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Todo ha cambiado notablemente desde el regreso de Donald.
Ahora, él y yo vivimos juntos en su departamento, mis tíos ya saben toda la verdad, Dave y Amy serán padres, mi depresión ha ido disminuyendo, pero no así mi adicción a las drogas.
Quisiera poder decir que él me sostiene y me ayuda a salir de eso pero, no es así. Tanto Donald como yo, somos unos drogadictos declarados.
Hoy a la noche –como todas las anteriores– nos reuniremos con los chicos a celebrar lo que sea. Esa es nuestra nueva rutina; fiestas, drogas, alcohol y música.
Ésta se ha vuelto un tanto agotadora, las clases de ballet y música durante el día –puesto que Donald no me permite faltar a las clases– la universidad, ir al bar donde él toca por las noches, y terminar rematando en casa hasta la madrugada es estresante.
Nani viene día por medio para ayudarnos con la limpieza de la casa, está un tanto molesta con nosotros por el tipo de vida que hemos adquirido, lo sé, somos unos irresponsables que sólo piensan en pasarla bien, pero todo la situación vivida anteriormente nos ha superado.
Comenzamos con este actuar debido a que los tormentosos recuerdos abundaban nuestras mentes. De vez en cuando aún despierto gritando, bañada en sudor por una que otra pesadilla obtenida por la noche.
No sé si es por el efecto de las drogas, el alcohol o el simple hecho de toda la mierda vivida, que me produce espejismos con Damián. Según Donald, cuando estamos en la cama dormidos, mi voz lo despierta, pidiéndole a Damián una y otra vez que me suelte, que me duele y todo eso. Ni muerto ha podido dejarnos vivir en paz.
Estoy vuelta loca, sumida en un recuerdo que me arrebata la felicidad y la tranquilidad de mi pareja.
Preparo todo para esta noche, como modo de despejar mis pensamientos. Los chicos deben de estar por llegar en cualquier momento. No sé si Amy vendrá, debido a su embarazo, y la verdad es que si quiero que lo haga. Me hace increíblemente bien hablar con ella. Me escucha, me entiende, encima es la mejor amiga de Donald, por lo que me ayuda en muchas cosas y situaciones.
*******
La casa está repleta. La música a todo volumen me hace pensar que en cualquier momento llegará la policía a detener nuestra fiesta. Espero que eso no pase, puesto que estamos la mayoría de aquí, drogados y alcoholizados, y eso solo nos regalaría un pasaje a prisión.
Me encontraba sentada sobre las piernas de Donald, luego de una extensa conversación con Amy. Sí, menos mal que ella asistió a la fiesta, de lo contrario me habría sentido incomoda frente a las demás personas y mujeres que no eran de mi agrado. Las “amiguitas” de Claude son un tanto mujerzuelas, siempre tratando de montarse a Donald o a Dave, por eso sólo somos Amy y yo, también está Idalia, la hermana menor de Amy pero debido a un resfriado no pudo acompañarnos esta noche, aunque ella no es para nada igual a mí. Las hermanitas Dyerets no se drogan, beben, sí, pero lo justo y necesario, creo que soy una mala influencia.
Gracias a Dios no se han dejado arrastrar.
Donald estaba devorándome la boca cuando un almohadón cayó sobre nosotros seguido de un “vayan a una habitación”. Tan drogados estábamos que ni cuenta nos habíamos dado que estábamos a punto de recrear una escena porno en el living de la casa en presencia de todos.
No nos importó que la casa estuviera llena de gente, nos levantamos y corrimos hacia la habitación. Estábamos calientes y necesitados del cuerpo del otro.
*******
Han pasado un par de días desde esa fiesta. No hemos querido hacer ninguna otra ya que el cuerpo no da para más situaciones como esas. Necesitamos tiempo para nosotros, solos como pareja.
Veíamos una película, tirados en el sillón luego de terminar con el aseo diario cuando la puerta comenzó a sonar. Nos miramos las caras preguntándonos en silencio acaso uno de nosotros esperábamos a alguien y dedujimos que ninguno de los dos lo hacía.
No queríamos atender la verdad, pero la persona al otro lado de la puerta al parecer estaba tan desesperada por su forma de tocar el timbre, que no nos quedó más remedio que levantarnos a atender.
Esta vez fui yo quien se levantó a abrir.
– ¿Aquí vive Donald? –En la entrada había una mujer de vestimenta un tanto vulgar con una niña cogiéndole de la mano.
