5
—¿Quién? —preguntó Igraine tan pronto hubo leído la primera hoja de la última entrega de pergaminos. Durante los últimos meses ha aprendido algo de la lengua sajona y está muy orgullosa de ello, aunque en realidad sea una lengua bárbara y mucho menos refinada que la britana.
—¿Quién? —repetí su pregunta.
—¿Quién fue la mujer que llevó a Britania a la destrucción? Nimue, ¿verdad?
—Si me dais tiempo para escribir el relato, querida señora, lo averiguaréis.
—Sabía que ibais a decirme eso. No sé ni por qué os he preguntado. —Se sentó en el amplio alféizar de mi ventana con una mano en el hinchado vientre y la cabeza ladeada como si escuchara. Al cabo de un rato, una deliciosa expresión pícara le iluminó la cara—. El niño da patadas —dijo—. ¿Queréis poner la mano?
—No —me estremecí.
—¿Por qué no?
—Nunca me interesaron los niños pequeños.
—Al mío lo adoraréis, Derfel —me dijo con cara de complicidad.
—¿De verdad?
—¡Será adorable!
—¿Cómo sabéis —pregunté— que será varón?
—Porque las niñas no dan patadas tan fuertes. ¡Mirad! —Mi reina se alisó el vestido azul sobre el vientre y se echó a reír cuando la suave curva se movió—. Habladme de Argante —dijo, soltando el vestido.
—Pequeña, morena, delgada, bonita.
Igraine hizo un gesto de insatisfacción.
—¿Era inteligente?
—Era astuta —dije tras pensarlo un momento—, de modo que podría considerarse inteligente en cierto sentido, pero no una inteligencia relacionada con la educación.
—¿Tan importante es la educación? —replicó mi reina con un gesto desdeñoso.
—Eso creo, sí. Siempre lamenté no haber aprendido latín.
—¿Por qué?
—Porque una gran parte de la experiencia humana está escrita en esa lengua, señora, y una de las cosas que nos da la educación es acceso libre a la sabiduría, los temores, los sueños y los logros de otros pueblos. Cuando surgen problemas sirve de ayuda descubrir que otros se han encontrado en la misma tesitura anteriormente. Se encuentran explicaciones a las cosas.
—¿Como qué? —inquirió Igraine. Me encogí de hombros.
—Recuerdo una cosa que me dijo Ginebra en una ocasión. No entendí lo que significaba porque estaba en latín, pero me lo tradujo, y reflejaba a Arturo con exactitud. Nunca lo olvidé.
—¿Y bien? ¡Seguid!
—Odi at amo —cité literalmente las extrañas palabras pronunciando despacio—, excrucior.
—¿Qué significa?
—«Odio y amo, duele». Es un verso de un poeta, aunque no recuerdo qué poeta; Ginebra había leído el poema y, un día, hablando de Arturo, citó el verso. Ella entendía a Arturo a la perfección, ¿comprendéis?
—¿Y Argante lo entendía?
—¡Oh, no!
—¿Sabía leer?
—No estoy seguro. No lo recuerdo. Probablemente no.
—¿Cómo era Argante?
—Era de piel muy clara porque nunca quería que le diera el sol. Le gustaba la noche, le gustaba mucho. Y su pelo era muy negro, brillante como ala de cuervo.
—¿Decís que era menuda? —preguntó Igraine.
—Muy delgada y de poca estatura, pero lo que más recuerdo de Argante es que apenas sonreía. Todo lo observaba, nada escapaba a su atención y siempre tenía una expresión calculadora. La gente tomaba esa expresión por inteligencia, pero no era así. Por ser la menor de siete u ocho hermanas, preocupábase mucho de no quedar fuera de juego. Siempre estaba pendiente de recibir su parte y siempre le parecía que se le negaba.
—¡Hacéis que parezca horrenda! —exclamó Igraine con un estremecimiento.
—Era codiciosa, amarga y muy joven —dije— y hermosa, también. Tenía una delicadeza conmovedora. —Hice una pausa y suspiré—. Pobre Arturo. No supo escoger a sus mujeres, excepto a Ailleann, claro está, pero a ella no la escogió sino que se la dieron como esclava.
—¿Qué pasó con Ailleann?
—Murió en la guerra contra los sajones.
—¿La mataron? —preguntó mi señora, estremecida.
—Murió de la peste —dijo—. Una forma común de morir.
Cristo.
Ese nombre resulta raro en la página, pero ahí lo dejo. En el momento en que Igraine y yo hablábamos de Ailleann, el obispo Sansum entró en la estancia. El santo varón no sabe leer y, como se opondría rotundamente a que yo dejara constancia de la historia de Arturo, Igraine y yo fingimos que traduzco los evangelios a la lengua sajona. Digo que no sabe leer, pero es capaz de reconocer algunas palabras, Cristo entre ellas. Por eso lo escribí. Él la vio y gruñó con recelo. Últimamente ha envejecido mucho. No le queda pelo apenas, aunque todavía conserva dos abultados mechones blancos que parecen las orejas de Lughtigern, el señor de los ratones. Orinar le causa dolor, pero no quiere acudir a las sanadoras para que lo alivien, pues dicen que son todas paganas. El santo varón asegura que Dios lo sanará, aunque a veces, y que Dios me perdone, ruego por que el santo varón muera de una vez, pues de esa forma, este pequeño monasterio tendría un nuevo obispo.
—¿Mi señora se encuentra bien? —preguntó a Igraine después de mirar con los ojos entrecerrados el presente pergamino.
—Sí, obispo, gracias.
Sansum husmeó por la estancia en busca de alguna falta, aunque no sabría decir exactamente qué esperaba encontrar. La estancia es muy sencilla: un catre, un pupitre para escribir, una banqueta y la chimenea. Le habría gustado censurarme por encender el fuego, pero hoy hace un día de invierno templado y ahorro la escasa ración de leña de la que el santo varón me permite disponer. Quitó una mota de polvo con el dedo, pero prefirió no hacer comentario alguno y miró con insistencia a Igraine.
—Debéis de estar a punto de cumplir, señora.
—Faltan menos de dos meses, según dicen, obispo —contestó Igraine, y se santiguó por encima del vestido azul.
—Ya sabéis, señora, que nuestras oraciones llenarán el cielo rogando por vos —dijo Sansum sin asomo de sinceridad.
—Rogad también por que los sajones no se acerquen.
—¿Acaso se acercan? —preguntó Sansum alarmado.
—A mi esposo le dicen que se están preparando para atacar Ratae.
—Ratae está lejos —replicó el obispo con desdén.
—¿A un día y medio? —replicó Igraine—. Y si Ratae cae, ¿qué fortalezas median entre nosotros y los sajones?
—Dios nos protege —dijo el obispo, repitiendo inconscientemente la idea, obsoleta desde hacía mucho tiempo ya, del piadoso rey Meurig de Gwent—, como os protegerá a vos, mi señora, cuando os llegue la hora. —Demoróse unos minutos más, pero no tenía asuntos que tratar con mi señora ni conmigo. El santo se aburre últimamente. Le faltan maldades que fomentar. El hermano Maelgwyn, que era el más fuerte de nuestra comunidad y realizaba la mayor parte del trabajo físico del monasterio, murió hace pocas semanas y, con su muerte, el obispo perdió uno de sus principales objetos de desprecio. Atormentarme a mí le procura poco placer, pues soporto su rencor con paciencia y, además, cuento con la protección de Igraine y su esposo.
Por fin, Sansum se marchó e Igraine le hizo un gesto burlón cuando nos dio la espalda.
—Decidme, Derfel —dijo, cuando el santo varón ya no la oía—, ¿qué tengo que hacer para el alumbramiento?
—¡Cómo se os ocurre preguntarme a mí, por todos los santos! —exclamé asombrado—. ¡Gracias a Dios no sé nada sobre alumbramientos! Jamás he visto nacer a un niño, ni lo deseo.
—Pero sabéis cómo se hacía antes —me dijo con insistencia—, y eso es lo que os pregunto.
—Las mujeres de vuestra fortaleza sabrán mucho más que yo, sin duda, pero en todos los alumbramientos de Ceinwyn siempre procuramos que hubiera algo de hierro en el lecho, orina de mujer en el umbral de la puerta, artemisa en el fuego y, naturalmente, una niña virginal para recoger al recién nacido de entre la paja. Y lo más importante de todo —proseguí con severidad— es que no haya hombres en la habitación. Nada trae tan mala suerte como la asistencia de hombres al alumbramiento. —Toqué la cabeza del clavo que sobresalía en el escritorio para evitar la desgracia de nombrar siquiera tan malhadada circunstancia. Claro está que nosotros los cristianos no creemos que tocar hierro haga cambiar la suerte, sea buena o mala, pero el clavo de mi escritorio está muy pulido a fuerza de tocarlo—. ¿Es cierto lo de los sajones? —pregunté.
—Se acercan, Derfel —dijo, asintiendo también con un ademán.
Volví a tocar la cabeza del clavo.
