Capítulo 3

 

Gonzalo vio acercarse al padre de Laura, iba acompañado por el hombre rubio de la coleta con el que estaba hablando un rato antes, y por la forma en la que la abogada lo saludó, supo que no le resultaba un desconocido.

—Buenas noches, señor Cruz. Veo que ya conoce a la Lara Martí, nuestra maravillosa letrada.

Él asintió en silencio, y se preguntó qué era lo que le molestaba a su acompañante, que parecía tan enojado.

—Es un placer volver a verlo, señor Márquez —lo saludó ella, aprovechando para liberarse de sus brazos y estrechando la mano al anciano. Después lo miró a él—. Permítame que le presente a mi socio, juez Cruz. Él es Mario Sánchez.

Gonzalo le tendió la mano y el hombre se la estrechó. El saludo fue breve.

Mientras Lara seguía hablando de lo agradable que estaba resultando la fiesta, tuvo la sensación de que el abogado lo chequeaba como si pretendiera extraer su ADN por un método de absorción visual. Y entonces supo qué era lo que le molestaba al señor Sánchez: él. De modo que le prestó más atención de lo habitual. También lo examinó de arriba abajo, se fijó en su riguroso traje de color gris marengo, en su pelo rubio y engominado perfectamente peinado hacia atrás, con una coleta que le caía por la espalda, y en sus ojos claros, que se entornaron ante su escrutinio.

—Y resulta que el juez y yo nos hemos conocido en la playa. En su playa —recalcó Lara ajena a todo con un mohín gracioso—. ¿Verdad que es curioso?

—Y por eso mismo, deberías de seguir llamándome Gonzalo, como esta tarde —le pidió él, tuteándola.

—¿Por eso? —inquirió Mario con un gesto de desagrado.

—Mario…, cómo eres —le regañó ella, dando a entender que su comentario había sido una broma, aunque con poco éxito—. ¿Por qué no tomamos algo fresco? —De repente tenía mucho calor.

Se colgó del brazo de su socio e invitó a los demás a seguirles.

Sánchez pareció desinflarse al ver que ella le dedicaba toda su atención y se alejaba de su lado con discreción. De hecho, hasta la orquesta puso punto y final a la melodía lenta que estaba tocando e inició un rock and roll. Era como si todos los duendes de la fiesta se hubieran confabulado contra él, y eso que era su fiesta.

Mientras caminaba tras la pareja de abogados españoles, escuchó lo que Antonio le iba relatando sobre su viaje en avión, aunque no se estaba enterando de mucho. Le llamó la atención que al llegar a la barra del bar, Lara hiciera un aspaviento para liberarse del agarre de la mano de su socio, al tiempo que negaba con la cabeza, aunque también podía estar exagerando en sus cavilaciones porque ambos siguieron hablando y, salvo él, nadie más se daba cuenta de que estaban discutiendo.

Al parecer no estaban de acuerdo en algo que él le decía. Cuando se paró a poca distancia, Antonio y él pidieron sus bebidas al camarero. El hombre comenzó a charlar con una invitada cubierta de joyas que estaba a su lado y él se giró para mirarla.

Sus ojos se encontraron.

Solo fue por un breve instante, hasta que Sánchez se interpuso entre ellos, deliberadamente, y rompió el contacto visual.

—Has bebido demasiado —escuchó que le decía ella—, Mario, deja de decir tonterías, por favor, solo son imaginaciones tuyas.

—Oye, nena, no me tomes por tonto, ¿vale? —La voz de él había ascendido de tono, tanto que varias personas se giraron para mirarlos—. Y deja de coquetear con el juez.

—¡Oh! Yo no…

—¿No recuerdas lo que te pasó una vez?

—No es lo mismo.

—Por si acaso, no me gustaría que se repitiera, ¿vale?

Gonzalo ignoró a la señora enjoyada que en ese instante trataba de incluirle en la conversación con Antonio y se acercó a ellos. Esta vez fue él quien se interpuso, metiéndose entre los dos y parándose frente a ella, que parecía realmente aliviada por la intromisión.