–Sí, él vive aquí. ¿Quién es usted?
–Necesito hablar con él, es importante.
– ¿Quién es, mi amor? –Preguntó Donald acercándose a mí.
–Una mujer preguntando por ti. –Respondí. Me rodeó la cintura con su brazo derecho mientras que con el izquierdo abría un poco más la puerta.
– ¿Quién eres? –Le preguntó él a dicha mujer.
– ¿No me recuerdas, Don? –Inquirió coqueta. Mi sangré ardió por culpa de los celos.
– ¿Debería?
–La verdad es que sí.
–Bueno, no lo hago. Dime qué quieres y vete. Mi novia y yo estamos ocupados.
– ¿Por qué no mejor me dedicas unos minutos y aclaramos un par de cosas?
–Hazla pasar. –Le susurré al oído. Asintió.
–Pasa. –Le dijo él señalándole la sala–. Siéntate.
Una vez ya instalados en el living, nuestras miradas no hacían más que cruzarse. Un silencio incomodo invadió el lugar, silencio que se interrumpía de vez en cuando con los balbuceos de la bambina que se posaba en las piernas de la mujer.
–Emmm. ¿Quieren que los deje a solas para que así puedan conversar?
–Sí.
–No. –Respondió Donald tomándome de las muñecas cuando comenzaba a levantarme–. No sé quién eres. –Dirigió su mirada a ella–. Pero lo que tengas que decir, dímelo con ella presente.
–No me recuerdas en absoluto, ¿Verdad? –Él negó–. Soy Khloe, la mujer que conociste en aquel bar. –Nuestros rostros se desfiguraron, puesto que sabíamos de qué bar estaba hablando.
–Así que tú eres la mujer con la que mi novio se revolcó tres años atrás. –No me medí, tan solo escupí las palabras.
–Y he de suponer que tú eres la mujer por la cual él se fue a emborrachar y a drogar ese día. –Mi cuerpo se tensó de la rabia. Donald lo notó y tomó mis manos como forma de calmarme.
– ¿Puedes ir al grano y decir a qué viniste? –La desafió él–. Estás poniendo a mi novia incómoda.
–Como quieran. Solo venía para que Francis conociera a su padre. –Le pasó la niña a Donald. Mis ojos se abrieron con asombro.
–Su… ¿su padre? –Tartamudee. Ella asintió–. No… no puede ser verdad.
–Pues lo es.
– ¿Estás mintiendo, verdad? –Inquirió Donald.
–Puedes hacerle una prueba si lo dudas.
–Han pasado tres años, ¿Por qué mierda vienes ahora? ¿Quién te dijo dónde vivía?
–Tu banda es famosa, Donald, sales en todas partes. Por eso logré encontrarte.
– ¿O sea que estás aquí por mi supuesta fama?
De un momento a otro habían caído en una discusión en la cual no tenía ganas de participar… sin más salí huyendo de ahí.
Enterarme de esta manera que Donald, mi Donald era padre de una nena con otra mujer, me destruyó el corazón. Sentí miedo, una vez más sentí miedo de perderlo, de que se las dé de padre de familia y me deje para irse con ella. Si bien confío en el amor que él dice tenerme, también sé que la muerte de nuestro bebé aun le duele, y es ese mismo dolor el que lo hará querer acercarse a esa supuesta hija.
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Todo es una mierda. Mi celular no ha parado de sonar, así mismo como mis muñecas no han parado de sangrar. Ese es el nuevo hábito que adquirí; dañar mi cuerpo para sentir, en vez del dolor interno, el dolor físico.
Donald y yo no hemos parado de discutir desde que esa maldita mujer volvió a su vida.
Debido a que una prueba de ADN comprobó la paternidad, él ha tenido que ir a verla semanalmente. Odio eso, no por el hecho de la niña, ella no tiene nada que ver, sino que la puta esa no pierde oportunidad para acercársele, ya me tiene harta.
Mis dudas crecieron a la par con mis celos. Me estoy volviendo amargada y no me gusta, encima que Donald sintió las cortadas en mis brazos cuando me acariciaba. No se imaginan como se puso, estaba vuelto loco, retándome, maldiciéndose, volviéndome a regañar.
Sé que éste actuar es estúpido e infantil. Pero bueno, solo tengo 20 años y cada día la vida me golpea más duro. No sé de dónde mierda he sacado fuerzas, ni siquiera sabía que podía aguantar tanto. Estoy consciente que si Donald no estuviera conmigo, yo estaría mil metros bajo tierra…