7
Los sajones se mostraban cautos. No se lanzaron al ataque nada más vernos y, una vez nos instalamos en la protegida cima de Mynydd Baddon, hubieron de conformarse con observarnos, sentados al pie de la colina meridional. Por la tarde, un nutrido contingente de lanceros fue caminando a Aquae Sulis, donde encontrarían una ciudad prácticamente vacía. Esperaba ver el resplandor y el humo de los tejados incendiados pero no fue así; al anochecer, los lanceros regresaron de la ciudad cargados de botín. Las sombras del crepúsculo cayeron sobre la vaguada del río y, mientras en la cima de Mynydd Baddon gozábamos aún de las últimas claridades del día, las hogueras de nuestros enemigos tachonaban la oscuridad que iba adueñándose del valle.
En las tierras montañosas que se extendían hacia el norte brillaban otras hogueras. Mynydd Baddon parecía una isla en medio del mar de los demás montes, separada de ellos por un collado herboso situado a cierta altura. Pensé que podríamos cruzar dicha hondonada elevada durante la noche, subir al altozano del otro lado y seguir camino a Corinium por los montes; así pues, envié a Issa con un puñado de hombres a reconocer el terreno, pero volvieron con la noticia de que había exploradores sajones a caballo en las cimas del otro lado del collado. A pesar de ello, sentí la tentación de iniciar la huida hacia el norte, mas sabía que los jinetes sajones nos descubrirían y que al alba tendríamos a toda la banda pisándonos los talones. Estuve sopesando las posibilidades hasta bien entrada la noche y me decidí por el mal menor: quedarnos en Mynydd Baddon.
A ojos de los sajones debíamos de parecer un ejército formidable. Tenía bajo mi mando a doscientos sesenta y ocho hombres, pero poco se figuraba el enemigo que no sumaban ni cien los lanceros debidamente adiestrados. De los restantes, cuarenta integraban la leva de la ciudad, treinta y seis eran baqueteados guerreros de la guardia de Caer Cadarn o del palacio de Durnovaria, aunque en esas tres docenas abundaban los viejos y lentos, mientras que los restantes ciento diez eran jóvenes bisoños. Mis setenta lanceros curtidos y los doce Escudos Negros de Argante se contaban entre los mejores guerreros de toda Britania y, aunque no dudaba de la utilidad de los treinta y seis veteranos y de que los jóvenes podrían resultar formidables, seguíamos siendo un contingente mísero para proteger a ciento catorce mujeres y setenta y nueve niños. Al menos contábamos con suficientes víveres y agua, pues conservábamos las siete preciosas carretas y en los flancos de Mynydd Baddon manaban tres fuentes.
A la caída de la noche de aquel primer día ya habíamos contado al enemigo. En el valle había unos trescientos sesenta sajones, y unos ochenta más, cuando menos, en las tierras del norte, suficientes para enjaularnos en Mynydd Baddon, pero no para asaltarnos. Cada uno de los tres lados pelados de la cima medía unos trescientos pasos y sumaban por tanto un total excesivo para defenderlo con mi escaso número de hombres, pero si el enemigo se decidía a atacar lo veríamos venir desde lejos y tendría tiempo para trasladar lanceros al flanco oportuno. Calculé que incluso si organizaran un ataque por dos o tres lados a la vez, resistiríamos, pues los sajones tenían que superar una subida muy escarpada para llegar y mis hombres estarían frescos; no obstante, si el número de enemigos seguía aumentando, nos desbordarían sin remedio. Rogaba por que esos sajones no fueran sino una fuerte banda de saqueadores y que, una vez hubieran saqueado Aquae Sulis y limpiado el valle de todo alimento que pudieran hallar, regresarían al norte a reunirse con Cerdic y Aelle.
Al amanecer del día siguiente los sajones seguían en el valle, el humo de sus hogueras se mezclaba con la bruma del río. Cuando la neblina escampó, vimos que estaban talando árboles para construir cabañas: deprimente señal de que tenían intención de quedarse. Mis hombres, por su parte, se afanaban en las faldas del monte cortando los pequeños espinos y los brotes de abedul que pudieran encubrir el acercamiento del enemigo. Acarrearon los matorrales y los pequeños árboles hasta la cima y los apilaron formando un parapeto rudimentario sobre los restos de la muralla del pueblo antiguo. Mandé cincuenta hombres a cortar leña al altozano que remataba el collado por el norte; la transportaron a nuestra cima en una de las carretas de bueyes, previamente descargada de vituallas. Cortaron leña suficiente para construir una gran cabaña de madera, aunque la nuestra, a diferencia de las de los sajones, dotadas de techumbre de paja o turba, no era más que una estructura destartalada de maderos sin desbastar apoyados en cuatro carretas y burdamente cubiertos con ramas, pero proporcionaban cobijo a las mujeres y a los niños.
Durante la primera noche mandé a dos lanceros hacia el norte, dos bribones astutos de entre los jóvenes bisoños, con la orden expresa de intentar llegar a Corinium para poner a Arturo al corriente de nuestra difícil situación. No creía que pudiera enviarnos ayuda pero al menos conocería lo que nos había sucedido. Pasé el día siguiente temiendo avistar de nuevo a los jóvenes, verlos prisioneros, arrastrados por caballos sajones, pero desaparecieron. Ambos, como más tarde supe, sobrevivieron y llegaron a Corinium.
Los sajones construyeron sus refugios y nosotros seguimos amontonando espinos y matorrales en nuestras delgadas murallas. No se acercó ningún enemigo ni nosotros bajamos a provocarlos. Dividí la cima en secciones y asigné una tropa de lanceros a cada una. Mis setenta guerreros expertos, lo mejor de mi reducido ejército, guardaban el ángulo de la fortificación orientado al sur, frente al enemigo. Dividí a los bisoños en dos tropas, una a cada lado del grupo más aguerrido, y los doce Escudos Negros quedaron a cargo de la defensa del lado septentrional del cerro, con el apoyo de la leva y de la guardia de Caer Cadarn y Durnovaria. El cabecilla de los Escudos Negros era un bruto lleno de cicatrices llamado Niall, veterano de cien correrías en tiempo de cosecha que llevaba los dedos repletos de aros de guerrero; Niall izó su propio estandarte improvisado en la parte norte de la fortificación, un simple tronco pelado de abedul joven clavado en la tierra con un pedazo de tela negra ondeando en la punta, pero la enseña irlandesa resultaba satisfactoriamente salvaje y retadora.
Aún acariciaba esperanzas de escapar. Aunque los sajones construyeran refugios en el valle del río, el altozano del norte seguía tentándome y, la segunda tarde, cabalgué por el collado al que se asomaba la enseña de Niall y subí al altozano de enfrente. Bajo las rápidas nubes se extendía un gran páramo vacío. Eachern, un guerrero de solera al que había puesto al mando de una de las tropas inexpertas que cortaba leña en la cima, se acercó a mi yegua. Al ver que contemplaba el páramo vacío, me adivinó el pensamiento.
—Esos bellacos rondan cerca —comentó—, por mis muertos.
—¿Estás seguro?
—Vienen y van, señor. Siempre a caballo. —Tenía un hacha en la mano y con ella señaló hacia poniente, hacia una cañada que corría de norte a oeste junto al páramo. Allí crecía una densa arboleda, aunque sólo divisábamos las frondosas copas—. Entre los árboles hay un camino —dijo Eachern—, y allí están apostados.
—Seguro que ese camino va a Glevum —dije.
—Pero pasando antes por el campamento de los sajones, señor. Por ahí rondan esos bellacos, por mis muertos. He oído las hachas.
Es decir, que el camino de la cañada estaría bloqueado con árboles caídos, pensé. La tentación persistía. Si destruíamos las vituallas y abandonábamos todo lo que pudiera aminorar la marcha, tal vez pudiéramos romper el cerco de sajones y llegar hasta el ejército de Arturo. Pasé el día inquieto como un avispero, pues mi deber era, claramente, unirme a Arturo, y cuanto más tiempo pasara aislado en Mynydd Baddon, más difícil sería conseguirlo. Por la noche habría media luna, suficiente para iluminar el camino, y si nos movíamos deprisa, seguro que adelantábamos al grueso de la banda sajona. Acaso nos hostigaran unos cuantos jinetes, pero mis lanceros sabrían enfrentarse a ellos. Pero ¿qué había más allá del páramo? Terreno montañoso, a buen seguro, regado por riachuelos crecidos tras las recientes lluvias. Necesitaba un camino, vados y puentes, y sobre todo velocidad, de lo contrario los niños quedarían atrás, los lanceros retrasarían la marcha para protegerlos y los sajones caerían de repente sobre nosotros como lobos sobre un rebaño de ovejas. Sabía cómo escapar de Mynydd Baddon, pero no me figuraba cómo cruzar los kilómetros que nos separaban de Corinium sin caer en manos enemigas.
Al anochecer la decisión me vino impuesta. Todavía estaba considerando la posibilidad de una huida relámpago hacia el norte, dejando las hogueras bien alimentadas para hacer creer al enemigo que aún seguíamos en la cima de Mynydd Baddon, pero en el transcurso de aquella misma segunda noche llegaron más sajones. Procedían del noreste, de la dirección de Corinium, y cien de ellos se acercaron al páramo que tenía la esperanza de cruzar, luego se dirigieron hacia al sur y expulsaron a mis leñadores de entre los árboles obligándolos a replegarse hacia el collado y a regresar a Mynydd Baddon. Entonces sí que quedamos atrapados de verdad.
Me senté con Ceinwyn junto al fuego.
—Me recuerda —le dije— a aquella noche en Ynys Mon.
—Yo estaba pensando en lo mismo.
Fue la noche en que hallamos la olla mágica de Clyddno Eiddyn, y nos habíamos refugiado en un afloramiento rocoso rodeados de tropas de Diwrnach. Ninguno creyó que sobreviviríamos, pero entonces Merlín despertó de entre los muertos y se burló de mí. «Estamos rodeados, ¿no?», me preguntó. «¿Y nos superan en número?». Ambas cosas eran ciertas, así que Merlín sonrió y me dijo: «¿Y te atreves a llamarte señor de guerreros?».
