4
Una única llama brotó, pura y brillante, por encima de las murallas de Mai Dun, y luego el fuego se extendió hasta que el anchuroso cuenco que formaban las lomas herbosas de los muros de la fortaleza se iluminó con un resplandor tenue y ahumado. Me imaginé a los hombres arrimando antorchas a las entrañas de los altos setos y corriendo después con la llama para prender fuego a la espiral del centro y a los círculos exteriores. Las hogueras prendieron poco a poco al principio, atacando con llamas la leña mojada y silbante de encima, pero el calor fue evaporando la humedad y el brillo se intensificó hasta que, por fin, el dibujo entero comenzó a arder arrojando un resplandor triunfal a la noche. La cima del cerro se convirtió en un anillo de fuego, un tumulto hirviente de llamas sobre las que el humo se elevaba, rojizo, hacia el cielo. Las hogueras alumbraban tanto que proyectaban sombras en Durnovaria, en cuyas calles hormigueaba el gentío; algunos incluso se habían subido a los tejados para contemplar la conflagración en la distancia.
—¿Seis horas? —me preguntó Culhwch sin dar crédito a mis palabras.
—Eso me ha dicho Merlín.
—¡Seis horas! —exclamó Culhwch después de escupir—. Podría volver con la pelirroja. —Pero no se movió, ninguno de nosotros se movió; nos quedamos observando el baile de las llamas por encima del cerro. Era la pira funeraria de Britania, el fin de la historia, la invocación a los dioses, y la contemplamos en un silencio tenso como si esperásemos que el humo lívido se partiera para dar paso a los dioses.
Fue Arturo quien rompió la tensión del momento.
—Comida —dijo con un gruñido—. Si vamos a esperar seis horas, bien podemos comer algo.
Poco se habló durante aquella colación, y lo poco que se dijo fue a propósito de la desgraciada posibilidad de que el rey Meurig de Gwent mantuviera a sus lanceros al margen del conflicto en la próxima guerra. Yo no dejaba de pensar que todo eso sólo sucedería en el caso de que hubiera tal guerra, ni dejaba de mirar hacia la ventana, hacia las llamas que se alzaban y el humo que ascendía en ardientes volutas. Traté de no perder la noción del tiempo, pero en realidad no supe si habían transcurrido una hora o dos cuando dimos la cena por concluida y volvimos a apostarnos en el ventanal a contemplar Mai Dun, donde por primera vez en la vida se habían reunido los tesoros de Britania. Allí estaba la cesta de Garanhir, una panera tejida con sauce donde podían colocarse una hogaza y algunos peces, aunque el entramado estaba tan podrido que cualquier mujer respetable la habría condenado al fuego mucho tiempo atrás. El cuerno de Bran Galed era un asta de buey ennegrecida por el tiempo y con el borde de hojalata desportillado. El carro de Modron se había roto con los años y era tan pequeño que nadie, sino un niño, habría podido montarse en él, en caso de haberse podido reconstruir. El cabestro de Eiddyn era un ronzal de buey de soga pelada y oxidados aros de hierro que ni el más humilde labriego habría querido utilizar. El cuchillo de Laufrodedd tenía la hoja ancha y despuntada y el mango de madera podrida. Y la piedra de amolar de Tudwal era un canto escoriado que avergonzaría a cualquier artesano. La capa de Padarn era un puro harapo deshilachado, un trapo de mendigo, y aún así, en mejor estado de conservación que el manto de Rhegadd, del que se decía que otorgaba invisibilidad a quien se lo pusiera, pero que no era más que una mera tela de araña. El plato de Rhygenydd era una fuente panda de madera resquebrajada hasta lo imposible, y el tablero de Gwenddolau, un trozo alabeado de madera en el que apenas se distinguían las marcas del juego. El anillo de Eluned parecía un aro de guerrero común y corriente, una de esas simples anillas metálicas que los lanceros solían hacerse con las armas de los enemigos vencidos, pero todos habíamos despreciado aros de guerrero más vistosos que el anillo de Eluned. Sólo dos de los tesoros tenían algún valor por sí mismos. Uno era la espada de Rhydderch, Excalibur, forjada en el más allá por el propio Gofannon, y el otro era la olla de Clyddno Eiddyn. En esos momentos, todos los tesoros, los miserables y los espléndidos, estaban rodeados de fuego y llamaban a sus distantes dioses.
El cielo seguía despejado, aunque todavía quedaban algunos cúmulos sobre el horizonte sur donde, a medida que avanzaba la noche de difuntos, comenzaron a verse algunos rayos. Los rayos eran la primera señal de los dioses y, por temor a ellos, toqué hierro en el pomo de Hywelbane, aunque los más intensos se veían a lo lejos, sobre el mar lejano, quizá, o incluso más allá, sobre Armórica. Cayeron relámpagos al sur, en la distancia, durante más de una hora, pero siempre en silencio. En una ocasión, una nube pareció incendiarse desde las mismísimas entrañas, todos tragamos saliva y el obispo Emrys hizo la señal de la cruz.
Cesaron los lejanos relámpagos y la inmensa hoguera del interior de Mai Dun siguió ardiendo sola furiosamente. Era una señal de fuego que debía atravesar el abismo de Annwn, un resplandor que tenía que alcanzar las tinieblas que separan los dos mundos. Me pregunté qué pensarían los muertos. ¿Habría una horda de espectros alrededor de Mai Dun presenciando la invocación a los dioses? Me imaginé las llamas reflejándose en las hojas de acero del puente de espadas y llegando tal vez al otro mundo, y confieso que me atemoricé. Había dejado de tronar y nada parecía suceder, sólo el violento crujir de las hogueras, pero creo que todos nosotros percibíamos que el mundo vacilaba al borde del cambio.
Entonces, en algún momento de aquellas horas, llegó la siguiente señal. Fue Galahad quien primero la vio. Se santiguó, con la mirada fija como si no pudiera creer lo que veía, y señaló hacia un punto por encima de la gran columna de humo que tendía un velo sobre las estrellas.
—¿Lo veis? —preguntó, y todos nos agolpamos en la ventana para mirar hacia arriba.
Y vimos que habían llegado las luces del firmamento nocturno.
Todos habíamos visto esas luces con anterioridad, aunque no eran frecuentes, y esa noche seguro que tenían un significado especial. Al principio no era más que una neblina azulada que rielaba en la oscuridad; poco a poco fue haciéndose más densa y brillante, al tiempo que una cortina roja de fuego se unía al azul y quedaba colgada entre las estrellas como un lienzo ondeante. Merlín me había dicho que tales luces eran comunes en el lejano norte, pero ese día las vimos en el sur y entonces el espacio que se abría sobre nosotros se iluminó súbita y magníficamente con cascadas azules, plateadas y rojas. Salimos todos al patio a verlo mejor y allí permanecimos extasiados contemplando los cielos encendidos. Desde el patio ya no veíamos las hogueras de Mai Dun, pero iluminaban la parte sur del cielo al tiempo que las luces maravillosas se arqueaban sobre nuestras cabezas en toda su gloria.
—¿Ahora creéis, obispo? —preguntó Culhwch.
Emrys parecía incapaz de articular palabra, pero de pronto se estremeció y tocó la cruz de madera que llevaba al cuello.
—Jamás —replicó en un susurro— hemos negado la existencia de otros poderes. Sólo creemos que nuestro Dios es el único y verdadero.
—¿Y qué son los otros dioses? —preguntó Cuneglas.
Emrys frunció el ceño, reacio a contestar al principio, pero la honradez le hizo responder.
—Las fuerzas de la oscuridad, lord rey.
—Las fuerzas de la luz, os lo aseguro —comentó Arturo con respeto y temor, pues el prodigio le asombraba tanto como a los demás. Arturo, que prefería que los dioses no nos tocaran jamás, veía su poder en los cielos y estaba verdaderamente maravillado—. Y ahora, ¿qué va a suceder? —preguntó, dirigiéndose a mí, mas el obispo Emrys tomó la palabra.
—La muerte, señor —dijo.
—¿La muerte? —preguntó Arturo, que creyó no haber entendido correctamente.
Emrys se refugió bajo los arcos como si temiera la fuerza mágica que se encendía y flotaba esplendorosa entre las estrellas.
—Todas las religiones utilizan la muerte, señor —dijo con pedantería—, hasta la nuestra cree en el sacrificio. Sólo que en el cristianismo fue el Hijo de Dios quien murió para que nadie más volviera a ser sacrificado en un altar, pero no conozco religión alguna en cuyos misterios no intervenga la muerte. Osiris murió —de pronto cayó en la cuenta de la alusión al culto de Isis, la pesadilla de la vida de Arturo, y añadió apresuradamente—: Mitra también murió, y en sus ritos se sacrifica un toro. Todos nuestros dioses mueren, señor, y todas las religiones, excepto el cristianismo, recrean la muerte en sus ceremonias de adoración.
—Los cristianos hemos trascendido la muerte —terció Galahad— en favor de la vida.
—Nosotros sí, gracias a Dios —asintió Emrys santiguándose—, pero Merlín no. —Las luces del cielo brillaban más en ese momento formando grandes cortinas de colores, y entre ella, cual hilos de un tapiz, refulgían y caían rayos de luz blanca—. La muerte es la magia más poderosa —dijo el obispo en tono reprobatorio—. Un dios clemente no la consiente y nuestro Dios le puso fin con la muerte de su propio hijo.
—Merlín no recurre a la muerte —arguyó Culhwch con rabia.
—Sí recurre —dije en voz baja—. Antes de ir a buscar la olla realizó un sacrificio humano. Me lo dijo.
—¿Quién? —inquirió Arturo bruscamente.
—No lo sé, señor.
—Seguro que te contó un cuento —replicó Culhwch, mirando aún hacia arriba—, le gusta contar cuentos.
—Es más fácil que dijera la verdad —opinó Emrys—. La religión antigua exigía mucha sangre y generalmente era sangre humana. Sabemos muy poco, claro está, pero recuerdo que el viejo Balise me decía que a los druidas les gustaba sacrificar seres humanos, cautivos, por lo general. A algunos los quemaban vivos, a otros los arrojaban al pozo de la muerte.
