Capítulo 15

 

Un buen rato después, Lara consiguió deshacerse de Mario. Lo dejó en su habitación y sin perder un instante buscó a Gonzalo por toda la casa. Su todoterreno seguía en el centro del patio, lo que demostraba que su hermano no lo había obligado a marcharse, y se alegró de ello porque tenía que pedirle que esperara un poco más para marcharse, hasta estar seguros de que Mario y ella no corrían peligro.

Entró en el comedor, la enorme lámpara de araña del techo estaba encendida y arrancaba destellos brillantes de las figuras de bronce que decoraban los rincones. Pasó bajo el arco de madera tallada que lo separaba del salón, y reconoció a Gonzalo nada más verlo, aunque estuviera de espaldas, sentado en uno de los sillones de cuero negro.

Había bebido una copa de vino, la cual reposaba vacía sobre la mesa de cristal. Estaba reclinado en el sillón, con sus largas y poderosas piernas enfundadas en unas botas manchadas de polvo, extendidas y cruzadas a la altura de los tobillos. Lara se acercó con cautela, no sabía si estaría dormido, y se paró frente a él. Al inclinarse para mirarlo, supo que solo tenía los ojos cerrados.

La camisa de color negro que vestía le confería un aspecto desconcertante, lobuno, provocando que su piel morena resaltase bajo la potente luz de la lámpara. Incluso su pelo parecía más oscuro. Era como si algo hubiera cambiado en él desde que regresara al rancho.

Antes de que pudiera reaccionar, Gonzalo descruzó los pies y la atrajo hacia él con rapidez, sentándola sobre su regazo a horcajadas. Ella protestó, aunque no sirvió de nada que intentara levantarse, porque la sujetó por las caderas para impedírselo.

—No podemos marcharnos ahora.

—¿No? —Enarcó una ceja al mirarla.

—No. Mario no se encuentra bien. De hecho hemos tenido que acostarlo entre Jeremías y yo porque al pobre le duele mucho la pierna.

—¡Vaya, qué oportuno!

—¿A qué te refieres?

—A que te engaña y tú te empeñas en confiar en él. Todo cuanto te dice son mentiras, Lara.

—No seas injusto con él. Abandonó demasiado pronto el hospital precisamente para protegerme, y ahora está sufriendo las consecuencias.

—Llamaremos un médico, si es lo que necesita, pero eso no impide que podamos marcharnos tú y yo.

—¿Y dejarle aquí?

—¿Qué problema hay? ¿Acaso no vino porque él escogió este lugar?

—De todas formas, no me iré sin él. Se lo debo.

—Más mentiras. —Negó con la cabeza, la echó hacia atrás y cerró los ojos.

—¿Sí? ¿Y por qué no me has contado que estuviste casado? —Decidió ir al grano.

Él se limitó a acariciarle los muslos por debajo del vestido, suavemente, arriba y abajo, de una manera rítmica que comenzaba a ponerla nerviosa. Estaba enfadado. Lara lo notaba en la tensión de sus hombros, pero solo porque había aprendido a conocerlo muy bien. A cualquier otra persona le habría parecido un hombre completamente relajado, tan tranquilo, allí, sentado, tocándola por debajo de la ropa.

—¿A quién le importa eso? —dijo por fin.

—A mí —le indicó ella, comenzando a enojarse—. Y para de hacer eso, alguien podría vernos… —Intentó cubrirse las piernas con la tela.

Gonzalo se echó a reír. Algo había cambiado desde que lo dejó con Samuel en el patio. La atrajo más hacia sí y le dio un beso ardiente, como si disfrutara al saber que la estaba enfadando y excitando al mismo tiempo. Ella respondió a su beso con pasión, aplastando sus pechos contra su torso, él seguía explorando con delicadeza la parte interna de sus muslos, volviéndola loca.

No solo fue un beso, sino muchos más, dulces, que parecían su especialidad; de aquellos que le debilitaban las piernas. Y otros más profundos, más posesivos. Metió la lengua en su boca y la poseyó durante el tiempo que quiso. Lara creía que el corazón se le iba a salir del pecho. Se movía contra él, contra la dureza de su miembro, que parecía querer traspasar el pantalón, con las piernas abiertas, cayendo a ambos lados de sus muslos musculosos. Finalmente mordió sus labios entreabiertos y, sin separase, de forma que ella tragaba sus frases al hablar, le dijo.