—Bien, bien, ¿y ahora, qué? —dijo Ceinwyn, citando a Merlín; el recuerdo le hizo sonreír y después suspiró—. Si no estuviéramos aquí —prosiguió, refiriéndose a las mujeres y a los niños que deambulaban cerca de las hogueras—, ¿qué harías?
—Ir hacia el norte. Presentar batalla allá —señalé hacia la hogueras sajonas que ardían en el altozano del otro lado del collado— y luego marchar hacia el norte. —No estaba completamente seguro de que lo hubiera hecho, pues tal huida habría supuesto abandonar a los heridos en la batalla por alcanzar la cumbre, pero los demás, sin el estorbo de las mujeres y los niños, habríamos ganado la carrera a los sajones.
—Supongamos —dijo Ceinwyn en voz baja— que pides a los sajones paso libre para las mujeres y los niños.
—Aceptarían —dije—, y tan pronto como estuvierais fuera del alcance de nuestras lanzas, os atraparían, os violarían, os matarían y esclavizarían a los niños.
—O sea que no es buena idea, ¿eh? —preguntó con suavidad.
—No muy buena.
Apoyó la cabeza en mi hombro procurando no molestar a Seren, que dormía recostada en el regazo de su madre.
—¿Cuánto tiempo resistiremos? —me preguntó.
—Podría morir de viejo en Mynydd Baddon si no mandan más de cuatrocientos hombres a atacarnos.
—¿Y crees que lo harán?
—Probablemente no —mentí, y Ceinwyn se dio cuenta. Claro que mandarían a más de cuatrocientos. Había aprendido ya que, en la guerra, el enemigo suele hacer lo que más tememos y el que teníamos en ese momento enviaría a cuantos lanceros tuviera disponibles.
Ceinwyn guardó silencio un rato. Los perros ladraban en los distantes campamentos sajones y el aire nocturno nos llevaba sus ladridos nítidamente. Nuestros perros respondieron y la pequeña Seren se removió inquieta sin llegar a despertarse. Ceinwyn le acarició el pelo.
—Si Arturo está en Corinium —dijo en voz baja—, ¿por qué vienen los sajones aquí?
—No lo sé.
—¿Crees que en algún momento irán al norte a reunirse con su ejército principal?
Ya había pensado en esa posibilidad, pero la llegada de nuevos contingentes enemigos me había despertado la duda. Empezaba a sospechar que nos enfrentábamos a una nutrida banda de guerra que intentaba marchar hacia el sur rodeando Corinium, internándose en los montes para reaparecer en Glevum y amenazar a Arturo por la retaguardia. No se me ocurría ninguna razón que justificara la presencia de tantos sajones en el valle de Aquae Sulis, pero eso no explicaba por qué no continuaban la marcha. En vez de seguir adelante construían refugios, lo cual indicaba que querían sitiarnos. Pensé que en tal caso estábamos haciéndole un servicio a Arturo al permanecer allí, pues manteníamos a un gran número de enemigos lejos de Corinium, aunque, si nuestras estimaciones de las fuerzas enemigas eran correctas, los sajones contaban con hombres suficientes para vencernos a Arturo y a mí.
Guardamos silencio. Los doce Escudos Negros empezaron a cantar y, cuando terminaron, mis hombres respondieron con el canto de Illtydd. Pyrlig, mi bardo, los acompañaba con el arpa. Había encontrado una coraza y se había armado de escudo y lanza, pero los avíos de guerra no se adaptaban bien a su enclenque figura. Pensé que ojalá no tuviera que abandonar el arpa en ningún momento y cambiarla por la lanza, pues significaría el fin de toda esperanza. Me imaginé a los sajones invadiendo la cima, aullando de gozo al encontrar a tantas mujeres y niños, pero enseguida borré de mi mente tan hórrida imagen. Teníamos que continuar vivos, teníamos que resistir tras nuestras murallas, teníamos que vencer.
A la mañana siguiente, bajo un cielo encapotado y con un viento del oeste que traía intermitentes rachas de lluvia, me vestí de guerra, y hallé la armadura pesada; no me la había puesto hasta entonces intencionadamente, pero la llegada de los refuerzos sajones me convenció de que tendríamos que luchar y por eso, para encender el ánimo de mis hombres, escogí mis mejores galas. Primero, encima de la camisa de lino y de los calzones de lana, me puse una túnica de cuero que me llegaba a las rodillas. El cuero era grueso, capaz de detener una estocada, pero no un lanzazo. Cubrí la túnica con la lujosa cota romana de mallas, que mis esclavos habían pulido y casi relucía. En el orillo de la cota, en las mangas y en el cuello había algunos aros de oro entrelazados en la malla. Era cara, una de las más lujosas de Britania, y bien forjada, como para detener hasta los más brutales golpes de lanza. Las botas, que me llegaban a las rodillas, estaban provistas de unas lengüetas de bronce que hacían resbalar las espadas empuñadas por debajo de la barrera de escudos; protegíme los brazos con guanteletes hasta el codo reforzados con placas de hierro. El yelmo tenía unos dragones de plata que llegaban a la punta, que era de oro y estaba empenachada con la cola de lobo. El yelmo me tapaba las orejas, tenía una cortinilla de malla que caía sobre el cuello y unos protectores de mejillas que se abrían y se cerraban, de modo que, una vez cerrados, el enemigo no veía a un hombre ante sí sino a un asesino cubierto de metal con dos sombras negras por ojos. Era una armadura digna de un gran señor de la guerra, pensada para infundir miedo al oponente. Me ceñí a Hywelbane por encima de la cota, me até un manto al cuello y enarbolé mi lanza más larga. Y así, vestido para la batalla y con el escudo colgado a la espalda, di la vuelta a las murallas de Mynydd Baddon para que todos mis hombres y todos los vigías del enemigo me vieran y supieran que un señor de la guerra esperaba la batalla. Terminé la vuelta en el extremo meridional de nuestras defensas y allí, dominando al enemigo desde la altura, me levanté los faldones de malla y cuero y oriné colina abajo, hacia los sajones.
No sabía que Ginebra estaba cerca hasta que la oí reírse, y su risa estropeó mi gesto porque sentí vergüenza. Ella prescindió de mis disculpas con un ademán.
—Estás guapo de verdad, Derfel —dijo.
—Señora —dije, levantándome los protectores de las mejillas—, tenía esperanzas de no volver a ponerme esta armadura.
—Hablas igual que Arturo —dijo irónicamente, y dio la vuelta por detrás de mí para admirar la tiras de plata bruñida que formaban la estrella de Ceinwyn de mi escudo—. No he llegado a comprender —dijo, al terminar la vuelta y llegar frente a mí otra vez— por qué casi siempre te vistes como un porquerizo, pero para la guerra te cubres espléndidamente.
—Yo no parezco un porquerizo —dije.
—No como los míos, claro —dijo—, porque no soporto tener zarrapastrosos a mi alrededor, aunque sean pastores de cerdos, y por eso siempre me ocupaba de que anduvieran decorosamente vestidos.
—Me bañé el año pasado —insistí.
—¡Ah, recientemente, ya veo! —exclamó, como si estuviera impresionada. Llevaba arco de cazador y un carcaj con flechas a la espalda—. Si se acercan —dijo— tengo intenciones de mandar unos cuantos espíritus sajones al otro mundo.
—Si se acercan —repetí con la certidumbre de que así sería— tan sólo veréis cascos y escudos y desperdiciaréis las flechas. Aguardad a que levanten la cabeza para luchar contra nuestra barrera de escudos y apuntad a los ojos.
—No desperdiciaré ni una flecha, Derfel —prometió con gravedad.
La primera amenaza llegó del norte, donde los últimos sajones que habían llegado formaron una barrera de escudos entre los árboles que coronaban el collado medianero entre Mynydd Baddon y el altozano. El manantial más abundante se encontraba precisamente en el collado y tal vez los sajones quisieran impedir que lo utilizáramos, pues nada más pasar el mediodía, la formación de barrera de escudos bajó al valle. Niall los observaba desde la muralla.
—Ochenta hombres —me dijo.
Llamé a Issa y a cincuenta más para que acudieran a la muralla del norte, fuerzas más que suficientes para ahuyentar a los ochenta sajones que subían con esfuerzo la empinada ladera, pero enseguida nos dimos cuenta de que no tenían intenciones de atacar sino que pretendían hacernos bajar a nosotros al collado, donde el enfrentamiento se haría en igualdad de condiciones. Sin duda, tan pronto hubiéramos llegado, acudirían más sajones de entre los árboles a cerrar la emboscada.
—¡Quedaos aquí! —dije a mis hombres—. ¡No bajéis! ¡Quietos aquí!
Los sajones se burlaban de nosotros. Algunos sabían unas pocas palabras en lengua britana, suficientes para llamarnos cobardes, mujeres o gusanos. De vez en cuando, un grupo reducido trepaba ladera arriba tentándonos a romper filas y correr al enfrentamiento, pero Niall, Issa y yo hicimos mantener la serenidad a nuestros hombres. Un hechicero sajón se arrastró por la húmeda colina hacia nosotros a carrerillas repentinas, lanzándonos encantamientos. Iba desnudo, cubierto solamente con una capa de piel de lobo y con el pelo de punta, todo de una pieza e impregnado de boñiga. Nos maldecía con voz chillona, nos lanzaba hechizos a gritos y nos arrojaba puñados de huesecillos, pero ninguno de nosotros se movió. El hechicero escupió tres veces y bajó temblando por el collado, donde un cabecilla sajón retó a uno de nosotros a combate singular. Era un hombre fornido con una mata enredada de pelo grasiento, de un tono rubio sucio, que le llegaba por debajo del valioso collar de oro que le ceñía la garganta. Llevaba la barba trenzada con lazos negros, una coraza de hierro y grebas romanas de bronce con adornos; en su escudo tenía una feroz cara de lobo. Del casco sobresalían unos cuernos de toro, uno a cada lado, con una calavera de lobo en el medio adornada con muchos lazos negros. Sobre los hombros y muslos colgábanle tiras de negra pelambre e iba armado con un hacha enorme de doble filo; del cinturón pendía una espada larga y un cuchillo corto de hoja ancha que ellos llamaban seax, el arma que daba nombre a los sajones. Estuvo un rato exigiendo que compareciera Arturo en persona para luchar contra él y, cuando se cansó, me retó a mí y me llamó cobarde, esclavo corazón de gallina y engendro de esclava leprosa. Hablaba en su propia lengua, de modo que ninguno de mis hombres entendía sus insultos y yo me limité a dejar que las palabras se las llevara el viento.