—Y de ésos, algunos se escaparon —añadí en un susurro, pues a mí me había arrojado un druida a un pozo de la muerte cuando era niño y al escapar de aquel horror de cuerpos desmembrados y moribundos, Merlín me había adoptado.
Emrys hizo caso omiso del comentario.
—Claro que en otras ocasiones —prosiguió— se requerían sacrificios más valiosos. En Elmet y Cornovia todavía se recuerda el sacrificio hecho durante el año negro.
—¿Qué sacrificio fue ése? —preguntó Arturo.
—Tal vez no sea sino una leyenda —dijo Emrys—, pues sucedió hace tanto tiempo que no se sabe con exactitud. —El obispo se refería al año negro en que los romanos capturaron Ynys Mon destruyendo así la religión de los druidas desde sus mismas entrañas; fue un acontecimiento funesto sucedido hace más de cuatrocientos años—. Con todo, en aquellos parajes, la gente todavía habla del sacrificio del rey Cefydd —prosiguió Emrys—. Hace mucho que me lo contaron, pero Balise siempre lo tuvo por verídico. Cefydd tenía que enfrentarse al ejército romano y parecía seguro que sufriría una derrota, de modo que sacrificó su más preciado bien.
—¿Que era…? —inquirió Arturo imperiosamente. Había olvidado las luces del cielo y miraba fijamente al obispo.
—Su hijo, claro está. Siempre ha sido así, señor. Nuestro propio Dios sacrificó a Jesucristo, su único hijo, y también pidió a Abraham que sacrificara al suyo, llamado Isaac, aunque, desde luego, se lo impidió en el último momento. Pero los druidas convencieron a Cefydd de que entregara a su hijo. No sirvió de nada, naturalmente. La historia cuenta que los romanos acabaron con Cefydd y todo su ejército y después destruyeron los bosques sagrados de Ynys Mon. —Me pareció que el obispo deseaba añadir un «gracias a Dios» por la destrucción, pero Emrys no era Sansum y poseía el tacto suficiente como para dar las gracias para sí.
Arturo se acercó a los arcos.
—¿Qué están haciendo en la cima de ese cerro, obispo? —le preguntó en voz baja.
—Lo ignoro totalmente, señor —replicó Emrys indignado.
—Pero ¿es posible que estén realizando una matanza?
—Creo que es posible, señor —contestó Emrys nervioso—, más que posible, incluso.
—¿Quién puede ser la víctima? —preguntó Arturo, con tal dureza que todos los que estábamos en el patio contemplando los portentos del cielo nos volvimos a mirarlo a él.
—Si se trata del sacrificio antiguo, señor, del sacrificio supremo —dijo Emrys—, ha de ser el hijo del que gobierna.
—Gawain, hijo de Budic —dije en voz baja— y Mardoc.
—¿Mardoc? —Arturo me miró.
—Un hijo de Mordred —respondí, y en ese mismo instante comprendí por qué Merlín me había interrogado a propósito de Cywyllog, por qué se había llevado al niño a Mai Dun y por qué lo trataba tan bien. ¿Cómo no me habría dado cuenta antes? En ese momento me pareció evidente.
—¿Dónde está Gwydre? —preguntó Arturo de pronto.
Nadie contestó durante unos segundos, y luego Galahad señaló hacia la casa del guarda.
—Estaba con los lanceros —dijo— cuando cenábamos.
Pero Gwydre ya no se encontraba allí, ni tampoco en la habitación que ocupaba Arturo cuando iba a Durnovaria. No estaba en ninguna parte, nadie se acordaba de haberlo visto después de la caída de la noche. Arturo olvidó por completo las luces mágicas y registró todo el palacio, desde las bodegas hasta el huerto, pero no halló rastro de su hijo. Me acordé de las palabras que Nimue me dijo en Mai Dun, cuando me animaba a que llevara a Gwydre a Durnovaria, y me acordé de su discusión con Merlín en Lindinis sobre quién gobernaba Dumnonia en realidad, y aunque no deseaba dar crédito a mis sospechas, tampoco podía dejarlas pasar.
—Señor —llamé a Arturo tirándole de la manga—, creo que se lo han llevado al cerro. Pero no Merlín sino Nimue.
—No es hijo de un rey —arguyó Emrys, lleno de zozobra.
—¡Gwydre es hijo de un gobernante! —gritó Arturo—. ¿Acaso alguien se atreve a negarlo? —Nadie osó contradecirle ni añadir una sola palabra. Arturo se dirigió al palacio—. ¡Hygwydd! Una espada, lanza y escudo, ¡y Llamrei! ¡Rápido!
—¡Señor! —intervino Culhwch.
—¡Silencio! —gritó Arturo. Estaba como una furia y la emprendió conmigo, pues yo había intercedido por Gwydre para que le permitiera acudir a Durnovaria—. ¿Sabías lo que iba a pasar? —me preguntó.
—No, señor, claro que no. Y tampoco lo sé ahora. ¿Me creéis capaz de hacer daño a Gwydre?
Arturo me miró ceñudamente y dio media vuelta.
—No es necesario que nadie me acompañe —dijo volviendo la cabeza—, voy a Mai Dun a buscar a mi hijo. —Cruzó el patio a grandes zancadas y se reunió con Hygwydd, su escudero, que sujetaba a Llamrei por las riendas mientras un mozo le ponía la silla. Galahad lo siguió en silencio.
Confieso que tardé unos segundos en reaccionar. No quería reaccionar. Quería que los dioses nos visitaran. Quería que todos nuestros males se acabaran con el batir de una alas portentosas y el milagro de Beli Mawr caminando sobre la tierra. Quería la Britania de Merlín.
Pero entonces me acordé de Dian. ¿Estaría mi hija menor en el patio del palacio aquella noche? Su espíritu habría visitado la tierra, pues era la noche de Samain, y de pronto se me llenaron los ojos de lágrimas al imaginar la angustia de un niño perdido. No podía quedarme en el patio del palacio de Durnovaria mientras Gwydre moría, mientras Mardoc sufría. No quería ir a Mai Dun, pero sabía que no podría volver a mirar a Ceinwyn a la cara si no hacía nada por impedir la muerte de un inocente, y así, seguí los pasos de Arturo y Galahad.
Culhwch me detuvo.
—Gwydre es hijo de una ramera —me dijo en voz baja para que Arturo no lo oyera.
Preferí no discutir en ese momento el linaje del hijo de Arturo.
—Si Arturo va solo —le dije—, morirá. Hay dos veintenas de Escudos Negros en el cerro.
—Y si vamos, nos ganaremos la enemistad de Merlín —me advirtió Culhwch.
—Y si no —repliqué—, nos ganaremos la de Arturo.
Cuneglas se puso a mi lado y me tocó el hombro.
—¿Y bien?
—Me voy con Arturo —respondí. No deseaba hacerlo, pero no podía ser de otro modo—. ¡Issa! —grité—. ¡Un caballo!
—Si tú vas —gruñó Culhwch—, supongo que yo también tendré que ir, sólo para asegurarme de que no te hagan daño. —De pronto, todos pedíamos a gritos caballos, armas y escudos.
¿Por qué fuimos? He pensado con frecuencia en aquella noche. Todavía veo las luces brillantes conmoviendo los cielos, huelo el humo que ascendía desde la cumbre de Mai Dun y noto el peso de la magia sobre Britania, y sin embargo, hacia allá partimos. Sé que mi mente era un caos aquella noche de fuego. Me impulsaban el sentimiento por la muerte de un chiquillo, el recuerdo de mi Dian y la culpabilidad por haber insistido en que Gwydre fuera a Durnovaria, pero por encima de todo me obligaba el afecto que sentía por Arturo. Pero entonces, ¿dónde quedaba el que sentía por Nimue y Merlín? Supongo que nunca me pareció que necesitaran de mí, mientras que Arturo, por el contrario, sí, y aquella noche, cuando Britania estaba atrapada entre el fuego y la luz, cabalgué en busca de su hijo.
Éramos doce en total. Arturo, Galahad, Culhwch, Issa y yo éramos dumnonios, los demás eran Cuneglas y sus seguidores. Todavía hoy, cuando se cuenta aquel episodio, enseñan a los niños que Arturo, Galahad y yo fuimos los tres vengadores de Britania, pero en realidad éramos doce los jinetes que cabalgamos aquella noche de difuntos. No llevábamos armadura, sólo escudos, pero todos portábamos lanza y espada.
La gente se replegaba asustada contra los lados de la calle al vernos cabalgar hacia la puerta sur de Durnovaria. La puerta estaba abierta, como todas las noches de Samain, para franquear a los muertos el paso a la ciudad. Agachamos la cabeza al pasar bajo el dintel y partimos al galope en dirección sudoeste entre los campos llenos de gente, que miraba transida la mezcla explosiva de llamas y humo que chorreaba desde la cima del cerro.
Arturo impuso un galope mortal y yo me agarré al asidero de la silla por miedo a caerme. Los mantos volaban a nuestras espaldas, las vainas de las espadas rebotaban arriba y abajo y el cielo seguía lleno de humo y luces. Olía a leña ardiendo y se oía el crepitar de la madera desde mucho antes de alcanzar el pie del cerro.
Nadie trató de detenernos mientras espoleábamos a los caballos colina arriba. Ningún lancero nos salió al encuentro hasta que alcanzamos el intrincado laberinto de la puerta. Arturo conocía la fortaleza porque cuando Ginebra y él vivían en Durnovaria habían ido muchas veces a la cima en verano, de modo que nos condujo sin tropiezos por el retorcido sendero, y allí fue donde tres Escudos Negros nos dieron el alto con las lanzas en ristre. Arturo no dudó un momento. Echó los talones hacia atrás con fuerza, apuntó con su larga pica y dejó a Llamrei lanzarse a galope tendido. Los Escudos Negros tuvieron que apartarse y gritaron, impotentes, mientras los grandes caballos pasaban como el rayo.