—Todavía tenemos un asunto pendiente, Lara.

A pesar de que intentó disimular la aspereza del tono, sonó demasiado duro. Tanto que Mario pareció que iba a decir algo, pero optó por guardar silencio. Por una vez, agradecía que le precediera su fama de hombre abominable.

—Claro, es cierto, Gonzalo.

Al mirarla a los ojos sintió su agradecimiento.

—¿Qué asunto? —inquirió su socio con un graznido.

Al mirar al abogado, solo vio a un gilipollas.

Ignoró la pregunta, la tomó por un brazo y nada más alejarse de la barra, ella trató de buscar las palabras que justificaran el espectáculo.

—Gracias por rescatarme —le dijo en voz baja, como si estuviera avergonzada y no pudiera disimularlo—. Mi socio ha bebido demasiado, y cuando eso ocurre…

«No se justificaba ella, lo justificaba a él».

—Percibí que necesitabas ayuda.

—Bueno, de todas formas Mario no suele comportarse así, no se preocupe.

—Debería preocuparme, es el abogado de mi hermano y de mi cuñada.

—No, por favor. Solo ha bebido unas copas de más, pero no es habitual, y mucho menos que me hable así. En realidad, ni siquiera tenía que rescatarme, como ha sugerido.

Él inquirió con brusquedad.

—Sánchez y Martí. Martí y Sánchez. ¿Siempre es así?

—¿A qué se refiere?

Habían llegado a una fuente cercada de columnas con vistosos rosales trepadores que las rodeaban. Varias parejas estaban sentadas en el murete que la circundaba.

Él la invitó a hacerlo a su lado y la imitó.

—¿Ya no nos tuteamos, Lara?

—Lo siento. —Alisó con los dedos la seda negra del vestido sobre sus muslos.

—¿Y bien? ¿Siempre es así en vuestra sociedad? —Si pensaba que iba olvidarse de la pregunta, no conocía todos los chismes que circulaban sobre la testarudez de los Cruz.

—No, claro que no. Mario es un extraordinario abogado, en su trabajo es el mejor.

—¿Y en lo personal? Me refiero a él y a ti. Juntos. Es evidente que os une algo más, aunque no sabría definirlo.

—Eres muy observador —Sonrió. Tan guapa, tan adorable—. Pero no. Mario y yo solo somos socios, compañeros de trabajo y, por supuesto, nos une una gran amistad. Nada más.

«Tan mentirosa».

Al verla mirar alrededor prefirió no adentrarse en terreno pantanoso, porque intuía que la relación de los abogados hacía aguas fangosas por algún lado. Le preguntó si le gustaba el jardín y, nada más ver su expresión, supo que le encantaba, como ella a él.

 

Lara suspiró aliviada al ver que el juez abandonaba su interrogatorio acerca de la relación que tenía con Mario. No era que quisiera ocultar que un día fueron pareja, pero no se sentía cómoda hablando de ello con un hombre al que apenas conocía.

Al que apenas conocía y que le resultaba tan atrayente.

Le sugirió que dieran un paseo para mostrarle el resto de la pequeña selva aromática que crecía detrás de la increíble mansión y ella aceptó pero, al levantarse, sintió un tirón en el vestido y se inclinó hacia él para que no se rasgara la tela.

—¡Vaya, lo que faltaba! —Lanzó una exasperada mirada al rosal que se había enganchado en la parte de la falda.

No tuvo más remedio que acercarse más a él para liberar la seda, y su gesto impaciente atrajo su mirada oscura hasta sus labios. Lara quiso rehuir el brillo depredador de aquellos ojos insondables, sin embargo el corazón comenzó a latirle con fuerza al sentirlo tan cerca. Él la sujetó con delicadeza por los brazos y la obligó a sentarse sobre sus rodillas para evitar que se moviera.

—Espera, yo lo haré —le dijo con suavidad, como si adivinara lo que estaba pensando.

