupado mi sitio en la primera fila no quería devolvérmelo.
—Ya ceden, señor —me dijo a gritos—. ¡Ya ceden! —Y, ciertamente, la presión de los sajones empezaba a disminuir. No los habíamos vencido, sólo se retiraban; de pronto, un grito llamó al enemigo a retirada y, con un último golpe de lanza o hacha, se replegaron rápidamente. No los seguimos. Estábamos cubiertos de sangre, molidos, agotados en exceso, y no los seguimos; además teníamos el obstáculo de la montaña de cadáveres que señalaba el punto máximo de la batalla de lanzas y escudos. Algunos estaban muertos, pero otros agonizaban y rogaban que los matáramos.
Tras retirar a sus hombres, Cerdic formó otra barrera de escudos muy grande, con la intención de abrirse camino hasta las tropas de Aelle, el cual había quedado aislado cuando los hombres de Sagramor ocuparon la mayor parte del terreno entre mis hombres y el río. Más tarde supe que los lanceros de Tewdric empujaban a los de Aelle hacia el río y que Arturo dejó el número justo de hombres para mantener a esos sajones acorralados, mientras enviaba a los demás a reforzar la posición de Sagramor.
Tenía una abolladura en la parte izquierda del yelmo con un tajo al final que atravesaba el hierro y el relleno de cuero. Cuando me lo quité, un mechón de pelo empapado de sangre coagulada me dio un tirón. Me toqué el cráneo aprensivamente pero no percibí huesos rotos, sólo una magulladura y una pulsación dolorosa. En el brazo izquierdo tenía una herida abierta, en el pecho otra contusión, y el tobillo derecho me sangraba todavía. Issa cojeaba pero aseguró que no era más que un rasguño. Niall, el jefe de los Escudos Negros, había muerto. Una lanza le había atravesado la coraza, yacía de espaldas con la pica sobresaliendo hacia el cielo y la boca abierta cubierta de sangre. Eachern había perdido un ojo. Se tapó la cuenca vacía con un trapo, se lo ató alrededor de la cabeza y se encasquetó el yelmo encima del rudimentario vendaje; luego juró vengar el ojo perdido al ciento por uno.
Arturo bajó del cerro a felicitar a mis hombres.
—¡Seguid resistiendo! —nos gritó—. ¡Seguid resistiendo hasta que llegue Oengus, y entonces los aniquilaremos para siempre! —Mordred cabalgaba detrás de Arturo y su enseña avanzaba junto a la del oso. El rey llevaba la espada desnuda y abría los ojos desmesuradamente por la excitación de la jornada. A lo largo de tres kilómetros por la orilla del río no había más que polvo y sangre, muertos y moribundos, hierro clavado en carne.
Las filas de Tewdric, vestidas de oro y escarlata, rodearon a los supervivientes de Aelle. Esos hombres seguían luchando y Cerdic hizo un nuevo intento de llegar hasta ellos. Arturo se llevó a Mordred de vuelta al cerro mientras nosotros cerrábamos la formación de escudos una vez más.
—Están impacientes —comentó Cuneglas al ver el avance de las líneas sajonas.
—No están borrachos —dije—, por eso resisten.
Cuneglas no había sufrido heridas y desbordaba entusiasmo, el arrebato de quien cree que su vida está protegida mágicamente. Había luchado en el frente de batalla, había matado y no había recibido ni un rasguño. Nunca había sido famoso por sus hazañas guerreras, al contrario que su padre, y creía estar ganándose la corona en esos momentos.
—Ten cuidado, lord rey —le dije cuando regresó junto a sus hombres.
—¡Estamos ganando, Derfel! —replicó, y se alejó presuroso a enfrentarse a los atacantes.
El segundo asalto de los sajones sería mucho mayor que el primero, pues Cerdic había situado a su guardia personal en el centro de la formación con unos perros de guerra colosales, a los que soltaron contra los hombres de Sagramor que ocupaban el centro de nuestra barrera. Un instante más tarde, golpearon los sajones avanzando a hachazos entre los huecos abiertos por los perros en nuestra fila. Oí el estrépito de los escudos y después ya no pude pensar en Sagramor, pues el ala derecha de los sajones cayó sobre mis hombres.
