3

Mai Dun es un cerro alto situado al sur de Durnovaria y en algún tiempo debió de ser la más inexpugnable fortaleza de Britania. La cima es ancha, ligeramente abovedada, y se extiende hacia levante y poniente rodeada por tres inmensos muros de turba muy escarpados, erigidos sin duda por el pueblo antiguo. Nadie sabe cuándo ni cómo fue construida, y algunos creen que los mismos dioses debieron de cavar los cimientos, pues los muros son tan elevados y los fosos tan profundos que no parecen obra humana, aunque, ni la altura de las murallas ni la profundidad de los fosos evitó que los romanos la tomaran y pasaran a espada a la guarnición. Desde aquel día, la fortaleza de Mai Dun ha permanecido vacía, a excepción de un pequeño templo dedicado a Mitra que los romanos victoriosos erigieron en el extremo oriental de la pradera de la cumbre. En verano, la vieja fortaleza es un lugar delicioso donde pastan las ovejas entre los escabrosos muros, revolotean las mariposas por la hierba y crecen el tomillo y las orquídeas; sin embargo, a finales de otoño, cuando la noche se cierra temprano y las lluvias barren Dumnonia desde poniente, la cima es una altura desnuda y helada que el viento azota crudamente.

El sendero principal lleva a la laberíntica cancela occidental y, cuando subí por allí portando a Excalibur para Merlín, el suelo estaba resbaladizo. Al mismo tiempo que yo subía un grupo de aldeanos. Algunos acarreaban grandes brazadas de leña a la espalda, otros acarreaban pellejos de agua potable y unos cuantos obligaban a avanzar a los bueyes que arrastraban grandes troncos o trineos repletos de ramas cortadas. Los bueyes sangraban por los costados y tiraban de la carga esforzadamente por la empinada y traicionera subida, desde la cual se divisaba en lo alto, entre la hierba de la muralla exterior, una guardia de lanceros. La presencia de hombres armados confirmaba lo que me habían contado en Durnovaria, que Merlín había cerrado Mai Dun a todos excepto a los que iban a trabajar.

Dos lanceros estaban apostados a la puerta. Ambos eran guerreros irlandeses de los Escudos Negros, contratados a Oengus mac Airem, y me pregunté qué parte de su fortuna estaría gastándose Merlín en disponer ese pastizal desolado para la llegada de los dioses. Los hombres se dieron cuenta de que yo no iba a trabajar a Mai Dun y bajaron a mi encuentro.

—¿Tenéis asuntos que resolver aquí, señor? —me preguntó uno de ellos respetuosamente. Yo no llevaba armadura, pero sí a Hywelbane, cuya vaina me delataba como persona de rango.

—Tengo asuntos con Merlín —dije.

Los Escudos Negros no se apartaron.

—Señor, aquí llega mucha gente que dice tener asuntos con Merlín. Pero ¿acaso lord Merlín tiene asuntos con ellos?

—Dile que lord Derfel le trae el último tesoro —dije, tratando de impresionarlos con mis palabras, pero en vano. El más joven de los Escudos Negros subió con el mensaje y el mayor se quedó charlando conmigo. Como la mayoría de los lanceros de Oengus, parecía un rufián alegre. Los Escudos Negros procedían de Demetia, un reino que Oengus había instaurado en la costa occidental de Britania, pero, aunque fueran invasores, no los odiábamos tanto como a los sajones. Los irlandeses luchaban contra nosotros, nos saqueaban, nos esclavizaban y nos robaban la tierra, pero hablaban una lengua semejante a la nuestra, sus dioses eran los mismos que los nuestros y, cuando no estábamos en guerra, se mezclaban fácilmente con los nativos britanos. Algunos, como el propio Oengus, parecían más britanos que irlandeses, pues su Irlanda nativa, que siempre se jactaba de no haber sufrido jamás la invasión de los romanos, había sucumbido finalmente a una religión romana. Los irlandeses adoptaron el cristianismo, pero los señores de allende el mar, reyes irlandeses como el mismo Oengus que se habían apoderado de tierras en Britania, continuaban aferrados a los dioses antiguos; por tal motivo pensaba yo que la siguiente primavera esos lanceros Escudos Negros sin duda defenderían a Britania de los sajones, a menos que los ritos de Merlín hicieran acudir a los dioses a rescatarnos.

Fue el joven príncipe Gawain quien salió a recibirme desde la cima. Bajó por el camino con su armadura encalada, aunque su esplendor quedó empañado cuando resbaló en un charco de barro y descendió unos metros rebotando sobre el culo.

—¡Lord Derfel! —me llamó, una vez se hubo puesto de pie—. ¡Lord Derfel! Venid, venid. Sed bienvenido. —Me acogió con una amplia sonrisa—. ¿No es acaso lo más emocionante? —me preguntó.

—Aún no lo sé, lord príncipe.

—¡Un triunfo! —exclamó entusiasmado, sorteando con cuidado el charco de barro que le había hecho caer—. ¡Una gran obra! Roguemos por que no sea en vano.

—Toda Britania ruega por ello —dije—, excepto los cristianos, quizás.

—Dentro de tres días, lord Derfel —me aseguró—, no habrá más cristianos en Britania, pues todos habrán visto a los dioses verdaderos. Siempre y cuando —añadió con ansiedad— no llueva. —Miró a las sombrías nubes y de repente pareció que fuera a echarse a llorar.

—¿No llueva? —pregunté.

—O tal vez sea la nube lo que nos niegue a los dioses. La lluvia o la nube, no estoy seguro, y Merlín está impaciente. No lo dice, pero creo que la lluvia es el enemigo, o tal vez la nube. —Hizo una pausa, seguía pesaroso—. O ambas cosas, quizá. He preguntado a Nimue, pero no soy de su agrado —dijo afligido—, de modo que no lo sé con certeza, pero yo suplico a dioses que nos concedan cielos despejados. Últimamente ha habido muchas nubes, muchas nubes, y sospecho que los cristianos ruegan por que llueva. ¿Es cierto que traéis a Excalibur?

Desenvolví la espada envainada y se la ofrecí por el pomo. Tardó un poco en atreverse a tocarla, pero al final la sacó con cautela de la vaina. Se quedó mirando la hoja reverentemente y luego rozó con un dedo las volutas labradas y los dragones grabados que la decoraban.

—¡Forjada en el otro mundo! —dijo en tono de admiración—. ¡Por el propio Gofannon!

—Mejor diríais forjada en Irlanda —repliqué sin piedad, pues la juventud y la credulidad de Gawain me impelían a minar su piadosa inocencia.

—No, señor —me aseguró, plenamente convencido—, fue hecha en el otro mundo. —Me devolvió a Excalibur—. Venid, señor —me apremió, pero volvió a resbalar en el barro y dio unos traspiés para no perder el equilibrio. Su blanca armadura, tan impresionante en la distancia, estaba muy gastada. La cal estaba salpicada de barro y empezaba a despintarse, pero el joven príncipe poseía una inquebrantable confianza en sí mismo que le salvaba de parecer ridículo. Llevaba el largo cabello rubio recogido en una trenza floja que le llegaba donde la espalda pierde su ilustre nombre. Mientras íbamos por el pasaje de la entrada, que se retorcía entre las altas lomas de hierba, pregunté a Gawain cómo había conocido a Merlín.

—¡Oh, conozco a Merlín de toda la vida! —replicó el príncipe risueñamente—. Iba a la corte de mi padre, ¿sabéis?, aunque últimamente no tanto, pero cuando yo era pequeño siempre estaba allí. Era mi maestro.

—¿Vuestro maestro? —repetí sorprendido, pues lo estaba; pero Merlín siempre actuaba misteriosamente y nunca me había hablado de Gawain.

—No me enseñaba letras —puntualizó Gawain—, de eso se encargaban las mujeres. Merlín me iniciaba en los misterios de mi destino. —Sonrió pudorosamente—. Me enseñó a conservarme puro.

—¡Puro! —Lo miré con curiosidad—. ¿Nada de mujeres?

—Ni una, señor —admitió con inocencia—. Así lo exige Merlín. Bueno, ninguna por ahora, aunque luego sí, naturalmente. —Calló de pronto, ruborizado.

—No me extraña que ruegues por que haya cielos despejados.

—¡No, señor, no! —protestó Gawain—. ¡Suplico cielos despejados para que los dioses acudan! Y cuando acudan, traerán a Olwen de Plata con ellos. —Volvió a sonrojarse.