—Estoy muy enfadado.

—Lo sé —repuso sin aliento, al sentir los dedos hábiles de Gonzalo internándose entre sus muslos.

Aquellas caricias no hacían sino avivar su deseo por él. La estaba torturando de forma premeditada. Ella lo sabía. En el lugar inadecuado, en el momento inapropiado, de una forma… improcedente. Deliberadamente y en el salón de Samuel Cruz, donde horas antes habría jurado que él nunca entraría.

—¡Oh, para ya, Gonzalo, pueden vernos!

—Si es tu deseo…

En un instante, ocurrió. Como empujado por un resorte, Gonzalo se incorporó del sillón sin preocuparse de ella, que irremediablemente resbaló hasta el suelo. Se apartó de su lado y la rodeó hasta quedar parado frente a frente. Lara se había quedado sentada, con las piernas abiertas y el vestido arremolinado en las caderas. Tenía la cara roja como un tomate, parecía aturdida por la inesperada reacción. Y sobre todo excitada.

—¿Qué pretendes? No ha tenido gracia —replicó fulminándolo con la mirada.

—Ahora ya sabes lo que se siente cuando te dejan tirado. —Su voz sonó tan calma que se adivinaba el fuego de su rabia interior—. No he venido hasta aquí para retozar contigo en un sofá.

—Ni yo quiero esto.

—No tienes remedio, Lara, y lo peor es que me arrastras en tus tonterías sin que yo tampoco sea consciente mis actos.

—¿Me estás llamando infantil? —Se puso en pie al ver que no la iba a ayudar a levantarse.

—No, simplemente inmadura. ¿O pensabas que todo se olvidaría con un calentón? —Ella guardó silencio y él se pasó una mano por el pelo, como si de repente estuviera muy cansado. O comenzara a ablandarse—. Hace mucho que unas caricias dejaron de hacer que perdiera la razón. —«O eso creía yo», pensó, pero no lo dijo.

—Hablas así porque estás enojado.

—¡Qué intuitiva! ¿Lo dices porque me sentí como un imbécil cuando llegué a casa, esperando encontrarte allí? ¿O porque después de tres días viajando, llego a buscarte y me dices que no vendrás conmigo? ¡Claro, eso sí! Un revolcón en el sofá… eso sí puede ser.

—¿Un… revolcón? —Enrojeció de nuevo.

Él sonrió.

—¿Y cómo lo llamarías tú? Te advertí una vez que no jugaras conmigo, que no sabías dónde te estabas metiendo, pero al parecer pensabas que yo me conformaría con las migajas como tu novio ficticio, el abogado.

—¡Es suficiente! Siento haberte hecho venir hasta aquí, lo siento de corazón. —Sollozó al tiempo que se giró para marcharse, pero él la retuvo por la muñeca.

—No he terminado —le advirtió con voz ronca—. Y, por favor, no te hagas la ofendida conmigo.

—Me estás haciendo daño. —Se zafó de su agarre con un tirón—. No me gustas así, Gonzalo, has cambiado. No eres el mismo.

—Tal vez eso te lo deba a ti. —La sujetó por la otra muñeca y, doblegándola con las manos en la espalda, la pegó a él tan fuerte que era imposible no sentir su furia palpitando en su pecho—. Dime, ¿no querías saber hasta dónde sería capaz de llegar por no perderte? ¿No deseabas probar cuánto hay de Cruz en mí?

Atrapó sus labios con rabia, volcando en aquel beso toda la frustración que lo embargaba, hasta que algo cruzó por su mente con la rapidez de un rayo y la liberó con brusquedad.

Lara perdió el equilibrio y trastabilló, por lo que tuvo que sujetarse al respaldo de uno de los sillones. Sin mediar palabra, todavía con la sorpresa en los ojos, se quedó allí parada, mitad por temor a que volviera a aprisionarla, mitad por miedo a abalanzarse en sus brazos, que era lo que realmente anhelaba.