Después, a media tarde, cuando cesó la lluvia y los sajones se hartaron de provocarnos en vano, llevaron al collado a tres niños cautivos. Eran pequeños, no mayores de cinco o seis años, y los amenazaban con seax en la garganta.
—¡Bajad —dijo el fornido cabecilla sajón— o los matamos!
Issa me miró.
—Dejadme bajar, señor —me rogó.
—Esta es mi muralla —se opuso Niall, el jefe de los Escudos Negros—, dejadme a mí que lo corte en rebanadas.
—Y esta mi cima —dije. Y había un argumento más: yo tenía el deber de librar el primer combate singular de la batalla. Un rey podía mandar a un paladín a luchar, pero un señor de la guerra no debía enviar a otro a donde él no habría ido, de modo que me bajé los protectores de las mejillas, toqué, con guante y todo, los huesos del pomo de Hywelbane y rocé el bultito que formaba el broche de Ceinwyn bajo la cota de malla. Tras dichos preámbulos, crucé la ruda empalizada de leños y me acerqué al borde de la escarpada pendiente.
—¡Tú y yo! —grité al sajón en su propia lengua—, por sus vidas —y señalé con la lanza a los tres niños.
Los sajones prorrumpieron en aullidos de aprobación, pues al fin habían hecho bajar a un britano. Se retiraron llevándose a los niños y en el collado quedamos sólo su campeón y yo. El corpulento sajón sopesó el hacha con la mano derecha y luego escupió en las campanillas.
—Hablas bien nuestra lengua, cerdo —me saludó.
—Es una lengua de cerdos —repliqué.
Levantó el hacha en el aire, el arma dio una vuelta y la hoja destelló a la pálida luz del sol que trataba de abrirse camino entre las nubes. El hacha era larga y su hoja de doble filo pesaba, pero la agarró por el mango sin dificultad. Pocos hombres serían capaces de manejar tan impresionante arma, ni siquiera un breve rato y menos aún arrojarla al aire y recogerla de nuevo, pero el sajón lo hizo como si no costara esfuerzo alguno.
—Arturo no se atreve a enfrentarse conmigo —dijo—, así que te mataré a ti en su lugar.
Me asombró que hablara de Arturo, pero yo no tenía por qué desengañar al enemigo, si creía que Arturo se encontraba en Mynydd Baddon.
—Arturo tiene más que hacer, que venir a matar a una alimaña sajona —dije—, y me ha pedido que te desuelle y entierre tu seboso cadáver con los pies hacia el sur para que pases la eternidad vagando solo y maltrecho y nunca jamás encuentres tu otro mundo.
El sajón escupió.
—Gruñes como un cerdo varicoso. —Los insultos eran de rigor, como el combate singular. A Arturo no le gustaba ninguna de las dos cosas, pues creía que los insultos eran una pérdida de aliento y el combate singular una pérdida de energía, pero a mí no me parecía mal luchar contra el campeón del enemigo. El combate tenía un propósito, pues si vencía yo, mis tropas se animarían lo indecible y los sajones interpretarían la muerte de su campeón como un augurio fatal. Me arriesgaba a perder el combate, pero en aquellos días confiaba en mis propias fuerzas. Sacábame un palmo de altura el sajón y era mucho más ancho de hombros, pero no me pareció más rápido de lo normal. Parecía de los que recurren a la fuerza bruta para vencer, mientras que yo me tenía por listo, además de fuerte. Miró hacia arriba, a nuestra muralla, donde se asomaban las mujeres y los niños. No vi a Ceinwyn, pero Ginebra destacaba, alta y llamativa, entre los hombres armados.
—¿Esa es tu ramera? —me preguntó el sajón, señalándola con el hacha—. Esta noche será mía, lombriz. —Dio dos pasos hacia mí, de modo que quedamos a tan sólo doce, y volvió a lanzar el hacha al aire. Sus hombres lo animaban desde la ladera norte, mientras que los míos gritaban estentóreamente desde las murallas.
—Si tienes miedo —dije—, te doy tiempo para que vacíes las tripas.
—Las vaciaré encima de tu cadáver —contestó.
No sabía si empezar con la lanza o con Hywelbane, y me decidí por la lanza para terminar antes, siempre y cuando mi contrincante no parara el golpe con el hacha. Supe que iba a atacar pronto porque empezó a bailar el hacha haciendo intrincados dibujos en el aire que mareaban a la vista; sospeché que tenía intención de cargar con la hoja, que veía borrosa, despojarme de la lanza con el escudo y asestarme un hachazo en el cuello.
—Me llamo Wulfger —dijo con formalidad—, soy el jefe de la tribu sarnaed, del pueblo de Cerdic, y esta tierra será mía.
Saqué el brazo izquierdo de las correas del escudo, lo sujeté con la derecha y sopesé la lanza con la izquierda. No me até el escudo al brazo, sólo lo agarré fuertemente por el asidero de madera. Wulfger de los sarnaed era zurdo, es decir, que el hacha me habría caído por el flanco desprotegido si no hubiera cambiado el escudo de mano. No era muy ducho en blandir la lanza con la siniestra, pero tenía la impresión de que así terminaría antes el combate.
—Me llamo —contesté con la misma formalidad— Derfel, hijo de Aelle, rey de los anglos. Soy el que marcó a Liofa en la mejilla.
Pretendía intimidarlo con la fanfarronería y tal vez lo lograra, pero él se cuidó de no mostrarlo. Con un rugido repentino, atacó y sus hombres prorrumpieron en ensordecedores gritos de ánimo. El hacha de Wulfger silbó en el aire, colocó el escudo para despojarme de la lanza y cargó como un toro, pero entonces yo le arrojé mi escudo a la cara, de lado, para que fuera hacia él como un pesado disco de hierro ribeteado de madera.
Al ver de pronto el pesado escudo volando raudo hacia su cara, hubo de levantar el suyo y detener el violento bailoteo del hacha. Oí el impacto de mi escudo contra el suyo, pero yo ya estaba sobre una rodilla con la lanza baja apuntado hacia arriba. Wulfger de los sarnaed esquivó el escudo con rapidez, pero no logró detener su precipitada carrera hacia mí ni bajar el escudo a tiempo, de modo que siguió corriendo directo hacia la punta mortal de mi lanza. Apuntaba a su vientre, justo debajo de la coraza de hierro, donde su única protección era un grueso jubón de cuero; la lanza atravesó el cuero como la aguja el lino. Me incorporé al hundirse la cuchilla en el cuero y clavarse en la piel, en los músculos, en la carne, hasta penetrar en los intestinos de Wulfger. Me puse en pie y retorcí el asta aullando al ver que la hoja del hacha flaqueaba. Empujé nuevamente, la lanza estaba aún hundida en su vientre, y la retorcí por segunda vez; Wulfger de los sarnaed abrió la boca y me miró, y vi el horror en sus ojos. Quiso alzar el hacha, pero sólo tenía un dolor horrible en el vientre y una debilidad como si las piernas se le derritieran; entonces tropezó, boqueó en busca de aire y cayó de rodillas.
Solté la lanza y retrocedí para desenvainar a Hywelbane.
—Esta tierra es nuestra, Wulfger de los sarnaed —dije en voz alta para que sus hombres me oyeran—, y seguirá siendo nuestra. —Di una sola estocada, pero tan violenta que le rasuré la mata de pelo desde la nuca y le partí la cerviz.
Cayó sin vida en un abrir y cerrar de ojos.
Agarré la lanza por el asta, apoyé un pie en el vientre de Wulfger de los sarnaed y desclavé la cuchilla, que se resistía. Después, me agaché a arrancar la calavera de lobo del casco. Alcé el hueso a la vista del enemigo, lo tiré al suelo y lo pisoteé hasta reducirlo a migas. Despojé al vencido de su collar de oro, recogí su escudo, su hacha y su cuchillo y enseñé los trofeos a sus hombres, que me contemplaban en silencio. Los míos brincaban y aullaban eufóricos. Finalmente, me agaché de nuevo a desatarle las pesadas grebas de bronce adornadas con imágenes de Mitra, mi dios.
Me erguí con el botín.
—¡Entregadme a los niños! —dije a los sajones a gritos.
—¡Ven a buscarlos! —replicó un sajón y, de una rápida cuchillada, cortó la garganta a uno de los pequeños. Los otros dos chillaron y ambos murieron también; los sajones escupieron sobre sus cuerpecillos. Creí por un momento que mis hombres perderían el control y se lanzarían a la carga por el collado, pero Issa y Niall los retuvieron en el parapeto. Escupí al cadáver de Wulfger, hice un grotesco gesto al enemigo y me retiré colina arriba con los trofeos.
Regalé el escudo de Wulfger a un soldado de la leva, el cuchillo a Niall y el hacha a Issa.
—No lo uses en la batalla —le recomendé—, úsalo para cortar madera.
Llevé el collar de oro a Ceinwyn, pero lo rechazó con un gesto.
—No me gusta el oro de los muertos —dijo. Abrazaba a nuestras hijas y vi que había llorado. Ceinwyn no solía mostrar sus emociones. De pequeña, había aprendido a ganarse el cariño de su temible padre mostrándose alegre y tal hábito había arraigado profundamente en su manera de ser, pero en ese momento era incapaz de disimular el disgusto—. ¡Podía haberte matado! —dijo. Yo no tenía nada que decir, de modo que me agaché a su lado, cogí un puñado de hierba y limpié de sangre la hoja de Hywelbane. Ceinwyn me miraba con el ceño fruncido—. ¿Han matado a los niños?