—¿Olwen de Plata?

—¡La visteis en Lindinis, señor! —Su hermoso rostro casi parecía etéreo—. Su paso es más ligero que los suspiros del aire, su piel brilla en la oscuridad y por donde pisa nacen flores.

—¿Y ella ha de ser tu destino? —pregunté conteniendo una mala punzada de celos al pensar que aquel grácil espíritu luminoso estuviera reservado a Gawain.

—La desposaré cuando haya concluido la tarea —dijo con orgullo—, aunque de momento mi deber es custodiar los tesoros; pero dentro de tres días recibiré a los dioses y los llevaré contra el enemigo. Me convertiré en el libertador de Britania. —Pronunció tan desorbitado alarde con mucha calma, como si fuera una encomienda común. No dije nada, simplemente lo seguí en silencio hasta el otro lado del hondo foso que se abría entre los muros medio e interior de Mai Dun, y vi que en el fondo de la trinchera había varios refugios provisionales de ramas y paja—. Dentro de dos días —Gawain se dio cuenta de lo que miraba— derribaremos esos refugios y los echaremos a las hogueras.

—¿A las hogueras?

—Ya lo veréis, señor, ya lo veréis.

Al principio, al llegar a la cima, no entendía lo que veía. La cima de Mai Dun es un espacio alargado y herboso donde podría refugiarse, en tiempos de guerra, una tribu entera con todo el ganado, pero en esos momentos el extremo occidental del cerro era un entramado de setos secos dispuestos en complicado laberinto.

—¡Allí! —dijo Gawain ufanamente, señalando hacia los setos como si los hubiera plantado él mismo.

La gente que transportaba leña se dirigía a uno de los setos más próximos, donde depositaban la carga y volvían a marchar en busca de más. Entonces vi que los setos eran en realidad grandes amontonamientos de madera que iban apilando para hacer una hoguera. Cada pila era más alta que un hombre, y al parecer había kilómetros de pilas, pero no comprendí la disposición de la leña hasta que Gawain me llevó a lo alto de la muralla interior.

Los montones ocupaban toda la parte occidental de la planicie y en el centro había cinco montones de leña dispuestos en círculo en torno a un espacio vacío de unos seis o siete pasos de amplitud. El amplio espacio estaba rodeado por una espiral de setos que describía tres vueltas completas, de modo que toda la espiral, con el centro incluido, tendría en total más de ciento cincuenta pasos de anchura. Fuera de la espiral había otro círculo de hierba vacío rodeado por un anillo de seis espirales dobles; cada una nacía de un espacio circular e iba desenroscándose hasta enroscarse en la siguiente, de modo que el complicado anillo exterior estaba formado por doce espacios rodeados de fuego. Las espirales dobles se tocaban formando una muralla de fuego alrededor de toda la impresionante disposición.

—Doce círculos pequeños —pregunté a Gawain—, ¿para trece tesoros?

—Señor, la olla ocupará el centro —dijo con absoluto respeto y temor.

Tratábase de una obra magna. Los setos eran altos, cumplidamente más que un hombre, y estaban atestados de leña; ciertamente, en aquella cima debía de haber madera para abastecer todos los fuegos de Durnovaria durante nueve o diez inviernos. Las dobles espirales del ala occidental de la fortaleza aún no estaban terminadas y vi a los hombres pisoteando la leña a conciencia para que no ardiese brevemente, sino larga y vivamente. Entre la leña amontonada y apisonada había troncos enteros aguardando las llamas. Me imaginé una hoguera digna de señalar el fin del mundo.

Y supuse que, en cierto modo, tal sería su propósito. Iba a producirse el fin del mundo que conocíamos, pues si Merlín no erraba, los dioses de Britania acudirían a aquel lugar elevado. Los dioses menores se situarían en los círculos menores del ruedo exterior, mientras que Bel descendería sobre la ardiente pira de Mai Dun donde le aguardaría la olla. Bel el Grande, el dios de los dioses, el Señor de Britania, llegaría cabalgando en un viento imperioso, derramando estrellas a su paso como derrama el vendaval las hojas de otoño. Y allí, donde las cinco hogueras menores señalaran el centro de los corros de fuego de Merlín, Bel posaría el pie nuevamente en Ynys Prydain, la isla de Britania. La piel se me enfrió de pronto. Hasta ese momento no me había hecho a la idea de la magnitud del sueño de Merlín, y en ese momento me desbordó. Dentro de tres días, tres días solamente, los dioses estarían allí.

—Tenemos a más de cien personas trabajando en las hogueras —me dijo Gawain entusiasmado.

—Lo creo.

—Y hemos señalado las espirales —añadió— con cuerda mágica.

—¿Con qué?

—Una cuerda, señor, tejida con pelo de virgen, que apenas tenía la anchura de un mechón. Nimue se situó en el centro y yo recorrí la circunferencia, y mi señor Merlín iba dejando en mis huellas piedras de elfo. Las espirales habían de ser perfectas. Tardamos una semana en hacerlo, pues la cuerda se rompía sin cesar y, cada vez que esto sucedía, teníamos que empezar de nuevo.

—Tal vez no fuera cuerda mágica, a fin de cuentas, lord príncipe —bromeé.

—Sí que lo era, señor —afirmó Gawain—; el pelo era mío.

—Y, ¿la víspera de Samain, encenderéis el fuego y esperaréis?

—Las hogueras deben arder tres horas por tres, señor, y a la hora sexta comenzamos la ceremonia. —Y luego, en algún momento, la noche sería el día, el cielo se llenaría de fuego y el aire, lleno de humo, se agitaría caóticamente con el batir de alas de los dioses.

Gawain me llevó por el muro norte de la fortaleza y señaló hacia el pequeño templo de Mitra, que se levantaba al este de los corros de leña.

—Aguardad aquí, señor —me dijo—, que voy a buscar a Merlín.

—¿Está lejos? —le pregunté, pensando que se encontraría en uno de los refugios provisionales construidos en el ala oriental de la planicie.

—No sé con certeza dónde estará —confesó Gawain—, pero sé que fue a buscar a Anbarr y creo que sé dónde encontrarlo.

—¿Anbarr? —pregunté. Sólo había oído ese nombre en cuentos en los que aparecía como caballo mágico. Un semental salvaje del que se decía que galopaba tan raudo por las aguas como por la tierra.

—Cabalgaré junto a los dioses a lomos del caballo mágico —dijo Gawain satisfecho— portando mi estandarte contra el enemigo. —Señaló hacia el templo, en cuyo bajo tejado se apoyaba una enseña, dejada allí sin ceremonia alguna—. La enseña de Britania —añadió Gawain y me llevó hacia el templo, donde la desplegó. Era una gran pieza cuadrada de lino blanco con el rampante dragón rojo de Dumnonia bordado en el centro. La bestia era todo zarpas, cola y fuego—. En realidad, es la enseña de Dumnonia —dijo Gawain un tanto azorado—, pero no creo que a los demás reyes britanos les importe, ¿verdad?

—No si empujáis a los sais al mar.

—Esa es mi misión, señor —replicó Gawain solemnemente—. Con la ayuda de los dioses, claro está, y de esto —añadió, tocando a Excalibur, la cual llevaba yo bajo el brazo.

—¡Excalibur! —exclamé asombrado, pues no podía imaginarme sino a Arturo esgrimiendo la espada mágica.

—¿Con qué otra podría ser? —preguntó Gawain—. Soy el designado para llevar a Excalibur, cabalgar a lomos de Anbarr y expulsar al enemigo de Britania. —Sonrió con deleite y señaló un banco que había al lado de la puerta del templo—. Señor, tened la bondad de esperarme mientras voy en busca de Merlín.