La noche era pura luz y ruido. El ruido provenía de la colosal hoguera, donde se quebraban árboles enteros en el centro de las hambrientas llamas. El humo envolvía las luces del cielo. Desde las murallas nos gritaban los lanceros, pero ninguno nos detuvo cuando irrumpimos en la cumbre de Mai Dun por el muro interior.
Y allí nos detuvieron, pero no los Escudos Negros sino una potente vaharada de calor abrasador. Llamrei se irguió sobre los cuartos traseros y se alejó de las llamas mientras Arturo se agarraba a las crines; los ojos de la yegua destellaban como encendidos tizones a la luz del fuego. El calor era como de mil fraguas, una ráfaga de aire ardiente que nos obligó a retroceder asustados. No vi nada dentro de las llamas, pues el centro, según la disposición de Merlín, quedaba oculto por hirvientes murallas de fuego. Arturo se situó a mi lado.
—¿Por dónde? —preguntó a voces.
Creo que me encogí de hombros.
—¿Cómo ha entrado Merlín? —preguntó Arturo.
—Por el otro extremo, señor —me aventuré a decir—. El templo estaba en la parte oriental del laberinto de fuego y sospeché que habrían dejado un pasaje entre las espirales exteriores.
Arturo tiró de las riendas y obligó a Llamrei a subir la cuesta de la muralla interior hasta alcanzar el sendero que corría por lo alto del muro. Los Escudos Negros prefirieron dispersarse en vez de enfrentarse a él. Los demás subimos detrás y, aunque los caballos estaban aterrorizados por la enorme hoguera que se elevaba a la diestra, siguieron a Llamrei por entre las chispas que volaban y el humo. En un momento, cuando pasábamos al galope, una gran porción calcinada se derrumbó y mi montura viró bruscamente para salir del infierno y mirar hacia el otro lado de la muralla interior. Por un segundo creí que iba a caer en el foso y, desesperado, desmonté, pero sujetándome aún a las crines con la mano izquierda; no obstante, mi yegua recobró el equilibrio, volvió al sendero y siguió galopando.
Tan pronto como rebasamos la esquina norte de los inmensos anillos de fuego, Arturo volvió a bajar a la planicie de la cima. Una brillante pavesa le había caído en el manto blanco y empezaba a quemar la lana. Me acerqué a él y le sacudí la brasa.
—¿Dónde? —me preguntó.
—Por allí, señor —señalé hacia las espirales de la hoguera que estaba cerca del templo. No divisaba pasaje posible, pero al acercarnos vi que habían dejado un hueco, aunque en ese momento estaba bloqueado con leña, no tan densamente apilada como el resto, y aún quedaba un espacio angosto donde el fuego, en vez de alzarse de dos o tres metros, no llegaba a la cintura de un hombre. Detrás del hueco se abría el espacio que mediaba entre las espirales de fuera y las de dentro, y allí había otros Escudos Negros al acecho.
Arturo llevó a Llamrei al paso hasta el hueco. Iba inclinado hacia adelante, hablando suavemente a la yegua, casi como si le explicara sus intenciones. El animal estaba asustado. Echaba las orejas hacia atrás y avanzaba a pasos cortos y nerviosos, pero no retrocedió ante las hogueras que ardían a ambos lados del único paso posible hacia el centro de la cima ardiente. Arturo la hizo detenerse a pocos pasos del hueco y la tranquilizó, aunque la yegua no dejaba de apartar la cabeza, con los ojos en blanco y desmesuradamente abiertos. Arturo la dejó que mirara el hueco, luego le acarició el cuello, le musitó otras palabras al oído y dio media vuelta.
Describió un círculo amplio al trote, luego puso a Llamrei a medio galope y por fin la espoleó de nuevo en dirección al hueco. La yegua echó la cabeza atrás y me pareció que iba a negarse, pero de pronto se decidió y voló entre las llamas. Cuneglas y Galahad pasaron después. Culhwch maldijo el riesgo a que nos exponíamos y luego nos lanzamos todos a la zaga de Llamrei.
Arturo iba agachado encima del cuello de la yegua mientras ésta se acercaba al fuego. Dejó que su montura decidiera la velocidad, y aminoró de nuevo. Pensé que iba a retroceder, intimidada, pero entonces se dispuso a saltar entre las llamas. Grité para disimular el miedo, Llamrei saltó y dejé de verla cuando el viento tapó el hueco con un velo de fuego. El siguiente fue Galahad, pero el caballo de Cuneglas se negó. Yo iba al galope detrás de Culhwch, el calor y el clamor del fuego llenaban el aire. Creo que por una parte deseaba que mi montura se negara, pero la yegua siguió adelante y cerré los ojos cuando el fuego y el humo me rodearon. Noté que el animal se elevaba, relinchaba y caía en el interior del círculo externo de llamas; mi alivio fue inconmensurable y quise gritar victoria.
Entonces, una lanza me rasgó el manto por detrás del hombro. Estaba tan pendiente de sobrevivir al fuego que no había pensado en lo que nos aguardaba en el interior del círculo de fuego. Un Escudo Negro me había atacado, había fallado el golpe y, sin recoger su lanza, corrió hacia mí para hacerme caer de la silla. Estaba tan cerca que no pude enristrar mi pica, de modo que, sencillamente, le di un golpe con el asta en la cabeza y azucé al caballo. El hombre se aferró a la pica, pero la solté, saqué a Hywelbane y clavé una estocada. Vi a Arturo de reojo dando vueltas a lomos de Llamrei y despachando golpes de espada a diestro y siniestro, así que yo hice lo mismo. Galahad derribó a un hombre de una patada en la cara, atravesó a otro con la lanza y siguió galopando. Culhwch agarró a un Escudo Negro por el penacho del casco y lo arrastró hacia la hoguera. El soldado trataba de desatarse la correa del casco con desesperación y lanzó un grito cuando Culhwch lo arrojó a las llamas antes de dar media vuelta.
Issa ya había pasado por el hueco, y también Cuneglas y sus seis hombres. Los Escudos Negros sobrevivientes huyeron hacia el centro del laberinto de fuego y nosotros los seguimos trotando entre dos altos muros de fuego. La espada prestada que llevaba Arturo parecía roja. Hincó espuelas a Llamrei y la yegua se lanzó a medio galope; los Escudos Negros, sabiéndose atrapados, se apartaron y dejaron las lanzas en señal de que no lucharían más.
Tuvimos que cabalgar alrededor del círculo hasta la mitad del camino para encontrar la entrada a la espiral del centro. El hueco entre las hogueras de fuera y la del interior medía unos treinta pasos de anchura, espacio suficiente para pasar por el medio sin asarnos vivos, pero el pasillo que recorría la espiral no llegaba a los diez pasos de anchura; allí ardían las llamas más altas y voraces, y todos dudamos ante la entrada. Aún no veíamos nada de lo que ocurría dentro del círculo. ¿Sabría Merlín que estábamos allí? ¿Lo sabrían los dioses? Levanté la mirada como esperando ver una lanza arrojada desde el cielo, pero no vi nada más que el dosel cambiante de humo que envolvía el cielo, torturado por el fuego e iluminado por cascadas de color.
Así pues, seguimos, espiral adelante, cabalgando deprisa, galopando por una curva cada vez más cerrada entre llamas abrasadoras y crepitantes. Las narices se nos llenaban de humo y las pavesas nos chamuscaban la cara, pero, revuelta tras revuelta, íbamos acercándonos al centro del misterio.
El fragor del fuego apagó nuestra llegada. Creo que Merlín y Nimue no tenían idea de que la ceremonia estuviera a punto de concluir, pues no nos habían visto. Fueron los centinelas los que nos descubrieron y, dando la voz de alarma, se abalanzaron sobre nosotros. La ropa de Arturo despedía humo mientras él profería gritos de ataque y, a lomos de Llamrei, cargaba, imparable, contra la barrera de escudos que los irlandeses hubieron de formar apresuradamente. Rompió la barrera a fuerza de velocidad y empuje, y los demás lo secundamos blandiendo las espadas mientras el puñado de fieles Escudos Negros corría en desbandada.
Allí estaba Gwydre, vivo.
Lo sujetaban dos Escudos Negros, los cuales, al ver a Arturo, soltaron al niño. Nimue nos gritó y nos lanzó toda clase de maldiciones desde el corro central de las cinco hogueras, mientras Gwydre corría lloroso al lado de su padre. Arturo se agachó y, con fuerte brazo, izó al niño y lo sentó en la silla. Después se volvió hacia Merlín.
Merlín, chorreando sudor por el rostro, nos miró con calma. Estaba a medio camino, encaramado en una escalera que se apoyaba en una horca hecha con dos troncos asentados en el suelo y cruzados por un tercero, y la horca se hallaba en ese momento en el mismísimo centro de las cinco hogueras que formaban el círculo central. El druida llevaba una túnica blanca con las mangas empapadas de sangre desde los puños hasta los codos. Tenía un cuchillo largo en la mano, pero habría jurado que se sentía aliviado al vernos, aunque sólo fuera un instante.
El niño Mardoc estaba vivo, aunque no habría vivido mucho más. Lo habían desnudado, no tenía encima nada más que una tira de tela que le tapaba la boca para ahogar sus gritos y pendía de la horca por los pies. A su lado, colgado también por los pies, había un cuerpo delgado y blanco, la blancura acentuada a la luz de las llamas, con un profundo tajo en la garganta que llegaba casi a la columna vertebral; la sangre del cadáver iba a parar a la olla; aún goteaba por las puntas lacias y teñidas de rojo del largo cabello de Gawain. Tan largo lo tenía que los ensangrentados mechones caían dentro del borde dorado de la olla de plata de Clyddno Eiddyn y sólo por el largo cabello supe que era Gawain quien pendía de la horca, pues su bello rostro estaba bañado en sangre, oculto por la sangre, totalmente cubierto de sangre.