—Entonces, aconsejad a vuestro esposo que afile las lanzas.
—No es preciso aconsejarlo en eso —respondió sombríamente.
Me pregunto si la guerra terminará algún día. Los britanos han luchado contra los sajones durante toda mi existencia y, aunque obtuvimos una gran victoria sobre ellos, nos han robado más tierras, y con ellas han desaparecido las leyendas nacidas de sus valles y cerros. La historia no es sólo el relato de los hechos de los hombres, sino que está amarrada a la tierra. Damos a un cerro el nombre de un héroe que encontró allí la muerte, a un río el de una princesa que huyó por sus orillas, y cuando los nombres antiguos desaparecen, los relatos se pierden también, y el nombre nuevo no recuerda ya el pasado. Los sais nos despojan de nuestra tierra y de nuestra historia. Se extienden como una plaga y Arturo no está para protegernos. Arturo, el azote de los sajones, el señor de Britania, el hombre al que el amor hirió más profundamente que cualquier espada o lanza. ¡Cuánto añoro a Arturo!
En el solsticio de invierno rogamos a los dioses que no abandonen la tierra a las grandes tinieblas. En los inviernos más crudos esas oraciones parecían muchas veces súplicas desesperadas, pero nunca como el invierno del año anterior al ataque de los sajones, cuando nuestro mundo parecía aplastado bajo una corteza de hielo y nieve dura. Para los seguidores de Mitra, el solsticio tenía doble significado, pues es también la época del nacimiento de nuestro dios y, después de la gran fiesta del solsticio en Dun Carie, me fui con Issa a las cuevas occidentales donde celebramos la ceremonia más solemne, y allí lo inicié en el culto a Mitra. Superó las pruebas con éxito y así fue recibido en la banda de guerreros escogidos que guardaban los misterios del dios. Después lo celebramos. Yo maté al toro aquel año, pero primero le cortamos los corvejones para que no se moviera y luego, levantando el hacha en el interior de la cueva, le partí la cerviz. Recuerdo que el toro tenía el hígado seco, un mal augurio, pero en aquel invierno tan frío no se produjo ningún augurio bueno.
Asistieron cuarenta hombres a la ceremonia, a pesar del mal tiempo. Arturo, aunque era iniciado desde hacía mucho tiempo, no se presentó, pero Sagramor y Culhwch abandonaron sus puestos en las fronteras y asistieron a la celebración. Al final de la fiesta, cuando la mayoría de los guerreros dormía bajo los efectos del hidromiel, nos retiramos los tres a un estrecho túnel donde no había mucho humo y conversamos en privado.
Tanto Sagramor como Culhwch tenían la certeza de que los sajones atacarían directamente a lo largo del valle del Támesis.
—Tengo entendido —nos contó Sagramor— que están acumulando provisiones y suministros en Londres y Pontes. —Se detuvo un momento a desgarrar con los dientes un trozo de carne pegada al hueso. Hacía meses que no veía a Sagramor, y su compañía me reconfortaba; el numidio era el más fuerte y temido de los comandantes de Arturo, y la pericia se le reflejaba en la cara, estrecha y afilada como un hacha. Era también el más leal de los hombres de Arturo, un amigo incondicional y un excelente narrador de historias, pero por encima de todas las cosas era por naturaleza un guerrero capaz de burlar y vencer a cualquier enemigo. Tenía aterrorizados a los sajones, que lo creían un demonio oscuro procedente de su otro mundo. A nosotros nos alegraba que vivieran con ese miedo paralizador en el cuerpo, y nos confortaba saber que, aunque superados en número, contábamos con su espada y sus duchos lanceros a nuestro lado.
—¿Cerdic no atacará por el sur? —pregunté.
Culhwch hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Nada parece indicarlo; en Venta no hay movimiento.
—Desconfían el uno del otro. —Sagramor se refería a Cerdic y a Aelle—. No quieren perderse de vista. Cerdic teme que compremos a Aelle, y Aelle teme que Cerdic le engañe con el botín, así que permanecerán más unidos que hermanos.
—Entonces, ¿qué piensa hacer Arturo? —pregunté.
—Esperábamos que nos lo contaras tú —respondió Culhwch.
—Últimamente Arturo no habla conmigo —dije, sin molestarme en ocultar mi resentimiento.
—Pues ya somos dos —gruñó Culhwch.
—Tres —se sumó Sagramor—. Viene a verme, me infla a preguntas, se une a las correrías y luego se marcha. Pero no dice nada.
—Esperemos que esté pensando —dije.
—A lo mejor está muy ocupado con esa esposa nueva —añadió Culhwch con acritud.
—¿La conoces? —pregunté.
—Una gatita irlandesa —dijo desdeñosamente—, con uñas. —Culhwch nos contó que se había acercado a visitar a Arturo y a su nueva esposa cuando se dirigía al norte para la reunión de Mitra—. Es bastante bonita —dijo a regañadientes—. Si fuera esclava, seguramente te gustaría tenerla en tu propia cocina una temporada. Bueno, a mí sí, desde luego. A ti no, Derfel. —Culhwch solía mofarse de mi fidelidad para con Ceinwyn, aunque tal fidelidad no era absolutamente excepcional. Sagramor se había casado con una sajona cautiva e, igual que en mi caso, todos se hacían lenguas de su fidelidad—. ¿De qué serviría un toro si sólo montase a una vaca? —preguntó Culhwch, pero ni Sagramor ni yo respondimos a la pulla.
—Arturo está asustado —insistió Sagramor. Hizo una pausa para ordenar sus pensamientos. El numidio hablaba bien la lengua britana, aunque con un acento espantoso, pero no era su lengua materna y frecuentemente hablaba despacio para expresar con exactitud lo que deseaba—. Ha desafiado a los dioses, y no sólo en Mai Dun sino por ejercer el poder de Mordred. Los cristianos lo odian y ahora los paganos lo consideran un enemigo. ¿Veis lo solo que se encuentra ahora?
—El problema de Arturo es que no cree en los dioses —comentó Culhwch con desdén.
—Cree en sí mismo —añadió Sagramor—, y la traición de Ginebra fue una puñalada directa al corazón. Está avergonzado. Ha perdido mucho orgullo y es orgulloso. Cree que todos nos reímos de él y por eso se aleja de nosotros.
—Yo no me río de él —protesté.
—Yo sí —dijo Culhwch, encogiéndose al estirar la pierna herida—. ¡Bastardo idiota! Tendría que haber azotado a Ginebra con el cinturón unas cuantas veces, antes. Así habría aprendido la perra ésa.
—Ahora —prosiguió Sagramor, haciendo caso omiso de la predecible opinión de Culhwch— teme la derrota. Porque, ¿qué es Arturo, sino un soldado? Le gusta pensar que es un hombre bueno, que gobierna porque tiene madera de rey, pero ha llegado al poder por la espada. Eso lo sabe en el fondo de su corazón, y si pierde esta guerra pierde lo que más aprecia en el mundo: su fama. Será recordado como un usurpador que no supo conservar lo usurpado. Le aterroriza pensar que su reputación sufra la segunda derrota.
—Tal vez Argante le cure de la primera —dije.
—Lo dudo —dijo Sagramor—. Galahad me ha dicho que en realidad no quería casarse con ella.
—Entonces, ¿por qué lo hizo? —preguntó sombríamente.
Sagramor se encogió de hombros.
—¿Por rencor hacia Ginebra? ¿Por complacer a Oengus? ¿Por demostrarnos que no necesita a Ginebra?
—¿Para jugar a chocar vientres con una niña bonita? —apuntó Culhwch.
—Si es que juega a eso, siquiera —dijo Sagramor.
Culhwch se quedó mirando al numidio con gran asombro.
—Pues claro que sí —afirmó Culhwch.
Sagramor hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Dicen que no. Es sólo un rumor, claro, y los rumores no son de fiar, por lo que hace a un hombre y una mujer. Pero creo que esa princesa es excesivamente joven para los gustos de Arturo.
—Nunca son excesivamente jóvenes —gruñó Culhwch. Sagramor se limitó a encogerse de hombros. Era mucho más sutil que Culhwch, lo cual le proporcionaba un conocimiento más profundo de Arturo, a quien le gustaba parecer sencillo cuando en realidad poseía un espíritu tan alambicado como las retorcidas sinuosidades y enroscados dragones que adornaban la hoja de Excalibur.
