20

Sé que recordar me hace daño, que pensar en lo vivido este último año me arranca el corazón del cuerpo, mas no puedo no pensar en ello, no puedo no volver el tiempo atrás y revivir lo feliz que estábamos siendo Donald y yo desde aquella noticia. Y ahora, ahora tanto él como yo, estamos muertos en vida. Nos quitaron lo que más amábamos. Se lo llevaron sin siquiera pensar en el tormento que nos harían pasar. ¿Quién puede ser tan insensible para arrebatarnos a nuestra razón de ser? Nos mataron, nos mataron en vida. Nos dejaron depender del teléfono, nos dejaron encarcelados en nuestra propia casa por miedo a que lo devuelvan y no estar ahí. Me duele, me duele ver a Donald sufrir y me duele no tenerlo entre mis brazos.

Nani ha tenido que venir a quedarse con nosotros para no permitirnos volver a caer en las drogas o en los intentos suicidas.

 

¡Ha costado tanto no beber!

 

Nani ha escondido todo objeto corto punzante que pueda ser el culpable de que mis muñecas sangren otra vez. El balcón ha sido clausurado desde aquella vez en la que Donald se las dio de inmortal y se lanzó por la ventana en una de nuestras tantas fiestas.

Hemos hecho el pacto que comenzar a salir adelante, nos visita semanalmente un sicólogo para controlar nuestras ansias e adicciones por la muerte temprana.

Nos ha recomendado a mi novio y a mí que nos refugiemos en la música y usemos el dolor que estamos sintiendo. Ha funcionado la verdad, me siento cada tarde frente al piano y creo melodías para cuando vuelva. Sirve, sirve de mucho. Pero eso no impide que cada noche, mi mente regrese a esa inesperada noche de Noviembre.

*******

“Felicidades, está usted embarazada” fueron las palabras que dijo aquel doctor en mi casa una fría noche de otoño. Aún recuerdo la cara de Donald cuando escuchó la noticia; sus ojos llenos de lágrimas y esa mirada enamorada hacia mí, jamás podré olvidarla.

Nos llenamos de una dicha tremenda. Las penas dejaron de existir en ese mismo momento, el dolor se esfumó y nuestro amor, nuestro amor creció considerablemente. Aunque crean eso imposible.

Padres, íbamos a ser padres. Tras cinco años de noviazgo, una vida llena de oscuridad para ambos, a excepción de nuestra relación, llegaba una luz de esperanza.

 

Recuerdo haber estado en plena presentación de ballet, cuando mi vista se comienza a nublar y sin poder evitarlo caigo al suelo. Según Donald corrió hacia mí como alma que lleva el Diablo al verme desmayada en el suelo. De forma inmediata llamó al doctor que me atiende habitualmente haciéndole entender que era una emergencia para que no demorara tanto en el transcurso.

 

Recuerdo haber estado tendida en el sofá del camerino, tras despertar gracias a un fuerte olor a alcohol. Me sentía desorientada. Adolorida. Mareada. Mandó a hacerme un millón de exámenes y dos días después, la gran noticia de mi bebé llegó a nuestros oídos.

 

Mis tíos, los padres de Donald, nani, los chicos, todos estaban felices con la llegada del nene. Y qué decir de Amy y Dave, en cuanto supieron se pusieron felices que de por fin su pequeña Danna tuviera con quien jugar. Reímos por dicho comentario.

Ese mismo día Donald me llevó a la academia para dar aviso de mi retiro temporal. Si bien se pusieron tristes por mi futura ausencia, se alegraron mucho por nosotros.

 

Los meses han pasado volando, tras una larga discusión sobre saber o no acerca del sexo del bebé, hoy, con seis meses de embarazo, iremos a la clínica para que me hagan una ecografía y así conocer si es él o ella.

Estoy, más que nerviosa, ansiosa; y qué decir de Donald, no ha dejado moverse de un lado para otro. Me estresa pero me da ternura verlo en esa situación. Nunca pudimos disfrutar de mi primer embarazo, puesto que no lo sabíamos, por lo tanto este ha sido disfrutado minuto a minuto. Todo nos llena de dicha, las pataditas, los movimientos que provoca, incluso las náuseas y los antojos excesivos han sido motivo de gozo. Donald dice que he convertido en una comilona, y lo más probable es que tenga razón. Tengo antojos y hambre la mayoría del tiempo, es inevitable.

 

Dos horas han transcurrido y como se ha vuelto un hábito en Donald, se pasea de un extremo a otro en el pasillo de la sala de espera de la clínica. Lo veo comerse las uñas, pasarse las manos por el cabello en repetidas ocasiones, sentarse, pararse, volverse a sentar; yo solo puedo reír ante ese hecho.

 

“Annabelle Polliensky”, dice el doctor desde la entrada a su sala y Donald, como si se hubiera enterrado una aguja en el trasero, salta de la silla. Toma mi mano y me introduce al cuarto.

El médico nos saluda cordialmente, pide que me recueste en la camilla, que me suba la remera y me desabroche el pantalón. Luego procede a aplicar ese frío gel sobre mi notorio vientre. De inmediato sentimos los latidos del bebé, Donald toma de mi mano y me da un superficial beso en los labios.

 

– ¿Quieren saber qué es? –Pregunta el doctor. Ambos asentimos.