Merlín, con el cuchillo que había matado a Gawain todavía en la mano, parecía estupefacto por nuestra llegada. Su expresión de alivio había desaparecido y no fui capaz de leer en su rostro, pero Nimue nos gritaba desaforadamente. Levantó la mano izquierda, donde tenía la cicatriz gemela de la que tenía yo en la mano izquierda.
—¡Mata a Arturo! —me ordenó a gritos—. ¡Derfel! ¡Te debes a mí por juramento! ¡Mátalo! ¡Ahora no podemos detenernos!
Una espada lanzó un destello de pronto junto a mis barbas. La empuñaba Galahad y Galahad me sonreía amablemente.
—No te muevas, amigo mío —dijo. Conocía el valor de los juramentos y también sabía que yo no mataría a Arturo, sólo trataba de ahorrarme la venganza de Nimue—. Si Derfel se mueve —le dijo a Nimue—, le corto la garganta.
—¡Córtasela! —aulló Nimue—. ¡Esta es la noche en que deben morir los hijos de los reyes!
—Pero no el mío —replicó Arturo.
—Tú no eres rey, Arturo ap Uther —dijo Merlín finalmente—. ¿Creías que mataría a Gwydre?
—Entonces, ¿por qué está aquí? —preguntó Arturo. Con un brazo sujetaba a Gwydre y en la otra mano blandía la espada roja—. ¿Por qué está aquí? —preguntó nuevamente, con mayor furia.
Por una vez, Merlín se quedó sin palabras y fue Nimue la que contestó.
—Está aquí, Arturo ap Uther —dijo con una mueca sardónica— por si la muerte de esa criatura miserable fuera insuficiente. —Señaló a Mardoc, que se retorcía en vano colgado de la horca—. Es hijo de un rey, pero no heredero por derecho.
—¿Es decir que Gwydre habría muerto? —preguntó Arturo.
—¡Y habría vuelto a la vida! —replicó Nimue con ánimo belicoso. Tenía que gritar para hacerse oír en medio del fragor de las hogueras—. ¿Acaso no conoces el poder de la olla? Si colocas a un muerto en la olla de Clyddno Eiddyn el muerto vuelve a caminar, vuelve a respirar y vive. —Se acercó a Arturo a grandes pasos con la locura bailando en su único ojo—. ¡Dame al niño, Arturo!
—No. —Arturo tiró de las riendas y Llamrei se apartó de Nimue, la cual se volvió a Merlín—. ¡Mátalo! —gritó, señalando a Mardoc—. Probemos al menos con él. ¡Mátalo!
—¡No! —grité.
—¡Mátalo! —aulló Nimue de nuevo y entonces, como Merlín no se moviera, echó a correr ella hacia la horca. Merlín parecía incapaz de hacer nada, pero Arturo hizo virar de nuevo a Llamrei y se dirigió contra Nimue. Dejó que el caballo la embistiera y la arrojara a la tierra.
—¡No mates al niño! —dijo Arturo a Merlín. Nimue le arañaba, pero la apartó de un empellón y, cuando ella arremetió de nuevo, toda dientes y manos como garras, Arturo blandió la espada cerca de su cabeza y la amenaza la obligó a desistir.
Merlín acercó la hoja brillante a la garganta de Mardoc en una actitud casi tierna, a pesar de las mangas empapadas de sangre y del largo cuchillo que empuñaba.
—¿Crees, Arturo ap Uther, que podrás vencer a los sajones sin la ayuda de los dioses? —le preguntó.
Arturo pasó la pregunta por alto.
—Corta la soga del niño —le ordenó.
—¿Quieres que te maldiga, Arturo? —le interpeló Nimue.
—No puedo ser más maldito —replicó con amargura.
—¡Deja morir al chico! —gritó Merlín desde la escalera—. Para ti no representa nada, Arturo. No es más que un hijo ilegítimo de un rey, un bastardo engendrado en una ramera.
—¿Y qué otra cosa soy yo —gritó Arturo— sino un hijo ilegítimo de un rey, un bastardo engendrado en una ramera?
—Tiene que morir —replicó Merlín con paciencia—, y su muerte nos traerá a los dioses, y cuando los dioses estén aquí, Arturo, colocaremos su cuerpo en la olla y el soplo de la vida volverá a animarlo.
Arturo señaló el horrendo cuerpo sin vida de Gawain, su sobrino.
—¿No es suficiente una muerte?
—Una muerte nunca es suficiente —replicó Nimue. Había pasado corriendo alrededor del caballo de Arturo y se había situado al pie de la horca; sujetaba la cabeza a Mardoc para que Merlín le cortara la garganta.
Arturo se acercó a la horca.
—Y si los dioses tampoco vienen después de dos muertes, Merlín, ¿cuántas más habrá que perpetrar? —preguntó.
—Tantas como sean necesarias —contestó Nimue.
—Y cada vez que Britania esté amenazada —prosiguió Arturo en voz alta para que todos lo oyéramos—, cada vez que surja un enemigo, cada vez que se declare la peste, cada vez que los hombres y las mujeres estén atemorizados, ¿llevaremos niños al cadalso?
—Si los dioses acuden —dijo Merlín— no habrá más pestes, temores ni guerras.
—¿Y acudirán? —preguntó Arturo.
—¡Ya vienen! —gritó Nimue—. ¡Mirad! —Señaló hacia el cielo con la mano que tenía libre y todos alzamos la vista, y vimos que las luces del cielo comenzaban a desvanecerse. Los azules brillantes se oscurecían en tonos amoratados y negros, los rojos se empañaban y perdían precisión y las estrellas volvían a brillar más allá de las cortinas moribundas—. ¡No! —gimió Nimue—. ¡No! —Su último grito se alargó en un lamento inacabable.
Arturo llegó al pie de la horca.
—Me llamas Amherawdr de Britania —le dijo a Merlín—; un emperador tiene que gobernar o dejar de ser emperador, y no voy a gobernar en una Britania donde los niños hayan de morir por salvar la vida a los adultos.
—¡No seas necio! —arguyó Merlín—. ¡Sentimentalismo puro!
—Quiero ser recordado como un hombre justo —dijo Arturo—, y ya tengo las manos muy manchadas de sangre.
—Serás recordado —replicó Nimue con saña— como un traidor, como un saqueador, como un cobarde.
—Pero no —contestó Arturo sin inmutarse— por los descendientes de este niño. —Dicho lo cual, cortó de un tajo la cuerda que sujetaba a Mardoc por los pies. Nimue gritó al caer el niño y luego saltó una vez más sobre Arturo con las manos como zarpas, pero Arturo se limitó a propinarle un revés rápido y contundente en la cabeza con la hoja de la espada plana y Nimue dio unos tumbos mareada. La fuerza del golpe se oyó claramente a pesar del chasquido de las llamas. Nimue se tambaleó con la boca entreabierta y la mirada perdida y cayó finalmente.
—Eso mismo tendría que hacer con Ginebra —me dijo Culhwch.
Galahad se apartó de mí, desmontó y libró a Mardoc de las ataduras. El niño empezó a llorar inmediatamente llamando a su madre.
—Nunca he podido soportar a los niños berreones —comentó Merlín con displicencia y movió la escalera de modo que quedó apoyada junto a la cuerda de la que Gawain pendía. Subió los travesaños despacio—. No sé —iba diciendo mientras subía— si los dioses habrán venido o no. Todos vosotros esperáis mucho y tal vez ya estén aquí. ¿Quién sabe? Pero terminaremos sin la sangre del hijo de Mordred —dicho lo cual, empezó a serrar torpemente la cuerda que sujetaba a Gawain por los pies. El cuerpo oscilaba a medida que Merlín cortaba y el pelo empapado de sangre golpeaba la boca de la olla; de pronto la cuerda se cortó y el cadáver cayó pesadamente en la sangre, que salpicó y manchó el borde de la olla. Merlín bajó despacio y ordenó a los Escudos Negros que habían estado observado la confrontación que fueran a buscar las grandes cestas de mimbre donde estaba la sal, que se hallaban a unos cuantos metros de distancia. Los hombres echaron sal en la olla apretándola alrededor del cuerpo encogido y desnudo de Gawain.
—¿Y ahora qué? —preguntó Arturo envainando la espada.
—Nada —dijo Merlín—. Ya hemos terminado.
—¿Y Excalibur? —preguntó de nuevo.
—Está en la espiral del sur —contestó Merlín señalando en dicha dirección—, aunque sospecho que tendrás que esperar a que se extinga el fuego para retirarla.
—¡No! —Nimue se había recuperado lo suficiente como para expresar su protesta. Escupió sangre, pues el revés de Arturo le había abierto una herida en la parte interna del carrillo—. ¡Los tesoros son nuestros!
—Los tesoros —replicó Merlín con voz cansina— han sido reunidos y utilizados. Ahora no son nada. Arturo puede recoger la espada, le hará falta. —Dio media vuelta y arrojó su cuchillo a la hoguera más cercana; luego se volvió a mirar a los Escudos Negros, que terminaban de llenar la olla. La sal se iba volviendo roja a medida que cubría el cuerpo horriblemente degollado de Gawain—. En primavera —dijo Merlín— llegarán los sajones y entonces sabremos si esta noche hemos hecho magia aquí.
Nimue nos gritaba, lloraba y rabiaba, escupía y maldecía, nos prometió la muerte por el aire, por el fuego, por la tierra y por el mar. Merlín no le prestó la menor atención, pero Nimue jamás estuvo dispuesta a aceptar medias tintas y aquella noche se convirtió en enemiga de Arturo. Aquella noche empezó a urdir las maldiciones que le procurarían la venganza contra los hombres que habían impedido la llegada de los dioses a Mai Dun. Nos llamó devastadores de Britania y nos prometió el horror.
Aquella noche nos quedamos en el cerro. Los dioses no acudieron y las hogueras ardieron con tal furia que hasta la tarde siguiente Arturo no pudo recuperar a Excalibur. Mardoc volvió con su madre, aunque más tarde supe que murió aquel mismo invierno a causa de unas fiebres.