Nos separamos por la mañana, con la lanza y la espada rojas todavía de la sangre del toro sacrificado. Issa estaba emocionado. Hacía pocos años todavía era un campesino y, de repente, era un adepto de Mitra; me confió que pronto sería padre, pues Scarach, su mujer, estaba encinta. Issa, animado por el reciente ingreso en la orden de Mitra, estaba seguro de que venceríamos a los sajones sin ayuda de Gwent, pero yo no opinaba igual. Aunque no me gustara Ginebra, jamás la había considerado insensata, y me preocupaba que hubiera predicho un ataque de Cerdic por el sur. La alternativa tenía sentido, naturalmente; Cerdic y Aelle se habían aliado a la fuerza y querrían tenerse bajo vigilancia el uno al otro. Un ataque arrasador a lo largo del Támesis sería la forma más rápida de llegar al mar Severn y separar así los reinos britanos en dos partes. ¿Por qué habrían de sacrificar la ventaja del número dividiendo las fuerzas en dos ejércitos menores a los que Arturo podía vencer de uno en uno? Sin embargo, si Arturo esperaba un solo frente, las ventajas de un ataque por el sur eran impresionantes. Mientras Arturo estuviera enfrentándose a un ejército sajón en el valle del Támesis, el otro podía rodearlo por el flanco derecho y llegar al Severn sin encontrar resistencia apenas. Issa, por el contrario, no tenía tales cuitas. Sólo se veía a sí mismo en la barrera de escudos, ennoblecido por la aceptación en el culto de Mitra y segando cabezas sajonas como quien siega heno.
El tiempo continuó frío después del solsticio. Los días amanecían helados y apagados sin excepción, con un sol que no era más que un redondel que colgaba bajo entre las nubes del sur. Los lobos merodeaban adentrándose en las tierras de labor en busca de ovejas sueltas, alejadas de los apriscos vallados, y un día glorioso abatimos a seis bestias grises y nos hicimos con otras tantas colas para los cascos de mis hombres. Mis lanceros habían empezado a llevar colas de lobo en el casco en los densos bosques de Armórica, donde luchamos contra los francos y, como los perseguíamos como fieras merodeadoras, nos llamaron lobos, pero nos tomamos el insulto como un cumplido. Éramos los Cola de Lobo, aunque en los escudos, en vez de una cara de lobo lucíamos una estrella de cinco puntas, en honor de Ceinwyn.
Ceinwyn insistía en no marcharse a Powys en primavera. Dijo que Morwenna y Seren podían buscar allí refugio pero que ella se quedaría. Tal decisión me enfureció.
—Para que así las niñas pierdan a su padre y a su madre, ¿verdad? —le recriminé.
—Si así lo disponen los dioses, sí —respondió ella plácidamente, y luego se encogió de hombros—. Aunque sea egoísta por mi parte, eso es lo que quiero.
—¿Quieres morir? ¿Eso es egoísmo?
—No quiero irme tan lejos, Derfel —dijo—. ¿Sabes lo que es hallarse en un país lejano mientras tu hombre lucha en la guerra? Es una espera angustiosa, temes cada vez que llega un mensajero, prestas oídos a todos los rumores. Esta vez me quedo.
—¿Para añadirme una preocupación?
—Mira que eres arrogante, Derfel —replicó con calma—. ¿Crees que no sé cuidarme sola?
—Ese anillo insignificante no te salvará de los sajones —dije señalando la esquirla de ágata que llevaba en el dedo.
—Me salvaré por mi cuenta. No te preocupes, Derfel, no me pegaré a tus faldas y no permitiré que me tomen cautiva.
Al día siguiente nacieron los primeros corderos en un aprisco muy escondido al pie del cerro de Dun Carie. Era muy temprano para tales nacimientos, pero lo interpreté como una señal propicia de los dioses. Antes de que Ceinwyn lo impidiera sacrificamos la primera cría que nació para que el resto de la época de nacimientos fuera fructífera. El pellejo ensangrentado del pobre animal fue clavado a un sauce a la orilla del río y, al día siguiente, debajo del árbol, nació una planta de matalobos cuyos pequeños pétalos amarillos fueron la primera pincelada de color del cambio de año. Ese mismo día vi tres brillantes martines pescadores revoloteando cerca de las heladas márgenes del río. La vida empezaba a bullir. Al alba, después del canto de los gallos, oímos de nuevo el piar de los zorzales, de los petirrojos, de las alondras, de los carrizos y de los gorriones.
Arturo mandó a buscarnos dos semanas después del nacimiento de los primeros corderos. La nieve se había fundido y el mensajero hubo de esforzarse por caminos embarrados para hacernos llegar la convocatoria de reunión en el palacio de Lindinis. Teníamos que estar allí para la fiesta de Imbolc, la primera festividad después del solsticio, dedicada a la diosa de la fertilidad. En Imbolc hacemos pasar corderos recién nacidos por aros de fuego y después, las jóvenes, cuando piensan que nadie las ve, saltan entre los aros consumidos y tocan las cenizas del fuego de Imbolc, y se untan polvo gris de cenizas entre los muslos. A los niños que nacen en noviembre se les llama hijos de Imbolc, pues su madre es la ceniza y su padre el fuego. Ceinwyn y yo llegamos la víspera de Imbolc por la tarde, cuando el sol invernal proyectaba largas sombras sobre la hierba clara. El palacio estaba rodeado por los lanceros de Arturo, que lo protegían de la repentina hostilidad de la gente que recordaba la invocación mágica de la niña luminosa hecha por Merlín en el atrio del palacio.
Sorprendido, descubrí que en el atrio se habían hecho los preparativos de Imbolc. Arturo nunca había dado importancia a esas cosas y había dejado la observación de los ritos religiosos en manos de Ginebra, pero ella nunca celebraba los primitivos festivales del país, como el de Imbolc. Sin embargo, ese día encontramos un gran aro de paja trenzada dispuesto para la quema en el centro del atrio, y unos cuantos corderillos lechones encerrados con sus madres en un pequeño recinto cerrado. Culhwch salió a recibirnos y señaló con ademán pícaro el aro de paja.
—La oportunidad de tener otra criatura, señora —le dijo a Ceinwyn.
—¿Por qué, si no, estaría yo aquí? —replicó ella, y le dio un beso—. ¿Cuántos hijos tenéis vos?
—Veintiuno —respondió con orgullo.
—¿De cuántas madres?
—De diez —sonrió y me dio una palmada en la espalda—. Mañana tenemos que ir a por las órdenes.
—¿Tenemos?
—Tú, yo, Sagramor, Galahad, Lanval, Balin, Morfans —se encogió de hombros—, todos.
—¿Argante está aquí? —pregunté.
—¿Quién crees que ha colocado el aro? —preguntó—. Ha sido idea suya. Ha traído a un druida de Demetia, y esta noche, antes de cenar, tenemos que adorar a Nantosuelta.
—¿A quién? —preguntó Ceinwyn.
—Es una diosa —contestó Culhwch sin darle importancia. Había tantos dioses y diosas que sólo un druida podía conocer todos los nombres, y ni Ceinwyn ni yo habíamos oído hablar de Nantosuelta hasta entonces.
No vimos a Arturo ni a Argante hasta la noche, cuando Hygwydd, su escudero, nos llamó a todos al atrio, que estaba iluminado con antorchas impregnadas de brea y colocadas en tederos de hierro. Me acordé de la noche de Merlín en aquel mismo lugar y de la multitud de gente temerosa que alzaba a los niños tullidos o enfermos hacia Olwen de Plata. Pero ese día una reunión de lores y damas aguardaba con incertidumbre a los lados del aro de paja, mientras que en el estrado del extremo occidental se alzaban tres asientos cubiertos con paños de lino blanco. Junto al aro había un druida, a quien tomé por el druida que Argante había traído de tierras de su padre. Era un hombre fornido de corta estatura, con una desgreñada barba negra en la que se había enhebrado mechones de pelo de zorro y puñados de huesecillos.
—Se llama Fergal —me dijo Galahad— y odia a los cristianos. Se ha pasado la tarde maldiciéndome y, cuando llegó Sagramor, a punto estuvo de desvanecerse de horror. Creía que era Crom Dubh personificado. —Galahad se rió de buena gana.
Ciertamente, Sagramor habría podido ser la encarnación del dios oscuro, pues iba ataviado de cuero negro y llevaba una vaina de espada, negra también, al costado. Había acudido a Lindinis con Malla, su esposa sajona, plácida y de gran envergadura, y los dos se encontraban separados de nosotros en el extremo opuesto del patio. Sagramor adoraba a Mitra pero tenía poco tiempo para los dioses britanos, y Malla seguía adorando a Woden, Eostre, Thunor, Fir y Seaxnet, deidades sajonas.
Estaban allí todos los comandantes de Arturo, aunque, mientras le aguardábamos, pensé en los que faltaban. Cei, que se había criado con Arturo en la lejana Gwynedd, había caído en la Isca dumnonia durante la revuelta de Lancelot; lo habían matado los cristianos. Agravain, que había comandado durante años a los jinetes de Arturo, murió aquel invierno a causa de unas fiebres. Balin ocupaba entonces el puesto de Agravain, y había acudido a Lindinis con tres mujeres y una tribu de rapaces fuertes que miraban horrorizados a Morfans, el hombre más feo de toda Britania, cuyo rostro nos era ya tan familiar a todos los demás que ni nos dábamos cuenta de su labio leporino, su enorme bocio ni su mandíbula torcida. A excepción de Gwydre, que aún era un niño, yo debía de ser el más joven de los presentes, cosa que me sorprendió sobremanera. Necesitábamos nuevos señores de la guerra, y allí mismo, en ese mismo momento decidí dar a Issa su propia banda de guerreros tan pronto como terminara la guerra contra los sajones. Si es que Issa sobrevivía. Y si sobrevivía yo.