—Sí.
—¿Quiénes eran?
—¿Quién sabe? —dije con un encogimiento de hombros—. Eran niños tomados cautivos en una incursión.
Ceinwyn suspiró y acarició la cabeza a Morwenna.
—¿Tenías que luchar?
—¿Te habría parecido mejor que mandase a Issa?
—No —admitió.
—Pues sí, tuve que luchar —dije, y en realidad había disfrutado de la pelea. Sólo los insensatos quieren la guerra, pero cuando la guerra empieza, no valen las medias tintas. No se puede luchar lamentándolo, siquiera; hay que pelear con el júbilo salvaje de acabar con el enemigo y, precisamente, el júbilo salvaje es la inspiración de nuestros bardos, lo que les hace escribir las grandes canciones de amor y de guerra. Los guerreros nos acicalábamos para la guerra como para el amor; nos engalanábamos, lucíamos oro, adornábamos con penachos los yelmos de plata, nos pavoneábamos, alardeábamos y, cuando las hojas asesinas se acercaban, nos parecía que la sangre de los dioses corría por nuestras venas. Es preciso que los hombres deseen la paz, pero si no son capaces de luchar con todo su corazón, nunca disfrutarán de ella.
—¿Qué habríamos hecho si hubieras muerto? —preguntó Ceinwyn, observando cómo me abrochaba las elegantes grebas de Wulfger por encima de las botas.
—Me habríais incinerado, amor mío —dije— para que mi espíritu fuera a reunirse con el de Dian. —Le di un beso y llevé el collar a Ginebra, que lo aceptó encantada. Junto con la libertad había perdido todas sus joyas y, aunque no apreciaba la maciza orfebrería sajona, se ciñó el collar al cuello.
—Ha sido un combate excelente —dijo, retocando las láminas doradas para que quedaran en su sitio—. Quiero que me enseñes la lengua sajona, Derfel.
—Naturalmente.
—Insultos. Quiero hacerles daño. —Se echó a reír—. Insultos groseros, los más groseros que sepas, Derfel.
Ginebra encontraría muchos sajones a los que insultar, pues no cesaban de llegar enemigos al valle. Los centinelas del lado meridional me avisaron y fui a mirar por la muralla, bajo nuestras dos enseñas; vi dos largas filas de lanceros que descendían serpenteando por los montes de levante hacia las praderas de la ribera.
—Han empezado a llegar hace un momento —me dijo Eachern—, y siguen llegando como si no fueran a parar nunca.
Y no paraban. Aquello no era una banda de guerreros que se aprestaba al combate, sino un ejército, una horda, un pueblo entero en marcha. Hombres, mujeres, animales y niños descendían como un río desde los montes orientales hacia el valle de Aquae Sulis. Los lanceros avanzaban en largas columnas y entre las columnas discurrían rebaños de vacas y ovejas e hileras irregulares de mujeres y niños. Unos jinetes flanqueaban a los de a pie y otros se agrupaban alrededor de las dos enseñas que señalaban la llegada de los reyes sajones. No era un ejército enemigo sino dos, las fuerzas conjuntas de Cerdic y Aelle y, en vez de enfrentarse a Arturo en el valle del Támesis, habían llegado allí, a donde yo estaba, con lanzas numerosas como las estrellas de la gran bóveda del cielo.
Estuve observándolos una hora; Eachern no se equivocaba. Las hileras no tenía fin; toqué los huesos del pomo de Hywelbane y supe, con mayor certidumbre que nunca, que estábamos condenados.
Aquella noche las luces de las hogueras sajonas eran como una constelación que hubiera caído en el valle de Aquae Sulis; un resplandor de fogatas que se extendía hacia el sur y se internaba hacia el oeste siguiendo la vega del río y que señalaba la situación de los campamentos del enemigo. Y aún relumbraban otros fuegos en los montes orientales, donde la retaguardia de la horda sajona había acampado aprovechando el altozano; no obstante, al amanecer, vimos bajar a esos hombres hacia el valle que se extendía a nuestros pies.
La mañana era fría, aunque prometía un día cálido. A la salida del sol, cuando el valle todavía estaba a oscuras, el humo de las hogueras sajonas se mezcló con la bruma del río, de modo que Mynydd Baddon semejaba una nave verde a la deriva en un siniestro mar gris e iluminada por el sol. Había dormido mal, pues una mujer había dado a luz durante la noche y sus gritos me obsesionaban. El niño nació muerto y Ceinwyn me contó que aún le faltaban dos o tres meses de embarazo.
—Lo han tomado como un mal presagio —añadió Ceinwyn sombríamente.
Y seguramente lo fuera, pensé, aunque no osé expresarlo en voz alta. Por el contrario, procuré mostrarme seguro.
—Los dioses no nos abandonarán —dije.
—Ha sido Terfa —me dijo Ceinwyn, refiriéndose a la mujer que nos había torturado durante la noche con sus gemidos—. Era su primer hijo, un niño. ¡Qué chiquito era! —Vaciló un momento y luego me sonrió con tristeza—. Derfel, cunde el temor de que los dioses nos hayan abandonado desde Samain.
Ceinwyn puso en palabras uno de mis temores, pero tampoco quise mostrarlo abiertamente.
—¿Tú lo crees así? —le pregunté.
—No quiero creerlo —respondió. Pensó unos momentos e iba a decir algo cuando nos interrumpió un grito proveniente del sur de la muralla. No me moví y el grito se repitió. Ceinwyn me tocó el brazo—. Ve —me dijo.
Acudí corriendo al lado sur, al encuentro de Issa, que había montado guardia durante la noche y había observado las sombras y el humo del valle.
—Unos doce bellacos —me dijo.
—¿Dónde?
—¿Veis el seto? —Señaló hacia el pie de la desnuda ladera, donde un seto de espino cuajado de flores blancas señalaba el final del monte y el comienzo de las tierras de labor—. Están allí. Les vimos cruzar el campo de trigo.
—Sólo nos están mirando —dije con rabia, irritado por haber interrumpido la conversación de Ceinwyn por tal nimiedad.
—No lo sé, señor. Hay algo raro. ¡Allí! —Señaló hacia el mismo punto y vi a un grupo de lanceros trepar por en medio del seto. Avanzaban agazapados por la parte del espino que veíamos nosotros y parecía que mirasen atrás, en vez de arriba. Aguardaron unos momentos y, de repente, echaron a correr hacia nosotros—. ¡No serán desertores! —aventuró Issa—. ¡No puede ser!
Verdaderamente, era extraño que alguien desertara de aquel vasto ejército sajón para unirse a nuestra asediada banda, pero Issa estaba en lo cierto, pues cuando los once hombres se encontraban en mitad de la subida invirtieron los escudos ostentosamente. Los centinelas sajones avistaron por fin a los traidores y una veintena de lanceros se lanzaron en su persecución, pero los once fugitivos contaban con gran ventaja para llegar hasta nosotros sanos y salvos.
—Tráelos a mi presencia tan pronto como lleguen —le dije a Issa, y volví al centro de la cima a ponerme la armadura y a ceñirme a Hywelbane a la cintura—. Desertores —le dije a Ceinwyn.
Issa cruzó la extensión de hierba con los once hombres. Primero reconocí la enseña de los escudos, el águila pescadora de Lancelot con un pez entre las garras, y después reconocí a Bors, el primo y paladín de Lancelot. Sonrió con inquietud al verme, pero le saludé con una amplia sonrisa y se tranquilizó.
—¡Lord Derfel! —me saludó. Venía sofocado de la subida, jadeando con todo su fornido cuerpo.
—Lord Bors —respondí con formalidad, y luego lo abracé.
—Si he de morir —declaró— que sea en mi propio bando. —Nos dijo el nombre de sus lanceros, todos britanos que habían servido a Lancelot y que habían empuñado las lanzas contra los britanos a su pesar. Se inclinaron ante Ceinwyn y luego se sentaron mientras les servían pan, hidromiel y buey en salazón. Nos contaron que Lancelot había ido hacia el norte a reunirse con Cerdic y Aelle y que en ese momento todas las fuerzas sajonas se habían concentrado en el valle al pie del cerro—. Dicen que hay más de dos mil hombres —nos informó.
—Yo cuento con menos de trescientos. —Bors sonrió.
—Pero Arturo está aquí, ¿no es cierto? —preguntó.
—No —respondí.
Bors se quedó mirándome con la boca abierta y llena de comida.
—¿No está aquí? —inquirió al fin.
—Por lo que yo sé, se encuentra en el norte, lejos de este lugar.
Tragó el bocado y juró en voz baja.
—Entonces, ¿quién está aquí? —preguntó.
—Sólo yo —dije, e indiqué la cima— y lo que ves.
Levantó un cuerno de hidromiel y bebió profusamente.
—En tal caso, supongo que moriremos —dijo con gravedad.
Bors creía que Arturo se encontraba en Mynydd Baddon. Y, según nos dijo, tanto Cerdic como Aelle lo creían también, por eso se habían dirigido al sur desde el Támesis, hasta Aquae Sulis. Los sajones, que nos habían obligado a refugiarnos allí, habían visto la enseña de Arturo en la cima de Mynydd Baddon y habían mandado noticia de su presencia a los reyes sajones, que andaban buscándolo por los confines del alto Támesis.
—Esos bellacos conocían vuestros planes —me dijo Bors— y sabían que Arturo quería luchar en las cercanías de Corinium, pero allí no lo encontraron. Y ahora quieren encontrarlo, Derfel, quieren encontrarlo antes de que Cuneglas se una a él. Piensan que acabando con Arturo, Britania entera se rendirá. —Sin embargo, Arturo, el inteligente Arturo, había dado esquinazo a Cerdic y a Aelle, y luego los reyes sajones oyeron que la enseña del oso ondeaba en un monte cerca de Aquae Sulis, motivo por el cual volvieron sus lentos ejércitos hacia el sur y enviaron órdenes a Lancelot de unir sus fuerzas a las de ellos.