Merlín y Nimue se llevaron los demás tesoros. Una carreta de bueyes transportó la olla con su macabro contenido. Nimue abría la marcha y Merlín la seguía como un anciano obediente y se llevaron la gran enseña de Britania; adónde fueron nadie lo supo, pero supusimos que a algún lugar apartado hacia poniente, donde Nimue forjaría sus maldiciones durante las tormentas del invierno.
Antes de que llegaran los sajones.
Resulta extraño, mirando atrás, recordar cuán odiado era Arturo entonces. En el verano había destrozado las esperanzas de los cristianos y en el otoño acabó con los sueños de los paganos. Como de costumbre, le sorprendía su mal nombre.
—¿Pues qué tenía que haber hecho? —me preguntó—, ¿dejar que mataran a mi hijo?
—Cefydd así lo hizo —dije torpemente.
—¡Pero Cefydd perdió la batalla, a pesar de todo! —replicó cortante. Nos dirigíamos hacia el norte. Yo volvía a Dun Carie y Arturo, junto con Cuneglas y el obispo Emrys, iba a reunirse con el rey Meurig de Gwent. Esa reunión era el único asunto importante para Arturo. Jamás había confiado en que los dioses librasen a Britania de los sais, pero estaba seguro que los ocho o nueve centenares de lanceros bien adiestrados de Gwent podrían equiparar las fuerzas. Aquel invierno le hervían los sesos de números. Calculaba que Dumnonia podía reunir seiscientos lanceros, de los cuales, cuatrocientos habrían demostrado ya su pericia en la batalla. Cuneglas aportaría cuatrocientos más, los Escudos Negros irlandeses otros ciento cincuenta, a los que tal vez podría sumarse otro centenar de hombres sin amo procedentes de Armórica o de los reinos del norte que buscaran buen botín.
—Pongamos mil doscientos hombres —calculaba Arturo, cantidad que aumentaba o disminuía según su estado de ánimo; cuando se encontraba optimista, la incrementaba con ochocientos hombres más procedentes de Gwent, lo cual daba un total de dos millares, aunque ni así sería suficiente, decía, porque los sajones seguramente reunirían un ejército aún más numeroso. Aelle dispondría de al menos setecientas lanzas, y su reino era el más débil de los sajones. Calculábamos las fuerzas de Cerdic en un millar de hombres, y llegaban rumores de que estaba comprando lanceros a Clovis, el rey de los francos. A esos hombres los pagaba en oro y les había prometido más cuando la victoria pusiera en sus manos el tesoro de Dumnonia. Nuestros espías decían también que los sajones esperarían hasta pasada la festividad de Eostre, su fiesta de la primavera, para que los nuevos barcos tuvieran tiempo de llegar desde el otro lado del mar.
—Contarán con dos mil quinientos hombres —calculaba Arturo, y nosotros sólo reuniríamos mil doscientos si Meurig no nos apoya. Podíamos recurrir al ejército de leva, pero ningún recluta resistiría ante unos guerreros convenientemente preparados, y nuestro ejército de leva, compuesto de viejos y niños, tendría que vérselas con los fyrd sajones.
—Es decir que sin los lanceros de Gwent —concluí sombríamente— estamos condenados.
Arturo rara vez sonreía desde la traición de Ginebra, pero en ese momento sonrió.
—¿Condenados? ¿Quién lo dice?
—Vos, señor, y los números.
—¿Jamás has luchado y vencido en inferioridad de condiciones?
—Sí, señor.
—Entonces, ¿por qué no podemos ganar otra vez?
—Sólo un insensato buscaría la guerra contra un enemigo superior, señor —dije.
—Sólo los insensatos buscan la guerra en cualesquiera condición —replicó con vigor—. No soy yo quien desea luchar en primavera, sino los sajones y en este asunto no podemos escoger. Créeme, Derfel, no me place que nos superen en número y haré cuanto pueda por persuadir a Meurig de que se una a la lucha, pero si Gwent falla tendremos que vencer a los sajones nosotros solos. ¡Y lo haremos! ¡Créeme, Derfel!
—Creía en los tesoros, señor. —Arturo soltó una risotada despectiva.
—Éste es el tesoro en el que creo yo —replicó tocando el pomo de Excalibur—. ¡Cree en la victoria, Derfel! Si vamos contra los sajones con ánimo de perdedores echarán nuestros huesos a los lobos. Pero si avanzamos como vencedores los oiremos aullar a ellos.
Una buena bravata, pero resultaba difícil creer en la victoria. Dumnonia se ahogaba en la pesadumbre. Habíamos perdido a nuestros dioses y las gentes decían que Arturo los había espantado. Ya no era enemigo del dios cristiano solamente, sino enemigo de todos los dioses, y se decía que los sajones eran su castigo. Hasta el tiempo presagiaba el desastre pues, a la mañana siguiente de separarme de Arturo, empezó a llover como si nunca fuera a parar. Un día tras otro los cielos amanecían cubiertos de bajas nubes grises, soplaba un viento helado y no paraba de llover a chaparrón. Todo estaba mojado. La ropa, las sábanas, la leña, las esteras del suelo, hasta las paredes de las casas rezumaban humedad. Las lanzas se oxidaban en las armerías, el grano almacenado germinaba o se enmohecía y la lluvia seguía azotando desde poniente incansablemente. Ceinwyn y yo hicimos cuanto pudimos por aislar la fortaleza de Carie. Su hermano le había regalado unos pellejos de lobo de Powys y con ellos forramos las vigas del salón, pero hasta el aire que circulaba bajo las vigas del techo parecía sucio. Las hogueras prendían a regañadientes y producían un calor y un humo baboso que nos irritaba los ojos. Nuestras dos hijas se mostraron malhumoradas aquel invierno temprano. Morwenna, la mayor, que solía ser la criatura más plácida y fácil de conformar, se volvió malcarada y tan absolutamente egoísta que Ceinwyn hubo de azotarla.
—Echa de menos a Gwydre —me dijo más tarde. Arturo había decretado que Gwydre no se separara de su lado, de modo que el niño había acompañado a su padre en la visita al rey Meurig—. Tendrían que casarse el año próximo —añadió Ceinwyn—, así se le pasaría.
—Si es que Arturo consiente que Gwydre se case con ella —repliqué sombríamente—. Últimamente no nos aprecia mucho. —Me habría gustado acompañar a Arturo a Gwent, pero su negativa fue rotunda. En otra época, me tenía yo por su amigo más íntimo, pero de un tiempo a esa parte, más se mostraba hosco conmigo que recibirme con los brazos abiertos—. Cree que puse en peligro la vida de Gwydre —dije.
—No —replicó Ceinwyn—. Se ha alejado de ti desde la noche en que sorprendió a Ginebra.
—¿Por qué habría de cambiar eso las cosas entre nosotros?
—Porque estabas con él, amor mío —contestó Ceinwyn pacientemente— y contigo no puede fingir que todo siga igual. Fuiste testigo de su humillación. Al verte, se acuerda de ella. Además te envidia.
—¿Me envidia?
—Cree que eres feliz —me explicó con una sonrisa—. Ahora cree que si se hubiera casado conmigo sería feliz él también.
—Y probablemente lo habría sido —dije.
—Ha llegado a insinuarlo, incluso —añadió Ceinwyn como al descuido.
—¿Cómo dices? —exploté.
—No fue nada serio —me tranquilizó—. Ese pobre hombre necesita muestras de cariño. Cree que porque una mujer lo haya rechazado todas harían lo mismo, y me hizo proposiciones.
—No me lo habías contado —dije, tocando el pomo de Hywelbane.
—¿Por qué habría de contártelo? Nada hubo digno de contarse. Me hizo una proposición muy torpe y yo le dije que había jurado ante los dioses permanecer contigo. Se lo dije con sumo tacto y luego se avergonzó. También le prometí que no te lo diría, pero ahora he faltado a la promesa y los dioses me castigarán. —Se encogió de hombros como dando el castigo por merecido y, por tanto, aceptado—. Necesita una esposa —añadió irónicamente.
—O una mujer.
—No. No es un hombre superficial. Es incapaz de acostarse con una mujer y marcharse después. Confunde el deseo con el amor. Cuando Arturo entrega el espíritu, lo entrega todo, no puede dar sólo un poquito de sí mismo.
—¿Y qué cree que habría hecho yo mientras él se casaba contigo? —inquirí, furioso todavía.
—Pensaba que gobernarías Dumnonia como guardián de Mordred —dijo Ceinwyn—. Tenía la peregrina idea de que me iría con él a Broceliande y allí viviríamos los dos como niños bajo el sol, mientras tú vencías a los sajones desde aquí. —Se rió.
—¿Cuándo te lo preguntó?
—El día en que te mandó a ver a Aelle. Creo que esperaba que huyera con él mientras tú estabas lejos de aquí.
—Tal vez tuviera la esperanza de que Aelle me matara —dije con resentimiento, al recordar la amenaza de los sajones de matar a cualquier emisario.
—Después se moría de vergüenza —insistió Ceinwyn con ahínco—. No debes decirle que te lo he contado. —Me hizo prometérselo y yo no falté a la promesa—. En realidad no fue nada importante —añadió, para concluir la conversación—. Le habría sorprendido mucho que yo hubiera accedido. Derfel, me hizo proposiciones porque sufre y cuando un hombre sufre hace cosas desesperadas. Lo que desea en realidad es huir con Ginebra, pero no puede porque se lo impide el orgullo y sabe que todos lo necesitamos a él para vencer a los sajones.