Resultaba bochornoso tener que reconocer que se sentía atraída sexualmente por un hombre al que apenas conocía, pero del que sabía mucho por terceros. Por terceros que le temían. Y más humillante era que él se hubiera dado cuenta.

Cuando por fin desenredó la tela de las espinas, le dio las gracias, se levantó como impulsada por un resorte y echaron a andar hacia la parte trasera de la enorme construcción.

Lara no escuchaba lo que él le contaba. No podía dejar de pensar que en los últimos meses había estado investigando a fondo el peculiar caso Cruz, conocía ciertos aspectos de la vida de esos hombres. Sabía que todas las generaciones de esa estirpe eran inteligentes, audaces y hábiles en los negocios. Todos ellos tenían ese porte orgulloso que Gonzalo esgrimía casi sin darse cuenta, haciendo honor a la sangre india que corría por sus venas. También sabía, por sus conversaciones con Laura, la reciente esposa de David, que aquellos hombres podían llegar a ser crueles hasta los estertores de la agonía, que algunos escondían una bestia negra en su interior que una vez liberada era imposible hacerla retornar.

Se preguntaba qué implicaba aquel «algunos», y a cuántos de ellos englobaba la horrible definición.

Cuando él carraspeó, molesto por saberse ignorado, procuró dejar las cavilaciones para más tarde e inhaló el aire que llegaba de la costa.

La parte trasera de la mansión estaba orientada al oeste, al océano, para preservar la intimidad de la familia de miradas indiscretas. Aquel trozo de playa privada, que tan a la ligera había violado, se ofrecía ante sus ojos como una preciosa estampa impregnada de mil fragancias que se confundían con el olor del Pacífico.

Al fondo, las olas rompían con suavidad contra las rocas, arrastrando la arena blanca y devolviéndola a la playa. La música se perdía con el susurro del rumor espumoso y la brisa. Entonces se dio cuenta de que la conducía por una tarima hacia la orilla. Sus tacones se clavaban en la madera blanda y él, como si adivinara que no caminaba segura, buscó su mano y la estrechó en la suya.

Continuaron agarrados hasta que llegaron al final del entablado. Silenciosos, como si no necesitaran decir nada para sentir la inmensidad de aquella calma que los rodeaba. En la orilla el viento era más fuerte, de modo que ella aprovechó para liberar su mano y retirarse la melena de la cara.

El aire fresco de la noche se había llevado los malos pensamientos.

Incluso antes de volverse hacia él, supo que la estaba observando; podía sentir su mirada. Ahora comprendía a Laura cuando le decía que los Cruz poseían la cualidad de apoderarse de la voluntad de sus adversarios. No le gustaría nunca tener como enemigo a Gonzalo Cruz.

Al darse cuenta de que se había perdido de nuevo en sus pensamientos intentó recuperar la conversación, pero él se adelantó.

—Me parece que estás preocupada, Lara.

—¿Por qué piensas eso?

—Solo hay que mirarte para saber que estás muy lejos de aquí.

—Discúlpame, no era mi intención ser una compañía tan poco agradable.

Él fue a decir algo, pero en ese momento se escucharon unas voces y risas de gente que se aproximaba por la tarima. Llevaban farolillos y pequeños candiles de aceite. Desde la distancia, parecían surgir de la nada las señoras con sus vestidos largos y brillantes bajo el fulgor de la luna; los caballeros con los trajes de etiqueta, copas en las manos y botellas que alzaban en el aire, dando la sensación de que venían de una época pasada.

—¿Qué ocurre? —Se giró para mirarlos.

—Van a comenzar los fuegos artificiales —le aclaró Gonzalo.