–Por supuesto. –Respondo–. Ya hemos decidido mi novio y yo que queremos saber el sexo del bebé.

–De acuerdo. Vamos a ver si esta criatura tiene la intención de permitir que sus padres sepan lo que es. –Dice él mientras continua moviendo aquel aparato sobre mi vientre.

–Y doctor, ¿qué es? –Interroga un impaciente Donald.

– ¿Qué desearían que fuera?

–Niña. –Digo yo de inmediato.

–Niño. –Responde Donald al mismo tiempo.

–Pues, felicidades papá, es un sano varón. –Las lágrimas salen automáticamente.

–Un… ¿Un niño? –El médico asiente–. ¿Escuchaste, mi amor? Tendremos un niño. –Dije entusiasmada.

 

Él estaba petrificado, no reaccionaba. Volteó a mirarme y sin decir alguna palabra se lanzó a mis labios. Todo dejó de existir en ese momento en el que su lengua invadió mi boca, con hambre, con amor, con esperanza. Sólo escuché cuando el médico dijo “los dejaré solos un momento” y seguimos besándonos, el me repetía “te amo” una y otra vez, al igual como se lo decía a mi vientre. Esto era el cielo…

 

Salimos de la clínica con las ecografías de mi bebé. Era hermoso, aunque me digan que todos se ven iguales en ese tipo de fotografía. Llegamos a casa y Donald inmediatamente comenzó con el decorado del cuarto del niño. Estaba emocionado y feliz. Amaba verlo así y más aún ser yo quien le regalaba esa dicha. Éramos una familia y nada más importaba.

 

A dos meses de dar a luz comencé a sentir los síntomas de la desintoxicación. Me puse irritable con todo mundo y por el bienestar de mi bebé, tuve que internarme en un clínica siquiátrica. Fue difícil, pero el amor de mi vida junto a las personas que formaban parte de mi familia –excluyendo a mis padres– estaba ahí para apoyarme.

Un par de semanas después me dieron el alta. Quería estar en casa para cuando comenzara con los síntomas de parto. Lo que no esperaba es que tres días más tarde, empezaría a sentirlos…

 

– ¿Qué sucede, mi amor? –Dijo Donald incorporándose en la cama al ver que me retorcía sin parar en esta.

–Me duele, me duele mucho. –Gesticulé volviéndome a retorcer en la cama–. El bebé, el bebé no deja de moverse.

– ¿¡QUÉ!? –Con una rapidez paranormal se levantó de la cama, se puso los pantalones, un polerón y se dispuso a vestirme. Un vestido maternal fue lo más cómodo que encontró a simple vista. Cogió el bolsito del bebé y nos dirigimos al hospital. No había tiempo de esperar una ambulancia–. Aguanta, mi amor.

–Me duele. –Mi respiración salía entrecortada, mis piernas temblaban y sentía cómo nuestro pequeño hacía presión hacia abajo tratando de salir.

– ¡UNA ENFERMERA! –Gritó un histérico Donald, conmigo en sus brazos. Enseguida apareció una enfermera con una silla de ruedas.

 

Después de eso todo fue un caos. Yo quejándome, Donald nervioso, médicos corriendo por todo el lugar, gritos, una sala blanca luminosa, los doctores tratando de calmarme, la mano de Donald sosteniendo la mía mientras lucía el típico traje azul para ingresar a la sala de parto, anestesia, pujaciones, más gritos, y luego… un llanto que me supo a melodía.

Lloré, lloré de emoción al ver su pequeño y frágil cuerpo. Estaba cansada pero nada de eso era importante cuando lo visualicé a él en brazos del hombre que amo. Se acercó cautelosamente a mí y lo depositó en mis brazos. Era hermoso, tenía el cabello negro como el mío, y lo ojos color cielo como los de él. Perfecto. Simplemente era perfecto.

 

Pasaron los días y me devolvieron a casa. Me costaba moverme y doy gracias que nani estaba ahí para facilitarnos las cosas. Todos vinieron a conocer al nuevo Bouffart. Estaban fascinados con él. Especialmente nosotros. Donald ese mismo día que reunió a la familia me pidió matrimonio, volví a llorar como una magdalena.

 

Los meses pasaron y había llegado el gran día. Desde que le dije ese “Sí” quiso comenzar con los preparativos. Todo estaba siendo perfecto.

Mi bebé ya tenía tres meses de vida y lo habíamos nombrado James, James Nicholas Bouffart Polliensky. Mi pequeño Jamie. El segundo hombre de mi vida.

Estaba con Amy, Idalia, mi tía y nani, alistando y acomodando mi hermoso vestido. Estaba nerviosa, ansiosa, feliz.

 

–Te ves hermosa. –Dijo una llorosa nani.

–Gracias. –Respondí con una sonrisa–. Pero por favor, ya no llores, me harás llorar a mí. – Dije secándole sus lágrimas.

–Ya es hora. –Agregó mi tío asomándose por la puerta. Era él quien iba a entregarme en el altar. Sentí miedo de que se arrepintiera, pero no fue así. Allí estaba él, mi mundo, mi vida, esperándome con su hermoso esmoquin negro. Sonreí al verlo y él hizo lo mismo.

–Te ves hermosa. –Susurró en mi oído en cuanto me posé a su lado.

–Tú también luces hermoso. –Respondí.