El templo estaba vigilado por seis lanceros de los Escudos Negros, pero como había llegado en compañía de Gawain no hicieron amago de cerrarme el paso cuando asomé la cabeza por el bajo dintel de la puerta. No sentía curiosidad por conocer el pequeño edificio, pero Mitra era mi dios principal en esa época. Era el dios de los soldados, un dios secreto. Los romanos habían llevado su religión a Britania y, aunque ellos ya se habían marchado hacía mucho tiempo, Mitra continuaba siendo la deidad favorita de los guerreros. El templo era muy reducido, sólo tenía un par de habitaciones sin ventanas, imitando la cueva donde el dios había nacido. La primera estancia estaba llena de cajones de madera y cestos de mimbre, donde estarían, pensé, los tesoros de Britania, aunque no levanté las tapaderas para comprobarlo. Entré al oscuro santuario pasando por otra puerta y vi la gran olla de oro y plata de Clyddno Eiddyn brillando al fondo. Detrás de la olla, visible apenas a la escasa luz grisácea que se colaba por las dos pequeñas puertas, estaba el altar de Mitra. Merlín o Nimue, pues ambos despreciaban a Mitra, habían colocado un cráneo de tejón en el altar para evitar la atención del dios. Quité la calavera de allí y me arrodillé a orar junto a la olla. Rogué a Mitra que ayudara a nuestros dioses, que acudiera también a Mai Dun y sembrara el terror durante la matanza de enemigos. Rocé el pomo de Excalibur contra el ara y me pregunté cuándo se habría sacrificado el último toro en ese lugar. Me imaginé a los soldados romanos obligando al toro a arrodillarse, empujándolo por la grupa y tirándole de los cuernos para hacerlo entrar por las bajas puertas hasta que, ya dentro del recinto, se pusiera de pie nuevamente y bramara aterrorizado, rodeado del olor de los lanceros, invisibles entre las sombras. Y allí, en la horrible oscuridad, le cortarían los corvejones. Entonces bramaría otra vez, caería pero seguiría amenazando a los adoradores con sus cuernos, mas ellos lo dominarían y lo desangrarían; el toro moriría lentamente y el olor de su sangre y sus heces llenaría el templo. Luego, los fieles beberían la sangre del toro en memoria de Mitra, tal como nos había enseñado él. Me habían contado que los cristianos celebraban una ceremonia semejante, aunque aseguraban que no mataban a nadie durante la celebración, pero pocos paganos lo creían, pues la muerte es la ofrenda debida a los dioses a cambio de la vida que nos otorgan.

Permanecí de rodillas en la oscuridad, un guerrero de Mitra en uno de sus templos olvidados, y allí, mientras rezaba, percibí el mismo aroma marino que en Lindinis, el olor de algas y salitre que nos llenó la nariz cuando Olwen de Plata pasó, delgada y delicada, por la arcada de Lindinis. Por un momento creí que había algún dios presente, o que Olwen de Plata había acudido a Mai Dun en persona, pero nada se movió; no tuve visiones, no vi la piel desnuda y fosforescente, sólo percibí el olor salobre del mar y el suave murmullo del viento fuera del templo.

Volví a la otra estancia por la pequeña puerta y el olor del mar se hizo más intenso. Empecé a abrir cajones y a levantar las tapas de arpillera de los cestos, y creí haber dado con el origen del olor del mar cuando descubrí que dos de los cestos estaban llenos de sal, pesada y apelmazada por la humedad del aire de otoño; pero el olor no procedía de la sal, sino de un tercer cesto que estaba lleno de fucos húmedos. Toqué las algas, me chupé un dedo y noté el sabor del agua salada. Al lado del cesto había un gran tarro de barro tapado, abrí la tapa y vi que contenía agua marina, seguramente para mantener las algas húmedas; entonces, metí la mano en la cesta de las algas y encontré, justo debajo de las primeras, una capa de mariscos. Eran estrechos y alargados, de elegante concha doble, parecida a la del mejillón pero un poco más grande, y grisácea en vez de negra. Cogí uno, lo olí y me imaginé que sería tan sólo algún manjar delicado de los que tanto gustaban a Merlín. El molusco, acusando quizá el roce, abrió la concha y escupió un líquido sobre mi palma. Volví a dejarlo en el cesto y tapé la capa de marisco vivo con las algas.

Me dirigía ya a la puerta exterior con la intención de esperar afuera cuando me fijé en la mano. Me quedé mirándola varios segundos pensando que me engañaba la vista, pero a la tenue luz de la puerta no podía estar seguro, así que volví al interior donde estaba la gran olla y me coloqué al lado del altar; y allí, en el rincón más oscuro del templo de Mitra, levanté la mano derecha y la miré.

Y vi que brillaba.

La miré fijamente. Aunque no quisiera creer lo que veía, la mano me brillaba. No se trataba de luminosidad, no despedía luz, era simplemente una capa brillante que me impregnaba la mano. Pasé un dedo por el rastro húmedo del molusco y quedó una raya oscura en medio de la superficie brillante. De modo que Olwen de Plata no era una ninfa, no era una mensajera de los dioses, al fin, sino una niña humana bañada en los jugos de un molusco. No era magia de los dioses, sino de Merlín, y todas mis esperanzas parecieron morir en aquella habitación oscura.

Me limpié la mano en el manto y salí a la luz del día. Me senté en el banco que había cerca del templo a mirar la muralla interior, donde un grupo de niños pequeños jugaban, alborozados, a deslizarse y revolcarse. La desesperanza que me embargara durante el viaje a Lloegyr volvió a apoderarse de mí. Deseaba ardientemente creer en los dioses, pero me socavaban las dudas. ¿Qué importaba, me dije a mí mismo, que la niña fuera humana y que la luz que irradiaba no fuera sino un truco de Merlín? Eso no significaba que los tesoros fueran una falacia, pero, hasta ese momento, siempre que pensaba en los tesoros y ponía en duda su eficacia, recordaba a la niña desnuda y luminosa y mi fe se fortalecía. Sin embargo, la ninfa, al parecer, no era el heraldo de los dioses, sólo una ilusión creada por Merlín.

—Señor. —Una voz infantil interrumpió mis pensamientos—. Señor —insistió; levanté la mirada y vi a una joven gordita, de pelo oscuro, que me miraba inquieta. Llevaba un sencillo vestido blanco y una capa, con un lazo alrededor de los cortos rizos oscuros, y sujetaba de la mano a un chiquillo pelirrojo—. ¿No os acordáis de mí, señor? —preguntó decepcionada.

—Cywyllog —dije, al recordar su nombre. Era sirvienta nuestra en Lindinis, donde Mordred la había seducido. Me puse de pie—. ¿Qué tal estás? —le pregunté.

—No me puedo quejar, señor —dijo, satisfecha de que la hubiera reconocido—. Os presento al pequeño Mardoc. Se parece a su padre, ¿verdad? Miré al niño. Tendría unos seis o siete años de edad y era corpulento, de cara redonda y pelo tieso e hirsuto como el de Mordred, su padre. Pero por dentro no, no se parece a su padre —añadió Cywyllog—, es un niño bueno, más bueno que el oro, señor. No me ha dado ningún disgusto nunca, de verdad, ¿verdad que no, hijo mío? —Se agachó y dio un beso al niño. El niño se sintió cohibido por la muestra de cariño, pero sonrió—. ¿Cómo se encuentra lady Ceinwyn?

—Muy bien. Se alegrará de que te haya visto.

—Siempre fue buena conmigo. Habría ido a vuestra nueva casa, señor, pero he conocido a un hombre. Ahora soy casada, sí.

—¿Quién es tu marido?

—Idfael ap Meric, señor, y sirve a lord Lanval.

Lanval estaba al mando de la guardia que custodiaba a Mordred en su prisión de oro.

—Creíamos que habías abandonado nuestra casa —le confesé— porque Mordred te había dado dinero.

—¿Él? ¿Darme dinero? —Cywyllog se rió—. Antes caerían las estrellas del cielo, señor. Yo era muy tonta entonces —añadió risueñamente—. Claro que no sabía la clase de hombre que era Mordred, y en realidad no era un hombre, al menos entonces, pero supongo que se me subió a la cabeza porque era el rey, aunque yo no fui la primera chica, ¿verdad? Y diría que tampoco la última. Pero al final, todo ha salido bien. Mi Idfael es un buen hombre y no le importa que el pequeño Mardoc sea un cuco en nuestro nido. Eso es lo que eres tú, mi niño —le dijo—. ¡Un cuco! —Se agachó de nuevo y abrazó a Mardoc, que se retorció entre sus brazos y luego rompió a reír cuando ella le hizo cosquillas.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté.

—Lord Merlín nos dijo que viniéramos —me contestó con orgullo—. Le ha tomado cariño al pequeño Mardoc, sí. ¡Lo mima! Siempre le da golosinas, sí. ¡Y así engordarás, sí, te vas a poner como un cerdito! —Y volvió a hacerle cosquillas y el niño se rió otra vez y empezó a forcejear hasta librarse de ella. No se alejó mucho, se quedó a poca distancia, mirándome, con el dedo en la boca.