—¿Tienes noticias de Culhwch? —le pregunté.
—Anda por ahí —respondió sin precisión, señalando hacia el sur—. No dimos con él. —De pronto se puso tenso y, al volverme, vi que Ginebra nos observaba. Se había despojado de sus ropas de prisionera y llevaba un corpiño de cuero, calzones de lana y botas altas: ropas de hombre, como las que solía ponerse en las partidas de caza. Más tarde supe que las había encontrado en Aquae Sulis y, aunque eran de poca calidad, conseguía imprimirles elegancia. Llevaba el collar sajón de oro al cuello, un carcaj con flechas a la espalda, un arco de cazador en la mano y un puñal en la cintura.
—Lord Bors —saludó fríamente al paladín de su antiguo amante.
—Señora. —Bors se puso en pie y le hizo una torpe reverencia.
Ginebra se fijó en el escudo, que aún llevaba la enseña de Lancelot, y arqueó una ceja.
—¿También vos os habéis cansado de él? —le preguntó.
—Soy britano, señora —respondió Bors con rigidez.
—Y muy valiente —replicó Ginebra cálidamente—. Creo que somos afortunados por contar con vos aquí. —Sus palabras eran absolutamente ciertas y Bors, que se había sentido cohibido al encontrarla allí, pareció cohibido y complacido a un tiempo. Musitó que se alegraba de verla y, completamente ruborizado, añadió que no sabía de galanterías—. ¿Debo suponer —le preguntó aún— que vuestro antiguo señor se ha unido a los sajones?
—Así es, señora.
—Entonces, ruego por que se ponga al alcance de mi arco —replicó Ginebra.
—Tal vez no, señora —dijo Bors, pues sabía que Lancelot procuraba alejarse siempre del peligro—, pero tendréis cuanto sajones queráis para matar antes de que acabe el día. Más de los que deseéis.
Y no erraba, pues en el val, donde las últimas brumas del río se evaporaban al sol, la horda sajona se reunía. Cerdic y Aelle, convencidos aún de que su mayor enemigo se encontraba atrapado en Mynydd Baddon, planeaban un asalto demoledor. No sería un ataque sutil, pues no vimos lanceros aprestándose por los flancos, sino, sencillamente, un definitivo martillazo frontal asestado con fuerza inconmensurable por la vertiente meridional de Mynydd Baddon. Cientos de guerreros iban reuniéndose para la ofensiva, y sus lanzas, en apretada formación, destellaban a las primeras luces del sol.
—¿Cuántos son? —me preguntó Ginebra.
—Demasiados, señora —contesté sin ánimo.
—La mitad del ejército —dijo Bors, y explicó a Ginebra que los reyes sajones creían que Arturo y sus mejores hombres se encontraban atrapados en la cima del cerro.
—¿De modo que los ha engañado? —preguntó Ginebra, no sin una nota de orgullo.
—O tal vez los hayamos engañado nosotros —dije sombríamente, señalando la enseña de Arturo que ondeaba irregularmente mecida por la suave brisa.
—Entonces, tenemos que vencerlos —replicó Ginebra con brío, aunque de qué forma, yo no lo sabía. Nunca me había sentido tan derrotado como en ese momento desde la noche estremecedora que hubimos de pasar atrapados en Ynys Mon, rodeados por los hombres de Diwrnach, pero aquel día contábamos con Merlín por aliado y, gracias a sus poderes mágicos, logramos salir de la trampa. Pero ya no tenía la magia de mi parte y no preveía sino una derrota segura.
Durante toda la mañana vi congregarse a los guerreros sajones entre el trigo, a sus druidas recorrer las filas bailoteando y a los cabecillas arengando a los lanceros. Los de las primeras líneas se mantenían firmes, eran soldados curtidos que habían jurado lealtad a su señor, pero el resto de la incontable muchedumbre debía de asemejarse a nuestros soldados de leva, fyrd, como decían los sajones, y ésos se extraviaban una y otra vez. Unos se dirigían al río y otros pretendían volver al campamento y, viéndolos desde nuestra altura dominante, semejaban un vasto rebaño que los pastores trataran de mantener unido. Tan pronto como un lado del ejército se reunía, el otro empezaba a desmembrarse y vuelta a empezar, y los tambores sajones no dejaban de retumbar. Utilizaban grandes troncos huecos, que golpeaban con mazos de madera para que su latir de muerte resonara desde el monte boscoso hasta el otro lado del valle. Estarían bebiendo cerveza, reuniendo el coraje necesario para subir hacia nuestras lanzas. Algunos de mis hombres se atiborraban de hidromiel. Yo les recomendaba que no lo hicieran, pero prohibir la bebida a un soldado era como prohibir ladrar a un perro, y muchos de mis hombres necesitaban el fuego que el hidromiel enciende en las entrañas, pues sabían contar tan bien como yo. Mil hombres se aprestaban contra menos de trescientos.
Bors solicitó situarse en el centro del frente con sus hombres, y me pareció justo. Le deseaba una muerte rápida, por hacha o por lanza, pues si lo apresaban con vida sufriría una agonía larga y horrorosa. Él y sus hombres habían quitado el forro de sus escudos y los habían dejado con la madera al aire; bebían hidromiel sin parar, y no era de extrañar.
Issa permanecía sobrio.
—Nos arrollarán, señor —me dijo con preocupación.
—Ciertamente —dije, y ojalá hubiera tenido algo más animoso que decir, pero en verdad estaba como paralizado a la vista del enemigo y no sabía qué hacer respecto al asalto. No dudaba que mis mejores soldados fueran capaces de luchar contra los más aventajados lanceros sajones, pero yo sólo contaba con hombres suficientes para formar una barrera de escudos de cien pasos de amplitud, y el asalto de los sajones, cuando se produjera, mediría tres veces más. Lucharíamos en el centro, mataríamos, pero el enemigo treparía por los flancos para adueñarse de la cima y masacrarnos desde atrás.
Issa sonrió brevemente. Llevaba un yelmo con cola de lobo que yo le había dado y lo había adornado con una serie de estrellas de plata. Scarach, su mujer, que esperaba un hijo, había encontrado una mata de verbena cerca de un manantial e Issa llevaba una rama en el casco con la esperanza de que le protegiera del mal. Me ofreció unas hojas, pero las rechacé.
—Guárdalas para ti —le dije.
—¿Qué vamos a hacer, señor? —me preguntó.
—No podemos escapar —dije. Había pensado en huir a la desesperada hacia norte, pero había sajones al otro lado del collado septentrional y tendríamos que luchar para subir la pendiente al encuentro de sus lanzas. Había pocas posibilidades de conseguirlo y muchas de quedar atrapados en el collado entre dos enemigos situados en terreno elevado—. Tenemos que vencerlos aquí —dije, disimulando el convencimiento de que no venceríamos jamás. Podríamos habernos enfrentado a cuatrocientos, incluso a seiscientos, pero no a los mil sajones que se preparaban al pie del cerro.
—Si tuviéramos un druida —dijo Issa y, aunque dejó morir la idea, supe con exactitud qué era lo que le irritaba. Pensaba que no era bueno ir a la batalla sin algunas oraciones. Los cristianos de nuestro bando rezaban con los brazos extendidos a los lados como su dios crucificado y me habían dicho que no necesitaban la intercesión de sacerdotes; a los paganos, por el contrario, nos gustaba oír la lluvia de maldiciones que los druidas mandaban contra el enemigo antes de la batalla. Pero no teníamos druida y su ausencia no sólo nos privaba del poder de sus maldiciones sino que parecía predecir que a partir de entonces tendríamos que luchar sin nuestros dioses, porque nos habían abandonado, irritados por haber interrumpido la ceremonia de Mai Dun.
Llamé a Pyrlig y le ordené que maldijera al enemigo. Se quedó pálido.
—Yo soy bardo, señor, no druida —arguyó.
—¿Empezaste a formarte como druida?
—Como todos los bardos, señor, pero jamás fui iniciado en sus misterios.
—Pero eso no lo saben los sajones —repliqué—. Baja el cerro, salta a la pata coja, maldice sus espíritus sucios y condénalos al estercolero de Annwn.
Pyrlig hizo cuanto pudo, pero no sabía saltar a la pata coja y tuve para mí que en sus maldiciones había más temor que vituperio. Los sajones, al verlo, enviaron a seis hechiceros para contrarrestar la magia. Los hechiceros desnudos, con el pelo lleno de pequeños amuletos mágicos y peinado en grotescas puntas tiesas impregnadas de boñiga de vaca, subieron cuesta arriba escupiendo y maldiciendo a Pyrlig, el cual empezó a recular nerviosamente ante su avance. Uno de los magos sajones llevaba un hueso humano de la cadera, con el que persiguió a Pyrlig ladera arriba; cuando percibió el miedo no disimulado de nuestro bardo, el hechicero sajón empezó a contorsionarse obscenamente. Los magos enemigos se acercaron más aún, de modo que oímos sus voces chillonas superpuestas al tronar de los tambores en el valle.
—¿Qué dicen? —preguntó Ginebra, que se había acercado a mí.
—Utilizan conjuros, señora —dije—. Suplican a sus dioses que nos llenen el corazón de temor y hagan que se nos derritan las piernas. —Volví a prestar atención a sus canturreos—. Ruegan que nos quedemos ciegos, que se nos quiebren las lanzas y se nos mellen las espadas. —El hombre del hueso de la cadera descubrió a Ginebra y se volvió hacia ella para vomitarle una larga sarta de improperios obscenos.
—¿Y ahora qué dice? —me preguntó Ginebra.
—No es preciso que lo sepáis, señora.
—Sí, Derfel, sí.
—Pues pongamos que no deseo repetíroslo.