Galahad cuidaba de Gwydre y ambos se acercaron a Ceinwyn y a mí. Galahad siempre había sido apuesto, y por aquella época de sus años de madurez el tiempo había investido de dignidad su gallardo porte. Su pelo, dorado y brillante en los años mozos, era ya plateado, y se había dejado crecer una barba puntiaguda. Siempre habíamos sido buenos amigos, él y yo, pero en aquel invierno difícil debió de acercarse más a Arturo que todos los demás. Galahad no se encontraba en el palacio del mar y no presenció la humillación de Arturo, cosa que, unida a su simpatía y su serenidad, le hicieron aceptable a ojos de Arturo. Ceinwyn le preguntó, bajando la voz para que Gwydre no la oyera, qué tal estaba Arturo.
—Ojalá lo supiera —respondió Galahad.
—Seguro que es feliz —apuntó Ceinwyn.
—¿Por qué?
—¿No tiene una nueva esposa?
Galahad sonrió.
—Cuando un hombre emprende un viaje, estimada señora, y le roban el caballo en el camino, normalmente se precipita al comprar otro de repuesto.
—Y a partir de entonces, ni lo monta —añadí brutalmente.
—¿Eso te han dicho, Derfel? —replicó Galahad, sin confirmar ni negar el rumor. Sonrió—. El matrimonio es un gran misterio para mí —añadió con vaguedad. Galahad no se había casado, no se había asentado siquiera desde que su casa, en Ynys Trebes, cayera a manos de los francos. A raíz de la pérdida se trasladó a Dumnonia, donde vio crecer a una generación de niños, pero seguía siendo una especie de huésped. Tenía habitaciones en el palacio de Durnovaria, parcas en mobiliario y comodidades. Llevaba encomiendas de Arturo, viajaba a lo largo y ancho de Britania resolviendo problemas con otros reinos o cabalgaba con Sagramor en correrías por territorio sajón, y tanto más satisfecho parecía cuanto más ocupado se hallaba en dichas tareas. Alguna vez sospeché que estaba prendado de Ginebra, mas Ceinwyn siempre se burlaba de semejante idea. Decía que Galahad estaba enamorado de la perfección y era demasiado exigente como para prendarse de una mujer de verdad. Amaba la idea de la mujer, decía Ceinwyn, pero no soportaba la realidad de las enfermedades, la sangre y el dolor. En la batalla no mostraba repugnancia por tales cosas, pero según Ceinwyn, se debía a que en la batalla eran los hombres los que sangraban y sufrían, y Galahad no idealizaba a los hombres, sólo a las mujeres. Tal vez Ceinwyn tuviera razón. Yo sólo sabía que mi amigo debía de sentirse solo a veces, aunque jamás se lamentara de tal cosa.
—Arturo está muy orgulloso de Argante —dijo con una sonrisa afable, aunque en un tono como si callara algo.
—Pero no es Ginebra —apunté.
—Ciertamente, no —dijo Galahad, agradeciendo que hubiera expresado el pensamiento—, aunque se asemejan en algunos aspectos.
—¿Como cuales? —preguntó Ceinwyn.
—Tiene ambiciones —respondió Galahad con cierta reserva—. Cree que Arturo tendría que ceder Siluria a su padre.
—¡Él no es quién para ceder Siluria! —exclamé.
—No —dijo Galahad—, pero Argante cree que podría conquistarla.
Escupí. Para conquistar Siluria, Arturo tendría que luchar contra Gwent e incluso contra Powys, los dos países que juntos gobernaban el territorio.
—Está loca —dije.
—Es ambiciosa, aunque no realista —puntualizó Galahad.
—¿Os agrada Argante? —le preguntó Ceinwyn sin rodeos.
Galahad se ahorró la respuesta porque la puerta del palacio se abrió súbitamente y Arturo compareció por fin. Iba vestido de blanco, como de costumbre, y su rostro, que tan adusto se había vuelto durante los últimos meses, se me antojó viejo de repente. Un sino cruel, pues llevaba del brazo a su nueva esposa, toda vestida de dorado, y su nueva esposa era poco más que una niña.
Fue la primera vez que vi a Argante, princesa de los Uí Liatháin y hermana de Isolda, y en muchos aspectos se parecía a la desdichada Isolda, pues era una criatura frágil en la frontera entre niña y mujer, y aquella noche de Imbolc se encontraba más cerca de la infancia con aquel gran manto de lino tieso que, con toda seguridad, había pertenecido a Ginebra. La ropa le quedaba visiblemente grande, y la muchacha caminaba con paso torpe entre los pliegues dorados. Me acordé del día en que vi a su hermana adornada con muchas joyas y de la impresión que me produjo, la de una niña disfrazada con el oro de su madre. Argante me produjo la misma sensación, habríase dicho vestida para jugar e, igual que una niña que finge ser mayor, tomó una actitud de solemne ensimismamiento para contrarrestar su falta de dignidad innata. Llevaba el lustroso pelo negro recogido en una larga trenza alrededor de la cabeza y sujeto con un broche de azabache, el color de los escudos de los temidos guerreros de su padre; el estilo adulto no convenía a su rostro infantil, de la misma manera que la gruesa torques de oro que llevaba alrededor del cuello antojóseme excesiva para su esbelta garganta. Arturo la condujo al estrado y, con una inclinación de cabeza, la dejó en el asiento de la izquierda. Dudo que ninguno de los presentes en el atrio, fuera invitado, druida o centinela, dejara de pensar lo mucho que se parecían padre e hija. Hubo una pausa después de que Argante se sentara. Fue un momento de inquietud, como si hubieran pasado por alto una parte del rito y una importante ceremonia estuviera a punto de convertirse en algo ridículo, pero entonces se oyó como un tumulto en el umbral de la puerta, un amago de risa, y apareció Mordred.
Nuestro rey salió cojeando y con una sonrisa perversa en los labios. Interpretaba un papel, como Argante, pero, al contrario que ella, él actuaba por fuerza. Sabía que todos los congregados en el atrio eran partidarios de Arturo y que le profesaban odio y que, aunque fingieran que él era su rey, lo mantenían con vida en contra de sus deseos. Subió al estrado. Arturo inclinó la cabeza y los demás lo imitamos. Mordred, con su pelo hirsuto más indomable que nunca y la barba como un feo ribete de su rostro redondo, asintió con gesto seco y se sentó en el asiento del centro. Argante lo miró con agrado, sorprendentemente; Arturo se sentó en el asiento que quedaba y así los vimos a los tres, el emperador, el rey y la esposa niña.
No pude evitar el pensamiento de que Ginebra lo habría hecho mucho mejor. Habríamos tenido hidromiel caliente para beber, más hogueras para calentarnos y música para llenar los silencios tensos, pero aquella noche habríase dicho que nadie sabía lo que se había de hacer, hasta que Argante dirigió a su druida una especie de silbido. Fergal miró nerviosamente a todas partes y se dirigió a zancadas al otro extremo del patio a coger una antorcha de un tedero. Con la antorcha encendió el aro y empezó a musitar encantamientos incomprensibles mientras las llamas prendían en la paja.
Unos esclavos sacaron cinco corderos de la jaula. Las ovejas balaron tristemente por las crías, que se retorcían entre los brazos de los esclavos. Fergal esperó a que el fuego prendiera en todo el aro y ordenó que hicieran pasar a los corderos por el círculo de llamas. Y ahí empezó la confusión. Los corderos, ignorantes de que la fertilidad de Dumnonia dependía de su obediencia, se dispersaron en todas direcciones, excepto hacia el fuego, y los hijos de Balin se unieron alborozados al jolgorio de la caza, aunque sólo consiguieron exacerbar la confusión. Por fin, uno a uno, recogieron a los corderos, los hicieron acercarse al aro y, con tiempo y paciencia, lograron convencerlos para que pasaran por el aro de fuego, pero en el patio la buscada solemnidad del acto ya se había roto. Argante, que sin duda estaría acostumbrada a presenciar tales ceremonias investidas de mayor dignidad en su Demetia nativa, fruncía el ceño, pero los demás reíamos y charlábamos. Fergal devolvió seriedad a la velada con un feroz grito repentino que nos dejó helados a todos. El druida estaba de pie, con la cabeza echada hacia atrás mirando a las nubes, con un ancho cuchillo de sílex alzado en la mano derecha y un cordero indefenso que se retorcía en la izquierda.
—¡Oh, no! —protestó Ceinwyn, y se volvió de espalda. Gwydre hizo una mueca de dolor y le pasé el brazo por los hombros.