Los escudos entrechocaron nuevamente. Nuevamente empujamos con las lanzas y asestamos mandobles, y nuevamente nos hallamos aplastados unos contra otros. El sajón que tenía enfrente abandonó la lanza y trató de alcanzarme el estómago con un cuchillo corto. El cuchillo topaba con mi cota de mallas y el hombre gruñía, empujaba y rechinaba los dientes hurgando con la hoja entre los anillos de hierro de mi cota. Yo no tenía sitio para bajar la mano y agarrar la suya, de modo que le di un golpe en el casco con el pomo de Hywelbane y seguí golpeándolo hasta que cayó a mis pies y pude pisotearlo. Él seguía tratando de clavarme el cuchillo, pero el hombre que tenía a mi espalda le clavó la lanza y me empujó con el escudo obligándome a avanzar sobre el enemigo. A mi izquierda, un héroe sajón golpeaba a diestra y siniestra con el hacha abriéndose un pasillo entre los míos por la fuerza, pero le hicieron tropezar con el asta de una lanza y media docena de guerreros se abalanzaron sobre él con espadas y lanzas. Murió entre los cadáveres de sus víctimas.
Cerdic recorría su línea cabalgando, gritando a sus hombres que empujaran y mataran. Lo llamé, le reté a que desmontara y luchara como un hombre, pero, o no me oyó o bien hizo caso omiso de mi provocación. Hincó espuelas y se dirigió al punto donde Arturo luchaba junto a Sagramor. Arturo, apercibiéndose de la presión que soportaban los hombres de Sagramor, llevó a sus jinetes a la retaguardia de las líneas para apoyar al numidio, y la caballería procedió a empujar con los caballos entre la aglomeración de hombres y a pinchar por encima de sus cabezas a los de la primera fila enemiga con sus largas picas. Allí estaba Mordred y, más tarde, los hombres aseguraron que había luchado como un demonio. A nuestro rey nunca le faltó valor sanguinario en la batalla, sólo sensatez y decencia en la vida. No era soldado de a caballo, de modo que desmontó y ocupó un lugar en primera línea. Después, lo vi cubierto de sangre, pero ni una gota era de sus venas. Ginebra estaba tras nuestras líneas. Vio el caballo abandonado de Mordred, lo montó y empezó a soltar flechas desde el lomo. Una se clavó y tembló un momento en el escudo de Cerdic, pero la quitó él mismo de un manotazo como si de una mosca se tratara.
El segundo asalto terminó por pura fatiga. Llegó un momento en que estábamos tan exhaustos que apenas podíamos levantar la espada una vez más y lo único que hacíamos era apoyarnos en el escudo del enemigo y escupir insultos por encima del borde. De vez en cuando, un hombre lograba reunir fuerzas para enarbolar un hacha o asestar un lanzazo, y entonces la furia del combate volvía a prender, aunque moría tan pronto como la barrera de escudos contenía el estallido. Todos sangrábamos, teníamos todo el cuerpo magullado y la boca seca y, cuando el enemigo se replegó, agradecimos el respiro.
También nosotros retrocedimos y nos libramos de los cadáveres que yacían en un montón en el punto donde se habían encontrado las barreras. Nos llevamos a nuestros heridos; entre los muertos de nuestro bando había algunos con la frente marcada por una punta de lanza al rojo vivo, señal de que se habían unido a las fuerzas rebeldes de Lancelot el año anterior pero habían muerto luchando por Arturo. También encontré a Bors entre los heridos. Temblaba y se quejaba de frío; habíanle abierto el vientre y, cuando lo levanté, se le cayeron las tripas al suelo. Volví a acostarlo y se quejó como un gato; entonces le dije que el otro mundo le esperaba con hogueras rugientes, buenos compañeros e hidromiel sin tasa, y me apretó la mano izquierda mientras le cortaba la garganta con una rápida estocada de Hywelbane. Un sajón ciego se arrastraba penosamente entre los muertos echando sangre por la boca, hasta que Issa recogió un hacha caída y le asestó un golpe en la cerviz. Vi a uno de mis bisoños vomitando; luego avanzó unos pasos trastabillando y por fin, un compañero lo agarró y lo ayudó a enderezarse. El joven lloraba avergonzado porque las tripas se le habían vaciado de miedo, pero no le había sucedido sólo a él. Todo el campo atufaba a heces y sangre.