—¿Merlín te dijo que vinieras? —pregunté.

—Necesita una cocinera, señor, eso me dijo, aunque os aseguro que soy tan buena cocinera como cualquiera, y con el dinero que me ofreció, bueno, Idfael me dijo que tenía que venir. No es que lord Merlín coma mucho. Le gusta el queso, sí, pero para eso no hacen falta cocineras, ¿verdad?

—¿Come marisco?

—Le gustan los berberechos, pero por aquí no abundan. No; come queso, principalmente. Queso y huevos. No es como vos, señor, a vos os gustaba mucho la carne, ¿verdad?

—Y todavía me gusta.

—¡Qué buenos tiempos aquéllos! —exclamó Cywyllog—. Mi pequeño Mardoc tiene la edad de vuestra Dian. Siempre me pareció que se llevarían bien. ¿Cómo se encuentra la niña?

—Murió, Cywyllog —le dije.

—¡Oh, no, señor! —exclamó, muy seria de pronto—. ¡Decidme que no es verdad!

—La mataron los secuaces de Lancelot.

—¡Qué hombres tan perversos! —dijo, y escupió en la hierba—. ¡Todos! Lo lamento, señor.

—Pero es feliz en el otro mundo —la consolé—, y algún día nos reuniremos todos allí.

—Vos sí, señor, vos sí. ¿Y vuestras otras hijas?

—Morwenna y Seren están bien.

—Me alegro, señor. —Sonrió—. ¿Estaréis aquí cuando se hagan las invocaciones?

—¿Las invocaciones? —Era la primera vez que lo oía llamar así—. No —dije—, no me lo han pedido. Pensaba verlo desde Durnovaria, quizá.

—Será digno de verse —dijo; luego me sonrió, me dio las gracias por haber hablado con ella y luego fingió perseguir a Mardoc, que huía de ella gritando alborozado. Me senté, satisfecho de haber vuelto a verla, y luego me pregunté qué juegos se traería Merlín entre manos. ¿Para qué necesitaba a Cywyllog? ¿Para qué contratar a una cocinera, cuando jamás había tenido a nadie que le preparara la comida?

Una conmoción repentina, que se produjo más allá de las fortificaciones, me sacó de mis pensamientos y asustó a los niños que jugaban. Me levanté en el momento en que aparecían dos hombres tirando de una cuerda. Gawain llegó apresuradamente un instante después y entonces, al otro extremo de la cuerda, vi un semental salvaje y negro. El caballo quería soltarse y a punto estuvo de empujar a los dos hombres muro abajo, pero agarraron con fuerza el ronzal para obligar a entrar a la bestia aterrorizada; de pronto, el animal bajó desbocado por el empinado muro interior arrastrando a los dos hombres tras de sí. Gawain les recomendó a gritos que tuvieran cuidado y después fue corriendo, medio resbalando, tras la gran bestia. Merlín, nada afectado al parecer por el pequeño drama, venía detrás con Nimue. Se quedó mirando a los que conducían al caballo hacia uno de los refugios del ala oriental y luego Nimue y él descendieron hacia el templo.

—¡Ah, Derfel! —me saludó distraídamente—. Te veo tristón. ¿Acaso te duelen las muelas?

—Os he traído a Excalibur —dije con rigidez.

—Eso lo veo con mis propios ojos. No estoy ciego ¿sabes? Un poco sordo, a veces, y con la vejiga débil, pero ¿qué se puede esperar, a mi edad? —Cogió a Excalibur, la sacó de la vaina unos pocos centímetros y besó la hoja—. La espada de Rhydderch —dijo con reverencia y, por un segundo, su rostro adquirió una expresión extraña de éxtasis, pero metió la espada de golpe en su sitio y se la dio a Nimue para que la llevara—. Así que fuiste a ver a tu padre —me dijo—. ¿Te causó buena impresión?

—Sí, señor.

—Siempre has sido absurdamente sentimental, Derfel —dijo Merlín, y miró a Nimue de reojo. Nimue había sacado a Excalibur de la vaina y apretaba la hoja desnuda contra su delgado cuerpo. Por alguna razón no le gustó lo que veía, arrebató la vaina a Nimue y luego trató de quitarle la espada. Ella no la soltó y Merlín, tras forcejear unos instantes, abandonó—. Tengo entendido que perdonaste la vida a Liofa —dijo, volviéndose hacia mí nuevamente—. Gran error. Liofa es una bestia muy peligrosa.

—¿Cómo sabéis que le perdoné la vida?

Merlín me miró con reproche.

—Tal vez yo fuera el búho que miraba desde las vigas de la casa de Aelle, Derfel, o un ratoncillo que corría por las esteras del suelo.

Se lanzó sobre Nimue y por fin consiguió arrebatarle la espada.

—No hay que gastar el poder mágico —musitó guardando la hoja torpemente en la vaina—. ¿Arturo te la entregó sin refunfuñar? —preguntó.

—¿Por qué habría de hacerlo, señor?

—Porque Arturo se acerca peligrosamente al escepticismo —se agachó para introducir a Excalibur por la baja entrada del templo—. Cree que podemos arreglárnoslas sin los dioses.

—Pues es una lástima —dije con sarcasmo— que no haya visto a Olwen de Plata brillando en la oscuridad.

Nimue me dedicó un feo siseo. Merlín se detuvo, luego se volvió despacio y se enderezó desde el umbral de la puerta para lanzarme una mirada amarga.

—¿Por qué es una lástima, Derfel? —me preguntó en un tono ominoso.

—Porque si la hubiera visto, señor, seguro que creería en los dioses. Siempre y cuando no descubriera los moluscos que guardáis.

—¡Ajajá! Ya veo que has andado fisgando por ahí, ¿eh? Has metido tus gordas narices sajonas donde no tenías que meterlas y has visto mis dactylus.

—¿Dactylus?

—Los moluscos, necio, se llaman dactylus. Así los llaman algunos.

—¿Y brillan? —pregunté.

—Segregan una sustancia fosforescente —admitió con displicencia. Me pareció que mi descubrimiento le molestaba, aunque hacía lo posible por disimular la irritación—. Plinio describe el fenómeno, pero claro, describe tantos que es difícil saber qué creer y qué no. La mayor parte de sus ideas son absurdas e imprecisas, desde luego. ¡Cuántas tonterías sobre druidas que cortan muérdago el sexto día de la luna nueva! Yo eso jamás lo haría, jamás. Además, según creo recordar, para curar el dolor de cabeza recomienda atar alrededor del cráneo una cinta de pecho de mujer, pero no funciona. ¿Cómo iba a funcionar? La magia está en el pecho, no en la cinta, así que es mucho más eficaz, evidentemente, meter la cabeza dolorida entre los mismos pechos. Es un remedio que no me ha fallado nunca, te lo aseguro. ¿Has leído a Plinio, Derfel?

—No, señor.

—¡Ah, claro! No te enseñé latín. Un descuido mío. Bien, pues habla de las dactylus y observó que a los que se las comen les brillan las manos y la boca después, y te confieso que el caso me intrigó. ¡A quién no le habría intrigado! No quería perder más tiempo en estudiar el fenómeno a fondo, porque he perdido mucho ya en las nociones más crédulas de Plinio, pero esa resultó ser cierta. ¿Te acuerdas de Caddwg? El barquero que nos rescató de Ynys Trebes. Es el que me busca las dactylus ahora; son unos bichos que viven en los agujeros de las rocas, lo cual es una inconveniencia por su parte, pero pago bien a Caddwg y él me las saca como un auténtico recolector de dactylus. Pareces decepcionado, Derfel.

—Señor, yo creía… —empecé, pero me callé porque sabía que iba a burlarse de mí.

—¡Ah! ¡Creías que la niña provenía de los cielos! —Merlín terminó la frase en mi lugar y empezó a reírse sin parar—. ¿Lo has oído, Nimue? ¡Nuestro gran guerrero Derfel Cadarn creyó que la pequeña Olwen era una aparición! —Pronunció la última palabra en tono solemne.

—Era lo que tenía que creer —replicó Nimue secamente.

—Supongo que sí, pensándolo bien —admitió Merlín—. Es un buen truco, ¿verdad, Derfel?

—Pero no es más que eso, señor —dije, incapaz de ocultar mi decepción.