Él se pasó la mano por el pelo y se alejó, como si pretendiera apaciguar a la fiera que había escapado de su interior. Verlo así le causaba una gran desazón, sabía que estaba haciendo demasiado daño a un hombre bueno que luchaba por mantenerse así, sin dejar que aquella tierra hiciera emerger a la bestia negra que los Cruz encerraban dentro.

Se giró hacia ella y le preguntó con ojos fulgurantes.

—¿Sigues decidida a no venir conmigo?

—Tú no puedes comprenderlo —susurró bajando la mirada.

—Te aseguro que no. No lo comprendo.

Gonzalo no se movió del sitio para hablarle, manteniendo una prudente distancia que ella agradeció. Sin darle tiempo a decir nada, cruzó el arco tallado de madera y la dejó sola en el salón. Necesitaba salir de allí. Aquel lugar, cada rincón, cada pequeño detalle de la casa se empeñaba en devolverlo al pasado.

Subió a paso rápido la escalera y llegó al dormitorio que había usado diecisiete años tras y que permanecía intacto. Todo estaba igual. La gran cama de matrimonio, los armarios que ahora se veían vacíos, el cuarto de baño con la gran bañera de patas doradas que Annie hizo traer desde Hidalgo…

Joder, iba a volverse loco si seguía allí, encerrado, se dijo cogiendo una cazadora de la maleta sin deshacer. Se acercó a los ventanales y observó el gran patio de la entrada principal, rodeado de bellas plantas, con la fuente en forma de sirena en el centro. Los establos a la derecha de la gran construcción, con el granero y los garajes un poco más allá. A la izquierda, varias naves de almacenaje con las pequeñas casitas blancas de tejados rojos a lo lejos, donde vivían la mayoría de los trabajadores de la hacienda. Al fondo se recortaban las grandes montañas de la Sierra Madre contra la aridez de aquella tierra que lo había visto nacer.

Mucho más furioso que antes, salió de la casa sin rumbo fijo, bajo la oscuridad del cielo de Sonora que tan bien conocía. Era una de esas noches negras, sin estrellas, como tantas otras de las que recordaba del desierto, y lentamente se alejó de la casa. Necesitaba distanciarse, aunque fuera unos metros, y sobre todo alejarse de Lara, que sin pretenderlo le estaba haciendo retroceder en su vida. Y los retrocesos no eran buenos.

Apenas podía distinguirse nada en la penumbra cuando escuchó los cascos de unos caballos. Varios jinetes se aproximaron y, rodeándolo, le dieron el alto. Estaban armados, sus rostros ocultos por la oscuridad y los sombreros que llevaban les conferían un aspecto poco amistoso.

—Patrón —lo saludó uno de ellos al reconocerlo. Desmontó y se paró frente a él—. Disculpe, señor, pensábamos que era un intruso.

—Pues ya ven que no —repuso de mala gana—. Y no me llames patrón.

—Eso es imposible. Soy Tomás, ¿me recuerda?

Gonzalo esbozó una sonrisa y afirmó con la cabeza.

—Claro, Tomás.

—Ahora soy el capataz del rancho —le anunció con orgullo. Se llevó una mano al fino bigote que delineaba su labio superior y agregó—: Me alegro de que haya regresado, aunque eso signifique que usted vuelve a ser el patrón, y su hermano el capataz.

—No te preocupes por eso, nadie te quitará tu merecido puesto. El patrón sigue siendo Samuel Cruz, no lo olvides.

Los otros hombres desmontaron de sus caballos y lo saludaron respetuosamente.

—Se dicen cosas por ahí, patrón… —El hombre no dejó de dirigirse a él como su jefe. Rodó el sombrero entre sus dedos y añadió—: Dicen que su hermano irá a la cárcel… ya sabe… por lo que ocurrió con la señora… Ha venido por ese asunto, y llevarse con usted a la abogada, ¿verdad?

—En cierto modo, aunque no es del todo correcto. Sobre Samuel…

—No, no, señor —Tomás lo interrumpió con aspavientos, como si no pudiera seguir escuchando—. Esta vez todos hemos sido muy considerados con la señorita, se lo juro.

Los otros hombres corroboraron sus palabras con murmullos.

—Me alegra saberlo.

—Los muchachos y yo hemos estado hablando y queremos que sepa que si se tuercen las cosas, estamos de su lado.