Los hombres de Aelle, situados a cierta distancia por detrás de nosotros, habían formado una compacta barrera de escudos de espaldas al río. Los hombres de Tewdric estaban enfrente de ellos, pero se conformaban con mantenerlos inmóviles en vez de luchar contra ellos, pues los hombres acorralados son de temer. Y Cerdic seguía fiel a su aliado, con esperanzas todavía de atravesar las filas de Arturo y llegar al lado de Aelle, para juntos atacar en dirección norte dividiendo en dos nuestras fuerzas. Lo había intentado dos veces y en ese momento reunía los restos de su ejército para realizar un último y gran esfuerzo. Contaba con algunos hombres de refresco, guerreros a sueldo del ejército franco de Clovis, y situó a dichos mercenarios en primera línea de batalla; vimos que los hechiceros los arengaban y luego se volvieron hacia nosotros con sus maldiciones e insultos. El siguiente ataque no sería veloz. No había necesidad, pues la mañana era joven aún, ni siquiera era mediodía, y Cerdic tuvo tiempo de dar de comer y beber a sus hombres y dejar que se prepararan. Uno de sus tambores de guerra empezó a redoblar lúgubremente mientras las filas sajonas seguían engrosándose por los flancos con hombres y perros sujetos por correas. Estábamos todos exhaustos. Mandé a unos hombres al río a por agua y nos la repartimos tomándola a grandes sorbos con los cascos de los muertos. Arturo se acercó a mí y torció el gesto al ver el estado en que me encontraba.
—¿Podrás contenerlos por tercera vez? —me preguntó.
—Es necesario, señor —dije, sabiendo que sería ardua tarea. Habíamos sufrido muchas bajas y la barrera sería delgada. Las lanzas y las espadas habían perdido el filo y nos faltaban piedras de amolar para afilarlas de nuevo, mientras que el enemigo recibía el refuerzo de hombres de refresco con las armas a punto. Arturo se apeó de Llamrei, dio las riendas a Hygwydd y me llevó hacia la diseminada línea de cadáveres. Conocía a algunos de los caídos por su nombre y frunció el ceño al ver a los jóvenes bisoños que tan breve vida habían disfrutado hasta topar con el enemigo. Se detuvo junto a Bors y le tocó la frente con un dedo, paróse después al lado de un sajón que yacía con una flecha clavada en la boca abierta. Creí por un momento que iba a decir algo, pero se limitó a sonreír. Sabía que Ginebra estaba entre mis hombres, seguro que la había avistado montada en el caballo, como se habría fijado en la enseña que ondeaba al lado de mi estrella. Volvió a mirar la flecha y un rayo de alegría le iluminó el semblante un momento. Me tocó el brazo y me llevó de nuevo con mis hombres, que descansaban sentados o apoyados en las lanzas.
Un sajón de las filas que se estaban reuniendo reconoció a Arturo, salió a tierra de nadie, la franja que mediaba entre los dos ejércitos, y le retó a voces. Era Liofa, el espadachín con el que me había batido en Thunreslea, y llamó a Arturo cobarde y mujer. Ni yo se lo traduje ni él me lo pidió. Liofa se acercó más. No llevaba escudo ni armadura, ni siquiera casco, sólo la espada, la cual envainó para demostrar que no nos temía. Vi la cicatriz de su rostro y sentí la tentación de abrirle otra más grande, una que se lo llevara a la tumba, pero Arturo me retuvo.
—¡Déjalo! —me dijo.