Merlín suspiró.

—Eres absurdo, Derfel, completamente absurdo. La existencia de trucos no implica la ausencia de magia, pero los dioses no nos aseguran que la magia siempre dé resultado. ¿Es que no entiendes nada? —preguntó, airado ya.

—Sé que fui engañado, señor.

—Engañado, engañado. No seas patético. ¡Eres peor que Gawain! ¡A ti te engañaría un druida al segundo día de aprendizaje! Nuestra misión no es satisfacer tu curiosidad infantil, Derfel, sino llevar a cabo el trabajo de los dioses, de unos dioses que se han alejado de nosotros. ¡Se han ido muy lejos! Se han desvanecido, se han fundido con la oscuridad, se han ido al abismo de Annwn. Tenemos que invocarlos y para invocarlos necesito muchas manos y para atraerlas tengo que ofrecer alguna esperanza. ¿Crees que Nimue y yo solos podríamos levantar las hogueras? ¡Necesitamos gente! ¡Cientos de personas! Y el haber pintado con jugos de dactylus a una niña nos los ha traído. Pero tú sólo sabes lamentarte porque te han engañado. ¿A quién le importa lo que tú pienses? ¿Por qué no vas a comerte una dactylus? A lo mejor te ilumina un poco. —Dio una patada al pomo de Excalibur, que aún sobresalía del templo—. Supongo que ese necio de Gawain te lo habrá enseñado todo, ¿no?

—Me ha enseñado los ruedos de las hogueras, señor.

—Y supongo que ahora querrás saber para qué son, ¿no?

—Sí, señor.

—Cualquier persona de inteligencia media lo adivinaría sin más —dijo Merlín con grandilocuencia—. Los dioses están muy lejos, eso es evidente, de otro modo no nos dejarían de lado pero, hace muchos años, nos proporcionaron los medios para invocarlos: los tesoros. Los dioses están ahora tan sumidos en las profundidades de Annwn que los tesoros no pueden atraerlos por sí solos, de modo que tenemos que llegar a ellos de otra manera. ¿Cómo? Muy fácil. Enviando una señal al abismo, una señal que consiste simplemente en una hoguera gigantesca dispuesta de un modo determinado, con los tesoros intercalados; después hay que hacer un par de cosillas más, nada de importancia, y luego podré morir en paz en vez de tener que explicar las cosas más elementales a los cretinos crédulos y necios. Y no —añadió, antes de darme tiempo a replicar, cuando menos a hacer una pregunta—, no puedes estar aquí arriba la noche de Samain. Quiero sólo aquellos en los que confío. Y si vuelves por aquí, pediré a los centinelas que practiquen con la lanza en tu vientre.

—¿Por qué no rodeáis el cerro con una valla de espíritus, simplemente? —pregunté. La valla de espíritus era una línea de cráneos encantados por un druida que nadie se atrevería a traspasar.

Merlín me miró como si me hubiera vuelto loco de repente.

—¡Una valla de espíritus! ¡En la noche de Samain! ¡Es la única noche del año, so cretino, en que las vallas de espíritus no dan resultado! ¿Pero es que tengo que explicártelo todo? La valla de espíritus, necio, actúa porque ata el espíritu de los muertos y así asustan a los vivos, pero en la noche de Samain los espíritus de los muertos son libres, pueden ir donde quieran y no se les puede atar. La noche de Samain, una valla de espíritus sirve al mundo de tan poca cosa como tus luces.

Me tomé el reproche con calma.

—Sólo os deseo que no haya nubes —dije con intención de aplacarlo.

—¿Nubes? —Merlín me miró amenazador—. ¿Por qué habrían de preocuparme las nubes? ¡Ah, comprendo! Ese necio de Gawain te ha contado cosas y lo entiende todo al revés. Aunque hayas nubes, Derfel, los dioses verán nuestra señal, porque, al contrario que a nosotros, las nubes no les tapan la vista; claro que si hay muchas, podría llover —añadió, en un tono como si explicara algo muy sencillo a un niño pequeño—, y una lluvia muy fuerte apagaría las grandes hogueras. Y eso es todo, ¡qué difícil pensarlo tú sólito! ¿Verdad? —Me lanzó una mirada furibunda y luego se volvió a contemplar los círculos de leña. Se apoyó en la vara negra, meditando sobre la gran obra que había llevado a cabo en la cima de Mai Dun. Permaneció en silencio largo rato y, de repente, se encogió de hombros—. ¿Has pensado alguna vez —preguntó— qué habría sucedido si los cristianos hubieran logrado colocar a Lancelot en el trono? —Ya no estaba furioso, pero sí melancólico.

—No señor —dije.

—Cuando llegara su año quinientos, estarían todos esperando el glorioso advenimiento de ese ridículo dios crucificado que tienen. —Merlín miraba hacia los círculos insistentemente mientras hablaba, y en ese momento se volvió de pronto hacia mí—. ¿Y si no pasara nada? —preguntó confuso—. Imagínate que estuvieran todos preparados, con sus mejores ropas, limpios y relucientes, y que el dios no se presentara.

—Entonces, en el quinientos uno no habría cristianos —respondí.

—Lo dudo. Dar explicación a lo inexplicable es la tarea de los sacerdotes. Los hombres como Sansum se inventarían una razón y la gente los creería porque tienen gran necesidad de creer. La gente no renuncia a la esperanza por una decepción, Derfel, sino que la redobla. ¡Qué necios somos todos!

—O sea que teméis —dije sintiendo piedad por él— que nada suceda en Samain.

—Pues claro que lo temo, idiota. Pero Nimue no. —Echó una mirada a Nimue, que nos observaba con resentimiento—. Estás pletórica de certidumbre, mi pequeña, ¿no es cierto? —se burló Merlín—, pero en cuanto a mí, Derfel, desearía que esto no hubiera sido necesario jamás. Ni siquiera sabemos qué manifestaciones tienen que producirse cuando encendamos las hogueras. Tal vez los dioses acudan, pero tal vez sea el fin de su tiempo. —Me miró con fiereza—. Si no sucede nada, Derfel, no significará que no haya sucedido nada. ¿Lo comprendes?

—Eso creo, señor.

—Lo dudo. No sé ni por qué me molesto en malgastar explicaciones contigo. Es como si enseñara a un buey los puntos más sutiles de la retórica. ¡Qué necio eres, Derfel! Puedes irte, ya me has traído a Excalibur.

—Arturo quiere que se la devolváis —dije, acordándome de pronto del mensaje.

—No me cabe la menor duda y tal vez la recupere cuando Gawain termine con ella. O tal vez no. ¿Qué importa? Deja de darme quebraderos de cabeza por nimiedades. Buen viaje, Derfel. —Y se marchó, enfadado nuevamente, pero se detuvo al cabo de unos pasos para llamar a Nimue—. ¡Ven, niña!

—Me aseguraré de que Derfel se marcha —dijo Nimue, y con esas palabras me agarró por el codo y me llevó hacia la muralla interior.

—¡Nimue! —gritó Merlín.

Nimue hizo caso omiso y me arrastró hasta la cuesta herbosa donde el camino recorría la muralla. Miré los complicados anillos de leña.

—Habéis trabajado mucho —dije sin convicción.

—Pero será en vano si los ritos no se cumplen debidamente —replicó en un susurro seco. Merlín se había enfadado conmigo, pero se trataba de un enfado fingido en su mayor parte, que iba y venía como un rayo; sin embargo, la rabia de Nimue era profunda y potente, su cara blanca y angulosa permanecía tensa. Nunca había sido bella y la pérdida del ojo la hacía temible, pero su porte salvaje e inteligente la hacía inolvidable, y en ese momento, en lo alto de la muralla, al viento del oeste, parecía más imponente que nunca.

—¿Hay alguna posibilidad —le pregunté— de que los ritos no se cumplan debidamente?

—Merlín es como tú —replicó furiosa, pasando por alto mi pregunta—. Un sentimental.

—Tonterías —dije.