Ginebra se rió. El hechicero, que se hallaba a sólo treinta pasos de nosotros, impulsó su entrepierna tatuada en dirección a Ginebra y agitó la cabeza con los ojos en blanco diciendo a gritos que era una bruja maldita, que sus entrañas quedarían secas como la corteza y sus pechos se tornarían amargos como la hiel; de pronto algo me restalló junto al oído y el hechicero calló. Una flecha le atravesó la garganta limpiamente, de modo que una mitad sobresalía por la nuca y la vara emplumada por debajo de la barbilla. Miró a Ginebra, gorgoteó y se le cayó el hueso de la mano. Tocó la saeta sin dejar de mirar a Ginebra y, con un estremecimiento, se derrumbó en el suelo.
—Trae muy mala suerte matar a los magos del enemigo —le dije con suave reproche.
—Ya no —replicó Ginebra en tono vengativo—, ya no. —Sacó otra flecha del carcaj y la colocó en la cuerda del arco, pero los otros cinco brujos, al ver la suerte de su compañero, echaron a correr colina abajo, fuera del alcance del arco. Corrían enfurecidos, protestando por nuestra mala fe. Tenían derecho a protestar y temí que la muerte del hechicero inflamara al enemigo de fría cólera. Ginebra quitó la flecha del arco—. Entonces, ¿qué van a hacer, Derfel? —me preguntó.
—Dentro de unos minutos esa masa inmensa de hombres subirá al cerro. Y veréis de qué guisa lo hacen. —Señalé a la formación sajona, donde todavía se empujaba y se obligaba a formar a algunos hombres—. Cien soldados en el frente, respaldados por nueve o diez en cada fila que los empujarán hacia nuestras lanzas. Podemos luchar contra los cien primeros, señora, pero nuestras filas sólo cuentan con dos o tres hombres cada una y no podremos obligarlos a recular ladera abajo. Detendremos el avance unos momentos, las barreras de escudos se enfrentarán, pero no lograremos que retrocedan y, cuando vean que todos nuestros hombres están ocupados en la línea de defensa, mandarán las filas de retaguardia a que nos envuelvan por detrás y nos derroten.
Me miraba fijamente con sus ojos verdes, con un leve gesto de burla. Era la única mujer capaz de mirarme directamente a los ojos y su mirada directa siempre me resultó inquietante. Ginebra tenía facilidad para hacer que los hombres se sintieran peleles, aunque aquel día, mientras los tambores sajones atronaban y la gran horda se disponía a subir hacia nuestras lanzas, no me deseó sino éxito en la empresa.
—¿Es decir, que hemos perdido? —preguntó con ligereza.
—Digo, señora, que ignoro si podré vencer —respondí gravemente. No sabía si reaccionar inesperadamente haciendo formar en cuña a mis hombres para que cargaran cerro abajo y hendieran profundamente la masa de sajones. Era posible que un ataque de tales características sorprendiera al enemigo, e incluso sembrara el pánico, pero había peligro de que mis hombres quedaran rodeados en la ladera y, cuando cayera el último, los sajones se abalanzaran sobre la cumbre y tomaran a nuestras familias indefensas.
Ginebra se colgó el arco al hombro.
—Podemos vencer —dijo con aplomo—, podemos ganar fácilmente. —Por un momento no tomé sus palabras en serio—. Puedo hacer añicos su coraje —dijo con más energía.
La miré y la vi pletórica de un júbilo feroz. Si aquel día iba a hacer un pelele de algún hombre, sería de Cerdic y de Aelle, no de mí.
—¿Cómo, señora?
—¿Confías en mí, Derfel? —me preguntó con la malicia retratada en la cara.
—Confío en vos, señora.
—Entonces, dame veinte hombres valientes.
Dudé. Había tenido que dejar algunos lanceros en el flanco norte del cerro, atentos a un posible asalto por el collado, y no podía permitirme perder a veinte de la defensa principal del sur, pero, aunque hubiera contado con doscientas lanzas más, sabía que la batalla estaba perdida de antemano, de modo que asentí.
—Os doy veinte hombres de la leva —le dije—, y vos me dais la victoria. —Sonrió y se alejó; llamé a Issa y le pedí que escogiera a veinte jóvenes y se los mandara a Ginebra—. ¡Nos va a dar la victoria! —le dije en voz alta para que mis hombres lo oyeran; y ellos, percibiendo una esperanza en un día harto desesperanzado, sonrieron y hasta rieron.
Sin embargo, pensé, para vencer hacía falta un milagro, o bien abundantes refuerzos. ¿Dónde estaría Culhwch? Me había pasado el día esperando columbrar sus tropas por el sur, pero en vano, y pensé que habría dado un gran rodeo en Aquae Sulis para tratar de unirse a Arturo. De ninguna otra parte podía esperar tropas aliadas, aunque en realidad, incluso con los refuerzos de Culhwch, no habríamos reunido número suficiente para detener el asalto sajón.
Se acercaba el momento. Los hechiceros habían cumplido su cometido, un grupo de jinetes sajones abandonó las filas y subió por la ladera. Pedí mi caballo a gritos, Issa puso las manos para ayudarme a montar y marché colina abajo al encuentro de los emisarios del enemigo. Podría haberme acompañado Bors, pues era lord, pero no quiso enfrentarse a los hombres de cuyo bando acababa de desertar y acudí solo.
Se acercaron nueve sajones y tres britanos, uno de los cuales era Lancelot, tan apuesto como siempre, con la blanca cota que resplandecía al sol y el yelmo de plata, adornado con dos alas de cisne que se rizaban al suave viento. Sus compañeros eran Amhar y Loholt, que cabalgaban contra su padre bajo la calavera y el pellejo humano de la enseña de Cerdic y la de mi propio padre, un gran cráneo de toro rociado de sangre fresca en honor de la nueva guerra. Cerdic y Aelle subieron el cerro acompañados por media docena de cabecillas sajones, todos fornidos, ataviados con pieles y luciendo largos bigotes que les llegaban al cinturón de la espada. El último sajón era el intérprete, que cabalgaba con escasa gracia, como todos los sajones, incluso yo mismo. Sólo Lancelot y los gemelos eran buenos jinetes.
Nos encontramos a medio camino. A los caballos no les gustaba la pendiente y se removían inquietos. Cerdic levantó la mirada hacia nuestros parapetos con el ceño fruncido. Veía las dos enseñas y una hilera erizada de puntas de lanza que asomaba por encima de la barricada improvisada, pero nada más. Aelle me saludó con una amplia sonrisa y Lancelot evitó mi mirada.
—¿Dónde está Arturo? —preguntó Cerdic por fin, imperiosamente. Me miraba con sus ojos claros, bajo un casco ribeteado de oro y macabramente coronado por la mano humana de algún britano, sin duda. El trofeo había sido ahumado al fuego, de modo que la piel estaba negruzca y los dedos agarrotados parecían garras.
—Arturo reposa, lord rey. Me ha encargado que acabe con vos mientras piensa en la forma de limpiar Britania de vuestro fétido olor. —El intérprete murmuró unas palabras al oído de Lancelot.
—¿Arturo está aquí? —preguntó Cerdic. Según el dictado de las convenciones los jefes debían parlamentar antes de comenzar la batalla y Cerdic interpretaba mi comparecencia como un insulto. Esperaba que Arturo saliera a su encuentro, en vez de un segundón.
—Señor, está aquí —contesté airosamente— y en todas partes. Merlín lo transporta por las nubes.
Cerdic escupió. Llevaba una armadura opaca, sin más pompa que la morbosa mano del penacho de su casco, con ribete de oro. Aelle, como de costumbre, iba envuelto en pieles negras, con oro en las muñecas y en el cuello y un solo cuerno de toro en el centro del casco. Era el más viejo, pero fue Cerdic, como siempre, quien llevó la voz cantante y se dirigió a mí despectivamente con una expresión astuta y malcarada.
—Más os valdría —dijo— desfilar ladera abajo y dejar las armas en el suelo. Sacrificaríamos a unos pocos como tributo a los dioses y esclavizaríamos al resto, pero tienes que entregarnos a la mujer que mató a nuestro hechicero. A ella la mataremos.
—Lo mató porque así se lo ordené —dije— en pago por la barba de Merlín. —Había sido Cerdic quien cortara de un tajo un mechón de la barba a Merlín, ofensa que yo no tenía intención de perdonar.
—En tal caso, te mataremos a ti —dijo Cerdic.
—Ya lo intentó Liofa en una ocasión —dije para aguijonearlo—, y ayer Wulfger quiso arrebatarme el espíritu, sin embargo es él quien se halla en la pocilga de sus antecesores en este momento.
—No te mataremos, Derfel —terció entonces Aelle, con voz ronca—, siempre y cuando te rindas. —Cerdic inició una protesta, pero Aelle lo hizo callar con un gesto brusco de la maltrecha mano diestra—. A él no lo mataremos —insistió—. ¿Entregaste el anillo a tu mujer? —me preguntó.
—Lo lleva puesto, lord rey —dije, señalando a la cima del cerro.
—¿Está ahí? —preguntó sorprendido.
—Con vuestras nietas.
—Déjame verlas —dijo Aelle. Cerdic volvió a protestar. Estaba allí para ultimar los requisitos previos a la matanza, no para presenciar una feliz reunión familiar, pero Aelle hizo caso omiso de sus protestas—. Quiero verlas una vez —me dijo, y me volví hacia la cima para llamarlas.
Un momento después apareció Ceinwyn con Morwenna de una mano y Seren de la otra. Vacilaron en lo alto de la muralla y luego saltaron con delicadeza a la hierba. Ceinwyn llevaba un sencillo vestido de lino, pero su cabello brillaba como el oro a la luz del sol de primavera y, una vez más, me pareció que poseía una belleza mágica. Se me hizo un nudo en la garganta y se me llenaron los ojos de lágrimas cuando la vi bajar, ligera, por la ladera. Seren parecía nerviosa, pero Morwenna avanzaba con un gesto de desafío en la cara. Se detuvieron al lado de mi montura y alzaron el rostro hacia los reyes sajones. Ceinwyn y Lancelot intercambiaron una mirada y mi mujer escupió deliberadamente en la hierba para conjurar su nefasta presencia.