Liofa siguió provocándonos. Gimió como una mujer insinuando que éramos mujeres, y se plantó dándonos la espalda para invitar a cualquiera a que lo atacara. Pero nadie se movió. Se encaró a nosotros nuevamente, sacudió la cabeza compadeciéndose de nuestra cobardía y siguió avanzando hasta la línea de cadáveres. Los sajones lo animaban a gritos y mis hombres callaban. Hice correr el aviso de que se trataba del paladín de Cerdic, que era peligroso y que lo dejaran en paz. Ver a un sajón tan desenfrenado sublevaba a mis hombres, pero era preferible que Liofa siguiera vivo de momento en vez de darle ocasión de humillar a nuestros agotados lanceros. Arturo trató de infundirles nuevos ánimos; subióse a Llamrei haciendo caso omiso de las pullas de Liofa y cabalgó a lo largo de la línea de cadáveres. Espantó a los desnudos hechiceros sajones, desenvainó a Excalibur y espoleó a la yegua acercándose más al frente sajón y exhibiendo su penacho blanco y su manto ensangrentado. El escudo con la cruz roja brillaba y mis hombres lo vitorearon. Los sajones reculaban a su paso, y Liofa, que quedó impotente detrás de Arturo, lo llamó corazón de mujer. Arturo dio la vuelta y en dirección a donde me hallaba yo. Tal actitud significaba que Liofa no era oponente digno; seguro que el campeón de los sajones debió de sentirse ofendido, pues se acercó más a nuestra línea buscando un contrincante.
Se detuvo junto a los cadáveres. Pisoteó la sangre y cogió un escudo del suelo. Lo levantó para que todos viéramos el águila de Powys y, cuando se hubo asegurado de que todos lo habíamos visto, arrojó el escudo al suelo nuevamente, se abrió los calzones y orinó en la insignia de Powys. Luego apuntó de tal modo que la orina cayó sobre el dueño del escudo, ya muerto, y tamaño insulto colmó el vaso de la paciencia.
Cuneglas aulló de rabia y salió de la línea a la carrera.
—¡No! —grité, y eché a correr hacia él. Pensaba que era preferible enfrentarme yo a Liofa, pues al menos conocía sus artimañas y su velocidad, mas llegué tarde. Cuneglas había desenvainado y no me hizo el menor caso. Se creía invulnerable aquel día. Era el rey de la batalla, un hombre que necesitaba demostrarse a sí mismo que era un héroe, cosa que había conseguido, y entonces creía que todo era posible. Acabaría con el insolente sajón a la vista de todos sus hombres, y los bardos celebrarían durante años la gloria del rey Cuneglas el poderoso, el carnicero de sajones, el gran guerrero.
No podía salvarle, pues perdería el honor si se retiraba o si lo reemplazaba otro hombre, de modo que me quedé mirando horrorizado mientras él avanzaba con aplomo hacia el esbelto sajón sin armadura. Cuneglas llevaba la antigua armadura de su padre, de hierro con ribetes de oro y un yelmo coronado por un ala de águila. Sonreía. En ese momento se sentía por encima de todo mal, pletórico de entusiasmo por las gestas de la jornada, se creía tocado por los dioses. No vaciló, atacó a Liofa, y todos habríamos jurado que le alcanzaba de pleno, pero Liofa escapó a la estocada, se hizo a un lado, soltó una carcajada y saltó hacia el otro lado esquivando el segundo intento de Cuneglas.
Tanto los sajones como los nuestros animaban a los rivales, cada cual a su representante. Sólo Arturo y yo guardábamos silencio. Estaba presenciando la muerte del hermano de Ceinwyn y no podía hacer absolutamente nada por evitarlo. Nada honorable, entiéndase, pues si rescataba a Cuneglas lo hundiría en la desgracia. Arturo me miró desde la silla con preocupación, mas no estaba en mi mano aliviar su cuita.
—Luché contra él —dije con amargura—, es un asesino.
—Pero sobreviviste.
—Soy guerrero, señor —dije. Cuneglas nunca había sido guerrero, por eso quería reafirmarse en ese momento, pero Liofa lo estaba dejando en ridículo. Cuneglas atacaba tratando de derrumbar a Liofa de un solo golpe, pero el sajón esquivaba los envites una y otra vez sin contraatacar jamás; poco a poco, nuestros hombres fueron cayendo en el silencio pues veían que el rey empezaba a agotarse y que Liofa jugaba con él.