—¿Y tú qué sabes, Derfel? —me soltó—. ¿Acaso tienes que soportar tú sus bravatas? ¿Tienes que discutir con él? ¿Tienes que darle seguridad? ¿Tienes que verle cometer el error más grande de la historia? —Me hizo las preguntas como si escupiera—. ¿Tienes que ver cómo se pierden todos sus esfuerzos? —Señaló las pilas de leña con su delgada mano—. Estás loco —añadió con amargura—. Si Merlín se tira un pedo, crees que ha hablado la sabiduría. Es un viejo, Derfel, le queda poco de vida y está perdiendo poder. El poder, Derfel, nace dentro de uno. —Se dio con la mano entre los menudos pechos. Se había detenido en lo alto de la muralla y se volvió a mirarme. Yo era un soldado fornido y ella una mujer menuda, pero se imponía a mí. Siempre había sido así. La pasión era tan honda en ella, tan fuerte y negra, que casi nada se le resistía.

—¿Por qué las emociones de Merlín pueden poner en peligro la ceremonia? —le pregunté.

—Porque así es —respondió, y siguió andando.

—Dímelo —insistí.

—¡Jamás! —replicó secamente—. ¡Estás loco!

—¿Quién es Olwen de Plata? —pregunté, siguiéndole los pasos.

—Una esclava que compramos en Demetia. La capturaron en Powys y nos costó más de seis monedas de oro por lo bonita que es.

—Lo es —acordándome de su delicado andar en la noche silenciosa de Lindinis.

—A Merlín también se lo parece —replicó Nimue con sarcasmo—. Tiembla cuando la ve, pero ahora ya es muy viejo, y además tenemos que fingir que es virgen por el bien de Gawain. ¡Y él nos cree! ¡Ese necio se cree cualquier cosa! ¡Es un idiota!

—¿Y se va a casar con Olwen cuando todo termine?

Nimue se echó a reír.

—Eso es lo que le hemos prometido, aunque, en cuanto descubra que ha nacido esclava y que no es un espíritu, tal vez cambie de opinión, así que a lo mejor volvemos a venderla. ¿Te gustaría comprarla? —Me miró maliciosamente.

—No.

—¿Sigues siendo fiel a Ceinwyn? —me preguntó burlonamente—. ¿Qué tal está?

—Está bien —dije.

—¿Y va a venir a Durnovaria a presenciar la ceremonia?

—No.

—¿Pero tú sí? —inquirió, mirándome con recelo.

—Sí, yo sí.

—¿Y Gwydre? —preguntó—. ¿Lo traerás a él?

—Él quiere venir, sí. Pero tengo que pedir permiso a su padre.

—Di a Arturo que es mejor que le deje venir. Todos los niños de Britania tendrían que presenciar la llegada de los dioses. Será algo que no olvidarán jamás, Derfel.

—¿O sea que sucederá? —pregunté—. ¿A pesar de los defectos de Merlín?

—Sucederá —dijo Nimue vengativamente— a pesar de Merlín. Sucederá porque yo haré que suceda. Le daré a ese viejo loco lo que quiere, le guste o no. —Se detuvo, se giró, me agarró la mano izquierda y miró la cicatriz de la palma con su único ojo. La cicatriz me unía a ella por juramento, y tuve la impresión de que iba a pedirme algo, pero un súbito impulso de precaución se lo impidió. Tomó aliento, me clavó la mirada y me soltó la mano—. Encontrarás el camino tú solo —dijo con amargura, y se alejó.

Bajé el cerro. La gente seguía acarreando cargas de leña a la cima de Mai Dun. Gawain había dicho que las hogueras tenían que arder nueve horas. Nueve horas llenando el cielo de llamas que atrajeran a los dioses a la tierra. O quizá, si los ritos se cumplían indebidamente, las hogueras no trajeran nada.

Dentro de tres noches sabríamos cuál de las dos cosas sucedería.

A Ceinwyn le habría gustado ir a Durnovaria a presenciar la invocación a los dioses, pero la noche de Samain es cuando los muertos vuelven a la tierra y ella quería asegurarse de que Dian encontrara ofrendas. Le parecía que el lugar idóneo para dejárselas era el mismo donde había muerto, de modo que se fue con nuestras dos hijas vivas a las ruinas de la fortaleza de Ermid, y allí, entre las cenizas de la fortaleza, dejó un jarro de hidromiel con agua, pan con mantequilla y un puñado de frutos secos cubiertos de miel, que tanto gustaban a Dian. Sus hermanas dejaron nueces y huevos duros entre las cenizas y luego se refugiaron las tres en una cabaña del bosque cercano bajo la protección de mis lanceros. No vieron a Dian, pues en la noche de Samain los muertos jamás se dejan ver, aunque pasar su visita por alto es llamar a la desgracia. Por la mañana, según me contó Ceinwyn más tarde, todos los alimentos habían desaparecido y el farro estaba vacío.

Mientras tanto, yo estaba en Durnovaria, donde Issa se reunió conmigo acompañado por Gwydre. Arturo había dado permiso a su hijo para asistir al acontecimiento y el chiquillo estaba emocionado. Tenía once años y hervía de alegría, de energía y de curiosidad. Tenía la constitución delgada de su padre, pero era atractivo como su madre, con la misma nariz larga y la osadía en los ojos. Era travieso pero no perverso, y tanto Ceinwyn como yo nos alegraríamos si la predicción de su padre llegaba a hacerse realidad y se casaba con nuestra Morwenna. Tal decisión no se tomaría hasta al cabo de dos o tres años, y hasta entonces, Gwydre viviría con nosotros. Quería ir a la cima de Mai Dun y fue grande su decepción cuando le conté que nadie podía estar allí salvo los oficiantes de la ceremonia. Hasta las gentes que habían participado en la construcción de las hogueras fueron despedidas a lo largo del día y tuvieron que unirse a los cientos de curiosos llegados de todas partes de Britania, los cuales se habían instalado en los campos al pie de la antigua fortaleza para presenciar la invocación.

Arturo llegó la víspera de Samain por la mañana y vi que saludaba a Gwydre con verdadero regocijo. El chico era su única alegría en aquellos días oscuros. Culhwch, el primo de Arturo, llegó de Dunum con media docena de lanceros.

—Arturo me dijo que no viniera —me contó con una sonrisa—, pero no me lo habría perdido por nada.

Culhwch fue renqueando a saludar a Galahad, que había pasado los últimos meses con Sagramor vigilando la frontera sajona de Aelle; al contrario que Culhwch, Sagramor había seguido la recomendación de Arturo de no abandonar su puesto, pero había enviado a Galahad, también a petición de Arturo, con el fin de que volviera después con noticias de los acontecimientos de la noche. La gran expectación preocupaba a Arturo, pues temía que sus seguidores sufrieran una terrible decepción si no acontecía nada esa noche.

Sin embargo, la expectación iba en aumento, pues aquella tarde el rey Cuneglas llegó de Powys acompañado por una docena de hombres, entre los que se encontraba su hijo Perddel, un joven tímido al que comenzaba a apuntar el bigote. Cuneglas me abrazó. Era el hermano de Ceinwyn y el hombre más honrado y sincero que conocí en toda mi vida. En el viaje hacia el sur había pasado por Gwent a visitar a Meurig y me confirmó la nula disposición del monarca para combatir a los sajones.

—Cree que su dios le protege —comentó Cuneglas con amargura.

—Como nosotros —dije, señalando por la ventana del palacio de Durnovaria hacia las laderas más bajas de Mai Dun, rebosantes de gente deseosa de hallarse cerca de los prodigios que la noche pudiera deparar. Muchos habían tratado de escalar hasta la cima, pero los Escudos Negros de Merlín los mantenían a distancia. En un campo que se extendía al norte de la fortaleza, un valiente grupo de cristianos rezaba ostentosamente para que su dios mandara lluvia y echara por tierra la ceremonia, pero fueron perseguidos y dispersados por una multitud furibunda. A una cristiana la dejaron sin sentido de un golpe y Arturo envió a sus propios soldados para restablecer la calma.

—Entonces, ¿qué va a ocurrir esta noche? —me preguntó Cuneglas.

—Tal vez nada, lord rey.

—¿He venido desde tan lejos para nada? —protestó Culhwch. Era un hombre fornido, belicoso y mal hablado a quien yo contaba entre mis mejores amigos. Cojeaba desde que una espada sajona le hiriera profundamente en una pierna en la batalla contra Aelle en las afueras de Londres, pero no presumía de la honda cicatriz y aseguraba que seguía siendo un lancero formidable, como siempre—. ¿Y qué haces tú aquí? —preguntó provocativamente a Galahad—, creía que eras cristiano.

—Y lo soy.