Para eso necesitábamos a los lanceros de Meurig, pero no tuvimos nuevas de la negociación de Arturo en Gwent. Iban pasando las semanas y seguíamos sin noticias ciertas del norte. Un sacerdote que llegó de Gwent nos contó que Arturo, Meurig, Cuneglas y Emrys habían estado una semana hablando en Burrium, la capital de Gwent, pero no sabía las decisiones que se habían tomado. El sacerdote era de baja estatura, moreno, bizco y con una barba rala que se peinaba en forma de cruz con cera de abejas. Había ido a Dun Carie porque en la aldea no había iglesia y quería fundar una. Como muchos otros sacerdotes itinerantes, tenía algunas mujeres a su alrededor, tres criaturas insulsas que se acurrucaban a su alrededor buscando protección. Supe que había llegado cuando empezó a predicar a la orilla del río, junto a la herrería, y envié a Issa y a un par de lanceros a que le impidieran continuar con sus tonterías y lo llevaran a la fortaleza. Le invitamos a un plato de gachas de avena germinada, que devoró con fruición llevándose la cuchara a la boca y resoplando y escupiendo después, pues estaban muy calientes y le quemaban la lengua. Unos grumos le salpicaron las barbas, caprichosamente peinadas. Las mujeres no quisieron probar bocado hasta que él hubo terminado.
—Lo único que sé, señor —contestó a nuestras impacientes preguntas—, es que Arturo se encamina ahora hacia el oeste.
—¿Hacia dónde?
—Hacia Demetia, señor. Va a ver a Oengus mac Airem.
—¿Por qué?
—Lo ignoro, señor —replicó con un encogimiento de hombros.
—¿El rey Meurig se prepara para la guerra? —le pregunté.
—Está preparado para defender su territorio, señor.
—¿Y para defender Dumnonia?
—Únicamente si Dumnonia reconoce que sólo hay un Dios, el verdadero —dijo el sacerdote santiguándose con la cuchara de madera y salpicándose la sucia sotana de gachas de avena—. Nuestro rey es un ferviente adorador de la cruz y sus lanzas no defenderán a paganos. —Levantó la mirada hacia la calavera de buey clavada en una viga alta y se persignó una vez más.
—Si los sajones se apoderan de Dumnonia —dije—, Gwent no tardará en caer.
—Cristo protege a Gwent —insistió el sacerdote. Pasó el cuenco a una de las mujeres, que rebañó las escasas sobras con un dedo sucio—. Cristo os protegerá, señor —prosiguió el sacerdote— si os humilláis ante él. Si renunciáis a vuestros dioses y recibís el bautismo, obtendréis la victoria el año próximo.
—Entonces, ¿por qué no venció Lancelot el verano pasado? —preguntó Ceinwyn.
El sacerdote la miró con el ojo bueno mientras el otro se le perdía en las sombras.
—Señora, el rey Lancelot no es el escogido. El rey Meurig, por el contrario, sí lo es. Nuestras escrituras dicen que un hombre será escogido y, al parecer, no era el rey Lancelot.
—Escogido, ¿para qué? —preguntó Ceinwyn.
El sacerdote la miró fijamente. Seguía siendo una mujer hermosa, dorada y serena, la estrella de Powys.
—Señora, escogido para unir a todos los pueblos de Britania en el nombre de Dios vivo. Los sajones y los britanos, los de Gwent y los de Dumnonia, los irlandeses y los pictos, adoradores todos del único Dios verdadero, viviendo en paz y amor.
—¿Y si decidimos no seguir al rey Meurig? —preguntó Ceinwyn.
—Entonces, nuestro Dios os destruirá.
—Entonces —dije—, ¿es ése el mensaje que has venido a predicar aquí?
—Nada más puedo hacer, señor. Es la misión que se me ha encomendado.
—¿El rey Meurig os la ha encomendado?
—Dios mismo.
—Pero yo soy el señor de esta tierra, a ambos lados del río —dije—, y de todas las tierras al sur de Caer Cadarn y al norte de Aquae Sulis; no puedes predicar sin mi permiso.
—Nadie puede contradecir la palabra de Dios, señor —replicó el sacerdote.
—Esto sí —contesté, desenvainando a Hywelbane.
Sus mujeres lanzaron un silbido. El sacerdote miró la espada y escupió al fuego.
—No provoquéis la ira de Dios.
—No provoques tú la mía —repliqué—, y si mañana a la hora del ocaso todavía te encuentro en mis tierras te daré por esclavo a mis esclavos. Esta noche puedes dormir en los establos, pero mañana partirás.
Partió al día siguiente de mala gana y, como para castigarme, con su partida llegaron las primeras nieves del invierno, unas nieves tempranas precursoras de un invierno crudo. Al principio era aguanieve, pero al caer la noche caían gruesos copos en abundancia que al alba habían cubierto la tierra de blanco. Durante la semana siguiente bajó mucho la temperatura. Se formaron carámbanos en la techumbre de nuestra casa y comenzó la dura lucha contra el frío. En la aldea, la gente dormía con los animales, pero nosotros encendimos grandes hogueras que hacían gotear los carámbanos. Guardamos el ganado de invierno en los establos y matamos al resto de los animales; pusimos la carne en salazón, como había puesto Merlín a Gawain tras desangrarlo. Durante dos días la aldea se estremeció con los tristes mugidos de los bueyes en el matadero. La nieve se tiñó de rojo y el aire olía a sangre, sal y heces. Las hogueras ardían dentro de la casa pero proporcionaban poco calor. Nos despertábamos helados, tiritábamos entre las pieles y esperábamos en vano que llegara el deshielo. El río se heló y todos los días teníamos que picar la capa de hielo para obtener el agua necesaria.
Seguíamos adiestrando a nuestros jóvenes lanceros. Los hacíamos marchar por la nieve para que sus músculos se aceraran y se prepararan para luchar contra el sajón. Los días en que más nevaba y el viento arremolinaba los copos en torno a los blancos tejados de las pequeñas casas de la aldea, mis hombres construían escudos con tablones de sauce que luego cubríamos de cuero. Preparaba a una banda de guerreros, pero cuando miraba a los hombres temía por ellos y me preguntaba cuántos sobrevivirían hasta el sol del verano.
Antes del solsticio recibimos un mensaje de Arturo. En Dun Carie nos afanábamos con los preparativos de la gran fiesta que duraría toda la semana de la muerte del sol, cuando llegó el obispo Emrys. Cabalgaba en un caballo con los cascos envueltos en cuero y escoltado por seis lanceros de Arturo. El obispo nos contó que se había quedado en Gwent discutiendo con Meurig mientras Arturo iba a Demetia.
—El rey Meurig no se ha negado en redondo a ayudarnos —nos contó el obispo, tiritando junto al fuego, donde se hizo un sitio apartando a dos de nuestros perros. Tendió las manos rechonchas, agrietadas y enrojecidas hacia las llamas—, pero las condiciones para apoyarnos son inaceptables, me temo. —Estornudó—. Querida señora, sois sumamente considerada —dijo a Ceinwyn, que le ofrecía un cuerno de hidromiel caliente.
—¿Cuáles son las condiciones? —pregunté.
—Quiere el trono de Dumnonia, señor —dijo, sacudiendo la cabeza con pesadumbre.
—¿Qué habéis dicho? —exploté.
Emrys levantó la mano para aplacarme.
—Dice que Mordred no es adecuado para el trono, que Arturo no desea ser rey y que Dumnonia necesita un monarca cristiano. Y se ofrece a sí mismo.
—¡Maldito! —exclamé—. ¡Es un maldito traidor, mezquino y timorato!
—Arturo no lo aceptará, claro está —añadió Emrys—, se lo impide el juramento hecho a Uther. —Sorbió un trago de hidromiel y suspiró agradecido—. ¡Qué gusto, entrar en calor!
—Entonces, a menos que entreguemos el reino a Meurig, no nos ayudará, ¿es así? —pregunté enfurecido.
—Eso dice. Insiste en que Dios protege a Gwent y que si no lo aclamamos a él rey de Dumnonia tendremos que defendernos solos.
Fui hasta la puerta del salón, aparté la cortina de cuero y me quedé mirando la nieve, que se acumulaba en las puntas de la empalizada.
—¿Habéis hablado con su padre? —pregunté a Emrys.
—He visto a Tewdric —dijo el obispo—. Fui a verlo con Agrícola, quien os envía sus mejores deseos.
Agrícola había sido el señor de la guerra del rey Tewdric, un gran guerrero que luchaba con armadura romana y con una ferocidad sobrecogedora. Pero ya era un anciano y Tewdric, su señor, había abdicado el trono y se había tonsurado la cabeza como los sacerdotes, pasando así el poder a su hijo Meurig.
—¿Qué tal se encuentra Agrícola? —pregunté.
—Viejo, pero vigoroso. Naturalmente, está de acuerdo con nosotros, aunque… —Emrys se encogió de hombros—. Cuando Tewdric abdicó, también renunció al poder. Dice que no puede cambiar la opinión de su hijo.
—Que no quiere, sería más exacto —gruñí volviendo junto al fuego.
—Es probable —confirmó Emrys, y suspiró—. Aprecio a Tewdric, pero de momento tiene otras ocupaciones.
—¿De qué se trata? —inquirí con excesiva vehemencia.
—Le gustaría saber —respondió Emrys tímidamente— si en el cielo comeremos como los mortales o si nos veremos libres de la necesidad de alimentarnos como en la tierra. Existe la creencia, tenéis que comprenderlo, de que los ángeles no comen, de que son libres de las ataduras de los apetitos terrenales, y el viejo rey pretende reproducir tal estilo de vida en la tierra. Come muy poco, y ciertamente, presume de haber logrado pasar tres semanas sin defecar en una ocasión y asegura que se encontraba mucho más cerca de la santidad. —Ceinwyn sonrió y no dijo nada, pero yo me quedé mirando al obispo sin dar crédito a lo que oía. Emrys apuró el cuerno de hidromiel—. Tewdric asegura —añadió vacilante— que alcanzará el estado de gracia a fuerza de ayuno. Confieso que a mí no me convence, pero Tewdric parece extremadamente piadoso, todos tendríamos que ser benditos como él.
—¿Qué opina Agrícola?
—Él presume de las muchas deposiciones que hace. Con perdón, señora.
—Ha debido de ser una reunión muy alegre, la de ellos dos —replicó Ceinwyn secamente.