Entonces, un puñado de guerreros de Powys se precipitó a salvar a su rey; Liofa retrocedió tres pasos rápidamente y señaló con la espada sin decir nada. Cuneglas se volvió y los vio.
—¡Atrás! —les ordenó—. ¡Atrás! —insistió furioso. Debía de saber que estaba perdido, pero no quería deshonrarse. El honor lo es todo.
Los hombres de Powys se detuvieron. Cuneglas volvió a enfrentarse a Liofa pero no se precipitó a atacar, sino que empleó mayor precaución. Su espada tocó por primera vez la hoja de Liofa, y vi que Liofa resbalaba en la hierba y Cuneglas cantaba victoria levantando la espada para rematar a su oponente; mas Liofa la esquivó con un giro, resbaló deliberadamente y la trayectoria de la caída hizo descender su espada, de modo que pinchó a Cuneglas en la pierna derecha. Cuneglas se quedó un momento de pie, con la espada temblorosa en la mano y, cuando Liofa se incorporó, él cayó. El sajón esperó a que el rey terminara de caer, le apartó el escudo de una patada y le clavó una sola vez la punta de la espada.
Los sajones enronquecieron lanzando vivas, pues el triunfo de Liofa auguraba la victoria. Liofa sólo tuvo tiempo de despojar a Cuneglas de su espada y correr ágilmente hacia los suyos, pues un grupo de hombres lo perseguía para vengar al rey. Los aventajó fácilmente y luego se volvió a provocarlos. No tenía necesidad de luchar contra ellos, pues había vencido en el reto. Había matado a un rey enemigo y sin duda los bardos sajones ensalzarían a Liofa el terrible, el asesino de reyes. Fue el artífice de la primera victoria sajona de la jornada.
Arturo desmontó y él y yo insistimos en llevar el cuerpo de Cuneglas a sus hombres. Los dos lloramos. En todos aquellos largos años no habíamos contado con aliado más incondicional que Cuneglas ap Gorfyddyd, rey de Powys. Jamás había discutido con Arturo y jamás le había fallado, y conmigo había sido como un hermano. Era un hombre bueno, dispensador de oro, amante de la justicia, pero había muerto. Los guerreros de Powys se hicieron cargo del cadáver de su rey y lo llevaron detrás de la barrera de escudos.
—El que lo ha matado —les dije— es Liofa, y daré cien monedas de oro al que me traiga su cabeza.
Un grito me hizo girar sobre los talones. Los sajones, convencidos de su triunfo, habían iniciado el avance.
Mis hombres se pusieron en pie y se restañaron el sudor de los ojos. Me calé el yelmo, abollado y ensangrentado, me bajé los protectores de las mejillas y recogí una lanza abandonada.
Era el momento de reemprender la lucha.
Fue el ataque sajón más impetuoso del día, llevado a cabo por unos lanceros plenos de confianza que se habían recuperado de la sorpresa inicial y se abalanzaban dispuestos a hacer añicos nuestras líneas para rescatar a Aelle. Se acercaban cantando a voz en grito, golpeando las lanzas contra los escudos y prometiéndose unos a otros matar a un puñado de britanos por cabeza. Los sajones sabían que la victoria era suya. Habían soportado el ataque más enconado que Arturo podía lanzarles, habían combatido hasta inmovilizarnos, su campeón había matado a un rey y en ese momento, con las tropas de refresco en cabeza, avanzaban con intenciones de rematarnos. Los francos echaron atrás sus ligeras lanzas arrojadizas preparándose para mandar una lluvia de hojas afiladas contra nuestra barrera de escudos.
Pero, de pronto, un cuerno resonó en Mynydd Baddon.
Al principio sólo lo oímos unos pocos a causa de la barahúnda de gritos, pisotones y gemidos de los moribundos, pero el cuerno volvió a sonar hasta tres veces y, a la tercera, los hombres volvieron la mirada a la fortificación abandonada de Mynydd Baddon. Incluso los francos y los sajones se detuvieron. Estaban a tan sólo cincuenta pasos de nosotros cuando el cuerno los detuvo y, al igual que nosotros, volviéronse hacia la empinada ladera verde.