—Gracias —dijo después de una reflexiva pausa—. Seguiré con mi paseo.

—Bien, patrón. Estaremos por aquí si necesita algo.

Montaron en sus caballos y se alejaron a galope, camino abajo.

 

 

La mañana amaneció con un sol abrasador que prometía un caluroso día.

Lara no había dormido mucho, por lo que llevaba un buen rato en el despacho, frente al portátil. Saber que Gonzalo estaba cerca, y tan enfado como para no querer saber nada de ella, no le había ayudado a conciliar el sueño. Solo el cansancio le permitió dormir un par de horas hasta que la despertó el ruido de los coches de los trabajadores que llegaban al rancho, por lo que resolvió adelantar algo de trabajo.

Gonzalo tenía motivos para estar enojado, por supuesto, reconocía que era la culpable de su rabia, pero le dolía recordar cómo la había tratado en el salón, tirándola al suelo sin miramientos, cuando se moría por estar en la seguridad de sus brazos, recibiendo su amor y sus besos.

Decidió dejar de pensar en él y, cuando apenas había escrito unas líneas, alguien llamó a la puerta y la abrió sin esperar respuesta.

—Buenos días, Lara —la saludó Samuel Cruz nada más entrar y pararse frente a la mesa—. No has bajado a desayunar.

—Jeremías subió una bandeja hace un rato, gracias. —Cerró los documentos en los que estaba trabajando, sabiendo que poco podría seguir escribiendo mientras él permaneciera allí, planeando alrededor como un águila.

Samuel rodeó la mesa de trabajo y, colocándose a su lado, le apoyó una mano en el hombro.

—Ya está bien de leyes y cosas raras por hoy. Tenemos que irnos.

Ella lo miró sin comprender y él sonrió de forma abominable. Tan parecido a Gonzalo y tan diferente al mismo tiempo que ponía los pelos de punta.

—Tu socio se encuentra bastante mal. Jeremías me ha dicho que ha pasado muy mala noche. He llamado a un médico para que venga a visitarlo, pero ha aconsejado que lo llevemos al hospital para hacerle unas radiografías.

—¿Tan mal está? —Se levantó alarmada.

—Al parecer, así es. Podría enviarlo con dos de mis hombres a la ciudad, pero a él le gustará que lo acompañes. Además, yo aprovecharé el viaje para terminar unas gestiones y he pensado que, tal y como están las cosas, lo mejor es que vengas con nosotros.

—¿Qué cosas? —Parpadeó a falta de más palabras.

—Mujer… —Samuel chasqueó la lengua y le dio un apretón en el hombro que pretendía ser amistoso—. Pues las cosas entre Gonzalo y tú. —Antes de que ella lo negara, añadió—: Necesitas salir de este encierro o te volverás loca.

—Supongo que tiene razón —dijo por fin. Sobre todo anhelando poder salir de aquella cárcel que era el rancho Cruz.

—Estupendo.

—¿No será peligroso? Me refiero a los…

—Sé a qué te refieres y te aseguro que estando conmigo no tienes nada que temer.

Ella tuvo sus dudas, pero prefirió no decir nada al respecto.

—¿Cuándo saldremos hacia la ciudad?

—En cuanto estés lista. —Se alejó hacia la puerta.

—Entonces iré a ver a Mario para decirle que…

—Él ya sabe que nos vamos. Le prometí que te convencería.

—Bien —balbuceó.

—Pues vamos. —La animó con un gesto.

Ella no supo cómo plantear la sugerencia que salió de sus labios sin más.

—Le preguntaré a Gonzalo si quiere acompañarnos.

—Mi hermano se marchó esta mañana a la zona este de la propiedad —dejó caer Samuel en tono casual—. Ni siquiera vendrá a comer.

Ella procuró no demostrar cuánto le afectaba la total indiferencia por parte de su hermano, como él decía, y comenzó a guardar el portátil en su funda.

—¿En la zona este? —preguntó fingiendo que lo hacía por cortesía.

Samuel rompió en suaves carcajadas como solía hacerlo el juez. Aunque esta risa no le provocara el mismo cosquilleo en el estómago que la de Gonzalo.