—¿O sea que estás rezando para que llueva, eh? —le dijo en tono acusador. Llovía en esos momentos, aunque no era más que una fina llovizna que llegaba del oeste. Algunos decían que después de la llovizna el cielo se despejaría, pero también había pesimistas que aseguraban que caería un diluvio.

—Si esta noche cayera un diluvio, de verdad —pinchó Galahad a Culhwch—, ¿admitirías que mi Dios es más grande que los tuyos?

—Te rebanaría el gaznate —gruño Culhwch, aunque jamás haría tal cosa puesto que él, igual que yo, era amigo de Galahad desde hacía muchos años.

Cuneglas fue a hablar con Arturo, Culhwch se escabulló para averiguar si determinada muchacha pelirroja seguía ejerciendo su oficio en una taberna cercana a la puerta norte de Durnovaria y Galahad y yo fuimos con el joven Gwydre a pasear por la ciudad. Reinaba un ambiente bullicioso, como si una gran feria de otoño se hubiera instalado en las calles de Durnovaria extendiéndose por las campiñas de alrededor. Los mercaderes habían montado tenderetes, en las tabernas su obtenían pingues beneficios rápidamente, los juglares asombraban a la gente con sus habilidades y un puñado de bardos cantaba canciones. Un oso amaestrado se paseaba por la cuesta de Durnovaria al pie de la casa del obispo Emrys, e iba convirtiéndose en un peligro cada vez mayor a medida que la gente le daba cuencos de hidromiel para beber. Descubrí al obispo Sansum husmeando por una ventana, miraba al oso, pero en cuanto me distinguió a mí se retiró sobresaltado y cerró el postigo.

—¿Cuánto tiempo permanecerá prisionero? —me preguntó Galahad.

—Hasta que Arturo lo perdone —dije—, cosa que hará porque Arturo siempre perdona a sus enemigos.

—Muy cristiano por su parte.

—Muy estúpido por su parte —repliqué, procurando que Gwydre no me oyera. Se había ido a ver al oso—. Pero no creo que perdone a tu medio hermano —añadí—. Lo vi hace unos días.

—¿A Lancelot? —preguntó Galahad en tono de sorpresa—. ¿Dónde?

—En compañía de Cerdic.

Galahad se santiguó pasando por alto las miradas hurañas que su gesto atrajo. En Durnovaria, como en tantas otras poblaciones de Dumnonia, dominaba la mayoría cristiana, pero aquel día las calles bullían de paganos venidos del campo, y muchos buscaban pelea con sus enemigos los cristianos.

—¿Crees que Lancelot luchará con Cerdic? —me preguntó Galahad.

—¿Acaso lucha alguna vez? —respondí cáusticamente.

—Puede luchar.

—Pues si llega a empuñar las armas —dije—, será al lado de Cerdic.

—Entonces, ruego tener ocasión de matarlo —dijo Galahad, y volvió a persignarse.

—Si los planes de Merlín salen bien, no habrá guerra, sólo una masacre llevada a cabo por los dioses.

—Sé sincero conmigo, Derfel —dijo Galahad sonriente—. ¿Crees que va a funcionar?

—Eso es precisamente lo que hemos venido a ver —respondí evasivamente, y de pronto caí en la cuenta de que en la ciudad habría también un puñado de espías sajones que habrían acudido con las mismas intenciones. Seguramente serían seguidores de Lancelot, britanos que podrían pasar inadvertidos entre la multitud expectante, que no paraba de aumentar a medida que avanzaban las horas. Pensé que si Merlín fracasaba, los sajones cobrarían más ánimo y las luchas de primavera serían tanto más terribles.

La lluvia arreció, llamé a Gwydre y corrimos los tres hacia el palacio. Gwydre pidió permiso a su padre para presenciar la invocación desde los campos más próximos a las murallas de Mai Dun, pero Arturo se lo negó.

—Si sigue lloviendo tanto —le dijo Arturo—, no sucederá nada. Sólo te resfriarás y entonces… —Dejó de hablar bruscamente. Iba a decir: «Y entonces tu madre se enfadará conmigo».

—Y entonces se lo contagiarás a Morwenna y a Seren —dije—, y ellas me lo contagiarán a mí, y yo a tu padre, y al final todo el ejército se pondrá a estornudar y entonces llegarán los sajones.

Gwydre se quedó pensándolo un momento y decidió que era una tontería, de modo que insistió tironeando a su padre de la manga.

—¡Por favor! —dijo.

—Puedes venir a mirar con nosotros al salón de arriba —dijo Arturo.

—Entonces, ¿puedo ir a ver al oso ahora, padre? Se está emborrachando y van a azuzarle los perros. Me quedaré debajo de un porche para no mojarme, lo prometo. Por favor, padre.

Arturo le dejó marchar y mandé a Issa con él; luego, Galahad y yo subimos al salón superior del palacio. Un año antes, cuando Ginebra aún visitaba el palacio de vez en cuando, las salas se mantenían elegantes y limpias, pero en esos momentos todo era descuido, polvo y abandono. Era un edificio romano y Ginebra había querido dotarlo de su antiguo esplendor, pero las fuerzas de Lancelot lo habían saqueado durante la sublevación y nada se había hecho después para reparar los daños. Los hombres de Cuneglas encendieron una hoguera en el suelo del salón y el calor de los leños empezaba a pandear las pequeñas piezas del mosaico. Cuneglas se hallaba de pie ante el ventanal mirando pesarosamente los tejados de paja y pizarra de Durnovaria y las faldas de Mai Dun, casi ocultas tras la cortina de lluvia.

—Dejará de llover, ¿no? —nos saludó al vernos llegar.

—Seguramente empeorará —dijo Galahad; en ese mismo instante un trueno retumbó en el norte y la lluvia arreció perceptiblemente rebotando dos o tres centímetros en los tejados. La leña de Mai Dun se estaría empapando, pero hasta el momento sólo la capa exterior se habría mojado, mientras que la leña del fondo continuaría seca. La leña del interior permanecería seca aunque siguiera lloviendo una hora con la misma intensidad, mas si se prolongaba hasta la noche las hogueras no arderían bien—. Al menos la lluvia espabilará a los borrachos —observó Galahad.

El obispo Emrys apareció en la puerta del salón con los negros faldones de la sotana empapados y sucios de barro. Miró a los temibles lanceros paganos de Cuneglas con preocupación y luego se acercó presuroso a la ventana, donde estábamos nosotros.

—¿Se encuentra Arturo aquí? —me preguntó.

—Se encuentra en alguna parte del palacio —dije—; presenté al obispo Emrys y al rey Cuneglas y añadí que el obispo era uno de nuestros escasos cristianos buenos.

—Confío en que todos seamos buenos, lord Derfel —dijo Emrys inclinándose ante el rey.

—En mi opinión —dije—, los cristianos buenos son los que no se rebelaron contra Arturo.

—¿Fue una rebelión? —preguntó Emrys—, yo lo tenía por locura, lord Derfel, propiciada por una esperanza piadosa, e incluso diría que lo que hoy se dispone a hacer Merlín es exactamente lo mismo. Sospecho que la decepción será grande, como el año pasado entre tantos de mis pobres creyentes, pero ¿qué puede acarrear la decepción de hoy? Esa es la razón por la que me encuentro aquí.

—¿Qué puede acarrear? —preguntó Cuneglas. Emrys se encogió de hombros.

—Lord rey —replicó el obispo—, si los dioses de Merlín no acuden, ¿sobre quién recaerá la culpa? Sobre los cristianos. ¿A quién masacrará la multitud? A los cristianos. —Emrys hizo la señal de la cruz—. Quiero que Arturo nos prometa protección.

—Os la prometerá con mucho gusto, estoy seguro —dijo Galahad.

—Máxime tratándose de vos, obispo —añadí—, sin duda. —Emrys había permanecido leal a Arturo y además era un buen hombre, aunque viejo, voluminoso, lento en sus movimientos y muy comedido como asesor. Era además miembro del Consejo Real, como yo, la institución que teóricamente orientaba a Mordred, aunque, puesto que nuestro rey vivía confinado en Lindinis, el consejo apenas se reunía. Arturo se entrevistaba en privado con cada uno de los miembros y tomaba sus propias decisiones; en realidad, las únicas decisiones que había que tomar eran las relativas a los preparativos de Dumnonia para la invasión sajona, y todos nos alegrábamos de que Arturo llevara esa carga él solo.