La tomó por el brazo y la condujo hacia zona donde se ensanchaba la pasarela a lo largo de la orilla. Algunos invitados se quitaron los zapatos y saltaron a la arena, otros, más escrupulosos, decidieron quedarse a salvo de las olas. En unos segundos se vieron rodeados por la mayoría de los asistentes a la fiesta y ella sintió el impulso de mezclarse con los más osados. California, Malibú y, en especial, la compañía del juez liberaban a la fierecilla que llevaba dentro. Hacía tanto tiempo que no disfrutaba de las pequeñas cosas sin pensar en qué ocurrirá después…

Gonzalo se dirigió hacia una pareja de mediana edad, los saludó y comenzó a hablar con ellos en inglés, lo que le indicó que no solo estaba acaparando demasiado al anfitrión, sino también al hombre importante con el que todos los invitados deseaban cruzar unas palabras.

Sin dudarlo, se alejó hacia el borde de la pasarela, se descalzó y saltó a la arena.

Algunos músicos de la orquesta comenzaron a tocar, prácticamente la fiesta se había trasladado a la playa, el ambiente se iba animando por momentos. La arena estaba fresca, húmeda, los pies se le hundían a medida que caminaba entre el gentío, sujetando en una mano las sandalias de tacón y el vestido a la altura de las rodillas con la otra.

Cuando quiso darse cuenta, el juez había desaparecido de su campo de visión.

Los fuegos artificiales comenzaron con dos disparos que iluminaron la playa con una estela multicolor.

—Lara, llevo más de media hora buscándote. —La sorprendió su socio por la espalda. Su voz sonaba un tanto gangosa, lo que no presagiaba nada bueno.

Cuando Mario bebía, se convertía en una persona totalmente diferente.

Ella alzó la cara al cielo iluminado. Cientos de lucecillas de colores resplandecían en la oscuridad, convirtiendo la noche en día. Brillantes trazos caían al océano seguidos de un silbido en el aire. A cada nuevo fogonazo se dibujaba una palmera enorme, resplandeciente.

Cuando los fuegos estaban a punto de concluir, la luz hizo una pausa. Todo quedó sumido en la oscuridad más grande que jamás hubiera visto. La gente guardó silencio, solo se escuchaba el sonido de las olas rompiendo contra las rocas.

Como si pudiera sentir la fuerza de su mirada, se dio la vuelta y se encontró cara a cara con él, con el juez que estaba a menos de medio metro de ella. Entonces el cielo volvió a iluminarse y, sin apartar la mirada de él, observó sus ojos, parecían dos ascuas ardiendo a cada llamarada de luz que alumbraba el firmamento.

—¿Cuándo terminará este tostón? —Mario se inclinó sobre ella para hablarle.

La sucesión de estallidos y luces indicaba que el espectáculo estaba llegando a su fin.

—No queda mucho —repuso ella.

—Menos mal. Quiero que nos marchemos ya al hotel.

—Puedes irte cuando quieras, Mario, nadie te obliga a quedarte.

—¿Y dejarte aquí, en la madriguera del lobo? —alzó más la voz, por encima del retumbar de las explosiones de color.

—Cállate, te van a oír —le regañó ella.

—¿Y qué? Todo el mundo opina lo mismo, no me digas que ahora te has vuelto tan hipócrita como ellos.

Lara miró al juez de reojo. Sí, los estaba escuchando.

Por fin, el último bombazo indicó que la pirotecnia había concluido.

La pasarela de madera se llenó de luz, numerosas farolas se encendieron a lo largo de la playa y la celebración comenzó de nuevo. Risas y gritos de júbilo mezclados con aplausos, toda la gente cantaba y aplaudía, bebía y bailaba; no exageraban los que decían que las fiestas del juez Cruz eran apoteósicas, recordadas durante días por la prensa y ansiadas por muchos que nunca eran invitados.

Al ver que Mario cogía otra copa de una de las bandejas que ofrecían los camareros, lo sujetó por el brazo y trató de encaminarlo hacia la casa. Él se zafó de sus manos, ignoró sus palabras y se alejó en busca de otro camarero. Gonzalo había sido interceptado de nuevo por unos amigos suyos, por lo que decidió ir a pedir un taxi para regresar al hotel.