—No surtió un efecto inmediato —admitió Emrys—. Tenía esperanzas de persuadir a Tewdric de que hablara con su hijo, pero ¡ay! —se encogió de hombros—, lo único que podemos hacer ahora es rezar.
—Y mantener las lanzas afiladas —añadí lánguidamente.
—Sí, también —asintió el obispo. Estornudó nuevamente e hizo la señal de la cruz para conjurar la mala suerte del estornudo.
—¿Y Meurig permitirá que el ejército de Powys cruce sus tierras?
—Cuneglas le advirtió que si se negaba cruzaría igualmente.
Solté un gruñido. Lo último que podíamos permitirnos era un nuevo enfrentamiento entre reinos britanos. Tales guerras habían debilitado a Britania durante años y habían permitido que los sajones tomaran un valle tras otro, aunque en los últimos tiempos habían sido los sajones los que peleaban entre sí, mientras nosotros aprovechábamos la circunstancia para infligirles algunas derrotas. Pero Cerdic y Aelle habían aprendido la lección que Arturo había enseñado a los britanas por la fuerza, que la unidad procuraba la victoria. En esos momentos los sajones estaban unidos y los britanos divididos.
—Creo que Meurig permitirá el paso de las tropas de Cuneglas —opinó Emrys—, pues no quiere entrar en guerra con nadie. Sólo desea la paz.
—Todos queremos la paz —dije—, pero si cae Dumnonia, Gwent será el siguiente país en conocer las hojas sajonas.
—Meurig cree que no —dijo el obispo—, y ofrece asilo a todo dumnonio cristiano que desee evitar la guerra.
Eso también era una mala noticia, pues significaba que todo el que no tuviera agallas para enfrentarse a Aelle y a Cerdic sólo tendría que abrazar la fe cristiana para ser acogido en el reino de Meurig.
—¿De verdad cree que su dios lo protege? —pregunté a Emrys.
—Así debe ser señor, pues de lo contrario, ¿de qué serviría Dios? Aunque nuestro Señor puede tener otras ideas, claro está. Es muy difícil adivinar sus designios. —El obispo había entrado en calor y se despojó del grueso manto de piel de oso que le cubría los hombros. Debajo llevaba un jubón de pellejo de oveja. Se metió la mano bajo el jubón y supuse que se buscaba una pulga, pero sacó un pergamino doblado, atado con una cinta y sellado con cera derretida—. Arturo me ha enviado esto desde Demetia —dijo, y me ofreció el pergamino—, dice que debéis llevárselo a la princesa Ginebra.
—Naturalmente —dije, tomando el pergamino. Confieso que me sentí tentando a romper el sello y leer el documento, pero me resistí—. ¿Sabéis lo que dice? —pregunté al obispo.
—¡Oh no, señor! —exclamó Emrys, aunque sin mirarme, y sospeché que el viejo había roto el sello y conocía el contenido del mensaje, pero que no quería admitir su pequeña falta—. Estoy seguro de que no es nada de importancia, pero recalcó que le fuera entregado a la princesa antes del solsticio. Es decir, antes de que él regrese.
—¿Por qué fue a Demetia? —preguntó Ceinwyn.
—Para asegurarse de que los Escudos Negros luchen a nuestro lado la próxima primavera, supongo —contestó el obispo, aunque percibí cierto tono de evasiva en su voz. Sospeché que en la carta se explicaba el verdadero motivo de la visita de Arturo a Oengus mac Airem, pero Emrys no podía decírnoslo sin reconocer que había roto el sello.
Al día siguiente fui a Ynys Wydryn. No estaba lejos, pero el viaje se prolongó casi toda la mañana porque en algunas partes tuve que llevar al caballo y a la mula de las riendas en las zonas de ventisca. En la mula llevaba doce pellejos de lobo de los que Cuneglas nos había enviado y resultaron un regalo de agradecer, pues la celda de troncos de Ginebra estaba llena de grietas por las que se colaba un viento helado. La encontré acurrucada junto a la hoguera, encendida en medio de la habitación. Se irguió cuando le anunciaron mi visita y despidió a las dos sirvientas, que se fueron a los fogones.
—Tengo tentaciones —me dijo— de hacerme cocinera yo también. Al menos las cocinas están calientes, aunque atiborradas de cristianos hipócritas, desgraciadamente. No rompen un huevo sin rezar a su desdichado dios. —Tembló y se arropó con el manto los delgados hombros—. Los romanos —dijo— sabían cómo calentarse, pero creo que se nos ha olvidado esa arte.
—Ceinwyn os envía esto, señora —dije, y dejé las pieles en el suelo.
—Dale las gracias en mi nombre —replicó Ginebra y entonces, a pesar del frío, abrió las contraventanas para que la luz del día entrara en la habitación. La hoguera se encrespó con la corriente de aire frío y las pavesas subieron en remolino hasta las vigas. Ginebra llevaba un vestido marrón de gruesa lana. Estaba pálida, pero su rostro soberbio de verdes ojos no había perdido un ápice de poderío y orgullo—. Tenía esperanzas de verte antes —dijo burlonamente.
—La temporada se ha presentado dura, señora —dije para excusar mi larga ausencia.
—Derfel, quiero saber lo que sucedió en Mai Dun —dijo.
—Os lo contaré, señora, pero antes tengo orden de entregaros esto. —Saqué el pergamino de Arturo de la bolsa del cinturón y se lo di. Ginebra rompió la cinta, despegó el sello de cera con la uña y desdobló el documento. Lo leyó a la luz del reflejo de la nieve que entraba por la ventana. Su cara se tensó, pero no percibí ninguna otra reacción. Me pareció que leía el mensaje dos veces; luego lo dobló otra vez y lo dejó sobre un baúl de madera.
—Bien, cuéntame lo de Mai Dun —dijo.
—¿Qué es lo que sabéis ya? —pregunté.
—Sólo sé lo que Morgana tiene a bien contarme, y lo que esa perra me cuenta es una versión de la verdad de su desdichado dios. —Hablaba en voz suficientemente alta como para que la oyeran, si es que alguien quería escuchar.
—No creo que al dios de Morgana le disgustara lo que sucedió —dije, y le conté el relato completo de los acontecimientos de la noche de Samain. Cuando terminé se quedó en silencio, mirando por la ventana hacia los barracones cubiertos de nieve donde una docena de peregrinos se arrodillaba ante el espino sagrado. Eché al fuego un tronco de la pila que había junto a la pared.
—Entonces, ¿Nimue se llevó a Gwydre a la cima? —preguntó al fin.
—Mandó a los Escudos Negros a buscarlo, a raptarlo, en realidad. No fue difícil. La ciudad estaba llena de extranjeros y un tropel de lanceros de toda clase entraba y salía del palacio constantemente. —Hice una pausa—. Aunque creo que en ningún momento corrió verdadero peligro.
—¡Pues claro que sí! —exclamó.
Me sorprendió su repentina vehemencia.
—El que iba a morir era el otro niño —protesté—, el hijo de Mordred. Lo habían desnudado, estaba listo para el cuchillo; pero a Gwydre no.
—Pero si la muerte de ese niño no hubiera desencadenado ningún suceso, ¿qué habría pasado? —preguntó Ginebra—. ¿Crees que Merlín no habría colgado a Gwydre por los pies?
—Merlín jamás haría tal cosa con el hijo de Arturo —dije, aunque confieso que sin convicción.
—Pero Nimue sí —dijo Ginebra—. Nimue sacrificaría a todos los niños de Britania para traer a los dioses y Merlín habría sentido la tentación de hacerlo. Encontrándose tan cerca —indicó una distancia diminuta entre el índice y el pulgar—, cuando sólo mediaba la vida de Gwydre entre Merlín y el regreso de los dioses… Seguro que habría sucumbido a la tentación. —Se acercó al fuego y se abrió el vestido para que los pliegues se calentaran. Debajo del vestido llevaba unas enaguas negras y, sobre sí, ninguna joya que pudiera verse, ni un simple anillo en los dedos—. Merlín —dijo en voz baja— tal vez se sintiera culpable en cierto modo por matar a Gwydre, pero no Nimue. Ella no distingue entre este mundo y el otro, de modo que no le importa que un niño viva o muera. Pero el niño sí importa, Derfel, es el hijo de un gobernante. Es necesario entregar lo más valioso para obtener lo más preciado y lo más valioso de Dumnonia no es un engendro bastardo cualquiera de Mordred. Es Arturo quien manda aquí, no Mordred. Nimue necesitaba la muerte de Gwydre. Merlín lo sabía, aunque tenía esperanza de que bastara con las otras muertes. Pero a Nimue no le importa. Derfel, algún día reunirá los tesoros otra vez y la sangre de Gwydre se derramará en la olla.
—Sólo por encima del cadáver de Arturo.
—¡Y por encima del mío! —proclamó ferozmente; pero hubo de reconocer su impotencia y se encogió de hombros. Volvió a la ventana y se cerró el vestido marrón—. No he sido buena madre —declaró inesperadamente. Yo no sabía qué decir, de modo que nada dije. Nunca me había sentido próximo a Ginebra; ciertamente, me trataba con la misma mezcla de afecto y desdén con que podría tratar a un perro tonto pero bien dispuesto; sin embargo en ese momento, tal vez porque no había nadie más con quien compartir sus pensamientos, los compartió conmigo—. Ni siquiera me gusta ser madre —admitió—. Esas mujeres —dijo, refiriéndose a las servidoras de Morgana, que iban vestidas de blanco y pasaban presurosas por la nieve entre los edificios del santuario— veneran la maternidad, pero son todas cascarones yermos. Lloran por su María y me dicen que sólo una madre conoce la verdadera tristeza, pero ¿de qué sirve conocerla? —Hizo la pregunta agresivamente—. ¡Es echar la vida a perder! —Se había enfadado amargamente—. Las vacas son buenas madres y las ovejas amamantan a la perfección, ¿qué mérito hay en la maternidad? ¡Cualquier muchacha estúpida puede ser madre! ¡Es para lo único que sirven la mayoría de ellas! ¡La maternidad no es una hazaña, es algo inevitable! —Vi que lloraba, a pesar de la rabia—. ¡Y es lo único que Arturo quería de mí! ¡Una vaca nodriza!