Y vimos a un solo jinete con un estandarte.
Sólo ondeaba un estandarte, pero era enorme, una pieza de lino blanco desplegada al viento con el dragón rojo de Dumnonia bordado en el centro. La bestia roja y rampante, todo garras, cola y fuego, dominaba la enseña que flotaba en el aire y casi tapaba al jinete que la portaba. Incluso desde la distancia, percibimos que el jinete cabalgaba tieso, de una forma extraña, como si no dominara el negro corcel ni pudiera sujetar firmemente el gran estandarte, pero enseguida aparecieron dos lanceros detrás del jinete que espoleaban al caballo con picas, y el animal empezó a descender por la ladera tirando hacia atrás bruscamente al jinete. A medida que el caballo corría cerro abajo, el jinete volvió a caer hacia adelante con el manto negro flotando a la espalda y una armadura blanca y brillante, tan blanca como el lino de la enseña ondeante. Detrás de él empezó a desbordarse por el parapeto de Mynydd Baddon, como unas horas antes hiciéramos nosotros, una multitud enfebrecida de hombres con escudos negros y otros con osos de grandes colmillos en el escudo. Oengus mac Airem y Culhwch habían llegado por fin, pero en vez de caer desde el camino de Corinium, habían subido primero a la cima de Mynydd Baddon para unirse a nosotros.
Pero yo no perdía de vista al jinete. Cabalgaba de la forma más extraña, y entonces vi que estaba atado al caballo. Tenía los tobillos unidos con cuerda por debajo del vientre de la negra montura, y su cuerpo iba fijado a la silla por medio de algo que no podía ser sino astillas atornilladas al borren de la silla. No llevaba yelmo y su largo cabello flotaba libremente al aire, y bajo el pelo el semblante del jinete no era sino una calavera sonriente cubierta de piel apergaminada. Era Gawain, el difunto Gawain, sin labios ni encías, con dos hendiduras negras por nariz y dos cuencas vacías por ojos. La cabeza se balanceaba de lado a lado del cuerpo, al cual llevaba atado el estandarte del dragón britano, y el cuerpo resbalaba a los flancos de la montura.
Era la muerte cabalgando en un corcel negro de nombre Anbarr; la visión del fantasma montado, dirigiéndose hacia su flanco, estremeció la confianza de los sajones. Los Escudos Negros bajaban aullando detrás de Gawain, llevando al caballo y al jinete muerto hasta más allá de los setos, directo al flanco sajón. Los Escudos Negros no atacaban formando una barrera de escudos sino que embestían en una horda aullante. Era el estilo guerrero de los irlandeses, un asalto terrorífico de hombres enloquecidos que se arrojaban a la carnicería como amantes.
La batalla se tambaleó unos momentos. Los sajones estaban a punto de obtener la victoria pero Arturo, al ver su indecisión, nos azuzó sin previo aviso.
—¡Vamos! —gritó.
—¡Adelante! —dijo Mordred después de Arturo—. ¡Adelante!