Fergal lanzó un grito retador a la noche y levantó cuchillo y cordero por encima de su cabeza. Gritó una vez más y atacó con fiereza al cordero, golpeando y rasgando el cuerpecillo con el rudo cuchillo desafilado; el cordero se debatía más débilmente incluso y balaba llamando a su madre, la cual respondía impotente, y mientras tanto la sangre manaba tiñendo el vellón y bañaba la cara a Fergal, que seguía mirando al cielo, y la barba desaliñada y adornada con huesos y piel de zorro.
—Cuánto me alegro —me murmuró Galahad al oído— de no vivir en Demetia.
Observé a Arturo durante la celebración de tan extraordinario sacrificio y vi la expresión de repugnancia con que lo soportaba. De repente se dio cuenta de que lo miraba y se puso rígido. Argante, con la boca abierta de entusiasmo, se inclinaba hacia adelante observando al druida. Mordred sonreía.
El cordero murió y Fergal, para horror nuestro, procedió a recorrer el patio sacudiendo el cadáver, gritando oraciones y salpicándonos a todos. Tapé a Ceinwyn con mi manto cuando el druida, chorreando sangre por la cara, pasó danzando ante nosotros. Arturo no tenía la menor idea del bárbaro sacrificio que allí iba a perpetrarse. Habría supuesto, sin duda, que su esposa preparaba una ceremonia decorosa para abrir la fiesta, pero la celebración se convirtió en una orgía de sangre. Los cinco corderos fueron sacrificados y, una vez degollado el último con el negro cuchillo de sílex, Fergal dio un paso atrás y señaló el aro.
—Nantosuelta os espera —nos dijo—. ¡Aquí está! ¡Venid todos! —evidentemente, esperaba alguna reacción pero nadie se movió. Sagramor miró a la luna y Culhwch se quitó un piojo de la barba. En el aro quedaban unas llamas pequeñas y algunos fragmentos de paja encendida cayeron sobre los cadáveres ensangrentados que yacían en las losas del suelo, pero nadie se movió—. ¡Venid a Nantosuelta! —repitió Fergal con voz ronca.
Entonces, Argante se puso en pie. Con un movimiento de hombros se despojó de la capa dorada y se quedó con un sencillo vestido azul de lana con el que parecía más niña que nunca. Tenía estrechas caderas de muchacho, las manos pequeñas y el rostro delicado y claro como el vellón de los corderos antes de que el negro cuchillo les privara de la vida. Fergal la llamó.
—Ven —entonó—, ven a Nantosuelta; Nantosuelta te llama, ven a Nantosuelta —y siguió canturreando, llamando a Argante para que acudiera a la diosa. Argante avanzó despacio, como en trance, cada paso un esfuerzo, caminaba y se detenía entre paso y paso mientras el druida la animaba a continuar—. Ven a Nantosuelta —entonó de nuevo—, Nantosuelta te llama, ven a Nantosuelta. —Argante tenía los ojos cerrados. Era un momento imponente, al menos para ella, pues los demás nos sentíamos cohibidos, creo. Arturo parecía muy afectado y no era de extrañar, pues aquello parecía un simple trueque de Isis por Nantosuelta; por el contrario, Mordred, a quien se le había prometido Argante por esposa en otro tiempo, observaba con expresión ansiosa a la niña que avanzaba paso a paso—. Ven a Nantosuelta, Nantosuelta te llama. —Fergal le hacía señas para que continuara, aunque su voz era ya aguda como un grito de mujer.
Argante llegó al aro y, cuando el calor de las últimas llamas le tocó la cara, abrió los ojos y se sorprendió de encontrarse ante el fuego de la diosa. Miró a Fergal y, agachando la cabeza, pasó rápidamente por el aro humeante. Sonrió victoriosa y Fergal aplaudió instándonos a todos a secundarle en la ovación. Así lo hicimos, aunque nuestras poco entusiastas palmadas cesaron en el momento en que Argante se acuclilló junto a los corderillos muertos. Guardamos silencio y ella mojó un dedo con delicadeza en una de las cuchilladas. Luego lo retiró y lo levantó para enseñarnos la sangre brillante en la yema; acto seguido, se volvió a Arturo para que también él lo viera. Argante lo miró fijamente y abrió la boca mostrando unos pequeños dientes blancos; poco a poco, se llevó el dedo a la boca, entre los dientes, cerró los labios y chupó la sangre. Vi que Gwydre miraba a su madrastra con incredulidad. Argante no era mucho mayor que Gwydre. Ceinwyn, estremecida, me oprimía la mano con fuerza.
Argante no había terminado. Se dio la vuelta, volvió a untar el dedo en la sangre y luego tocó con ese mismo dedo las ascuas calientes del aro. En cuclillas, se palpó bajo el orillo del vestido azul y se limpió la sangre y las cenizas del dedo en los muslos. Así se aseguraba la descendencia. Utilizaba el poder de Nantosuelta para empezar su propia dinastía y todos fuimos testigos de su ambición. Volvió a cerrar los ojos como en éxtasis pero, súbitamente, la ceremonia terminó. Se puso en pie con la mano a la vista de todos e hizo una seña a Arturo para que se acercara. Sonrió por primera vez en toda la noche y me pareció bella, de una belleza cruda, dura en su estilo, como la de Ginebra, pero sin la mata de luminoso cabello rojo que la suavizara.
Volvió a reclamar a Arturo con un gesto, pues al parecer, según el rito, él también había de pasar por el aro. Arturo vaciló un momento, miró a Gwydre e, incapaz de proseguir con la superstición, se puso en pie y sacudió la cabeza.
—A cenar —dijo secamente, y enseguida endulzó la brusca orden con una sonrisa dedicada a los invitados; en ese instante miré a Argante y vi en su rostro blanco una expresión de furia absoluta. Por un segundo creí que empezaría a chillar a Arturo. Tensó su cuerpo menudo y apretó los puños, pero Fergal, que parecía ser el único, además de yo mismo, que había advertido la ira de la muchacha, le musitó algo al oído que la aplacó con un estremecimiento. Arturo no se dio cuenta—. Llevad las antorchas —ordenó a los guardianes; las llevaron al interior del palacio para iluminar el salón de festejos—. Venid —nos dijo a los demás, y nos dirigimos agradecidos hacia las puertas del palacio. Argante vaciló pero Fergal volvió a decirle algo al oído y ella obedeció la llamada de Arturo. El druida se quedó junto al aro humeante.
Ceinwyn y yo fuimos los últimos en entrar. Un impulso incierto me retuvo, pero toqué a Ceinwyn en el brazo y nos dirigimos a las sombras de los arcos, donde vi a otra persona que tampoco había entrado. Cuando el patio quedó vacío, a excepción de las ovejas que no cesaban de balar y del druida cubierto de sangre, tal persona salió de las sombras. Era Mordred. Pasó cojeando ante el estrado, por las losas del suelo, y se detuvo junto al aro. El druida y él se miraron un segundo y Mordred hizo un gesto extraño con la mano, como pidiendo permiso para pasar por los brillantes restos del aro de fuego. Tras dudarlo un momento, Fergal asintió bruscamente. Mordred agachó la cabeza y pasó. Se detuvo al otro lado y untó el dedo en la sangre, pero no seguí mirando lo que hacía. Me llevé a Ceinwyn al interior del palacio donde las llamas humeantes iluminaban los magníficos frescos de los dioses y las cazas romanas.
—Si sirven cordero —dijo Ceinwyn—, no lo probaré.
Arturo sirvió salmón, jabalí y venado. Una arpista tocaba. Mordred, que llegó tarde sin que nadie lo advirtiera, se sentó en la cabecera de la mesa con una sonrisa ladina en su burdo rostro. No habló con nadie ni nadie habló con él, pero de vez en cuando miraba a la blanca y delgada Argante, que era la única que no disfrutaba del banquete. Vi que en una ocasión sorprendía la mirada de Mordred, e intercambiaron un encogimiento de hombros exasperado, como si ambos despreciaran a todos los presentes; pero, a parte de ese intercambio, Argante permaneció huraña y Arturo, en tensión por su causa, mientras que los demás fingíamos no darnos cuenta del estado de ánimo de la muchacha. Naturalmente, a Mordred le divertía la actitud de Argante.
Al día siguiente hubo partida de caza. Éramos doce en total, todos hombres. A Ceinwyn le gustaba la caza, pero Arturo le pidió que pasara la mañana con Argante y Ceinwyn aceptó de mala gana.
Recorrimos los bosques occidentales con poca esperanza, pues Mordred solía cazar por allí con frecuencia y el montero no creía que fuéramos a encontrar venados. Los lebreles de Ginebra, que estaban al cuidado de Arturo, rastrearon entre los negros troncos y lograron levantar una hembra de gamo que nos proporcionó una entretenida carrera por el bosque, pero el montero llamó a los perros cuando vio que la hembra estaba preñada. Arturo y yo nos habíamos desviado durante la carrera con la idea de atajar a la presa en el lindero del bosque, pero nos detuvimos al oír los cuernos. Arturo miró alrededor como esperando encontrar más compañía, y soltó un gruñido cuando sólo me vio a mí.