—Así es. Salió temprano para acompañar a los muchachos. Después de tantos años alejado del rancho es lógico que tenga curiosidad por saber cómo van «las otras cosas» por aquí. ¿Y bien? ¿Dejamos de hablar del juez y nos vamos?

Se acercó de nuevo a ella y, colocando una de las manos en su espalda, la invitó a seguirlo hacia la puerta.

Lara fue consciente de su cercanía, también de su mirada oscura perdiéndose por el escote del veraniego vestido que se había puesto, pensando que no saldría de la casa. Era de seda verde, de tirantes, y hacía juego con las sandalias de tacón, mucho más apropiado para pasear por las concurridas calles de Los Ángeles, como casi todo el vestuario que había traído de España, pero nunca imaginó que terminaría su relajante viaje a Estados Unidos en un rancho en el desierto.

Poco después, un lujoso todoterreno con dos hombres y Mario tumbado en la parte trasera salió rumbo a la ciudad. Samuel había decidido que irían en dos vehículos para que el lesionado viajara con comodidad, por lo que ellos enfilaron el camino en un jeep, a pocos metros de ellos.

El coche se bandeaba por el camino terregoso, tratando de esquivar los baches. Hacía un calor infernal y el aire acondicionado se había estropeado, por lo que a pesar del polvo que levantaba el todo terreno, Lara bajó la ventanilla para que penetrara algo de aire.

Samuel fue explicándole todo cuanto veían a su paso por el rancho Cruz, aunque ella apenas le escuchaba. Todavía no habían salido de la propiedad y ya se arrepentía de haber accedido a abandonarla. Al llegar a la salida se pararon frente a una garita custodiada por varios hombres, bajo la sombra de dos arcos de piedra que cerraban el paso con una barrera. Él bajó del coche al tiempo que los saludaba y les daba algunas indicaciones que no podía escuchar, cuando una mano se introdujo por la ventanilla y, posándose en su hombro desnudo, le dio un susto de muerte.

Lara se giró tan sobresaltada que su cabeza y la de Gonzalo chocaron.

—No… no te esperaba aquí. —Fue lo único que pudo decir.

—Ya lo supongo —repuso él de mala gana, frotándose la frente por el golpe y sacando el cuerpo que había introducido en el jeep.

—Pensaba que estarías en la zona este.

Él sonrió y se ajustó el sombrero para protegerse de los infernales rayos del sol. Esta sonrisa sí le produjo un cosquilleo que la recorrió de pies a cabeza.

—Lara, cariño, la entrada del rancho es la zona este.

Aquel «cariño» sonaba a sarcasmo. Sin embargo, no supo descifrar lo que vio en sus ojos negros, aunque estaba segura de que su mirada no bromeaba.

De repente, todo le pareció absurdo, su viaje acompañando a Mario, que lo único que necesitaba era a un médico, no a ella. Gonzalo allí, afuera, enfrentado al hombre que más odiaba porque ella se iba con él… Y ella, que solo deseaba bajarse del coche, abrazarlo y pedirle que la llevara lejos, muy lejos.

—Bueno, todo solucionado. ¡Nos vamos! —Sonó el vozarrón de Samuel subiendo al jeep.

—Espera, Gonzalo, yo…

Ni siquiera supo si lo dijo, o si solo fue un susurro que quedó en su pensamiento, porque él se alejó de la ventanilla, poniendo punto y final a la breve conversación.

—Dile a Jeremías que esta preciosidad y yo comeremos fuera —anunció Samuel por si no lo adivinaba—. Dejaremos al socio lesionado en el hospital y nosotros lo pasaremos bien —añadió en tono prometedor.

—No lo dudo —replicó Gonzalo sin dejar de mirarla—. No es difícil pasarlo bien con Lara.

Lara no supo qué le molestó más, si la risotada de Samuel o el comentario hiriente de Gonzalo, pero solo pudo erguirse en su asiento y enrojecer como un tomate, porque el jeep se movió con brusquedad y salieron a toda velocidad de la propiedad.

Cuando ya estaban lejos, se giró para mirar a su espalda y allí estaba él, todavía, en mitad del camino, con las piernas separadas y los brazos a lo largo del cuerpo, en actitud beligerante.