Un relámpago ahorquillado rasgó las nubes y, al cabo de un momento, el trueno retumbó con tal fuerza que todos agachamos la cabeza involuntariamente. La lluvia, que ya caía torrencialmente, arreció de súbito golpeando con furia los tejados y descendiendo en rápidos regueros de barro por las calles y callejuelas de Durnovaria. En el suelo del salón comenzaron a formarse charcos.

—Es posible —observó Cuneglas con gesto adusto— que los dioses no quieran ser invocados.

—Merlín dice que están muy lejos —comenté—, de modo que esta lluvia no es cosa suya.

—Lo cual prueba con toda seguridad —intervino Emrys— que un dios más poderoso está tras esta lluvia.

—¿Se lo habéis pedido vos? —inquirió Cuneglas ácidamente.

—No he pedido lluvia en mis oraciones, lord rey —replicó Emrys—. Y os aseguro que, si os complace, rezaré para que cese. —Dicho lo cual, cerró los ojos, extendió los brazos y levantó la cabeza para orar. Una gotera que caía exactamente sobre la tonsurada cabeza del obispo vino a deslucir un tanto la solemnidad del momento, pero el obispo concluyó su oración y se santiguó.

Y, milagrosamente, en el instante en que Emrys terminó de formar la cruz con su mano gordezuela sobre las sucias ropas, la lluvia empezó a amainar. Aún cayeron unas ráfagas fuertes impulsadas por el viento del oeste, pero el tamborileo sobre el tejado cesó bruscamente y el aire que mediaba entre nuestra ventana y Mai Dun empezó a aclararse. El cerro aún aparecía oscuro bajo los negros nubarrones y nada se divisaba en la vieja fortaleza salvo un puñado de lanceros que montaba guardia en las murallas y, al pie, unos pocos peregrinos refugiados tan cerca de la cumbre como habían osado subir. Emrys no sabía si sentirse halagado o abatido por la eficacia de su oración, pero los demás estábamos impresionados, sobre todo cuando se abrió un claro entre las nubes de poniente y un diluido rayo de sol cayó sobre las laderas de Mai Dun volviéndolas verdes.

Unos esclavos nos sirvieron hidromiel caliente y venado frío, pero yo no tenía apetito. Me quedé mirando la tarde, que ya se hacía crepúsculo entre los jirones de nubes. El cielo se despejaba y poniente se convirtió en un enorme fogonazo rojo intenso sobre la lejana Lyonesse. El sol se ponía la víspera de Samain y por toda Britania, e incluso en la cristiana Irlanda, la gente dejaba alimentos y bebida para los muertos que cruzarían la sima de Annwn por el puente de espadas. Era la noche en que la procesión espectral de cuerpos de sombra acudía a visitar la tierra donde había respirado, amado y muerto. Muchos habían muerto en Mai Dun y esa noche el cerro se poblaría de aparecidos; entonces, sin poder evitarlo, pensé en el menudo espectro de Dian vagando entre las ruinas de la fortaleza de Ermid.

Arturo entró en el salón y me pareció que estaba muy cambiado, sin Excalibur colgada en su vaina labrada. Gruñó al ver que había dejado de llover y luego escuchó el ruego del obispo Emrys.

—Colocaré lanceros por las calles —le dijo al obispo— y, mientras vuestras gentes no provoquen a los paganos, nada les sucederá. —Tomó un cuerno de hidromiel de manos de un esclavo y volvió a dirigirse al obispo—. De todos modos, quería veros —dijo, y le comunicó su preocupación respecto al rey Meurig de Gwent—. Si Gwent no lucha —le advirtió—, los sajones nos sobrepasarán en número.

—¡Gwent no abandonará a Dumnonia, os lo aseguro! —exclamó el obispo, pálido.

—Gwent se ha dejado sobornar, obispo —le dije, y le conté que Aelle había permitido a los misioneros de Meurig instalarse en su territorio—. Mientras Meurig crea que existe una posibilidad de convertir a los sais —añadí—, no levantará una espada contra ellos.

—Me congratula que piense en evangelizar a los sais —replicó Emrys piadosamente.

—Pues que no os congratule tanto —le advertí—. Tan pronto como esos sacerdotes hayan servido a los propósitos de Aelle, éste les hará degollar.

—Y, acto seguido, a nosotros —añadió Cuneglas sombríamente.

Arturo y el monarca de Powys habían acordado hacer una visita los dos juntos al rey de Gwent, y Arturo pidió a Emrys que los acompañara.

—A vos os escuchará, obispo —arguyó Arturo—, y si lográis convencerlo de que la amenaza sajona sobre los cristianos dumnonios es más fuerte que la mía, tal vez cambie de opinión.

—Os acompañaré con sumo gusto —dijo Emrys—, con sumo gusto.

—Cuando menos —terció Cuneglas con el ceño fruncido— el joven Meurig debe permitir el paso de mis tropas por su territorio.

—¿Hay posibilidades de que os lo niegue? —inquirió Arturo, alarmado.

—Tal afirman mis mensajeros —contestó Cuneglas, y se encogió de hombros—. Pero si los sajones atacan, Arturo, cruzaré su territorio con permiso o sin él.

—Entonces estallaría la guerra entre Gwent y Powys —advirtió Arturo con amargura—, cosa que sólo a los sais favorecería. —Se estremeció—. ¿Por qué abdicaría Tewdric? —Tewdric, padre de Meurig, aunque era cristiano, siempre había luchado contra los sajones al lado de Arturo.

Se apagó el último resplandor rojo en poniente. El mundo quedó en suspenso unos instantes entre la luz y la sombra y, después, la oscuridad nos envolvió. Permanecimos ante la ventana helándonos al frío viento y contemplamos la aparición de los primeros luceros abriéndose paso entre las masas de nubes. La cérea luna asomó baja sobre el mar meridional iluminando difusamente el contorno de una nube que ocultaba las estrellas de la cabeza de la constelación de la Serpiente. Caía la noche de la víspera de Samain y los muertos se levantaban.

Unas pocas hogueras ardían en las casas de Durnovaria, pero el campo se hallaba sumido en la más profunda negrura, excepto donde un rayo de luna plateaba un grupo de árboles en una loma lejana. Mai Dun no era sino una sombra amenazadora entre las tinieblas, una masa negra en el centro oscuro de la noche. Las tinieblas se cerraron, aparecieron más estrellas y la luna alocada volaba entre nubes rasgadas. Los muertos pasaban el puente de espadas por cientos y pululaban entre nosotros, aunque no los viéramos ni los oyéramos, pero estaban allí, en el palacio, en las calles, en todos los valles, ciudades y casas de Britania; y en los campos de batalla, donde tantos espíritus habían sido separados de su cuerpo terrenal, los muertos vagaban en densas manadas como los estorninos. Dian estaba bajo los árboles de la fortaleza de Ermid, pero los espectros seguían cruzando el puente de espadas hasta llenar la isla de Britania. Pensé que algún día yo también acudiría en una noche semejante a ver a mis descendientes, a los descendientes de mis descendientes y a los descendientes de los descendientes de mis descendientes, pues mi espíritu recorrería la tierra todas las vísperas de Samain.

El viento se calmó. La luna quedó nuevamente oculta tras una gran masa de nubes que ensombrecía Armórica, pero los cielos estaban claros sobre nuestras cabezas. Las estrellas, donde los dioses moraban, brillaban en el vacío. Culhwch volvió al palacio con nosotros y se asomó también a la ventana, donde nos agolpamos todos contemplando la noche. Gwydre había regresado de la ciudad, aunque al cabo de un rato se aburrió de mirar a la húmeda oscuridad y se fue a ver a los amigos que tenía entre los lanceros del palacio.

—¿Cuándo comienza la ceremonia? —preguntó Arturo.

—Aún tardará un buen rato —le dije—. Las hogueras han de arder seis horas antes de que comience.

—¿Cómo cuenta las horas Merlín? —preguntó Cuneglas.

—Lleva el cómputo de memoria, lord rey —respondí.

Los muertos pasaban a nuestro lado. El viento había cesado por completo y la calma inquietaba a los perros, que aullaban por toda la ciudad. Las estrellas, enmarcadas en nubes bordeadas de plata, brillaban con un resplandor sobrenatural.

Y entonces, súbitamente, desde la oscuridad del interior de la cruda negrura de la noche, desde la cima fuertemente amurallada de Mai Dun, llegó el primer resplandor de fuego y comenzó la invocación de los dioses.