—Un asunto raro, el de anoche —dijo sin soltura—, pero a las mujeres les gustan esas cosas —añadió, quitándole importancia.
—A Ceinwyn no le gustan —repliqué.
Me clavó una mirada penetrante. Estaría preguntándose si mi mujer me habría contado su proposición de matrimonio, pero me mostré indiferente y debió creer que nada me había dicho.
—No —dijo. Tras otro instante de incertidumbre se rió forzadamente—. Argante cree que yo tenía que haber pasado entre las llamas en señal de matrimonio, pero le dije que no necesitaba sacrificar corderos para saber que estaba casado.
—No he tenido ocasión de felicitaros por vuestra boda —dije con formalidad—, así que permitidme que lo haga ahora. Es una muchacha muy bella.
—Sí —dijo complacido, pero enseguida se sonrojó—. Pero no es más que una niña.
—Según Culhwch, hay que tomarlas cuando son jóvenes, señor —comenté con ligereza.
Arturo pasó por alto el trivial comentario.
—Yo no quería casarme —dijo en voz baja. No respondí. No me miraba sino que tenía la vista perdida en los campos en barbecho—. Pero el hombre debe estar casado —aseveró con firmeza, como para convencerse a sí mismo.
—Ciertamente —asentí.
—A Oengus le entusiasmó. Cuando llegue la primavera, Derfel, vendrá con todo su ejército. Los Escudos Negros son buenos guerreros.
—No los hay mejores, señor —dije, pero en mi fuero interno pensé que Oengus habría acudido con sus guerreros tanto si Arturo se casaba con Argante como si no. Lo que Oengus quería en realidad era la alianza de Arturo contra Cuneglas de Powys, en cuyas tierras hacían incursiones sus lanceros continuamente, pero sin duda el astuto rey irlandés habría insinuado a Arturo que el matrimonio sería la garantía del apoyo de sus Escudos Negros en la campaña de primavera. El matrimonio se había acordado precipitadamente, a todas luces, y también a todas luces, Arturo lo lamentaba, en ese momento.
—Quiere tener hijos, como es lógico —dijo Arturo, pensando todavía en los horrendos ritos que habían manchado de sangre el atrio de Lindinis.
—¿Vos no, señor?
—Todavía no —replicó secamente—. Creo que prefiero esperar a que concluya el asunto de los sajones.
—Ahora que lo decís, os traigo una petición de la dama Ginebra. —Arturo volvió a clavarme una mirada cortante pero no dijo nada—. Ginebra teme —proseguí— encontrarse en una posición vulnerable si los sajones atacan por el sur. Os ruega que la cambiéis de prisión, que la trasladéis a un lugar más seguro.
Arturo se inclinó hacia adelante y acarició las orejas a su montura. Esperaba que el nombre de Ginebra despertara su cólera, pero no fue así.
—Los sajones podrían atacar por el sur —dijo con suavidad—, y así lo espero, en realidad, pues de ese modo dividirán sus fuerzas en dos y podremos acabar con ellos de uno en uno. Pero el peligro mayor, Derfel, sería si se unieran en un solo ataque por el Támesis, y mi deber es pensar en el peligro mayor, no en el menor.
—Pero, de todos modos —insistí— ¿no sería prudente llevarse del sur de Dumnonia cuanto sea de valor?
Se volvió a mirarme con una expresión burlona, como si me despreciara por mostrar simpatía hacia Ginebra.
—¿Acaso es valiosa ella, Derfel? —preguntó. No respondí. Arturo me dio la espalda y se quedó mirando los campos claros donde los zorzales y los grajos buscaban gusanos entre los surcos—. ¿Debería matarla? —me preguntó súbitamente.
—¿Matar a Ginebra? —repliqué perplejo, y entonces me di cuenta de que Argante debía de ser la inspiradora de tales palabras. Seguramente estaría resentida porque Ginebra viviera después de cometer la misma falta por la que su hermana había perdido la vida—. Esa decisión, señor, no me corresponde tomarla a mí, pero si la muerte fuese el justo castigo, ¿no debería haberlo recibido hace meses y no ahora?
Mis palabras le hicieron sonreír.
—¿Qué le harían los sajones? —preguntó.
—Cree que la violarían, pero sospecho que la pondrían en un trono.
Miró el paisaje con el ceño fruncido. Sabía que me refería al trono de Lancelot, y estaba imaginándose la embarazosa situación en que quedaría su enemigo mortal ocupando el trono de Dumnonia con Ginebra a su lado, sujetos ambos al poder de Cerdic. Era un pensamiento insoportable. —Si estuviera en peligro de que la capturasen— dijo con voz ronca—, mátala.
Apenas podía creer lo que acababa de oír. Me quedé mirándolo, pero él no quería mirarme a los ojos.
—¿No sería mucho más fácil llevarla a otra parte? —dije—. ¿Por qué no trasladarla a Glevum?
—Ya tengo suficientes preocupaciones —dijo, cortante— como para perder el tiempo pensando en la seguridad de los traidores. —Por unos segundos, lo vi más furioso que nunca, pero enseguida sacudió la cabeza y suspiró—. ¿Sabes a quién envidio? —me preguntó.
—Decidme, señor.
—A Tewdric.
—¡A Tewdric! —exclamé con una carcajada—. ¿Queréis ser un monje estreñido?
—Es feliz —replicó Arturo con firmeza—, ha encontrado la vida que siempre había deseado. No quiero la tonsura ni me interesa su dios, pero le envidio de todos modos. —Esbozó una sonrisa—. Me agoto preparando una guerra en cuya victoria sólo yo creo, y no quiero nada de ella. ¡Nada! Mordred tendría que ser rey, juramos convertirlo en rey, y si vencemos a los sajones, Derfel, dejaré que reine. —Hablaba en tono desafiante, pero no le creí—. Lo único que he deseado en mi vida —prosiguió— es una casa, un poco de tierra, algo de ganado, recoger la cosecha, leña para quemar, una fragua para trabajar el hierro y un río donde beber. ¿Te parece mucho? —Pocas veces se permitía tales demostraciones de victimismo y me limité a dejar que se explayase. Me había contado en otras ocasiones ese sueño de una casa bien protegida por una empalizada, aislada del mundo por profundos bosques y con vastos campos habitados por su propia gente, pero en ese momento, cuando Cerdic y Aelle reunían lanzas, debió de comprender que era un sueño imposible—. No puedo mantener Dumnonia eternamente —dijo—, y cuando venzamos a los sajones tal vez sea la hora de pasar las riendas de Mordred a otros hombres. En cuanto a mí, seguiré a Tewdric hacia la felicidad. —Recogió las riendas de su yegua—. Ahora no puedo pensar en Ginebra, pero si está en peligro arréglatelas tú con ella. —Y con tan seca orden, hincó espuelas y se alejó.
Me quedé donde estaba, consternado, pero si hubiera pensado más allá del horror que me producía la orden, habría adivinado sin duda las verdaderas intenciones de Arturo. Sabía que yo no mataría a Ginebra, y por tanto sabía que estaría a salvo, pero dándome tan cruda orden no se veía obligado a delatar afecto por ella. Odi et amo, excrucior.
Aquella mañana no cobramos pieza alguna.
Por la tarde, los guerreros se reunieron en el salón de festejos. Mordred estaba presente, encogido en el asiento que hacía las veces de trono. Nada tenía que aportar, pues era un rey sin reino; sin embargo Arturo lo trataba con el debido protocolo. Arturo comenzó, como era de esperar, diciendo que cuando los sajones atacaran, Mordred cabalgaría con él y que todo el ejército lucharía bajo la enseña de Mordred, el dragón rojo. Mordred asintió, pues no podía hacer otra cosa. En realidad, y todos lo sabíamos, aquello no era un ofrecimiento para que Mordred redimiera su reputación en la batalla sino una forma de evitar que cometiera maldades. La mejor oportunidad de Mordred para recuperar el poder pasaba por aliarse con nuestros enemigos ofreciéndose como marioneta del rey Cerdic; sin embargo, permanecería prisionero entre los aguerridos lanceros de Arturo.
Después, Arturo confirmó que el rey Meurig de Gwent no participaría en la guerra. Tal noticia, aunque ya era esperada, fue recibida con gruñidos de odio, pero Arturo los acalló. Dijo que Meurig estaba convencido de que Gwent no tenía parte en el conflicto, aunque hubo de dar licencia a su pesar para que Cuneglas llevara a su ejército desde Powys hacia el sur por su territorio y para que Oengus cruzara el reino con sus Escudos Negros. Sin embargo, evitó toda referencia a la ambición de Meurig de hacerse con el trono de Dumnonia, consciente, tal vez, de que tal declaración nos indispondría más aún con el rey de Gwent y porque aún conservaba la esperanza de que Meurig cambiara de opinión, y por tanto prefería no alimentar nuestro odio hacia Meurig. Arturo dijo que las fuerzas de Powys y Demetia convergerían en Corinium, pues Arturo establecería la base en dicha ciudad amurallada y en ella concentraría nuestros suministros. —Mañana empezaremos a aprovisionar Corinium —añadió—, quiero atiborrarlo de víveres, allí libraremos la batalla. —Hizo una pausa—. Una gran batalla entre todas sus fuerzas y todos los hombres que seamos capaces de reunir.