Cerdic fingió indiferencia, pero Aelle bajó con poca agilidad de su gastada silla de cuero.
—Diles que me alegro de conocerlas —me pidió—, y dime cómo se llaman las niñas.
—La mayor es Morwenna —dije—, y la menor, Seren, que quiere decir estrella. —Miré a mis hijas—. Este rey —les dije en britano— es vuestro abuelo.
Aelle rebuscó entre sus pieles negras y sacó dos monedas de oro. Dio una a cada niña y luego miró a Ceinwyn sin pronunciar palabra. Ella comprendió lo que quería y, tras soltar las manos de las niñas, se acercó a él y se dejó abrazar. Seguro que Aelle atufaba, pues tenía las pieles grasientas y sucias, pero Ceinwyn no se inmutó. Cuando la hubo besado, Aelle dio un paso atrás, le besó la mano y sonrió al ver el fragmento de ágata verde azulado engarzado en el anillo de oro.
—Dile que le perdonaré la vida, Derfel.
Así se lo dije, y ella sonrió.
—Dile que mejor sería si se volviera a su tierra —replicó—, y que nos alegraríamos mucho de ir allí a visitarlo.
Aelle sonrió al escuchar la traducción, pero Cerdic frunció el ceño.
—¡Esta tierra es nuestra! —declaró; mientras Cerdic hablaba, su caballo pateó el suelo y las ponzoñosas palabras hicieron retroceder a mis hijas.
—Diles que se vayan —me dijo Aelle—, pues debemos hablar de la guerra. —Se quedó mirándolas mientras subían la empinada colina—. Tienes el gusto de tu padre por la mujeres hermosas —comentó.
—Y el gusto britano por el suicidio —remató Cerdic—. Se te garantiza la vida —prosiguió—, pero sólo si bajas el cerro ahora y abandonas las lanzas en el camino.
—Abandonaré las lanzas en el camino, lord rey, con vuestro cuerpo ensartado en ellas.
—Maúllas como un gato —dijo Cerdic con desdén. Luego miró más allá de donde yo estaba y su expresión se agravó, me volví y vi a Ginebra encaramada en la muralla. Parecía muy alta y de largas piernas con las ropas de cazador, con su mata abundante de pelo rojo y con el arco al hombro cual diosa de la guerra. Cerdic debió de reconocer en ella a la mujer que había matado a su hechicero—. ¿Quién es? —inquirió con fiereza.
—Pregunta a tu perro faldero —contesté, señalando a Lancelot, y luego, sospechando que el intérprete no había traducido mis palabras literalmente, las repetí en lengua britana. Lancelot no se inmutó.
—Ginebra —dijo Amhar al intérprete de Cerdic—, la ramera de mi padre —añadió con una fea mueca.
Yo había dicho cosas peores de Ginebra en un tiempo, pero faltóme paciencia para escuchar la burla de Amhar. No profesaba afecto alguno a la princesa, pues la encontraba arrogante, testaruda, inteligente y burlona en exceso para ser una buena compañía; mas durante los últimos días se había despertado mi admiración por ella y, súbitamente, me oí a mí mismo escupiendo insultos a Amhar. Ahora no recuerdo lo que dije, sólo que la rabia impregnaba mis palabras de una perversidad viperina. Debí de llamarlo lombriz, traidor inmundo, criatura sin honor, rapaz que acabaría ensartado en la espada de un hombre antes de la puesta del sol… Le escupí, le maldije, le hice bajar por la ladera, a la vez que a su hermano, cubriéndolo de insultos, y después me dirigí a Lancelot.
—Vuestro primo Bors os manda recuerdos —le dije— y promete sacaros las tripas por la boca, y rogad por que así sea, pues si caéis en mis manos vuestro espíritu gemirá.
Lancelot escupió pero no se molestó en responder. Cerdic se divirtió con la confrontación.
—Disponéis de una hora para bajar y postraros ante mí —concluyó—, de lo contrario vendremos a mataros. —Volvió grupas y espoleó al caballo cuesta abajo. Lo siguieron Lancelot y los demás y Aelle quedó solo junto a su caballo.
Me dedicó una media sonrisa casi abierta.
—Al parecer, tenemos que enfrentarnos, hijo mío.
—Eso parece.
—¿Es cierto que Arturo no se encuentra aquí?
—¿Para eso habéis venido, lord rey? —pregunté a mi vez, sin responder a su pregunta.
—Si acabamos con Arturo —dijo llanamente— la guerra estará ganada.
—Primero tenéis que matarme a mí, padre.
—¿Crees que no lo haría? —me preguntó secamente, y luego me tendió la mano mutilada. Le di un breve apretón y vi cómo descendía la pendiente con el caballo por las riendas.
Issa me recibió con una mirada inquisitiva.
—Hemos ganado la batalla de las palabras —dije con severidad.
—Un buen comienzo, señor —replicó con ligereza.
—Pero ellos pondrán el punto final —repliqué en voz baja, y me volví a mirar a los reyes, que se reunían con sus hombres nuevamente. Los tambores redoblaron. El último sajón había tomado posiciones en la densa masa humana que ascendería con la intención de pasarnos por las armas y, a menos que Ginebra fuera de verdad una diosa de la guerra, yo no sabía cómo impedir la derrota.
Los sajones avanzaban torpemente al principio porque los matorrales que rodeaban los campos y llegaban al pie del cerro rompían su cuidada formación. El sol se hundía por el oeste, los preparativos del ataque habían durado el día entero, pero ya los teníamos encima y los cuernos de carnero anunciaban la alarma estruendosamente mientras los lanceros enemigos destrozaban los matorrales y cruzaban los pequeños campos.
Mis hombres empezaron a cantar. Siempre cantábamos antes de la batalla y aquel día, como siempre antes de las grandes batallas, entonamos la canción de guerra de Beli Mawr. ¡Cómo mueve a los hombres ese himno clamoroso! Habla de matanzas, de trigo ensangrentado, de cuerpos despedazados hasta los huesos y de enemigos arreados como reses al matadero. Describe montañas aplastadas bajo las botas de Beli Mawr y presume de las viudas que su espada deja tras de sí. Cada verso de la canción termina con un aullido triunfal, y el ánimo de los que cantaban me arrancó lágrimas.
Desmonté y me situé en mi lugar, en primera línea, cerca de Bors, que se encontraba bajo nuestras dos enseñas. Cerré los protectores de las mejillas, tenía el escudo ceñido con fuerza al brazo izquierdo y notaba el peso de la lanza en la derecha. Las potentes voces se inflamaban en derredor, mas yo no cantaba porque tenía el corazón emponzoñado de malos presagios. Sabía lo que iba a suceder. Lucharíamos un tiempo en la barrera de escudos, pero después los sajones abrirían brecha entre los frágiles parapetos de espino por nuestros dos flancos y sus lanzas nos atacarían desde atrás; seríamos reducidos uno a uno, el enemigo se burlaría de nuestra muerte y el último en expirar presenciaría la violación de la primera de nuestras mujeres; sin embargo, nada podíamos hacer por impedirlo y por eso los lanceros cantaban y algunos bailaban la danza de la muerte en lo alto de la muralla donde no había barricada de espinos. Habíamos dejado la parte central de la muralla limpia de espinos con la débil esperanza de tentar al enemigo a acudir a nuestras lanzas en vez de rebasarnos por los flancos.
Los sajones salvaron el último matorral y comenzaron la larga subida de la limpia ladera. Sus mejores guerreros iban en primera fila y vi cuán apretados estaban sus escudos, cuán densa era la maraña de lanzas y cuánto refulgían sus hachas. No vi rastro de los hombres de Lancelot; al parecer la matanza había sido encomendada a los sajones exclusivamente. Los hechiceros abrían la marcha impelidos por los cuernos de carnero y, por encima de sus cabeza ondeaban las calaveras ensangrentadas de sus reyes. En primera fila avanzaban también algunos perros atados con correa, que serían soltados a pocos metros de nuestra línea. Mi padre iba en la primera fila y Cerdic cabalgaba tras la multitud de sajones.
Avanzaban muy despacio. La ladera era empinada, las armas pesaban y no tenían necesidad de abalanzarse a la matanza. Sabían que sería un enfrentamiento encarnizado, aunque breve. Llegarían formando una apretada barrera de escudos y, una vez en la muralla, sus escudos chocarían contra los nuestros e intentarían hacernos recular a empujones. Sus hachas silbarían sobre el borde de nuestros escudos, sus lanzas clavarían, pincharían y cornearían. Se oirían gruñidos, aullidos y gritos, hombres gimiendo y agonizando, pero el enemigo era mucho más numeroso y, finalmente, nos envolvería por los lados y sería la muerte de mis colas de lobo.
Mientras tanto, mis colas de lobo cantaban tratando de ahogar el áspero sonido de los cuernos y el redoble incesante de los tambores de madera. Los sajones seguían aproximándose con esfuerzo. Ya distinguíamos las insignias de los redondos escudos: caras de lobo para los hombres de Cerdic, toros para los de Aelle y, en medio, los escudos de sus señores de la guerra: halcones, águilas y un caballo haciendo una cabriola. Los perros tiraban de las correas, ansiosos por abrir huecos en nuestra barrera. Los hechiceros nos gritaban. Uno agitaba un racimo de costillas y otro escarbaba la tierra a cuatro patas como un perro, ladrándonos maldiciones.
Yo esperaba en el ángulo meridional de la muralla de la cima, que sobresalía como la proa de una nave sobre el valle. Allí, en el centro, empezarían a atacar los sajones. Había barajado la posibilidad de dejar que se acercaran y, en el último momento, retroceder a toda prisa para formar un anillo de escudos alrededor de las mujeres. Sin embargo, si retrocedía cedería la cima llana como campo de batalla y renunciaría a la ventaja del terreno más alto. Era preferible que mis hombres mataran a cuantos enemigos pudieran hasta que nos arrasaran.