Y así comenzó la matanza de Mynydd Baddon. Los bardos la relatan de cabo a rabo y, por una vez, no exageran. Pasamos por encima de la línea de cadáveres y alcanzamos al ejército sajón con nuestras lanzas en el momento en que los Escudos Negros y Culhwch caían sobre su flanco. Durante unos instantes las espadas entrechocaron fragorosamente, las hachas cayeron con estrépito sobre los escudos, el aire se llenó de gruñidos, empellones y sudor de la colisión de las dos barreras de escudos, pero después el ejército sajón rompió filas y luchamos desordenadamente en un campo resbaladizo de sangre franca y sajona. Los sajones salieron en desbandada, desbaratados por la carga salvaje al mando de un muerto que cabalgaba sobre un negro corcel, y nosotros matamos hasta perder la noción de matar. Abarrotamos de muertos sajones el puente de espadas. Los pasamos a lanzazos, los destripamos y a algunos simplemente los ahogamos en el río. Al principio no tomamos prisioneros, sino que desahogamos años de odio acumulado sobre nuestros aborrecidos enemigos. El ejército de Cerdic se hizo añicos ante el asalto a dos bandas y cargamos contra las filas desordenadas rivalizando en la masacre. Fue una orgía de muerte, un fárrago carnicero. Algunos sajones estaban tan aterrorizados que no se podían mover, se quedaban literalmente con los ojos desorbitados esperando la muerte, mientras que otros luchaban enconadamente, morían corriendo o buscaban la huida por el río. Perdimos toda semblanza con una barrera de escudos, no éramos más que una jauría de perros enloquecidos desgarrando al enemigo en mil pedazos. Vi a Mordred cojeando y matando sajones sin tregua, vi a Arturo persiguiendo a los fugitivos, vi a los hombres de Powys vengando la muerte de su rey a mil por uno. Vi a Galahad golpeando a diestra y siniestra desde el caballo, con el semblante más tranquilo que nunca. Vi a Tewdric vestido de sacerdote, flaco como un esqueleto y con la cabeza tonsurada, blandiendo salvajemente su gran espada. También estaba el viejo obispo Emrys con una cruz enorme colgada al pecho y una vieja coraza sobre la sotana, atada con cuerda de crin de caballo.
—¡Idos al infierno! —rugía acuchillando sajones indefensos con la lanza—. ¡Arded eternamente en el fuego purificador!
Vi a Oengus mac Airem con la barba empapada de sangre sajona y alanceando sais sin cuento. Vi a Ginebra a lomos del caballo de Mordred empleando a fondo la espada que le habíamos dado. Vi a Gawain descabezado, un peso muerto a lomos del ensangrentado caballo que pacía tranquilamente entre los cadáveres sajones. Vi a Merlín, por último, pues había acudido con el cadáver de Gawain y, a pesar de ser viejo, golpeaba a los sajones con la vara y los maldecía llamándolos gusanos miserables. Tenía una escolta de Escudos Negros. Me vio, me sonrió y con un ademán me indicó que siguiera matando.
Arrasamos el poblado de Cerdic, donde las mujeres y los niños se escondían en las chozas. Culhwch y un puñado de hombres abrían, imperturbables, un camino de carniceros entre los pocos lanceros sajones que trataban de proteger a sus familias y la impedimenta abandonada de Cerdic. Los guardianes sajones murieron y el oro del botín se derramó como ahechaduras. Recuerdo que se levantó una polvareda cual bruma, que gritaban las mujeres y los hombres, que los niños y los perros huían despavoridos, que ardían las cabañas llenándolo todo de humo y, por encima de todo, el retumbar de los caballos de Arturo sembrando el terror y clavando lanzas a los lanceros enemigos por la espalda. No hay júbilo como el de destruir a un ejército vencido. Cuando se rompe la barrera de escudos, la muerte manda, de modo que matamos hasta que nuestros brazos exhaustos no pudieron levantar la espada y, concluida la matanza, nos encontramos en un pantano de sangre; entonces, nuestros hombres dieron con la cerveza y el hidromiel de los sajones y empezaron a beber. Algunas mujeres sajonas encontraron protección en algunos de los nuestros que se mantenían sobrios y acarrearon agua desde el río para los heridos. Buscamos a los compañeros vivos y los abrazamos, descubrimos amigos muertos y lloramos por ellos. Conocimos el delirio de la victoria aplastante, compartimos lágrimas y risas y, algunos, a pesar del agotamiento, bailaron de pura alegría.
Cerdic escapó. Atravesó el caos con su guardia personal y subió a los montes orientales. Algunos sajones cruzaron el río a nado en dirección al sur y otros siguieron a Cerdic, mientras que unos pocos se fingieron muertos y se escabulleron durante la noche, pero la mayoría yacía en el valle al pie de Mynydd Baddon, y aún permanecen hoy allí.
Habíamos vencido. Convertimos los campos de la vega en un matadero. Salvamos a Britania e hicimos realidad el sueño de Arturo. Éramos los reyes de la matanza y los señores de la muerte, y lanzamos al cielo nuestro sanguinario aullido de triunfo.
Habíamos quebrantado el poder de los sais.