—¿Un sitio? —preguntó Culhwch sorprendido.
—No —dijo Arturo. Y expuso que pretendía utilizar Corinium como señuelo. Los sajones se enterarían enseguida de que la ciudad era un almacén de carne en salazón, pescado seco y grano y, como cualquier horda en pie de guerra, andarían escasos de víveres y se dirigirían a Corinium cual zorra al gallinero y allí pensaba destruirlos—. Pondrán sitio a la ciudad —dijo—, y Morfans la defenderá. —Morfans, que sabía de antemano el puesto que le había sido asignado, asintió—. Pero los demás —prosiguió Arturo— ocuparán las colinas del norte de la ciudad. Cerdic sabrá que tendrá que destruirnos y romperá el sitio para atacarnos. Entonces libraremos la batalla en el campo que escojamos nosotros.
Todo el plan dependía de que ambos ejércitos de sajones avanzaran por el valle Támesis arriba, y todo parecía indicar que, ciertamente, eso se proponían. Estaban aprovisionando Londres y Pontes y no se percibían preparativos en la frontera sur. Culhwch, que guardaba la frontera sur, se había internado mucho en Lloegyr durante sus correrías e informó de la ausencia de concentraciones de lanceros u otras señales de que Cerdic almacenara grano y carne en Venta o en cualquier otra ciudad fronteriza. Arturo dijo que todo parecía indicar un solo asalto brutal y en masa por el Támesis, apuntando hacia las costas del mar Severn, con una batalla decisiva en algún punto en torno a Corinium. Los hombres de Sagramor ya habían preparado grandes almenaras en las cimas de los montes a ambos lados de la vega del Támesis, y también se habían levantado otras en las colinas que se adentraban en el sur y el oeste de Dumnonia; cuando avistáramos el humo de dichos fuegos, teníamos que partir cada cual a su puesto.
—Pero no será hasta después de Baltain —dijo Arturo. Tenía espías en las fortalezas de Aelle y de Cerdic, y todos informaban de que los sajones esperarían hasta después de la fiesta de su diosa Eostre, que se celebraba una semana más tarde que la de Beltain. Los sajones deseaban recibir la bendición de la diosa, dijo Arturo, y también querían dar tiempo a los nuevos barcos para que cruzaran el mar con sus naves repletas de luchadores hambrientos.
Pero después de la fiesta de Eostre, añadió, los sajones avanzarían y les permitiría adentrarse en Dumnonia sin presentar batalla, aunque planeaba hostigarlos a lo largo de todo el camino. Sagramor, con sus aguerridos lanceros, se retiraría frente a la horda sajona ofreciendo toda la resistencia posible sin formar barrera de escudos, mientras Arturo reunía al ejército de aliados en Corinium.
Culhwch y yo recibimos órdenes diferentes. Teníamos la misión de defender los montes del sur del valle del Támesis. No podíamos esperar una victoria contra ninguna oleada de sajones que llegara por esos montes, pero Arturo pensaba que en realidad no atacarían por allí. Los sajones, repitió una y otra vez, marcharían hacia el oeste, siempre hacia el oeste por el Támesis, aunque era posible que algunas bandas hicieran incursiones por los montes del sur en busca de grano y ganado. Nuestra misión consistiría en detener a esas bandas y obligar a los saqueadores a replegarse hacia el norte, pues así llegarían a la frontera con Gwent y tal vez Meurig se viera obligado a declararles la guerra. La idea no expresada que inspiraba esa esperanza, pero que todos los presentes en el ahumado salón comprendimos, era que sin los bien ejercitados lanceros de Gwent la gran batalla en las cercanías de Corinium sería realmente desesperada.
—Así es que luchad con ánimo —nos dijo Arturo a Culhwch y a mí—, matad a los saqueadores, asustadlos, pero en cuanto estén a un día de marcha de Corinium, dejadlos y venid a reuniros conmigo. —Arturo necesitaría hasta la última lanza disponible para disputar la terrible batalla fuera de Corinium, pero estaba seguro de que la ganaríamos si nuestras fuerzas se mantenían en terreno elevado.
Era un buen plan, en cierto modo. Los sajones picarían el anzuelo y se adentrarían en Dumnonia, donde se verían obligados a presentar batalla desde el pie de un monte escarpado, pero el plan dependía de que el enemigo actuara exactamente como Arturo preveía; pensé que Cerdic no era de los que se prestan a complacer al prójimo. Sin embargo, Arturo confiaba en que todo saliera según lo previsto y eso me confortaba, al menos.
Volvimos todos a casa. Me labré cierta impopularidad registrando todos los hogares de mi tierras y confiscando grano, carne en salazón y pescado seco. Dejamos víveres suficientes para que el pueblo sobreviviera y enviamos lo demás a Corinium, a engrosar las despensas de las tropas de Arturo. Fue un asunto desagradable, pues los campesinos temen el hambre casi tanto como las lanzas enemigas, y tuvimos que buscar las despensas escondidas y soportar los gritos de las mujeres que nos acusaban de tiranía. Yo les decía que era mejor dejarse requisar por nosotros que no ser saqueados por los sajones.
También nos preparamos para la batalla. Saqué los avíos de guerra y mis esclavos engrasaron el peto de cuero, pulieron la cota de mallas, cepillaron la cola de lobo del yelmo y repasaron la pintura de la estrella blanca de mi pesado escudo. El año nuevo llegó con el canto del primer mirlo. Los tordos mayores lanzaban su llamada desde las ramas altas de los alerces que crecían tras el cerro de Dun Carie, y pagamos a los niños de la aldea para que corrieran con cazuelas por los huertos espantando a los pardillos, que se comían todo apunte de fruto que encontraban. Los gorriones criaban y en el río refulgían los salmones que regresaban. Las bandadas de lavanderas blancas y negras llenaban las noches de ruido y, al cabo de pocas semanas, floreció el avellano, salieron violetas de can en los bosques y brotaron yemas de pinceladas doradas en los sauces cabrunos. Las liebres bailoteaban en los prados donde jugaban los corderos. En marzo hubo una invasión de sapos y temí lo que pudieran presagiar, pero no estaba Merlín para consultarle, pues Nimue y él habían desaparecido y todo hacía pensar que tendríamos que ir a la guerra sin su ayuda. Las alondras cantaban y las urracas ladronas buscaban huevos recién puestos entre los setos, que aún no se habían cubierto de follaje protector.
Por fin brotaron las hojas y con ellas llegaron noticias de los primeros guerreros que avanzaban desde Powys por el sur. No eran muchos, pues Cuneglas no quería mermar la provisión de víveres de Corinium, pero su llegada era la promesa del nutrido ejército que Cuneglas conduciría al sur después de Beltain. Nacieron las terneras, se batió la mantequilla y Ceinwyn se ocupó de limpiar y airear la fortaleza después del largo y ahumado invierno.
Fueron unos extraños días agridulces, pues la guerra se cernía sobre nosotros en una primavera súbitamente gloriosa de cielos inundados de sol y campos cubiertos de flores. Los cristianos predican sobre «los últimos días» refiriéndose a la época que preceda el fin del mundo, y tal vez los pueblos se sientan en esa época como nos sentíamos nosotros aquella primavera dulce y esplendorosa. La vida cotidiana parecía irreal y hasta las más humildes tareas adquirían una relevancia especial. Tal vez fuera la última vez que quemábamos la paja del invierno de los colchones, la última vez que ayudáramos a una vaca a traer a su cría al mundo, envuelta en sangre. Todo parecía importante porque todo estaba bajo amenaza.
También sabíamos que la próxima fiesta de Beltain podía ser la postrera celebrada en familia, de modo que procuramos hacerla inolvidable. En Beltain conmemorábamos la llegada del año nuevo, y durante la víspera de la fiesta dejábamos morir todas las hogueras de Dun Carie. Los fogones de la cocina, que habían ardido durante el invierno, quedaron desatendidos el día entero y por la noche no eran sino un rescoldo. Lo sacamos con rastrillos, limpiamos el lar y preparamos un fuego nuevo, mientras que en un cerro al este de la aldea amontonamos dos grandes pilas de leña, una alrededor del árbol sagrado que Pyrlig, nuestro bardo, había seleccionado, un avellano joven que habíamos cortado y transportado con gran ceremonia por el medio de la aldea, hasta el otro lado del río y después a lo alto del cerro. Del árbol colgaban jirones de tela, y todas las casas, como la fortaleza misma, se habían engalanado con las ramas nuevas del avellano joven.