Procuraba no pensar en Ceinwyn. No le había dado un beso de despedida, ni a mis hijas, y tal vez sobrevivieran. Tal vez, en medio del horror, algún lancero de Aelle reconociera el pequeño anillo y las llevaría, sanas y salvas, ante su rey.
Mis hombres empezaron a golpear los escudos con las lanzas. Todavía no era necesario trabar los escudos, tal maniobra podía relegarse hasta el último momento. Los sajones levantaron la mirada cuando el estruendo les hirió los oídos. Ninguno se adelantó a arrojar la lanza, la empinada cuesta no lo permitía, pero uno de los perros de guerra rompió la correa y se acercó trotando ligero ladera arriba. Eirrlyn, uno de mis cazadores, lo atravesó con una flecha y el perro empezó a aullar y a correr en círculos con la vara de la flecha colgando por el vientre. Los dos cazadores dispararon a los otros perros y los sajones optaron por esconderlos tras la barrera de escudos para protegerlos. Los hechiceros salieron en desbandada hacia los flancos sabiendo que la batalla estaba a punto de empezar. Una flecha golpeó un escudo enemigo, otra rebotó en un casco. Ya faltaba menos. Cien pasos. Me humedecí los labios resecos, con un parpadeo me sacudí el sudor que me entraba en los ojos y fijé la vista en los feroces rostros barbudos. El enemigo gritaba, pero no recuerdo haber oído voces, sólo sonido de cuernos, redoble de tambores, pisotones de botas en la hierba, golpeteo de vainas contra armaduras y el estridente roce de escudos.
—¡Abrid paso! —ordenó Ginebra jubilosamente a nuestras espaldas—. ¡Abrid paso! —repitió.
Me volví; sus veinte hombres empujaban dos carretas hacia la muralla. Las carretas de bueyes eran vehículos lentos y pesados, con macizos discos de madera por ruedas, y Ginebra había añadido al peso, tremendo de por sí, dos armas más. Había desmontado, de ambas carretas, las varas donde se enganchaba el tiro y las había reemplazado por lanzas; además, en vez de la carga de vituallas transportaban matorrales de espino ardiendo. Había convertido los carros en un par de proyectiles incendiarios impresionantes que pretendía mandar rodando ladera abajo contra las prietas filas enemigas, y detrás de los carros, deseosas de ver el caos, se agolpaban las mujeres y los niños, cual enjambre, presas de excitación.
—¡Apartaos! —grité a mis hombres—. ¡Apartaos! —El canto cesó y se apartaron inmediatamente todos a una dejando indefensa la parte central de las murallas. Los sajones estaban sólo a setenta u ochenta pasos de nosotros y, viendo que rompíamos la barrera de escudos, barruntaron la victoria y apuraron el paso.
Ginebra gritó a sus hombres que se apresurasen y otro puñado de lanceros corrió a sumar su peso a la parte de atrás de los carros humeantes.
—¡Vamos! —gritó Ginebra—. ¡Vamos! —Los hombres resoplaban empujando y tirando, y los carros avanzaban más deprisa—. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! —gritaba Ginebra, y más hombres se apiñaron tras los pesados carros empujándolos por el terraplén, último vestigio de la antigua fortificación. Por un instante creí que el pequeño lomo de tierra nos vencería, pues ambas carretas dejaron de rodar paulatinamente hasta detenerse por completo, y la densa humareda que despedían envolvió a los hombres asfixiándolos, pero Ginebra siguió animándolos y ellos rechinaron los dientes en el último gran esfuerzo por aupar los carros hasta el otro lado del terraplén.
—¡Empujad! —gritó Ginebra—. ¡Empujad! —Los carros vacilaron en lo alto del terraplén y luego empezaron a inclinarse hacia adelante a medida que los hombres empujaban desde abajo—. ¡Ya! —gritó Ginebra, y de pronto, nada podía detener las carretas, pues sólo había una pronunciada pendiente y la masa del enemigo. Los que empujaban se alejaron tambaleándose, exhaustos tras el esfuerzo, mientras las dos carretas en llamas empezaban a rodar ladera abajo.
Al principio rodaban despacio, pero enseguida tomaron velocidad y empezaron a dar trompicones en las irregularidades del suelo, de modo que por los lados iban derramándose ardientes teas. La pendiente se hizo más pronunciada y los dos impresionantes proyectiles volaban ladera abajo; dos enormes cargas de madera y fuego bajaban estrepitosamente hacia la sobrecogida formación sajona.
Los sajones no tenían escapatoria. Las filas eran compactas y los hombres no podían huir de las carretas, las cuales se precipitaban atinadamente, envueltas en humo y llamas, hacia el centro mismo del ejército enemigo.
—¡A cerrar! —grité a mis hombres—. ¡Rehaced la barrera! ¡Rehaced la barrera!
Cerramos la formación en el momento en que las carretas alcanzaban la diana. El frente enemigo quedó paralizado, algunos hombres trataban de escapar pero no había salida para los que se hallaban en la trayectoria de las carretas. Oí gritos cuando las lanzas encajadas en la parte delantera de los carros se clavaron en la masa humana; después, una de las carretas, al chocar contra los caídos, alzó el morro, pero siguió adelante aplastando hombres a su paso, quemándolos, derribándolos. Un escudo se partió en dos bajo el peso de una rueda. La otra carreta entró en colisión con la línea sajona y viró. Se mantuvo sobre dos ruedas un momento y luego cayó de lado derramando un río de fuego sobre las filas del enemigo. Donde antes hubiera una multitud compacta y disciplinada no quedó sino confusión, temor, pánico… Cundió el caos incluso entre los que no fueron arrollados directamente por las carretas, pues el impacto de los vehículos estremeció y quebrantó las ordenadas filas.
—¡A la carga! —grité—. ¡Adelante!
Salté del terraplén con un grito de guerra. No tenía intención de seguir a las carretas ladera abajo, pero fue tal la destrucción que sembraron y el horror que infundieron al enemigo que me pareció el momento de aumentarlo.
Bajamos corriendo, gritando. Eran gritos de victoria, apropiados para infundir pavor en un enemigo casi derrotado. Los sajones nos superaban en número todavía, pero habían roto la barrera de escudos, estaban sin resuello y nosotros los asaltamos desde las alturas como furias vengativas. Dejé la lanza clavada en el vientre de un hombre, desenvainé a Hywelbane cual látigo y empecé a segar en derredor como si de heno se tratara. En semejantes batallas no hay cálculo, no hay táctica, sólo un placer desbordante por dominar al enemigo, por matar, por ver el miedo en sus ojos y provocar la desbandada de las filas de retaguardia. Yo gritaba entusiasmado, de forma enloquecedora, disfrutando de la carnicería, y a mi lado, mis colas de lobo despedazaban, acuchillaban y se reían de un enemigo que se había jactado de que terminaría la jornada bailando sobre nuestros cadáveres.
Y aún habrían podido vencernos, pues eran numerosísimos, mas ardua es la tarea de luchar desde una barrera de escudos deshecha, y cuesta arriba por demás; nuestro súbito ataque terminó de destrozarles el ánimo. Por otra parte, la mayor parte de los sajones había bebido en exceso. Los borrachos luchan bien cuando les favorece la victoria, pero en la derrota se amilanan pronto y, aunque Cerdic trataba de retenerlos en la batalla, los lanceros huyeron despavoridos. Algunos de mis jóvenes bisoños sintieron la tentación de perseguirlos más allá, y un puñado cedió a la tentación; se alejaron más de lo conveniente y pagaron su temeridad. Grité al resto que permanecieran donde estaban. Casi todos los enemigos lograron escapar, pero habíamos vencido y para demostrarlo pisoteamos la sangre sajona en un campo sembrado de muertos, heridos y armas. La carreta que había volcado ardía en la ladera, un sajón aullaba, atrapado bajo su peso, y la otra siguió rodando hasta estrellarse contra un matorral, al pie del cerro.
Algunas mujeres bajaron a hacerse con un botín despojando a los muertos y a rematar a los heridos. Ni Cerdic ni Aelle se hallaban entre los abandonados en la ladera, pero sí un gran caudillo cargado de oro y con una espada de pomo decorado con oro y funda de cuero blando y fino repujado de plata; tomé el cinturón y la espada del muerto y se los presenté a Ginebra. Me arrodillé ante ella, cosa que no había hecho jamás.
—Vuestra es la victoria, señora —dije—, vuestra solamente —y le ofrecí la espada.
Se la ciñó y me ayudó a levantarme.
—Gracias, Derfel —dijo.
—Es una buena espada —dije.
—No te agradezco la espada, sino la confianza que has puesto en mí. Siempre he sabido que era apta para la lucha.
—Mucho más que yo, señora —dije atribulado. ¿Por qué no se me había ocurrido a mí utilizar las carretas?
—¡Mucho más que ellos! —replicó Ginebra, refiriéndose a los sajones vencidos. Sonrió—. Y mañana lo repetiremos.
Los sajones no volvieron aquel atardecer. El crepúsculo fue delicioso, suave y luminoso. Mis centinelas recorrían el muro a medida que las fogatas sajonas iban encendiéndose entre las sombras crecientes del val. Cenamos y, después de la comida, hablé con Scarach, la mujer de Issa; ella llamó a unas cuantas mujeres y entre todas reunieron varias agujas, cuchillos e hilo. Les proporcioné mantos recogidos entre los sajones caídos y ellas trabajaron a las últimas luces del día y durante toda la noche a luz de nuestras hogueras.
Y así, por la mañana, cuando Ginebra se despertó, había tres enseñas en el frente meridional de la fortificación de Mynydd Baddon: el oso de Arturo, la estrella de Ceinwyn y, en el centro, en el lugar de honor, como convenía a un victorioso señor de la guerra, la enseña de Ginebra, el ciervo coronado por la luna. El viento del alba la hizo ondear, ella la vio y yo la vi sonreír.
Entre tanto, abajo, los sajones reunían sus lanzas nuevamente.