—¡No, señora! —dije.
Se volvió furibunda hacia mí, con los ojos brillantes de lágrimas.
—¿Sabes de esto más que yo, Derfel?
—Estaba orgulloso de vos, señora —dije torpemente—. Vuestra belleza le deleitaba.
—¡Pues que se hubiera hecho una estatua de mí, si es todo lo que quería! ¡Una estatua con caños de leche donde amorrar a sus hijos!
—Os amaba —protesté.
Me clavó la mirada y creí que montaría en cólera súbitamente, sin embargo esbozó una sonrió.
—Me adoraba, Derfel —dijo con hastío—, y ser adorada no es lo mismo que ser amada. —Se sentó de repente, dejándose caer en un banco, al lado del baúl de madera—. Ser adorada es agotador, Derfel. Pero, al parecer, ha encontrado otra diosa a la que adorar.
—¿Cómo decís, señora?
—¿No lo sabías? —parecía sorprendida; entonces, cogió la carta—. Toma, lee.
Tomé el pergamino de sus manos. No tenía fecha, sólo el encabezamiento Moridunum, que indicaba que había escrito desde la capital de Oengus mac Airem. Lo había escrito Arturo de su puño y letra, sólida y fría como la nieve acumulada en el alféizar de la ventana. «Señora, os hago saber —decía—, que renuncio a vos como esposa y tomo a Argante, hija de Oengus mac Airem. No renuncio a Gwydre, sino sólo a vos». Y eso era todo. Ni siquiera estaba firmada.
—¿De verdad no lo sabías? —insistió Ginebra.
—No, señora —respondí. Quedéme más atónito que Ginebra. Había oído comentar que Arturo debía tomar otra mujer, pero él no me había dicho nada y me ofendió que no me lo hubiera confiado. Me ofendió y me decepcionó—; no lo sabía.
—Esta misiva estaba abierta —comentó Ginebra con seca ironía—. Aquí al pie ha quedado una mancha. Arturo no enviaría una carta así. —Se recostó hacia atrás de modo que su sedoso pelo rojo se aplastó contra la pared—. ¿Por qué se casa? —preguntó.
—Los hombres están mejor casados, señora —repliqué con un encogimiento de hombros.
—Tonterías. Tú no aprecias menos a Galahad porque no se haya casado.
—Los hombres necesitan… —comencé, pero mi voz se apagó.
—Ya sé lo que necesitan los hombres —replicó Ginebra con sorna—, pero ¿por qué se casa ahora? ¿Crees que se ha enamorado de esa muchacha?
—Eso espero, señora. —Ginebra sonrió.
—Derfel, se casa para demostrar que no me ama.
La creí, pero no me atreví a manifestar acuerdo con ella.
—Seguro que se ha enamorado, señora —contesté, y ella se rió.
—¿Cuántos años tiene Argante?
—Unos quince —calculé—, o catorce, tal vez.
—Creí que estaba destinada a Mordred —recordó entonces con el ceño fruncido.
—Eso creía yo también —respondí, pues sabía que Oengus la había ofrecido como esposa de nuestro rey.
—Pero ¿por qué habría de casar Oengus a la niña con un tullido idiota como Mordred pudiendo metérsela a Arturo en la cama? —reflexionó Ginebra—. ¿Quince, dices?
—Si llega.
—¿Es bonita?
—No la he visto nunca, señora, pero eso afirma Oengus.
—Los Uí Liatháin tienen niñas muy bonitas —dijo Ginebra—. ¿Su hermana era bonita?
—¿Isolda? Sí, en cierto sentido.
—Esa niña tendrá que ser muy bella —dijo Ginebra con cierta risa en la voz—. De otro modo, Arturo ni la mirará. Todos los hombres habrán de envidiarle; es lo único que exige de sus esposas. Tienen que ser muy bellas, y, por supuesto, comportarse mejor que yo. —Se rió y me miró de reojo—. Pero aunque sea hermosa y sepa comportarse, no saldrá bien, Derfel.
—¿Ah, no?
—Bien, seguro que la niña le da un chorro de hijos, si eso es lo que busca, pero, si no es inteligente, se cansará de ella. —Se volvió a mirar el fuego—. ¿Por qué crees que me lo hace saber?
—Porque cree que debéis de saberlo, señora. —Ginebra se rió de nuevo.
—¿Debo de saberlo? ¿Y a mí qué me importa que se acueste con una niña irlandesa? No tengo por qué saberlo, pero él quiere que lo sepa. —Volvió a mirarme—. Y querrá saber mi reacción, ¿verdad?
—¿Vos lo creéis? —pregunté confundido.
—Naturalmente. De modo que dile, Derfel, que me reí. —Me miró desafiante y de pronto se encogió de hombros—. No, no se lo digas. Dile que le deseo felicidad. Dile lo que quieras, pero pídele un favor. —Hizo una pausa y me di cuenta de lo mucho que le repelía pedir favores—. Derfel, no quiero morir violada por una horda de piojosos guerreros sajones. Cuando Cerdic venga, en primavera, pide a Arturo que me traslade a una prisión más segura.
—Creo que aquí estaréis a salvo, señora.
—Dime por qué lo crees —me exigió secamente.
Me tomé unos momentos para pensar.
—Cuando vengan los sajones —dije— avanzarán por el valle del Támesis. Quieren llegar al mar Severn y esa es la vía más rápida.
Ginebra hizo un gesto negativo con la cabeza.
—El ejército de Aelle llegará por la ribera del Támesis, pero Cerdic atacará por el sur y subirá hacia el norte para unirse a Aelle. Pasará por aquí.
—Arturo dice que no —insistí—. Cree que no confían el uno en el otro, así que prefieren permanecer juntos para evitar traiciones.
Ginebra rechazó el razonamiento con otro brusco movimiento de la cabeza.
—Aelle y Cerdic no son tontos, Derfel. Saben que tienen que confiar el uno en el otro el tiempo suficiente para vencer. Después, pueden traicionarse, pero no antes. ¿Cuántos hombres traerán?
—Calculamos unos dos mil o dos mil quinientos.
Asintió con un gesto.
—Atacarán primero por el Támesis y será un ataque suficientemente fuerte como para haceros creer que es el principal. Y tan pronto como Arturo reúna sus fuerzas para oponerse a ese ejército, Cerdic atacará por el sur. Avanzará arrasando, Derfel, y Arturo tendrá que enviar hombres a contenerlo y entonces Aelle atacará al resto.
—A menos que Arturo deje avanzar a Cerdic —dije, sin creer ni una palabra de su predicción.
—Podría —dijo—, en cuyo caso Ynys Wydryn caería en manos sajonas y yo no quiero estar aquí cuando tal cosa suceda. Si no me da la libertad, ruégale que me encierre en Glevum.
Dudé. No encontré motivos para no transmitir el mensaje a Arturo, pero quería asegurarme de que la petición era sincera.
—Señora, si Cerdic viene por aquí —me atreví a decir— es muy posible que venga acompañado de amigos vuestros.
Me lanzó una mirada asesina y la mantuvo un largo rato antes de hablar de nuevo.
—No tengo amigos en Lloegyr —dijo por fin, gélidamente.
Vacilé de nuevo, pero decidí proseguir.
—No hace ni dos meses vi a Cerdic —dije—, en compañía de Lancelot.
Jamás había pronunciado el nombre de Lancelot en su presencia, y giró la cabeza como si la hubiera golpeado.
—¿Qué dices, Derfel? —preguntó en tono suave.
—Digo, señora, que Lancelot vendrá aquí en primavera, insinúo, señora, que Cerdic lo nombrará señor de estas tierras.
Ginebra cerró los ojos unos instantes y no supe si reía o lloraba. Después comprendí que era la risa lo que la convulsionaba.
—¡Qué insensato eres, Derfel! —dijo, mirándome otra vez—. ¡Quieres ayudarme! ¿Crees acaso que amo a Lancelot?
—Vos queríais que fuese rey, señora.
—¿Y eso qué tiene que ver con el amor? —preguntó desdeñosa—. Quería que fuese rey porque es débil, y las mujeres sólo pueden mandar en este mundo mediante hombres débiles como él. Arturo no es débil —tomó aliento profundamente—, Lancelot sí, y tal vez reine aquí cuando vengan los sajones; pero no seré yo quien controle a Lancelot, ni ninguna otra mujer, sino Cerdic, y tengo entendido que Cerdic es cualquier cosa excepto débil. —Se puso de pie, se acercó a mí y me arrebató la carta de las manos. La desdobló, la leyó por última vez y la arrojó al fuego. El pergamino se puso negro, se encogió y ardió por fin—. Ve —dijo contemplando las llamas— y di a Arturo que he llorado al saber las nuevas. Eso es lo que desea oír, de modo que díselo. Dile que lloré.
La dejé. En los días siguientes, la nieve se deshizo, pero volvieron las lluvias y los desnudos árboles goteaban sobre una tierra que parecía pudrirse en la calinosa humedad. Se aproximaba el solsticio de invierno, pero el sol no asomaba. El mundo sucumbía en la desesperación húmeda y tenebrosa. Esperaba que Arturo volviera, pero no me llamó a su lado. Llevó a su nueva esposa a Durnovaria y allí celebró el solsticio. Si algo le importaba la reacción de Ginebra por su nuevo matrimonio, no se molestó en preguntarme.
Celebramos la festividad del solsticio de invierno en la fortaleza de Dun Carie y ni uno solo de los asistentes dejó de pensar que sería la última. Hicimos la ofrenda al sol del invierno sabiendo que cuando renaciera no traería la vida a la tierra sino la muerte. Porque traería las lanzas, las hachas y las espadas sajonas. Rezamos y celebramos la fiesta con el temor de estar condenados. Y la lluvia no cesaba.