Aquella noche los fuegos se apagaron por toda la extensión de Britania. En la noche de Beltain manda la oscuridad. Preparamos el banquete en nuestro salón de festejos, pero no había fuego para cocinar ni luces para alumbrar las altas vigas. En ninguna parte había luz excepto en las ciudades cristianas, donde los cristianos hacían hogueras enormes para desafiar a los dioses, pero en el campo reinaba la oscuridad. Durante el crepúsculo subimos al cerro en nutrido grupo de aldeanos y lanceros, arreando vacas y ovejas hasta los apriscos de zarzo. Los niños jugaban, pero cuando la noche se cerró los más pequeños cayeron dormidos y sus cuerpecillos quedaron tendidos en la hierba mientras los demás nos reuníamos en torno a las hogueras apagadas a cantar el Lamento de Annwn.
Después, cuando más negra era la noche, encendimos el fuego del año nuevo. Pyrlig prendió un llama frotando dos palos mientras que Issa echaba serraduras de astillas de alerce a las chispas, que soltaban un débil hilillo de humo. Los dos hombres se agacharon sobre la llama diminuta, soplaron, añadieron más astillas y, por fin, una llama fuerte brotó y todos entonamos el canto de Beleños, mientras Pyrlig llevaba el fuego nuevo a las dos pilas de leña. Los niños que dormían despertaron y corrieron a buscar a sus padres mientras las hogueras de Beltain prendían con llamas altas y brillantes.
Sacrificamos una cabra, una vez encendidas las hogueras. Ceinwyn, como siempre, se dio la vuelta para no ver cómo cortaban el pescuezo al animal y cómo Pyrlig salpicaba la hierba de sangre. Después el bardo arrojó el cadáver a la hoguera en la que ardía el avellano sagrado y los aldeanos llevaron sus vacas y ovejas y las hicieron pasar entre las dos grandes hogueras. Pusimos grandes collares de paja a las vacas y luego vimos el baile de las mujeres jóvenes entre las dos hogueras, con el que pedían a los dioses bendiciones para sus vientres. Habían bailado entre el fuego en la fiesta de Imbolc y siempre volvían a hacerlo en Beltain. Por primera vez, Morwenna tenía la edad de bailar entre las hogueras, y sentí una gran tristeza al verla saltando y brincando. Parecía feliz, pensaba en el matrimonio y soñaba con tener hijos, y sin embargo, al cabo de unas pocas semanas, tal vez estuviera muerta o cautiva. Ese pensamiento me colmó de rabia y me alejé de las hogueras, y entonces me sorprendió descubrir las llamas luminosas de otras hogueras de Beltain ardiendo en la distancia. En toda Dumnonia danzaban las llamas saludando al año nuevo.
Mis lanceros habían acarreado dos enormes marmitas de hierro hasta la cima, las llenamos de leños ardientes y las llevamos corriendo colina abajo. Al llegar a la aldea distribuimos el fuego nuevo, cada cabaña tomaba una llama de las marmitas y la acercaba a la leña, ya preparada en el hogar. La fortaleza fue el último lugar, y allá llevamos el fuego nuevo hasta las cocinas. Ya casi había amanecido cuando los aldeanos se apiñaron dentro de la empalizada para recibir al sol naciente. En el momento en que el primer rayo de luz despuntó por el horizonte de levante, entonamos el canto del nacimiento de Lugh, un himno gozoso de júbilo para bailar. Saludamos al sol naciente mirando hacia el este, y sobre el horizonte vimos el rastro oscuro del humo de Beltain elevándose hacia el cielo, que clareaba por momentos.
Comenzaron a cocinar tan pronto el fuego de los hogares se calentó. Quería celebrar una gran fiesta en la aldea pensando en que tal vez fuera el último día de alegría durante mucho tiempo. La gente del pueblo comía carne muy raramente, pero para aquel Beltain dispuse cinco venados, dos jabalíes, tres cerdos y seis ovejas para asar; teníamos muchos barriles de hidromiel nuevo y diez cestas de pan cocido en los fuegos de la estación vieja. Había queso, avellanas con miel y galletas de avena con la cruz de Beltain marcada al hierro en la corteza. Los sajones llegarían al cabo de una semana, de modo que la fiesta era el momento de ofrecer al pueblo una gran diversión que ayudara a sobrellevar los horrores venideros.
Los aldeanos organizaron juegos mientras la carne se asaba. Hubo carreras callejeras, sesiones de lucha y una competición de levantamiento de peso. Las muchachas se adornaron el cabello con flores y, mucho antes de que empezara el banquete, vi que las parejas empezaban a escabullirse. Comimos por la tarde y, mientras comíamos, los poetas recitaban, los bardos de la aldea cantaban y medían su éxito según la cantidad de aplausos que cada uno cosechaba. Di oro a todos los bardos y poetas, incluso a los peores, que abundaron. Casi todos los poetas eran jóvenes que recitaban, avergonzados, algunos versos torpes dedicados a sus novias, las cuales reaccionaban con muestras de timidez; entonces los aldeanos se reían, se mofaban y exigían a las doncellas que recompensaran al poeta con un beso, pero si el beso era demasiado breve, colocaban a la pareja frente a frente y les obligaban a besarse pródigamente. A medida que bebíamos, la calidad de la poesía mejoraba.
Yo bebí en exceso. Ciertamente, todos comimos de lo lindo y bebimos más aún. En cierto momento me retaron a un combate de lucha libre contra el campesino más rico y la gente me obligó a aceptar, de modo que, ya medio ebrio, agarré al campesino con las manos y él hizo otro tanto; y percibí su aliento impregnado de hidromiel, como él el mío, sin duda. Cargó él, después yo, pero ninguno logró mover al otro, así que nos quedamos inmóviles, con las cabezas unidas como ciervos en liza, y la gente se reía de nosotros. Al final lo vencí, pero sólo porque él había bebido más que yo. No obstante, seguí bebiendo, para olvidar el futuro, quizá.
Cuando cayó la noche estaba mareado. Fui a la plataforma de lucha que habíamos levantado en la muralla oriental, me recosté en lo alto de la muralla y me quedé mirando el oscuro horizonte. Dos delgadas columnas de humo se elevaban desde la cima donde habíamos encendido las hogueras la noche anterior, aunque a mi cabeza, efervescente de vapores de hidromiel, le parecieron por lo menos doce. Ceinwyn subió a la plataforma y se rió de mi desvaído semblante.
—Estás borracho —dijo.
—Pues sí —dije.
—Dormirás como un tronco —prosiguió en tono de reproche—, y roncarás como un cerdo.
—Es Beltain —me excusé, y agité la mano hacia las lejanas columnas de humo.
Se inclinó sobre el parapeto, a mi lado. Se había trenzado flores de endrino en el dorado cabello y estaba tan bella como siempre.
—Tenemos que hablar de Gwydre con Arturo —dijo.
—¿Casar a Morwenna? —pregunté, e hice una pausa para organizar los pensamientos—. Arturo está poco sociable, últimamente —logré decir—, y a lo mejor ha pensado casar a Gwydre con otra muchacha.
—Es posible —replicó Ceinwyn con calma—; en tal caso, habrá que buscar otro para Morwenna.
—¿Como quién?
—En eso precisamente quiero que pienses cuando estés sobrio. A lo mejor, uno de los hijos de Culhwch. —Miró al pie del cerro de Dun Carie, hacia las sombras. Abajo había una maraña de arbustos y distinguió a una pareja retozando entre las hojas—. Es Morfudd —dijo.
—¿Quién?
—Morfudd —repitió Ceinwyn—, la muchacha vaquera. Otra criatura en camino, supongo. Verdaderamente, ya es hora de que se case. —Suspiró y se quedó contemplando el horizonte. Permaneció en silencio un largo rato, y al final frunció el ceño—. ¿No te parece que este año se ven más hogueras que otros? —preguntó.
Con buena voluntad, eché un vistazo al horizonte, pero sinceramente, no distinguía unas columnas de otras.
—Es posible —respondí vagamente.
—A lo mejor no son hogueras de Beltain —comentó con el ceño todavía fruncido.
—¡Pues claro que sí! —afirmé, con la seguridad inamovible de los borrachos.
—A lo mejor son almenaras —dijo ella.
Tardé unos segundos en comprender el sentido de sus palabras, y de pronto se me pasó la borrachera. Aún estaba mareado, pero no ebrio. Miré hacia el este. Un puñado de humaredas lanzaban humo hacia el cielo, pero dos de ellas eran mucho más gruesas que las demás, demasiado abundantes como para ser los restos de las hogueras de la noche anterior, que dejamos morir al alba.
Y de repente, con un vahído, supe que eran la señal convenida. Los sajones no habían esperado hasta después de su fiesta de Eostre sino que habían atacado en Beltain. Sabían que habíamos preparado las almenaras y también sabían que la víspera de Beltain siempre encendíamos hogueras en las cimas de Dumnonia; seguro que pensaron que no distinguiríamos las señales entre los fuegos de la celebración. Nos habían engañado. Mientras nos atiborrábamos en el banquete y bebíamos hasta quedarnos sin sentido, los sajones atacaban.
Dumnonia estaba en guerra.